La batalla por la información en Bolivia
Ximena Espeche
Introducción
Durante la Guerra Fría, una de las principales discusiones públicas se concentró en el tópico del manejo informacional y, en particular, en la gestión de las agencias internacionales de noticias. Tres ejemplos de envergadura pueden ayudar a comprender la amplia preocupación y circulación del tema: uno, el cuestionario que la Unesco envió a diferentes agencias del mundo entre 1948 y 1951 y que, ya procesado, vio la luz en el informe del organismo sobre prensa y agencias de noticias en 1953. El informe de la Unesco volvía sobre un tema que constituía a la propia trayectoria de las agencias de noticias en su relación con acontecimientos clave de la historia global, como guerras y revoluciones (Rivera Mir, 2015); dos, la actuación de Agencia Latina, una agencia de noticias ligada al gobierno peronista que operó entre 1949 y 1955; y tres, la insistencia con la que los líderes de la Revolución cubana pregonaron acerca de cómo en América Latina se producían y circulaban las noticias, lo cual propició la creación y puesta en marcha de Prensa Latina en 1959 (Unesco, 1953; Bohoslavsky, 2016; Goldstein, 2023; Cardoso Dos Santos, 2015; Keller, 2019).
Esa preocupación retomaba viejas aprehensiones respecto del vínculo entre información y propaganda (Nietzel, 2016; Espeche, 2021; Boyd-Barret, 1981; Salinas, 1984; Botto, 2012; Aguiar, 2018; Palmer, 2019). Un ejemplo de esto es el de la Revolución boliviana de 1952: miembros del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) que había liderado el levantamiento, y quienes les apoyaban, advertían en ese vínculo a un poderoso contendiente a favor de la contrarrevolución.
La preocupación por el manejo informacional no era novedosa, y se entendía en el contexto bipolar inaugurado por la Guerra Fría. El conflicto, definido como una “guerra total” y una “guerra psicológica”, debía ganarse en el terreno de las ideas, vía el convencimiento de las mentes y corazones de las poblaciones globales por los estilos capitalista y comunista en pugna (Calandra y Franco, 2012; Gilbert, 2019; Del Pero Mario, 2001; Wilford, 2000; Stonor Saunders, 2001; Iber, 2015 y Petra, 2018).
De acuerdo con quienes apoyaban la revolución en Bolivia, la información circulante vía las agencias internacionales de noticias terminaba por falsear la verdad de los hechos. Hacían que erróneamente dicha revolución pudiera considerarse una amenaza totalitaria en la región, una suerte de remedo nazi-fascista o comunista. Pero sobre todo, una amenaza que repetiría el camino de otros procesos autoritarios en América Latina. Y, entre ellos, la referencia se volvía local: el golpe de Estado en Bolivia que el mayor Gualberto Villarroel había llevado a cabo en 1943, instalando un gobierno del que participaron los miembros del MNR y que terminó abruptamente en 1946 mediante otro golpe de Estado. Villarroel fue derrocado y ajusticiado el 21 de julio de 1946 por una multitud, entre fuerzas civiles y militares, que lo colgó de un farol en la plaza Murillo frente a la casa de gobierno.
La evaluación de muchos de quienes lideraron y apoyaron la revolución de 1952 fue que las agencias internacionales de noticias, en especial las estadounidenses United Press (UP) y Associated Press (AP), habían favorecido, influenciado y provocado la insurrección contra el gobierno de Villarroel. Y que dichas agencias estaban en consonancia con la llamada “Rosca” minera, como se denominaba a las familias Hochschild, Aramayo y Patiño, que tenían el control de las minas de estaño y una extendida capacidad de presión político-económica en el país (Dunkerley, 2003: 34). Así se constituían en una amenaza.
Este capítulo se detiene sobre esta creencia y esa preocupación, que enlaza la disputa por cómo caracterizar una revolución y afianzar su legitimidad con la ansiedad por el manejo informativo en el marco particular del enfrentamiento bipolar en América Latina. Se seguirá para ello una serie de intervenciones de miembros del MNR. Sus integrantes, desde muy temprano, estuvieron ligados al trabajo y gestión en y desde el periodismo, a lo que se sumó una actividad proselitista y propagandística en diversos puntos del país, especialmente en el ámbito de los trabajadores mineros (Knudson, 1973). También se analizarán las intervenciones de miembros de la agencia internacional de noticias AP, en particular de las acciones de la subsidiaria en la región La Prensa Asociada, junto con las de intelectuales y políticos de América Latina en sus participaciones en dos de las principales publicaciones del período como la uruguaya Marcha y la cubana Bohemia.
Este capítulo sostiene que la propia mención de “revolución” y “golpe de Estado” en ese período, entendidas como categorías tanto nativas como analíticas (Balbi, 2012), así como los esfuerzos de diversos actores para dotarlas de valores negativos o positivos, fueron parte de una batalla por la información. Se denomina así, por un lado, a la obvia puja de diversos actores, entre líderes revolucionarios, periodistas, agentes diplomáticos y otros, por intervenir y hegemonizar la arena política y la llamada opinión pública; es decir, un combate por la hegemonía. Por otro lado, a los sentidos dados a esta que superponían varias ansiedades compartidas. Entre ellas se encuentra el temor o apoyo a la manipulación e influencia de los medios de comunicación masiva, y de determinados liderazgos, sobre las poblaciones e individuos.
Golpe de Estado y revolución se recortaban, además, sobre una serie de términos enfrentados en la época, democracia/totalitarismo. Golpe de Estado podía ser concebido durante este período, críticamente, como un ataque sorpresivo al poder político, comandado primeramente por líderes militares, que desafiaba el orden legal o legítimo de la soberanía, en particular contra un gobierno democrático. Revolución, por el contrario, podía contener en sí la referencia a un momento crucial, que poseía el valor de un acto de redención, de liberación de naciones y poblaciones oprimidas (que reponía una serie de referencias que excedían a la Revolución bolchevique, y recortaban la serie iniciada por la Revolución mexicana). Pero también podía esgrimirse que un golpe podía ser una instancia necesaria para realizar la revolución y con ella, por ejemplo, lograr un gobierno democrático. O también usarse indistintamente uno y otra.
Se retoman aquí algunos aportes realizados en torno de la historia conceptual y la historia de los lenguajes políticos (Palti, 2005), en el sentido en que golpe de Estado y revolución son conceptos fundamentales del discurso y de la práctica políticos. Sus condiciones de enunciación son claves en la conformación de sus sentidos, y la contingencia de esos sentidos establece de por sí el rango conflictivo en el que se asientan (Lesgart, 2019). Asimismo, es indudable que, en la segunda mitad del siglo XX latinoamericano, y en particular en la Guerra Fría en el Cono Sur durante la década de 1960, los golpes de Estado quedaron directamente asociados con el acceso violento al poder estatal, la persecución de la ciudadanía y el uso de la fuerza en el marco de un terrorismo de Estado (Chust, 2020; Rojas, 2021; Lesgart, 2019).
1. Entre el golpe y la revolución: los sucesos del 21 de julio de 1946 y de abril de 1952
Tres años antes de los sucesos del 21 de julio de 1946, Villarroel mediante un golpe de Estado había tomado el poder, con el apoyo del MNR y de “Razón de Patria” (Radepa). El MNR era resultado de un conglomerado ecléctico y con inspiraciones diversas: aprismo, marxismo, incluso apólogos del hitlerismo alemán que, “gracias al prestigio profesional y literario y al talento periodístico de sus dirigentes gozaba en las clases medias de simpatías muy vastas, aunque difusas, no había reclutado a un séquito militante comparable al del comunismo” (Halperin Donghi, 1994: 442). Radepa era un partido filonazi compuesto por la generación más joven de soldados que habían sido prisioneros en la Guerra del Chaco, un conflicto entre Bolivia y Paraguay entre 1933 y 1935, que terminó con la victoria de este último, comienzo del fin del Estado oligárquico boliviano.
El gobierno de Villarroel no pudo reformular la política de precios para la venta de estaño, el principal producto de exportación, pero realizó algunas reformas en beneficio de los sectores populares, en particular de las poblaciones indígenas. Llevó adelante persecuciones políticas, represión y asesinatos de miembros de la oposición. Varios integrantes del MNR tuvieron cargos en el gobierno hasta que, por presiones de la embajada estadounidense, fueron obligados a renunciar. Carlos Montenegro, uno de los ideólogos del MNR, se ocupaba de la cartera de Agricultura, y el economista Víctor Paz Estenssoro de la de Hacienda. Montenegro, Paz Estenssoro, los escritores y políticos Augusto Céspedes y José Fellman Velarde, figuras relevantes del universo político-cultural emenerreísta, se exilaron en Argentina y en Uruguay después de los sucesos de 1946 (Dunkerley, 2003: 31-34). Todos intervinieron, de diversas maneras y con intensidades diferentes, en la prensa rioplatense.
En el exilio posterior a 1946, los miembros del MNR comenzaron o fortalecieron relaciones previas con miembros del ámbito político-intelectual que, a su vez, repercutieron a la hora de la valoración de ese movimiento como un partido que habría sido apoyado directamente por el peronismo en Argentina. El gobierno peronista, electo democráticamente en 1945 y reelecto en 1951, había formulado una política de ampliación de derechos sociales auspiciosa para trabajadores y trabajadoras, pero había censurado medios de comunicación y perseguido a miembros del universo político opositor (entre liberales, socialistas y/o comunistas). Su principal líder, Juan D. Perón, había sido partícipe del golpe de Estado en junio de 1943, que un grupo de oficiales del ejército argentino organizó y que lo tuvo luego como funcionario a cargo de la Secretaría de Trabajo, Ministerio de Guerra y Vicepresidencia hasta 1945.
Las identificaciones entre los gobiernos argentino y boliviano de 1943, y también entre los líderes del MNR y del peronismo argentino de 1943 a 1952, fueron corrientes a la hora de la disputa informacional (Hernández, 2019; Espeche, 2020). Esas relaciones estaban tramadas con las acciones de cada uno de estos gobiernos en el campo de una geopolítica determinada por la comercialización de materias primas clave en el marco de la Segunda Guerra Mundial, al igual que las discusiones en torno de su posición neutralista y los tiempos en que cada uno de esos gobiernos obtuvo el reconocimiento internacional de su legitimidad, en particular el estadounidense (Figallo, 1998/99; Lida y López, 2022; Fernández Abara, 2015).
Montenegro ya había estado en Buenos Aires como miembro de la delegación boliviana en la Conferencia por la Paz del Chaco entre 1935 y 1939, y trabajó en la embajada en esa ciudad entre 1936 y 1939. A su regreso a Bolivia, y en 1943, fruto de una victoria en un concurso de ensayos, publicó el suyo bajo el nombre Nacionalismo y coloniaje. Su expresión histórica en la prensa de Bolivia, que es un muestrario del andamiaje del posicionamiento político-ideológico del MNR. Después de 1946 y durante el exilio porteño dirigió una revista, Síntesis Económica Americana, en la que también actuó Fellman Velarde, y participó con editoriales en el diario La Prensa, una publicación expropiada por el peronismo en 1951, y con artículos en la revista Sexto Continente, también ligada al peronismo (Korn, 2018).
En Nacionalismo y coloniaje, Montenegro aseguró que la divisoria nacional/antinacional definía el avance de la historia en Bolivia. Consideró allí que el periodismo y la prensa eran claves en la formación pedagógica y “demagógica” en el sostenimiento de los apoyos de la llamada opinión pública. Esto constituía así un dato clave en el combate contra la primacía del poder de la Rosca. La consideraba además un ejemplo de la gestión del imperialismo en el ámbito informativo. Entre los diarios bolivianos, La Razón era propiedad de los Aramayo y participaba, por ejemplo, de la red noticiosa de La Prensa Asociada, subsidiaria en la región de AP.
Se trataba entonces de un combate contra la “anti-Nación”, tal como había caracterizado Montenegro el derrotero de la historia del país. En esa clave, el MNR y quienes lo apoyaban consideraron, una vez depuesto Villarroel, los errores a no repetir y las astucias que deberían tener una vez que llegaron al poder en 1952. El gobierno de Villarroel y su derrocamiento constituían dos hitos para su propia historia como movimiento político. Del lado de los errores, se trataba de identificar las falencias de liderazgo en el ordenamiento dentro de las alianzas militares y civiles, en la mala publicidad de los actos de gobierno beneficiosos para la población –en particular para los sectores populares y medios, campesinos, indígenas‒. Del lado de los aciertos: entre otros, la continuidad con el reconocimiento de derechos de sectores como el de los trabajadores mineros y campesinos, que representaban bajo esta luz el andamiaje de la Nación.
En 1951, con varios de sus miembros operando desde el exilio, el MNR se presentó y resultó victorioso en las elecciones de ese año con la candidatura de Paz Estenssoro, pero el presidente en ejercicio, Mamerto Urriolagoitía, declaró que eso hacía peligrar a la democracia y entregó el gobierno a una junta militar, dirigida por el general Hugo Ballivián Rojas (Stefanoni, 2010: 39). En pos de hacer cumplir la soberanía popular –algo clave además en la referencia a la revolución como un hecho político legítimo‒ y recuperar, según afirmaban, la marcha del combate contra la anti-Nación, el MNR lideró una revolución con apoyo de trabajadores mineros, civiles, policía y campesinos que triunfó en abril de 1952, la cual en poco tiempo nacionalizó las minas, democratizó el voto y realizó una reforma agraria. Paradójicamente, organizó una defensa de su gobierno y de la identidad de la revolución en el ámbito informativo y en el discurso oficial de la historia del país, bajo la condición del mestizaje, que terminó por funcionar como una suerte de “occidentalización” en las representaciones, que habría dejado de lado el necesario protagonismo del campesinado indígena en la revuelta (Rivera Cusicanqui, 2010; Tapia, 2012).
Para sostener y difundir su proyecto de gobierno, el MNR organizó entonces una gran apuesta de transformación cultural, que implicaba actuar dentro de las propias fronteras y fuera de ellas. El MNR debía demostrar tanto que no era un partido filonazi/fascista, que no tenía mayores relaciones con el peronismo argentino y que tampoco era comunista. En este sentido, en el ámbito local, mejoró el servicio y alcance de Radio Illimani, incluyendo la modernización técnica, la programación de eventos musicales y teatrales presenciales (Coronel Quisbert, 2013: 72-73; 87-106); además, también dedicó esfuerzos a crear y sostener un instituto dedicado a la cinematografía.
Para mediados de 1952, el diario La Razón fue virtualmente clausurado porque el gobierno de Víctor Paz Estenssoro no quiso utilizar la fuerza para desalojar a quienes manifestaban su oposición al diario, acusándolo de colaboracionista con las fuerzas contrarias a la revolución (sobre La Razón, la clausura y la censura, véase Knudson, 1973; sobre La Prensa Asociada, Espeche, 2021). De hecho, la Sociedad Interamericana de Prensa definió a Bolivia como un país en el que peligraba, como en la Argentina peronista, la libertad de expresión. La SIP, que aglomeraba la representación de los dueños de medios en América Latina, fue un actor de enorme relevancia en el período y se inscribió de lleno en el conflicto entre las grandes potencias (Estados Unidos y la URSS). Para miembros de la política y del periodismo internacional, el caso de La Razón se homologaba al del diario La Prensa de Argentina, que había sido intervenido por el gobierno vía la Central General de Trabajadores un año antes (Knudson, 1973).
El MNR también jugó su batalla en las esferas de las relaciones internacionales, a partir de la representación diplomática de Víctor Andrade en Estados Unidos. Logró el reconocimiento del gobierno revolucionario en ese país que, como se verá, constituía una condición sine qua non para su legitimidad como gobierno en el poder boliviano a los ojos de otros gobiernos de la región (Siekmeier, 2004).
2. Revoluciones y “dolores de cabeza”: LPA y Rafael Ordorica
En 1953, en La hora del capitalismo, un volumen publicado en Buenos Aires, y supuestamente también de autoría de Montenegro, este último sintetizó que la propaganda era “sin duda la bomba más perfeccionada y dinámica de toda la estructura imperialista”. Las agencias internacionales de noticias estaban encargadas de difundir o crear “la que interesa al capitalismo, prescindiendo de cualquier noticia que el imperialismo considere inconveniente” (Anónimo, s.f.). No es menor que la imagen elegida para la portada fuera la de un pulpo, para expresar el alcance de los tentáculos de ese poderío. Entre esas noticias para desinformar podía estar la caracterización de los hechos de 1952 y del liderazgo del MNR como avanzadas totalitarias en la región, y la relación de ese grupo con el gobierno de Villarroel era, así, una filiación que comprobaba su falta de virtud como partido en el gobierno.
Las palabras de Montenegro parecían reafirmar un interés que el MNR había compartido con otro político y referente de la lucha democrática en la región: Rómulo Betancourt. Líder del partido Acción Democrática (AD), luego del éxito de la insurrección militar de oficiales jóvenes contra el gobierno de Isaías Medina Angarita, presidió la Junta Revolucionaria de Gobierno hasta el llamado a elecciones en 1947. En ellas, resultó victorioso otro integrante de AC, el escritor Rómulo Gallegos. Ese mismo año, otro golpe de Estado lo obligó al exilio. De visita en Bolivia como parte de su militancia en pro de la democracia regional, se había reunido con Paz Estenssoro en 1952 y habían llegado a firmar un documento que promovía la creación de una agencia de noticias regional (Zavaleta Mercado, 1959).
En 1952, las principales agencias internacionales de noticias en el mundo eran seis: International News Service, Associated Press (AP) y United Press (UP) (Estados Unidos), Agence France Press (Francia), Reuters (Inglaterra) y TASS (URSS); en Bolivia, la primacía informacional –es decir, el liderazgo informativo‒ estaba a cargo de las estadounidenses, en particular AP y UP (Unesco, 1953). Entre 1938 y 1940, AP había organizado esta subsidiaria en la región como un modo de expandir su alcance comercial, a la vez que, según afirman varios estudios, coincidía con la gestión oficiosa estadounidense en el marco de la Segunda Guerra Mundial. Esa subsidiaria se llamaba La Prensa Asociada y su vicepresidente, actuando desde el bureau de AP en Buenos Aires, era Rafael Ordorica. Ordorica, mexicano-estadounidense, fue un personaje relevante en el desenvolvimiento de las informaciones de y sobre América del Sur; miembro de AP entre 1930 y 1947 en diversos destinos en el Cono Sur, lideró LPA entre 1938 y 1947.
Cinco días después del asesinato de Villarroel en 1946, afirmaba en una carta enviada desde Buenos Aires a los jefes de los bureaus regionales, que en ese momento la región estaba inmersa en una “temporada de revoluciones”. Por ello, consideraba necesario prever el modo en que los bureaus de la agencia en la región tuvieran acceso a la información y se adelantaran a los problemas que esas interrupciones políticas traerían a la provisión noticiosa (Associated Press, Ordorica a Pesantes, 26 de julio de 1946; The Associated Press Corporate Archive, Foreign Bureau Correspondence, AP02A2, Box 3). La relevancia de la palabra revolución no es menor: refería a un trastrocamiento del escenario político y social. A la vez, la importancia del dato estaba en la posibilidad de convertirlo en primicia. Pero esto suponía algo más: una condición en la región que, a la primicia, le sumaba el estereotipo de un espacio dominado por el desorden social, la inestabilidad institucional y las dificultades para realizar las coberturas. “REVOLUTIONS, ELECTIONS and –HEADACHES! You Hope from One to Another to cover Latin American News”, así tituló el diagnóstico el corresponsal de AP Reginald L. Wood desde Buenos Aires, en 1949, para la publicación de la agencia The AP World, una revista que se traducía al español y que circulaba en los bureaus de la agencia. Esta vez, la referencia inmediata estaba en la insurrección militar contra el gobierno de Rómulo Gallegos (Wood, 1949: 12).
Así, en la voz de dos miembros de AP, revolución era el término tanto para valorar una primicia cuanto una referencia a una acción de la política latinoamericana vinculada con el desorden institucional.
Después de dejar AP, Ordorica trabajó en la compañía Hemisphere Promotion and Co. como relacionista público para las mineras de Bolivia hasta 1951, año en el que fue deportado, acusado de intervenir en asuntos domésticos (Congreso de Estados Unidos, Comité de Medios y Arbitrios, 1959: 567; Ordorica, AP Card Index N.° 6, Associated Press Collections Online, Gale). Según otro escritor y político boliviano, Fernando Diez de Medina, el mexicano-estadounidense era el factótum del “Circuito Ordorica” –que utilizaba, entre otros, los periódicos El Diario y La Razón‒, un “vil instrumento de ‘opinión dirigida’” que “oculta la verdad y corrompe las conciencias”. Un año antes de ser deportado, en el semanario Marcha, Arturo Ardao nombró a Ordorica, entre otras cosas, como un “mercenario” (Díez de Medina, 1950; Ardao, 1950: 10). Ardao definió a Ordorica como un periodista-lobista, representante del modus operandi de los trusts económicos en la gestión y control informacional. En esa definición constataba, además, que la oposición entre la lucha por la libertad del lado anticomunista y del control ideológico del comunismo era falsa. Para Ardao, tanto Ordorica, así como la Rosca y las agencias internacionales de noticias mostraban todo lo contrario: la persecución excedía en mucho el universo imaginado del temor al totalitarismo comunista.
Marcha tuvo una importante función de arena político-cultural en la región, que alcanzó mucho más allá que el ámbito del Río de la Plata. Antiimperialista, latinoamericanista y en busca de una izquierda nacional no partidaria, fue defensor acérrimo de la democracia liberal sin que ello obliterase las críticas, cada vez más presentes, relativas a esa democracia bajo el sistema capitalista. Ello implicó también una discusión acerca de la supuesta excepcionalidad uruguaya –política y económica‒ en el subcontinente. Ardao era, para ese entonces, uno de los principales redactores políticos del semanario, abogado y exponente de los trabajos y armado de redes intelectuales de la historia de las ideas, en línea con el mexicano Leopoldo Zea, y además interesado en reflexionar y establecer prácticas posibles de integración política, económica y cultural latinoamericana (sobre Marcha, véase Gilman, 1993; Rocca, 1993 y Espeche, 2010).
En palabras de Ardao, la relación entre un exmiembro de AP con la Rosca remitía a una coincidencia de prácticas, a un parentesco de posibilidades que estaba fuertemente estructurado por un sistema de medios que dependía del dominio de las estanníferas y se alimentaba de él. El circuito no virtuoso del imperialismo, según la caracterización de Montenegro. Frente a esta gestión informativa del “Circuito Ordorica”, la revolución de 1952 y las acciones del MNR al respecto propugnaban una transformación: el movimiento de la historia nacional vía la recuperación de una noticia que hablara del tiempo presente en forma “verdadera”.
3. Las razones de la revolución y del golpe de Estado
Los análisis en Marcha del abogado, dramaturgo y periodista Carlos Martínez Moreno, realizados en 1952, retomaron parte de las ansiedades que se jugaban a la hora de definir el sostén de una revolución. Según este autor, así como también para los líderes revolucionarios, aquel se hallaba condicionado en gran medida por la agilidad y fortaleza en defender políticamente sus logros inmediatos y la construcción de un proyecto que tuviera también un sostén en el mediano y largo plazo. Entre las dos crónicas tituladas “Bolivia comienza a vivir su revolución” de abril, y la serie llamada “Un reportaje a la Revolución boliviana” de agosto –luego de su viaje en julio a La Paz y Oruro‒, sintetizó la línea de explicación político-ideológica manejada por el MNR en el ámbito internacional: un gobierno nacional, popular, pero no vinculado al nazi-fascismo, ni al comunismo, ni al peronismo (Martínez Moreno, 1952, 18 de abril, 25 de abril, 1.° de agosto, 8 de agosto, 15 de agosto, 22 de agosto).
Martínez Moreno explicó a lectores y lectoras rioplatenses, y en particular a quienes se sentían parte de una “excepción” regional, una “Suiza de América” (Uruguay), el carácter “tercerista” del levantamiento de 1952: ni plegado al comunismo ni al imperialismo, ni tampoco en esa equidistancia a la “tercera posición” del peronismo (Espeche, 2016). Afirmó que existía una “fuerte campaña internacional de descrédito con las conocidas acusaciones de nazismo, fascismo y aun de comunismo que el gobierno revolucionario soportó” (Martínez Moreno, 1952, 1.° de agosto). En definitiva, para el autor, la Rosca repetía sus viejas estratagemas: antes había imputado de “nazismo a Villarroel” y había señalado que “en las minas pululaban los agentes del totalitarismo”, para luego jugar “su carta “democrática”. Había así creado el Frente Democrático Antifascista, que aunaba a partidarios de izquierda y derecha del arco político-ideológico y fue un actor fundamental en el derrocamiento de Villarroel. Ahora, para Martínez Moreno, la avanzada de esa estratagema de evaluar a un gobierno como comunista, peronista o fascista era otro modo de afirmar su total falta de democracia. Y podía leerse, entre otros, en el diario estadounidense The Washington Post. Más aún: “lo que se ha llamado el amok del 21 de julio –con su insuflado enardecimiento, con su trágica algarada‒ fue la obra sutil de una propaganda dirigida” (Martínez Moreno, 1952, 1.° de agosto).
Amok es una palabra de origen malayo que hace referencia a una acción de muerte honorable en defensa de un jefe territorial o militar. Traducida en clave colonial, por parte de ingleses y franceses desde el siglo XVIII en adelante, definía una locura repentina e inusitada. En este último sentido, su uso en la segunda mitad del siglo XX potencia la superposición del temor respecto de la influencia ejercida por los medios de comunicación masiva en la desinformación, con la circulación de un término asociado a acciones intempestivas y violentas de individuos al otro lado del mundo. Tendrá enorme repercusión global. Por ejemplo, para 1937 la editorial Tor en Argentina publicó la traducción de un volumen de relatos del austríaco Stephan Zweig, publicado en 1922, titulado como Amok. Novelas de pasión, uno de cuyos cuentos narraba un romance en un entorno tropical que terminaba violentamente. La obra de Zweig fue adaptada al cine en el México de la década de 1940, protagonizada por María Félix. En la década de 1950, era parte de un manual británico de catalogación de enfermedades psíquicas, y también fue criticado por el militante y escritor Aimé Cesaire en su Discurso sobre el colonialismo de 1950, con relación a cómo el psicólogo francés Octave Mannoni había caracterizado con ese término la rebelión malgache en Madagascar en 1947. En la prensa periódica estadounidense era un modo de referir a un asesinato masivo. Y también, ya había ingresado en el lenguaje cotidiano sajón bajo la fórmula to run amok: enloquecer (Wade, 2022; Bertho, 2021; Condos, 2016; Zweig, 1937; Paunero (2023); Espeche, 2023).
Martínez Moreno usaba amok para referir a la inducción propagandística de una violencia popular a la que solo así le encontraba sentido. Es decir, la reacción popular contra Villarroel había sido un acto violento. Pero, a diferencia del sentido usual con el que se caracterizaba al amok, no era imprevisto. No de otro modo podía explicar las acciones de una población que se habría visto beneficiada por las transformaciones propiciadas por el “presidente colgado” (Céspedes, 1966). El golpe de Estado había sido apoyado por quienes se vieron capturados por el amok. El gobierno de Villarroel y su derrocamiento mostraban una distancia con los hechos de 1952. La revolución tenía, para Martínez Moreno, la direccionalidad virtuosa de una propaganda validada en los antecedentes relativos al cuidado de los intereses de los sectores populares durante el gobierno de Villarroel. Y en la potencia de un nuevo líder.
En este análisis, el desmanejo comunicacional de Villarroel era el reverso de la pérdida de poder político, en particular en el entorno militar de donde había salido. En la crítica a su tipo de liderazgo también estaba la valoración del construido por el MNR, especialmente en la figura de Paz Estenssoro, y la importancia que le había dado desde sus inicios al manejo informacional. Pero hay una deriva más del sentido del amok. Excede el de la locura, dirigida por una propaganda razonada, donde los autores intelectuales son medios de una razón instrumental (la económica). Es la muestra de una condición paradojal de uno de los principales protagonistas de la revolución del 52, que será “occidentalizado” y en parte borrado en el discurso posterior del MNR (Rivera Cusicanqui, 2010). Así, para Martínez Moreno, “lo que protegió al elemento indígena contra la obra de envenenamiento que hacía desde su prensa el súper-Estado estannífero fue el analfabetismo” (Martínez Moreno, 1952, 15 de agosto). El perjuicio se vuelve virtud. Y a la vez condensa una evaluación de los medios de comunicación que elide un dato clave, al que el mismo Martínez Moreno prestó atención, y que el propio MNR usará con profusión: la radio. En definitiva, lo que el amok pone de referencia es la dificultad para evaluar una revolución vía el estudio de las acciones de una población muy diferente a la del imaginado excepcionalismo rioplatense (clasemediero, blanco); a la par que, a diferencia de lo que ocurrirá con el discurso emenerreísta, el enviado especial le devolvía su protagonismo en la revolución.
Se superpone allí una evaluación del impacto de la información vertida en los medios de comunicación, con la referencia a un tipo de respuesta específica de un grupo de personas específico. En estas referencias encontramos la enorme ambigüedad y dificultad que intelectuales como Martínez Moreno, entre varios otros, tuvieron a la hora de explicar el levantamiento de 1952 y la visibilidad de un actor como el “indio” (Espeche, 2020). Era considerado, al mismo tiempo, sujeto de la revolución cuanto objeto de una serie de reacciones que parecían estar más allá de su control. Del perjuicio, virtud: no se había levantado contra Villarroel porque no había sido capturado por el influjo de la información del imperialismo y de la Rosca; había apoyado al MNR porque este había sabido expresar e informar la verdad de un movimiento de renovación nacional.
4. Muerte y resurrección revolucionarias
En función de esa legitimidad popular de la revolución de 1952, el título de la nota escrita por el periodista cubano Armando Cruz Cobos en la revista habanera Bohemia no es menor: “Resurrección de Bolivia” (Cruz Cobos, 1952). También, mediante el género “reportaje”, Cruz Cobos escribía para una de las principales publicaciones cubanas. Bohemia, desde 1908, copaba el circuito de revistas de actualidad y política de La Habana. Además de que la revista sufrió y criticó la censura impuesta por el gobierno de Batista –quien había liderado un golpe en marzo de 1952‒, organizó su identidad cada vez más como baluarte de la democracia, y alojó diversas posiciones anticomunistas (Calvo González, 2014; O’Brien, 2018; Guerra, s.f.: 42-44). Cruz Cobos era un periodista que actuó como enviado especial para Bohemia. Una vez instalada la revolución en Cuba en 1959, fue un activo contendiente contra ella, en el marco de la Asociación de Periodistas Libres de Cuba, con la que colaboraría desde Perú, donde estaba exilado, y además se lo vinculó con la falsificación de documentos diplomáticos que buscarían demostrar la connivencia entre la diplomacia cubana y la URSS (“Hace declaraciones Asociación Periodistas Libres de Cuba”, 1960; “Excanciller evoca inicios de Prensa Latina en Perú”, 2022).
En su nota sobre Bolivia, el anticomunismo y el antiimperialismo están presentes a lo largo del análisis de la legitimidad de los hechos de abril de 1952, del carácter de sus principales líderes (Hernán Siles Suazo –otro miembro clave del MNR‒ y Paz Estenssoro) y del faro que la revolución tenía para ofrecer a las democracias del continente. Sobre todo, insistió en la preocupación de la fortaleza con la que la Rosca esgrimía su poder informacional. Afirmaba que se había instaurado una “verdadera revolución legítima” más allá de las “versiones confusas y contradictorias que ofrecían las agencias cablegráficas”. Aseguraba que “la verdad de una insurrección popular triunfante no se hace fracasar con mensajes falaces”. La pregunta que deja abierta la aclaración del periodista es qué es entonces lo que había sucedido en 1946 (Cruz Cobos, 1952).
Este “reportaje” fue reeditado en un folleto publicado por el Ministerio de Propaganda del gobierno revolucionario boliviano ese mismo año. Y sumaba, seguido de este artículo, un texto más, que no tiene firma autoral ni referencia a dónde fue editado, aunque es probable que sea de Cruz Cobos. En este texto explicó cómo la misma tonada que sirvió en abril de 1952 para vivar a Paz Estenssoro, había servido para pedir su muerte en 1946. La explicación de este cambio de letra en una melodía cantada por los –supuestos‒ mismos actores (esas “millares de gargantas” en ambos sucesos) estaba concentrada en un diagnóstico económico-social de la historia de Bolivia. Así, en el folleto están presentes la denuncia tanto a los “mensajes falaces” como a la situación material del desarrollo económico y social boliviano (La Revolución en Bolivia. Reportaje al vice-presidente Dr. Hernan Siles Zuazo, 1952: 17-18). El MNR unificó ambos en el poder de la Rosca, como representante de la “anti-Nación”.
Unos pocos números después, quien también escribió para Bohemia fue Rómulo Betancourt. Durante su exilio residió en Cuba y, en ese momento y luego de un intento de asesinato, escribió desde Costa Rica. Según la presentación que le hicieron desde la revista, se trataba de “uno de los políticos de más firmes convicciones democráticas de Hispanoamérica” (Betancourt, 1952). Era uno de los principales armadores de una organización anticomunista en defensa de la democracia, y activa desde 1948: la Asociación Interamericana Pro Democracia y Libertad (AIDI) (Janello, 2019). En su análisis, Betancourt trajo a colación las rudimentarias prescripciones llevadas a cabo en la IX Conferencia Panamericana realizada en Bogotá en 1948, relativas al reconocimiento “automático” de los gobiernos de facto (la resolución N.° 35). Betancourt había participado en dicha conferencia como jefe de la delegación venezolana, y además había cooperado en la redacción de la carta constitutiva de la Organización de Estados Americanos (OEA). Estaba en contra de la interpretación que, hasta ese momento, se hacía de dicha resolución. Es decir, según Betancourt, finalmente lo que primaba era el visto bueno del Departamento de Estado de los Estados Unidos en la voz de su secretario, Dean Acheson, en definitiva una versión estadounidense del reconocimiento, ligada a tres variables: que el gobierno tuviera control del territorio, que tuviera apoyo de la opinión pública y cumpliese con los acuerdos internacionales.
Aunque Betancourt no lo mencionó, para su argumento lo que había ocurrido en dicha conferencia fue clave. Se instituyó la OEA como un organismo anticomunista, en especial en la aprobación de la Resolución en Defensa de la Democracia, propuesta por Estados Unidos, Chile, Brasil y Perú al Comité Directivo el 22 de abril de 1948. Así como también se instauró el Tratado de Asistencia Recíproca (TIAR). Además, durante el transcurso de la conferencia ocurrieron las jornadas del levantamiento popular –con epicentro en la ciudad de Bogotá‒ por el asesinato del líder Eliécer Gaitán. Según el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, los hechos mostraban la injerencia comunista; según los informes de la Central de Inteligencia, se trataba de un hecho de raigambre local. Entre otros, según Salgado (2013), lo ocurrido el 9 de abril de 1948 dio inicio a la Guerra Fría en la región.
Para Betancourt el reconocimiento o no a un gobierno de facto podía jugarse entonces como herramienta de presión política. Por ejemplo, que se hubiera reconocido a los gobiernos de Nicaragua y de Santo Domingo en ese momento, y que ello no sucediera con el gobierno del MNR en Bolivia en 1952. En su visión, las definiciones dadas por determinadas palabras, por determinadas regulaciones, no habían sido ni eran del todo fiables.
Conclusiones
Para los miembros del MNR, y para quienes informaban sobre Bolivia, como Martínez Moreno o Ardao desde Uruguay, los manejos propagandísticos de la Rosca tenían un episodio que comprobaba sus funestos alcances. Esto es: aseguraban que la propaganda había dado resultado en el golpe de Estado contra Villarroel. Había amañado la información de tal modo que incitó la violencia contra ese gobierno, y terminó en la ejecución de su presidente. En particular, cuestionaron la acción de las agencias internacionales de noticias como expresiones del imperialismo cuyos “tentáculos” llegaban hasta la Rosca.
La terminología utilizada por una agencia de noticias como AP remitía a una suerte de “universal latinoamericano”: la revolución como desorden. Por el contrario, Montenegro y el MNR, así como Martínez Moreno y Cruz Cobos, buscaban una especificidad nacional y latinoamericana en la cual enmarcar un proceso que consideraban había comenzado en 1943 y que resurgía en 1952. Para Betancourt la revolución de 1952 era parte de un movimiento democrático y, en ese sentido, revisaba el uso que se daba a ciertos criterios utilizados en la Conferencia Panamericana de Bogotá en 1948, para validar o no un gobierno de facto. Ello, insistía, instalaba otro problema: la utilización del reconocimiento de un gobierno como modo de presión política por parte de otros, en particular de Estados Unidos. Conexo a esto, sobrevolaba allí la discusión sobre el carácter nacionalista de la revolución. Tanto Betancourt como Martínez Moreno y Cruz Cobos insistían en que no se trataba de un proceso antidemocrático, y discutían las versiones que en pleno conflicto bipolar y desde el bloque capitalista asociaban inmediatamente nacionalismo con autoritarismo (Pettinà, 2018).
El temor al manejo propagandístico permite advertir una preocupación más, que opera como una evaluación de las poblaciones, de quiénes habían apoyado o no a Villarroel, primero, y al MNR, después. En la crónica de los hechos, y en sus interpretaciones, los apoyos multitudinarios fueron objeto de análisis para explicar cómo una población podía, en tan poco tiempo, modificar sus posiciones y actuar en consecuencia. La referencia al amok ilustra muy bien esta preocupación. Ello no era solo privativo del universo de la multitud. En otro plano, el lenguaje codificado de las resoluciones de determinados organismos podía ser objeto de malentendidos funcionales a determinadas posiciones geopolíticas. En todos los casos, el análisis aseguraba que había un afuera que condicionaba los discursos y las prácticas: los intereses locales del imperialismo estadounidense, el accionar de las agencias internacionales de noticias como sus embajadoras y la Rosca como uno más de sus tentáculos. Si un tipo de propaganda estaba al acecho, otra propaganda, esta vez considerada legítima, se volvía necesaria.
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