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“En nuestra mesa no existen los muros”[1]

Las Patronas y el compromiso humanitario

Norma Romero[2]

Norma Romero Vázquez ha encabezado desde hace más de 25 años una gran labor humanitaria en favor de los migrantes. En 1995, un grupo de mujeres de la comunidad de Guadalupe, La Patrona, en Veracruz inició la entrega de alimentos a migrantes que viajan a bordo del tren de carga al que llaman “La Bestia” con rumbo a los EUA. Este grupo es el Colectivo Las Patronas.

Destacan los siguientes reconocimientos de la labor de Las Patronas: Premio Nacional de Derechos Humanos por su trayectoria en la promoción efectiva y defensa de los derechos humanos de las personas migrantes (2013), Premio Nacional de Derechos Humanos “Sergio Méndez Arceo” (2013), Premio Nacional de Acción Voluntaria y Solidaria del Gobierno de México (2013), nominación al Premio Princesa de Asturias de la Concordia en España (2015) y la entrega, por parte de la Federación de Estudiantes Universitarios de la Universidad de Guadalajara de Presea “Corazón de León” (2017).

La Universidad Autónoma de Aguascalientes le concedió el doctorado Honoris Causa a Norma Romero (2018), quien además recibió el Premio Estatal de la Mujer en Veracruz (2019).

Hoy la labor de Las Patronas incluye no solo la entrega de alimentos sino también un refugio para migrantes y la realización de otras actividades, como talleres para niños, por ejemplo.


Muy buenas tardes a todos y a todas. Gracias a la FIL [Feria Internacional del Libro] por haberme invitado a participar aquí con todos ustedes. Quiero agradecer a Dios, primordialmente, por haberme puesto en esta misión donde mucho se desconoce de este tema que lamentablemente cobra vida. La migración es un tema en el cual nosotros, un grupo de mujeres, empezamos a trabajar en el año de 1995. Desconocíamos el tema de la migración hasta que nos tocó ver cercanamente “La Bestia”, como la llaman, el tren de carga donde iban muchos jóvenes como ustedes, que iban ahí, que desconocíamos por qué viajaban de ese modo. Tuvimos, en el año 1995, la oportunidad de que dos de las hermanas compartieran el pan y la leche; el tren bajó de velocidad y muchas de esas personas asomaron su cuerpo desde los vagones, preguntamos quiénes eran y cuando nos vieron ahí con las bolsas del pan, gritaron “Madre, tenemos hambre. Regálanos tu pan”. Mis hermanas optaron por darles el pan y la leche que llevaban sin pensar que ese pan y esa leche no solamente les iba a cambiar la vida a ellos, sino también nos la iba a cambiar a nosotros, precisamente porque no sabíamos lo que estaban viviendo los países centroamericanos, no teníamos idea de lo que estaba pasando hasta que iniciamos con esto de dar comida en el tren y posteriormente después tuvimos ya el acercamiento con ellos [los migrantes] porque en nuestro pueblo, a unos cinco minutos, está el cambio de vías y ahí fue donde se paró el tren y, entonces, fuimos a darles comida y les preguntábamos quiénes eran y por qué viajaban en esas condiciones.

Entonces, pudimos escuchar de ellos así: “es que en nuestro país no hay oportunidad, no hay trabajo, y tenemos que emigrar”. Antes, hablaban solamente de la falta de oportunidad, posiblemente después empezamos a escuchar el tema de la violencia. Decíamos que eso no va a pasar con nosotros, en nuestro pueblo teníamos todavía trabajo, estábamos bien y no sabíamos lo que era la violencia, no estaban tantos soldados como hoy, que lamentablemente el tema de la inseguridad ha crecido muchísimo. Entonces, empezamos a darles comida, empezamos a conocer a los países hermanos de Centroamérica y ahí fue cuando empezamos a darnos cuenta de que necesitaban ayuda, que necesitaban que les diéramos un acompañamiento y, bueno, empezamos a hacerlo. Cuando apenas iniciamos, lo que decían, lo que surgió fue “esas mujeres están locas, cómo están dando de comer a gente que ni conocen, gente que es delincuente, gente que viene a hacer daño”. Y yo siempre me preguntaba: ¿por qué siempre discriminar al ser humano, por qué ver en ellos la maldad cuando normalmente nosotros no tenemos ni idea de lo que está pasando? Nunca pensamos en que si eran buenos, en que si eran malos. Simplemente vimos que tenían hambre y decidimos actuar dándoles comida.

Empezamos con el tema de la comida, posiblemente vimos el tema de la [ausencia de] salud, muchos de ellos [dejaban el tren y] empezaban a caminar y llegaban enfermos. También tuvimos que ir a tocar puertas. Al principio era como decir “están malas, están locas, no saben lo que están haciendo”, y aun así no nos importó, porque decimos: la gente tiene necesidad y a la gente hay que ayudar. Empezamos de una manera que fue ir a ayudarlos, pero también empezamos a darnos cuenta de que teníamos que buscar, a darnos cuenta de qué eran los derechos humanos, cómo podíamos ayudarlos a ellos, pero ayudarnos también a nosotros. Entonces, esas mujeres campesinas tuvimos que también empezar a salir y buscar tener más información, meternos en las redes sociales, dejar un poquito la cocina, porque muchas veces estamos tanto en la cocina que olvidamos que alguien está allá [fuera]. Entonces decidimos salir y empezamos a hacer esto y la vida nos cambió, pero, también, no solamente nos cambió la mentalidad, sino que nos cambió esto: el sentir el dolor de los demás, el conocer que hay mucha gente que sufre y que muchas veces por cierto no nos interesa, y nos debe de interesar porque son hermanos, porque luchan por salir adelante. Empezamos a hacerlos parte de nuestra familia, precisamente empezamos como un comedor dándoles comida y posiblemente después vimos que necesitaban sentirse en casa y que necesitaban vernos, que pudiéramos ayudarlos y decidimos hacernos un albergue, donde hoy muchos de los migrantes llegan enfermos, unos lamentablemente [están] tan mal que a veces mueren en el hospital. Eso es algo que duele porque somos madres también, tenemos nuestros hijos, y lo que menos queremos es que nuestros hijos tengan que emigrar en esas condiciones.

Cuando iniciamos [nuestra labor], nunca nos imaginamos que iba a haber muertes, porque también en ese tren empezamos a ver cómo muchos de ellos por la falta de comida se bajaban del tren. El tren luego subía la velocidad y los iba tirando; muchos de ellos se caían, los lastimaba, otros, lamentablemente, perdían las piernas. Era algo que no podíamos quedar viéndonos, teníamos que empezar a hacer algo por ellos y empezamos a buscar la manera de cómo concientizar también al maquinista, de hacerle ver que lo que llevaba no solamente era mercancía, sino que también eran seres humanos que estaban buscando una oportunidad. Lo logramos. Hoy puedo decirles que no importa solo que le demos de comer al maquinista, sino que baje la velocidad para que ya no haya pérdidas humanas; no hay mutilados por lo menos en el poblado donde nosotras estamos.

Hoy en día el maquinista, al bajar la velocidad, nos da la oportunidad de poder compartirles la comida a los migrantes y de poder verles un poquito el rostro, de poder darles una bendición a ellos y ellos a nosotras como mujeres. Entonces ha cambiado un poquito, pero el tema de violencia, el tema de persecución sigue aumentando desafortunadamente.

Nosotros iniciamos en el 95, en 2010 atendíamos a más de 800 personas diarias, que pasaban en tres trenes, uno por la mañana, al mediodía y por la tarde/noche. Después, en el 2014, salió lo del Plan Frontera Sur, que también fue militarizar la frontera donde muchos de ellos iban a buscar nuevas alternativas y en ese tiempo eran 400 a 500 personas [al día] que estaban pasando. Por último, en este nuevo sexenio, que es un sexenio donde se han militarizado mucho más las fronteras con todo ese tipo de cuerpos policiacos, hay una persecución muy fuerte contra ellos, pues de por sí llegan vulnerados de sus derechos, ahora lo son mucho más y están mucho más expuestos a la violencia, a buscar nuevas alternativas, por ello el número ha bajado.

Son 200, 150 migrantes que pasan, los que van en “La Bestia” y los que llegan a nuestro albergue, y de verdad es lamentable que se siga ajusticiando al más pobre, ahora si la persona que más sufre también es a la que más que violan sus derechos, precisamente porque vemos que no hay una política migratoria que favorezca a estas personas. No ha habido nada positivo, cada vez está mucho más endurecido el tema y no vemos una respuesta. No estamos siendo conscientes de esta situación que estamos viviendo. Cuando pasó lo de las caravanas, ahí estábamos en las carreteras sin descuidar las vías porque también pasaban en las vías, pasaban en las carreteras y lo más duro para nosotras como mujeres era ver a los niños, era ver a las mujeres embarazadas, a las familias completas y decíamos “esto no puede estar pasando”. ¿Qué es lo que te obliga a dejar todo, que te obliga a dejar tus costumbres?, y las personas adultas que han vivido toda una vida en el país, ¿cómo dejar tu raíz?, ¿cómo dejar tu casa?, ¿cómo dejar tu patrimonio de tantos años y tener que salir? Algo estaba pasando, algo tan fuerte, y la gente no lo puede entender. Yo siempre me ponía en el lugar de ellos y decía ¿en qué momento yo puedo estar igual que ellos? Precisamente es que no nos damos cuenta de eso o no queremos darnos cuenta, pero yo sí invito a la gente a que nos sumemos, a que hagamos un cambio. El cambio, yo siento ‒lo he dicho‒ no va a empezar en un gobierno. El cambio va a empezar en nosotros mismos como personas, como gente porque tenemos hijos, porque tenemos que preocuparnos por qué futuro les vamos a dejar a nuestros hijos. Que es un futuro muy incierto, porque cada vez lo que yo vivía, cómo veía los países centroamericanos, yo decía “eso no va a alcanzar a México”.

El tema de la seguridad hoy está muy mal, hay muchísima gente que sufre, como las madres que tienen hijos desaparecidos, las madres centroamericanas que vienen buscando a hijos desaparecidos y vemos a las madres mexicanas que reclaman por sus hijos. Por estas mujeres que lloran día a día en búsqueda de sus hijos, para nosotros es un dolor compartido, no podemos decir “esto no me va a pasar a mí”, todos estamos expuestos, nada está seguro. Entonces es algo que en lo personal, como mujeres de campo, vemos cuánta juventud está emigrando, y no está emigrando porque sea mala, están emigrando porque no hay oportunidad de trabajo en los pueblos, en las zonas indígenas. La gente se está saliendo. Hay un poblado muy cerca de nosotros que se llama Cuichapa y es un poblado donde llegan carros a decir “hay trabajo para ir a los campos de jitomates, Sonora. Tenemos dos horas para que vengan los que se quieran ir” y ahí vienen los jóvenes, ahí vienen las mujeres también y se suben y no saben a dónde van, no saben ni con quién van. Entonces yo digo: ¿qué hacemos como padres? ¿Qué podemos hacer cuando los hijos dicen “es que yo quiero trabajar, es que yo quiero estudiar”, pero no hay una oportunidad para ellos, no hay oportunidades? Entonces, sí, es preocupante ver cómo nuestra gente también está emigrando, y no podemos hacernos como que no pasa nada. Sí, están pasando muchas cosas y lamentablemente somos muy buenos para la crítica, pero también yo invito a la gente a que nos dé la oportunidad de aceptar a los demás. Yo les voy a decir que cuando tú ayudas, no estás ayudando a aquel, él te está ayudando a ti porque te está haciendo ser consciente de la realidad que vives, pero también te está haciendo ver que tú también puedes hacer cambios. Porque a nosotros nos han cambiado la vida y nos han hecho conscientes de la realidad. Antes podíamos decir que no conocíamos lo que pasaba en otros lugares, hoy vemos la triste realidad de todos los países que viven una situación de violencia, una situación de guerra y de verdad es muy preocupante. No podemos quedarnos sin pensar que algo pueda pasar también en ese país, así que yo los invito a todos ustedes a que estemos conscientes y que seamos un agente de cambio, que cambiemos nuestra manera de ver al otro, que los veamos como lo que son, hermanos.

Porque realmente son veinticinco años de estar dando este servicio a los migrantes y quiero decirles que en nuestra casa son tratados como personas. A nosotros no nos interesa si tienen un pasado, no nos interesa porque precisamente no juzgamos, no criticamos, ponderamos que todos somos iguales que ellos, somos personas. Y cuando llegan a nuestra casa son vistos como tales, seres humanos, que tienen una necesidad de sentirse en familia y eso es lo que hacemos. En nuestra casa no existen muros. Nunca van a existir precisamente porque hemos aprendido a conocerlos no solamente a ellos, sino también lo que tienen: sus raíces, sus costumbres, sus religiones, lo que les hayan enseñado en su país, como les hayan enseñado en sus casas, en sus familias. Porque sabemos que ni los muros ni las religiones van a dividirnos. Debemos vernos como lo que somos: personas, seres humanos que seguimos luchando y seguiremos alzando la voz por el otro. Así que yo agradezco a todos ustedes la oportunidad de estar aquí y sobre todo de decirles que, para nosotros, siempre serán bienvenidos todos los migrantes de todos los países, porque ahí tenemos toda la gente que llega a convivir a nuestro albergue. Y en esa mesa, donde, muchos dicen, es una mesa vieja, pero es una mesa de fraternidad, de amor, porque ahí en esa mesa se sientan los migrantes, se sientan los voluntarios, se sientan Las Patronas y todos los medios de otros países que han llegado a acercarse. Y yo les digo: ¿en dónde está el muro? ¿Al fin existen muros? Porque en esta mesa todos cabemos, y todos somos hermanos. Muchas gracias.


  1. Conferencia dada en la Feria Internacional del Libro, Guadalajara, el 04 de diciembre de 2019.
  2. Transcripción: Selena Kemp.


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