Guía para prepararnos a la hora de filosofar
Florencia Sichel
La idea es eternamente nueva / Cae la noche y nos seguimos juntando a bailar en la cueva / Bailar, bailar, bailar.
(Jorge Drexler).
En la plaza de tu barrio. En la calle. En tu casa. En la escuela. En un bar. Solx. Acompañadx. Con amigxs. Con una pareja. Con un animal. En la naturaleza o en el medio de la ciudad. En algún momento algo se preguntaron. En algún momento aparecieron preguntas. Y no cualquier tipo de pregunta. No preguntas que se responden fácilmente como “¿qué hora es?” o “¿a dónde vamos a comer?” sino preguntas abiertas, difíciles, que generan más dudas, que nos cuestionan e interpelan: preguntas filosóficas. Preguntas como “¿qué es el tiempo?”, “¿qué es la felicidad?”, “¿cómo definimos qué es el bien y qué es el mal?” o “¿para qué sirve trabajar?”.
A lo largo de todo el capítulo reflexionaremos sobre preguntas filosóficas y sobre nuestras propias preguntas filosóficas. Porque atención: no hace falta ser filósofx académicx y con un título universitario para tener preguntas y curiosidades filosóficas. Podés tener nueve años y camino a la escuela hacerte preguntas filosóficas. Podés hacer como hacía mi abuela Lea que a los sesenta años se hacía más preguntas que cualquiera de nosotrxs. También podés hacer filosofía durante un receso en la oficina o en la sala de espera de un consultorio médico (de hecho las salas de espera suelen ser un excelente lugar para filosofar). Podés ser docente, médicx, peluquerx o trabajar en un café y hacerte preguntas filosóficas. Todxs pueden hacerse preguntas filosóficas aunque no todxs elijan hacerlo. De hecho solemos pensar que la filosofía es algo alejado y eso no es así ya que en realidad está muy cerca de nuestra vida todos los días. Podemos animarnos incluso a readaptar y mal usar la frase del gran John Lennon y pensar que la filosofía es eso que pasa mientras estamos ocupados haciendo cosas[1].
Este capítulo nace de la necesidad de compartir ideas y reflexiones. Con Grupo El Pensadero nos reunimos hace ya varios años a trabajar sobre planificaciones, textos e ideas. Y pasa algo interesante porque en nuestras reuniones no siempre hablamos de filósofxs, pero sí filosofamos. No nos sentamos a discutir Ser y Tiempo de Heidegger o Filosofía del Derecho de Hegel, pero sí hablamos sobre la amistad y nos preguntamos por qué hoy en día las personas pasan mucho tiempo conectadas pero a través de una pantalla, por ejemplo. Estudiamos filosofía y nos encanta pero principalmente hacemos filosofía y el foco está puesto en la acción, en el hacer.
Este capítulo también se enraíza en una experiencia personal, la experiencia docente en ámbitos no académicos. Empecé como docente haciendo filosofía con chicxs de 6 a 12 años y me encontré en una situación de crisis cuando me di cuenta que nada de lo que había aprendido en la Universidad me servía. No porque no sirviera aprender Historia de la Filosofía, que de hecho sirve y mucho. Si no porque a un chicx de 8 años le interesa pensar el bien y el mal más allá de Platón, Nietzsche o Kant. Y no se trata acá de desmerecer el saber académico o crear una falsa rivalidad, pero sí de pensar por dónde pasa el ejercicio de hacer filosofía cuando somos docentes y trabajamos en un aula todos los días. Porque en algún punto hay que destruir la idea de que la filosofía es algo sumamente difícil, lejano o hasta aburrido. Incluso más: hay que deconstruir la idea de que la filosofía es para pocxs. En este capítulo vamos a apostar por una filosofía abierta y accesible.
Pero momento: ¿acaso es posible prepararnos para la hora de filosofar? ¿Es filosofar una práctica que se pueda enseñar? ¿Estará la escuela preparada para un pensamiento filosófico? Luis María Pescetti expresa que “trabajar para los chicos es ocuparse del hombre en cualquier edad, entre hilos inalcanzables pero que lo sostienen: la ilusión (llámenla los logros), las aspiraciones y la infancia” (2018: 17). Y acá quiero elegir quedarme para dar inicio al capítulo: la infancia.
Solemos pensar que la infancia tiene un tiempo determinado. O que hay una infancia que empieza y que termina. Es infante quien tiene 2, 5, 8 años. Después ya sos adolescente, joven, adultx, viejx. Todo eso sucede en un tiempo determinado. Pero lo primero es la infancia. Además la infancia es concebida como algo en potencia. Los niñxs van a la escuela para prepararse para el futuro. Para formarse como ciudadanos ejemplares. Para ser buenos adultxs en los años venideros. Es por eso que si un adultx hace cosas de chicxs lo encontramos problemáticx o “inmadurx”. No preparadx. ¿Pero preparadx para qué? “La filosofía clásica nos fija un ideal educativo legítimo y ambicioso, perfectamente comprensible y particularmente respetable… pero, sin embargo, nos resistimos” (Meirieu, 2016: 162). Resistencia. No podemos pensar sólo a la infancia como algo que empieza y termina. De hecho una acusación similar a la de la “inmadurez” nos suele pasar a lxs que nos dedicamos a la filosofía. Porque en un mundo veloz e hiper productivo, ¿por qué importaría detenernos a filosofar? ¿Para qué serviría? Es que justamente hacer filosofía desde la perspectiva de Filosofía con Niñxs tiene que ver con correrse de la lógica de lo que sirve y lo que no sirve. Romper con el tiempo lineal. Y es por ello que la filosofía encuentra relación plena con la infancia.
Ahora bien, como explica Walter Kohan la infancia puede ser entendida como mucho más que el primer momento que vivimos. La infancia puede no atender a edades, a tiempos lineales. La infancia puede simplemente ser y acontecer aquí y ahora. Puede ser entendida como algo que no se ha completado y justamente por eso es interesante. Por la falta. Por el enigma. La infancia puede ser algo que necesitamos incluso todas las personas, sin importar qué edad tengamos. Y esto es posible si nos animamos a concebir otro tiempo:
[…] en verdad, no se trata sólo de infantes, si por infantes entendemos algo del orden de la cronología. Se trata de infanciar: un devenir-infante sin edad cronológica, una duración intensiva, una potencia de cualquier edad, de «una» edad aiónica en la que se afirma una fuerza, una relación con la experiencia, con la historia, con el tiempo, con lo que afirma la unidad o la multiplicidad, con lo que disminuye o aumenta las potencias que habitan nuestros espacios (Kohan, 2007: 97-98).
Entonces en este capítulo nos proponemos hacer filosofía desde la infancia. Pero nuevamente, vayamos de a poco. No es necesario apurarse para filosofar. Nada ni nadie nos corre. Hace más de 2500 años se creó la filosofía y todavía sigue en pie. De hecho quizás sea bien interesante pensar que para filosofar necesitamos de otro tiempo. El tiempo del pensar.
Ejercitar el asombro
Hay una actividad que hago cuando empiezo con cursos que no han tenido anteriormente filosofía que es la siguiente: les pido a lxs asistentes que anoten en una hoja en blanco las respuestas a las siguientes consignas:
- ¿Qué es lo que mejor sabés hacer y quién te lo enseñó?
- ¿Qué te gustaría saber que todavía no sabés?
- ¿Qué te llamó la atención hoy y por qué?
Y es bien interesante porque la primera reacción habitual en lxs chicxs es la de inquietarse. Les inquietan esas preguntas porque muy pocxs se han puesto a pensar en qué cosas les gustan verdaderamente o qué les asombra. Y a continuación empiezan los primeros comentarios: “¡Pero en Matemática no nos piden esto!” o directamente “¿Por qué no nos das una tarea para resolver? No sé qué responder acá”. ¡Y claro! Aparece la adultización de la infancia. Aparece unx alumnx reproduciendo gestos adultxs y olvidándose de su propia infancia. Olvidándose de lo que no sabe y no tiene porqué saberlo. De su curiosidad. De su deseo.
En cierto modo, la adultización del tiempo, ese tiempo que es serio, prolijo y amargo, juveniliza a los niños, pero en el mal sentido de la expresión: atenúa la infinita posibilidad de gestualidades, ordena con crueldad y desidia el tiempo, blasfema contra la improductividad, el descanso, la serenidad, la soledad. Hay que detener el tiempo. O hay que buscar el tiempo dentro del tiempo. O hay que pensar que el tiempo es, también y sobre todo, el modo en que habitamos el tiempo. ¿Habrá que definir el tiempo, para poder tener y dar tiempo? (Skliar, 2011:345).
Entonces algo que podemos pensar antes de poner el foco en las herramientas de la filosofía, es si nosotrxs como docentes cuando preparamos la clase estamos atentos al no-tiempo. A pensar por fuera del tiempo utilitario. A planificar no sólo a partir de la currícula o el programa, sino también a partir del deseo. Porque para poder dar lugar al asombro y la curiosidad en las aulas debemos lograr que lxs alumnxs se impliquen en aquello que están haciendo y para ello nosotrxs como docentes también debemos estarlo. Entonces lo primero que hay que pensar es si lxs chicxs están acostumbradxs a asombrarse. O para no volverlo una cuestión de chicxs únicamente, si las personas estamos acostumbradas a asombrarnos.
Hay un cuento de Gustavo Roldán, Mirada de dragón, que dice:
Aunque los dragones saben mucho, siempre tienen una mirada llena de asombro. Se asombran de las cosas que no conocen y de las cosas que conocen. A todo lo que conocen lo miran con ojos nuevos cada día y, si la mirada es nueva, las cosas son diferentes. Entonces se sorprenden de que haya tantas cosas nuevas en el mundo y les parece hermoso conocerlas. (2018: 49)
Gustavo Roldán nos invita a asombrarnos. Y el asombro es un gran componente del pensamiento filosófico. “Que la filosofía no es productiva resulta evidente a partir de los que primero filosofaron. Pues los hombres, tanto ahora como al comienzo, empezaron a filosofar por el asombrarse” (Metafísica A2, 928 b11-18). Los primeros filósofos se asombraban de la naturaleza. Del Sol, las estrellas y el universo. Y es desde el asombro que empiezan a surgir las preguntas filosóficas.
¿Pero de qué podemos asombrarnos hoy? Hoy en día quizás nos cuesta más filosofar, hipnotizados a las pantallas de los smartphones destinamos poco tiempo a observar. Es cierto que el mundo que habitamos es otro. Embotellamientos, problemas económicos, medios de comunicación y jornadas extendidas vuelven nuestras rutinas muy alejadas de la curiosidad. Pero también es cierto que la filosofía no es algo cerrado o acabado, se inserta en un mundo determinado y será tarea nuestra en este siglo XXI descifrar en qué consiste el asombro.
¿Qué será asombrarse hoy? Les propongo que experimentemos asombrarnos como los dragones de Roldán. Les propongo que piensen cuándo fue la última vez que algo lxs asombró o conmovió. ¿Qué fue, dónde y por qué?
¿Tenemos tiempo en la rutina diaria para asombrarnos? O acaso vamos a trabajar, planificamos nuestro tiempo libre, vamos al club, al colectivo, al consultorio médico y en ningún momento nos detenemos a asombrarnos.
Karl Jaspers habla de distintos orígenes que nos llevan a filosofar. Dice origen y no comienzo, porque el comienzo puede ser histórico pero acá estamos hablando de un origen que no se inscribe en un hecho puntual, sino que el origen en este sentido es sin tiempo. Uno de ellos es el asombro. El asombro no es por algo, el asombro sucede. Es cuando algo inesperado te produce conmoción. El asombro busca el saber por el saber mismo, para satisfacer únicamente el deseo del conocimiento, no por algo puntual. No estamos hablando de salir a buscar el asombro, de ir especialmente a un parque de diversiones para subirse a una montaña rusa o comprar experiencias customizadas especialmente para asombrarse. El asombro es algo que sucede sin que lo esperen. Piensen si en su vida cotidiana tienen tiempo para el asombro.
Entonces un primer ejercicio para filosofar es asombrarse. Y también un primer ejercicio para llevar la filosofía a una clase es dar lugar al asombro. Esto no quiere decir necesariamente llevar mi asombro como docente y transferírselxs a lxs alumnxs, sino dar lugar a que lxs alumnxs puedan asombrarse por sí mismxs. Entonces en este intento de propedéutica hacia la filosofía, un primer ejercicio es el de invitarnos como docentes a infanciarnos. A asombrarnos. A permitirnos sentir conmoción por el mundo en el que vivimos. Y a partir de ese asombro incitar a nuestros alumnxs a hacerlo también. Una actividad posible podría ser invitarlxs a escribir una lista de curiosidades que hayan observado. Curiosidades del barrio, curiosidades de los vecinos que viven al lado, curiosidades de nuestra casa. Puede parecer un ejercicio chiquito y sin sentido pero de eso se trata. De cambiar el foco y empezar a poner la mirada en lugares donde no la ponemos. Habitamos todos los días espacios y sin embargo es como si no lo hiciéramos. Ejercitar el asombro empieza por ahí. Por conectar desde otro lugar. Y es algo que se practica, que se entrena al igual que un deporte. Wittgenstein, un filósofo analítico del lenguaje del siglo XX afirma lo siguiente: “voy a describir la experiencia de asombro ante la existencia del mundo diciendo: es la experiencia de ver el mundo como un milagro” (1930: 38-42). ¿Será eso posible en el siglo XXI?
Salimos del asombro para ingresar a un nuevo desafío: la duda.
Ejercitar las preguntas
Quienes nos dedicamos a la educación posiblemente estemos cansadxs de lidiar con las representaciones que muestran los medios de comunicación sobre la escuela y lxs alumnxs. Que ya no es como antes. Que no encuentran pasión por el saber y que la escuela es una institución que está acabada. Y digo que estamos cansadxs de lidiar con las representaciones porque lxs que habitamos el espacio del aula sabemos que no siempre es así. Que el aula es un espacio por el que vale la pena luchar ya que es emergente de comunidades, creatividad y aprendizaje. Y si bien es cierto que hay problemas y cosas por mejorar, siempre es más interesante pensar cómo podemos transformar la escuela, desde la escuela. Desde quienes la habitan y la conforman, desde su comunidad. Y retomando lo trabajado en el apartado anterior, el asombro tiene relación directa con el ejercicio de las preguntas y las preguntas son la herramienta por excelencia a la hora de dar inicio al conocimiento.
Hacer filosofía está relacionado con dudar, con cuestionar, con preguntar acerca de lo que pensamos como inalterable. La cotidianeidad nos obliga a olvidarnos que hay que preguntar. No estamos todo el tiempo dudando de lo que hacemos. De hecho sería bastante enloquecedor pensar un mundo en donde cada paso que diéramos nos invadieran dudas filosóficas, pero en la cotidianeidad directamente lo olvidamos. No dudamos, o dudamos poco. Y la duda es fundamental para que aparezcan los interrogantes filosóficos. Entonces pareciera ser que en nuestra vida cotidiana hay poco tiempo para hacernos preguntas filosóficas. Y en este sentido, también hay poco tiempo en la escuela. Los profesores y estudiantes tienen poco tiempo para pensar. La jornada escolar está pensada de manera tal que no hay tiempo para las preguntas propias de los alumnos (y de los profesores tampoco).
A su vez, suele pasar que en la escuela estamos muy enfocados respondiendo siempre en función de contenidos ya establecidos y eso sin dudas es importante y está bien porque trabajamos con contenidos específicos. Pero también es importante trabajar en generar espacios para que aparezcan preguntas filosóficas propias de lxs estudiantes. El hecho de que haya dudas y preguntas sin resolver, nos lleva inevitablemente al deseo de conocer y a mostrarnos abiertos hacia nuevos conocimientos.
Muchas veces suele suceder que lxs estudiantes hacen preguntas en la clase y no siempre son conscientes de que estén haciendo preguntas. Nos encontramos ahí con una habilidad que también tendremos que ejercitar. “Esa habilidad de formular una pregunta deliberadamente es importante en el desarrollo de la capacidad de hacer filosofía” (Kohan y Waskman, 1997: 37).
Empecemos entonces a hacernos preguntas. Les proponemos algunos ejercicios para poner en práctica en el aula:
1. Juego de las preguntas:
Haremos grupos de 4/5 personas. A cada grupo se le dará una palabra y deberán conversar entre ellxs sobre la palabra que les tocó, pero sólo podrán hacerlo a través de preguntas. Se repite la dinámica de la conversación a través de preguntas. Es divertido porque la lengua se empieza a trabar y nos ponemos nerviosxs cuando vemos que la conversación no tiene ningún tipo de sentido. Una vez finalizado el juego, es deseable conversar en el grupo qué piensan sobre tener una conversación únicamente de preguntas. Y después podrán conversar sobre qué es necesario para poder dialogar.
2. El sobre de las preguntas:
Les pedimos que anoten de forma anónima (pueden hacerlo de forma individual o en grupos) en una hoja en blanca alguna pregunta filosófica que les genere curiosidad y tengan ganas de charlar luego y pensarla en el aula entre todxs. La idea es que xl docente vaya sacando preguntas y puedan dedicarle un tiempo a conversar y pensar sobre ellas.
3. La lista infinita-finita de preguntas filosóficas:
Les pedimos que anoten una lista con todas las preguntas filosóficas que tengan. Grandes o chicas. Difíciles o sencillas. La idea es despertar las ganas de preguntar y el animarse a escribir preguntas (que no es algo fácil). También puede ser divertido girar esas preguntas al interior del grupo. Ver qué preguntas hay en común, detectar los intereses.
Ahora bien, ¿qué haremos cuando aparezcan las preguntas?
Es importante pensar qué buscamos cuando les pedimos a lxs chicxs que hagan preguntas filosóficas y a su vez ver si como docentes estamos preparados para pensarlas. No se trata tampoco de pedir que pregunten cosas para que después sólo nos quedemos con eso. La idea de preguntar va relacionada con pensar después un determinado problema y arribar a diferentes respuestas. Es por eso que cuando hacemos Filosofía con Niñxs nos detenemos en trabajar sobre cada pregunta. Un buen ejercicio es revisar las preguntas que surgen al interior de cada grupo y ordenarlas. Recorrerlas con lxs chicxs y pensar con ellos cuál les interesa atender. Se puede hacer una lista de las preguntas que busquen responder y de esta forma vamos armando incluso la planificación o recorrido que pensaremos a lo largo del año. Por ejemplo, si hice la actividad del sobre de las preguntas me voy a encontrar con veinte o treinta preguntas. Una actividad siguiente podría ser ordenar esas preguntas y clasificarlas. Ya sea por tema (si abordan temas éticos, estéticos, lógicos, políticos, etc.) o bien por el tipo de pregunta. Lo importante va a ser poder trabajar luego en esas preguntas y detenernos en pensarlas al interior de un grupo.
Entonces cuando hablamos del ejercicio de hacer preguntas hablamos de filosofar. Generar preguntas que reflejen sus propios interesantes. Que partan de situaciones que resulten problemáticas o atractivas. Y a continuación, se trata de acompañar esas preguntas. Ver con qué contenidos se relacionan. Pedir ayuda a otras disciplinas o campos del conocimiento. No esperamos que el docente o la familia vayan a resolver los interrogantes. Sino de pensarlos en comunidad, de construir sentidos. La filosofía tiene que ver con animarse a abandonar ciertos lugares de comodidad que creíamos inamovibles para repensar el mundo que vivimos. Y este gesto de pensar interrogantes cobra aún más sentido cuando se hace junto a otrxs.
Ejercitar en comunidad[2]
Hacer filosofía implica una acción que es necesario experimentar con otrxs en primera persona. Pensar y actuar, poner a jugar nuestros pensamientos y nuestros cuerpos. Forjar comunidad.
Quienes compartimos una práctica filosófica compartimos algo más que un momento. ¿Cuál es la diferencia entre compartir un momento volviendo en transporte público luego de la jornada laboral y compartir un encuentro filosófico? Cuando hacemos filosofía compartimos una entrega, una donación. ¿Pero una donación de qué? De tiempo, de relación. Formamos una comunidad de pares, de iguales. Y es en ese sentido que se desdibuja incluso las relaciones asimétricas de docentes-alumnxs. Porque el docente no sabe más de algunos interrogantes que plantean sus alumnxs. Y además la importancia no radica en quién sabe más o tenga la respuesta. De lo que se trata es justamente de relacionarnos, de pensar en comunidad. Como si fuéramos amigxs incluso sin serlo.
La práctica de la filosofía exige comunidad y amistad en la medida en que exige relación. Cuando hacemos filosofía en comunidad estamos compartiendo una búsqueda en común que nos moviliza. Sin comunidad no hay filosofía, no hay relación, no hay vínculo, no hay amistad. Pero es importante observar que la amistad o la comunidad no siempre están dadas. El grupo con el que trabajemos no será desde el comienzo una comunidad, de la misma forma que estar al lado de una persona desconocida no te vuelve su amigo. ¿Pero cuando empezamos a ser comunidad? De lo que se trata es de promover un ambiente de trabajo cooperativo y de diálogo. De confianza. “Ser tomados en serio no significa la aceptación de todas y cada una de las opiniones que expresamos. Significa más bien una respuesta intelectualmente íntegra” (Kohan, y Waskman, 1997: 191). Para poder pedir razones a otra persona, para discutir argumentos tiene que haber un vínculo de respeto y es fundamental para poder filosofar. No me asombro si no confío en quien tengo al lado. No dudo si me siento intimidado. Es hacia el fortalecimiento de la comunidad donde tenemos que trabajar:
La comunidad de amor es tanto no-ética como emocional. La razón puede entenderse como una forma de amor […] Por medio de todas las modalidades del amor la comunidad de investigación se junta, se mantiene unida, trabaja en el conflicto, emprende conjuntamente la disciplina y crece en unidad tanto como en complejidad (Kohan, Waskman; 1997: 201).
Pensemos a la filosofía como una gran comunidad que habitamos también con diferencias y desencuentros. Pensemos a la filosofía como una herramienta de transformación. Pensemos a la filosofía como una práctica que podemos hacer profesorxs, alumnxs, amigxs, y todxs lxs que estemos dispuestxs a pensar el mundo en el que vivimos. Si nos asombrarnos y nos preguntamos es porque escuchamos a otrxs. Porque dialogamos.
Hoy en día se habla mucho del diálogo y pocxs se atreven a dudar de su importancia. Pero, ¿qué significa el diálogo? ¿A qué nos referimos cuando apostamos a que la escuela sea un lugar de diálogo? El filósofo Martín Buber, dedicó muchos años a pensar cuál es el sentido del diálogo. Llamó verdadero diálogo o diálogo genuino a aquella forma en la que cada uno de los participantes tiene en cuenta a los otros como seres únicos y establece con ellos relaciones mutuamente significativas y activas. Buber, a su vez, distinguió el diálogo de la conversación. Conversamos con amigos, conversamos en familia, conversamos también los recreos o en algún rato de alguna materia. Pero no siempre dialogamos. Dialogar, para el filósofo, tiene que ver con reconocer al otro; pero no para lograr una finalidad u objetivo, sino por el mero hecho de dialogar. Lo valioso en el diálogo es poder escuchar la voz de quién nos habla y luego reflexionar juntos: “Sólo podremos comprender al hombre en toda su profundidad, si lo concebimos como seres que se constituyen en el diálogo” (1974: 37). El diálogo filosófico no es espontáneo ni está dado. Es una práctica que se aprende trabajándola y que se afirma sobre malentendidos y desacuerdos. Las palabras que usamos muchas veces son las mismas, pero no se entienden de la misma manera. Todos acá podemos estar de acuerdo en afirmar la justicia, el amor o la libertad. ¿Pero qué significa ser libres? ¿En qué sentido lo afirmamos? Nos enseñaron en la primaria que el diálogo debería llevar siempre a la superación de los desacuerdos o, por lo menos, a un consenso tolerable. Pero no es el objetivo de nuestra práctica filosófica que nos entendamos de manera tolerable. Que nos pongamos de acuerdo en una palabra. El diálogo filosófico tiene que ser concebido como una forma de aclarar, explicitar, entender y valorar esas diferencias. “El diálogo es una forma amorosa de comunicación. […] El diálogo se manifiesta como carencia” (1974:37).
¿Cómo llevar estas nociones a la práctica? Ejercitándolas también. Comparto algunas ideas para llevar a cabo este ejercicio:
Juego “Yo también”
En ronda, pasa un integrante y se presenta, “soy Juan, me gusta el helado y vivo en Buenos Aires”. Si alguien más comparto algo en común, levanta la mano o pasa al medio de la ronda y dice “¡Yo también!” y se presenta contando algo nuevo. Lo novedoso es que quienes que pasan a presentarse es porque comparten algo con otrxs. Si pasa alguien y nadie encuentra algo en común, tendrá que ser ingenioso para seguir diciendo cosas suyas (o al revés, cosas que no le gustan) hasta lograr que todxs se presenten.
Luego de este juego, se pueden realizar las siguientes preguntas: ¿ahora que se conocen un poco más dirían que son una comunidad? ¿Si? ¿No? ¿Por qué?; ¿En qué momento se empieza a ser parte de una comunidad? ¿Cuánto tenemos que conocernos para serlo? A continuación, podemos indagar en el grupo a qué comunidades pertenecemos. Si podemos pertenecer a más de una comunidad. Si la comunidad tiene que ver con lo que tenemos en común o con lo que nos diferencia.
Trabajar con imágenes artísticas
Antonio Berni y sus obras Pan y trabajo, La gallina ciega o Campeones de barrio. El Guernica de Picasso. Las obras de Pablo Suárez. Infinidad de puntos de partida que podemos tomar para asociar después con la idea de comunidad. Observar las obras, pensar de qué manera nos afectan y dialogar.
Siguiendo la actividad anterior, otra propuesta puede ser salir del lugar en donde estemos para observar otras comunidades. Claramente no estamos hablando de embarcarnos en costosos viajes de estudios para ver otras comunidades, si no en descubrir el barrio en el que vivimos, por ejemplo. En muchas capacitaciones con Grupo El Pensadero hemos pedido a los asistentes que salgan a sacar fotografías y hacer anotaciones con las características que encuentren del concepto de comunidad. Desde el banco de una plaza, el portero de un edificio o la fachada de un típico de almacén.
La idea de pensar la acción filosófica en plena ligazón a la noción de comunidad tiene que ver con recuperar ese carácter más llano y local de la filosofía y alejarnos al mismo tiempo de prácticas elitistas o cerradas. La importancia de la comunidad radica en reconocer que hay otras personas. Que la filosofía es una práctica colectiva que se enriquece y nutre en la medida en que la socializamos. Hay comunidad si existen otrxs que irrumpen completamente en cada grupo para potenciarlo. Nos obliga a soltar lo propio. La comunidad tiene que ser de cualquiera que quiera habitarla.
Consigna para pensar
Escribí en el siguiente recuadro: tres comunidades a las que pertenezcas con muchas ganas, dos a las que no pertenecés pero te gustaría hacerlo y una a la que no tengas interés. Usa las seis comunidades para escribir un haiku.[3].
Filosofando
Es importante aclarar que la filosofía en las aulas no es una herramienta mágica para días difíciles. En capacitaciones docentes suelen preguntarnos qué actividades filosóficas se pueden hacer para grupos difíciles o en escuelas de zonas vulnerables. Y no siempre la filosofía puede salir al rescate de grupos con conflictos o que se encuentran afectados por las condiciones materiales en ambientes precarios y hostiles. En ese sentido, hay que poder distinguir “grupos difíciles” de problemáticas sociales y materiales concretas. “Grupos difíciles” los encontramos en diversos contextos sociales y escuelas; pero condiciones materiales y precarias es algo que el Estado debe resolver y que excede a un proyecto novedoso de filosofía en las aulas.
La filosofía tal como la presentamos tiene que ver con una acción, con poner el cuerpo, con implicarse y estar expuestos y esta tarea en estos tiempos (y en todos los tiempos probablemente) no es un camino fácil. No existen reglas o recetas para filosofar bien porque no existen caminos pre-armados para la filosofía en el aula. Cuando hablamos de una guía para empezar a filosofar lo hacemos con el único objetivo de que no sea una guía. O que sea una anti-guía.
Sí es importante pensar al espacio de filosofía como un lugar donde se involucre por igual a todxs lxs participantes. Y para ello debemos trabajar constantemente –y casi nunca podremos renunciar de hecho- a generar y garantizar las condiciones.
A su vez, no debemos olvidarnos nunca que se enseña filosofía filosofando. Si como docentes generamos una escucha atenta hacia lo que sucede al interior de la comunidad inevitablemente nos estamos implicando y eso habla de una participación muy activa pero también personal en el proceso de aprendizaje. Entrar al aula con nuestras preguntas bajo el brazo es fundamental para tender puentes con nuestrxs alumnxs. Es dar presente al acto de filosofar. Es mostrar que lxs docentes (o lxs adultxs) también tenemos miedos y desconocemos cosas. Y hablar de lo que nos pasa todos los días. Hablar de Historia de la Filosofía pero también hablar de la vida cotidiana. La vida de cada unx. La vida que es ir a la escuela, cenar con la familia, escuchar música o ver películas. Sin dudas que la filosofía habla de las grandes verdades pero desconfíen si piensan que está para solucionarlas o definirlas. La filosofía no resolverá todas las preguntas o no resolverá el problema de la muerte, la libertad o el amor. Pero sí nos ayudará a pensarlos, nos ofrecerá nuevas y múltiples perspectivas. La filosofía está para pensar cada momento de nuestras vidas. Para conmovernos, movilizarnos y trastocarnos. Y en tiempos hostiles también para abrazarnos y refugiarnos.
Bibliografía
- Buber, M. (1974). Yo y tú. Buenos Aires:Editorial Nueva Visión.
- Jaspers, K. (1949). La filosofía. México:Fondo de Cultura Económica,
- Kohan, W. y Cerletti, A. (1997). La filosofía en la escuela. Caminos para pensar su sentido. Buenos Aires:EUDEBA.
- Kohan, W. y Waksman, V. (2000). Filosofía con niños. Aportes para el trabajo en clase. Buenos Aires:Novedades Educativas.
- Kohan, W. y Waskman, V. (1997). ¿Qué es filosofía para niños? Ideas y propuestas para pensar la educación. Buenos Aires:EUDEBA.
- Meirieu, P. (2016). Recuperar la pedagogía. De lugares comunes a conceptos claves. Buenos Aires:Paidós.
- Pescetti, L. M. (2018). Una que sepamos todos. Taller de juegos, música y lectura (para el aula, la casa, el campamento o el club). Buenos Aires:Siglo veintiuno editores.
- Roldán, G. (2018). Dragón. Buenos Aires:Sudamericana.
- Rozenblum, N. (2018). Cuaderno de escritura. Más de 100 historias que todavía no se escribieron. Buenos Aires:Abre cultura.
- Skliar, C. (2011) Lo dicho, lo escrito, lo ignorado. Ensayos mínimos entre educación, filosofía y literatura. Buenos Aires:Miño Dávila.
- Wittgenstein, L. (1930) Conferencia sobre ética. Barcelona:Paidós/ICE-UAB.
En diálogo
Pregunta
Dentro las propuestas que realizás para hacer filosofía en la escuela proponés “pensar por fuera del tiempo utilitario”. En relación al concepto de “utilidad”, hay numerosos discusiones en torno a la utilidad de los aprendizajes en las escuelas y, por otra parte, desde la filosofía muchas veces se hace culto de su inutilidad. En este contexto, ¿considerás que la filosofía es útil en el contexto escolar?
Respuesta
La filosofía se vale del lenguaje y muchas veces a lxs filósofxs nos gusta usarlo para generar controversias. Decir que la filosofía es inútil no es igual a afirmar que no vale la pena, que es una disciplina en desuso, que no tiene efectos positivos en la escuela o que directamente no merece ser practicada o defendida. Afirmar que la filosofía es “inútil” tiene que ver con pensar qué significa que algo sea útil en nuestra sociedad actual.
Si lo útil está asociado a una sociedad de consumo donde quien avanza es quien hace más o produce más, entonces la filosofía es inútil. Si lo útil en la escuela es realizar una cantidad de innumerable de proyectos que deben ser realizados en el menor de los tiempos, entonces la filosofía es inútil. La filosofía es inútil en un contexto donde lo útil sólo significa producir más, ganar más, hacer más. Pero precisamente por eso la inutilidad de la filosofía debe ser defendida. Paradójicamente, es la inutilidad de la filosofía lo que la vuelve útil en el escenario escolar actual.
Es necesariamente útil que haya en la escuela espacios de tiempos “perdidos”. Que haya en la escuela un momento para que lxs docentes y lxs chicxs pueden pensar por el mero hecho de pensar. La utilidad de la pretendida “inutilidad” de la filosofía tiene que ver con llevar la curiosidad, el asombro, la duda y el pensamiento crítico a las aulas. Y hoy ese combo explosivo de habilidades es especialmente importante y no siempre aparece en la escuela. Estamos en un mundo en donde probablemente todo esté cambiando y transformándose de forma acelerada. Vamos a tener que seguir aprendiendo toda la vida: aprender con las nuevas tecnologías, aprender nuevos oficios, aprender nuevas formas de relacionarnos. Y todo esto es más fácil de alcanzarlo si lo hacemos a través de la filosofía. De poder incorporar un diálogo en un pensamiento colectivo, de sumar otras miradas, de ser más sensibles, más respetuosos y más libres de lo que nos rodea.
- La frase de Lenon dice “la vida es eso que te pasa mientras estás haciendo cosas”.↵
- Hacemos referencia a comunidad de investigación, concepto acuñado por Matther Lipman para describir la dinámica que se generan en el marco de la propuesta de filosofía para niñxs. Para un desarrollo de sus antecentes, supuestos y alcances, consultar capítulo 6 de la presente edición.↵
- “El haiku es un tipo de poesía japonesa, estructurada en un verso corto, un verso largo, un verso corto (generalmente de 5, 7 y 5 sílabas), que representa un instante o un sentimiento auténtico, sin necesidad de metáforas. En sus orígenes, estaba vinculado a la Naturaleza y la transmisión de una imagen, pero en Occidente esto se transformó y hay diversas interpretaciones al respecto, que incluyen poemas urbanos e incluso una versión llamada Haikumbia” (Rozenblum, 2018:164)↵







