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4 Filosofía y Juego

Búsqueda y encuentros entre teoría y práctica en el marco del Programa Juegotecas Barriales CABA[1]

Úrsula Pose

Quiero comenzar este artículo advirtiéndoles a ustedes lectorxs que lo que aquí leerán es sólo un juego. Es decir un invento de esta escritora que deliberadamente insiste en interrumpir sus vidas cotidianas o, incluso, la placentera lectura de este libro para proponerles nada más que eso, jugar.

Disculparán mi atrevimiento, imagino que ustedes esperaban quizás encontrar aquí un compendio de definiciones o fundamentaciones respecto de los conceptos de juego y filosofía y sus posibles intersecciones; tal vez alguna propuesta educativa acerca de cómo implementar la filosofía en propuestas lúdicas con niñxs o algún relato de experiencia en el que se relate algún encuentro de Filosofía con Niñxs a partir del juego. Pero, para que esto ocurra es importante que primero juguemos juntxs.

Jugaremos, si aceptan mi invitación, como si fuera posible ignorar las distancias temporales y espaciales que nos colocan en puntos absolutamente diferentes a ustedes –entre ustedes– y a ustedes de mí. Nuestro campo de juego serán estas hojas, cuyas palabras y oraciones nos servirán como pistas para encontrar algo que bien podríamos llamar tesoro pero que, en tanto se encuentra perdido –y tal vez incluso nunca haya sido hallado– no sabemos bien qué es; pero sí que es lo suficientemente valioso como para impulsar esta búsqueda y mantenernos a nosotrxs, jugadores, implicadxs en ella.

Pista 1

El juego traspasa los límites de la ocupación puramente biológica o física. Es una función llena de sentido. En el juego algo que rebasa el instinto inmediato de conservación y que da un sentido a la ocupación vital. Todo juego significa algo. (Huizinga, 2010: 12)

La primera pista se presenta así, abruptamente. Y casi cuando todavía no sabemos bien a qué estamos jugando, el juego comenzó. En su modo de aparecer repentino y apresurado nos recuerda a esxs jugadores impacientes que no quieren aguardar a que se lean las reglas, los objetivos, y prefieren simplemente “arrancar a jugar” e ir dilucidando en el medio de la partida qué operaciones son legítimas y cuáles constituyen una trampa o error en el juego. Pues bien, sigámosle a esos y veamos en qué resulta.

Esta pista nos remite a los análisis que Huizinga, filósofo e historiador holandés, realiza en su libro Homo ludens (2010) con motivo de su investigación acerca del juego como fundamento de la cultura. En este sentido, el autor considera que el juego existe previamente a la cultura y que la acompaña y penetra (2010:15). El juego desempeña una función social sumamente importante que queda sin explicar si atendemos únicamente a análisis de tipo biologicistas cuyos supuestos subyacentes consisten en la idea de que el juego sirve siempre a una finalidad biológica o psicológica. Podemos colocar dentro de teorías de este tipo las efectuadas por Piaget (1946 en Ortega, R.:1991) o Vigotsky (1896-1934, Ibid), aún con las diferencias sustanciales que pueden encontrarse entre ambas tradiciones, y observar que en ellas se considera al juego como a) un tipo de descarga energética necesaria para nuestro organismo, b) un impulso cognitivo de imitación en donde lxs niñxs repiten el mundo adulto en un “como si”, c) un ejercicio para actividades “más serias” que deberán desempeñar en un futuro, y d) un intento por adquirir dominio de sí mismo, entre otras. Según Huizinga, todas estas actividades podrían satisfacerse por procedimientos mecánicos, con lo cual no serían necesarias todas las otras características e intensidades que aparecen en el juego como, por ejemplo, la pasión, el placer, los fanatismos, la broma, la alegría, entre otros. Por este motivo el filósofo deduce que ninguna de las explicaciones que la ciencia experimental ha brindado hasta el momento son lo suficientemente abarcativas como para explicar la esencia del juego ya que, a medida que nos adentramos en las “formas lúdicas de la vida […] más se pone de relieve su independencia” (2010: 18). Esta concepción rechaza por completo la idea de juego como herramienta, como algo útil para una finalidad posterior, y lo reivindica como una dimensión intrínseca a la vida humana. El tiempo de juego desafía a los paradigmas de utilidad imperantes en las sociedades actuales, e incluso invita a pensar de qué manera solemos desacreditar todo aquello que no “sirva para”[2] un bien ulterior. Sea este la adquisición del conocimiento, el avance de la tecnología o la eficiencia en el mercado de trabajo. Con esto no quiero decir que determinadas actividades lúdicas no puedan ser buenas aliadas a la hora de trabajar, por ejemplo, un contenido académico, pero sí que la función lúdica que realizan excede esta finalidad y no la necesitan para estar llena de sentido. Quitar al juego de la cadena de utilidades implica, necesariamente, devolverlo a una dimensión integral del ser humano y a su existencia en comunidad y que se lo considere como una dimensión inseparable de aquello que somos. No casualmente encontramos dificultades para jugar de manera espontánea una vez que hemos crecido. Robarle a la cotidianidad de nuestras vidas un momento de juego es, hoy, un acto revolucionario.

Podríamos recapitular todas aquellas características que Huizinga atribuye al juego a partir de la siguiente definición que aporta:

El juego, en su aspecto formal es una acción libre, ejecutada <como si> y sentida como situada fuera de la vida corriente pero que, a pesar de todo, puede absorber por completo al jugador, sin que haya en ella ningún interés material ni se obtenga en ella provecho alguno, que se ejecuta dentro de un determinado tiempo y un determinado espacio, que se desarrolla en un orden sometido a reglas y que da origen a asociaciones que propenden a rodearse de misterio o a disfrazarse para destacarse del mundo habitual. (2010: 27)

Tomando en cuenta lo que hemos analizado hasta aquí -no olvidemos que nos fue dada una pista y que estamos jugando pero que comenzamos sin conocer demasiado las reglas o la finalidad de este juego- podemos pensar algunas preguntas que abran nuevos caminos para esta búsqueda. Si la pista 1 reivindicaba la independencia del juego en relación a los constantes intentos de ubicar a esta actividad como sirviendo a un propósito superior, podríamos preguntarnos qué otras áreas comparten una problemática similar en relación al eje utilidad/inutilidad, a la peculiaridad de su desarrollo en un tiempo y espacio que se perciben como diferentes al curso de la vida cotidiana o, incluso, a la libertad que requieren para poder constituirse en prácticas y producciones creativas.

El arte y la filosofía son disciplinas que en diferentes momentos de la historia han sido también llamadas a dar cuenta de los beneficios y/o avances de su implementación tanto en ámbitos educativos, como científicos, políticos o de medios de comunicación, entre otros. Estos requerimientos han logrado en la mayoría de los casos, bien considerarlas como meras herramientas útiles para la expresión, integración y sanación de personas con un enfoque terapéutico (en el caso del arte), para el desarrollo del pensamiento lógico (en el caso de la filosofía), o bien descartarlas y reducirlas a pasatiempos cultivados por personas con tiempo para el ocio y la recreación. Ambas posiciones ignoran por completo la compleja caracterización que ubica a estas prácticas, junto con el juego, como parte de aquellas funciones vitales intrínsecas a todo ser humano. Sin embargo, podemos aún preguntarnos si las posiciones que conciben al juego, al arte y a la filosofía como herramientas útiles -e incluso irremplazables- para lograr otros fines más allá de sí mismas, son irreconciliables con la idea de que estas áreas tengan validez independientemente de otras disciplinas y saberes. Es decir, si aquellas que los caracterizan como importantes medios que colaboran a cumplir con otros objetivos, excluyen la posibilidad de que cada una de ellas se encuentre llena de sentido para quienes la practican. Avancemos por este camino de interrogantes.

Pista 2

El hecho fundamental es aquí: que establecemos reglas, una técnica, para un juego, y que entonces, cuando seguimos las reglas, no marchan las cosas como habíamos supuesto. Que por tanto nos enredamos, por así decirlo, en nuestras propias reglas […] Decimos justamente, cuando, por ejemplo, se presenta la contradicción: “Yo no significaba esto”. El estado civil de la contradicción, o su estado en el mundo civil: ése es el problema filosófico. (Wittgenstein, L: 1988, δ 125)

Nos encontramos en este punto con una segunda pista que nos propone replantearnos aquellos interrogantes que la lectura y análisis de la primera habían suscitado en quienes, jugamos este juego. Wittgenstein fue un filósofo, matemático y lógico alemán ubicado dentro de la tradición analítica en filosofía y en este parágrafo de sus Investigaciones filosóficas (1988) caracteriza a los problemas filosóficos como problemas del lenguaje. Podríamos decir, siguiendo el Estudio introductorio que realiza Reguera (1988) que toda su filosofía consiste en una crítica del lenguaje, según la cual no existe una correspondencia unívoca entre un significado y la entidad que representa, sino que su significado depende de una serie de relaciones que establece con otros significados según una serie de reglas relativas a su uso. En esta cita sostiene que los problemas se producen porque nos “enredamos en nuestras reglas”; es decir, malinterpretamos o confundimos los significados de las palabras. Si sabemos entonces, que el significado de una palabra no está dado por un vínculo de correspondencia metafísica entre proposiciones y hechos, se nos vuelve más comprensible el uso que aquí realiza Wittgenstein de la noción de juego. Juego no es algo que podamos caracterizar a partir de sus componentes más simples e intrínsecos sino que, por el contrario, lo que sea juego -o arte o filosofía- está dado por su uso dentro de un juego del lenguaje en particular; es decir, dentro de un campo de juego con reglas claras que se derivan del funcionamiento que esa palabra tiene dentro de un sistema de significaciones propio a una comunidad. Hay tantos juegos del lenguaje como comunidades e intereses superpuestos puedan existir dentro de una sociedad y, sin embargo, el problema surge de creer que podemos a partir de la especulación metafísica, encontrar aquellas características universales “ocultas” (1988:265) que nos permitan definir de manera fija, lo que ese término o palabra es, por eso hallamos constantes contradicciones donde no las hay.

De esta manera, tanto una concepción utilitaria de juego -al modo en que lo entienden Piaget (1946 en Ortega, 1991) y Vigotsky (1896-1934, Ibid)-, como aquella que lo presenta como válido en sí mismo (Huizinga: 2010) son atendibles e incluso compatibles en relación al uso dentro de una forma de vida e imagen del mundo. En todo caso, deberán esclarecerse las reglas y exponerse comparativamente los juegos del lenguaje a los que cada concepción pertenece estableciendo semejanzas y diferencias, sin suponer que sólo una de ellas nos puede proporcionar una explicación acabada (1988:267). En este sentido, Wittgenstein considera que los problemas filosóficos son aquellos que se generan cuando nos chocamos con los límites del lenguaje sin comprender que no hay mundo por fuera de él, que no hay nada oculto “puesto que todo yace abiertamente” (1988:265). El significado de la filosofía entonces, siempre coherente con sus propias tesis, no será otra cosa que su función: sanarse a sí misma, ser autocurativa. Dicho de otro modo, la filosofía es una terapia cuyo objetivo es el de resolver los problemas filosóficos hasta hacerlos desaparecer completamente. Por eso la filosofía debe dedicarse a describir y nunca a explicar, debe “compilar lo ya conocido” luchando contra los engaños a los que nuestro entendimiento nos inclina por medio del lenguaje. Esta tarea implica reconducir a los términos conflictivos desde su uso metafísico hacia su uso cotidiano, destruir los castillos construidos en el aire dejando al descubierto la base del lenguaje sobre la cual se asientan (1988: 261-263). Como formas de resolución propone clarificar el uso de los términos dentro del juego del lenguaje al que pertenecen. Sin embargo, indica que existen diversos métodos como terapias indicadas para resolver distintos problemas y apartar dificultades pero que no se resuelve un único problema (1988:269). Podríamos interpretar esta afirmación de dos formas diferentes. En primer lugar, podríamos suponer que el autor está diciendo que la filosofía tiene una tarea que se desarrolla en cada caso de manera diferente, y que por lo tanto ésta no cuenta con un único método que la caracteriza pero que es esperable que cumplimente su tarea y se retire o, podría pensarse que el autor sostiene que es posible resolver un problema que genera algún término en un contexto particular de uso, pero que nunca llegará a resolverse de forma definitiva la problematicidad inherente al uso del lenguaje. Desde esta interpretación, la filosofía siempre tendrá alguna tarea por hacer o mejor dicho, algún problema que resolver.

Ahora bien, si bien la pista 2 puede habernos alertado acerca de las dificultades de mantener nuestra búsqueda en terrenos demasiado abstractos no deja de suscitarnos toda una nueva serie de preguntas e interrogantes al respecto: ¿cómo pueden modificarse las reglas en los juegos del lenguaje que propone Wittgenstein? O bien, ¿de qué manera se crean nuevos juegos del lenguaje, dado que no podríamos suponer que continuamos jugando los mismos juegos desde tiempos inmemoriales? Si sospechamos que la respuesta se encuentra en los cambios socioculturales, es decir, en los cambios prácticos que diferentes comunidades llevan adelante consciente o inconscientemente; ¿estaríamos dispuestos a sostener que ni la filosofía ni el arte -y por consecuencia tampoco el juego- tienen influencias decisivas en estos movimientos, sino que sus modificaciones o cambios de método o paradigma, o incluso la creación de los mismos; siempre les son dados desde el exterior? Nuestro juego ha tomado decididamente la forma de búsqueda de un tipo particular de tesoro y -si siguen ahí jugando conmigo- podría decirse que, hundidos nuestros pies en este pantano, estamos muy cerca de encontrar aquello que nos indique hacia dónde continuar buscando.

Pista 3

Se habla del fracaso de los sistemas en la actualidad, cuando sólo es el concepto de sistema lo que ha cambiado. Si hay tiempo y lugar para crear conceptos, la operación correspondiente siempre se llamará filosofía, o no se diferenciaría de ella si se le diera otro nombre. (Deleuze, G. y Guattari, F. 1993:7)

Esta pista nos propone una definición de filosofía que es necesario indagar a la luz de las demás pistas que hemos recogido hasta aquí. Anteriormente se nos mostraron diversos caminos para transitar los terrenos del juego y la filosofía, así como también algunas intersecciones entre ellos. Aquí sostienen Deleuze y Guattari que la filosofía es una “disciplina creadora de conceptos” y reivindican para ella una función que le es propia y que no puede colocarse ni por encima ni por debajo de aquellas disciplinas científicas que se dedican a buscar conceptos universales o de las técnicas que los conciben como productos intercambiables o, incluso, comercializables. El acto creador de la filosofía consiste en poder observar con desconfianza a aquellos conceptos que circulan disfrazados pretendiendo que no han sido creados, es decir, haciendo de cuenta que fueron dados de antemano. Estos conceptos suelen ser explicados a partir del uso que se hace de ellos o por las operaciones lingüísticas que realizan, necesarias para la comunicación. Los conceptos, para Deleuze y Guattari (1993), no son entidades universales, sino que están cargados de singularidad, arraigados a sus condiciones de creación puesto que si así no fuera, se volverían entidades vacías, formalidades arbitrarias que nada modificarían en nuestro mundo y desde las cuales quedaría sin justificar la importancia que les otorgamos a la hora de comprometernos en largas discusiones agonales[3] y políticas que recuerdan al modo en que los ciudadanos libres se empeñaban por alcanzar la sabiduría en la Antigua Grecia. (1993:3).

También aparece aquí una tesis que sostienen fuertemente los autores en su libro ¿Qué es la Filosofía? (1993) y es la idea recurrente de que lxs filósofxs desempeñan una función elemental, diferente a la de cualquier otrx especialistx. Lxs filósofxs pueden ser “amantxs”, “pretendientxs”, “rivalxs”, “amigxs” de la sabiduría o muchxs otrxs, dependiendo del momento histórico en que nos situemos, pero en cualquiera de los casos son personajes conceptuales que juegan roles específicos en la creación de conceptos: el de ser quienes los tienen en potencia y, siguiendo a Nietzsche, el de convencer al resto de las personas de que pueden recurrir a ellos. (1993:4). Desde este punto de vista, lxs filósofxs pueden ser consideradxs -en términos de Huizinga (2010)- como jugadorxs desobedientxs de un juego cuyo orden y reglas no les conforman y al que quieren oponer otro. “Precisamente el proscripto, el revolucionario, el hereje [quien filosofa, agregaríamos], suelen ser extraordinariamente activos para la formación de grupos y lo hacen, casi siempre, con un alto grado de elemento lúdico” (1993:26) A esta posición se hace referencia en la cita cuando se sugiere que el concepto de sistema ha quedado atrasado y se requieren nuevos conceptos para dar cuenta de una realidad que le ha quedado chica o resulta inadecuada.

Seguimos jugando y aún no he encontrado el camino que me lleve de esta pista hacia la siguiente: ¿lo han encontrado ustedes? Tal vez no quede otra opción que arriesgarnos a transitar esos puentes colgantes a riesgo de quedarnos por la mitad; o quizá sea una mejor alternativa lanzar piedras a este río que nos sirvan de apoyo antes de que la corriente las vuelva a arrastrar. En cualquier caso, pondremos un pie sobre la idea de que la creación de conceptos es un acto revolucionario realizado por unx jugadxr-filósofx que, comprendiendo las reglas del juego e infiltradx dentro del círculo mágico abierto dentro del campo de juego, decide libremente introducir allí una modificación, una nueva regla que inicialmente pasa desapercibida hasta que algunx de lxs demás jugadores pide una justificación. En ese momento el juego puede volver a su propuesta original, modificar alguna de sus reglas incorporando la nueva regla, o volverse otrx radicalmente-revolucionariamente-diferente. Nunca hubiera ocurrido nada de lo que hemos mencionado hasta aquí si lxs jugadorxs no hubieran jugado, es decir, si no hubieran decidido libremente irrumpir el curso de su vida cotidiana y compartir un espacio/tiempo con otros generando, indefectiblemente, “un proceso de transmutación necesariamente espiritual” (Huizinga, 2010: 54) en donde se reconduce la realidad hacia un mundo diferente que, además existe porque ha sido ya creado en ese juego.

Pista 4: ¿tesoro?

De niño, se me arrancaba de esas divagaciones. Me irritaban los regresos a la vida acostumbrada que se me imponían: estaba en camino de un descubrimiento y se me distraía. Desde entonces, siempre he creído que había algo que comprender en las formas que no reproducen el orden tranquilizante de las cosas. Algo que escapaba sin cesar. (Duvignaud, 1980: 1)

Nuestra osadía al tomar un rumbo inesperado en la pista 3 es recompensada con una nueva pista que, sorprendentemente, se autoproclama tesoro. ¿Qué podemos atesorar de lo que aquí se nos dice? ¿Quiere esta proclamación decir que aquí ha finalizado nuestro juego, nuestra búsqueda? ¿Qué continuaríamos buscando a partir de aquí si ya hemos encontrado un tesoro? Duvignaud, autor de El juego del juego (1982) nos propone recordar la sensación de inquietud que nos abruma cuando “la vida acostumbrada” nos llama a dejar de jugar, cuando el juego se interrumpe o se termina, cuando encontramos nuestro tesoro y solo nos resta colocarlo como souvenir en la mesita de luz. El juego es eso que se escapa sin cesar a toda denominación, es acción, camino de descubrimiento, búsqueda. Se detiene para que lxs jugadorxs tomen aire y puedan descansar, pero volverá a iniciar porque jugar -tal vez también filosofar- es parte de nuestra condición humana.

Duvingnaud alude también en este texto a la concepción que sus maestrxs de filosofía sostenían acerca de la incompatibilidad de aquel juego -que él realizaba libremente y que relacionaba con la acción de dejar al pensamiento discurrir acerca de aquellas preguntas o dimensiones más inquietantes acerca de la propia existencia en interacción con el mundo- y la filosofía. La filosofía es considerada aún en demasiados ámbitos como una disciplina seria, difícil, de eruditxs, que no se hace sino que se estudia. El juego, por su parte, sigue circulando como un término asociado a la diversión, al ocio, a todo aquello de lo cual, como adultxs productorxs de conocimiento, podríamos prescindir. Ambas nociones, colocadas cada una en un extremo de este dualismo irreconciliable, han demostrado ser falsas en la práctica y, descartadas, desde su exposición teórica. Sin embargo, aún nos quedan muchos caminos por recorrer en la búsqueda de nuevas concepciones de juego y filosofía que reemplacen a aquellas.

Jugando este juego encontré un tesoro: en esta búsqueda no habrá tesoros sino siempre nuevas pistas. Y ustedes, ¿qué encontraron?

Fin del juego (o no)

Les propongo ahora pensar en lo que hemos compartido hasta aquí. ¿Han sido parte de este juego? ¿Puede jugarse desde la lectura de una hoja? ¿Se puede filosofar desde ese mismo lugar? Estamos dispuestxs a sostener que hay filosofía en los libros escritos por grandes filósofxs y, sin embargo, no nos animaríamos a decir que han jugado con nosotrxs –o nosotrxs con ellxs. ¿Por qué será? Indefectiblemente para responder a esta pregunta deberemos indagar acerca de nuestras concepciones de juego y filosofía, más allá de lo que las teorías biológicas, psicológicas, socioculturales e incluso las opiniones del sentido común nos ofrecen. Para esta tarea, espero haberles brindado algunas herramientas e inquietudes lo suficientemente claras para comenzar una nueva búsqueda, pero lo suficientemente inciertas, como para que sigan siendo puestas en duda por ustedes.

En el siguiente apartado, lxs invito a compartir, uno de los caminos indagatorios realizados por Grupo El Pensadero respecto de esta cuestión.

Poniendo en juego a la filosofía en Juegotecas Barriales (CABA)

En el año 2016 Grupo El Pensadero inició un recorrido en asociación con el Programa Juegotecas Barriales CABA a partir de la propuesta de llevar a cabo encuentros de Filosofía con Niñxs en algunas juegotecas con el objetivo de que lxs chicxs puedan acceder y experimentar vivencias filosóficas que lxs inviten a jugar con la palabra y a abrir con ella nuevas posibilidades personales -a través del ejercicio de pensamiento propio y su enunciación-, y también colectivas –en relación a los modos de circulación de la palabra dentro de los grupos, a la posibilidad de complejizar las opiniones personales a través de los desafíos que presenta escuchar y comprender a lxs demás, etc. Tal y como las definen en su libro Juegotecas Barriales en la Ciudad de Buenos Aires (2017) las juegotecas son

[…] espacios de juego para niños de 2 a 13 años quienes concurren en forma sistemática y voluntaria; donde desarrollan actividades lúdicas, expresivas y culturales en un contexto institucional y con un equipo interdisciplinario de facilitadores lúdicos a cargo. Se trabaja a través de la participación activa y de experiencias compartidas entre niños, familias y las organizaciones barriales (2017: 40)

Desde aquel comienzo y hasta el día de hoy lxs integrantxs de ambos proyectos nos seguimos acompañando en la reflexión acerca de cómo se relacionan las disciplinas de las cuales provenimos -me refiero a la filosofía y al juego-. Y lo hacemos de un modo que nos es particular: animándonos a poner en juego esta relación. Es decir, a hacerla, a crearla, a recrearla, a practicarla, a jugarla.

En un principio, a lxs filósofxs nos inquietaban preguntas bastante pragmáticas como, por ejemplo, la de cómo generar actividades que pudieran interesar a lxs niñxs en el marco de un espacio que elegían voluntariamente y que, para ellxs, estaba relacionado con la alegría y lo divertido. Acostumbradxs a funcionar disruptivamente dentro de escuelas, pero con un dispositivo que tiene una gran familiaridad –histórica, en relación al programa Philosophy for Children y a sus diversas implementaciones en nuestro país -con lo escolar, nos preguntamos: ¿puede ser divertida la filosofía? O, en otras palabras, ¿pueden lxs niñxs divertirse mientras filosofan con otrxs?

Voy a confesarles que, personalmente, nunca antes me había planteado esta cuestión como un objetivo, entre los muchos que nos proponemos cuando realizamos encuentros de Filosofía con Niñxs. Hasta ese momento la filosofía era, para mí, una actividad de la cual no podía desprenderme. No todo el tiempo, claro está; pero había algo de su inevitabilidad que me hacía adjetivarla de mil maneras: interesante, profunda, subjetivante, desafiante, irritante, transformadora pero, definitivamente, divertida no era ni la décima característica que venía a mi mente. Esta preocupación venía a mi mente recurrentemente, sobre todo luego de las primeras observaciones en juegotecas que realizamos allá por el 2016. Estábamos convencidos de que nuestro proyecto tenía valor pero, ¿sería adecuado filosofar en una juegoteca? ¿No estaríamos engañando a lxs niñxs robándoles horas de juego, para filosofar? ¿No estaríamos forzando un vínculo que en esencia es incompatible? Aclarar estas preguntas como puntos de partida me hizo revisar filosóficamente mis propias palabras: ¿qué es “en esencia” la filosofía? –otra vez esa pregunta- y ¿qué es “en esencia” el juego? ¿Por qué se colaban en aquel momento –en donde necesitábamos claridad y resoluciones prácticas- las esencias? Piedra libre a ellas. Habían perdido el juego. Necesitaban ser reinventadas, repensadas y transformadas o debían aguardar el momento hasta que alguien “picara para todxs lxs compa”.

Mientras tanto, realizamos un encuentro para facilitadorxs lúdicxs del Programa que buscaban, curiosxs, conocer un poco más acerca de la propuesta de Filosofía con Niñxs y recibir algunas indicaciones acerca de cuál debía ser su rol durante los encuentros de filosofía. Con este objetivo, diseñamos una capacitación en la que plasmamos algunas de las inquietudes que nos atravesaban intentando que ellxs pudieran, a través de experimentar el filosofar con otrxs, establecer relaciones entre las instancias de formación de Juegotecas y los espacios de juego que ya venían transitando con nuestra propuesta filosófica. Decidimos hacer foco en la experiencia filosófica para diferenciar el modo en que haríamos filosofía con lxs niñxs en nuestros encuentros, de aquellas concepciones académicas en las que se suele asociar la actividad filosófica al análisis de autores y corrientes de pensamiento a lo largo del tiempo. Llamamos a ese taller Filosofía de la experiencia. Experiencia de la filosofía. y recuperamos -tanto en la teoría como en la práctica- aquella idea de Agamben (2007) en donde proclama que al ser humano contemporáneo –yo agregaría occidental- le ha sido expropiada la posibilidad de generar experiencias colectivas. Esto se debe al modo de vida urbana, que lo sumerge constantemente en acontecimientos que no logra relacionar ni percibir de manera completa. Su existencia se vuelve fragmentada y todo ocurre a una velocidad asombrosa que, en la mayoría de los casos, debe ignorar para continuar viviendo.

Pues así como fue privado de su biografía, al hombre contemporáneo se le ha expropiado su experiencia: más bien la incapacidad de tener y transmitir experiencias quizás sea uno de los pocos datos ciertos de que dispone sobre sí mismo. (2007:7)

¿Puede la filosofía devolvernos esa experiencia que nos ha sido expropiada? ¿De qué manera(s) lo haría? Sostuvimos en aquel taller, siguiendo a López (2008), que la Filosofía con Niñxs vuelve a la filosofía una experiencia vital porque recupera una dimensión inseparable de nuestro estar en el mundo, la existencial. Aquella que se abre cuando la vida cotidiana y los pensamientos más abstractos danzan dentro del círculo mágico alrededor del cual nos sentamos, formando nuevas combinaciones; aquella que ocurre cuando una pregunta resuena en todxs lxs integrantxs de ese círculo, cuando las palabras se vuelven poesía y cuando nos animamos a actuar “como si” ese mundo pudiese durar también allí en donde el resto de nuestras obligaciones y la multiplicidad de acontecimientos vividos por segundo, nos quitan la experiencia. Bastante parecido a jugar ¿no creen? Libremente, unxs jugadorxs se reúnen en círculo durante un rato a ejecutar una acción: pensar como si fuera posible situarse por fuera de la vida –de esa vida cuya existencia cotidiana es insoportable (Agamben, 2007:8)- absorbidxs por completo en la tarea, sin perseguir ningún interés material, en un orden sometido a reglas que dan origen a asociaciones que propenden a rodearse de misterio o a disfrazarse para destacarse del mundo habitual (cf. Huizinga, 2010: 27)

Cuatro años han transcurrido ya de aquellas primeras preguntas que, como grupo, nos hacíamos en largas reuniones que intentaban delinear líneas teóricas para avanzar sobre la práctica, tan desafiante, que nos proponía el trabajo con el Programa Juegotecas Barriales. Dos años junto a niñxs, facilitadorxs y coordinadorxs compartiendo inquietudes y nuevas búsquedas –como la capacitación que nos fue brindada a principios del año 2018 en el Centro Lúdico[4]– en las que hemos intentado habitar las tensiones teóricas que, a la luz de la práctica se iluminaban de miradas curiosas, mareas de preguntas y círculos cada vez más grandes.

Bibliografía

  • Agamben, G. (2007). Infancia e historia. Buenos Aires:Adriana Hidalgo editora.
  • Deleuze, G. y Guattari, F. (1993). ¿Qué es la filosofía?. Barcelona:Anagrama.
  • Duvignaud, J. (1982). El juego del juego. México:Fondo de cultura económica.
  • Huizinga, J. (2010). Homo Ludens. Buenos Aires:Emecé.
  • Kuiyán, A. y Guardia, V. (comps) (2017). Juegotecas Barriales en la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires:Ed. Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.
  • López, M. (2008). Filosofía con Niños y jóvenes: La comunidad de indagación a partir de los conceptos de acontecimiento y experiencia trágica. México:Novedades Educativas.
  • Ortega, R. (1991). “Un marco conceptual para la interpretación psicológica del juego infantil” en Infancia y Aprendizaje, Sevilla:Universidad de Sevilla.
  • Wittgenstein, L (2009). Tractatus logicus philosophicus, Investigaciones filosóficas y Sobre la Certeza. Madrid: Gredos.

En diálogo

Pregunta

En la primera parte de tu escrito hacés mención a que una cuestión que se pone en juego en relación al juego es el carácter, o no, utilitario del juego. Luego, hacia el final, mencionás que en el proyecto que llevamos a cabo junto al Programa de Juegotecas Barriales se han puesto una serie de elementos, entre ellos el juego, para hacer filosofía. ¿Considerás incorporar el juego a un taller de filosofía es “usarlo” en un sentido utilitario? Y viceversa, ¿se puede decir que “usamos” la filosofía para jugar? ¿Cómo entendés vos que se produce esta relación entre filosofía y juego?

Respuesta

Comienzo mi respuesta por declarar que quien pregunta está sospechado de “hacer trampa” y los propongo a ustedes como jurado para ayudarme a resolver este alboroto.

A lo largo de la propuesta de juego que recorre este escrito se invita a lxs lectores a descubrir cuáles serían las consecuencias de sostener la siguiente analogía: que filosofar es como jugar y que jugar es como filosofar. Esa es, en cierta medida, la primera regla que aceptan lxs participantes al ingresar al juego que busca –ya desde su forma- presentarse como un testimonio de esta posibilidad. Entender el vínculo entre juego y filosofía como una analogía nos permite eludir una falsa dicotomía entre ambos y a la vez nos deja habitar la encrucijada que se nos abre tanto si comenzamos por el camino del juego como si lo hacemos por el de la filosofía. En la encrucijada hay problema, hay pregunta, hay duda pero también hay necesidad de acción.

Cuando pensamos en la idea de “incorporar el juego” a un taller de filosofía, resulta evidente el supuesto subyacente de que la filosofía no es un juego y, además, podemos sospechar que ya ha sido decidido con anterioridad qué es lo “jugable” y lo que no. Es decir, que ya se han decidido unas definiciones de juego y filosofía que no han sido explicitadas. ¿Son estas definiciones las que nos han brindado las teorías biológicas, psicológicas, cognitivas, socioculturales, filosóficas? O, en otras palabras, ¿dónde están las reglas de este juego?

Suspendiendo por un momento nuestras definiciones esenciales de juego y filosofía nos encontramos con niñxs, coordinadorxs y facilitadorxs del Programa Juegotecas Barriales y juntxs nos permitimos revisar el vínculo entre ambas áreas. Afortunadamente, todxs parecíamos decididos a escribir una nueva serie de reglas y allí las escribimos: en la encrucijada, y repito: en la encrucijada hay problema, hay pregunta, hay duda pero también hay necesidad de acción. Entonces hicimos filosofía y jugamos, mucho.

Las definiciones se volvieron acción y ahí pudimos vislumbrar que a la filosofía y al juego, como también al arte -y esto es algo que se menciona en la Pista 2 del escrito- los atraviesan los mismos problemas acerca de al menos tres puntos (tal vez existan más aún por descubrir): su utilidad o inutilidad, el modo en el que irrumpen generando un espacio-tiempo con características diferentes al resto de las actividades y, por último, cierto grado de libertad que resulta a necesaria para que ambos puedan llevarse a cabo.

La filosofía y el juego escapan constantemente a toda definición acabada, se mueven velozmente, irrumpen en nuestra vida y en la de lxs otrxs… son condiciones, modos de nuestra existencia (tan claro y problemático como eso) y en ese sentido, se vuelven análogos.

Por lo tanto, todo intento de diferenciar juego y filosofía bajo el recurso de colocar a uno de ellos como fin y al otro como medio, corre el riesgo de esquivar la potencia que esta encrucijada nos muestra y hace trampa tomando un atajo que difícilmente nos lleve a encontrar el verdadero tesoro: el de que no hay tesoro sino siempre búsqueda, camino, pregunta y, tal vez, un rato para pensar, emocionarnos y reirnos con otrxs.

Ahora sí, queda en ustedes -ávidxs jugadorxs de este juego- deliberar si nuestro interlocutorx ha hecho trampa o si, por el contrario nos ha develado una nueva pista para seguir jugando.


  1. Para una información más acabada y completa acerca del Programa Juegotecas Barriales CABA, su historia y objetivos, recomiendo la lectura de su primer libro Juegotecas Barriales en la Ciudad de Buenos Aires (2017).
  2. Algunas reflexiones en torno a la ¿utildiad? de la filosofía pueden retomarse con la lectura del capítulo 1, ¿De nosotros sabemos? Guía para prepararnos a la hora de filosofar de Florencia Sichel.
  3. Sobre este punto también habla Huizinga (2010) cuando recupera las formas lúdicas de la filosofía y expone el modo en que los juegos competitivos constituían en la Antigua Grecia una acción sagrada. (pp. 46-48)
  4. El Centro Lúdico (GCBA) es un espacio de juego destinado a contribuir al desarrollo integral de los niños. Además, se encuentra constituido como un lugar de capacitación e investigación para adultos y cualquier persona que desee incorporar herramientas lúdicas para la educación de los más chicos.


1 comentario

  1. gea1976 19/10/2024 10:08 am

    Hermoso articulo… Felicitaciones

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