Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

El futuro ya llegó

Anahi Sy

Estás llamando a un gato con silbidos.

El futuro ya llegó.

Llegó como vos no lo esperabas.

Todo un palo, ya lo ves.

(Los Redonditos de Ricota, “Todo un palo”)

Para pensar y reflexionar sobre la atención a la salud mental hoy

La lectura y el análisis de las historias clínicas fue una vía para acceder a la trama que subyace al discurso psiquiátrico, que se expresa en la escritura de la historia clínica y se materializa en la trayectoria de las personas institucionalizadas. Si bien en ningún momento negamos el padecimiento mental, notamos que los discursos psiquiátricos y médicos funcionaron como normalizadores de las prácticas y comportamientos, en particular de las mujeres. A través de estos discursos, se construyen, sostienen y reproducen modelos de inclusión/exclusión, deseable/indeseable, bueno/malo, salud/enfermedad. En esencia, esto significa que hay aspectos del discurso y prácticas médico-psiquiátricas que se encuentran amparadas en ciertas moralidades y valoraciones sociales antes que en un conocimiento basado en evidencias científicas.

Los resultados presentados tienen ciertas implicancias para el presente. Por una parte, la reconstrucción de la historia reciente de la institución nos permitió identificar eventos desconocidos/olvidados para los propios/as trabajadores/as, desde la disponibilidad de las historias clínicas del hospital en el archivo, hasta eventos como la internación de niños/as y varones en la institución y el establecimiento de un Centro Piloto de Comunidad Terapéutica hacia 1969.

Consideramos relevante la reconstrucción histórica, aunque sea fragmentaria e incompleta, para pensar los procesos de cambio y las continuidades que caracterizan, en este caso particular, a la atención de la salud mental. Al respecto, podemos enumerar algunos puntos sobre los cuales es necesario reflexionar:

  • La naturalización de estereotipos de género como: mujer = madre = ama de casa = cuidadora = amorosa; el apartamiento de esta norma será interpretado como síntoma patológico.

Ciertas características de lo femenino: lo afectivo, lo débil, lo reproductivo, lo emocional, lo delicado, lo romántico, lo maternal-cuidador, lo doméstico son atribuidos a las mujeres como si fueran naturales o instintivas, de modo que producen procedimientos, acuerdos y diagnósticos que permean los modos de pensar médicos. Esto no implicaba que las personas pudieran estar sufriendo o requiriendo algún cuidado específico, sino que la psiquiatría venía a legitimar el encierro de todas aquellas que se apartaran de esa norma, de la razón, de lo productivo, de lo esperable para su género; el cuerpo se convierte en un cuerpo político al que hay que cuidar y mantener en orden.

El análisis realizado por otros/as autores/as sobre las biografías y obras de mujeres escritoras (las llamadas “locas ilustres”) dio lugar a una corriente que ha interpretado la locura como un refugio, un lugar donde protegerse de las estrategias opresoras del sistema patriarcal, una vía de escape de la domesticidad, un instrumento de resistencia, que permitiría actuar fuera de los estereotipos y roles establecidos. Ante estas interpretaciones, cabría señalar que las mujeres que rechazaron la domesticidad o el dominio económico y sexual de los varones, así como las activistas políticas, optaron por transgredir los roles de género que se les habían asignado; no “optaron” por la locura. Es decir, debajo de la locura pueden encontrarse signos de resistencia y rebelión, no tanto con relación a que la locura en sí fuese un instrumento para ello, sino a que la locura se convirtiera en una “capa” que pretendía ocultar, bajo las etiquetas de las distintas patologías, conductas y pensamientos que transgredían el orden establecido, asociándose, no pocas veces, con la peligrosidad sexual. Por tanto, podría ser considerada una etiqueta impuesta por agentes profesionalizados de un sistema de dominación, los psiquiatras. [1] Hemos visto en los casos analizados cuando la enfermedad aparece como signo más evidente de subjetividad frustrada, como resistencia a la subordinación histórica patriarcal, con caracterizaciones sobre su conducta que la infantilizan o tornan peligrosa.

Si bien podemos señalar que, durante el periodo de tiempo analizado, los tratamientos administrados y, aún más, las teorías y corrientes de la psiquiatría se transformaron, en la práctica clínica –que se traduce en el registro de ciertos signos y síntomas– persistió la adjetivación de la conducta femenina reprobable para la época, como si se tratara de un hecho observable “científicamente”, antes que una apreciación construida socioculturalmente en un momento histórico particular.

Cabría preguntarse, a partir de este análisis, en qué medida estos estereotipos de género condicionan hoy en día los diagnósticos que realiza la psiquiatría como una “realidad” acrítica que habilita el diagnóstico y/o internación por “insania”, no solo de las mujeres, sino también de niñas, niños u otros géneros y grupos de edad.

  • Lectura que psiquiatriza signos y síntomas de enfermedad, lo que se traduce en la desatención o escasos cuidados que se provee a problemas somáticos.

Las mujeres, niños/as y varones internados fallecían por problemas de salud física, aun cuando el foco se colocaba en la salud mental, cuestión que tendía a invisibilizar otras dimensiones del sujeto que padece, eliminando con el rótulo de “enfermo psiquiátrico” que este es poseedor de un cuerpo biológico que puede enfermar y requiere ser atendido.

  • Superposición y coexistencia de diferentes modelos de atención a la salud mental.

Como fue desarrollado previamente, un modelo de atención alternativo, como lo es el de comunidades terapéuticas, pudo desarrollarse al interior de la misma institución hospitalaria, donde persistía una lógica que se traducía en prácticas manicomiales. En ese contexto, coexistían no solo dos lógicas institucionales, sino también diagnósticos y tratamientos que, si bien emergieron en diferentes momentos históricos y correspondían a diversas escuelas de pensamiento, se solapaban aun en el tratamiento de un mismo paciente al mismo tiempo. Al respecto, cabe preguntarse en qué medida dichos tratamientos curaban, castigaban o acallaban síntomas.

Los últimos dos puntos señalados conducen a la actual discusión sobre la pertinencia de mantener los hospitales monovalentes, o pensar las internaciones en hospitales generales con un área especializada en salud mental. El problema reside en el abordaje multidisciplinar que requiere la salud, en sentido amplio, pensando en las personas de manera integral, no solo como poseedoras de un cuerpo y una psiquis, sino también como resultado de una trayectoria histórica, que forma parte de una trama social y cultural, inserta en una comunidad particular, que las trasciende al tiempo que las atraviesa.

Cada uno de los puntos considerados nos conduce a plantear la necesidad de desarrollar nuevas epistemologías, metodologías y categorías analíticas que contribuyan a una forma de conocimiento no determinista ni sesgado por el género, el lugar de origen o el sector o clase social, entre muchas otras variables posibles.

Las voces emancipadoras de diversas minorías y sexualidades disidentes, así como de las propias mujeres respecto de la dominación patriarcal, la autodeterminación y su actuación en el espacio público, conllevan a estar alertas frente a la reproducción y persistencia de estereotipos que asocian a las mujeres y a otros sectores sociales con la irracionalidad, la sinrazón, la incapacidad intelectual o para el ejercicio del poder, así como de la ocultación de logros mediante estereotipos que los ridiculizan (por ejemplo, la categoría de “feminazi”, que busca ridiculizar a las mujeres feministas de hoy, entre otras que persisten, como la de “histérica”, que actualmente también se extiende a los gais, entre muchas otras que preferimos no reproducir).

Consideramos que el hospital reflejará y reforzará procesos sociales y culturales dominantes de una sociedad dada, por lo cual, en consecuencia, estar atentos a manifestaciones y voces subalternas, minoritarias y/o disidentes resulta fundamental. En ese marco, no debemos soslayar que la economía política del país tendrá un impacto directo sobre las internaciones y muertes que ocurran en los espacios hospitalarios y extrahospitalarios.


  1. Al respecto ver Ruiz Somavilla, M. J. y Jiménez Lucena, I. (2003). “Género, mujeres y psiquiatría: una aproximación crítica”, Frenia, Vol. 3, (1), pp. 10.


Deja un comentario