Anahi Sy
No me aguanto a las personas
que me apuran para caminar
si la calle es tan angosta
y para todos no hay lugar
(Celeste Carvallo, “Me vuelvo cada día más loca”)
Mujeres, migrantes y “locas” entre 1895 y 1940
Audra, de nacionalidad lituana, es internada en el hospital el 7 de junio de 1931, según consta en su HC, “colocada por” su patrón después de dos meses de trabajar como cocinera, “como sus síntomas se habían vuelto cada vez más ruidosos, decidieron internarla”, “abandonada en los quehaceres de la casa. Indiferente por los suyos”. Desde su ingreso se registra que se encontraba “excitada”, “erótica”, que “daba gritos”, permanecía “inquieta a las preguntas que se le formulaban” y “respondía invariablemente ‘no estoy enferma’”; dijo “haber sufrido” en sus empleos como sirvienta y haber “pasado hambre”; se “expresaba deficientemente en castellano”. Como “ella no podía satisfacer los deseos sexuales de su esposo, éste la abandonó”.
Al mes de esa primera internación, concurren el esposo y el patrón. Solicitan el alta. Se les informa que “la asilada se halla a disposición del juez”. En 1932 sale con un alta a pedido del esposo, con quien ella se había “disgustado muchas veces por no haber apurado los trámites para hacer venir a sus dos hijas que estaban en Lituania”.
Su esposo señala que durante un tiempo su comportamiento fue “bueno, siendo trabajadora y cariñosa”.
Audra reingresa al hospital el 9 de septiembre de 1936, “colocada por la Policía Federal” (se consigna con tinta roja la leyenda “INTERDICTA” en la primera hoja de su HC), aunque esta vez el nombre que se registra a su ingreso fue “Adela”, asignándole una nacionalidad “polaca”. Con diagnóstico de “excitación maníaca”, “no exterioriza alienación ni ilusiones”, “se muestra lúcida y coherente pero no muy interesada”. Se expresa “con entonación ligeramente monótona y con dificultad de dicción debido a la falta de dominio del idioma castellano”. Demuestra “ideas persecutorias que objetiva en su esposo ‘me pega’, ‘es malo’”. Durante un tiempo permanece “agitada, llorosa, solloza por momentos, espetaba en todas las direcciones”. Es “enchalecada”.
Consignándose que “la enferma no presenta variación de su estado mental” y sin visitas desde 1936, el 21 de diciembre de 1939 pasa al pabellón 4 del Asilo de Lomas. A casi diez años de internación, en 1948 se registra que está “excitada, dice incoherencias, grita con frenesí”, y le aplican electroshock.
Durante su internación, aunque especialmente en los últimos años de vida en la institución, presenta múltiples problemas clínicos, como: otitis aguda, forúnculos, dolores abdominales, lesiones cortantes, estados febriles y orzuelos, entre otros.
En mayo de 1953, se registra que participa de un episodio en el que agrede a otra interna con una lata, de forma que le provoca una herida en el cuero cabelludo. En 1965 es diagnosticada con “tuberculosis”. El 23 de marzo de 1968 es encontrada “desmayada y caída”, con vómitos, sudoración profusa y afebril; cuando recobra el conocimiento, “refirió precordialgia” (dolor en la parte delantera del corazón) y se registran “ruidos cardíacos apagados y bradicardicos”, se indica penicilina, digitalina y realizar un examen en el servicio de clínica médica. Tres días después, fallece a consecuencia de una “insuficiencia cardíaca aguda”. Su cuerpo es retirado por el Hospital Borda como NN. (AR-AGN.DAI/HNE).
Angélica ingresa el 9 de mayo de 1922, con 39 años de edad al pabellón Bosch del Esteves. Al ingreso se registran sus datos: “quehaceres domésticos” como ocupación, “religión católica”, “color blanco” y “nacionalidad española”, aunque lleva “14 años de residencia en el país” casada con Manuel, quien la acompaña. Este señala que hacía un mes notaron “los primeros síntomas de la enfermedad”: “excitación psico-motriz, alucinaciones visuales, fugas, perseguida”, era “violenta” y “agresiva”, estaba “constipada” y tenía “menstruaciones irregulares”. Se refiere además que un hermano estaba “afectado de enajenación mental”. Finalmente el diagnóstico registrado es “delirio”.
Según consta en la historia clínica, ingresa “sumamente excitada, gritando y promoviendo escándalo. Facies de expresión cambiante”. De “atención móvil, idiorreica y logorreica. Incoherente, exterioriza algunas concepciones delirantes persecutorias e ilusiones visuales”.
No se prestó al examen somático. Cuando se la interrogó, prestó atención y respondió sin retardo, mostró ideas delirantes de persecución, de daños y algunas hipocondríacas. Se quejó de su marido, que le había producido la equimosis que presentaba en los miembros “Tengo el corazón lastimado, me hace así” (hacía señas con las manos, como apretando fuertemente), no tiene noción de su estado mental, dice que el marido es el loco “Mi esposo me dejó salir de mi propiedad y me trajo acá”, “Me trajo engañada”, “Yo no sé por qué me trajo, bien a él le pueden preguntar; poco puedo saber; él sabrá por qué me trajo”, “Mi esposo me llevó al curandero y este me dijo que este era un daño”, “Yo antes era fuerte como la roca; que no me encuentro tan fuerte como antes; pero estoy bien”, “Nunca estuve enferma doctor”. Le preguntamos si la habían querido envenenar y contestó “quién sabe”.
“Muchas veces hasta el mismo marido es el enemigo”. “‘Antes cuando estaba en mi propiedad me peleé con la de al lado, con mi vecina y me insultó tanto’. Durante todo el interrogatorio no ha mirado a su interlocutor, en ningún momento”. Al mes se registra que es “emotiva” y suele llorar. “Caprichosa” y, en ciertos momentos, presenta “negativismo para las órdenes que se le daban”. Suele tener “soliloquios en voz natural” y “a veces a gritos”. No es “agresiva ni destructora”. Dice:
“Yo no tengo que estar acá; porque no soy de acá”, “Estoy acá porque no soy de acá; estoy acá porque me habrán tirado”, “Usted sabrá mejor que yo porqué estoy acá, pues yo no tengo motivo para estar acá”, “Usted ya lo sabrá”. Reticencia marcada. Exteriorizó ideas hipocondríacas “No me siento bien como antes” “Siento mareos en la cabeza” “Parece que me han lastimado el corazón”.
Para fines de 1922, se registra que Angélica se encontraba levantada, “protestaba contra su esposo adjudicándole tener queridas y le llamaba babosa, no lo quería ver. Risas inmotivadas. ‘¿Por qué traen a una al manicomio sin estar loca?’”. Cuando la visitaba su esposo, “le profesaba golpes de puño, puntapiés y le decía de todo”. Solía “excitarse después de la visita de su esposo, tirándose al suelo, golpeando con pies y manos”. Decía que quiere “‘salir de este manicomio, ‘quiero ir a mi casa a Flores, para ver a mis nenitos’”. Estaba “bien orientada en tiempo y de lugar”. “‘Mi esposo me trajo, no sé por qué, yo era buena’”. “eufórica”, “expansiva”, “comunicativa”. Contaba “con lujo de detalles todo lo que le había acontecido”. En 1923 es trasladada al Asilo de Lomas, demostró “tener desprecio por su marido, a quien acusó de ser el causante de su asilamiento”. Sus sentimientos de afectividad a sus hijos “estaban conservados normales, en cuanto a su afecto por el marido estaba disminuido”. “Se ocupa en algunas costuras”. Tres años después “la enferma insistía en obtener el alta: ‘si no quiere venir mi marido que me saquen sus parientes’”. En el asilo “no se ocupaba en nada desde hacía una temporada”. “Protestaba por la comida”. En los años siguientes se registra que “persistía en el mismo estado mental y físico”.
Con fecha del 22 de abril de 1924, aparece una carta del esposo dirigida al director del hospital, solicitando que le describa la situación de su esposa para enviar a los familiares de España, quienes pedían el alta.
En 1930 se registró que era “trabajadora” y tenía “soliloquios” y “a veces solía excitarse”. Dijo que “quería irse, que no estaba enferma”. Veinte años después se continúa con registros similares que muestran cierta mejoría: “atiende”, “lúcida”, “se entablaba fácil diálogo”, si bien aún manifestaba “ideas delirantes de carácter persecutorio”. Tenía un “excelente estado de nutrición” y “se adornaba con cuentas de madera e hilos”. “Cuidaba su aseo”. “Obesidad”.
En 1956 se registra que trabaja en la escobería y que ya no era visitada.
El primer evento clínico se registró en 1943, con una infección en la mano derecha, y continuó hasta 1961 con síntomas de fiebres de 40º C, estados gripales, cefaleas, tos con mucha expectoración, vómitos, diarreas de tipo disenteriforme. El 7 de marzo de 1961 estaba “muy hipertensa”. Se medicó con Somnifene y digitalina, Saligram, Ampliactil. Al día siguiente presentó una hemiplejia izquierda.
El 9 de marzo falleció a los 78 años a causa de “una falla brusca del ventrículo izquierdo”. El certificado de defunción establece que falleció a consecuencia de insuficiencia cardíaca aguda. El cadáver pasa a la Facultad de Medicina (AR-AGN.DAI/HNE).
Las historias, ¿una cuestión de género?
Las trayectorias que presentamos condensan múltiples puntos recurrentes en las HC del periodo analizado.
En primer lugar, se observa el ingreso de población migrante, muchas veces con dificultades idiomáticas para la comunicación en español, como es el caso de Audra, consignando datos que a posteriori adquieren otros valores, en este caso el nombre y nacionalidad de Audra, en otros casos lo mismo ocurre con la edad, el estado civil u otros datos que refieren a la identidad de la mujer.
Es frecuente que las mujeres migrantes internadas lleguen a través de una orden judicial, “INTERDICTAS”, por disturbios en la vía pública, así como también traídas por sus “patrones” o algún miembro masculino de su familia (padre o esposo más frecuentemente), es rara la compañía de otra mujer en la internación. También es recurrente que las mujeres refieran episodios de violencia o maltrato sufridos de parte de estos varones (esposo/patrón) o, en el caso del esposo, que este le sea infiel o quiera “sacarle”/“robarle” sus bienes, ocupar su vivienda o “fugarse” con otra mujer; todo ello es consignado como síntoma de su patología: “Manifiesta ideas delirantes de carácter persecutorio”, “Ideas persecutorias que objetiva en su esposo: ‘me pega’, ‘es malo’” o sencillamente “delirio”. Tal lectura de las palabras de la mujer nunca es puesta en cuestión o problematizada; la legitimidad de la palabra de “la enferma” (como se nombra a estas mujeres en la HC) es nula en cuanto a su veracidad, sus palabras y comportamientos son síntomas de su enfermedad. Si bien quienes cotidianamente conviven con las mujeres en estas instituciones son monjas y enfermeras, los registros sobre el estado mental de la mujer, los exámenes clínicos y entrevista de admisión son realizados siempre por varones. Nuevamente, la voz autorizada es la masculina, leyendo la trayectoria, conductas y el cuerpo femenino. Al respecto podemos advertir en ello algunas singularidades que expresan la idea de cierta propensión o asociación entre el cuerpo femenino/lo femenino y la locura: el valor que se daba al ciclo menstrual, con registros que señalan: “menstruaciones irregulares”, así como también hallamos en numerosas HC planillas donde se marcaba mes a mes el periodo de menstruación. Otro aspecto consignado es la conducta “erótica”: “Abandonada en los quehaceres de la casa. Indiferente por los suyos”, “afectividad conservada” o “desafectiva”, lo cual se asocia a estereotipos socialmente establecidos para la mujer: ser esposa-madre-cuidadora-ama de casa. El incumplimiento o apartamiento de los atributos establecidos para su género: lo afectivo, lo débil, lo reproductivo, lo emocional, lo delicado, lo romántico, lo maternal-cuidador y lo doméstico; producen ciertos procedimientos, acuerdos y tratamientos que se cuelan en las teorías, registros, prácticas y modos de pensar médicos. Ello coincide con la llamada “feminización de la locura”, esto es, el proceso que llevó a finales del siglo XIX a considerar los trastornos mentales asociados a ciertos “atributos femeninos”, lo cual condiciona las respuestas terapéuticas de los psiquiatras (Showalter, 1985; Smith-Rosenberg, 1972; Chesler, 1972; Wood, 1973; Kromm, 1994; Weiner, 1995; Davies, 1996). Como Señalan Ruiz Somavilla y Jimenez Lucena (2003):
Las mujeres tenían más probabilidad de ser etiquetadas de enfermas mentales, debido a lo que Chesler llama “doble estandar” de la enfermedad mental, ya que la salud mental no se valoraba de la misma forma, con los mismos parámetros, en hombres y mujeres, pues los parámetros de una personalidad sana: independencia, autonomía y objetividad no eran los parámetros de una mujer mentalmente sana: dependencia, sumisión y sentimentalismo. (p. 10).
Al respecto, no podemos dejar de ver el lugar que tenían estas mujeres hasta la creación de este tipo de asilos: la cárcel o la calle. La “asistencia de locos” va a acentuar una regulación moral de la conducta dando gran importancia a la regulación de los cuerpos mediante el trabajo como organizador de la salud mental; ello se expresa en observaciones sobre el comportamiento que aparece como síntoma de enfermedad (“exitada”, “erótica”, “pueril”, “No se ocupaba en nada desde hacía una temporada”) o, por el contrario, como muestras de mejoría (“Se ocupa en algunas costuras”, “Colabora”, “trabajadora”, “Trabaja en escobería”. Además, diversos modos de contención como el “chaleco” o “restraint”, el electroshock, shock cardiazólicos o inyecciones de leche subcutánea se orientan a controlar los cuerpos y corregir conductas.
Dónde se curan “los vicios”
Los asilos alejados de las ciudades, con parques y espacio al aire libre, son producto de la aplicación en la Argentina del sistema “Open Door”, que propuso e instaló el médico psiquiatra y sanitarista Domingo Cabred (1859-1929). En sintonía, el Asilo de Lomas estaba por fuera de la gran ciudad asociada por los alienistas a una de las causas de la locura: el hacinamiento, el dinero, los vicios, etc. (Vezzetti, 1985). Dichos espacios se caracterizaban por una ilusión de libertad, trabajo y su carácter rural (Vezzetti, 1985; Marquiegui, 2010). Así, el trabajo se convirtió en uno de los elementos más importantes del “tratamiento moral”. Vezzetti (1985) va a señalar que el objetivo de la reintegración social del loco comienza por esa reforma del manicomio que lo aproxima a una pequeña comunidad rural. La centralidad del trabajo al aire libre se sostiene en una serie de razones; es inmediatamente higiénico, devuelve al “alienado” signos de su utilidad social y, finalmente, contribuye a reducir los costos del establecimiento.
Es claro que, desde esta concepción, “la locura” no es tanto una afección de la razón como una desviación de la conducta, a partir de causas que remiten tanto a factores corporales, como a condiciones socioeconómicas y crisis morales que atraviesa especialmente la población migrante.
Las HC que analizamos dejan constancia, con los años de internación, del traslado de las internas al Asilo de Lomas. Este fue construido con esta lógica, si bien llegaban las mujeres consideradas “crónicas”, a quienes se las terminaba aislando de sus lugares de origen, dejaban de ser visitadas y, conforme pasaba el tiempo, los registros sobre su evolución eran cada vez más breves y se realizaban cada vez con menor frecuencia, ligados a procedimientos clínicos, hasta su fallecimiento.
El final de la vida en la institución de la mayoría de las mujeres transcurría en soledad o, al menos, lejos de sus familiares o allegados. Dejaban de preguntar por ellas, hasta que, luego de fallecidas, sus cadáveres no eran retirados y se los enviaba al Borda para ser investigados (como en el caso de Audra) o a la Facultad de Medicina (como en el de Angélica).
No soy de aquí ni soy de allá…
Durante la primera mitad del siglo XX, los procesos sociopolíticos y económicos que atraviesan a nuestro país, como la inmigración no regulada, la creciente urbanización e intensificación de la economía de mercado, van a colocar el foco en la necesidad de atender a “la salud de la Nación”. Las concepciones de la psiquiatría para la época no quedaron exentas de ello, hemos visto cómo las ideas vigentes sobre el trabajo, la familia y el género permearon la mirada y prácticas médicas y tuvieron una profunda influencia en las experiencias de las mujeres internadas, así como en las conductas y recomendaciones de los psiquiatras y el personal médico en general. Coincidimos con Ablard (2008), quien también trabaja con historias clínicas de la época, cuando señala que los médicos y el equipo eran proclives a considerar el testimonio familiar e ignorar las aseveraciones de aquellos confinados que podrían haber hecho comprensible su extraño comportamiento; se tomaban importantes decisiones médicas basadas en breves chequeos superficiales y altamente rutinarios. Los diagnósticos o etiquetas psiquiátricas no tenían una valoración neutral. Ablard (2008) señala que la distancia social entre el profesional y los sujetos (definidos por estatus socioeconómico, raza, género, etnicidad, comportamiento e ideología política, entre otros) fue un determinante principal al declarar a una persona “insana”. Los médicos consideraban que predisponían a la locura factores socioculturales y económicos, incluyendo el estrés de la migración y los roles no tradicionales que adoptaban las mujeres inmigrantes a su llegada a Buenos Aires. Subyace a ello cierta moralidad establecida para la época que, en el caso de las mujeres, adquiere valores singulares asociados a estereotipos de género. Así, la psiquiatría legitimó el encierro de mujeres que se apartaban del modelo establecido para ellas, de lo productivo y de lo esperable, por lo tanto, de la razón; se trata de un cuerpo al que hay que mantener dentro de ciertas normas y orden social.
La “locura” terminaba siendo diagnosticada a través de juicios moralizantes antes que desde lo que podría llamarse desde una perspectiva biomédica “observaciones científicas”. Desde esta perspectiva, la palabra y subjetividad de la mujer quedaban absolutamente anuladas o desoídas, la categoría de “enferma” que la nombraba parecía no dar lugar a la consideración sobre la legitimidad de su palabra. Por el contrario, sus voces muchas veces eran leídas como síntoma de enfermedad antes que causa de su sufrimiento. Frente a ello, por un lado podemos visualizar el rol del médico como “empresario moral” (Freidson, 1978; Sy, 2015), la medicina resultaba así análoga al derecho y a la religión, proponiéndose descubrir y controlar aquello que consideraba indeseable (Foucault, 2000). Por otro lado, como plantea Foucault (1987, 2002), podemos observar que la locura es un problema “epistemológico”, un problema que solo tiene sentido dentro de una determinada episteme. La separación de la locura respecto de la razón no quiere decir que la locura sea completamente independiente de esta, sino que es una forma relativa a la razón, sirve de espejo o contraespejo a aquello que la relega. En este sentido, la línea de separación entre locura y razón persistirá mientras continúe la episteme dentro de la cual el discurso del “loco” (“la loca” en este estudio) es un discurso rigurosamente excluido, como ocurre desde una perspectiva biomédica (Foucault, 1987, 2002).
Referencias
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