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Quiero dedicar Pestilencias a Justa, mi amiga del pasaje Santamarina en el barrio de Monserrat. A Justa no la pude despedir, se fue justo un viernes, cuando llevábamos apenas una semana de confinamiento y en las calles aún se sentían caer las sombras. La había cruzado en el pasaje unos días antes de su internación, y por sus ojos advertí que ya estaba en otro lado. Desde ese fondo extraño me miró, como cuando los muertos se asustan de los vivos. Al día siguiente, sin funeral, sin deudos que abrazar, sin ritos necesarios, salí a caminar sin rumbo varias horas. Caminar sin destino prefijado y sin parar es un modo de pisar lo que duele. Ese día advertí que podía romper la cuarentena sin que nadie ni nada me detenga. Y así fue los días que siguieron. Por estas horas me pesa no lograr ponerle voz, imaginar qué podría decirme en estos momentos en que la cuarentena se torna nostalgia de los cuerpos. Justa siempre me sorprendía. Es lo que hace que ciertas muertes sean irreparables. No fue el COVID, fue esa enfermedad que carcome silenciosamente por dentro y, sin embargo, es esta pestilencia presente y maldita la que va a marcar para siempre su partida.



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