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Amor, la peste más perniciosa

El día que no fue, de Sandra Lorenzano

Maritza M. Buendía

Extrañar la piel amada. El ancla. El deseo. Extrañar la sensación de llegar a casa; de tener hogar. Reconocer, por sobre todos los demás, los sabores, los olores, las texturas, los huecos, los secretos, los escalofríos, los pudores, de ese cuerpo. Extrañar el espacio y el tiempo para aprenderlo de memoria cada noche.

 

Sandra Lorenzano

El día que no fue (2019), de Sandra Lorenzano, escritora argentina radicada en México desde hace varios años, narra una historia de amor a partir de otras tantas historias. Aquí convergen tanto el tema del exilio, la nostalgia y la memoria, como el dolor, la infancia y la familia, aunque, como envolviendo a cada una de estas líneas, subsiste el miedo a causa del desamor. “Andar los caminos del desamor es un viaje extraño: al fondo de mí misma queriendo no encontrarme” (76), escribe la autora.

Ese andar hacia el fondo, ese no querer encontrarse, es miedo que parte de la protagonista y al poco tiempo tiende sus brazos para tocar otros tantos miedos y para, de esta manera, homogeneizarse en una misma línea temática que tiende hacia lo colectivo y que concentra el universo de la novela. Y es justamente esta cualidad la que marca su diferencia respecto a otras novelas que abordan el asunto del amor y las rupturas.

¿Se puede escribir una novela sin historia? Mi pregunta (claro está) es retórica, eco de la tristeza que impregna la escritura de Lorenzano. No se narra una historia de amor en sí, supuesto motivo inicial o punto de partida, y ya sea por una estrategia narrativa, por un exceso de miedo o de pudor (o por una mezcla de varias razones), el lector solo se entera de que la relación de la protagonista era con otra mujer y que aquello terminó. “‘Más historia’, me piden. Y yo no logro hacer del quiebre relato: tiempo, lugar, acciones encadenadas. Causa y consecuencia. Una pura sensación. Eso es lo único que aparece. Los cerebros duros de los muertos. Las bocas desiertas” (23).

Y si ya en De amore, Marsilio Ficino consideraba que cuando un colérico seducía a un melancólico el amor era entonces la peste más perniciosa de todas (2001: 214); y si fue también una peste el motivo literario para que la carta de fray Lorenzo nunca llegara a ojos de Romeo (2015: 182), causa que precipitó la conocida tragedia; en parangón, y consciente de la eficacia de las metáforas, Lorenzano elude cualquier explicación y retoma las palabras de Shakespeare para sintetizar las acciones que, de manera tradicional, debieran ser narradas: el origen de los celos, el “monstruo de ojos verdes” (84).

Y es que la soga siempre se troza por lo más delgado.

Tal vez, como ya lo avizora Harold Bloom en Shakespeare: la invención de lo humano, desde la obstinación, bajo nuestro sino mortal y profano, seguimos insistiendo en unir lo personal a un algo superior. ¿Dios? ¿Amor? ¿Espíritu? No importa el nombre, importa el después:

De ello se seguía cierta tensión o angustia, y Shakespeare se convirtió en el más alto maestro en la explotación de ese vacío entre las personas y el ideal personal. ¿Se deduce de esta explicación su invención de lo que reconocemos como “personalidad”? (2016: 29)

Parece entonces que todos los amantes literarios flaquean del mismo mal, todos portan un algo de Romeo y Julieta, otro tanto de Otelo y Desdémona, todos acarician el arquetipo del amor y, al acariciarlo, sobreviene la peste, el monstruo de ojos verdes. Lo cierto es el malentendido que late en El día que no fue: un episodio de celos después de leer un mail “demasiado cariñoso” (84) dirigido a la protagonista, en este caso, la persona amada. Enseguida, la historia de las amantes es un punto y se acabó, una irónica discordia, un adiós por whatsapp, una despedida de adolescentes cuando se está a punto de cumplir sesenta años y quince años de relación.

Sin miramientos, sin previo aviso, la protagonista es arrojada del paraíso, arrebatada de la presencia del otro, de “la utopía del Eros” (Han 2019: 24). Para Ficino, al principio era el caos, pero al centro de ese caos lo llama amor.

Al principio Dios crea la sustancia de esa mente, que llamamos esencia. Ésta, en el primer momento de su creación, es informe y oscura, pero, porque nació de Dios, por un cierto deseo innato, a Dios su principio se vuelve (10).

Es tal vez por estas cualidades, por ese partir de un caos informe y oscuro, que el amor solo puede relatarse (aproximarse a él) a través de periferias, aunque siempre, hijo de Dios, hacia él retorne. Estas periferias desvían aparentemente del centro, pero en ese desvío se verifica su potencia.

En su novela, Lorenzano da un paso hacia atrás a la manera de quiebre que tal vez delata un último pudor y aborda la supuesta periferia para volverla centro de su narración. Y luego todo confluye en la escritura: “vengo de otra parte”, padre e hija secuestrados en México, “pero no es cuestión de geografía”, hijo desparecido en Torreón, “las latitudes y países poco tienen que ver con esto”, madres y abuelas de Plaza de Mayo, “es la suma de barcos y abuelos”, hombres que trepan a la Bestia, “migración y trabajo”, alumna que no puede regresar a su pueblo ocupado por el narco, “desaparecidos”, indígena, “los de allá y los de acá”, migrante, “cuerpos vejados”, mujer, “cuerpos torturados” (42).

cap. 7

Rubi Nevermore, Prisionero (técnica mixta sobre papel canson), 2020.

Bere, Paola, Tania, cada vez más fuerte; Estela, Laura, Yolanda, cada vez más alto; Analía, Paula, Rina; los no-nombres de la protagonista y su pareja, X e Y, se opacan, se mimetizan, se disuelven en esos otros nombres que sí se escriben y que lentamente van tejiendo su historia entre los hilos de otras tantas para al final devenir una sola, a la manera de red que se tensa, de manos que se tienden hacia otras manos, de dolores que se duelen con otros llantos. Es entonces cuando las historias y los personajes que en apariencia son secundarios se vuelven protagonistas; a la vez, la inicial ruptura amorosa no desaparece, solo se hermana. Los nombres de las mujeres se alargan en un sonoro eco que entre caracteres se grita, resonancias: relato universal del miedo. “Volver a las historias de mujeres que verdaderamente sufrieron el infierno me hizo mirar mi propia historia con ironía. Y con mucha vergüenza” (Lorenzano 2019: 193).

Aunque para muchos aún sobrevive la creencia de que el amor transita en línea paralela a toda política, la realidad dicta las posibles correspondencias. Byung-Chul Han, por ejemplo, reconoce que a pesar de la actual crisis del amor que atraviesa nuestra sociedad (sociedad individualista, cansada, en exceso narcisista, negada a reconocer la relevancia de un otro), todas las historias de amor que “surgen sobre el trasfondo de acciones políticas apuntan a este vínculo secreto entre Eros y política […], deseo común de otra forma de vida, de otro mundo más justo” (2019: 79-80). Amor y política es lo que Lorenzano reclama, poetiza, en su escritura: otra forma de vida, donde la muerte de un chico de catorce años abandonado en el mar no quede impune; otro mundo más justo, donde el llanto de un padre frente a la tumba de su hija asesinada resulte inconcebible.

Es así.

El día que no fue se hace de retazos, de letras, de fotografías. A veces las palabras resultan insuficientes (chatas, incoloras) y reconocen su derrota, su impotencia ante el decir. Luego, cuando las mismas fotografías pierden su eficacia, esa que un segundo antes iluminaban el sentido en la hoja de libro, las palabras retoman su carga, vuelven enérgicas, la novela continúa. Se reconoce que ante la pérdida y el desamor solo resta refugiarse en otras pérdidas. Y ninguna de ellas es mayor o menor, ninguna es peor o mejor, no se habla aquí de cantidad ni de cualidad porque la pérdida solo puede medirse bajo una tabula rasa, pues con la misma fuerza que Lorenzano se niega a contar su propia historia, con esa misma intensidad se niega a olvidarla, tal vez consciente de que “sin Eros el pensamiento pierde toda vitalidad” (Han 2019: 91).

Complementariamente, concebir el amor como peste perniciosa, como tensión entre centro y periferia, establece también un lazo sutil con el asunto del confinamiento y el exilio, entendido éste como desarraigo (un pie aquí, un pie allá), temas que Albert Camus aborda en La peste. A través de la tempestiva enfermedad que comienza a arrasar a la población de Orán y a mantener a los personajes en un estado aparte, como ciudad que se cerca del resto del mundo e individuo que se encarcela en su propia habitación, el narrador de Camus da cuenta de cómo el exilio y el confinamiento se vuelven dos de las principales consecuencias de la peste. “El sufrimiento profundo que experimentaban era el de todos los prisioneros y el de todos los exiliados, el sufrimiento de vivir con un recuerdo inútil” (1956: 49).

Para Camus, Orán es una ciudad moderna y no hay elementos para dudarlo. Porque en esta ciudad, como en cualquier otra, los hombres y las mujeres o se devoran con rapidez ante el acto del amor, o mantienen un matrimonio basado en la costumbre y el compromiso. En Orán, “por falta de tiempo y de reflexión, se ve uno obligado a amar sin darse cuenta” (Camus 1956: 4).

Aunque Lorenzano no acude al tema de la peste en sí, a la manera de Camus, esto no evita que uno de los muchos rostros del desamor funcione como metáfora del confinamiento. El hogar de la protagonista se muda claustro de cuatro paredes. El lugar “suyo”, ese espacio habitual, doméstico, bajo el tenor de los recuerdos, al poco tiempo se enrarece y provoca miedo. Si para Camus el primer fruto de la peste es el exilio, para Lorenzano la consecuencia del desamor es el exilio en partida doble: el confinamiento personal ante la pérdida, el recuento de una historia familiar. Es entonces cuando lo conocido, el presente desde donde se narra, se mezcla con las remembranzas de una familia que recomienza en otro país. Personajes que se exploran y se adaptan a otras costumbres y a otra gente, y que aun así, conservan rasgos o preferencias de origen, como cuando al pasar frente al mercado de Mixcoac, en la ciudad de México, la protagonista se pregunta quién puede desayunar barbacoa a las siete y media de la mañana.

Fuera de la peste, dice Camus, “no hay amor que no pueda ser superado”, pero una vez que se está dentro “el recuerdo es más exigente” (50). Y esto, Lorenzano lo entiende bien. En El día que no fue los recuerdos se despliegan en multitud armónica, galería, desconcierto, poesía. Taza de café en la mano, brazos fuertes de la bobe, DNI en la mochila; madre que adora a los pájaros y que la protagonista busca con desespero a través de una fotografía, como si la imagen de ayer, esa madre cuando es niña, algo tuviera que decirle, algo debiera descubrirle, “vértigo, amor, tristeza” (127).

A los nueve meses, una beba que está destinada a ser una abuela es llevada de un país a otro, en brazos hacia el sur. A través de fragmentos, residuos, una familia se forma; cóctel de rusos, argentinos, judíos, mexicanos. Un poco de aquí, otro poco de allá. Una vida (tanta vida) se fragua entre vodka, tango, mezcal y fado, entre poemas de Lorca recitados por una madre y versos de Pessoa a dos voces en una terraza de Lisboa, con canciones de José Alfredo Jiménez y Chavela Vargas, escenas de Tacones lejanos y lágrimas que fluyen libremente a bordo de un avión. Lágrimas por fin, aunque solo en los vuelos de regreso.

cap. 7, 2

Rubi Nevermore, Descorazonada (técnica colores acuarelables sobre papel fabriano), 2020.

“Tal vez seamos sólo ADN y desarticulada autobiografía. Qué hacemos con la herencia. Esa es quizá mi única victoria”, escribe Lorenzano (21). Se pregunta así por lo incierto de cualquier punto de partida, de cualquier punto de llegada. Porque desde dónde se debe iniciar una historia, desde dónde trazar una genealogía, desde dónde tensar un hilo para volver a pasar y a pasar los rostros, los momentos, las sonrisas, los detalles, desde dónde repasar el corazón, desde dónde contarse. ¿El mito? ¿Adán y Eva? ¿El Génesis? ¿La foto de una madre que solo es una niña de pie mirando a una cámara? ¿O desde la descripción de unas manos amadas y ausentes? ¿Será factible leer las manos de una hija como la vida prolongada de las manos de una madre, y más hacia atrás, hacia las manos de una abuela? ¿Será posible confabular el recuento de una única historia?

Manos grandes. Iguales a las de mi madre y mi abuela. Como si hubiéramos arado la tierra, como si hubiéramos martillado sobre un yunque. No parecen de plegarias y velas, sino de vida al aire libre, de rostro enrojecido y leña recién cortada (Lorenzano 2019: 25).

Encontrarse, desencontrarse.

Vaivén entre el ahora y el recuerdo.

Extrañamiento.

Vacío.

Amor.

Si como quiere Roland Barthes la literatura es siempre “un sentido estremecido” (2014: 45), pienso ahora en una brújula. Hablar de sentido es semejante a una flecha que marca eternamente hacia un lado cierto. Brújala: rumbo, dirección, camino. No obstante, al interior de la novela de Sandra Lorenzano, el sentido se disloca, se modifica, se vuelve voluta. La flecha de la brújula es puro desconcierto: apunta a todos lados, a ninguno. La vía cierta desemboca en sin sentido que se direcciona en diversos puntos de fuga.

De tal suerte, la calidad de El día que no fue estriba en el poder de las palabras que estremecen, en las palabras que se tornan abrazo colectivo. Porque al volcarse hacia otras historias, a merced de callar el miedo propio, El día que no fue toca el miedo original. Y entonces cimbra de raíz, despliega el desamor, la muerte. Tal vez, el único miedo que vale la pena de ser narrado.

Referencias

Barthes, Roland (2014) Sobre Racine. México: Siglo XXI.

Bataille, Georges (2000) La literatura y el mal. Argentina: elaleph.

Bloom, Harold (2016) Shakespeare. La invención de lo humano. Barcelona: Anagrama.

Camus, Albert (1956) La peste. México: Editorial Azteca.

Han, Byung-Chul (2019) La agonía del Eros. Barcelona: Herder.

Lorenzano, Sandra (2019) El día que no fue. México: Alfaguara.

Shakespeare, William (2015) Tragedias. Madrid: Espasa clásicos.



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