Como Moisés y su pueblo, que atraviesan el vacío yermo para llegar a la tierra prometida; como Jesucristo, que es llevado allí por el Espíritu para ser tentado por el demonio, y así demostrar su lealtad al Dios-Padre; o como el monje medieval, que se retira del mundo en aras de encontrar esa pureza espiritual que lo acercara más estrechamente a Dios —en una aventura no exenta de peligros, tentaciones y demonios—, la peste hoy nos impulsa al aislamiento preventivo y al refugio (al retiro, al éxodo) en el propio “hogar”, nuestro nuevo desierto redentor, con el objeto de preservar la vida (o de lograr una vida) incontaminada, limpia y pura. ¿Pero qué tipo de vida es esta? ¿Qué consecuencias trae este retiro purificador sobre ella y nuestros cuerpos? ¿Y sobre la maquinaria abstracta y voraz que supone la civilización occidental? Un presente de luces y sombras se abre con el retorno del desierto bíblico en los tiempos del coronavirus; con la irrupción, nuevamente, de esa metáfora que condensa abismos y esperanzas, oscuridades y promesas de salvación. El enlace metafórico lezamiano nos permite así (re)leer nuestro presente pandémico a la luz de una imagen pretérita que innegablemente demuestra su profunda actualidad.









