Debate sobre lenguaje y literatura
M. C. B.: Desde los mismos títulos de las exposiciones, ya se perfilan determinados ejes que cobrarán relevancia en sus planteos y que se insinúan en términos como “trance”, “atentados”, “desaforada”, “máscaras” y “tránsitos”.
Podría pensarse, entonces, solo desde estos títulos, qué momento crítico o decisivo está transitando la naturaleza, qué es lo que está pronto a morir en ella (tal vez la forma en la que la concebíamos), cómo ha devenido en médium de fenómenos paranormales, cómo estos relatos (por llamarlos de alguna manera, siempre incierta) resultan atentados que denuncian simulacros, cómo podrían estar planteando la necesidad de un tránsito (hacia qué, hacia dónde).
Yo creo que en ambas exposiciones quedan claramente delineados algunos ejes vertebradores de estas estéticas:
- La aparición de un entrelugar, en el que se mezclan géneros, orígenes, sexualidades, registros lingüísticos y discursivos, reinos animales, vegetales y humanos, mitologías y religiosidades, culturas…, que invitan a realizar nuevas asociaciones que abren, por lo tanto, nuevas significaciones.
- La visibilización de una zona borrosa y barrosa, que arrastra al lector hacia un mundo de fronteras lábiles y simetrías estalladas, y que invita a continuar pensando y repensando el barroco americano.
- El cuestionamiento a los intentos de homogeneización y establecimiento de verdades absolutas que aseguran la perpetuación de ciertos grupos hegemónicos. Silvano Santiago hablaba, justamente, del rol de la literatura latinoamericana como el de destrozar el concepto de unidad y pureza.
- La mezcla de mitologías europeas y americanas que desafían los discursos identitarios y la razón superior, occidental y eurocentrista, así como un tratamiento insubordinado de lo sagrado, con figuras religiosas amotinadas.
Estas, entre otras cuestiones, pienso, dialogan en ambas exposiciones.
Luego de leer estos y otros trabajos anteriores que han publicado ambos, e intentando poner en diálogo sus exposiciones con una inquietud que surgió durante las jornadas y que sé que es especialmente atendida en el Proyecto Hermenéutica desde hace tiempo –esto es: la posibilidad de elaborar categorías de análisis para el arte latinoamericano desde el propio continente–, intento derivar esta última al ámbito de las Letras y se las planteo a ambos en forma casi triádica: en la punta más acuciante de ese triángulo en el que imaginé nuestro quehacer como filólogos, veo el lenguaje y en las otras dos puntas, la crítica literaria y la docencia.
Del análisis que ambos hacen de los textos, queda claro el protagonismo de recursos fonéticos que, entre otras cosas, denuncian un cierto fracaso del lenguaje para decir estas realidades. Vos, Marcela, recordás también las palabras de Barthes sobre lo fascista que puede resultar el lenguaje, porque no se puede decir nada fuera de su sistema.
Si hay una lógica (¿eurocéntrica?) que no parece funcionar en estos textos, si el lenguaje se vuelve incapaz, ¿podemos hablar de una crítica literaria y una docencia literaria que no se vean arrastradas por ese fracaso? Quiero decir: nuestra crítica literaria y nuestra forma de enseñar la literatura, con todo ese arsenal de categorías desde las que abordamos los textos, ¿están preparadas para hacer frente a propuestas como las de Marosa di Giorgio y Wilson Bueno? Lo pregunto, sobre todo, porque, cuando sigo viendo los contenidos de materias que supuestamente nos preparan para el análisis literario, prevalecen, en su mayoría, categorías de esa perspectiva eurocéntrica que estos escritores parecen dinamitar; y me da la sensación de que, desde allí, solo podemos imponer significados…
M. C.: Es una vieja disputa que yo mantengo con lo que ufanamente se llama a sí mismo “la academia”. Pareciera que la garantía de una crítica académica en la Argentina es repetir lo que se hace en centros metropolitanos. Siempre cuento la anécdota de un profesor de la facultad en la que trabajo que, en medio de la sesión de un cuerpo colegiado, desacreditó el trabajo de quienes defendíamos un comparatismo intraamericano, pontificando que el comparatismo solamente podía hacerse entre lenguas diferentes (lo que, dicho sea de paso, equivale a ignorar que en Latinoamérica hay lenguas diferentes). No diría que las categorías críticas tradicionales son inútiles en bloque para estos objetos que hemos convocado en nuestras exposiciones; es probable que algunas lo sean y que otras requieran un ajuste, pero sobre todo es necesario crear categorías novedosas. Es un desafío para una teoría y una crítica que hasta ahora se ha mostrado más cómoda en exhibir que conoce en detalle los “grandes nombres” que en mostrar capacidad creativa. Lo primero que conviene desestabilizar es la idea de que la crítica debe ser la aplicación de una teoría. También en eso retomaría a Barthes: escribir es un verbo intransitivo, y en la misma literatura de Marosa di Giorgio y de Wilson Bueno es posible rastrear virtualidades teóricas y críticas que permitan abordar objetos menos convencionales para los patrones de la tradición académica.
A. E.: Estoy plenamente de acuerdo con lo que dice Marcela Croce. En Brasil no es diferente de la Argentina. Me parece, incluso, que es peor. Aunque el concepto de “comparatismo” sea más amplio, quizás por el hecho de que el portugués no sea exactamente una lengua de prestigio universal, y las obras de la literatura brasileña, salvo unas pocas excepciones, no suelen estar incluidas en lo que se designa como canon occidental, en general “la academia” tiene la mirada dirigida más hacia las teorías de los “grandes centros”, en especial Norteamérica. En ese sentido, me parece que el gran desafío de la docencia de literatura, en consonancia con lo que ya apuntaba Todorov en uno de sus últimos ensayos, es que el profesor, muchas veces, lejos de acercarse al texto literario en sí, tratando de penetrar en sus entrañas, tratando de desmenuzarlo, por así decir, prefiere dedicar su poco tiempo de clases a leer teorías producidas en otras latitudes, sin siquiera preocuparse en deglutir dicho pensamiento, adaptándolo a una realidad que no es exactamente aquella para la cual fue pensado. Se sigue queriendo encontrar en Dantzig las soluciones para los problemas de Cojímar, como hace más de un siglo ya denunciaba José Martí en su clásico ensayo. Por ello, me parece que pocas veces “la academia”, y por ende la crítica literaria, que suele estar asociada a ella, se acerca a textos como los de Bueno o de Marosa, aunque en ellos reposen líneas de pensamiento que ya eran comunes a las vanguardias modernistas de hace más de un siglo.
M. C. B.: Antonio destaca las incrustaciones del guaraní, entre el portugués y el español, como lengua de la resistencia al colonialismo. Entonces, ¿esa lengua quedaría fuera de ese fracaso del lenguaje del que estamos hablando?
A. E.: Hay que tener en cuenta que la construcción de esa lengua mezclada, aunque sea un fenómeno que se puede constatar en muchas regiones de frontera, es un hecho estético y, como tal, se presenta como un acto de resistencia al colonialismo. Sin embargo, se trata de la idealización de una realidad en el ámbito literario. No creo que las incrustaciones del guaraní resulten en un fracaso del lenguaje, una vez que, además de denunciar los siglos de colonialismo, con todo lo que representó y sigue representando, es una forma de mantener viva la discusión sobre la capacidad o no del lenguaje en representar la realidad. Creo que lo que se plantea es la necesidad, como dice la novela, de buscar lo que vibre, lo que suene, muy debajo de la línea del silencio. Se trata de buscar, a nivel poético, aunque la concepción pueda parecer anacrónica, el vértigo del lenguaje, no los idiomas en sí (Bueno, 1992: 13).
M. C.: Cuando la lengua muestra condición estética, queda aislada de todo fracaso. Tal vez tenemos tendencia a pensar en la lengua como un instrumento puramente, o al menos predominantemente, comunicativo, y eso queda puesto en cuestión en estos ejercicios que apuntan a descomponer las previsiones del lenguaje. Ese portuñolí salvaje –si se me permite el neologismo– que emplea Wilson Bueno apela a una sumatoria estética que nuclea la de las tres lenguas y añade el plus de la combinación imprevisible. No me queda claro si es un fracaso en el orden comunicacional (carezco de elementos y de entrenamiento para elaborar un juicio al respecto), pero no cabe duda de que representa un acierto en el orden literario.
M. C. B.: Si piensan que, actualmente, se puede hablar en América Latina de un pensamiento situado, que elabora categorías literarias desde las que se pueden abordar los textos que hoy estamos comentando, ¿cuáles serían esas categorías? Tal vez, siguiendo la línea que comenzaron otros pensadores allá lejos y hace tiempo, como Oswald de Andrade (antropofagia), Fernando Ortiz (multiculturalismo), Néstor García Canclini (hibridez) y otros tantos… ¿O creen que todavía somos presas de una suerte de colonialismo epistemológico?
M. C.: Se sostiene con demasiada ligereza que, dado que los latinoamericanos somos dependientes económicamente, replicamos la dependencia en todos los aspectos de nuestra existencia. Una explicación tan mecanicista deriva en el determinismo. Por eso han tenido tanto éxito en nuestro medio postulaciones como la del poscolonialismo, que en verdad detrás de su aparente propuesta “liberacionista” es un ejercicio más del colonialismo metropolitano sobre nuestros modos de pensar. Creo que el poscolonialismo ha sido una de las corrientes más dañinas para abordar lo latinoamericano; paradójicamente, registra una sucesión casi evangélica en las universidades locales. Vuelvo entonces a las líneas que vos señalás, Marcela, y las complemento con otras categorías que aún no han sido indagadas en su máxima potencialidad: la de la hibridación de Antonio Cornejo Polar, la de las comarcas de Ángel Rama, la del entrelugar de Silviano Santiago, la del sistema cultural que resulta de adaptar ciertos planteos de Antonio Candido… Eso implica algo que tampoco parece haber arraigado todavía en América Latina: la necesidad de integrar a Brasil, su cultura, sus teorías, su lengua –como tan bien mostró Antonio Esteves– al orden latinoamericano. La pobreza del argumento lingüístico para separar a Brasil de la pretendida unidad de Hispanoamérica me resulta vergonzosa. En tren de ínfulas, antes que ser una mala copia de la Ivy League[1], prefiero recuperar la profecía trasnochada de José Vasconcelos, quien sostenía que de la cuenca Amazona-Iguazú saldría una gran civilización.
A. E.: Marcela Croce señala en su respuesta de modo bastante lúcido los daños causados por los estudios poscoloniales al pensamiento latinoamericano. No dejan de ser una faceta velada de una clase de colonialismo epistemológico que domina nuestra “academia”. Apuntar dichos excesos no es manifestar un nacionalismo a ultranza, tampoco un regionalismo anacrónico, sino constatar que muchas veces la crítica literaria latinoamericana, según venimos sugiriendo, parece seguir tratando de resolver con las soluciones de Dantzig los problemas corrientes en Cojímar. Como bien señalás, Marcela, desde hace tiempo, y yo remontaría al mismo Martí, se está gestando un pensamiento latinoamericano que aborda los problemas latinoamericanos. De mi parte creo que son bastante útiles los conceptos de “antropofagia” utilizados por Oswald de Andrade, si bien en un nivel bastante metafórico y en forma de manifiesto, en las primeras décadas del siglo XX. Silviano Santiago, partiendo de dichas ideas, profundiza su concepto de “entrelugar”, anterior a otros similares, y más apropiados para leer realidades latinoamericanas. Otros pensadores, especialmente en el ámbito de la cultura, han tratado de seguir adelante. En el caso de nuestros autores, más claramente en Bueno, la línea que sale de Oswald y pasa por Santiago es bastante evidente. Y culmina de modo casi apoteótico en el pensamiento teórico, además de la práctica poética, síntesis brillante, de Néstor Perlongher. Para este grupo de reflexión que conforma el Proyecto Hermenéutica su poética del neobarroso, como faceta del neobarroco de otras latitudes, es una forma bastante lúcida y al mismo tiempo poética de incluir a Brasil en dicha “comarca” platense. En ese sentido, Mar paraguayo, y su “portuñolí salvaje” –me gusta el apropiado neologismo de Marcela Croce–, es una obra modélica. Y surge de las aguas barrosas, borrosas, barrocas del Río de la Plata.
- Liga de la Hiedra: se denominó así, en 1954, a la conferencia deportiva de la Asociación Nacional Deportiva Universitaria (NCAA) de ocho universidades privadas estadounidenses: Brown, Columbia, Cornell, Dartmouth, Harvard, Pensilvania, Yale y Princeton, aunque ya antes se aludía a estas de esa manera. ↵








