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Prefacio

Hernán Borisonik

It’s the mystery that’s enchanting. Now you look at those nickels and dimes and what do you think? «Ah, so much!»? No, no. You think: «Ah, how much?». And that’s a profound question, indeed. It can mean different things to different people.

Truman Capote, 1945

Al hablar de dinero, podrían trazarse perfectamente dos historias paralelas, íntimamente vinculadas, pero nunca reducidas la una a la otra: la de los avatares que sus diferentes usos han atravesado en el camino recorrido por la humanidad y la de las diversas conceptualizaciones que han dado al dinero identidades y formalizaciones específicas que fueron comprendidas como naturales o evidentes en determinados momentos o contextos. Ambas historias se conjugan dentro de una constelación que hace del dinero un elemento que se ha vuelto absolutamente cotidiano y habitual.

Frente a ello, dos grandes cuestiones guían a los estudios sobre los medios de intercambio: una que intenta conocer una esencia o naturaleza general más allá de cualquier experiencia, centrada en el concepto “dinero” y la otra que investiga para discernir acerca de los usos (posibles, legales, legítimos) que afectan a “las monedas”. Se han desarrollado, en consecuencia, estudios ontológicos, fenomenológicos, sociológicos y antropológicos, que han respondido de diversas maneras a aquellos interrogantes. Ninguna de esas construcciones puede ser considerada ingenua, última ni objetiva. Al contrario de lo que el sentido común actual dicta, toda posición al respecto entraña una perspectiva política y filosófica, sea o no esta explícita o transparente para quien la sostiene o quien la recibe.

El dinero es una invención humana que no ha permanecido siempre idéntica a sí misma, incluso en aquellas características que se presentan como obvias o naturales. Por ello, es preciso (hoy, acuciante) comprender hasta qué punto es posible controlar sus usos y funciones políticamente. Mientras que su origen, al menos para el tipo de explicaciones que más se vinculan con la economía, responde a la necesidad de facilitar el comercio, su carácter de medio rápidamente ha sido complementado –si no reemplazado– por su establecimiento como fin privilegiado de la vida de muchos actores, tanto individuales como sociales y, sobre todo, corporativos.

Haciendo un breve resumen, se pueden admitir al menos cuatro momentos por los que atravesó el pensamiento político clásico (es decir, vinculado siempre a una mirada moral) sobre el dinero. En primer lugar la Grecia Clásica, cuyo mayor exponente es sin dudas Aristóteles, quien presentó recetas, análisis y críticas acerca de los usos del dinero, vinculados siempre a la organización del oikos y de la polis. Un segundo hito puede hallarse hacia el final de la Edad Media, cuando pensadores como Tomás de Aquino, Juan Duns Scoto o Nicolás de Oresme incluyeron a la moneda como tema destacado dentro de sus escritos. En tercer lugar, la Modernidad temprana significó, bajo cualquier punto de vista, una etapa en la que el dinero adquirió un sitio fundamental en la vida cotidiana de gran parte del mundo occidental. Tras la Reforma protestante, el establecimiento de los Estados nacionales y la conquista de América, la proliferación de análisis políticos que incluían a la moneda como tema significativo no se hizo esperar. Así, todos los representantes de la llamada tradición contractualista (con Locke a la cabeza), pero también Maquiavelo, Copérnico o Kant, propusieron teorías y formas de acción concretas en torno a este medio de intercambio, cada vez más universalizado. Finalmente, hay un último conjunto importante de pensadores en los que la ética y la política no se desentienden del problema monetario. Dentro de ese grupo han sobresalido Adam Smith, Karl Marx y, como último eslabón, Georg Simmel con su Filosofía del dinero.

Ahora bien, ya desde finales del siglo XIX, con el triunfo de la perspectiva de la escuela neoclásica, el discurso de la Ciencia económica fue monopolizando paulatinamente las posibilidades de decir algo sobre estas cuestiones, lo cual ha redundado en una pérdida de la conciencia del tono moral y fundamentalmente político que toda reflexión sobre la moneda conlleva. En ese sentido, un uso particular del dinero, que se caracteriza por la acumulación y la búsqueda de beneficios ha tendido a ser normalizado y naturalizado por la enorme mayoría de los esquemas económicos actualmente en aplicación.

El dinero se ha convertido en el instrumento más utilizado para el intercambio humano. Pero esto no ha sucedido (ni sucede) sin grandes sacrificios por parte de todos sus usuarios, tanto individuales como colectivos. Procurar dinero para vivir y regular el espacio público en torno a él implica un arduo trabajo cotidiano. Y el hecho de que la moneda –medio de intercambio por antonomasia– sea un elemento cada vez más portátil y virtual ha llevado a una de sus características fundamentales para las definiciones de los manuales de economía (el poder ser acumulada) a su mayor expresión. El concepto y los usos del dinero han tenido un papel de importancia en todas las sociedades humanas. No obstante, este libro no pretende hacer un aporte a la “Historia del dinero” sino, opuestamente, mostrar su existencia en la historia (en minúscula, sin un sentido ordenador previo), es decir, situarlo y determinarlo, pese a tratarse de una institución social que se caracteriza, cada vez más, por su indeterminación.

Quien recorra las páginas de este libro se encontrará con textos que invocan, pensando al dinero, categorías tan fundamentales para las ciencias sociales y la filosofía como las tensiones entre política y economía, el liderazgo, la comunidad y el Estado, la potencia, el límite, lo individual frente a lo social, el republicanismo, la ontología y la historia, la representación, el lenguaje y el arte, la naturaleza, la desigualdad, la crisis, la justicia y la utilidad, la religión, la culpa, el capitalismo y la felicidad. El dinero como mediación, como partícipe en las relaciones de intercambio, como fetiche, como medio, como fin, como institución o relación social, son también asuntos que guían los escritos que componen este volumen. El conjunto completo de textos se presenta, en consecuencia, como un llamado al diálogo con las diversas tradiciones y pensadores que han sido apelados por las fuertes huellas que el dinero ha dejado en la sociedad occidental (convertida, a esta altura, en global). Y en un momento histórico signado por las crisis financieras, el feroz y casi irrestricto crecimiento de la especulación y la cada vez mayor desigualdad, esta reflexión se ha vuelto más que necesaria.

A diferencia de muchas otras compilaciones del ámbito de las ciencias sociales, este libro no reúne los productos finales de un proyecto regular, en el que un equipo se divide tareas y finalmente expone resultados. Por el contrario, la idea de este volumen ha surgido por fuera de los canales tradicionales, dentro de los cuales, al parecer, la reflexión teórico-política acerca de los acuciantes problemas que envuelve la cuestión social del dinero no es prioritaria (cono mínimo, en lengua castellana). La mayoría de quienes aquí fueron convocados ha salido de la comodidad de sus dominios, para prestarse a pensar, con herramientas conceptuales ya propias, sobre el dinero y la economía como objetos de estudio.

Otra característica particular de estas páginas es que han surgido, igual que el deseo, desde la falta. Pues incluso cuando está claro el extraordinario peso que el dinero ostenta en los tiempos actuales y su enorme vinculación con aspectos clásicos de la filosofía política (la soberanía, el imaginario de la buena vida), sus exponentes contemporáneos –con contadas excepciones– han respetado las divisiones disciplinares impuestas en el siglo XIX, dejando los “temas económicos” de lado por no ser suficientemente relevantes. Mientras que otras ramas de las humanidades, como la historia, la sociología o la antropología, se han hecho eco de la necesidad de investigar sobre este asunto, la teoría política ostenta otras preocupaciones. Se cree, así, que el dinero, mero medio de intercambio, es una cuestión que atañe solamente a los economistas quienes, por otra parte, han tendido a desatender el lugar de la reflexión para dedicarse casi exclusivamente a cuestiones de micro y macro economía. El campo del dinero, por ende, ha sido desatendido pese a ser fundamental. Pero sin una reflexión sistemática y profunda sobre él, la política corre de nuevo el riesgo de pensarse a sí misma como una más entre otras tantas esferas, que debe circunscribirse, de ese modo, a la “administración racional” y subsumirse a mandatos y procedimientos “apolíticos”.

Para finalizar, importa subrayar que hallar hoy espacios en los que la confianza (que es, no lo olvidemos, uno de los aspectos cardinales para definir al dinero) sea aun una forma de lazo social es un suceso que llama la atención y merece ser celebrado. Quiero, por eso, agradecer enormemente a los autores que han aportado su tiempo y sus ideas a este proyecto, incluso tras los obstáculos e impedimentos que ha debido sortear desde su (ya lejana) concepción. Si el individualismo y la competencia (junto con, o a través de, el emprendedorismo, el discurso publicitario y la ilusión del crecimiento) han hecho del dinero un fin y de la economía un dogma, la comprensión de tales fenómenos desde una perspectiva crítica sea, tal vez, un grano de arena que ayude en la erosión.



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