Nicolás Quiroga (CEHis-UNMdP, CONICET)
y Joaquín Rodríguez Cordeu (CITRA, CONICET)
Este libro tuvo sus primeros aprontes en distintas reuniones realizadas en el marco de un Proyecto de Investigación Plurianual denominado “‘Juegos de escalas’ en la organización del peronismo: experiencias a ‘ras de suelo’, trayectorias y articulaciones, 1943-1957”. Nos reunía el interés por ajustar un enfoque en la investigación sobre la construcción del movimiento peronista a partir de analizar procesos políticos situados, en los que experiencias a “ras del suelo”, trayectorias militantes e instancias de articulación de niveles se entrecruzaron para forjar “herramientas para la acción”. Nos propusimos insistir en el análisis micro-político, en el que reforzaríamos nuestra atención sobre “redes” peronistas que articularon distintos agentes e instituciones de nivel local, rituales y saberes políticos sedimentados a lo largo de la década del primer peronismo, imaginarios locales del conflicto molar peronismo-antiperonismo y tensiones entre identificaciones en el interior del movimiento peronista. La producción reunida en este volumen es resultado en parte de ese propósito, tan interesado por la comprensión de procesos históricos del mediados del siglo XX como por la conversación sobre los enfoques para realizarlo. La opción por la perspectiva “a ras de suelo”, sin embargo, no significó univocidad en el curso de las pesquisas que aquí se compilan.
Aunque posee un linaje académico, la frase “a ras de suelo” es una metáfora usada frecuentemente para señalar una perspectiva, un modo de “mirar” los procesos históricos. Siempre que nos mantengamos en el terreno visual, la metáfora nos recuerda que existen otros modos de observar. “Local” y “ras de suelo” comulgan, en muchas ocasiones, sin pretender ajustar sus diferencias. La más importante es que el primer término también es un modo de clasificar “nativo”, mientras que “a ras de suelo” siempre será un gesto analítico, una decisión conceptual nacida del cuestionario historiador. Como muchas otras metáforas y conceptos, el gesto de usar la lente “a ras de suelo” se comprende mejor a partir de sus antagonistas, a los que frecuentemente la misma decisión los caricaturiza (“generalizaciones”, “visiones estructurales”, y así). A medida que el uso de esa metáfora se acepta o normaliza, como sucedió gratamente con la figura “desde abajo”, su potencia política enflaquece y los conos de sombra de la perspectiva se vuelven más oscuros.
En los estudios sobre peronismo, ¿estamos todavía en la primera estación? ¿Todavía podemos cosechar frutos de ese “suelo” que imaginamos desde la decisión político-académica de utilizar una perspectiva “a ras de suelo”? “Juegos de escalas” es un término con más abolengo y más preciso en cuanto a lo que queremos dar a conocer con esta compilación. Desde hace más de 20 años, la historia política sobre peronismo en general y sobre primer peronismo en particular avanzó “hacia abajo”, profundizó su conocimiento con decisiones metodológicas que definían modos de “hacer política” durante ese período que demandaban una lectura contextual (local, regional, y así). Pronto no fue fácil responder a la que pregunta sobre el ser; las heterogéneas contestaciones a esas grandes preguntas que en las décadas de los setenta y ochenta del siglo XX fueron hegemónicas habilitaron el desplazamiento hacia las modalidades, abandonando la idea de “naturaleza”. Esas décadas dejaron un conocimiento extenso sobre prácticas políticas en distintos lugares del territorio argentino, un mapeo de las características de localidades, provincias, regiones, pero también de relaciones, articulaciones, dinámicas, trayectorias en el espacio y en el tiempo y regularidades entre grupos, personas, redes, en procesos de diferentes temporalidades y efectos. La metáfora “a ras de suelo” se parece más, gracias a esa ingente producción académica, a una toma del tipo “plano general”. Cada uno de los artículos de esta compilación es resultado de un trabajo en equipo (en parte a distancia) a partir de la decisión de pensar los “juegos de escala” más allá de las determinaciones que cada quien tuvo que realizar en sus investigaciones específicas. Como dijimos, los enfoques, los debates y los énfasis resultaron diferentes.
El primer trabajo de esta colección, por ejemplo, propone un diálogo entre la microhistoria europea contemporánea y los estudios provinciales sobre el primer peronismo. A partir de este contrapunto sobre la cuestión de la selección y uso de escalas de análisis y observación en la investigación histórica, la autora –Adriana Kindgard– expone, casi a modo de ejercicio, una iniciativa de “rescate” de las experiencias de hombres y mujeres jujeños que permite ilustrar distintas dimensiones de los procesos de cambio social que impulsó el peronismo. Las tres situaciones que revisa coinciden con tres de los grandes temas que la historiografía sobre el peronismo se encuentra revisando en este momento: la creación de la Justicia del Trabajo, las iniciativas de industrialización o “modernización” impulsadas desde las agencias del Estado, y la articulación de la identidad peronista con otras preexistentes –en este caso la étnica– como forma de entender las experiencias políticas. Más que transformar la comprensión que existe sobre estas cuestiones a base de conclusiones arriesgadas, lo que Kindgard propone es reconstruir con una mirada microscópica, es decir, atenta a las interacciones de hombres y mujeres particulares “a ras del suelo”, los universos sociales sobre los que se desplegó, y desde donde se recreó, la experiencia transformadora del peronismo.
El capítulo siguiente, escrito por Gustavo Contreras, analiza, a través de un estudio de caso –el de los trabajadores de la energía de la ciudad de Mar del Plata– el proceso de formación de un sindicato local a través de un “análisis pormenorizado” atento a las distintas “dimensiones y escalas” en las que debían actuar las dirigencias obreras. La aproximación es interesante porque busca reconstruir las tareas cotidianas y más elementales que sustentaban la acción sindical en su dimensión organizativa. La aparición de un sindicato local suele involucrar algún hito fundacional al que, con el correr del tiempo, se inviste de algún tipo de velo mitológico; el trabajo de Contreras busca reponer, en cambio, los momentos menos heroicos. A partir de este enfoque, puede verse cómo, en el caso de Luz y Fuerza de Mar del Plata, el éxito inicial, y aquello que le dio impulso y lo posicionó como un referente no sólo del sindicalismo local sino también del provincial y nacional (motorizando incluso la conformación de lo que fue la Federación de trabajadores “lucifuercistas”), fue menos consecuencia de la confrontación directa con la patronal y de la “lucha obrera” en los términos más tradicionales que de la posición privilegiada que el abogado de la organización, un conspicuo dirigente del forjismo local, tenía dentro del peronismo provincial y nacional, y de los esfuerzos individuales de una comisión directiva preocupada por contener la influencia de los resabios socialistas, anarquistas y comunistas, al mismo tiempo que intentaba cumplir con las cambiantes condiciones legales que reglamentaban la actividad sindical.
Nieto e Iturburu retoman el primero de los temas que introduce Kindgard con el objetivo de “complementar” el creciente campo de estudios sobre la justicia laboral durante las dos primeras presidencias peronistas. La contribución, sin embargo, no es inocente; no pretende sólo enriquecer una línea de investigación principalmente centrada en diversas panorámicas provinciales –que, dicho sea de paso, es la escala nativa desde la cual el peronismo pensó su fuero laboral–, sino reclamar atención para las experiencias situadas del mundo obrero a “ras del suelo”. En este sentido, el trabajo es un buen ejemplo de cómo la historia a “ras del suelo” permite incorporar la acción situada de los actores –en este caso no sólo trabajadores, sino también empresarios, abogados, jueces y otros funcionarios judiciales– a la reconstrucción histórica, enmarcándola en la complejidad propia del entramado de desigualdades que pretende abordar, y del que los conflictos de clase son sólo una de las muchas dimensiones existentes. La apuesta de Nieto e Iturburu resulta relevante no sólo por su aporte al campo de los estudios sobre justicia laboral, sino, sobre todo, por el esfuerzo que hacen por intersectar la historia de los reclamos y las reivindicaciones obreras con la dimensión generizada de estos procesos.
El cuarto trabajo, a cargo de Mariana Garzón Rogé, vuelve sobre el “Malón de la Paz” siguiendo atentamente otras investigaciones de primera mano, en particular la de Marcelo Valko. Lo novedoso de la perspectiva que construye Garzón Rogé radica en que restituye historicidad a términos como “escalas” y “procesos”, y así permite repensar un acontecimiento trascendental de la historia de los primeros años del peronismo. En las narraciones históricas sobre esa famosa gesta, que también retoma Adriana Kindgard en su artículo, existen sobrados indicios para restañar la incertidumbre del proceso/procesión. “Viaje” sería un término fundamental en esta lectura del “Malón”, porque acentúa las transformaciones que sucedieron en el espacio y en el tiempo de los contemporáneos. Los “juegos de escalas” son operaciones del ver, registros ópticos del análisis histórico; sin embargo, solo “juegos” pertenece al tiempo historiador, mientras que “escalas” no puede escindirse de la perspectiva émica. Si revisamos la producción académica sobre las variaciones regionales del primer peronismo, de seguro encontraremos muchos otros indicios acerca de los esfuerzos cognitivos que “los peronistas” realizaban para moverse entre escalas. Lo que la historiografía muchas veces leyó como una escisión entre local y provincial bien puede haberse definido para los protagonistas como “llegar” a tal o cual dirigente o asistir a determinada asamblea. A esa corrección del lente que propone la autora se suma otra que implica desacoplar la noción de “proceso” de la evaluación de “resultados” o “consecuencias”. Así, se sostiene generalmente que el “Malón de la Paz” puede ser pensado como una expresión de los límites (indigenistas) del proyecto político peronista; Garzón Rogé revisa esa tesis, mostrando cómo fue creciendo la dimensión étnico-racial, en el camino, y cómo “derrota” no debería ser una categoría analítica.
En el quinto capítulo Joaquín Rodríguez Cordeu presenta una propuesta de abordaje micro dedicada al funcionamiento de la Cámara de Diputados del Congreso nacional durante los años del primer peronismo, particularmente a la forma en que este se vio afectado por la inclusión de una gran cantidad de legisladores provenientes del mundo obrero. En un trabajo que abandona la dimensión de la acción territorialmente situada para adentrarse en el campo de las dinámicas institucionales, el autor se cuestiona por los criterios para definir la centralidad de distintos nombres propios al momento de pensar el trabajo cotidiano de la Cámara y el lugar que en él le correspondió al “sector obrero” del bloque peronista. Para responder a estas dos cuestiones realiza un análisis exploratorio mediante herramientas digitales –de un uso, todavía, poco extendido dentro de la investigación histórica– que le permite ofrecer nueva evidencia sobre los vínculos que los diputados establecieron al interior del recinto al momento de presentar proyectos y votar. Los resultados muestran que la cuestión de “lo obrero” es determinante al momento de proyectar una mirada panorámica sobre el trabajo legislativo, aunque también deben tenerse en cuenta otros clivajes –principalmente los territoriales–, además de las trayectorias militantes individuales.
Nicolás Quiroga avanza en un sentido similar al analizar el funcionamiento del Consejo Superior Peronista. Revisando el libro de resoluciones de este organismo reconstruye las dos funciones fundamentales a través de las cuales la dirigencia partidaria nacional se relacionaba con los poderes provinciales y locales: la de intervenir y la de disciplinar. A través de estas dos ideas, el autor muestra cómo las resoluciones del CSP articulaban el pasado reciente de las experiencias organizativas del peronismo –que intentaban corregir– con modelos futuros de un partido que apenas llegaron a esbozar y una multitud de prácticas en distintos niveles que se superponían y friccionaban entre sí. Estas lecturas le permiten discutir con las tres ideas fuertes con las que la historiografía sobre el peronismo quiso definir el funcionamiento del PP: verticalismo, faccionalismo, y centralización.
Los últimos dos trabajos de la compilación franquean la barrera de los años peronistas para adentrarse en el período de gobierno militar. El artículo de Silvana Ferreyra analiza un resonante caso de denuncias de corrupción, conocido como “El negociado de los folletos”, que tuvo lugar durante el primer peronismo pero que fue reinstalado por las comisiones investigadoras, creadas después del Golpe de Estado de 1955. Ferreyra explora las tensiones conceptuales entre una mirada de largo plazo sobre el término “corrupción” y el análisis de sus usos. Varios problemas teóricos reconocidos intervienen en su exploración, entre los que la autora destaca el juego entre contextos, ideología y usos. La vida política se expresa en canteras judiciales de modo situado; eso significa que los “usos” significan discursos que, a su vez, significan acciones. Para Ferreyra, los “usos políticos de la corrupción” modifican el panorama político, transforman la escena social y nos obligan a desprendernos de la idea de “manipulación” implicada en el término “usos”.
En ese sentido, el “negociado de los folletos” fue primero un caso de acusaciones de corrupción realizadas por peronistas contra peronistas, y luego, en 1955, un caso de acusaciones realizadas por antiperonistas contra peronistas. La interpretación de Ferreyra muestra que la separación que comúnmente se utiliza como lente de análisis entre la ideología y la moral o la justicia, puestas indistintamente “arriba” o “abajo”, no permite comprender los sentidos de la acción política de los contemporáneos (y sus aporías).
También Fernando Castillo investiga sobre el peronismo durante la “revolución libertadora”. A partir de fuentes judiciales y periodísticas, su artículo indaga en las formas en que un adversario político, el peronismo, fue construido como un enemigo, como una otredad moral (“subversiva”) en un contexto marcado por la violencia y la persecución contra los peronistas. La investigación en clave local cumple también en este texto un papel significativo, en tanto el ciclo tautológico de los discursos antiperonistas y las políticas represivas en Jujuy retiene su carácter dramático, por momentos perdido en relatos más conocidos y estabilizados. La perspectiva de Castillo dialoga con los estudios culturales clásicos, con el fin de recuperar la carnadura del análisis de los conflictos ideológicos en la Argentina de mediados del Siglo XX.






