Desde los años setenta la Argentina atraviesa un proceso de empobrecimiento progresivo en el que los indicadores de desocupación y pobreza no han dejado de crecer (Arakaki, 2011; Gasparini et al, 2019). En este escenario, el mantenimiento y reproducción de la vida y de la fuerza de trabajo de amplios sectores sociales, presenta una continuidad histórica ininterrumpida de políticas sociales como dispositivos para la integración social.
La ciudad de Mar del Plata no ha sido ajena a este proceso. Como cabecera del Partido de General Pueyrredon, constituye el tercer aglomerado urbano con mayor población de la Provincia de Buenos Aires (DESD, 2016) y presenta un proceso de urbanización mucho más acelerado que el país en su conjunto (Nuñez, 2012). A lo largo del periodo en estudio Mar del Plata presentó altos índices de NBI y un importante aumento en las tasas de desempleo (López, Lanari, Alegre, 2001; Gallo et al., 2006; MGP, 2015). En la primera década del siglo XXI se registra la centralidad que tienen las intervenciones estatales en todos los niveles de pobreza y la presencia de tres generaciones de destinatarios de programas sociales en el territorio (Halperin, et.al, 2011).
Desde 1983 se inaugura un periodo de sucesivos programas alimentarios asistenciales y masivos en su cobertura. El Programa Alimentario Nacional (PAN) constituyó un hito en la trayectoria de los programas alimentarios contemporáneos porque instaló en la agenda pública el problema del hambre como una emergencia. Además, reivindicó a la alimentación como un derecho humano en un contexto de transición a la democracia. Si bien fue concebido como un programa de emergencia por dos años, “hasta que el crecimiento y la democracia rindieran sus frutos”, fue extendido por el presidente Raúl Alfonsín hasta el fin de su mandato. Desde allí los programas alimentarios tuvieron una presencia permanente en las políticas sociales hasta la actualidad (Britos, et.al, 2003; Arcidiácono, 2012; Cortes y Kessler, 2013; Sordini, 2016). Sin embargo, el enfoque nutricional requiere de una intervención integral que todavía constituye una deuda pendiente (Aguirre, 2005; Arcidiácono, 2012; Gamallo, 2017). En este contexto, “la fundamentación de la emergencia estructuro múltiples programas asistenciales altamente masivos y con una lógica territorial en su ejecución” (Arias, 2012:103).
En la definición de la intervención de los programas, se delimitan las problemáticas, las necesidades, los sectores sociales a intervenir y las modalidades de ofrecer “soluciones”. En tal definición está implícito lo normal y lo normado (Grassi, 2003). Por ello, dichas intervenciones organizan la vida social, reconociendo los grados de igualdad ciudadana y libertad que permitan garantizar la cohesión social en los términos del modelo de acumulación vigente. El Estado delimita cuáles son los problemas sociales, define cómo responder a los mismos y a quiénes integrar o excluir en dichas respuestas definiendo a los sujetos merecedores de las intervenciones y las condiciones para dicho merecimiento (Grassi, 2003). En el ámbito estatal, las políticas alimentarias suponen un accionar a partir del cual se institucionaliza y se constituye al problema alimentario, en tanto cuestión social, como cuestión de Estado.
En el contexto de desigualdad, el Estado implementa estrategias para garantizar una distribución de las energías que permita la reproducción social. Para ello, configura los parámetros de depredación y expropiación que la sociedad es capaz de soportar y regula los límites de lo aceptables para cada momento histórico. La política alimentaria es una política de los cuerpos (Scribano, 2009) en tanto opera como estrategia que garantiza la disponibilidad social de los individuos, habilitando o no, determinados alimentos, nutrientes y energías mediante sus prestaciones.
Diversos estudios que analizaron el consumo de alimentos en el hogar, su adecuación nutricional y su comparación con el aporte alimentario de los programas, sostienen que existe escasa complementariedad de las deficiencias nutricionales más frecuentes (Britos et al., 2003; Britos, 2005). El estado nutricional antropométrico de niños pobres refleja una prevalencia predominante de retraso crónico de crecimiento y una tendencia al aumento de sobrepeso y obesidad (MDS, 1996; MDS, 2007; Lázaro Cuesta et al, 2018). En este contexto, el perfil nutricional de las intervenciones de distribución de alimentos o comedores comunitarios suele privilegiar o maximizar la densidad calórica (Britos, et al., 2003, Aguirre, 2005). Los límites energéticos corporales que garantizan los programas alimentarios configuran los límites de las energías sociales (sensu Scribano) sobre las condiciones históricas de reproducción de la población y de la fuerza de trabajo, determinados desarrollos cognitivos, interacciones sociales y trayectoria de clase. Es decir, a mayor deficiencia nutricional, mayor probabilidad de estructurar un conjunto de relaciones humanas débiles. En esta clave, los programas alimentarios, en tanto políticas sociales, hacen sociedad porque configuran sociabilidades (Danani, 2009) y modos de ser, de hacer, de sentir (De Sena y Cena, 2014). De esta manera, también configuran comensalidades y prácticas alimentarias.
A partir de los requisitos de focalización para acceder al programa, en las modalidades de prestación y las condiciones para mantenerse y/o egresar del programa se configuran prácticas en los destinatarios que contornean las maneras de ser destinatario/o titular de un programa (Cena, Dettano y Chahbenderian, 2014). Las intervenciones alimentarias también delimitan los modos de experimentar el hambre y de ser y estar con otros desde las prácticas alimentarias y las formas de comensabilidad (Boito y Huergo, 2011). De esta manera, las políticas alimentarias re-configuran las prácticas de comensalidad, definen los alimentos posibles y tejen tramas de relaciones sociales que construyen sensibilidades alrededor de la necesidad individual y colectiva de comer.
Cada plato de comida cristaliza múltiples relaciones sociales, económicas, de producción y culturales. El hecho alimentario es un hecho social total porque involucra todas las áreas de la cultura y tipos de instituciones que se expresan simultáneamente en la práctica de comer (Mauss, 1950). Entonces, mientras comer es un fenómeno social, nutrirse es un acto fisiológico y de salud (Contreras y Arnáiz, 2005). Sin embargo, ambos fenómenos son atravesados por un saber colectivo que se configura a través de las generaciones mediante prácticas, creencias, sentidos y significados experimentales, simbólicos o mágicos (Contreras y Arnáiz, 2005:33). Los mismos, contribuyen a modelar la identidad de cada sociedad (Montanari y Flandrin, 2004). De esta manera, en el acto de comer, se articula cada persona con la estructura social porque en aquello que es posible conseguir, producir o comprar para comer subyacen los parámetros de lo aceptado y lo aceptable por su grupo de pertenencia social (Aguirre, 2017) y el sentido práctico que legitima una visión y di-visión del mundo (Bourdieu, 1999).
El evento alimentario se inscribe en una matriz cultural que define quién puede comer qué (Aguirre, 2008). La complejidad del hecho alimentario se compone por las necesidades biológicas, por la cantidad y calidad de alimentos que se producen en un contexto ecológico-demográfico, por los circuitos tecnológicos y económicos de producción y distribución de alimentos (Aguirre, 2008). También intervienen las políticas de los cuerpos que regulan las normas de distribución de los alimentos según las clases, grupos etarios y el género. Entonces, en la selección de alimentos que cada sector social realiza según sus recursos intervienen cuestiones económicas, gustativas y de creencias relacionadas con las propiedades que los alimentos adquieren en el sistema de organización histórica y social (Contreras y Arnáiz, 2005). En tanto el acceso a los alimentos en las poblaciones urbanas se garantiza mediante el Estado y el mercado (Grassi, et al, 1994; Aguirre, 2005) porque intervienen en la regulación de ingresos y precios, todo incremento en los ingresos en sectores sociales con menor poder adquisitivo incidirá en las compras de alimentos.
Resulta de interés a esta investigación, considerar los modos de sociabilidad que implica el problema del hambre, el acceso y permanencia en los programas alimentarios y la organización cotidiana de la comensalidad. Estos procesos, se entraman con diferentes maneras de vivenciar esas experiencias. Estas sociabilidades, vivencialidades y sensibilidades se asocian a emociones que impulsan la acción (Scribano, 2015). Las emociones son prácticas (Luna Zamora, 2007) que resultan de la dialéctica de las impresiones de la realidad social, la significación de las mismas mediante la percepción, asociadas a una sensibilidad que se vuelve emoción en la práctica (Scribano, 2010). Las emociones son un fenómeno social y permiten explicar los fundamentos de la acción y la conducta, por ello son objeto de estudio de la sociología (Bericat, 2012). Observar las emociones implica comprender las relaciones sociales en las que se producen (Bericat, 2012) y, junto con ello, a la estructura social (Elías, 2016).
La vigencia permanente de programas alimentarios, focalizados en la pobreza y masivos en los alcances de su cobertura (De Sena, 2011), que intervienen en tres generaciones de destinatarios (Halperin, et al, 2011), señala que el problema alimentario no se revierte. La asistencia alimentaria aparece como estrategia institucionalizada que responde a la disponibilidad social de los cuerpos sin que ello suponga una subversión del orden imperante (Cervio, 2017).
En este contexto, las siguientes preguntas guían el proceso de investigación: ¿Qué implicancias presenta en las trayectorias de vida la permanente intervención alimentaria? ¿Cuáles son las emociones que se configuran en cada generación a partir de complementar la alimentación diaria con prestaciones estatales? ¿Qué modalidades de vivencialidad se moldean en las interacciones sociales que requieren el acceso y la permanencia en programas alimentarios? ¿Cuáles son y cómo se caracterizan los vínculos intergeneracionales que facilitan el acceso a los programas y configuran las prácticas de comensalidad, preparación y consumo de alimentos? ¿Cómo se configuran las emociones de las personas que reciben las prestaciones en relación a sus prácticas del comer? Qué preparaciones y comidas configuran las prestaciones? ¿Cómo se experiencias esos sabores y a qué sensibilidades se asocian? ¿Qué modelo de sociedad subyace en los diseños de los programas alimentarios?
El objetivo general de la investigación es explorar las trayectorias de vida de tres generaciones receptoras de programas alimentarios entre 1983-2018 en el Partido de General Pueyrredon. Los objetivos específicos son: mapear de manera exhaustiva las intervenciones en el periodo aludido; identificar las percepciones y emociones de técnicos y profesionales sobre la implementación de los programas y el problema alimentario; reconocer las emociones que se configuran en los contextos de vivencialidad y sociabilidad de ingreso y permanencia a programas alimentarios; y, reconstruir los vínculos intergeneracionales que determinan el nexo entre la recepción de programas alimentarios y las emociones que se estructuran en las biografías de las tres generaciones.
El diseño del estudio es cualitativo porque permite una aproximación a las subjetividades y a las intersubjetividades desde la propia comprensión que cada persona tiene de la realidad social que experimenta (Denzin & Lincoln, 1994; Sautu, 1999).Además, posibilita el abordaje de las tramas de sensibilidades porque sus técnicas de indagación captan el vínculo sobre el que se co-constituyen de modo dialéctico, el cuerpo y las emociones (Scribano, 2014b).
Para responder a los objetivos propuestos, en primer lugar se realizó un mapeo exhaustivo de los programas alimentarios impleemntados en el periodo. Junto con ello, se realizaron entrevistas en profundidad a personas técnicas y profesionales involucrados en dichos programas. El muestreo fue teórico (Glaser y Strauss, 1967), por la estrategia de bola de nieve (Baeza Rodríguez, 2002). Se entrevistó a 22 personas que trabajaron en el periodo 1983-2018, en el ámbito de la gestión de programas alimentarios en el Ministerio de Desarrollo Social de Nación, el Ministerio de Salud de Nación, el Ministerio de Desarrollo Social de Provincia de Buenos Aires, la Dirección de Acción y Promoción Social y la Secretaria de Educación del Municipio de General Pueyrredon.
Para responder a los objetivos, además se implementó el método biográfico (Sautu, 1999; Arfuch, 2008; Bertaux, 1980; Bourdieu, 2011; Kornblit, 2007; Meccia, 2012, 2019) en su modalidad de historias de vida (Magrassi y Roca, 1980; Hankiss, 1981) porque permite recuperar las trayectorias de vida con la técnica de indagación entrevista en profundidad (Bourdieu, 2013; Marradi, Archenti y Piovani, 2007). El estilo de esta investigación biográfica se corresponde con la reconstrucción de entidades socio-estructurales porque a partir del testimonio de los y las agentes y/o del seguimiento de sus comportamientos se recrea el estado de una entidad social con significación estructural (Meccia, 2019).
El muestreo fue teórico por bola de nieve y tomó tres generaciones de personas receptoras entre 18 y 30 años, entre 31 y 55 años y mayores de 56 años. Previamente, con el propósito de identificar los casos representativos de cada estrato generacional se realizaron 45 entrevistas en profundidad a receptores/as de programas alimentarios mayores de 18 años. Se seleccionaron dos historias de vida para cada grupo etario. Cada persona entrevistada en diferentes momentos de su vida fue intervenida por múltiples programas. Por ejemplo, en su niñez fue población objetivo de intervenciones focalizadas en menores de 0 a 6 años o de prestaciones que se dirigen al hogar en general y en su adultez, es titular de otros programas focalizados en sus hijos y/o hijas. Entonces, la nominación “receptor/a de programa alimentario” incluye todos los momentos de su trayectoria de vida en los que recibió intervenciones alimentarias desempeñando diferentes roles en el hogar y en relación a los programas. Además, diversos estudios corroboran que las prestaciones focalizadas a determinados grupos etarios se diluyen o comparten entre todos los miembros del hogar (Aguirre, 2005; Britos et al, 2003). Esta práctica convierte en receptores de las prestaciones de los programas alimentario a todas las personas que integran del hogar. Todo el trabajo de campo completa un total de 93 horas de audio de entrevistas a receptores/as de los programas alimentarios y 32 horas de audio a técnicos y profesionales que diseñaron, gestionaron e implementaron dichas intervenciones. El procesamiento de datos se realizó de manera artesanal y con el apoyo del Software Atlas-ti.
La estrategia argumentativa se organiza en ocho capítulos: los dos primeros condensan el marco teórico y los antecedentes desde los cuales esta investigación se ubica en el campo académico para nutrir el debate, tensionar y poner en diálogo diversas aristas que estudian a las políticas sociales y la sociología de los cuerpos/emociones. El tercer capítulo detalla el recorrido metodológico de todo el proceso. El cuarto capítulo sistematiza el mapeo de las veintiocho intervenciones alimentarias que se implementaron en el PGP en el periodo en estudio. El quinto capítulo presenta el análisis de las percepciones y emociones de técnicos y profesionales de la gestión pública sobre la implementación de los programas alimentarios. El capítulo seis desarrolla el análisis de la trama de sensibilidades que se observaron en torno a los procesos de acceso, permanencia y egreso de los destinatarios y las destinatarias de los programas alimentarios. Finalmense, se presentan las consideraciones finales. Finalmente, los siguientes cuatro capítulos desarrollan el análisis e interpretación de los datos.
Como se verá a lo largo de este trabajo, la trama de sensibilidades testimonia las vivencias de tres generaciones en relación a la intervención estatal. Algunas emociones se mantuvieron durante todo el periodo, otras se agudizaron y se enlazaron con otros sentires mientras que algunas se mitigaron y emergieron nuevas. Cada generación denota emociones asociadas al problema alimentario de acuerdo a sus contextos históricos y a las sensaciones que marcan a cada época.
La perspectiva intergeneracional testimonia sobre los procesos de aprehensión e (in)corporación de prácticas y esquemas de percepción en sectores sociales en los que la organización cotidiana de la vida es atravesada por la emergencia alimentaria. Las políticas de las sensibilidades en relación a los procesos de socialización para la gestión del hambre, mediante programas alimentarios, mapea las posiciones, disposiciones y la agencia que los actores despliegan para disputar el conflicto del hambre.







