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4 Dinero y precio

Aportes para una mirada histórica

Hernán Gabriel Borisonik

Si los hechos demuestran, pues, que una moneda sin valor específico presta los mismos servicios que nuestra moneda de oro, deberíamos preguntarnos si no existe un error en nuestra idea tradicional del dinero.

Friedrich Bendixen

Introducción: del valor entre el precio y el soporte

Todas las sociedades se han sustentado (y se sustentan) a través del intercambio de bienes, ya sea que este se dé mediante el regalo, la guerra, el robo, el mercado o alguna otra forma de articulación. Para ello, han necesitado disponer de mediaciones que les permitieron hacer efectivo, visible y controlable el tipo de equivalencia establecida entre los bienes adquiridos. Tomando como modelo los mecanismos de retribución a la naturaleza o las divinidades, las diferentes culturas desarrollaron esa función medial bajo la forma del dinero. Con él, la contabilización de los intercambios pudo ser más clara e incluso prolongada en el tiempo, adeudada y pasible de ser enmendada por vías jurídicas. Asimismo, el uso de dinero abrió las puertas para la identificación de una diferencia entre valor y precio de los bienes intercambiados. Si las formas más primitivas estaban siempre ligadas a la utilidad de lo obtenido en las relaciones de cambio (es decir, el intercambio se daba en relación al valor), a medida que el uso de diferentes monedas fue cobrando mayor importancia, se dio también lugar al desarrollo del comercio especulativo (aquel que se realiza con el objetivo de obtener más dinero y no de conseguir un bien consumible), lo cual implicó una primera divergencia conceptual entre la necesidad vinculada a la suficiencia y la posibilidad de obtener una cantidad de dinero por un bien que pasaba a percibirse como desligado de las condiciones por las cuales llegaba al intercambio.

Como se puede observar, entonces, a partir de la normalización del uso de la moneda (y su capacidad de conservar valor) se abrió la posibilidad de la abstracción y la especulación en los intercambios, cuestión que fue volviéndose más sofisticada en la misma medida en la que los soportes que le daban cuerpo fueron, a su vez, adoptando formas más sutiles y portátiles. En ese sentido, la historia de la materialidad del dinero no puede ser separada de las formas políticas que dieron lugar a las transformaciones en los usos, elementos y tecnologías que rodean a las monedas. Este capítulo tiene como intención última llegar a delinear algunas particularidades específicas que constituyen uno de los aspectos cardinales del dinero contemporáneo: el paso hacia la virtualidad y la digitalidad. Sin embargo (y dado que el estudio de tal carácter se encuentra aún en proceso, así como las formas que las monedas digitales están adoptando), sería imposible comprender la actualidad del fenómeno dinerario sin hacer referencia a algunas experiencias anteriores a ella, que han servido como ejemplo e impulso de las monedas que acompañaron al desenvolvimiento del capitalismo. Por eso, se repasarán brevemente algunos puntos clave del pensamiento y las circunstancias alrededor de las metamorfosis materiales del dinero y las conceptualizaciones que las han acompañado. De ese modo, las aproximaciones finales sobre los aspectos específicos del dinero actual podrán ser vistas como parte de un sinuoso y discontinuo derrotero que vale la pena reconstruir.

Las reflexiones teóricas alrededor del dinero existen por lo menos desde hace dos mil quinientos años, y se han preocupado tanto por su definición stricto sensu (medio de intercambio acuñado y aceptado en un espacio y tiempo determinados) como por una descripción laxa (todo aquello que sirve como medida cuantitativa de valor, para comparar cosas cualitativamente diversas).

Existen, además, dos posturas generales frente a la historia monetaria. Por un lado, suponer que la economía porta constantemente necesidades análogas o equiparables, que de algún modo siempre existió mercado y que los problemas económicos actuales reflejan cuestiones similares a las antiguas más desarrollada o sofisticadamente. Así, el dinero puede fácilmente definirse en términos funcionales,[1] pensando que siempre que existe intercambio hay una función que se llama dinero y que consiste en ser medio aceptado para los cambios (ser medio de pago), poder atesorar valor y ser la unidad para calcular el precio de las cosas (lo cual implica también ser divisible en unidades con el mismo valor). Esta noción funcional del dinero se piensa como ahistórica, lo cual, entre otras cosas, se ha debido a la búsqueda de una esencia, una naturaleza, que pudiera condensar conceptualmente a cualquiera de sus usos, tal y como lo han hecho, de algún modo, Platón[2] en el siglo IV a.C. o Kant (2008 [1797]: 110-114) en 1785. Este primer modo ha sido también una constante en muchos economistas del siglo XX quienes han naturalizado al mercado y al dinero funcional de manera tan abrumadora que han achatado incluso a sus mentores (la unidimensional versión de Adam Smith que satura hoy las universidades de economía es una muestra de ello).

Del otro lado, es posible pensar el dinero como una categoría histórica que representa el valor y, por lo tanto, está en permanente mutación, no solo material, sino también conceptualmente. Ya en Jenofonte (Socráticas) y Aristóteles (EN; Plt.) se pueden rastrear ciertos impulsos hacia esta explicación de las monedas desde sus usos y no abstractamente. Y no fue otro que el estagirita quien vislumbró en el uso acumulativo del dinero el peligro de la inequidad y la destrucción de los lazos sociales. Por fuera de la definición funcional, se hacen visibles otras características que el dinero fue adquiriendo y perdiendo a lo largo del tiempo.

Desde su nacimiento, las monedas se han mostrado como reemplazo, común denominador y lazo entre las personas y con el mundo. Por su plenipotencialidad, el dinero se ha convertido en algo deseado con la ilusión de aplazar el momento de la experiencia, acrecentando el placer por su posesión, como metáfora y abstracción de la mera materialidad. Así, el dinero se ha convertido en un valor en sí mismo, digno de ser atesorado y tomado como fin.

Al mismo tiempo, desde la década de 1970, la globalización y la extrema especulación financiera han propiciado la evaporación de la moneda. Desde hace un tiempo, se habla de un proceso de “desmaterialización”[3] del dinero, aunque conviene matizar dicho término, en tanto que la materialidad del dinero no es lo que está en juego, sino, más bien, los soportes que le dan sostén y capacidad de existencia social. Este proceso ha facilitado en grado superlativo su circulación y aceleración. El inmenso proceso de bancarización y digitalización de las economías trajo una virtualización del dinero y permitió a actores privados crearlo y multiplicarlo.[4] No obstante, conviene siempre recordar que eso no “desmaterializa” las monedas, pues el hecho de que circulen a través de vías virtuales (del mismo modo que la información) no debe impedir advertir que no se ha inventado aún ninguna forma dineraria que pueda superar la materialidad. Si bien es cierto que los canales se han hecho mucho más leves, los cables de fibra óptica, y los servidores en los que se alojan los datos pertenecen al orden físico tanto como cualquier expresión anterior del valor. Sin embargo, la inédita acumulación que se da en este período tardocapitalista no podría pensarse por fuera de las formas concretas que han adoptado el dinero y su circulación.

En relación con lo anterior, una hipótesis que recorre de modo latente este capítulo es que la distancia entre precio y valor se ha vuelto cada vez más difusa y menos aprehensible en la medida en que el dinero se fue convirtiendo en un elemento progresivamente más y más portable y menos atado a elementos con valor de cambio y valor de uso. Es decir, que el progresivo paso hacia formas monetarias tendientes a la pura representación abstracta del valor (los billetes de papel, las tarjetas de crédito, el dinero digital), habría acompañado procesos sociales y políticos que conllevaron la aceptación de una correspondencia de menor intensidad entre valor y precio.

Así, en los sistemas cuyos portadores aceptados de valor son medidos en reses, granos de cacao, sal o brazaletes de caracoles, la relación con la utilidad de los bienes intercambiados se encuentra en el centro de la escena. El ejemplo más clásico en ese sentido es el trueque, donde cada elemento intercambiado es tomado de manera simultánea como medio de cambio y objeto de consumo. En esos casos, la oferta y la demanda se hallan muy por debajo de la utilidad en tanto que medidas para la valoración de una mercancía. Del otro lado, el triunfo del mercado como asignador impersonal y eficiente de los recursos entre las personas impuso, junto con su lógica basada en las leyes de la oferta y la demanda, una descomposición material del dinero hacia elementos cada vez menos pasibles de uso y más concentrados en la función cambiaria, lo cual, adicionalmente, no hizo más que reforzar las posibilidades (y las ansias) acumulativas.

El dinero es una creación convencional que refleja o cristaliza modulaciones de las relaciones sociales. Es, al igual que Internet, una entidad conceptual que no puede existir sin soportes materiales y controla, como aquélla, la forma de vida actual de la humanidad. Pero mientras que cada movimiento (y cada clic) humano es captado y analizado, la circulación monetaria permanece invisible a la inmensa mayoría de las personas. Hoy, solo el diez por ciento del dinero del mundo está conformado por billetes y monedas.[5] El resto tiene una existencia más etérea, que lo aleja de las calles y permite a sus dueños manejarlo con mayor discrecionalidad. En estas páginas, de carácter teórico, se espera realizar un aporte hacia una reflexión acerca de las transformaciones contemporáneas del dinero, a través de una apelación permanente a su historia y sus formas concretas. Asimismo, procura hacer visibles algunas concepciones acerca del precio, subrayando la vinculación que estas poseen con los diferentes soportes materiales que han expresado a las monedas.

I. Del valor a partir de la chreia

Históricamente, fue en el siglo VII a.C. cuando aparecieron las primeras monedas acuñadas de la historia occidental. Si bien podría decirse que, en general, la filosofía griega tuvo algún sitio –marginal– para albergar algunas preguntas acerca de su esencia y sus usos, es claro que fue Aristóteles (EN; Plt.), en el siglo IV a.C., quien realizó el primer intento sistemático de pensar el dinero y la economía.[6] En sus textos “económicos”,[7] el dinero es analizado desde una perspectiva ético-política. El problema al que se enfrentaba el estagirita era, brevemente, cómo usar dinero en los intercambios sin que este se vuelva soberano de las decisiones políticas, es decir, que no represente un impedimento para la autodeterminación de las sociedades. Aristóteles nos legó algunas reflexiones generales sobre el dinero que a su vez se insertaban en el horizonte de su propia contemporaneidad, en la que un tipo de uso sacralizante del dinero representaba un gran peligro: la búsqueda permanente de beneficios económicos hacía que los ciudadanos se dejaran de preocupar los unos por los otros, quebrando tanto la moral clásica de la polis –obteniendo ganancias a costa de otros– como su característica politicidad –persiguiendo al dinero, los ciudadanos dejaban de cumplir con sus obligaciones civiles–. Como sea, en Aristóteles hallamos una primera definición general de dinero, como todo aquello que posee valor económico, pues siempre que existe intercambio (así sea en forma de trueque) hay una cierta medida (una cierta conmensurabilidad), que puede ser interpretada y aceptada por ambas partes.

Sobre esta cuestión puede ser de gran utilidad revisar la categoría chreia, utilizada por los antiguos griegos (y muy particularmente por Aristóteles) como respaldo del valor de cualquier elemento a intercambiar y, en última instancia, como magnitud cualitativa que el dinero cuantificaba numéricamente a través del precio. El significado asignado a este término, si bien problemático, se daba en el encuentro entre la necesidad y la utilidad que de un bien se tuviera en la comunidad.[8] El Estagirita enunciaba que el dinero era la magnitud que expresaba cuantitativamente la chreia y esta, la necesidad mutua que los individuos tienen unos de otros (EN: 1133a-b). Desde esa perspectiva, las ideas aristotélicas acerca del valor y el precio se encontraban ligadas de manera muy cercana. Es por ello que la utilidad de un elemento para la comunidad era pensada como un factor mucho más relevante que su abundancia u oferta:

Es menester, por tanto, que todo se mida en una sola cosa, como se dijo antes. En realidad, esta cosa es la chreia que todo lo mantiene unido; porque si los hombres no necesitaran nada o no lo necesitaran por igual, no habría cambio o no tal cambio. Pero la moneda ha venido a ser como una especie de sustituto de la necesidad/utilidad en virtud de una convención, y por eso se llama así, porque no es por naturaleza, sino por ley, y está en nuestras manos cambiarla o utilizarla. […] [L]a moneda ha venido a ser como una especie de sustituto de la chreia en virtud de una convención. (EN: 1133a).[9]

La moneda es, así, presentada como una institución social, pasible de ser modificada en sus formas y usos a través de la acción política.[10] De manera ideal, Aristóteles espera que el valor surja de la necesidad y que el precio en dinero refleje numéricamente ese hecho. No obstante, su insistencia en ese punto da prueba de que ya en sus tiempos otras concepciones competían con la suya. En ese sentido, es fundamental la lectura de Karl Polanyi, quien explica cómo en el siglo V a.C. se dio un sistema mercantil similar en características (aunque no en tamaño) al moderno, hecho por el cual

[L]a economía, cuando comenzó a atraer la atención consciente del filósofo [Aristóteles] bajo las formas de transacciones comerciales y diferencias de precios, ya estaba destinada a realizar su matizada trayectoria hasta su culminación unos veinte siglos más tarde. En su germen, Aristóteles intuyó al espécimen completamente desarrollado. (Polanyi 1976: 114).

Al respecto, Aristóteles abogaba por la idea de que, en última instancia, los precios deberían ser puestos por el comprador, dado que es él quien realmente les dará utilidad. Pero, en su Ética nicomaquea cuenta el ejemplo de Protágoras, quien

[C]uando enseñaba cualquier materia pedía a su discípulo que calculara él mismo lo que creía que valía el conocimiento adquirido y aceptaba tal cantidad, a diferencia de los sofistas que cobraban por adelantado sus clases porque nadie daría dinero por lo que ellos saben. (EN: 1164a).

No es la avidez de los estudiantes, sino el valor (en términos de utilidad) lo que, como se observa, debía supeditar y definir el precio, en el imaginario aristotélico (y, en general, antiguo e incluso medieval).

En los estudios de Aristóteles se encuentra una temprana crítica a la acumulación, centrada en la idea de uso y ponderando al dinero como medio y no como fin de las acciones humanas y la vida en común. De sus lecciones puede extraerse una postura que se opone con fuerza a lo que hoy podríamos denominar como una concepción fetichizante del dinero, es decir, aquella que deja en riesgo de extinción la subsistencia de las sociedades debido a la sacralización del dinero como cara complementaria del afán por su acumulación. Pero precisamente el hecho de que Aristóteles tomara partido en contra de una actitud determinada, que trataba al dinero como fin, habla de que ya en la Grecia antigua existía este punto de vista. Para constatarlo, basta con observar un discurso pronunciado por Lisias en el año 386 a.C., llamado “Contra los vendedores de trigo”:

Porque ante la máxima necesidad que tienen de trigo, ellos lo arrancan por doquier y no quieren venderlo, a fin de que no regateemos su precio, sino que quedemos conformes en ir a comprárselos al que quieran ponerle; de manera que aun en la paz seamos por ellos asediados. La ciudad conoce su malevolencia desde hace mucho tiempo. (Disc. II: XXII, 15).[11]

La crítica de Lisias (similar a la sorpresa aristotélica) deja en claro la aparición de actitudes que hoy podríamos calificar de mercantiles (o mercadofílicas) en un entorno que durante algunos siglos había sido ajeno a ellas. Tal vez por ello, Moses Finley sostuvo que aún no existían vínculos directos entre la producción y los precios, en el sentido de un espacio mercantil que pudiera alejar de manera desmesurada el precio del valor:

Los productores y los exportadores intentaban también influir sobre los precios de las ventas locales por medio del acaparamiento, retirando mercancías del mercado durante períodos, y otras iniciativas similares. Sin embargo, ninguna de esas maniobras conducía a nada que no fuese la creación de un desequilibrio temporario entre la oferta y la demanda; en sí mismos no tenían efectos estructurales en la producción de cereales, ni siquiera tampoco necesariamente en los lucros de los productores. (Finley, 1985: 178).

Según Aristóteles, finalmente, el precio debía expresar en mayor o menor medida al valor, por lo que las actitudes monopólicas o las estrategias comerciales tendientes a acumular dinero (es decir, verlo como un fin en sí mismo) le parecían censurables. Para él, “no hay diferencia, en efecto, entre cinco camas por una casa y el precio de cinco camas.” (EN: 1133b). Como se observa, hay en el estagirita una continuidad entre el trueque y el intercambio mediado por dinero, en tanto que formas destinadas a mitigar las necesidades de aquellos bienes útiles para la vida. De ese modo, no tenía razones para dislocar al precio del valor, cuestión que sí se desarrollaría en los sistemas en los que el dinero fue desapegándose de soportes con valor en sí mismos para ser reemplazados por formas cada vez más funcionales.

II. Del valor a partir del trabajo

El influjo de las doctrinas aristotélicas fue enorme durante varios siglos, muy especialmente en la Europa tardomedieval y tempranomoderna, tras su redescubrimiento y a causa de la disputa que la Iglesia católica abrió frente a las interpretaciones islámicas, mucho más avanzadas entre los siglos XI a XIII. Específicamente respecto de las temáticas económicas, la escolástica cristiana llevó adelante una recepción de las ideas del estagirita que tuvo importante desarrollo, sobre todo encarnado en la escuela de Salamanca, la cual articuló, entre otras cosas, su doctrina del precio justo. Esta doctrina, que tomaba algunos elementos de los textos aristotélicos, pero también escritos apócrifos y posturas políticas, se preocupaba por la libertad de los actores a la hora de definir un precio, sobre todo en términos de independencia de los gobernantes. Era, así, un pensamiento que se oponía con fuerza a cualquier control político de los precios, que resultó fundamental para el advenimiento de una nueva racionalidad en la que el mercado (junto con sus leyes) pasó a ser una instancia necesaria para el intercambio.

A través de los escritos de pensadores como Juan de Mariana (un escolástico tardío español influido por la escuela de Salamanca), las ideas sobre la ley natural y la transformación conceptual del dinero y el mercado de bienes contingentes en necesarios se difundieron por todo el mundo moderno. Particularmente, la obra De Rege et Regis Institutione del mencionado de Mariana tuvo una enorme difusión en la Inglaterra del siglo XVII. Comparando sus conceptos sobre el origen de la sociedad, la soberanía o la propiedad privada con las sostenidas por John Locke puede hallarse un grado de similitud muy elevado (Fernández Álvarez, 2016: 189-208) y se ha comprobado que Locke tenía copias de los libros De Ponderibus et Mensuris (de 1599) e Historia general de España (de 1601) de de Mariana en su biblioteca personal. La célebre obra Two Treaties on Civil Government, escrita por Locke en 1690, presenta claras influencias de las obras de de Mariana, de Francisco Suárez y de los llamados escolásticos protestantes (como Samuel Pufendort o Hugo Grocio). Además, había una copia del De Rege et Regis Institutione en la biblioteca personal de John Adams, segundo presidente de los Estados Unidos y seguidor de las opiniones de Locke (Diggins, 1986).

Es sabido que las ideas de Locke en el siglo XVII representaron un insoslayable impulso para el nacimiento del liberalismo económico. Este filósofo británico planteó en varios de sus ensayos breves que el dinero, si bien administrado en algún sentido a través de las leyes humanas, poseía un valor intrínseco que ningún soberano podía rechazar. En pocas palabras, pensaba al dinero como un bien natural cuyo precio no podía ser regulado políticamente (Locke, 1691; 1695). En su Segundo tratado sobre el gobierno civil afirmó además el innatismo de la propiedad privada, considerando que todo elemento natural sobre el que alguien aplica su trabajo pasa a pertenecerle (Locke, 2010). Para Locke, el precio del oro no es convencional ni social, sino natural e invariable, totalmente atado a la materialidad. Sin embargo, la utilización como moneda de un material que es más apreciado por su belleza y su inercia que por su utilidad, dio lugar a un pensamiento en el que la competencia y la acumulación son actividades deseables para la vida humana. La consecuencia de esta teoría consiste en establecer un vínculo entre las formas imperecederas del oro como dinero natural y la posibilidad de enriquecerse a través del comercio, lo cual le permite a Locke plantear que quien accede al intercambio a través de dinero consiente una distribución desigual de las tierras y los bienes (Locke, 2010). De hecho, un siglo y medio más tarde que Locke, pero apoyado en sus textos, Adam Smith (1904: § I.4.1-I.4.18) sostendría asimismo la existencia de leyes naturales que regulan la economía con independencia de los Estados.

Retomando en algún sentido el razonamiento aristotélico, fue Karl Marx quien realizó, hacia el final del siglo XIX, la crítica más acabada a la economía política liberal. Para ello, entre otras cosas, diferenció entre las categorías de dinero y capital. Según Marx, mientras que el primero es un mediador temporal entre dos mercancías y, por lo tanto, forma parte del circuito del uso y la satisfacción de las necesidades, el segundo es producto de una inversión engañosa entre medio y fin, que exige un permanente incremento y alimenta el ilimitado deseo de acumular (Marx, 2008: I,2,IV). Esta cuestión se agrava geométricamente cuanto más se abstrae el dinero de la producción. Una de las formas en las que Marx abordó el estudio del dinero fue a través de la figura del fetiche, haciendo de esta un modelo perfecto de la mercantilización capitalista (Marx, 2008: I,1,I). Las mercancías, explica Marx, son contempladas por quienes las usan como entidades independientes y autoevidentes que ocultan el carácter real de las relaciones sociales y del modo de producción del que son frutos. Además, desde ese punto de vista individual, el dinero, señala Marx, se presenta como un medio alrededor del cual los vínculos son horizontales, no jerárquicos. En el capitalismo las relaciones de producción son divididas en múltiples “trabajos individuales” obteniendo como resultado la objetivación de las cosas y la mercantilización de la mano de obra, pudiendo las personas y los artículos producidos ser intercambiados a través de relaciones.

La forma más acabada de la mercancía es el dinero –conversor universal, puro valor de cambio, reemplazo de los reemplazos, fetiche de los fetiches–, que encubre mejor que nada, por su forma impersonal y homogénea, el carácter social de la producción. Resulta, pues, que toda mercancía, para obtener un reconocimiento social (es decir, un valor), debe poder ser equiparada a otra mercancía, por ejemplo, el oro, con el que se pueda intercambiar en una determinada proporción. De acuerdo con Marx, quienes producen las mercancías ven dicha materialización de las relaciones de producción como la misteriosa e independiente facultad que posee una cosa de cambiarse por otras en un mercado. Esta facultad parece una propiedad natural de la mercancía, como el peso, la densidad o la medida. El dinero habilita una relación directa entre mercancías y favorece la separación y sumisión de las personas a las cosas. El fetichismo del dinero es una consecuencia necesaria del fetichismo de las mercancías, dado que la moneda es presentada en el capitalismo como un medio objetivo. Todas las categorías económicas modernas se hallan revestidas y fetichizadas, por eso la “ciencia económica” se ha limitado a estudiar el aspecto externo de los procesos.

El mismo proceso de fetichización que ha sido tan profundamente analizado respecto de las mercancías (o su sacralización, en tanto comprendidas como elementos que quedan por fuera del libre uso o control humano),[12] puede también ser pensado en relación a los precios. En la sociedad actual, suele afirmarse que “los precios aumentan” (o bajan o están estables), como si fueran sujetos activos de mecanismos regulatorios. Frente a ello, existen algunas fuentes bibliográficas que han prestado atención al fenómeno de formación de precios por fuera de las ideas de la economía neoclásica (Beckert, 2010; Beckert y Aspers, 2011; Caliskan, 2007; Zbaracki, 2004), a las que habría que complementar con estudios que encaren desde el mismo punto de vista la cuestión del precio del dinero, es decir, la relación entre las diversas monedas, tanto a nivel internacional como en virtud de sus soportes, formatos y maneras de representar el valor.

Marx ha puesto de manifiesto una forma objetiva de fetichismo que se da a través de la mercantilización de la vida en el sistema capitalista como reemplazo, enmascaramiento, disfraz, al punto en que las personas terminan asumiendo que es natural la equivalencia entre “una tonelada de hierro y dos onzas de oro” (Marx, 2008: 126), más allá de que posean características físicas que habilitarían otras relaciones. Marx presenta, así, una clave para pensar el dinero y el precio como instituciones sociales no dadas, que podrían ser utilizadas en función de las sociedades.

Ahora bien, a contrapelo de las ideas marxistas, las condiciones históricas y las luchas políticas determinaron un patrón más o menos constante que hizo que las monedas fueran gradualmente adoptando formas cada vez más abstractas y desapegadas del uso y, por ende, más y más fetichizadas. De ese modo, los diferentes soportes materiales del dinero fueron variando hacia formas cada vez menos corpóreas, cuestión que fue fundamental para la aceleración y la conquista mundial del mercado tal y como lo conocemos en nuestros días. Pese a ser siempre una convención basada en la confianza, el dinero, hasta hace muy poco tiempo, tenía un respaldo físico representado por un material noble, en una cantidad concreta. Así, aunque toda moneda siempre se basara en una creencia, la garantía material parecía darle cierto respaldo al pacto monetario. La necesidad de realizar transacciones de cada vez mayor volumen, la voluntad de transportar mucho dinero corriendo el menor riesgo posible y las ansias acumulativas de gran parte de la humanidad se dieron en simultáneo con el crecimiento de lo que se llamó doctrina nominalista del dinero, que separa a las monedas de su valor “intrínseco” (el respaldo, generalmente, en metal, que dio el nombre a la perspectiva opuesta: el metalismo).

Así, en simultáneo con el desarrollo digital en todos los ámbitos de la vida humana, el fortalecimiento del sistema financiero se hizo evidente. En 1987, Paul Henderson señalaba que:

Este nuevo dinero es como una sombra. Su forma fría y gris puede ser vista, pero no tocada; no tiene una dimensión táctil ni peso. La moneda es un fantasma del pasado, un anacronismo. En su lugar, viajando por el mundo incesantemente, sin descanso y casi a la velocidad de la luz, hay una forma de dinero completamente nueva, no basada en el metal o el papel, sino en la tecnología. (Henderson, 1987:15).

Pocos años más tarde ya se trataba al dinero mismo como un tipo de información, y se decían cosas como que “[…] el dinero ha sido transmogrificado. Ya no es una cosa; es un sistema. Es una red que comprende cientos de miles de computadoras.” (Kurtzman, 1993:1). El fin de la Guerra Fría implicó el armado de un nuevo orden mundial que fue acompañado por una gran democratización de las posibilidades técnicas, así como de la aceleración del capital financiero, la movilidad territorial de la producción y la digitalización monetaria. El dinero viviría, a partir de entonces una nueva etapa.

III. Del valor emancipado

Ya algunos años antes de la caída del socialismo como fuerza mundial, Jean Baudrillard en su libro de 1976, L’échange symbolique et la mort, había dado un importante paso para el análisis conceptual de los intercambios simbólicos. Bajo la categoría de emancipación, este pensador daría cuenta de un proceso a través del cual los signos se liberan de aquello que venían a simbolizar. La autonomización del signo supone su irreferencialidad, es decir, su indiferencia respecto de los “significados” y la preponderancia del principio de simulación sobre el principio de realidad. Como resultado, la ley mercantil del valor (la economía política clásica) se asume como una existencia segunda o principio fantasma y, por lo tanto, la política se subsume a la técnica administrativa.

En un mundo de signos emancipados de sus referentes, la pretensión de poder hallar un respaldo sólido e inapelable de la valoración social se vuelve prácticamente informulable. La economía digital de la era financiera provee, en ese sentido, una nueva encarnación para la teoría marxiana sobre el fetichismo. La decadencia de la era de la industria ha implicado en casi todos los órdenes de la vida un aumento del nivel de abstracción, en términos de las formas de interacción y de la autonomización del valor frente a la producción. Eso ha conllevado un quiebre fundamental con la referencialidad, tanto en el campo lingüístico como en el monetario. Adicionalmente, la intensa mercantilización de la vida humana ha llevado hasta su paroxismo la idea de que todo tiene un precio medible en dinero. Hoy puede parecer trivial declarar que cualquier cosa puede ser objeto de compra-venta o desnudar el imperativo capitalista de sacar el mayor provecho invirtiendo lo menos posible y ganando lo más posible.[13]

A medida que las monedas se fueron sofisticando, el hiato entre materia y valor se fue haciendo cada vez mayor, hasta el punto en el cual los bancos pueden hoy crear dinero casi sin esfuerzos físicos.[14] Del mismo modo, las necesidades humanas concretas han sido separadas del trabajo asalariado (se trabaja por el dinero, por la abstracción pura, y se produce por la demanda, no por la utilidad). En estas condiciones, se da una clara subjetivación de los elementos emancipados y una uniformización de las subjetividades, manipuladas desde el bombardeo informacional y la automatización de los dispositivos móviles. De ese modo, la acumulación de dinero se ha transformado en una suerte de adicción colectiva normalizada que, habiendo hoy mucho más dinero que mundo (más representación que respaldo) deja a las sociedades a merced de formas de control que redundan en inequidad y menoscabo de las democracias.

La economía financiera se ha apoderado de la escena contemporánea al punto de ser tenida como oráculo que moldea al mundo y ya no como su cifra matemática. El grotesco salvataje a los bancos privados realizado por los países centrales en 2008 mostró el poder creativo, performativo, de la doctrina neoliberal. Eso nos exige observar que el dinero nunca fue simplemente un medio para el intercambio o una representación cuantitativa de la calidad, sino que desde sus orígenes ha portado una carga sacralizante que lo convierte en potencial objeto de deseo y que, con la afirmación del individuo, acabó por consagrarse como un fin en sí mismo.

Además de la referencia a Ferdinand Saussure,[15] las palabras de Baudrillard parecen también haberse inspirado en otro importante testigo del paso hacia el siglo XX: Georg Simmel. Apelando a sus análisis, puede mentarse al dinero como indiferenciación total, como aquello que mide solo cuantitativamente, no distingue entre calidades, como algo que nunca posee un valor absoluto, pues representa una característica comparativa que funciona en la medida en que sea útil. Es un puro medio que se diferencia de (pero también se transfigura en) cualquier fin. En su Filosofía del dinero Simmel habría de afirmar que la separación y abstracción de las ideas de medios y fines ocurre de modo característico en las sociedades complejas y desarrolladas:

El incremento de la cultura no solamente hace aumentar los deseos y aspiraciones de los seres humanos, sino que aumenta, también, la cantidad de los medios para cada uno de estos fines y a menudo exige, para cada medio aislado, un mecanismo escalonado de precondiciones entremezcladas. Debido a esta situación, es en una cultura superior donde aparece la idea abstracta de fin y medio. (Simmel, 1977: 444).

Y, a continuación, explicaría también que en ese tipo de sociedades, los medios adquieren tal centralidad en la vida y los fines últimos se hallan tan alejados de las posibilidades concretas de cada individuo que los primeros tienden a convertirse en los segundos. De ese modo, el dinero pasa a ser uno de los núcleos fundamentales a través de los cuales la vida moderna puede ser comprendida, ya que es una suerte de medio universal que permite vincular a cualquier aspecto con cualquier otro y, en lugar de ser un “mero” representante del valor de las cosas, acaba por funcionar como un fin en sí mismo, que se autonomiza de los sujetos individuales.

En su Filosofía del dinero, Simmel reconstruye una posible historia del dinero desde el ganado hasta los billetes, haciendo hincapié en los materiales que fueron utilizados como prenda de cambio en diferentes épocas. Es un camino hacia la abstracción (según Simmel, hacia la sofisticación y la civilidad), que podría equipararse al sentido que va del metalismo al nominalismo,[16] es decir, que hay una marcada declinación de los aspectos más concretos del dinero en beneficio de sus características más abstractas,[17] que coincidirá con el triunfo de las llamadas leyes del mercado frente a la utilidad de los objetos intercambiados mediante moneda.

El recién mencionado es precisamente el atributo impersonal y cuantitativo que constituye al dinero moderno: su ser abstracto, es decir, la comprobación de que cada billete o moneda vale por su respaldo político o social y no por la cantidad o calidad de materia de la que está hecho. Ese paso es fundamental para el argumento simmeliano y es un punto que da sentido a toda su reflexión sobre la moneda. Es cierto que algunos sociólogos y antropólogos han prestado especial atención a los vínculos que las personas pueden entablar con determinadas piezas (por ejemplo, “mi primer dólar” o “mi moneda de la suerte”), como en el caso de Viviana Zelizer (1997) o algunos de sus lectores, pero esto no debilita el argumento de Simmel, que presta atención a una forma cultural general (siempre vinculada al carácter relacional del dinero) y no al apego específico entre personas y objetos determinados. Tratar a un billete como un objeto irreemplazable en la Modernidad es una posición estrictamente individual, que nunca podría elevarse a forma social, dado que, en última instancia, los bancos y los Estados (que son quienes regulan el mercado monetario) son ciegos a tales apegos –y, sumado a ello, hoy el 90% del dinero existente es digital, es decir, imposible de personalizar–.

Retomando, entonces, lo que hace a la calidad cuantitativa de las monedas modernas es haber despejado o evidenciado su esencia funcional, su carácter nominal. Es a partir de eso que puede comprenderse con claridad al dinero como pura indiferenciación, como desligado de cualquier determinación que pueda volverlo un elemento con personalidad. El impulso hacia la racionalización y la exigencia de traducir todo a su forma numérica (en tanto que abstracta) son las tendencias más claras de la racionalidad moderna, aspecto que el dinero nominal cumple de manera ejemplar, evitando la reflexión sobre la necesidad concreta de los bienes intercambiados y permitiendo, así, mayores niveles de especulación sobre los precios.

Dado que actualmente el dinero estatal no se apoya en ningún sustento externo a sí mismo, su creación responde a la necesidad de los gobiernos, que siempre crece, puesto que la arquitectura del capitalismo implica la permanente emisión de deuda, obligando a la creación permanente de dinero. Hoy su aspecto físico se ha reducido al mínimo (el peso y volumen de la información digital es significativamente menor que el del oro o el papel, además de ser más seguro) y el especulativo al máximo.

Simmel describió los peligros de la autonomización de la moneda y demostró que el contacto permanente con el dinero deja importantes huellas en la subjetividad contemporánea. Semejante a la relación entre los ricos y los pobres, el dinero posee una gran libertad frente a las demás mercancías (Simmel, 1977: 239-242), en tanto y en cuanto no precisa confrontarse con la experiencia más que cuando así lo desea. El dinero puede adoptar cualquier forma, pero siempre está relacionado a determinadas prácticas desplegadas históricamente y siempre vinculadas a la división del trabajo, la estratificación social y la distribución de las riquezas. En la actualidad, las monedas estatales juegan en el mercado junto con expresiones alternativas que manifiestan nuevas configuraciones políticas. El dinero creado (por los supermercados, las aerolíneas o las tarjetas de crédito) es una forma rudimentaria de nuevos formatos que no tardarán en llegar. De hecho, sin ir más lejos, empresas como Google y Facebook ya están desarrollando formas monetarias que, sin duda, competirán con el dinero estatal en muy poco tiempo. Del mismo modo, el impulso del bitcoin (moneda metalista, finita, pero absolutamente anónima que sirve tanto a emprendimientos altamente ilegales como a visionarios anticapitalistas)[18] cristaliza la búsqueda de un dinero fuera del control de los gobiernos.

IV. Del valor como algoritmo

Dos preguntas que cada vez resuenan con más fuerza entre las clases medias occidentales son qué es el bitcoin y qué lo diferencia de otras expresiones monetarias. Para responderlas es preciso recordar, una vez más, que desde el auge de la bancarización de la economía y el rápido crecimiento de las formas digitales de dinero, el proceso del metalismo al nominalismo parecía haberse clausurado, con un triunfo casi absoluto del elemento virtual. Sin embargo, en el año 2008 se dieron prácticamente de manera simultánea la gran crisis financiera y el nacimiento de una moneda que prometía ser revolucionaria.

A partir de la “cadena de bloques” (o “blockchain”, en inglés), que consiste en un libro contable distribuido y un modo de registrar de manera inmutable información digital y digitalizada, el bitcoin llamó enormemente la atención de un mundo golpeado por la impresionante caída de los activos financieros. El artículo que lo presentó al mundo definía al bitcoin como “[u]na versión de efectivo electrónico puramente punto-a-punto que podría permitir que los pagos en línea se envíen directamente de una parte a otra sin pasar por una institución financiera.” (Nakamoto, 2008: 1).

En ese mismo texto, se describía al bitcoin como una cripto-moneda descentralizada y disruptiva. Respecto de la primera característica, el ser encriptada, cabe decir que cada bit se encuentra codificado a través de un software específico que responde a algoritmos desconocidos a priori. De modo que cada bitcoin contiene un código criptográfico único que nadie conoce de antemano (Capitán López, 2015). Sumado a eso, la dificultad matemática de los algoritmos se intensifica a medida que quedan menos por descubrir o desencriptar (en la jerga de quienes los utilizan, se considera que el trabajo es similar al de un minero en una gruta de oro o plata), lo cual tiene como consecuencia la tendencia hacia la concentración de más recursos en menos actores.[19] En segundo lugar, si bien no fue la primera experiencia de encriptado, sí fue la primera en términos de descentralización. El bitcoin es una moneda que permite realizar pagos sin la presencia de autoridades, intermediarios o terceras partes que deban observar y dar fe de las transacciones. Por eso, y pese a que brinda una serie de nuevas posibilidades, la tercera característica asignada a esta moneda (ser disruptiva), puede ser puesta en cuestión. Si bien podría pensarse que existe una relación de coimplicación entre la descentralización, la disminución del poder de los bancos y Estados y el retorno de cierta autonomía a las sociedades, ¿es el bitcoin verdaderamente una herramienta de resistencia contra el avance del neoliberalismo o más bien mantiene un tipo de relación en la que el capital financiero tiene más poder que cualquier forma política, en términos operativos, normativos, de soberanía y autarquía? ¿Es un arma para la emancipación de las personas o de las monedas? ¿Es un camino de regreso hacia la medialidad del dinero (hoy convertido en fin) o el grado último del fetiche? En definitiva, ¿el bitcoin enfrenta o refuerza al capitalismo actual?

Dada su naturaleza digital, el bitcoin está construido desde principios similares a los del capital financiero, pues habilita una enorme fluidez en transacciones económicas y tiene la potencia de hacer entrar al juego del capital (es decir, mercantilizar) elementos que quedan incluso por fuera de las leyes nacionales (al ser anónimo y paraestatal, permite en teoría comprar y vender bienes prohibidos como drogas o armas). Por eso, puede ser visto como una mera sofisticación del juego capitalista en el que el mercado siempre es más importante y dominante que los Estados. El bitcoin, en ese sentido, podría interpretarse como una adaptación o nueva fase del capitalismo a la era postestatal. Sin embargo, hay una característica que lo coloca en otro lugar respecto del sistema capitalista: al estar basado en un bien finito (recuperar cierto metalismo que caracterizaba a las monedas del patrón oro o al comercio de la era premoderna), su acumulación desigual al extremo (que es exactamente lo que caracteriza al neoliberalismo financiero) se torna imposible (no tendría sentido, en un sistema cerrado, que existan grandes monopolios, pues impedirían cualquier tipo de intercambio). Ese factor aleja al bitcoin de las posibilidades y perspectivas del sistema actual. Y si bien es innegable que su complejidad y sofisticación lo vuelven una moneda inaccesible para grandes porciones poblacionales,[20] existen algunas hipótesis que lo desligan de la dinámica capitalista en la que está inserto.[21]

Según autores como Robert Herian, luego de unos pocos años críticos, hoy en día numerosas corporaciones se encuentran en mejores condiciones que en 2008 y están aprovechando la descentralización del bitcoin, en un contexto de normas y expectativas capitalistas, para conquistar nuevos mercados y reforzar relaciones de producción desiguales (Herian, 2016). De ese modo, uno de los efectos del bitcoin sería propiciar una nueva forma de cercamiento (comprendido como retiro de lo público, avance de lo privado y asignación de derechos de exclusividad), similar a la ocurrida a partir del siglo XV en Gran Bretaña, que fuera citada por Marx como antecedente directo de la llamada “acumulación originaria” (Marx, 2008: XXIV-XXV).[22] El proceso, en este caso, transferiría partes libres o comunes del ciberespacio a manos corporativas (como podrían ser IBM o Microsoft), a través de mecanismos privatizadores. Herian afirma, también, que fueron los mismos actores los que en 2008 aceleraron el pánico económico y a la vez el nacimiento de las criptomonedas, con el fin de tomar control de aspectos que estaban bajo la égida de los Estados. De ese modo, el bitcoin podría ser potencialmente un apoyo para la cooperación intersubjetiva tanto como un sostén para una nueva ola de desregulación de los mercados.

Varias veces en la historia, aunque nunca con tanto vigor como en las últimas décadas, el dinero se ha salido del control de las sociedades que lo han creado amenazando incluso a la soberanía de los Estados y a la democracia moderna. La digitalización que acompañó al desarrollo de la economía financiera ha permitido un nivel de acumulación que pone en riesgo los lazos sociales y genera una enorme inequidad. Hoy la relación entre el monto de dinero existente y mercancías pasibles de ser compradas se encuentra en su momento de mayor dislocación. El carácter infinito del dinero virtual se da de bruces contra un mundo finito, del mismo modo que los precios que surgen de la pura especulación ponen en serio peligro la vida de millones de personas. El dinero solo tiene sentido si circula entre los miembros de la sociedad, no si es producido para ser acumulado.

Siguiendo las ideas de Polanyi (1976), lo económico no puede circunscribirse a sus supuestos formales, sino que, al contrario, debe poder pensar los vínculos entre los individuos, sus entornos y los medios para satisfacer las necesidades materiales. Solo este sentido sustantivo permite a las ciencias sociales analizar cualquier economía empírica. Por ello, sostiene que comercio, moneda y mercado merecen ser estudiados independientemente unos de otros.

En la actualidad el dinero se encuentra en una etapa en la que puede comprar dignidad, trabajo y creatividad, desde la coacción y la explotación. La forma que ha asumido en la actualidad se ha naturalizado. Sin embargo, si existieron sociedades sin mercado y sin dinero, existen también posibilidades para la moneda que no están siendo exploradas.

Los diferentes soportes que históricamente expresaron al dinero (desde el ganado vivo hasta los bits de información virtual) siempre se han encontrado fuertemente vinculados con las formas en las que las sociedades vivían y se concebían. Hoy es un hecho que el dinero en su forma de billetes y monedas esté en un claro proceso de declinación. Frente a ello, las monedas virtuales y encriptadas pueden ser la puerta de entrada hacia dos situaciones (no contradictorias entre sí): una dislocación absoluta entre el precio y el valor y una configuración posthumanista de la economía, es decir, estructurada por fuera de las personas y sus instituciones (Estados, incluso bancos), en un entramado informático. La historia que comenzó con las leyes naturales del mercado y continuó con la sacralidad de la propiedad privada y la mano invisible, se expresa en estos tiempos a partir de la objetivación del intercambio basado en información, software y protocolos. Recuperar el sentido político de la economía y la necesaria relación entre los individuos y sus ambientes podría, tal vez, ser una clave para tomar nuevos rumbos, menos automáticos y resignados.

Referencias

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  1. El dinero es precisado en los manuales como “Medio de pago o de cambio: el dinero se usa para realizar transacciones (comprar bienes y servicios, pagar salarios, pagar facturas, etc.). Unidad de medida o numerario: todos los precios se fijan en unidades monetarias; de esta forma, se sabe el valor de cada bien o servicio en función de un elemento único: la cantidad de unidades monetarias que se debe pagar por él. Reserva de valor: el dinero se usa también para mantener un poder de compra, con el objetivo de comprar bienes y servicios en el futuro.” (Tansini, 2003: 173).
  2. Aunque no es la única manera en la que piensa al dinero, hay en Platón una tendencia general a concebir las ideas como inmutables y trascendentes a toda experiencia. Cfr. Platón (R.: § 509d–511e).
  3. El término aparece, por ejemplo, en Altvater y Mahnkopf (2002).
  4. Desde la ruptura definitiva entre el valor del dólar estadounidense y el patrón oro, en 1971, se ha dado un muy acelerado proceso de abstracción y aceleración del dinero, ayudado por las tecnologías digitales y por la deslocalización y el enorme crecimiento del mercado financiero internacional.
  5. Si bien no existen datos oficiales, hay cálculos que arrojan esos porcentajes. Remito a la información disponible en https://goo.gl/794TTc. [Fecha de citado: 28/nov/2017].
  6. Remito, sobre esta cuestión, a la lectura de algunas fuentes secundarias: Polanyi (1976); Finley (1970); Borisonik (2013).
  7. El entrecomillado responde a que la economía, tal y como es definida en la actualidad, no formaba parte del universo conceptual aristotélico.
  8. Si bien los economistas modernos han traducido al término “chreia” como “demanda”, esta es una elección que tiende a confundir su verdadero significado, asimilando formas sociales y valorativas muy diversas. La traducción por “necesidad”, propuesta por Finley –quien expresa que: “El campo semántico de chreia, en los autores griegos, dentro de los cuales se encuentra Aristóteles, incluye ‘uso’, ‘ventaja’, ‘servicio’ […].” (Finley, 1984: 270)– y Meikle (1995: 23), recupera de modo mucho más fiel el sentido original del vocablo. En otra ocasión (Borisonik, 2013: 189), propuse expresarla como “necesidad/utilidad” para dar cuenta de la riqueza semántica que la chreia implica.
  9. Si bien aquí sigo la traducción de Pallí Bonet, he realizado algunas modificaciones que facilitan la comprensión en este contexto.
  10. Es importante recordar esto para comparar la mentalidad antigua con la moderna, en la cual el dinero y el mercado se han ido asumiendo cada vez más como elementos “naturales” o insoslayables en sus modos de mediar el intercambio humano.
  11. Se han realizado mínimas modificaciones a la traducción de José Luís Calvo Martínez para hacer más claro el sentido de la frase.
  12. Los vínculos entre fetichismo y sacralización pueden ser divisados, por ejemplo, en Benveniste (1983) y Agamben (2003; 2005).
  13. Sobre el supuesto carácter “verdadero” o “autoevidente” del neoliberalismo, ver: Fisher (2009).
  14. En la actualidad, se observan diferentes niveles de existencia monetaria. Tomando en general las regulaciones anglosajonas, hay un valor M0 que representa el dinero en metal y papel circulando –sin contar las reservas bancarias– y una base monetaria, que es el total de billetes y monedas en posesión de los privados y en las reservas de los bancos. El M1 añade depósitos bancarios “a la vista”, como las cajas de ahorros; el M2 adiciona los instrumentos a plazos más largos; M3 incorpora también instrumentos menos líquidos (con vencimientos a más de un año, gubernamentales, etcétera). A medida que nos alejamos de las bases, nos encontramos cada vez más con tipos de dinero que son creados, almacenados o puestos en circulación como pura información digital.
  15. Cfr. de Saussure (1985).
  16. La teoría metalista del dinero (así hubo de llamarse a la doctrina recibida por la Europa tardo-feudal) determina que el valor de la moneda se define por su contenido físico. El metalismo fue sucesivamente contestado por posiciones nominalistas (que postulaban que el valor del dinero no depende del contenido material de cada pieza, sino de convenciones sociales y políticas).
  17. En efecto, gran parte de los debates centrales de la economía del siglo XIX (aunque también pueden rastrearse mucho antes) giraron en torno de la disputa entre el valor material de cada moneda o pieza utilizada como dinero y su valor convencional, respaldado en casi todos los casos por los Estados nacionales. El último escalón de tal transformación podría ubicarse en la aparición, en 2008 (en paralelo con una profunda crisis que azotó a los países centrales), del bitcoin, sobre el que retornaremos en seguida.
  18. Frente a la actual soberanía del nominalismo (que sostiene que el dinero no obtiene su valor en relación al material del que está hecho), y aunque en última instancia también depende de la confianza de los usuarios, el bitcoin retoma un modelo metalista, pues remite a una sustancia finita (veintiún millones de bloques de información), por lo que cada fracción obtiene valor en relación con la proporción de bits que contiene.
  19. Por ejemplo, en manos de empresas que desarrollan hardware o software, o de quienes pueden invertir más tiempo y recursos en la “minería” bitcoin. Sobre esa cuestión, puede ser de interés el texto de Pel (2015: 10).
  20. Según el Banco Mundial, el 56% de los individuos del mundo carecen de acceso a Internet, por lo que se encuentran ya de antemano impedidos de siquiera acceder al soporte tecnológico que habilita la compra e intercambio en bitcoins, en lugar de en las diferentes monedas nacionales (Banco Mundial, 2016).
  21. Cfr., por ejemplo, Kosten (2015), quien ve en el bitcoin una posible salida del capitalismo. También son de interés Scott (2016); Yansen (2016).
  22. Sobre los cercamientos, en su célebre Utopía, Tomás Moro diría que “los nobles y los ricos”, en su afán por obtener más ganancias, permitían que las ovejas gozaran de mayores beneficios que los hombres, los cuales eran corridos de sus tierras en beneficio de estas, creando así ladrones y pordioseros a los que no será útil castigar si no se remedian las causas de su pobreza (Moro, 1996).


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