La economía à la Luhmann
Lionel Lewkow
No me parece que haya que confundir la correspondencia
con una deuda bancaria, si bien es cierto que en algo están ligadas:
las cartas son como letras que se reciben y se deben
Ricardo Piglia, Respiración artificial
Introducción
En los más diversos campos de reflexión encontramos analogías entre el dinero y el lenguaje. Sin ofrecer una nómina exhaustiva y, mucho menos, sistemática de los autores que han equiparado la palabra con la moneda, bastará aquí con mencionar algunos ejemplos de diversas disciplinas para evidenciar la recurrencia de este tópico del pensamiento.
En efecto, entre los fundadores de la sociología, Ferdinand Tönnies (2016 [1887]: 105)[1] contrasta los términos científicos con la moneda y afirma que “[e]l concepto científico superior, que ya no contiene el nombre para algo real, es igual al dinero”. Por su parte, Georg Simmel, quien comparte la apreciación de Tönnies sobre el isomorfismo entre la abstracción monetaria y la de las categorías de la ciencia, señala que:
Así como mis pensamientos tienen que adoptar la forma del lenguaje generalmente comprendido para, por medio de este rodeo, promover mis fines prácticos, mi hacer y tener tienen que entrar en la forma del valor monetario para servir a mi continuo querer. (Simmel, 1989a [1889]: 51).
Sintéticamente: el lenguaje y la moneda son superficies de contacto de lo individual con lo social.
Al respecto, en el ámbito de la filosofía, por ejemplo, Salomon Maimon considera que, en tanto que el dinero es un medio para el intercambio económico, el lenguaje es un medio para el “comercio de pensamientos” [Gedankenkommerz]. De esta forma, propone un enfoque que se adelanta a los planteos de Simmel y Tönnies sobre las abstracciones modernas: de idéntica manera que el papel moneda, “[…] como formas del pensamiento, los conceptos más generales remiten a todos los objetos, pero no son objetos reales.” (Maimon, 2016 [1791]: 74). Otro ejemplo que podría mencionarse aquí es el de Bruno Liebrucks (1972: 288-290), quien, haciéndose eco de la perspectiva simmeliana, sostiene que, mientras en el lenguaje cristalizan los pensamientos y se socializan, el dinero da objetividad y norma a la cantidad de sacrificio [Opfer] que ha de ponerse en juego por los objetos en el intercambio económico. Entonces, Liebrucks, como Simmel, considera que ambas instituciones cumplen una función equivalente, mediando lo individual con lo social.
Y en otras coordenadas teóricas, el padre de la semiología, Ferdinand de Saussure (2015 [1916]), traza una analogía entre el valor lingüístico del signo —esto es, su carácter diferencial— y el valor económico del dinero, consistente en el contraste entre unidades monetarias. A su vez, desde una perspectiva semiótica, recientemente, Franco “Bifo” Berardi (2017 [2016]) propuso un diagnóstico del capitalismo actual en base al paralelo entre la moneda y la palabra. De este modo, retoma el tema ya mencionado de las abstracciones económicas y lingüísticas, y utilizando el término “semiocapitalismo”, muestra la intensificación de esta tendencia bajo el capital financiero: la desconexión del dinero y las cosas sería análoga para Berardi a la liberación de la palabra respecto al referente, impulsada por la poesía simbolista. Extremando esta idea, agrego yo que el dinero en el capitalismo de nuestros días –la creciente popularidad de las “criptomonedas” es testimonio de ello– ha cortado a tal punto los lazos con toda realidad exterior, que es tan irreferente como la conocida poesía del dadaísta Hugo Ball: gadji beri bimba glandridi laula lonni cadori…
Por su parte, Marshall McLuhan (1996 [1964]: 147-158), teórico de la comunicación en el que se apoya la interpretación semiótica del capitalismo que ofrece Berardi, entiende al dinero como medio comunicativo y sostiene, entre otras cosas, que el establecimiento de un “sistema de precios” uniforme, objetivo y abstracto, contrario, por tanto, al regateo, depende de la difusión de la palabra escrita en Occidente con la cual comparte su carácter visual.
Finalmente, por mencionar un ejemplo del ámbito de las letras, Johann W. Goethe se refiere de este modo a la segunda parte de su Faust, parte que compone décadas después que la primera:
Me encuentro como quien en su juventud tiene muchas monedas pequeñas de plata y cobre, que durante el transcurso de su vida las va cambiando por otras más importantes, de modo que al final ve ante sí su posesión de juventud convertida en piezas de oro puro. (Goethe, 1976 [1829]: 276).
Para el poeta alemán es su propia obra la que va ganando complejidad con el tiempo, de manera que, al cabo, se convierte en monedas de “oro puro”.[2]
Resumidamente, se podría decir que, en primer lugar, en Simmel y Liebrucks, se equipara el dinero y el lenguaje en cuanto a su función mediadora de lo social y lo individual; en segundo lugar, en Simmel, Tönnies, Maimon y Berardi, se pone en contrapunto el carácter abstracto de la moneda con el de las categorías científicas o la estética simbolista; en tercer lugar, en Saussure y Berardi, se reflexiona sobre la dimensión sígnica de los fenómenos dinerarios y lingüísticos; en cuarto lugar, en McLuhan se compara la escritura y los precios en su soporte óptico; y por último, en Goethe, la creciente riqueza de la palabra bajo su pluma se pone en paralelo con los frutos que puede rendir un activo económico a largo plazo.
Este pequeño inventario de ideas y autores, que, desde luego, podría extenderse largamente, da cuenta de un hilo conductor de diversas disciplinas y referentes intelectuales: la “metafórica de la moneda” [Münz-Metaphorik] (Weinrich, 1976: 276-290) como insumo conceptual para enfocar las propiedades del lenguaje.
Es con este telón de fondo que advierten los editores de la compilación Texte zur Theorie des Geldes (Asmuth, Nonnenmacher y Schneidereit, 2016: 13) que “[e]l dinero puede pensarse como un signo [Zeichen] y a la inversa los conceptos como divisa [Währung][…]”. A lo cual agregan: “Este aspecto de filosofía del lenguaje remite también a teorías, como la teoría de sistemas (Luhmann), que entienden al dinero como medio de comunicación […].” (ibíd.).
Sin duda, se trata de una lectura sugerente en tanto enmarca al sociólogo alemán en una vasta y rica tradición intelectual de Occidente, tradición que, una y otra vez, sin embargo, Niklas Luhmann desmonta y rechaza como pensamiento de la “vieja Europa”. Incluso así, los editores de la compilación mencionada no profundizan en tal interpretación, de hecho, solo aluden a ella de pasada.
Objeto de este capítulo será, por tanto, considerar en qué medida la Systemtheorie hace suya la “metafórica de la moneda” y en qué punto se distancia de esta. En este respecto, afirmaré que a pesar de que Luhmann rechace explícitamente una analogía entre el dinero y el lenguaje, puede encontrarse un conjunto de semejanzas entre los dos términos.
Tratado en su sociología como un medio comunicativo, por un lado, el dinero procesa la información de otra forma que el lenguaje: la comunicación monetariamente mediada implica que una parte se despoje de lo que la otra paga, mientras que aquella en que interceden las palabras conduce a la multiplicación de la información, sin pérdida para nadie. Por otra parte, el cariz funcional de uno y otro medio es diverso. En concreto, frente a la comunicación meramente gestual, el lenguaje facilita la comprensión, en tanto que el dinero tiene por tarea hacer plausible que, vía pago, se acepte la apropiación de bienes considerados escasos. De todos modos, la moneda y la palabra son definidas por Luhmann utilizando el mismo contraste entre medio y forma, y el mismo concepto de símbolo, aún cuando aquí hay un matiz de no menor importancia: en vez de una metáfora lingüística recurre el sociólogo a imágenes religiosas –“Dios” y el “Demonio”– para dar cuenta del circulante dinerario. Por otro lado, los dos dispositivos comunicativos presentan fenómenos reflexivos, así como “inflaciones” y “deflaciones” de su valor, y suponen una conexión entre lo social y lo psicológico. En este marco, Luhmann refiere a un “lenguaje de los precios” que comparte con las palabras la reflexividad, la generalización de sentido y el carácter óptico.
A efectos de desarrollar este planteo, voy a comenzar por dar cuenta del concepto de lenguaje de la teoría de sistemas (I), para luego enfocar la noción de dinero que formula Luhmann (II). Seguidamente, me detendré en su interpretación de la economía monetaria en base a la metáfora teológica mencionada (III) y continuaré con una reflexión sobre la perspectiva de Luhmann en torno a los precios (IV). Cierro el capítulo con una síntesis del análisis desarrollado. En suma, en estas páginas busco presentar algunos de los lineamientos de la comprensión de la economía à la Luhmann.
I. Lenguaje
Como han señalado algunos críticos de la teoría de sistemas (Habermas, 1993 [1985]: 434-453; Künzler, 1987), Luhmann no dedicó reflexiones demasiado extensas ni profundas a los fenómenos lingüísticos. Sintomático de ello es que, aún formulando una sociología centrada en la comunicación, no escribió ningún artículo ni libro orientado a desentrañar problemas de este ámbito investigativo. De tal modo, el concepto de lenguaje de Luhmann tiene que rastrearse a partir de diferentes referencias a lo largo de sus obras. A continuación haré el ejercicio de reconstruir y compendiar algunos elementos que definen la noción de lenguaje del autor. Para ello intentaré dar cuenta de las funciones que cumple el lenguaje (I.1), sus características como medio de comunicación (I.2), las propiedades de su código (I.3) y, finalmente, el posicionamiento de la teoría de sistemas respecto a los enfoques del lenguaje que la anteceden (I.4).
I.1. Las funciones del lenguaje
Si se pasa revista de los escritos de Luhmann, se pueden detectar al menos cuatro servicios que presta el lenguaje a la vida social. En primer lugar, facilita la comprensión de la comunicación (I.1.1); en segundo lugar, es un stock de términos que pueden reutilizarse (I.1.2); en tercer lugar, hace posible que se den procesos comunicativos reflexivos (I.1.3); y, por último, actúa como bisagra entre lo social y lo psíquico (I.1.4). Detallaré cada una de estas funciones.
I.1.1. El lenguaje como condición de posibilidad de la comprensión
Un elemento medular del planteo de Luhmann consiste en la tesis de que la comunicación es improbable. Para que esta pueda concretarse tiene que sortear la incertidumbre característica de toda situación social. Tomando en préstamo un instrumental teórico de su maestro en Harvard, Talcott Parsons, mas no su óptica normativa, Luhmann utiliza la noción de “doble contingencia” para referir a este punto de arranque de los sistemas sociales.[3] Cualquier encuentro social ha de vérselas con esta dificultad: para determinarse, alter depende de aquello que haga ego, pero, a su vez, la determinación de ego depende de lo que haga alter. Luhmann (1984: 166) define la constelación ego/alter ego como un nexo circular: “[…] hago lo que tú quieras, si tú haces lo que yo quiero”. En este sentido, por un lado, “contingencia” quiere decir, de acuerdo con su acepción inglesa, “contigent upon”, “dependiente de”. Pero, por otro, remite al azar: “Contingente es todo lo que no es necesario, ni imposible.” (Luhmann, 1992 [1991]: 96). En breve: ego y alter son polos abiertos, indeterminados, que refieren uno al otro. Obsérvese, por lo demás, que la doble contingencia, a primera vista un planteo sumamente especulativo, es una experiencia habitual de nuestra vida cotidiana. Se puede considerar el siguiente ejemplo: coquetean y se conocen dos personas en un bar, intercambian sus números de celular ¿quién llama o “mensajea” al otro primero? La situación está abierta y cada uno queda a la espera de que el otro haga algo. Alcanza con un error, un mensaje disparado casualmente, para que el círculo se rompa y se eche a andar la comunicación. Otro ejemplo: vamos caminando por la vereda de un lugar de la ciudad atestado de peatones. Uno de ellos se topa en nuestro camino, estamos a punto de chocar, nos dirigimos a la derecha y el otro también, la situación es indeterminada. De repente, seguimos nuestro camino por la izquierda y, en una fracción de segundo, el otro siguió su rumbo por la derecha. En pocas palabras, surgió un orden.
Ahora bien, en rigor, considera Luhmann que la comunicación enfrenta tres tipos de improbabilidades: por un lado, es improbable la comprensión de la comunicación; por otro, que la comunicación alcance a quienes no están presentes en el contexto interactivo del aquí y ahora; finalmente, es improbable que sea aceptada una propuesta comunicativa como premisa de la propia conducta. En este marco, sostiene el autor que en la marcha evolutiva de la sociedad surgen una serie de medios comunicativos que se ocupan de estas improbabilidades.[4] El lenguaje, medio que surge tempranamente en el discurrir de la evolución, tiene por función enfrentar el primer tipo de contingencia. Del tercer tipo de improbabilidad me ocuparé más adelante, mientras que la segunda, vinculada a los medios de difusión, no será tratada en estas páginas por no ser sustantiva para mi argumento.[5] Realizada esta aclaración, hay que decir que “comprender”, en términos de Luhmann, no significa empatizar con el otro, de acuerdo con el dictum de la sociología comprensiva, “ponerse en sus zapatos”, sino, simplemente, diferenciar una información y una notificación [Mitteilung]. O sea: si alter alza su mano, ego, al observarlo, podría captar una información (se trata de un saludo) y una forma de notificarla (con un gesto corporal). Esto y nada más quiere decir “comprender”. Una vez que se dan estos tres elementos –información, notificación, comprensión–, surge, entonces, una realidad sui generis, a saber: la comunicación. Y el proceso es autorregenerativo o, como dice Luhmann, “autopoiético”: a una realización lograda de la síntesis información/notificación/comprensión, siempre anteceden y suceden otras efectuaciones de esta misma síntesis. Una comunicación sigue a otra comunicación y a esta, otra y otra más…
De todas maneras, con los gestos nunca se puede estar seguro de poder imputar a alter una notificación informativa. Tal vez, por ejemplo, el otro alzó su mano para acomodarse el pelo y no para saludar. Precisamente, el lenguaje es el medio comunicativo que hace plausible la comprensión. De esta forma, se lee en Sistemas sociales que “[…] en la comunicación lingüística la intención de la comunicación es indiscutible.” (1984: 209). Si alter hace uso del lenguaje y, en vez de alzar su mano, dice “buenas tardes”, no puede negar haber querido notificar una información. Facilitar la comprensión es, entonces, la misión del lenguaje en el periplo de la evolución de la sociedad. Pero, como ya anticipé, el lenguaje no realiza solo esta tarea.
I.1.2. Las palabras como generalizaciones simbólicas
Coherentemente con el constructivismo epistemológico que propone Luhmann, el concepto de lenguaje que delinea es contrario a todo referencialismo. De acuerdo con el sociólogo, “[e]l lenguaje […] no puede […] ser concebido como un mero entrelazamiento de signos [Zeichen], pues de ningún modo tiene solo y principalmente la función de referir a algo existente.” (Luhmann, 1984: 137). En contrapunto, afirma que la “[…] auténtica función [del lenguaje] radica en la generalización de sentido con ayuda de símbolos […]” (ibíd.). De este modo, por ejemplo, Luhmann no compartiría el punto de vista de Harold Garfinkel (2006 [1968]) de que las palabras contienen un significado contextual, esto es, “indexical”. Al contrario, el lenguaje consiste en un stock de identidades cuya validez va más allá del cara a cara interactivo, es decir, un sentido generalizado y siempre disponible. Como advierte el autor en La sociedad de la sociedad (Luhmann, 2007 [1997]: 164), el lenguaje se compone de “[…] palabras que puede utilizarse repetidamente […]”. Por otra parte, el aspecto simbólico de los fenómenos lingüísticos radica en la coordinación de la constelación ego/alter ego, pues “[e]l concepto de símbolo/simbólico ha de designar el medio de formación de la unidad […].” (Luhmann, 1984: 135). En breve: el lenguaje consiste en identidades que están a disposición para facilitar la comprensión en situaciones diversas, en diversos momentos y para diversos interlocutores. Incluso así, hay aún otras funciones que desempeña el lenguaje.
I.1.3. El metalenguaje
Además de facilitar la comprensión, la generalización y reutilización del sentido, y la coordinación de ego y alter ego, el lenguaje hace factible la reflexividad de los procesos comunicativos. Sin el lenguaje la reflexividad
[…] es casi imposible porque lo meramente percibido no es lo suficientemente unívoco como comunicación para un tratamiento comunicativo posterior. […] Solo el lenguaje asegura la reflexividad en el sentido de una posibilidad de remitir el proceso de comunicación a sí mismo, una posibilidad existente en todo momento, disponible relativamente sin dificultades y sin sorpresas. (Luhmann, 1984: 210-211).
Por mencionar otra perspectiva importante en los estudios del lenguaje, puede afirmarse que el sociólogo sería afín al planteo de Roman Jakobson (1981 [1960]) quien sostiene que una de las funciones del lenguaje es metalingüística. De modo semejante al teórico ruso, considera Luhmann que esta función juega un rol central en la comprensión de la comunicación. Al surgir problemas interpretativos, eventualmente, la comunicación se puede referir a sí misma con preguntas como “¿lo comprendí a usted correctamente?”, “¿Puede repetir lo que dijo?”, etcétera. En otros términos: mediante el lenguaje es posible enfocar el lenguaje mismo. Y esto conduce a un aumento de la complejidad de las posibilidades comunicativas, o sea, “[u]no puede arriesgarse a notificaciones inesperadas, inhabituales […] cuando, ante la duda o ante dificultades de comprensión, está la posibilidad de la repregunta.” (Luhmann, 1984: 211).
I.1.4. El acople estructural: carácter visual y auditivo de la palabra
Una última función que cumple el lenguaje en la perspectiva luhmanniana consiste en oficiar de bisagra entre los sistemas sociales y los sistemas psíquicos, permitiendo el “acople estructural”[6] entre ellos. En este punto desempeña un papel medular el carácter óptico y acústico de las palabras. Así, sostiene el autor en el ensayo titulado “Wie ist Bewußtsein an Kommunikation beteiligt?” que
[…] es decisivo [para el acople estructural] la diferenciación de objetos perceptibles especiales, que llaman la atención o producen fascinación porque no tienen ninguna semejanza con lo perceptible habitualmente […]. El lenguaje y la escritura fascinan y ocupan de antemano a la conciencia […]. (Luhmann, 2008a [1988]: 42).
Entonces, la palabra escrita o hablada capta la atención de los sistemas psíquicos y los invita a ser parte de la comunicación, y aún cuando Luhmann no expone acabadamente en qué consiste el aspecto visual y auditivo de las unidades del lenguaje, se trata de un elemento que también será materia de análisis respecto a su enfoque de los precios. Volveré, por tanto, sobre ello, no sin antes agregar un matiz que se vincula a la distinción sistémica entre el medio y la forma.
I.2. Medio y forma lingüística
En lo anterior he detallado y reconstruido el enfoque funcional del lenguaje que propone la teoría de sistemas, no obstante, como sugiere Mario Grizelj (2012), desde mediados de los 80, Luhmann empieza a enfocar los medios, no solo en términos funcionalistas, sino también a partir de la distinción medio/forma que incorpora al recoger el planteo del psicólogo austríaco Fritz Heider. Los medios se caracterizan por un “acoplamiento laxo” [lose Kopplung] entre elementos y las formas por un “acoplamiento firme” [feste Kopplung] entre ellos. A su vez, el medio está definido por la invisibilidad, mientras que las formas son aquello que puede ser percibido. De tal modo, “[n]o vemos la luz (medio) o el lenguaje (medio), sino los objetos (formas) o las oraciones (formas).” (Grizelj, 2012: 100). El lenguaje en sí no es perceptible, solo lo son las palabras, las oraciones, los párrafos, los textos. Volveré sobre este punto a partir de la problemática de los precios.
I.3. Un código de reduplicación
Todavía resta mencionar aquí otro elemento del concepto de lenguaje que propone la teoría de sistemas, a saber: el código. Los fenómenos lingüísticos se articulan a través de una codificación binaria, el lenguaje duplica la realidad. De hecho, toda oferta de sentido puede aceptarse o negarse, y esta prestación es obra del medio lingüístico, ya que, como afirma Luhmann (1984: 513): “El lenguaje crea la posibilidad del no […]”. En este respecto, si habitualmente se considera que este es una institución social codificada, sostiene Jan Künzler (1987: 329) que en el planteo de la teoría de sistemas “[…] precisamente mediante la forma de la duplicación [esta codificación] contradice una de las principales exigencias que tienen que ser planteadas a un código, es decir, la aptitud para ser decodificado de manera inequívoca”. Para Luhmann, el código lingüístico –noción que, por cierto, no toma de las teorías del lenguaje, sino de la biogenética– en vez de permitir que los interlocutores se pongan de acuerdo sobre diferentes cuestiones de la vida social, abre la puerta a discrepancias, conflictos, desacuerdos. Por tanto, así como la reflexividad aumenta la complejidad comunicativa, la negación incrementa la contingencia y hace necesario el surgimiento de otros medios comunicativos, los “medios de comunicación simbólicamente generalizados”, entre ellos, el dinero.
No obstante, antes de pasar a este tema quisiera proponer unas breves reflexiones sobre el posicionamiento de Luhmann respecto a la semiótica y la semiología.
I.4. La interpretación sistémica de las teorías del signo
Aunque más arriba se trazaron algunos vínculos entre la teoría de sistemas y otras teorías del lenguaje, un contraste con las disciplinas que se ocupan del signo servirá para dar más precisión al enfoque de Luhmann en este ámbito de trabajo. De tal modo, siguiendo a Frank Habermann (2012: 313), “Luhmann […] incluye la semiótica [y la semiología] solo de manera marginal en el diseño teórico de la teoría de sistemas”. De todas maneras, en sus últimos escritos propone una exégesis de Saussure y Charles S. Peirce, exégesis que comentaré aquí.
Respecto al padre de la semiología, Luhmann no coincide en la caracterización del lenguaje como un sistema. Como ya se vio, el lenguaje permite la conexión entre lo social y lo psíquico, pero no es en sí mismo un sistema en tanto que, para ser tal, en los términos de la Systemtheorie, debería disponer de un tipo de operación que lo defina. De tal manera, se lee en Introducción a la teoría de sistemas que:
[E]l lenguaje no constituye un sistema propio […] [E]l concepto de sistema del que [Saussure] arranca no está referido a la operación, sino que está construido en referencia a las estructuras gramaticales, a la diferencia de elementos que están referidos mutuamente en el lenguaje, sin que quede especificado con claridad cuál es la operación por la que se reproduce el sistema. (Luhmann, 1996: 291).
Incluso así, Luhmann (ibíd.: 295) ve en la célebre distinción de Saussure entre “signifié” y “signifiant” la cristalización de tendencias epistemológicas constructivistas. Así, está en sintonía con la semiología en el rechazo al referencialismo, en concreto, la distinción de los dos aspectos que componen el signo lingüístico es “[…] una distinción interna [al lenguaje] que no presupone la existencia de lo significado en el mundo exterior”. (Luhmann, 2007 [1997]: 160).
Por otra parte, ha de decirse que Luhmann no acepta el contrapunto de Saussure entre “langue” y “parole”, i.e., entre una estructura estática y las prácticas de uso de la lengua. Como señala Armin Nassehi (2004), la sociología de Luhmann es una “teoría operativa”: las estructuras se reproducen en el presente efímero y puntual de los acontecimientos comunicativos. La estabilidad de las estructuras es dinámica, operativa, está siempre puesta en tela de juicio.
Finalmente, Luhmann (2007 [1997]: 160, n.p. 32) objeta a Saussure uno de los principios del signo, esto es, la “arbitrariedad del signo”. Así, considera el sociólogo que ese planteo “[…] lleva a malentendidos.” En concreto: “[…] los signos […] dependen de la tradición y tienen una alta redundancia en su capacidad de empalmarse. Si tuvieran que reinventarse de momento a momento no podrían aprehenderse ni utilizarse. Arbitrariedad y tradición no se excluyen entre sí […].” (ibíd.). No obstante, en este punto las críticas de Luhmann no hacen justicia a la perspectiva de Saussure ya que, en la óptica de este último, “arbitrario” y “convencional” son sinónimos. Por tanto, la teoría de sistemas y la semiología, más que oponerse, coinciden en torno a la “arbitrariedad del signo”.
En cuanto a Peirce, en vez de definir el signo en la tónica de Saussure, distinguiendo dos componentes, es decir, “signifié” y “signifiant”, Luhmann prefiere un modelo tríadico que en cierto modo recupera la definición del proceso de la semiosis que propone el filósofo norteamericano con los términos “representamen”, “objeto” e “interpretante”. A partir de ahí señala el sociólogo que “[…] en la teoría del lenguaje tendríamos […] que se trata de una tríada entre signo/significante/significado.” (Luhmann, 1996: 296-297), siendo el signo la unidad de la diferencia del significante y el significado. En este marco, sostiene Habermann (2012: 315) que el sociólogo “[…] sustituye el interpretante por el observador […]”. Sin embargo, Luhmann no muestra de qué modo los otros términos de su tríada serían equivalentes a los de Peirce ya que, si bien, por ejemplo, el “significante” podría ser un sucedáneo del “representamen”, el objeto de la semiosis estaría excluido de un planteo constructivista como el del teórico alemán. En este sentido, podría concluirse recurriendo nuevamente a Habermann que:
Ya que la unidad de la diferencia ni representa un auténtico tercer elemento de una tríada […], ni integra Luhmann las premisas lógicas, epistemológicas y pansemióticas de Peirce […], su referencia a Peirce tiene que ser valorada como algo muy limitado. (Habermann, 2012: 315).
Habiendo mostrado algunas aristas del concepto de lenguaje de Luhmann, paso a presentar su enfoque del circulante monetario.
II. Dinero
La teoría de sistemas tiene por finalidad dar cuenta de la configuración moderna de un mega sistema, es decir, la sociedad, entendida como el conjunto de todas las comunicaciones posibles.[7] En la modernidad –sostiene el autor– la sociedad se diferencia de modo funcional en un conjunto de subsistemas relativamente autónomos, cada uno de las cuales tiene por objeto resolver un problema particular. Por ejemplo, la economía se ocupa de la distribución de bienes vistos socialmente como escasos y la política de la toma de decisiones colectivamente vinculantes. Se trata de las grandes esferas de la vida social actual: Derecho, Ciencia, Economía, Educación, Política, Intimidad, entre otras. La teoría de los “medios de comunicación simbólicamente generalizados” da cuenta de los dispositivos comunicativos con los que cuentan estos subsistemas para el desarrollo de sus operaciones: la verdad, en el caso de la ciencia, el amor, en el de la intimidad, el dinero, para la economía, etcétera.
El problema a tener en cuenta ahora es en qué consiste la relación entre el lenguaje y los medios simbólicos, particularmente, el dinero. En este marco, las posiciones de los intérpretes son opuestas. De tal manera, Daniel Chernilo (2006) sostiene que el contraste entre Parsons y Luhmann consiste en que el discípulo le da mayor peso al lenguaje como modelo de los medios simbólicos, mientras que el maestro le concede este lugar al dinero: “El paso de la idea de intercambio a la de comunicación es la señal de que el lenguaje va ganando espacio al interior de la teoría.” (ibíd.: 251). Por el contrario, Jan Künzler (1987) es de la idea de que en Luhmann el concepto de lenguaje tiene una relación conflictiva con la teoría de los medios simbólicos, mientras que en Parsons estos son enfocados como lenguajes especiales y diferenciados. Así, en contraste con Chernilo, afirma Künzler que, mientras Parsons apoya su concepto de los medios simbólicos en la noción de lenguaje, Luhmann distingue tajantemente los dos conceptos: “[…] Parsons había interpretado […] esta relación […] como diferenciación del lenguaje en medios especializados […]. Luhmann, por el contrario, diferencia de modo tajante los medios comunicativos frente al lenguaje.” (ibíd.: 322-323). Estimo que el desempate entre estas dos posiciones solo puede resultar de una recuperación de la letra del propio Luhmann. A propósito, en La sociedad de la sociedad (Luhmann, 2007 [1997]: 247) señala explícitamente que con los medios simbólicos “[…] no se trata de lenguajes particulares […]”. Y esta misma posición defiende en La economía de la sociedad (Luhmann, 2017 [1988]) respecto a la equiparación del lenguaje con el dinero, respecto, entonces, a la “metafórica de la moneda”. En efecto, Luhmann (ibíd.:348, n.p. 28) considera que esta analogía resulta superficial, carente de sustento teórico: “[C]ompleto acuerdo con consideraciones que se oponen a la rápida analogía de dinero y lenguaje”. Ahora bien, ¿en qué consiste específicamente el diferendo entre la palabra y la moneda en la teoría de sistemas? A paso seguido expondré los puntos de contraste entre estas dos instancias comunicativas.
II.1. Luhmann como crítico de la “metafórica de la moneda”
La discrepancia entre el dinero y el lenguaje en la teoría de sistemas tiene que ver, en primer término, con el manejo de la información (II.1.1) y, en segundo lugar, con el carácter funcional y la codificación de ambos medios (II.1.2).
II.1.1. Transmisión vs. redundancia informativa
Como suele señalarse, en la teoría de sistemas la comunicación no supone transmisión de información alguna. En la mirada de Luhmann, esta forma de entender la realidad comunicativa implicaría un sustancialismo: como si alter entregase una cosa que recibe ego de modo incólume. Al contrario, la comunicación es redundante, la información se multiplica, alter no pierde nada al notificar una información a ego. De todos modos, esto es así en la comunicación lingüística, mas no en la monetariamente mediada. “El dinero […] debe imponerse frente a ese modo particular de uso normal de la comunicación; debe garantizar transmisibilidad […]”, afirma Luhmann y aclara: “De modo distinto a la comunicación normal [es decir, lingüística], se debe asegurar que, en un pago, lo pagado lo pierda el que paga y lo adquiera el receptor.” (2017 [1988]: 348). A este matiz refiere el sociólogo cuando, en La economía de la sociedad, descarta la rápida equiparación de los fenómenos lingüísticos con los monetarios. Incluso así, hay otro aspecto en que esta analogía resultaría superficial para Luhmann.
II.1.2. La función del dinero y la codificación de preferencias
En la obra que mencioné en el apartado anterior se lee que “[…] el dinero […] de modo similar al lenguaje, regula operaciones por medio de un código determinado.” (Luhmann, 2017 [1988]: 145). El lenguaje está estructurado por el código sí/no y el dinero por el código pagar/no-pagar. Pero, más allá de tratarse en los dos casos de códigos binarios, ambos códigos son muy diversos puesto que responden a funciones comunicativas heterogéneas. Si evolutivamente el lenguaje surge para facilitar la comprensión comunicativa, la misión del dinero en el transcurso de la evolución apunta a otra de las improbabilidades de la comunicación: la improbabilidad de la aceptación de la comunicación en un ámbito social específico, el de la economía. Como advierte Luhmann, el dinero hace que aceptemos que otros se apropien de bienes percibidos como escasos que nosotros también deseamos y lo permitimos por el simple hecho de que han pagado por ellos, en vez de tomarlos violentamente. Como se comentará luego, en este enfoque, la cuestión de la escasez es central para dar cuenta del tema de los precios, pero, interesa destacar ahora que los medios simbólicos surgieron evolutivamente para ofrecer una respuesta al problema que crea el lenguaje con la bifurcación entre el sí y el no. En este sentido, los códigos de los medios simbólicos se distinguen del código lingüístico de reduplicación en que “[…] codifican preferencias. Los medios-códigos son códigos de preferencias.” (Luhmann, 2009b [1974]: 219. Énfasis en el original). Para mencionar un ejemplo de otra órbita funcional, en la política es probable que aceptemos lo que proponen los gobernantes ya que en el horizonte está una opción aún peor: la coacción física.
Resumiendo, por ahora hay que señalar que la “metafórica de la moneda” oscurece la forma en que los dos tipos de medios procesan la información y qué funciones sociales cumplen, a lo cual se suma, por otra parte, que concebir al dinero como artefacto comunicativo, no es en Luhmann una simple metáfora mencionada al pasar. Por el contrario, en su sociología el dinero forma parte de una pieza teórica central del análisis de la sociedad moderna, es decir, la teoría de los medios simbólicos, pieza conceptual que sirve al sociólogo para practicar la gimnasia analítica de las comparaciones entre ámbitos de la diferenciación funcional. De tal modo, un irónico disclaimer podría declarar: cualquier parecido entre la palabra y la moneda es “mera coincidencia”. Sin embargo, esta sería una conclusión apresurada ya que, como mostraré ahora, entre los dos medios comunicativos pueden detectarse algunas similitudes.
II.2. Paralelos entre el dinero y el lenguaje
Las semejanzas que la teoría de sistemas presenta entre el circulante monetario y el medio lingüístico, yendo por debajo de la letra explícita de Luhmann, es decir, más allá de su rechazo a aceptar una afinidad entre ellos, se observan, por un lado, en algunas notas de la definición del dinero como símbolo (II.2.1) y, por otro, en la caracterización del dinero a partir del contraste entre medio y forma (II.2.2). También el problema de la reflexividad es un denominador común del análisis que hace Luhmann de los dos medios (II.2.3). Asimismo, el dinero y el lenguaje conllevan articulaciones entre lo social y lo psíquico (II.2.4). Por último, el tema de la inflación/deflación cruza a los fenómenos monetarios con algunos tipos de discursos de la sociedad moderna, específicamente, con la palabra de los políticos (II.2.5).
II.2.1. El dinero como símbolo
Al igual que con el carácter simbólico del lenguaje, Luhmann enfoca la moneda evitando todo referencialismo. De tal modo, señala en La economía de la sociedad que “[l]os símbolos […] no son signos. El dinero no es signo de otra cosa, por ejemplo, de algún valor intrínseco.” (Luhmann, 2017 [1988]: 359). En contraste con el planteo de Karl Marx (2000 [1867]) y también, en otras coordenadas del espectro teórico, el de Simmel (1989b [1900]), en la teoría de sistemas el circulante monetario no es expresión de ningún tipo de valoración previa que lo fundamente. Asimismo, agrega Luhmann (2017 [1988]: 359) que “[l]os símbolos son formas de sentido que posibilitan la unidad de lo diverso […]”, la coordinación de los polos ego y alter. Pero, a contrapelo de la comunicación lingüística, donde se trata de hacer posible la comprensión, en este caso, como ya se vio, la coordinación social tiene por objeto dar factibilidad a la aceptación del hecho de que otros se apropien de bienes socialmente percibidos como escasos. No obstante, estamos ante la misma definición de lo simbólico que utiliza el sociólogo para dar cuenta del lenguaje, aplicada también al ámbito de lo económico. Así, si el lenguaje consiste en generalizaciones de sentido, el dinero, por su parte, es un medio generalizado, pero solo al interior del subsistema funcional de la economía, o sea, generalizado de modo más limitado que el lenguaje. Volveré luego sobre el tratamiento luhmanniano del símbolo económico para mostrar otras facetas del análisis que el sociólogo realiza en este ámbito.
II.2.2. Medio y forma monetaria
Junto a la teoría de los medios simbólicos de Parsons, que Luhmann se apropia críticamente, la distinción medio/forma es otro insumo conceptual que utiliza para dar cuenta del dinero. El circulante económico supone un “acoplamiento laxo” entre elementos que se acoplan “estrechamente” a partir de las formas que se imprimen al medio. Así, en La sociedad de la sociedad sostiene Luhmann:
Los medios de comunicación simbólicamente generalizados coordinan […] selecciones que no se dejan unir fácilmente y que por ello al principio están dados como una cantidad de elementos acoplados de manera floja –selecciones de información, de notificaciones, de comprensión. Alcanzan un acoplamiento firme solo mediante la forma específica del respectivo médium: digamos teorías, pruebas de amor, leyes del derecho, precios (Luhmann, 2007 [1997]: 248. Nuestro énfasis). [8]
Por tanto, el lenguaje y el dinero son medios “laxamente acoplados”, que adquieren especificidad y concreción a través de formas: en el caso del lenguaje, estas son palabras, oraciones, etc., en el del dinero, de acuerdo con el párrafo citado, son precios y, como suele observar Luhmann (ibíd.: 272), pagos. De ahí se desprende un paralelo entre el dinero y el lenguaje que surge de su condición de medios, a saber: así como el lenguaje es inobservable y lo único perceptible son las palabras con sus diferentes grados de articulación, siguiendo a Cornelia Bohn y Claus Volkenandt (2013), el dinero es un “medio inobservable” [unsichtbares Medium] (ibíd.: 94). Esta característica del circulante económico, compartida con el medio lingüístico, pone de manifiesto una de las tendencias que definen al dinero en su derrotero histórico, esto es: la transición de una moneda material a otra cada vez más nominal. De hecho, arrancando, v.gr., por las ballenas en Fiji y la ratas en la isla de Pascua (McLuhan, 1996 [1964]: 147), animales que, como cualquier otro recurso natural en otras comunidades, funcionan como dinero, pasando por el metalismo y luego el fin del patrón oro, el auge de las tarjetas de crédito y, en la actualidad, las “criptomonedas” (Bitcoin, Litecoin, Ether, etc.), en breve, a través de un largo devenir histórico, el circulante económico se hace cada vez más intangible, es decir, más invisible. Dejaré pendiente por un momento esta problemática para retomarla a partir del tema de los precios y tratar ahora otros aspectos del concepto luhmanniano de dinero.
II.2.3. Reflexividad de la moneda
Un punto en común entre el dinero y el lenguaje es la posibilidad de orientar el medio hacia el medio mismo. Como sostiene Luhmann (2009b [1974]: 228. Énfasis en el original) en “Einführende Bemerkungen zu einer Theorie symbolisch generalisierter Kommunikationsmedien”, “[t]odos los procesos comunicativos exitosos vinculados a un medio específico, se hacen reflexivos en el transcurso de la evolución, es decir, se hacen aplicables a sí mismos.” Se trata de una característica central de los medios simbólicos que permite que estos se diferencien. Por ejemplo, “[n]o es posible invalidar verdades mediante pagos, sino mediante investigación.” (Luhmann, 2007 [1997]: 291). Otro ejemplo que menciona Luhmann (2009b [1974]: 228) es el del crédito que hace que “[…] uno […] pueda tener algo que tiene y no tiene.” El dinero se hace reflexivo en cuanto el crédito implica ponerle un precio al medio monetario mismo y esto, como en el reino del lenguaje, conduce a un aumento de la complejidad de los vínculos sociales: las comunicaciones económicas no se limitan al intercambio de bienes tangibles, sino que puede desarrollarse un mercado del crédito, los futuros, etc., en otras palabras, un mercado financiero. Nuevamente, aquí el tema de los precios juega un rol fundamental. Por tanto, volveré sobre este aspecto con posterioridad.
II.2.4. Dinero y entorno humano
Más arriba se mencionó que una de las funciones del lenguaje consiste en oficiar de bisagra entre lo social y lo psicológico. En este respecto, las comunicaciones articuladas por los medios simbólicos también están acopladas estructuralmente con el entorno humano y, desde luego, el dinero no es la excepción.
Ciertamente, en el planteo luhmanniano sobre los medios simbólicos, se le presta mayor atención a la vinculación con los “sistemas orgánicos”, en otras palabras, los cuerpos humanos, y no tanto, como hace el autor al tratar el tema del lenguaje, a la relación de la comunicación con la conciencia. De tal modo, con el concepto de “mecanismo simbiótico” (Luhmann, 2009b [1974]) o también “símbolos simbióticos” (Luhmann, 2007 [1997]: 395-399) el sociólogo da cuenta de la relevancia de la corporalidad para los sistemas sociales. No me extenderé aquí demasiado sobre el particular, pero se trata de disposiciones de cada medio simbólico para regular su relación con este elemento de su entorno. Por ejemplo, en el caso del amor, la sexualidad cumple este rol (Luhmann, 2008b [1989]), mientras que en el del poder, la violencia física (Luhmann, 2012 [1975]: 69-78) constituye el nexo con los cuerpos.
No obstante, el autor realiza algunos señalamientos sobre el vínculo de los medios simbólicos con las conciencias. De acuerdo con Luhmann,
En la relación con los sistemas psíquicos todos los medios de comunicación dependen de que los motivos de selección no se formen solo en la conciencia, haciendo cortocircuito, sino que se realicen a través del rodeo de la comunicación social”. (Luhmann, 2009b [1974]: 227).
Los medios simbólicos fomentan esta canalización social de la motivación a través de “prohibiciones de la autosatisfacción [Selbstbefriedigungsverbote].” (ibíd.). Por ejemplo, en el ámbito de la intimidad se trata de una condena de la masturbación y en el de la economía, que es el que interesa en estas páginas, de una “[d]esvalorización y un perjuicio para el ascetismo económico y la autosuficiencia [Selbstgenügsamkeit].” En suma, de diversas maneras, la comunicación lingüística y la monetaria implican una “acoplamiento” con el entorno humano.
En cierto modo, entonces, Luhmann coincide con Simmel y Liebrucks en que tanto el lenguaje como el dinero suponen mediaciones de lo social con lo individual, pero aquí hay un contraste que no ha de descuidarse: a diferencia de estas teorías, el pensador de Bielefeld establece un corte tajante entre lo que corresponde al individuo, emplazado en el entorno extrasocial, y aquello que define a los sistemas sociales, como sistemas que operan comunicativamente. De tal modo, sostiene Luhmann (2009c [1980]: 87. Énfasis en el original) que “[…] Simmel toma al individuo como sujeto. Simultáneamente lo concibe como aquel elemento del que consisten las sociedades. […] La sociedad está formada por sujetos.” En concreto: la crítica consiste en que Simmel no distinguiría con la precisión del bisturí luhmanniano entre lo social y su entorno humano.
II.2.5. Inflación/deflación
Un último punto en que la palabra y la moneda muestran rasgos análogos consiste en el aumento o disminución de valor del medio. Con la distinción inflación/deflación Luhmann da cuenta de un denominador común de los diversos medios simbólicos: habitualmente se utiliza esta distinción para describir alzas y bajas del circulante económico, pero también el poder, como medio de la política, el amor, como medio de la intimidad, la verdad, como medio de la ciencia y cualquier otro medio simbólico pueden padecer inflaciones o deflaciones. De acuerdo con Luhmann, hay inflación cuando se deposita una confianza excesiva en la utilización posterior del medio que después no se puede concretar, mientras que hay deflación cuando esta confianza es muy reducida. En el terreno de la economía, desde luego, se trata una vez más de los precios, de aumentos y disminuciones de precios: “[e]n el caso de la inflación el médium reacciona devaluando los símbolos; en la economía, medida por el aumento de precios. En el caso de la deflación, el médium […] reacciona reduciendo la circulación.” (Luhmann, 2007 [1997]: 299-300). Aquí el sociólogo no compara el dinero con el lenguaje cotidiano, sino con el discurso político. Así, sostiene Luhmann (ibíd.: 301) que este tipo de discurso es inflacionario en cuanto difunde solo “buenas intenciones” que luego no se concretan, con lo que defrauda la confianza depositada en él, mientras que, por otro, es deflacionario porque “[…] a las palabras de los políticos se les hace un descuento de antemano […]”, en otros términos, se trata de un discurso rodeado siempre de sospechas. En este sentido, podría aplicarse a las palabras del político lo mismo que Goethe señaló respecto a su obra, pero en contraste con el poeta alemán no se trataría necesariamente de una “tendencia alcista”, sino también “a la baja”: igual que el dinero, las unidades lingüísticas padecen una alteración de su valor con el decurso temporal, algunas palabras se convierten en “oro puro”, pero otras en “moneda corriente” o “palabras gastadas”, como suele expresarse en el habla cotidiana.
Dicho esto, volveré ahora al problema del símbolo monetario para enfocar desde otro ángulo el problema tratado en este capítulo. Esto me permitirá, a su vez, contextualizar la perspectiva sistémica en las discusiones clásicas y actuales de la sociología económica y, por otro lado, enfocar el tema de la abstracción del dinero, uno de los ejes en que se apoya la “metafórica de la moneda” al comparar el circulante económico con las categorías de la ciencia.
III. Entre “Dios” y el “Demonio”
En La economía de la sociedad, Luhmann (2017 [1988]) introduce una distinción más que sugerente: el dinero no es solo simbólico, también es “diabólico”. Esta es la “otra cara de la moneda”. De tal modo, en lugar de recurrir a una metáfora lingüística, las analogías tienen que ver con lo teológico. Luego, en La sociedad de la sociedad (Luhmann, 2007 [1997]: 248), la metáfora religiosa se hace extensiva a todos los medios simbólicos, pero, en primer término, recurre Luhmann a esta analogía para dar cuenta de algunos aspectos del dinero. En todo caso, este punto de vista confirma que para enfocar lo simbólico en la comunicación, como tuve oportunidad de mostrar al analizar el concepto de lenguaje, el sociólogo no presta mucha atención a las teorías semióticas o semiológicas del signo. A propósito, un lugar común de la bibliografía sobre el dinero es la comparación entre economía y religión. Pero si, por ejemplo, Marx (1997 [1844]: 183) y Simmel (1989a [1889]: 64-65) coinciden en tratar al dinero como símil de Dios, siguiendo el acertado comentario de Aldo Mascareño (2017: 27), hay que decir que “[e]l dinero no es solo sustituto técnico de Dios […], sino también del Demonio.” El dinero tiene un rostro bifronte: coordina divergencias, unifica polaridades, pero también produce escisiones, diferencias.
A la luz del carácter “diabólico” del dinero, Luhmann analiza, por ejemplo, el problema de la exclusión social. Mientras el tráfico económico sigue su marcha, una importante masa poblacional se ve limitada a observar cómo esto sucede sin poder ser parte del juego. Así, afirma de modo lapidario: “La economía son siempre los otros.” (Luhmann, 2017 [1988]: 364). Es la dimensión “diabólica” del dinero, sus efectos disgregantes, la que explica el carácter excluyente de la economía.
Pero la doble faz del circulante monetario no concierne solo a la problemática de la desigualdad social, atañe también a un elemento persistente en las comparaciones del dinero y el lenguaje, esto es, el tono –Simmel dixit– “incoloro”, “falto de carácter”, de la moneda y su semejanza con las categorías de la ciencia, o sea, la moneda como abstracción, cuestión a la que, como señalé en la introducción de este texto, también refieren Maimon y Tönnies, por un lado, y Berardi, por otro, pero en el caso de este filósofo italiano no en relación a la ciencia, sino a la poesía simbolista. Entonces, volviendo a un problema ya tratado, pero ahora bajo otra luz, Luhmann concibe al dinero como un mediador social, simultáneamente, general y específico. Así advierte que “[…] en la temprana modernidad domina el posicionamiento en el universalismo del medio […]”, pero “[…] la universalización produce siempre un mundo en el que la especificación también tiene que estar presente.” (Luhmann, 2017 [1988]: 340). El dinero es válido para toda situación que pueda designarse como económica, por eso es un medio general o abstracto, sin embargo, solo es válido para este tipo de situaciones y ninguna otra, de ahí su especificidad, su tonalidad cualitativa, su particular coloración. Por tanto, si en la comparación del dinero y los conceptos científicos, a los clásicos de la sociología les parecía estar en presencia de abstracciones imparables que despojan de significado a la realidad completa, para Luhmann se trata de abstracciones limitadas. Al mismo tiempo, en su óptica, el dinero no es más abstracto que cualquier otro medio simbólico. Incluso el amor, por mencionar un tipo de vínculo social que parecería el más radical antagonista del “vil” y “frío” dinero, consiste en una combinación de universalismo y especificidad: abarca toda situación social que refiera a la intimidad, pero ninguna otra.
Tomando un breve desvío, aprovecho para señalar aquí que, así como Luhmann discute las teorías sociológicas clásicas del dinero, también, desde mi punto de vista, se aleja de las actuales. Pues una tendencia central de la sociología económica de las últimas décadas consiste en dar cuenta de los fenómenos económicos en contextos sociales concretos, perspectiva que inaugura Mark Granovetter (1985) con su noción de “incrustación” [embeddedness], insignia de la “New Economic Sociology” (Smelser y Swedberg, 2005: 15). Por su parte, criticando este enfoque, Viviana Zelizer (1997) señala que no se trata simplemente de entender lo social como un contexto para la economía, sino que hay que observar las prácticas económicas en su auténtica socialidad. Desde esta perspectiva, discute el enfoque sociológico clásico ya mencionado: el dinero sería un mediador social universal, cualitativamente neutro. En contrapunto, Zelizer propone dar cuenta de las prácticas específicas de “marcado” [earmarking] de la moneda, es decir, la diferenciación cualitativa que le imprimen sus múltiples usos cotidianos.
Ahora bien, más allá de las divergencias, puede sostenerse que un problema que comparten estos planteos de la sociología económica es que dejan indefinido lo propiamente social de la economía que se proponen subrayar: la mirada se pierde en la descripción de una multiplicidad de contextos de “incrustación” o prácticas de “marcado”. Por tanto, si los clásicos caen en el sesgo de la sobregeneralización, la sociología más reciente incurre en el sesgo opuesto, es decir, la subgeneralización en su abordaje del dinero. Falta, entonces, a los enfoques mainstream de la sociología económica actual, pero también a las perspectivas fundacionales, una teoría de la sociedad moderna, diferenciada por funciones –paraguas teórico en el que se inserta la perspectiva de Luhmann–, que permita comprender cuál es el perímetro exacto de los fenómenos económicos. En tanto simbólico, el dinero unifica el radio completo del subsistema social de la economía; en tanto “diabólico”, marca el corte con la vida social extraeconómica. Siguiendo al autor: “[…] lo diabólico reside […] en la especificación necesaria para la universalización.” (ibíd.: 342. Énfasis en el original).
Tras estas consideraciones, resulta evidente que Luhmann nunca describiría la sociedad presente, como hace Berardi, agregándole el prefijo “semio”, en todo caso, utilizaría para ello la partícula lingüística “teo”: el símbolo dinerario (y todo medio simbólico) se encuentra entre el “cielo” y el “infierno”, entre “Dios” y el “Demonio”.
IV. El lenguaje de los precios
En los análisis anteriores señalé que Luhmann rechaza explícitamente una analogía entre el medio monetario y el medio lingüístico. De hecho, los paralelos que evidencié entre ambos son resultado de una reconstrucción e interpretación de sus conceptos de dinero y lenguaje. En este sentido, el sociólogo no utiliza el término “lenguaje del dinero”. Sin embargo, en algunos pasajes de La economía de la sociedad (Luhmann, 2017 [1988]), refiere al “lenguaje de los precios”. Pero ¿en qué consiste la dimensión lingüística de los precios? La respuesta no resulta sencilla ya que el autor no emplea esta expresión en sentido técnico y riguroso, antes bien, la utiliza al pasar, sin extraer todas las consecuencias que se desprenden de esta idea. De modo manifiesto y evidente, Luhmann utiliza el término “lenguaje de los precios” en un doble sentido. En primer lugar, considera que hay formas más apropiadas que otras de interpretar los fenómenos económicos. Así afirma que:
[H]ay otras posibilidades –más bien de carácter literario– de describir al sistema económico. Se le puede describir como capitalista o socialista, como sistema industrial, se puede partir del homo oeconomicus o de caracteres de rol como la inclinación a la ganancia o cosas parecidas. No obstante, estas siguen siendo descripciones externas con escaso significado para los procesos de comunicación del sistema económico. Si se trata, en sentido estricto, de autodescripciones que producen y usan al sistema descrito en sus propios procesos de comunicación, no hay otra posibilidad comparable en términos de eficiencia más que partir desde los datos de precios. (Luhmann, 2017 [1988]: 105).
Por tanto, “[u]no no puede apartarse del lenguaje de los precios.” (ibíd.). Ciertamente, se trata de un posicionamiento teórico que presenta diversos problemas. Por un lado, estamos ante un enfoque epistemológico del tipo adaequatio intellectus et rei, posición incompatible con el constructivismo que postula el autor: la economía no podría describirse con otro lenguaje que no sea aquel que espontáneamente surge de ella, es decir, el de los precios. No obstante, por otro lado, y aún más significativo es que este planteo limitaría las posibilidades de una crítica sociológica del sistema económico. Conceptos como “capitalismo” y “sistema industrial” serían ficciones literarias y la única auténtica descripción de la economía consistiría en reflejar datos de precios. En este sentido, ¿cómo bucear por debajo de la superficie de la realidad económica? ¿Acaso el mismo Luhmann no atraviesa esta superficie con la teoría de sistemas autopoiéticos?
En segundo lugar, al referir al “lenguaje de los precios” alude el autor a un elemento compartido con las palabras, esto es, la reflexividad, tema que ya mencioné páginas atrás. Siguiendo a Luhmann, “[e]n los precios […] es posible encontrar mecanismos reflexivos, como por ejemplo bajo la forma de precio por el dinero prestado […].” (ibíd.), cuestión que, por señalarlo una vez más, resulta central para el desarrollo del mercado financiero.
Aún así, si se toma en cuenta la sugerencia de Luhmann de que los precios constituyen una suerte de lenguaje, se pueden alumbrar otros aspectos del planteo de la teoría de sistemas que no resultan tan evidentes: por un lado, la generalización de sentido que implica la valoración económica (IV.1) y, por otro, el carácter visual de los precios como formas que se imprimen al medio monetario invisible (IV.2). Para dar claridad a algunas nociones que en Luhmann apenas están insinuadas, recurriré a la perspectiva de McLuhan comentada al comienzo de este texto.
IV.1. El precio como generalización de sentido
En el enfoque de la economía que delinea Luhmann la problemática de los precios ocupa un lugar central. En tanto la autopoiesis de este subsistema de la sociedad moderna se realiza a través de un encadenamiento recursivo de pagos, su estructura son los precios. Por otro lado, la importancia de este tema en el planteo sistémico se advierte en el hecho de que el capítulo que abre La economía de la sociedad (Luhmann, 2017 [1988]: 81-115) esté consagrado a la cuestión del precio. El carácter estructural de la valoración económica de los bienes y servicios, así como del circulante monetario mismo, consiste en que los precios son expectativas que permiten tomar decisiones de pago o no-pago.
Volviendo a un tema que quedó pendiente páginas más atrás, para Luhmann el determinante de los precios es la escasez. Si bien enfocar este concepto implicaría una reflexión más extensa que no puedo desarrollar aquí, me permitiré hacer al menos una breve observación para enmarcar al autor en el espectro más amplio de la historia de las reflexiones económicas a propósito del tema de la escasez. En efecto, para recapitular esta historia, como señala Guillermo Maya-Muñoz (1990), David Ricardo distingue dos fuentes del valor de cambio: por un lado, la escasez, y por otro, la cantidad de trabajo, a la que otorga una relevancia económica mayor que a la primera. Al contrario, en la economía neoclásica, siguiendo a este mismo intérprete, “[l]as mercancías escasas fueron tomadas como representativas de todos bienes […]” (ibíd.: 105). En cierto sentido, entonces, Luhmann, aunque sin declararse como tal, es un heredero de los neoclásicos, de hecho, en concordancia con este punto de vista, critica la teoría del valor-trabajo. No obstante, en su óptica, la escasez no es un límite natural, dado per se con las cosas, sino socialmente construido y percibido: es el acceso de unos a los bienes y servicios el que los sustrae para el acceso de otros. Hecha esta aclaración retomo el tema principal de mi escrito.
En este sentido, ha de decirse que los precios comparten con los fenómenos lingüísticos la generalización de sentido: “[…] los precios se generalizan para su empleo en contextos de comunicación y […] ahí puede apreciarse su función económica.” (ibíd.: 87). A propósito, Luhmann no profundiza en este planteo, pero retomando la óptica de McLuhan se puede echar algo de luz en este terreno. Pues el teórico canadiense de la comunicación contrapone el “sistema de precios” occidental al regateo que se practica corrientemente en otras latitudes del mundo: “La abstracción y la objetividad extremas que supone nuestro sistema de precios resultan del todo inconcebibles e imposibles de usar en la práctica a los pueblos que practican el emocionante drama del regateo.” (McLuhan, 1996 [1964]: 152). En otras palabras, esta “abstracción” y “objetividad” de los precios conlleva una “uniformidad” y posibilidad de “repetición” (ibíd.), cualidades que, por su parte, Luhmann atribuye a toda forma de generalización de sentido, la del lenguaje y la de cualquier medio simbólico también.
IV.2. Precios visibles, dinero invisible
Continuando con el contrapunto con McLuhan, en la obra que recién cité, Luhmann menciona, aunque sin desarrollarlo, que en los precios hay un elemento óptico. En sus palabras, la valoración económica consiste en una estructura de expectativas basada en “[…] diferencias visibles en precios […]” (ibíd.: 97). De tal modo, los precios comparten con las unidades del lenguaje una dimensión ocular. En este sentido, para McLuhan el “sistema de precios” occidental depende de la difusión de la palabra escrita:
La uniformidad de los bienes de consumo, junto con un sistema de precios fijos como el que damos por supuesto, no serían posibles si la imprenta no hubiese preparado el terreno. […] Occidente es muy poco consciente del modo en que el mundo de los precios y de la numeración es sostenido por la generalización de la cultura visual de la alfabetización. (McLuhan, 1996 [1964]: 152).
No obstante, señala el autor que, en virtud de la informatización de la vida social y de la economía en particular, el factor visual está en retroceso. Aquí habría que distinguir dos aspectos que en las reflexiones fragmentarias de Luhmann son diferentes, pero que McLuhan confunde. Recuperando lo planteado páginas atrás se puede decir que el lenguaje y el dinero, en su condición de medios, son invisibles, pero las palabras y los precios, como formas que asumen estos medios, tienen un carácter visual. De hecho, escritos en grandes letreros, en colores estridentes, amarillos, verdes, rojos… con luces que encandilan, acompañados de la palabra “oferta” y rebajados a 0.99, los precios buscan llamar la atención de los potenciales compradores y motivarlos a participar del encadenamiento infinito de pagos de la autopoiesis de la economía.
V. Palabras finales
En las páginas previas se ha presentado un conjunto de afinidades y contrastes entre el lenguaje y el dinero. Dada la multiplicidad de aspectos tratados, para aportar a la claridad y comprensión, resumiré en dos cuadros los núcleos más importantes de mis interpretaciones. El primero muestra los contrastes entre los dos medios comunicativos:
Cuadro 1. Diferencias entre el medio lingüístico y el monetario
Lenguaje |
Dinero |
|
Función evolutiva |
Facilitar la comprensión |
Hacer que se acepte la comunicación en el subsistema económico |
Codificación |
De reduplicación |
De preferencias |
Resultado del procesamiento de información |
Redundancia |
Transmisión |
Fuente: elaboración propia.
El segundo cuadro da cuenta de los aspectos en común más significativos entre ambos medios y cómo se concretan en cada uno de ellos. En este sentido, la primera columna presenta características que se dan en los dos medios, mientras que la comparación entre la palabra y la moneda que se observa en las otras dos columnas muestra la manera en que estos elementos convergentes se especifican en cada caso:
Cuadro 2. Semejanzas entre el medio lingüístico y el monetario
Lenguaje |
Dinero |
|
Concepto no-referencial de símbolo |
El símbolo no expresa el mundo exterior |
El símbolo no es expresión de un valor que lo anteceda |
Generalización de sentido |
Disponibilidad de las palabras más allá del contexto interactivo |
Disponibilidad del dinero y los precios más allá del contexto interactivo |
Reflexividad |
Prestación metalingüística |
Precio del dinero |
Invisibilidad del medio/visibilidad de la forma |
Invisibilidad del lenguaje/visibilidad de las palabras, oraciones, etc. |
Invisibilidad del dinero/visibilidad de los precios y pagos |
Acoplamiento de lo social y lo psíquico |
Atractivo óptico y auditivo del símbolo lingüístico |
Condena de la autosuficiencia y el ascetismo |
Inflación/deflación del medio |
Incumplimiento de las promesas en el discurso político/desconfianza a priori en este discurso |
Aumento de precios/reducción de la circulación económica |
Fuente: elaboración propia.
Como resultado de lo anterior, por tanto, se puede concluir que no hay una respuesta lineal a la pregunta por el lugar de la “metafórica de la moneda” en Luhmann. En ese sentido, aquí se mostró que, paradójicamente, la teoría de sistemas es y no es continuadora de esta larga y rica tradición de la “vieja Europa” que establece una paridad entre el circulante dinerario y la palabra. Entonces, un examen de la intuición de Asmuth (et al. 2016) que se planteó en la introducción de este capítulo requería del trabajo minucioso, punto por punto, concepto por concepto, de la exégesis teórica. A propósito, recurriendo a la analogía moneda-palabra por última vez: si estas páginas, al fin y al cabo, “papeles”, como los billetes, tienen suficiente “respaldo”, en otros términos, si se pueden aceptar o “comprar”, como se suele decir, estas interpretaciones, ya no depende de su “propietario”, quien estas líneas firma, sino de sus lectores.
Referencias
Asmuth, C., Nonnenmacher, B. y Schneidereit, N. (2016). Einleitung. En Texte zur Theorie des Geldes (pp. 9-16). Stuttgart: Reclam.
Berardi, F. (2017). Fenomenología del fin. Sensibilidad y mutación conectiva. Buenos Aires: Caja Negra.
Bohn, C. y Volkenandt, C. (2013). Bilder des Geldes. Rheinsprung 11-Zeitschrift für Bildkritik, 5, 91-103. Recuperado de https://bit.ly/2NK2dgc.
Chernilo, D. (2006). La teorización de la coordinación social en sociedades diferenciadas. La teoría de los medios simbólicamente generalizados en Parsons, Luhmann y Habermas. En I. Farías y J. Ossandón (Eds.), Observando sistemas. Nuevas apropiaciones y usos de la teoría de Niklas Luhmann (pp. 241-262). Santiago de Chile: Ril.
García Ruiz, P. (1997). Los medios simbólicos ¿de comunicación o de intercambio?: el legado parsoniano en Luhmann. Revista Anthropos. Huellas del conocimiento. Número especial: Niklas Luhmann. Hacia una teoría científica de la sociedad, 173-174, 100-113.
Garfinkel, H. (2006 [1968]). Estudios en etnometodología. Barcelona: Anthropos.
Goethe, J. W. (1976 [1829]). Carta a J. P. Eckermann. En H. Weinrich, Sprache in Texten (p. 276). Stuttgart: Klett.
Granovetter, M. S. (1985). Economic Action and Social Structure: The Problem of Embeddedness. American Journal of Sociology, 91(3), 481-510.
Griselj, M. (2012). Medien. En O. Jahraus, A. Nassehi, M. Grizelj, I. Saake, C. Kirchmeier y J. Müller (Eds.), Luhmann Handbuch. Leben-Werk-Wirkung (pp. 99-101). Stuttgart/Weimar: J.B. Metzler.
Habermann, F. (2012). Semiotik. En O. Jahraus, A. Nassehi, M. Grizelj, I. Saake, C. Kirchmeier y J. Müller (Eds.), Luhmann Handbuch. Leben-Werk-Wirkung (pp. 313-316). Stuttgart/Weimar: J.B. Metzler.
Habermas, J. (1993 [1985]). El discurso filosófico de la modernidad. Doce lecciones. Madrid: Taurus.
Jakobson, R. (1981 [1960]). Lingüística y poética. En Ensayos de lingüística general (pp. 347-395). Barcelona: Seix Barral.
Künzler, J. (1987). Grundlagenproblemen der Theorie symbolisch generalisierter Kommunikationsmedien bei Niklas Luhmann. Zeitschrift für Soziologie, 16(5), 317-333. Recuperado de https://bit.ly/2JVtAlo.
Liebrucks, B. (1972). Erkenntnis und Dialektik. Zur Einführung in eine Philosophie von der Sprache her. Aufsätze aus den Jahren 1949 bis 1971. Den Haag: Martinus Nijhoff.
Luhmann, N. (2017). La economía de la sociedad. Ciudad de México: Herder.
Luhmann, N. (2012 [1975]). Macht. Konstanz/München: UVK.
Luhmann, N. (2009a [1975]). Interaktion, Organisation, Gesellschaft. En Soziologische Aufklärung 2. Aufsätze zur Theorie der Gesellschaft (pp. 9-24). Wiesbanden: VS.
Luhmann, N. (2009b [1974]). Einführende Bemerkungen zu einer Theorie symbolisch generalisiserter Kommunikationsmedien. Soziologische Aufklärung 2. Aufsätze zur Theorie der Gesellschaft (pp. 212-240). Wiesbanden: VS.
Luhmann, N. (2009c [1980]). ¿Cómo es posible la sociedad? Ciudad de México: Herder.
Luhmann, N. (2008a [1988]). Wie ist Bewußtsein an Kommunikation beteiligt? En Soziologische Aufklärung 6. Die Soziologie und der Mensch (pp. 38-54) Wiesbaden: VS.
Luhmann, N. (2008b [1989]). Wahrnehmung und Kommunikation sexueller Interessen. En Soziologische Aufklärung 6. Die Soziologie und der Mensch (pp. 180-193). Wiesbaden: VS.
Luhmann, N. (2007 [1997]). La sociedad de la sociedad. Ciudad de México: Herder.
Luhmann, N. (1996). Introducción a la teoría de sistemas. Lecciones publicadas por Javier Torres Nafarrate. Ciudad de México: Universidad Iberoamericana.
Luhmann, N. (1992 [1991]). Kontingenz als Eigenwert der modernen Gesellschaft. En Beobachtungen der Moderne (pp. 93-128.). Wiesbaden: VS.
Luhmann, N. (1984). Soziale Systeme. Grundriß einer allgemeinen Theorie. Frankfurt a.M.: Suhrkamp.
Maimon, S. (2016 [1791]). Philosophisches Wörterbuch, oder Beleuchtung der wichtigsten Gegenstände der Philosophie in alphabetsicher Ordnung (fragmento). En C. Asmut, B. Nonnenmacher, y N. Schneidereit (Eds.), Texte zur Theorie des Geldes (pp. 70-74). Stuttgart: Reclam.
Marx, K. (2000 [1867]). El Capital. Crítica de la economía política. Libro I. Ciudad de México: FCE.
Marx, K. (1997 [1844]). Manuscritos económicos y filosóficos. Barcelona: Altaya.
Mascareño, A. (2017). Introducción. En N. Luhmann (2017 [1988]), La economía de la sociedad (pp. 9-53). Ciudad de México: Herder.
Maya-Muñoz, G. (1990). La relación entre escasez y los precios en la teoría neoclásica (una crítica). Ensayos de Economía, 1(1), 101-114. Recuperado de https://bit.ly/2v6rgT0.
McLuhan, M. (1996 [1964]). El dinero. Tarjeta de crédito del pobre. En Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano (pp. 147-158). Buenos Aires: Paidós.
Nassehi, A. (2004). Sozialer Sinn. En A. Nassehi y G. Nollmann (Eds.), Bourdieu und Luhmann. Ein Theorievergleich (pp. 155-188). Frankfurt a.M.: Suhrkamp.
Piglia, R. (2001). Respiración artificial. Barcelona: Anagrama.
Rodriguez Mansilla, D. y Torres Nafarrate, J. (2008). Introducción a la teoría de la sociedad de Niklas Luhmann. Ciudad de México: Herder.
Saussure, F. de (2015 [1916]). Curso de lingüística general. Buenos Aires: Losada.
Shell, M. (2014 [1982]). Dinero, lenguaje y pensamiento. Ciudad de México: FCE.
Simmel, G. (1989a [1889]). Zur Psychologie des Geldes. En Aufsätze 1887-1890. Über sociale Differenzierung. Die Probleme der Geschichtsphilosophie (1892). Gesamtausgabe (pp. 49-65). Frankfurt a.M.: Suhrkamp.
Simmel, G. (1989b [1900]). Philosophie des Geldes. Gesamtausgabe, tomo 6. Frankfurt a.M.: Suhrkamp.
Smelser, N.J. y Swedberg, R. (2005). Introducing Economic Sociology. En The Handbook of Economic Sociology (pp. 3-25). Princeton/Oxford/New York: Princeton University Press/Sage.
Tönnies, F. (2016 [1887]). Gemeinschaft und Gesellschaft. Grundbegriffe der reinen Soziologie (fragmento). En C. Asmut, B. Nonnenmacher, y N. Schneidereit (Eds.), Texte zur Theorie des Geldes (pp. 103-109). Stuttgart: Reclam.
Weinrich, H. (1976). Sprache in Texten. Stuttgart: Klett.
Zelizer, V. (1997). The Social Meaning of Money. Pin Money, Paychecks, Poor Relief, and other Currencies. New Jersey: Princeton University Press.
- Todas las citas de textos en alemán que en la bibliografía final aparecen mencionados con su título original son de mi traducción. ↵
- Ciertamente, las analogías entre economía y lenguaje no son infrecuentes en Faust. Al respecto, véase, por ejemplo, Shell (2014 [1982]: 148-227).↵
- En referencia al contrapunto con Parsons, cfr. Luhmann (2002: 31-54) y García Ruiz (1997). ↵
- Para tratar problemas históricos desarrolla Luhmann una teoría de la evolución que se apoya en tres mecanismos: variación, selección y estabilización. El primero refiere al surgimiento de lo nuevo, contrario a las expectativas, el segundo a la incorporación de lo distinto en una estructura de expectativas, mientras que el tercero supone la diferenciación de un sistema. Se podría pensar, por ejemplo, en la invención del papel moneda, la generalización de su uso como algo esperado y el surgimiento del subsistema social de la economía como esfera definida por un código particular, pagar/no-pagar, codificación que solo rige en este ámbito de la sociedad. Por lo demás, Luhmann no entiende la evolución en sentido teleológico, sino solo como una clave interpretativa del surgimiento y aceptación de las innovaciones sociales. Para un tratamiento de este concepto en la teoría de sistemas, cfr. Luhmann (2007 [1997]: 325-469).↵
- Se trata del surgimiento de la escritura, la imprenta y la teletransmisión, a lo que se podría agregar, hoy en día, internet. Respecto a los medios de difusión, véase Luhmann (2007 [1997]: 193-245).↵
- Este concepto es empleado por Luhmann para evidenciar cómo se vinculan instancias sistémicas que están en una relación de sistemas y entorno. Que el nexo entre lo social y lo psicológico consista en un “acople estructural” quiere decir que estos sistemas forman sus estructuras a partir de las “irritaciones” que un sistema produce sobre el otro. Por tanto, la continua participación de las conciencias en acontecimientos comunicativos contribuye a formar las estructuras psíquicas, a la vez que el comportamiento de los individuos configura las estructuras de la comunicación, es decir, las expectativas que en contextos sociales se tienen sobre ellos. Respecto a este concepto, puede consultarse Luhmann (1996: 277-299). ↵
- Además de la sociedad, analiza el sociólogo otros dos tipos de sistemas: las interacciones y las organizaciones. Al respecto, cfr. Luhmann (2009a [1975]).↵
- Modifico aquí la traducción para mantener la coherencia de la terminología empleada en este capítulo. Así, en lugar de “actos de darlas-a-conocer” y “entendimientos”, como traducciones de “Mitteilungen” y “Verstehen” utilizo “notificaciones” y “comprensión”, respectivamente.↵






