Yo le dije a mi secretaria: “Mira, cualquier reunión que quieran los empresarios, le pides el tema de reunión”. No sabes lo que fue, le decían de todo. Yo les decía que no me los pasara, que ni los recibiría. Después de los primeros tres meses, entendieron la vaina, que no los iba a recibir si no me decían cuál era el tema. (Federico, 2018, ministro de un gobierno progresista)
A mí me pasó. Me trajeron una ley. Tenía una picadora de papeles en la oficina y la piqué adelante del que me la trajo sin leerla. Hay grupos que desarrollaron una capacidad de gestión tal, que pueden incluso redactar las medidas en el lenguaje que corresponde. En vez de pedirte “Subime la nafta”, te traen la resolución que ata el precio de la nafta al tipo de cambio. (Esteban, 2018, ministro de un gobierno progresista)
Entrevistados para esta investigación, dos ministros del área de economía de gobiernos progresistas en dos países muy diferentes de América Latina nos contaron en primera persona los mecanismos de presión de los grupos de poder: pedidos de entrevistas, reuniones, lobbies y proyectos de ley. Mirado desde esta perspectiva, resulta más fácil entender la vocación por ocupar los resortes del Estado de manera directa. En lugar de negociar con las élites estatales la definición de una política pública, la alternativa de hacerla directamente e implementarla es aún más tentadora. A ello se sumó la pérdida de confianza en los elencos políticos conjugada con la idea de que había llegado el momento de ocupar el Estado. Si los grupos económicos y los mismos empresarios históricamente habían financiado partidos, campañas y medios de comunicación, por qué no pensar en ser directamente la élite estatal.
El salto a la presidencia se produjo de maneras diversas: mientras que en algunos casos fue un recorrido ascendente en cargos ejecutivos (Argentina, México, Colombia, Perú), en otras experiencias fue un salto que se produjo desde un cargo legislativo (Brasil y Chile), y en dos países el ascenso presidencial fue un trampolín desde el sector privado (El Salvador y Paraguay). Mauricio Macri había sido jefe de gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires; Vicente Fox, gobernador de Guanajuato; Álvaro Uribe, gobernador de Antioquia; y Pedro Pablo Kuczynski se había desempeñado como ministro en ocasiones anteriores; Temer y Piñera ocuparon cargos legislativos previamente. Solo Saca y Cartes no tuvieron ningún puesto político antes de ser presidentes.
Estos presidentes empresarios expresan a esa generación de grupos que se constituyó o consolidó en la década de los noventa, momento en el cual se redefinió el mapa de actores económicos. Algunos grupos económicos se reinventaron y se readecuaron en línea con las transformaciones que estaban en curso, y otros surgieron nuevos, favorecidos por las privatizaciones. Llegado el momento, cuando se produjo cierta crisis de los elencos políticos y el crecimiento de los gobiernos progresistas y el llamado “eje bolivariano”, entendieron que era momento de avanzar hacia la ocupación del poder sin intermediarios.
Que las distintas fracciones de las clases económicamente dominantes presionan para que el Estado implemente políticas favorables a sus intereses es un hecho sabido de larguísima data. Este rasgo es acentuado en Latinoamérica, donde históricamente los grupos económicos surgieron y subsistieron gracias a la protección estatal. La característica distintiva, en particular desde la transición democrática, son los mecanismos de esa captura a los cuales ya hemos hecho referencia.
Para comprender esos mecanismos, es fundamental pensarlos en relación con los modelos de acumulación, o, dicho en otros términos, la naturaleza del capitalismo. En este libro identificamos tres grandes momentos: el modelo de industrialización sustitutiva y la emergencia de los grupos económicos como tales; el momento neoliberal, las transformaciones en los grupos y emergencia de nuevos sectores; y una última etapa de coexistencia y disputa entre viejos y nuevos grupos económicos en un capitalismo de rasgos globalizados y financiarizados.
En el libro nos ocupamos de la tercera etapa y analizamos la relación entre las clases económicamente dominantes y las élites estatales. Dividimos a los casos en dos tipos. Argentina, Brasil y México son las economías más grandes. Son países donde hubo una industrialización temprana y fortaleza de las capacidades estatales. En los tres se desarrolló un proceso de industrialización sustitutiva que generó condiciones para el desarrollo de los grupos económicos y un mercado interno y actores sociales capaces de generar pesos y contrapesos en la definición del rumbo económico y político. En Argentina y Brasil, existen disputas hegemónicas por la conformación de modelos de acumulación que se debaten entre un proyecto desarrollista e industrialista con acento en la cuestión social y un modelo con sesgo neoliberal. En México esa disputa se “congeló”[1] luego de la institucionalización del proceso revolucionario, y rebrotó hacia fines de la década de los noventa con los movimientos sociales (en particular, con el movimiento zapatista) y las disputas por el poder, cristalizadas en la fallida y cuestionada elección de 2006 y, finalmente, la victoria de la izquierda en 2018.
Chile, Colombia, El Salvador, Paraguay y Perú comparten una industrialización tardía y capacidades estatales infraestructurales débiles. El proceso de industrialización sustitutivo y de desarrollo del mercado interno fue limitado, con sectores subalternos con menor capacidad de veto al programa neoliberal. Inclusive, varios de estos países fueron reivindicados como modelo económico al tiempo que se ocultaron las crecientes desigualdades sociales y la profunda concentración de la riqueza. En El Salvador, si bien hubo un gobierno de izquierda, en 2019 regresó al poder una fuerza derechista con perfil empresarial.
Estos presidentes adoptaron estrategias diversas para el armado de sus gabinetes. El modo en que se produjo esta selección dependió de factores de largo aliento, como la historia de las élites estatales, las características del Estado y la fortaleza y debilidad de los partidos. Pero también hubo rasgos propios de la coyuntura, estrategias, conveniencias, acuerdos políticos previos, compromisos y amistades. Aunque hubo diferencias entre los países, existió un elemento común donde los presidentes introdujeron un sesgo propio. Salvo Brasil, que, como indicamos a lo largo del libro, fue un caso híbrido en el que la clase política adoptó las demandas de las corporaciones, todos los otros países incorporaron ministros y ministras cuya procedencia era del ámbito empresarial (empresarios y empresarias, CEO, consultores y tecnócratas) que traían una visión mercantilista. Asimismo, la procedencia de ese mundo se convirtió en una variable de discriminación positiva; una construcción discursiva y de sentido que instalaba la idea de que habían llegado “los mejores”.
Salvo los casos de Brasil y El Salvador, en este último porque el presidente no completó ningún estudio superior, el resto de los presidentes se formaron en su carrera universitaria o de posgrado en los Estados Unidos. Y si se observan los gabinetes, la mayoría de los ministros y ministras realizó sus posgrados en los Estados Unidos. Por contraste, son muy pocos quienes se formaron en otro país de América Latina. Todos estos elementos indican un sesgo en la visión de las élites estatales que merece un llamado de atención. Al mismo tiempo, se profundizó una tendencia que se observaba de tiempo atrás, hacia la formación en carreras de Economía, Finanzas y Administración de Empresas. La economía globalizada y la interdependencia entre las economías nacionales colocan a quienes tienen vínculos internacionales y redes de contacto con el mundo global, particularmente con la capital financiera mundial, en un lugar de privilegio para el acceso a un puesto estatal. La transnacionalización y la financiarización del capital requieren colocar a personas que comprendan aquella lógica, hablen el mismo lenguaje y sepan interactuar.
Con excepción de El Salvador, se observó un fuerte sesgo de ministros y ministras con trayectorias ocupacionales en el mundo de las actividades financieras, consultorías y organismos internacionales. En el país salvadoreño, de manera más evidente, y en México, aunque menos notable, hubo una importante presencia de personas al frente de los ministerios con trayectoria en el área de la industria manufacturera. Este dato encuentra probable relación con las características que adoptó la estructura productiva en ambos países con el desarrollo de la maquila.
El desenlace y resultado de estas experiencias fue diverso. Y aun cuando, en muchos casos, luego del primer mandato no fue posible dejar una sucesión inmediata, el proceso de acumulación política y el aprendizaje que experimentaron invitan a proyectar escenarios futuros con estrategias híbridas en que combinen la lógica empresarial y captura estatal con dinámicas políticas más clásicas. Con independencia de los ocho presidentes que analizamos, es importante mirar más allá de los sujetos evitando la tentación de creer que analizamos procesos únicos e irrepetibles. La estrategia de las clases económicamente dominantes para capturar el Estado o imponer un modelo de acumulación económica favorable a sus intereses es una dimensión persistente en el capitalismo latinoamericano al cual debemos añadir su carácter dependiente.
La pandemia de COVID-19 generó una gran crisis económica con consecuencias sociales y humanas que, al momento de escribir este libro, aún no podremos mensurar acabadamente. La contracara de este proceso es igualmente dramática. Según datos de OXFAM, desde que estalló la pandemia en marzo de 2020, han aparecido 8 nuevos mil millonarios en la región, es decir, mil millonarios nuevos cada dos semanas, mientras que se estima que hasta 52 millones de personas se convertirán en pobres y 40 millones perderán sus empleos este año. La riqueza de este grupo de supermillonarios de la región ha crecido un 17 % (OXFAM, 2020).
Si bien es cierto que la pandemia afectó a las economías latinoamericanas en un 10 % y un 15 % de acuerdo a diversas estimaciones, la concentración del poder económico y la diversificación de estos actores les ofrece una capacidad de reacción para readaptar sus inversiones en activos más seguros o rentables, así como aprovechar las oportunidades del mercado. Una parte importante del sector vinculado a la tecnología de la información ha encontrado una excepcional oportunidad. Las grandes compañías conocidas como “las economías de las plataformas” o también llamadas “unicornios” (es decir, las empresas basadas en el uso intensivo de tecnologías) han transitado una importante alza en sus cotizaciones y han podido readecuarse sin inconvenientes a la modalidad del teletrabajo (Ventrici, Krepki y Palermo 2020). Pero no solamente esas compañías atravesaron un proceso de crecimiento, también la industria alimentaria y toda aquella relacionada con laboratorios e industria farmacéutica lo hicieron.
Este marco crítico es un momento crucial para repensar la agenda de las desigualdades en un sentido integral, que restituya el debate sobre los modelos de Estado y de acumulación económica. No será suficiente, e incluso sería erróneo poner el acento en la pobreza y la indigencia, que aumentará a niveles dramáticos e intolerables. Debemos poner el foco en reducir la brecha de las desigualdades y revisar la concentración del poder económico, avanzar hacia sistemas tributarios más progresivos, Estados más robustos y la construcción de economías soberanas con mayor igualdad de accesos.
- Tomamos ese concepto de la película México. La revolución congelada (1973) de Raymundo Gleyzer.↵









