Hemos planteado desde el comienzo del libro la cuestión de los empresarios presidentes. Pero ¿cuál fue la herramienta política para dar ese salto? ¿Cómo pasaron de ser empresarios a convertirse en políticos? ¿Se incorporaron a los partidos históricos o crearon nuevos? En este capítulo nos ocuparemos de responder esas preguntas. Encontramos tres situaciones diferentes de vinculación del empresariado con la política:
- los empresarios que utilizaron las viejas estructuras partidarias (Brasil a través de la figura política de Temer y El Salvador y Paraguay),
- los empresarios que eligieron nuevas denominaciones para los históricos agrupamientos partidarios (Chile y México), y
- los empresarios que crearon nuevos partidos políticos (Argentina, Colombia y Perú).
De los ocho casos analizados, solo tres crearon nuevos partidos “a medida”. Inclusive, el caso argentino puede ser relativizado, porque la alianza Cambiemos poseía entre sus componentes a un partido centenario como la Unión Cívica Radical (UCR, 1891). En definitiva, la participación de los empresarios en la política no encuentra explicación única en la “crisis de los partidos”; en no pocos casos fueron las propias fuerzas políticas las que vehiculizaron la incorporación del empresariado. El modo en que se produjo ese vínculo dependió de un conjunto de elementos donde se combinaron factores de larga duración (fortaleza o debilidad del Estado y los partidos) y factores de coyuntura (conveniencias políticas, acuerdos, marketing, entre otras).
Partidos y estrategias políticas en un Estado en disputa
Argentina. Todo queda en familia: nuevas fracciones empresarias, el mismo apellido
El 22 de noviembre de 2015 fue el triunfo electoral de Mauricio Macri (2015-2019) y la alianza Cambiemos, tras imponerse en segunda vuelta con un 51,3 % de los votos sobre el candidato Daniel Scioli del espacio peronista Frente para la Victoria (FPV, 2003), que obtuvo el 48,6 %. Aunque la victoria fue muy ajustada, el resultado puso de manifiesto dos factores clave: era la primera vez desde la transición democrática que ganaba una fuerza derechista, y lo hacía mediante un espacio distinto a los partidos tradicionales. Además, era el primer país de la región donde el proyecto nacional popular que habían encabezado Néstor Kirchner (2003-2007) y Cristina Fernández (2007-2011/2011-2015), durante doce años de gobierno, sufría una derrota por la vía electoral con la candidatura de Scioli (en Paraguay y Brasil el fin de las experiencias progresistas se produjo mediante sendos golpes de Estado).
Mauricio Macri es un empresario vinculado a diferentes ramas de la industria del Grupo Macri (construcción, industria automotriz, correo, recolección de residuos e industria alimentaria). Aunque su pasaje hacia la política había ocurrido tiempo atrás cuando se convirtió en diputado nacional por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2005-2007) y luego jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (2007-2011/2011-2015), su llegada al poder fue un cimbronazo en la política argentina por los motivos recién aludidos. La alianza Cambiemos con la cual llegó a la presidencia es una coalición creada en el año 2015 con los siguientes componentes: Propuesta Republicana (PRO), el partido creado por Macri que se formó en el año 2003 –aunque adoptó ese mismo nombre en 2005–, la Unión Cívica Radical (UCR) y la Coalición Cívica (CC, 2002). Aunque Cambiemos contiene una fuerza centenaria con larga tradición histórica, la conducción política y hegemónica estaba desempeñada por PRO, un partido joven para la historia argentina.
Como señalaron en su investigación Vommaro, Morresi y Bellotti (2015), dentro de PRO es posible identificar cinco espacios diferentes: los dirigentes de la derecha tradicional, la peronista, la radical, la de los cuadros empresarios y la de los profesionales del universo de los think tanks y las ONG. Estos grupos se organizan, en los tres primeros casos, por afinidades ideológicas y tradiciones partidarias comunes; en los dos últimos, por compartir ese ethos, relacionado con visiones comunes del mundo, de la actividad política y su propia posición dentro de esa actividad.
Macri representaba la promesa de renovación de la política que traía aires nuevos. Podía presentarse como un “recién llegado”, y el contexto político que se abrió tras la crisis económica, social y política de 2001 era un escenario favorable para un posicionamiento de ese tipo (Vommaro, 2017). “Ahora quiero dedicar los próximos diez años a contribuir a la solución de los problemas de la Argentina, a través de la actividad política […]”, sostenía en noviembre de 2001 (en el periódico La Nación citado por Vommaro, 2017: 21). Así, se configuró un sentido que reivindicaba el reemplazo de la vieja política e involucraba a las nuevas figuras. Pretendía renovar esa clase política, no necesariamente suprimirla, y para ello movilizó valores del mundo de la empresa y de la sociedad civil del voluntariado y la expertise (sobre el mundo del management, véase Luci, 2016). Este nuevo sentido político hacía de los expertos, el mundo del emprendedor y la lógica del espectro privado el sello de identidad.
Mauricio Macri es ingeniero civil y el primer presidente electo del país egresado de una universidad privada, la Universidad Católica Argentina. Su trayectoria empresarial la desarrolló en las empresas de su padre, Franco Macri, un inmigrante italiano que construyó su fortuna en el rubro de la construcción, favorecido por las contrataciones con el Estado. Como lo caracterizó Alejandro Gaggero (2016), el Grupo Macri-Socma pertenece al conjunto de aquellos que se formaron entre 1930-1980. Durante las transformaciones económicas ocurridas en el curso de la dictadura militar, los negocios de la familia se incrementaron ostensiblemente, y en la década de los noventa se consolidaron. El grupo Socma se presentó en sociedad el día primero de enero de 1976, pocos meses antes del golpe, bajo la dirección de Franco Macri. Durante la dictadura se convirtieron en el núcleo de la “patria financiera” y participaron activamente de las decisiones económicas del régimen, lo cual les permitió tener liquidez en sus empresas para derivar divisas al exterior. La Ley de Entidades Financieras (1977) promulgada durante la dictadura contribuyó con este propósito (Azpiazu y Khavisse, 2004).
En 1985 Mauricio pasó a hacerse cargo de la gerencia general del grupo, y a propuesta suya las empresas comenzaron a modificar la orientación. En un mundo que tendía al achicamiento del Estado mediante la aplicación de políticas neoliberales, Macri entendió que la política empresarial debía ser la adecuación de la compañía hacia un modelo mercantilista con participación en el mundo financiero. En estos años el grupo Socma logró colocar en puestos claves del gobierno, en segundas y terceras líneas, a empresarios que trabajaban en sus propias empresas (Cerruti, [2015] 2019). Durante el gobierno de Carlos Menem, se aplicó la convertibilidad que fijaba la paridad del peso argentino con el dólar. En ese marco, a diferencia de la política que había impulsado la empresa bajo la conducción de su padre, motorizada por los contratos con el Estado, el “nuevo” enfoque empresarial impulsado por Macri procuraba realizar el pasaje hacia una compañía de servicios, con fuerte participación en el mercado financiero (Cerruti, [2015] 2019). Asimismo, una de las estrategias utilizadas por el grupo fue la migración de algunas empresas a Brasil. Gracias a la estrategia de reconversión que implementaron, el de Macri fue uno de los cuatro grupos que logró mantenerse en la cúpula empresarial después de 12 años desde 1989 – los otros fueron Carlos Gregorio Pérez Companc, Amalia Lacroze de Fortabat y Pacual Mastelloni (Gaggero, 2016).
Como relata la periodista Gabriela Cerruti ([2015] 2019), hay un hecho revelador que sintetiza la diferencia entre esta nueva generación de empresarios en la figura de Macri, que se expresó en la crisis de 2001. En ese momento, el padre Franco Macri apostaba por la pesificación para sanear las deudas de las empresas y cargarlas sobre el Estado; en cambio, Mauricio prefería la dolarización, porque tenía su mayor capital en cuentas del exterior. Este episodio revelaba dos facciones: por un lado, los empresarios surgidos y fortalecidos al amparo estatal, beneficiados por la contratación del Estado durante la dictadura y la década de los noventa, y, por el otro, quienes se desarrollaron en una etapa distinta de acumulación del capital, con un marcado proceso de internacionalización y financiarización, que también reclamaban la acción estatal, pero como garante de la libre circulación del capital para preservar y multiplicar sus intereses. En 2009 hubo un proceso de división de las acciones entre la familia. Una vez que Macri se vio zambullido de lleno en la vida política, Socma debió revisar su participación en las principales empresas (La Nación, 11/12/2018).
El perfil público de Macri se consolidó cuando alcanzó la presidencia de uno de los clubes más populares del país, Boca Juniors (1995-2007 y 2008), algo similar a lo que ocurrió con Sebastián Piñera en Chile, que presidió el Colo Colo, y Horacio Cartes en Paraguay, presidente del club Libertad. En los tres casos, el paso por el mundo del fútbol se produjo antes de dar el gran salto hacia la política. Tras haberse desempeñado como diputado con una muy baja presencia y participación en la Cámara, Macri optó por presentarse como candidato a jefe de gobierno porteño y fue electo en el año 2007, siendo esa su primera incursión en un área ejecutiva del Estado.
Durante los gobiernos kirchneristas, Macri construyó un perfil de oposición y consolidó una maquinaria política de la envergadura de PRO que se ubicó
en la transición entre un neoliberalismo “noventista” en decadencia y un nuevo tiempo político inaugurado por la crisis social y por las movilizaciones políticas de diciembre de 2001 [y] construyó una organización propia, escapando a la tentación de diluirse en partidos ya existentes (Vommaro, 2014: 58).
El triunfo presidencial de Macri en 2015 fue posible por un conjunto de variables políticas, entre las cuales se cuenta una mayor moderación programática y discursiva. Y sobre todo, la ampliación de la base política a partir de la alianza con la UCR, la CC y otros socios menores. Así, logró ensanchar al electorado en términos geográficos y sociales (Vommaro, 2019). La UCR proveyó a PRO el anclaje territorial que este último no tenía dado que su territorio fuerte continuaba siendo la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Como contraparte, PRO mantuvo la definición del programa, el control de la estrategia y la hegemonía política y la imposición del lenguaje y el sentido de la disputa política con centralidad en la idea del cambio. Con este conjunto de elementos, favorecido por el desgaste de doce años de gobiernos kirchneristas, y una fuerte colaboración de los principales grupos de medios, la alianza Cambiemos logró colocar a Macri en la cabeza presidencial.
Brasil. La élite estatal y el remanido golpismo
Michel Temer (2016-2018) es el único presidente de los que estudiamos que no fue electo para ese cargo y, a diferencia del resto, tampoco es un empresario, sino un hombre que proviene de la arena política. Sin embargo, su participación en el golpe y la reivindicación de las demandas empresariales lo convierten en objeto de comparación. En 2014, como miembro del histórico Partido Movimento Democrático Brasileiro (PMDB, 1980), Temer fue candidato a vicepresidente integrando la fórmula presidencial que llevó a Dilma Rousseff del Partido dos Trabalhadores al poder.
En aquellas elecciones, Rousseff se presentaba para renovar el mandato presidencial del período 2011-2014. Rousseff ganó en la segunda vuelta con 51,6 % de los votos sobre Aécio Neves, el candidato del Partido da Social Democracia Brasileira (PSDB, 1988). Pero ese triunfo tan ajustado puso al PT en una situación política inestable, en un marco de acuerdos débiles con distintos aliados (entre ellos el partido de Temer). El asedio sistemático del Poder Judicial contra Luiz Inácio Lula da Silva, en el marco de la causa Odebrecht, y contra la propia presidenta, en la causa denominada pedalada fiscal, horadó la gobernabilidad.[1]
El hostigamiento culminó con la presentación del Poder Judicial de un pedido de impeachment, que derivó en el golpe de Estado. Con un planteo acusatorio carente de fundamentos, el 31 de agosto de 2016 la Cámara votó la destitución de Rousseff con 61 senadores a favor y 20 en contra. En esa votación, el entonces diputado Jair Bolsonaro juró en la memoria del torturador Carlos Eduardo Brilhante Ustra “contra los comunistas”, “por el pavor de Dilma” y por “nuestras Fuerzas Armadas”, reivindicando la dictadura militar, presagiando el discurso de campaña y la construcción de sentido que utilizó en las elecciones presidenciales de 2018. El partido de Temer, el PMDB, considerado por el PT como un socio pragmático que les permitía llevar adelante medidas en la Cámara, se convirtió así en un “aliado extorsivo” (Goldstein, 2019: 64). Temer y su partido apoyaron el golpe. Tras consumarse, en su carácter de vicepresidente y siguiente en la línea de sucesión, Temer asumió la presidencia en concordancia con la normativa vigente.
Pero la campaña contra Rousseff no se produjo solamente en el plano político y judicial, los empresarios y las cámaras empresariales tuvieron un activismo público pocas veces visto. Paulo Skaf, el titular de la cámara empresarial más grande de Brasil –la Federacão das Indústrias do Estado de São Paulo (FIESP)– asumió la vanguardia de las protestas. Ofreció la sede de la Federación para las protestas contra Rousseff y protagonizó junto con sus pares empresarios la campaña “Não vou pagar o pato” (“No vamos a pagar el pato”. El significado de esta frase era que no pagarían los costos del “despilfarro populista”). Como corolario, el programa de Temer “Un ponte para o futuro” no solamente contenía 15 veces la palabra “ajuste” (Dominzain y González, 2018) (en un texto de 19 páginas), sino que, además, recuperaba las demandas de las grandes corporaciones.
Para comprender el accionar del PMDB, veamos un poco de historia. Esa fuerza constituye uno de los partidos más antiguos del sistema político brasileño que se formó en la coyuntura de la distensión de la dictadura militar, cuando en 1979 se restauró el pluripartidismo. En el año 1989, tras sufrir una importante derrota electoral, el partido comenzó a desdibujarse por completo en términos ideológicos y pasó a ser una fuerza que confederaba una serie de intereses personales y regionales. Según Salas Oroño (2016), la fisonomía del PMDB se configuró durante los años de Fernando Henrique Cardoso (1995-1998, 1999-2002), donde el partido estableció un vínculo “de coalición” colocando cargos en el Ejecutivo y en los esquemas de poder regionales y municipales a cambio de cohesionar una serie de recursos políticos parlamentarios que votaran a favor del oficialismo.
Alrededor del año 2005, durante el gobierno de Lula, cuando se destapó el llamado “escándalo de las mensualidades” (la crisis en la cual se acusó a políticos de recibir sobresueldos), el PT decidió establecer contactos orgánicos con el PMDB para asegurar, entre otras cosas, que no prosperaran los pedidos de impeachment y, a la vez, garantizar acuerdos territoriales y regionales. Pero el ingreso formal del PMDB a la coalición de gobierno fue en 2010, mediante un acuerdo que le permitió a Dilma Rousseff ampliar el electorado y llegar a la presidencia. Si bien es cierto que desde 2002 el PT había ampliado su alianza con partidos “menores”, el número de fuerzas se fue ampliando de manera progresiva, incorporándose “medianos” y “grandes”, como el PMDB. Con el ingreso del PMDB a la coalición de gobierno petista, se completó ese proceso de pérdida de identidad ideológica que venía atravesando el partido. Desde la perspectiva del PT, la incorporación de fuerzas con un volumen político más grande al que tenían los primeros aliados menores lo colocaba en un lugar de mayor debilidad y menor autonomía política. Este esquema delicado de gobierno, donde el PMDB hacía jugar su poder político territorial y su capacidad de veto en la esfera parlamentaria, colocó a Rousseff en un escenario lábil, que terminó por inclinar la balanza en su contra.
Temer es el único de los presidentes que estudiamos en el libro que no posee un perfil empresarial ni proviene del mundo tecnocrático, más bien lo contrario, es un típico hombre de la élite política brasileña. Es abogado, graduado en la pública Universidade de São Paulo (USP), y tiene un posgrado en Derecho en la Pontificia Universidad Católica de São Paulo. Se afilió de manera temprana al PMDB y desde allí hizo su carrera política. Ocupó diversos cargos desde las décadas de los ochenta y noventa; fue diputado nacional (1994-2010) y presidente de la Cámara de Diputados durante tres mandatos (1997-1998, 1999-2000, 2009-2010).
En Brasil hubo un antecedente de un presidente empresario. Fue el caso de Fernando Collor de Mello (1990-1992), vinculado al mundo de los medios, en cuyo cargo duró poco. Fue denunciado por propiciar un esquema de corrupción, establecer vínculos con el sector privado y desarrollar sistemas de lobby. Por todo ello, presionado por la movilización social, renunció a su cargo. A diferencia de otros países, desde el 2000 hasta esta parte no existen candidatos o candidatas de peso que provengan del mundo empresarial. Pareciera ser que los grupos económicos y las grandes corporaciones aún descansan en la clase política para defender sus intereses, mientras que buscan representación en el nivel legislativo, donde tienen sus propias bancadas. Como indicó un exministro brasileño de los gobiernos del PT entrevistado para esta investigación, “los empresarios [podían] ir para la playa porque había quién estuviera defendiendo sus intereses” (Franco, 2018).
El país brasileño posee partidos históricamente débiles, de creación relativamente tardía, donde la tendencia a la primacía de los grupos políticos de carácter regional dificultó la posibilidad de construir partidos orgánicos de alcance nacional. Además, el sistema político fue muy restrictivo: recién en 1988, con la reforma constitucional implementada luego de la transición democrática, se incluyó el voto para los analfabetos (Ansaldi, 1995; Mainwaring, 1996; Meneguello, 2002). Estos elementos se combinan con un Estado de formación temprana, donde la estatalidad tiene mayor peso que los partidos y los movimientos populares (De Riz, 1986).
Como recordó un investigador brasileño especialista en el tema, hasta aproximadamente la década de 1990 el sistema de partidos se caracterizó por la gran fragmentación y debilidad partidaria. Y, a contrapelo de lo que ocurrió con muchos países de la región donde en esos años los partidos sufrieron procesos de transformaciones diversas, en Brasil se produjo la consolidación de los partidos nacionales y una alternancia entre el PSDB y el PT (Guillermo, 2018). Asimismo, existe una lógica de larga data de acuerdos políticos, donde los partidos colocan los nombres de quienes componen el gabinete del gobierno que usualmente llega en el marco de coaliciones. De esta manera, la relación de los grupos empresariales tendió a producirse a través de los espacios políticos. Todos estos elementos son una clave para pensar por qué en Brasil, aun cuando el de Temer fue un gobierno con orientación promercado, hubo una mayor presencia de cuadros provenientes de la élite política.
El golpe de Estado contra Dilma Rousseff y el ascenso de Temer produjo un giro en materia de políticas en los planos económico, social e ideológico. El desastre que fue su gobierno “profundizó el desencanto con la clase política tradicional” (Goldstein, 2019: 75), y esa falta de legitimidad de origen y de ejercicio cimentó el camino para el ascenso de Jair Bolsonaro (2019-actualidad), quien accedió al poder sustentado en un esquema tripartito de poder basado en los militares, los empresarios y el poder judicial.
México. El empresario de las botas texanas
La victoria de Vicente Fox (2000-2006) fue un hecho histórico para México, porque concluía con un largo período de 71 años de gobiernos del Partido Revolucionario Institucional (PRI, 1929).[2] Tan impactante fue esa victoria electoral que muchos hablaron de una transición. Las elecciones se desarrollaron el 2 de julio de 2000 y Fox se presentó como candidato de la Alianza por el Cambio, integrada por el Partido Acción Nacional (PAN, 1939) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM, 1986). Obtuvo el 42,5 % de los votos y se impuso frente al candidato del PRI, Francisco Labastida, que alcanzó el 36,1 %. Cuauhtémoc Cárdenas, el representante de la izquierda con la fuerza Alianza por México, integrada por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) y otras fuerzas menores, obtuvo el 16,6 % de los sufragios.
Fox se formó en Administración de Empresas en la Universidad Iberoamericana de León del Estado de Guanajuato, una institución privada del sistema jesuita. Es un empresario que desarrolló su carrera profesional casi íntegramente en la compañía internacional de bebidas Coca-Cola. Allí comenzó como distribuidor local y fue creciendo en responsabilidades hasta alcanzar la presidencia de la división de América Latina. Luego de ello se dedicó a administrar empresas propias en las ramas agrícola e industrial. Al momento de la elección presidencial, Fox ya había dado un salto y tenía experiencia en el mundo de la política. En 1988 se incorporó a la histórica fuerza derechista PAN, a través de la cual fue electo como diputado federal por el estado de Guanajuato (1988-1991) y luego gobernador por el mismo estado (1995-1999).
Fox utilizó el concepto de “cambio” para su campaña política con la intención de presentarse como la única alternativa al continuismo priista. Luego de la Revolución de 1910 y del gobierno populista de Lázaro Cárdenas (1934-1940), el PRI gobernaba de manera ininterrumpida sobre la base de un sistema de “partido hegemónico”. Varias investigaciones caracterizaron este proceso como la existencia de un partido-Estado o, en palabras del mexicano Pablo González Casanova ([1981] 1999), un partido de gobierno. Aunque fue un período de estabilidad, hubo episodios de violencia, como ocurrió con la represión al movimiento estudiantil en la llamada “masacre de Tlatelolco” de 1968. Con base en un esquema presidencialista, mediante un pacto implícito entre el PRI, las Fuerzas Armadas y los sindicatos obreros, la omnipresencia priista era evidente en todas las instituciones. Los partidos de oposición carecían de fuerza real e institucional necesaria para ganar. El movimiento obrero, las organizaciones de campesinos y el movimiento urbano popular tuvieron la marca del corporativismo y el clientelismo del PRI.
Durante estos años, el PRI colocaba candidatos presidenciales y mayorías en el Congreso y apuraba el control del partido sobre gobernaciones de los estados y los congresos locales. Hacia el final de la década de los setenta, la oposición adquirió peso paulatino en la arena política y hubo una serie de reformas que contribuyeron con el pluralismo político permitiendo desmantelar esa suerte de unipartidismo.[3] Así, se produjo el pasaje hacia un sistema pluripartidista con tres fuerzas políticas destacadas: el PRI; el PRD, que surgió en el año 1989 como una escisión del primero; y el PAN, de orientación derechista e histórico opositor al PRI. Este recorrido histórico es importante para comprender el progresivo crecimiento del PAN hasta su acceso al poder en 2000.
Fox hizo pública su pretensión de ser presidente de manera muy temprana a contrapelo de los usos y costumbres de la política mexicana. Con esa estrategia logró imponer los tiempos de la campaña tanto para el PAN como para el resto de las fuerzas. Invitó a los ciudadanos a conquistar “el futuro juntos”. Hacia el año 1998, creó Amigos de Fox, una estructura que operaba de la misma manera que las redes comerciales de Estados Unidos, mediante el convencimiento persona a persona. Desde esa plataforma consiguió allegarse recursos materiales y económicos para la campaña e imponerse como el candidato del PAN (Borjas Benavente, 2003). En vistas del rápido nivel de popularidad que había alcanzado, el PAN definió sin disputas ni rupturas que el candidato ideal para expresar los tiempos que se avecinaban era Fox, quien por entonces se desempeñaba como gobernador de Guanajuato.
Fue el primero en el país que utilizó Internet como medio para una campaña política, y aprovechó todas las estrategias de la mercadotecnia para llegar a un conjunto más amplio de la sociedad. Logró instalar dos consignas: “el cambio que a ti te conviene” y “cada vez más somos los que queremos el cambio”. Su estrategia no apuntaba contra el sistema, sino contra la fuerza del PRI, en un país, como ya se dijo, que demandaba renovación política luego de tantos años de hegemonía priista. Fox vestía de manera informal y usaba unas distintivas botas texanas que le permitían construir una imagen de hombre de campo. Combinaba esa impronta con una retórica sencilla y popular, diferenciándose de los políticos tradicionales.
Su imagen sintetizaba aspectos diversos y seductores para el contexto político, era un provinciano, pertenecía a una familia de clase media alta sin relaciones políticas, profesional, empresario exitoso, político de oposición con experiencia gubernamental, católico, separado de su mujer pero a cargo de los cuatro hijos adoptados durante el matrimonio. Además, era un hombre extrovertido, sencillo y “canchero”. El perfil de un hombre exitoso en los ámbitos de desempeño público y privado completaba el esquema de una persona “confiable” con altas probabilidades de alcanzar el éxito (Borjas Benavente, 2003). La campaña estuvo conducida por la mercadotecnia, donde se consideró a los electores como clientes a quienes se debía conceder la razón y satisfacer. Se recabaron las distintas demandas y se construyó un discurso a medida de cada uno de los segmentos, donde cada sector escuchaba las promesas que quería escuchar. Lo que unificaba a todos los discursos de Fox era la idea de cambio y a él como conductor de ese proceso.
Logró convencer a sectores que antes eran hostiles para el PAN, como los campesinos e incluso los empresarios que históricamente habían sido oficialistas del PRI. Al provenir del mundo empresarial, Fox se mostraba como un hombre capaz de entenderlos y comprender sus necesidades. Cuando se produjo la nacionalización de la banca en 1982, se inició una tensión entre el PRI y los sectores empresarios con el mundo financiero bancario, como vimos en el capítulo uno. Según un alto funcionario mexicano que ejerció cargos públicos en el estado del Distrito Federal, “muchos empresarios que rompieron con el PRI se incorporaron al PAN, como por ejemplo dos figuras clave, Manuel de Jesús Clouthier del Rincón y José Basagoiti, ambos dirigentes empresariales. Entre estos empresarios que se incorporan al PAN, cuenta Fox” (recordemos que Fox se incorporó en 1988) (Lázaro, 2018). Con esta plataforma de origen, consolidó un discurso que sostenía: “Vamos a hacer un gobierno de empresarios para los empresarios” (Lázaro, 2018). Y así logró mayorías y apoyos políticos que le garantizaron la elección de 2000.
Durante su gobierno Fox estuvo en la escena mediática no solamente por su gestión deslucida y errática, también por las denuncias de tráfico de influencias y conflicto de interés. A partir de su paso por la presidencia, Fox y su familia tuvieron un sustantivo incremento patrimonial y participación (a través de acciones o en juntas directivas) en diversas empresas: transporte, alimentos, construcción, productos agrícolas, bebidas, crianza de ganado. Más tarde incluyó servicios financieros, minería y petróleo (Olmos, 2017).
Viejas y nuevas formas políticas en la continuidad neoliberal
Chile. El empresario exitoso, el “cambio” en el discurso y la continuidad del modelo[4]
Sebastián Piñera fue presidente en dos oportunidades (2010-2014, 2018-actualidad). La primera vez logró imponerse en segunda vuelta con un 51,6 %, frente al 48,4 % que obtuvo el demócrata cristiano Eduardo Frei. En esa elección se presentó como candidato de la Coalición por el Cambio, un espacio político que adquirió ese nombre en 2009, pero en rigor de verdad era la histórica coalición derechista Alianza por Chile (1989)[5] que reunía a Unión Demócrata Independiente (UDI, 1983) y Renovación Nacional (RN, 1987). En un escenario de desgaste de la Concertación de Partidos por la Democracia (1988) tras veinte años de gobierno (desde 1990 a 2010), Piñera y su equipo desplegaron una campaña un con discurso centrado en la idea de renovación. Su triunfo electoral constituyó una novedad, en cuanto significó el regreso al poder de una coalición derechista por la vía democrática, después de más de cincuenta años (la última vez había sido en 1958 con Jorge Alessandri).
Para comprender la envergadura de esta elección, es necesario repasar algunas cuestiones del sistema político partidario chileno. Durante la dictadura militar, se aprobó una nueva Constitución Nacional (1980) que incluía el sistema binominal con posibilidad de coaliciones, un mecanismo de traducción de votos en bancas que favorecía a las dos fuerzas mayoritarias y dificultaba el acceso de las minorías políticas.[6] Así, desde 1990 se consolidaron dos grandes coaliciones: la Concertación (que reunía al Partido Socialista, creado en 1933; la Democracia Cristiana, creada en 1957; y otras fuerzas menores) y la Alianza por Chile, a la cual nos referimos más arriba, que aglutinaba a RN y a la fuerza pinochetista UDI. Este sistema se eliminó en 2018 y fue parte de las propuestas de reforma que había llevado Bachelet como programa para su segundo gobierno (2014-2018). Históricamente, en Chile los partidos funcionaron como agentes centrales del sistema político, como bien apuntó Manuel Antonio Garretón (1981), estos fueron la columna vertebral de la sociedad.
Para las elecciones presidenciales, Piñera, que representaba el ala más moderada dentro de la coalición derechista como parte del partido RN, entendió que era necesario realizar una modificación en el nombre de la fuerza política y apostó por la palabra “cambio”. A la coalición Alianza por Chile la denominó Coalición por el Cambio.
El padre de Piñera había sido diplomático y político, un hombre históricamente vinculado a la democracia cristiana, inclusive se desempeñó como embajador durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva (1964-1970). Prácticamente toda su vida se desarrolló en la órbita pública, o bien cumpliendo funciones diplomáticas o en la Corporación de Fomento de la Producción (CORFO). Piñera es ingeniero comercial con mención en Economía, formado en la Pontificia Universidad Católica de Chile, y posee un posgrado en Economía en Estados Unidos. Tras veinte años de realizar tareas de consultorías para el BID, el Banco Mundial y la CEPAL, fue construyendo su propio grupo económico a partir de negocios bancarios y financieros, como Bancard y Citicorp Chile, e inmobiliarios, entre los cuales se cuenta la Inmobiliaria Las Américas y la Inmobiliaria Aconcagua, que se encuentran en la web institucional del propio Piñera. Aunque sus empresas tenían algunos años, el crecimiento y la diversificación del grupo se produjeron durante la década de los noventa en el marco de las reformas neoliberales. A partir de la compra de acciones de Lan Chile en 1994 (denominada LATAM, tras su fusión con la brasilera TAM en 2016), logró consolidar su poder económico. Otro paso decisivo en este sentido fue la incorporación de Chilevisión a su grupo denominado Bancard, y su participación en las sociedades propietarias del club de fútbol Colo-Colo y la Clínica Las Condes.
La compra de acciones del club Colo-Colo fue en 2006, tras haber sido derrotado en las elecciones presidenciales frente a Michelle Bachelet. Según contó el hermano de Piñera, la motivación del acercamiento al club fue por la política:
En la campaña, cuando recorrimos Chile, yo siempre animaba a la gente. ¿Quién manda aquí, los hombres o las mujeres?, ¿quién es de la Católica? 10 manitos, ¿quién es de la U? 30 manitos, ¿y de Colo Colo?, 50 manitos. Ahí le dije “hermanito, si querés ser presidente tenés que ser colocolino” (Soy Chile, 18/10/2016).
Por su trayectoria biográfica en el mundo de los negocios y su inscripción política, Piñera representa a un sector liberal con cierta impronta que lo distingue de la histórica y tradicional derecha chilena. Inclusive, en el plebiscito de 1988 que puso fin a la dictadura de Pinochet, se manifestó a favor del “NO” (el rechazo a la continuidad del régimen), a diferencia de sus pares, con quienes compartía sus inclinaciones políticas. Por ese motivo, según caracterizó un alto funcionario del gobierno de Michelle Bachelet entrevistado para esta investigación, podría pensarse que los antecedes ideológicos de Piñera no se encuentran tanto en la dictadura pinochetista, sino en la derecha liberal previa a la dictadura (Matías, 2018).
Piñera combinó su desempeño empresarial con el mundo de la política dentro de RN. Fue senador por la circunscripción Santiago Oriente (1990-1998) y luego se postuló a la presidencia en dos oportunidades, en 2005 y en 2009, cuando derrotó a Eduardo Frei Ruiz Tagle en la segunda vuelta y logró convertirse en presidente. Junto con su mujer, Cecilia Morel, creó fundaciones que le permitieron hacer política: la Fundación Futuro (1993), Fundación Mujer Emprende (2005) y Fundación Avanza Chile (2014).
Los contextos en los cuales se produjeron las dos elecciones presidenciales fueron diferentes. En 2010 se cumplían 20 años consecutivos de gobiernos de la Concertación; en cambio, en 2018 Piñera ya contaba con un período de gestión. Por ello, las campañas fueron distintas y la conformación de los gabinetes de gobierno, también. En la primera elección, Piñera llevó adelante una campaña donde la idea fuerza fue el cambio. Uno de los spots televisivos trasmitía un jingle pegadizo que decía: “¡Súmate al cambio! Quiero gritar ¡Viva el cambio! Que Chile entero ¡se sume cantando! Porque la esperanza de un nuevo futuro ¡está por nacer!”. Y en otro de los spots, se podía ver un equipo de trabajo, donde había un conjunto de hombres y mujeres que hacían una suerte de brainstorming (lluvia de ideas) en torno a una mesa redonda. Tras esa imagen, aparecían frases tales como 37 equipos de trabajo, Cambio, Futuro, Esperanza.[7] Cerca de dos años antes de la elección, Piñera había creado un equipo de trabajo denominado “grupo Tantauco” (que significa ‘lugar donde convergen las aguas’) que le sirvió para hacer campaña y construir la idea de que tenía un equipo preparado para gobernar.
La campaña para las elecciones de 2018 fue diferente. Pesaba sobre él la historia de un gobierno deslucido que no había podido dejar una línea de sucesión –recordemos que Chile no tiene reelección– y había vuelto a ganar la Concertación de la mano de Michelle Bachelet. De ahí que la estrategia ya no podía girar en torno al concepto de “cambio”. Tampoco resultaba factible reivindicar el equipo de trabajo, porque había sido muy cuestionado por el carácter empresarial, con varias denuncias de situaciones de conflictos de interés. Por ello, la campaña viró. El discurso y los spots tenían un perfil más político, con menor impronta tecnocrática. La imagen de Piñera se parecía más a la de un político clásico que abraza trabajadores, ancianos, niños y niñas, ciudadanos en general, que a la del empresario que lidera una reunión de brainstorming. La idea fuerza de su estrategia discursiva eran los “tiempos mejores”. En uno de los spots, planteaba: “Trabajamos y trabajé sin descanso, hasta el límite de nuestras capacidades. Cumplimos con Chile y entregamos un país el año 2014 mucho mejor que el que habíamos recibido el año 2010”.
El resultado del segundo proceso electoral que se realizó en el año 2017 también se resolvió en segunda vuelta, donde Piñera se impuso con el 54,6 % con la misma fuerza que la elección pasada, a la cual cambió el nombre por Chile Vamos (2015). Alejandro Guillier, el candidato de la Alianza Nueva Mayoría (el espacio de la Concertación con la inclusión del Partido Comunista y otros grupos) obtuvo el 45,4 %.
No solamente la campaña fue distinta, sino que prácticamente todos los entrevistados plantearon que hubo una diferencia sustancial entre los gabinetes de gobierno de los dos períodos. Como sintetizó un ministro que se desempeñó durante la gestión de Piñera, “el primero es un gabinete más privado, y en el segundo hay gente con mayor experiencia política”. En el segundo gobierno, Piñera “se nutre de personas que, proviniendo del mundo privado, tuvieron ya una experiencia de cuatro años durante su primer gobierno y se nutre más de gente que estaba en segundos niveles de jerarquía y ahora asumen el liderazgo de sus respectivos ministerios” (Hugo, 2018).
Colombia. El patrón de hacienda y la seguridad democrática
Al igual que Piñera, Álvaro Uribe gobernó durante dos períodos, aunque, a diferencia del chileno, este lo hizo de manera consecutiva (2002-2006, 2006-2010). Uribe es un abogado y terrateniente hijo de una reconocida familia propietaria de tierras. El 27 de mayo de 2002, se impuso en primera vuelta con un 54,5 %, superando holgadamente al candidato liberal, Horacio Serpa, que obtuvo 32,7 %. El nivel de abstención electoral fue del 53,5 %, que, si bien es un número alto, resulta habitual en la historia política colombiana, donde el voto es optativo y los promedios históricos apenas superan los cincuenta puntos. Uribe provenía del histórico Partido Liberal (1847); en el mismo año de las elecciones se apartó y creó la fuerza Primero Colombia, con la cual se presentó a las dos presidenciales. No es el típico empresario moderno, como Macri, Piñera o Cartes, sino un terrateniente devenido empresario diversificado o, como se autodefinió en su declaración en el Senado, un “empresario del campo” (El Heraldo, 9/05/2017).
La familia Uribe era propietaria de tierras que habían comprado alrededor de los años sesenta en Antioquia y Córdoba. El padre de Álvaro, Alberto Uribe Sierra, era un hacendado, reconocido por su afición a los caballos y a las familias poderosas, entre ellas los Ochoa Vásquez, cuyos miembros han sido vinculados al narcotráfico (Cepeda y Rojas, 2008). Por ese motivo, buena parte de las biografías y las fuentes periodísticas vinculan al padre de Álvaro con el mundo del narcotráfico. Sobre estas sospechas se añadió el asesinato de Alberto Uribe el día 14 de junio de 1983 en las fincas de Antioquia, en circunstancias que nunca se terminaron de esclarecer. Tiempo después, cables diplomáticos de Estados Unidos sugirieron nexos del propio Álvaro Uribe con narcotraficantes durante la década de los noventa (NYTimes español, 25/05/2018; Agencia EFE, 26/05/2018).
Según todo indica, en la década de los ochenta Álvaro Uribe compró la hacienda El Ubérrimo a un empresario del transporte que había sido secuestrado por la guerrilla. Aquellas zonas geográficas experimentaban un proceso de transformaciones importantes, caracterizadas por la irrupción de la agricultura comercial, el crecimiento de la ganadería extensiva y la penetración del narcotráfico en diversas esferas de la vida social y política (Cepeda y Rojas, 2008). Uribe, incluso cuando ya se desempeñaba como congresista, realizaba tareas de la hacienda. “Me despojo de mi careta de senador, yo manejo tractor para hacer el recorrido en la finca”, decía (Cepeda y Rojas, 2008: 37). Esta imagen, que pareciera extraída de una novela de Gabriel García Márquez, posiblemente sea una buena ilustración de los estrechos vínculos entre el poder de los terratenientes y el poder político en un país con una gran debilidad estatal y fragmentación geográfica, donde ciertos rasgos de la dominación oligárquica parecieran tener continuidad.
Desde los años ochenta y noventa, las haciendas se convirtieron en escenarios de violencia, masacres, crímenes políticos y el avance del paramilitarismo. En varios departamentos se constituyó un complejo de centros de entrenamiento de nacientes grupos paramilitares. Las instituciones públicas y privadas se integraron en un sistema que configuró una suerte de Estado paramilitar. El patrimonio de Uribe se fue diversificando y, según la investigación que publicó el periódico El Espectador, los hijos del expresidente poseen al menos nueve empresas en rubros diversos (Colombia, Panamá e Islas Vírgenes), todas ellas registradas entre los años 2003-2010 (El Espectador, 20/04/2013).[8]
Álvaro Uribe es abogado, egresado de la Universidad de Antioquia, con un doctorado en Derecho y Ciencias Políticas y una especialización en Administración y Gerencia de la Universidad de Harvard. Fue un miembro histórico del Partido Liberal y con esa fuerza política había sido alcalde y concejal de Medellín en la década de los ochenta, senador (1986-1990, 1990-1994) y gobernador de Antioquia (1995-1997). Para las elecciones presidenciales, construyó un discurso autoritario antiguerrilla sobre la base de las negociaciones fracasadas que había llevado adelante su antecesor, el presidente conservador Andrés Pastrana. Con el eslogan “Mano firme y corazón grande”, logró conquistar la presidencia en primera vuelta, por primera vez en la historia de Colombia. La fuerza Primero Colombia creada por Uribe fue un hito, en un país que posee uno de los sistemas políticos más viejos de la región. Como señaló Alejo Vargas Velásquez (2011), Colombia es una sociedad donde los partidos han mirado más al Estado que a la sociedad y donde coexistieron orden y violencia (Pécaut, 1953), con un Estado que ha desempeñado un rol coercitivo sin dar respuesta a las problemáticas sociales.
La victoria electoral de Uribe en primera vuelta se produjo gracias a sus críticas al Proceso de Paz. En un momento donde los diálogos de paz se encontraban paralizados, para un sector importante de la sociedad resucitar el modelo de negociaciones era insostenible. Con todo, el ascenso de Uribe en las encuestas causó sorpresa, y varios analistas políticos lo describieron como un “caso realmente excepcional” (Cardona Zuleta, 2015). ¿Qué llevó a este dirigente de provincia a ascender rápidamente en la intención de voto? La seguridad como problema tomó relevancia y se impuso sobre el resto de las cuestiones sociales. Y Uribe logró interpretar ese sentimiento, ofreciendo la seguridad democrática como eje articulador de su programa de campaña. El agravamiento de los secuestros y los ataques indiscriminados a la población civil trasmitidos por los medios de comunicación abonaron a una imagen de la guerrilla de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) como una organización brutal por su agresión militar. La animadversión hacia la guerrilla coincidió con el discurso antiterrorista global que siguió al ataque contra las Torres Gemelas en Estados Unidos (Rodríguez, 2014).[9]
El fracaso de la estrategia que había impulsado el conservador Andrés Pastrana, en la que prometía una negociación con las organizaciones, fue el recurso que utilizó Uribe en 2002 para plantear un discurso de mano dura frente a la guerrilla. Así, impulsó una militarización muy fuerte y la organización de grupos paramilitares, que tuvo el apoyo decidido del gobierno de los Estados Unidos. En las elecciones de 2006, Uribe fue reelecto con la misma fuerza política, Primero Colombia, y nuevamente logró ganar la elección presidencial en primera vuelta. Obtuvo el 62,3 % de los votos, muy por encima del candidato del Polo Democrático Alternativo (PDA, 2005), Carlos Gaviria, quien alcanzó apenas un 22 %.
El Salvador. El empresario “nuevo rico” con un histórico partido
La historia del empresario de comunicaciones Elías Antonio Saca González (2004-2009) en El Salvador es digna de una película de Francis Ford Coppola en la saga El padrino. El 30 de agosto de 2016, fue detenido en el marco de una causa de corrupción, mientras celebraba la boda de uno de sus hijos en el club reservado para la élite salvadoreña “La Hacienda de los Miranda”. Aunque durante mucho tiempo negó todas las causas que pesaban sobre él, tras su detención, Saca confesó frente al tribunal que había sido parte del esquema de corrupción y lavado de dinero durante su gobierno y, en septiembre de 2018, fue condenado a prisión. También fueron detenidos y atraviesan sendos procesos judiciales otros altos funcionarios de su gobierno.
En las elecciones que lo llevaron a la presidencia, Saca obtuvo el 57,7 % con la fuerza Alianza Republicana Nacionalista (ARENA, 1981), sobre el candidato de izquierda del Frente Farabundo Martí de Liberación Nacional (FMLN, creado en 1980 y legalizado en 1992) Schafik Jorge Hándal, quien alcanzó un 35,7 %. Pese a que fue criticado durante la campaña por su escasa experiencia política y sus propuestas endebles, logró imponerse en primera vuelta, continuando una línea de sucesivas victorias del partido derechista ARENA desde el año 1989.
Saca es un empresario y periodista que llegó al gobierno con apenas 39 años. A diferencia de los otros países que estudiamos, ARENA es un espacio político muy identificado con el empresariado salvadoreño (Figueroa Ibarra, 1993). Como señaló un exministro que se desempeñó durante el gobierno de izquierda del FMLN, “ARENA es un partido del empresariado, no es influenciado por el empresariado, es el partido del gran empresariado salvadoreño” (Vicente, 2018).
Para comprender a El Salvador, es necesario revisar el sistema político que se inició luego de la transición democrática cuyo inicio tiene fecha en 1982 (ese año la Asamblea Constituyente eligió un presidente provisional por un período de dos años), continuó con la elección de 1984 (donde triunfó un gobierno demócrata cristiano que gobernó durante el período 1984-1989) y concluyó con la firma de los Acuerdos de Paz en 1992, que puso fin a un largo período de guerra civil (1979-1992) (Torres Rivas, 2004). El sistema político que emergió luego de esta etapa de transición se configuró en torno a las fuerzas ARENA y el FMLN (Ansaldi y Giordano, 2012). En las elecciones de 1989, se impuso el candidato de ARENA Alfredo Cristiani (1989-1994), y desde entonces gobernaron de manera consecutiva gobiernos de la misma fuerza política: Armando Calderón Sol (1994-1999), Francisco Flores (1999-2004) y el ya mencionado Elías Antonio Saca González. Los gobiernos arenistas aplicaron el modelo económico neoliberal y tomaron una política de apoyo incondicional a los Estados Unidos. El punto máximo de esta política ocurrió durante la presidencia de Francisco Flores, quien implementó la Ley de Integración Monetaria, que, en los hechos, produjo la dolarización de la economía.
Saca es hijo de inmigrantes palestinos y el menor de un grupo familiar de siete hermanos. La familia se había instalado en el país en la segunda mitad del siglo XX y se dedicó a la actividad comercial. Como los negocios familiares no prosperaron, Saca debió incorporarse a la vida laboral de manera temprana, incursionando en el mundo de los medios, y no llegó a terminar sus estudios de periodismo que había comenzado en la pública Universidad de El Salvador. Desde entonces, continuó en ese ámbito de desempeño como locutor y periodista. Pero el salto como empresario autónomo ocurrió en 1993, cuando durante el gobierno de Cristiani logró dirigir sus propias emisoras comerciales y creó el grupo SAMIX (CIDOB, 13/9/2019). Además, continuó con su presencia frente al micrófono conduciendo programas, algo que le resultó de gran utilidad cuando llegó el momento de dar el salto político.
Saca ingresó a ARENA en 1989. Además fue presidente de las dos gremiales corporativas, la Asociación Salvadoreña de Radiodifusores (ASDER) y la Asociación Nacional de la Empresa Privada (ANEP). Uno de los ministros entrevistados que se desempeñó durante el gobierno del FMLN sostuvo:
La actividad empresarial de Saca proviene de una decisión del gobierno del presidente Cristiani que le entrega gratuitamente canales de radio a él […] y este se vuelve un empresario radial de la nada. Esa es la historia de Saca, [pertenece a lo que] coloquialmente decimos los nuevos ricos […] nunca soñaron con tener poder en el Estado, eran nuevos ricos supeditados, pero si [ahora] tengo la batuta en la mano, ¿por qué voy a ser supeditado?” (Vicente, 2018).
ARENA sondeó a Saca para la alcaldía de San Salvador, pero este le respondió que tenía intenciones para la presidencia. A partir de entonces, comenzó su carrera política, que fue meteórica. Se trataba de una figura sin experiencia de gobierno ni antecedentes como candidato a ninguna elección, pero contaba con gran popularidad por causa de su desempeño mediático. En junio de 2003 lanzó su precandidatura para las internas. Los sectores más tradicionales de ARENA no lo veían con buenos ojos, entre ellos el expresidente Armando Calderón Sol, que para frenar esta posibilidad se presentó a la contienda al tiempo que cuestionó: “cualquier muchacho joven” no puede aspirar al puesto de mandatario, “la única opción soy yo” (El Salvador.com, 11/06/2003). Con el correr de los días, la figura de Saca se fue imponiendo dentro del partido, y finalmente Calderón Sol debió bajar su candidatura con el argumento de la unidad. Finalmente, Saca se impuso con un número abrumador en ARENA: alcanzó el 98 % de los votos, frente a un solo contrincante sin volumen político. Saca celebró su triunfo de la siguiente manera: “Las bases quieren un rostro nuevo, un programa nuevo, ideas frescas” (El Faro, 14/07/2003). Era la primera vez, en sus 22 años de historia del partido, que se realizaban elecciones primarias con una convocatoria abierta de candidaturas, aunque la elección continuó siendo a mano alzada.
La campaña se organizó en torno a la consigna “País seguro”, a través de los programas de radio y televisión donde él se desempeñaba como empresario y locutor. Saca se encontró con un partido disciplinado, que rápidamente le brindó su acompañamiento para enfrentar de la mejor manera a un FMLN en ascenso. Asimismo, tuvo el apoyo público del gobierno de George W. Bush de los Estados Unidos.
Luego de llegar al poder, Saca rompió la alianza con aquellos grupos que lo habían colocado en ese lugar. Él había sido elegido por las élites económicas, pero, una vez en el gobierno, comprendió el poder que le otorgaba el Estado y se autonomizó de esas alianzas.
Lo que no le perdona la clase empresarial a Saca es que él fue acumulando mucho poder y se tomó el partido ARENA, ¿qué significa esto?, […] a través de la compra de lealtades se apropió de las estructuras del partido y fue sacando todos aquellos sectores, inclusive intereses empresariales, e hizo un partido para él (Orlando, 2018).
ARENA responde a intereses empresariales, fue fundado por empresarios, por elites empresariales, pero a lo largo del tiempo se fue independizando y ahora es controlado por cúpulas políticas que no necesariamente representan los intereses empresariales. Y Saca es un caso típico, un gobierno de derecha, un líder empresarial, que llega, se revela, ve que es un buen negocio, crea su propio grupo de poder y se enfrenta al poder empresarial (Orlando, 2018).
Paraguay. El empresario exitoso en un partido hegemónico
Horacio Cartes (2013-2018) es un empresario de las finanzas, tabaco y ganadería de Paraguay que se afilió en 2009 al histórico Partido Colorado, denominado oficialmente Asociación Nacional Republicana (ANR,1887). Luego de incorporarse al partido con fines netamente electoralistas, promovió la formación de un grupo propio denominado Honor Colorado, cuyas iniciales aludían a las de su propio nombre (HC) y con el cual se catapultó a la presidencia. Lo de Cartes es un caso casi único de oportunismo político; la primera vez que votó en toda su vida en una elección nacional fue en 2012 y lo hizo por él mismo, en las elecciones internas del partido donde logró imponerse frente a Javier Zacarías Irún. Se trató de una elección que muchos caracterizaron como entre “un outsider y un político” o “un empresario y un político”, realizada en un contexto inédito para el Partido Colorado, donde por primera vez debía disputar la presidencia “desde el llano”, sin el poder del Estado y en el marco de una crisis de liderazgo.
En las elecciones presidenciales que se realizaron en abril de 2013, Cartes se impuso con un 45,7 %, frente al candidato del Partido Liberal Radical Auténtico (PLRA, 1887), Efraín Alegre, que alcanzó el 37,1 %. Tras la muerte del exgeneral y candidato Lino Oviedo en un accidente aéreo, los votos de este se inclinaron hacia Cartes y eso le permitió ampliar la diferencia. Así, el triunfo del Partido Colorado le devolvía a esa fuerza política el poder del gobierno que había mantenido de manera continuada desde 1947, durante 61 años, y que había sido interrumpido en 2008 con el gobierno del exobispo Fernando Lugo (2008-2012) junto a la fuerza Alianza Patriótica para el Cambio (una coalición creada en 2007 para enfrentar a los colorados).
Para comprender mejor el ascenso de Cartes, es importante realizar una mirada sobre la historia de los partidos en el país. El sistema de partidos paraguayo, conformado por el Colorado y el Liberal, es uno de los más antiguos de América Latina, solo superado por Uruguay y Colombia. El país atravesó una larga inestabilidad política y, paradójicamente, el orden vino de la mano de la dictadura militar de Alfredo Stroessner (1954-1989), donde el Partido Colorado recreó una forma de dominación política bajo un formato de fachada democrática (Soler, 2012). Aun en contexto de autoritarismo, se utilizaron mecanismos típicos de la democracia, como las elecciones presidenciales y legislativas. Así, el partido proveía una base institucional y de legitimidad política, y facilitaba la organización de la dominación mediante las estructuras partidarias (Soler, 2012).
A diferencia de otros casos donde los empresarios han optado por crear partidos nuevos o por cambiar de nombre a las viejas fuerzas políticas, en Paraguay, la estrategia cartista fue diferente. Ingresó al Partido Colorado y desde allí se catapultó a la presidencia. Cartes no era de ningún partido, aunque él mismo sostenga que tenía simpatía por los colorados. Consultado sobre por qué se convirtió en el candidato colorado, un investigador paraguayo especialista en el tema sostuvo que la respuesta es incierta. “Podría decirse que hubo afinidades electivas […], lo de Cartes también fue una decisión individual. Porque, si vos ves el gabinete, son sus socios comerciales, sus gerentes” (Carlos, 2018). El Partido Colorado se encontraba con escasos recursos de financiamiento y sin un candidato natural que pudiera ganar las elecciones, de ahí que la figura de Cartes, un hombre poderoso y económicamente autosuficiente, parecía una buena opción partidaria. Incluso antes de que se oficializara su candidatura, hacía tiempo que se observaban las intenciones presidenciales. Cartes salió de ese terreno oscuro del mundo de los negocios y comenzó a convertirse en una figura pública. Y uno de los lugres elegidos para esa popularidad fue el club Olimpia (Carlos, 2018).
Horacio Cartes es hijo de una familia acomodada de Asunción y el tercero de cuatro hermanos. Su padre era piloto civil y trabajó en ese rubro hasta que desarrolló una empresa propia de aeronaves, en la cual Cartes colaboró cuando era muy joven. Por influencia de su padre, realizó estudios técnicos vinculados a la aviación en Estados Unidos. Tras su regreso en 1989, fundó la compañía financiera Cambios Amambay, que luego se convirtió en el Banco Amambay. En los primeros años de la década del noventa, incursionó en la producción tabacalera, fundó Tabacos del Paraguay S.A. y, dentro del mismo rubro, fue accionista mayoritario de Tabacalera del Este, Habacorp, Cigar Trading, Valla Global Ventures y Tabacos USA. A comienzos de 2000, continuó diversificando sus nichos empresariales con la compra de la licorería Acosta –posteriormente llamada Bebidas del Paraguay– y obtuvo la representación en el país de otras marcas internacionales. También es empresario agropecuario. Todas estas actividades mercantiles se encuentran nucleadas en el holding Grupo Cartes, del cual es socio mayoritario (CIDOB, 15/08/2018). De la misma manera que Macri y Piñera, Cartes se vinculó al mundo futbolístico y en 2001 asumió como presidente del Club Olimpia. Construyó un perfil de empresario exitoso que nunca había dependido del Estado, a diferencia de buena parte del empresariado paraguayo que se forjó y desarrolló a partir de las contrataciones estatales. Al mismo tiempo, su participación en el mundo futbolístico le dio una gran visibilidad pública y una impronta triunfalista que plasmó en la consigna de campaña “Por un Nuevo Rumbo”, donde ofrecía una imagen de proyección de futuro.
En la historia de Paraguay, hubo antecedentes de presidentes con perfil empresarial, entre ellos Juan Carlos Wasmosy (1993-1998) y Raúl Cubas Grau (1998-1999). Como vimos en el capítulo uno, Wasmosy era un ingeniero que construyó su riqueza a través de los contratos con el Estado stronista mediante el Consorcio de Empresas Paraguayas (CONEMPA), con el cual ganó la concesión de las obras de ingeniería para la construcción Itaipú y Yacyretá. Era parte del empresariado de la construcción que se enriqueció y consolidó durante el stronismo. Como todos en su época, Wasmosy implementó las políticas neoliberales, hizo crecer el endeudamiento y privatizó empresas públicas, y durante su mandato la economía entró en una de las peores crisis financieras que se habían conocido hasta el momento (Abente Brun, 2010). El gobierno de Raúl Cubas, otro empresario de la construcción enriquecido mediante los contratos estatales, fue muy breve, ya que en 1999 se vio obligado a renunciar tras el asesinato del vicepresidente Luis María Argaña y las grandes manifestaciones civiles en su contra, en un hecho que se denominó el Marzo paraguayo (Abente Brun, 2010).
En una entrevista realizada para esta investigación, un exministro que se desempeñó en el gobierno progresista de Fernando Lugo sostuvo que durante el stronismo
existieron los buscadores de rentas alrededor de las obras públicas. Empresarios que son buscadores de rentas, que están pegados al Estado y que no tienen siempre las licitaciones, por influencias, por una serie de cosas. [El] gobierno de Wasmosy proviene de ese origen, fundamentalmente a través de las grandes obras hidroeléctricas.
En cambio, continúa, “en el caso de Cartes, el origen es diferente, […] otro tipo de gente que fue surgiendo alrededor de estas actividades informales del contrabando. Que por lo tanto eran ilegales pero permitidas por Stroessner. Este es el origen de Cartes” (Claudio, 2018).
A diferencia de los anteriores presidentes que hicieron su fortuna de la mano de la obra pública estatal, Cartes consiguió enriquecerse mediante diversos negocios que no dependían directamente del Estado, pero que eran garantizados por este. Esta lógica de enriquecimiento explica en parte un rasgo particular que tuvo la composición de su gabinete ministerial, constituido por hombres de su confianza, empresarios, CEO, gerentes y tecnócratas, reclutando muy pocos cargos del Partido Colorado, con el cual había llegado al poder. En un país como el paraguayo, donde existe un omnipresente Partido Colorado, este rasgo fue una novedad que imprimió el gobierno de Cartes, por la cual recibió críticas del propio espacio colorado.
Perú. El empresario exitoso en un país con débiles partidos
Pedro Pablo Kuczynski (PPK) ganó las elecciones en 2016, tras imponerse en segunda vuelta frente a la candidata Keiko Fujimori, la hija de Alberto Fujimori. Si bien en las elecciones generales Keiko había obtenido casi el doble de los votos, en el balotaje Kuczynski aglutinó el electorado antifujimorista y ganó la elección con el 50,1 % frente al 49,9 %. Esta fue la segunda derrota consecutiva de la hija de Fujimori –la primera había sido en 2011–, quien, pese a haber hecho esfuerzos para distanciarse de su padre, no consiguió revertir el fuerte rechazo que tiene buena parte de la sociedad hacia el apellido Fujimori, asociado a la violación de los derechos humanos y a uno de los momentos más oscuros del Perú. Aunque históricamente las elecciones peruanas pueden caracterizarse por cierto clivaje estructural (clase, región o etnia), en estas elecciones el eje divisorio de las aguas fue fujimorismo-antifujimorismo (Tanaka, Villagarcia y Puémape, 2017).
La fuerza con la cual ganó Kuczynski tenía antecedentes en el espacio fundado en 2010 con el nombre Alianza por el Gran Cambio. En 2014, para desarrollar una mejor estrategia política, el partido decidió amalgamar las siglas de su referente con las del partido, PPK, lo que dio como resultado un nombre fácil de recordar con referencia al futuro: Peruanos por el Kambio. Kuczynski trabajó en los ámbitos público y privado, aunque su candidatura expresaba la de un empresario y tecnócrata con vínculos internacionales y visión empresarial, cuya imagen profesional fue utilizada para ganar adhesiones en el marco electoral. En el acto de cierre de campaña, que se desarrolló en Lima, fue presentado como un hombre con una carrera profesional y gerencial exitosa:
A los 22 años lo reclutó el Banco Mundial […], se convirtió en el empleado más joven de la historia de esa entidad financiera […]. Renunció a su puesto de la empresa minera donde ganaba más de 15.000 dólares al mes para venir al Perú al Ministerio de Energía y Minas donde ganaba 150 dólares mensuales. […]. Un hombre cuyo esfuerzo y capacidad [lo llevó] a los puestos más importantes en el mundo financiero y que sin embargo siempre regresa al Perú (acto de cierre de campaña del 1 de junio de 2016, Lima).
Kuczynski había sido candidato presidencial en una ocasión anterior y además fue ministro de Energía y Minas en el gobierno de Fernando Belaúnde Terry (1980-1985), y de Economía en el gobierno de Alejandro Toledo (2001-2006), donde también se desempeñó como primer ministro. Trabajó en el Banco Mundial, en el Fondo Monetario Internacional, vivió once años en los Estados Unidos, donde desarrolló su trayectoria empresarial como miembro de directorios en instituciones como The First Boston Corporation, y empresas, fondos de inversiones o consultorías financieras radicadas en el estado de Florida. También fue directivo y accionista de varios emprendimientos ligados a inversiones y actividades mineras (Compañía de Acero del Pacífico, Magma Copper Company, Toyota, Siderúrgica Argentina, entre otras).
Durante su paso por el Ministerio de Energía y Minas, fue parte del proceso de privatizaciones de las actividades vinculadas al sector extractivo y ejecutó la Ley 23.231 mediante la cual se eximía a las empresas petroleras extranjeras de pagar cantidades de impuestos. Tras la caída de Alberto Fujimori, Kuczynski se incorporó al equipo de Toledo como ministro de Economía, pero duró muy poco en el cargo porque, con apenas un año en funciones, presentó su renuncia debido a la creciente oposición a la privatización de las compañías eléctricas de Arequipa y Tacna. En 2004 volvió a ser convocado por el presidente Toledo para ocupar el cargo de ministro de Economía. En ese cargo llevó adelante el Proyecto Camisea de exportación de gas natural a México, donde fue muy cuestionado por desempeñarse como asesor de una de las empresas privadas que integraban el consorcio. En agosto de 2005, asumió por un breve período el cargo de primer ministro, tras la renuncia de Carlos Ferrero Costa. Entre 2006 y 2016, ocupó puestos directivos en empresas mineras y metalúrgicas, mientras gestaba su apuesta a la presidencia mediante organizaciones no gubernamentales, como Agualimpia y el think tank Instituto País.
Perú es un caso de formación estatal débil y tardía (Ansaldi y Giordano, 2012) y posee una histórica carencia de cuadros dirigenciales con trayectoria estatal (Cotler, [1978] 2005). Además, tiene un sistema de partidos políticos débiles y fragmentados, con altos niveles de volatilidad –posiblemente los más altos de la región (Cotler, 1996; Tanaka, 2005, 2010; Meléndez, 2012; Rubio, 2016). La conformación de un sistema de partidos moderno fue tardía, a diferencia de lo ocurrido en otros países andinos, en un territorio con una significativa fragmentación geográfica y dificultades para construir partidos nacionales robustos. Esta conjunción de elementos, sumada a una baja credibilidad de la democracia y de las instituciones (Tanaka, 2010), generó condiciones favorables para un mayor peso de los poderes fácticos sobre la política (Nercesian y Cassaglia, 2019).
La participación de los empresarios en política tiene antecedentes desde la década de los noventa con el gobierno de Fujimori, donde un conjunto de figuras provenientes del ámbito empresarial se incorporaron a la cartera de Economía y Finanzas principalmente. Como sostuvo una periodista peruana entrevistada para esta investigación, “todos los ministros de Economía de Fujimori eran empresarios. Eran muy de derecha, muy liberales y no creían en un modelo estatista para nada” (Clara, 2018). Según la misma entrevistada, los ministros de Economía que siguieron provinieron “del lado empresarial”, con las excepciones de Alan García, cuyo ministro tenía un perfil más bien tecnócrata y los dos de Ollanta Humala, que también provinieron de la tecnocracia. Así, en los gabinetes hubo cierta alternancia entre tecnócratas y empresarios, aunque el perfil del gabinete de Kuczynski fue el de una “tecnocracia internacional” ligada al sector empresarial (Clara, 2018).
Según sostiene Francisco Durand (2004), con la caída del gobierno de Velasco Alvarado (1968-1975), se produjo una tendencia hacia una mayor presencia empresarial en los gabinetes y se instauraron mecanismos de diálogo o consulta con gremios empresarios. Durante los gobiernos de Fujimori y Toledo, esta representación empresarial se profundizó, en correspondencia con el nuevo mapa de poder y la efectividad con que los grandes intereses económicos movilizan sus recursos. La presencia, acceso e influencia empresarial en el Estado han cambiado dramáticamente. Con el gobierno de Kyuczynski, la defensa de los intereses de los sectores empresarios se hizo muy evidente, concentrando las decisiones en la figura del presidente y sus principales asesores. La composición del gabinete, en consecuencia, exhibía una profundización de la injerencia de cierta visión empresarial en la esfera estatal, ya instalada en la década anterior.
Anexo del capítulo
| País | Presidente | Fuerza política (año de creación) | Partidos: a) histórico, b) histórico con nombre nuevo, c) nuevo | Observaciones sobre los partidos |
| Argentina | Mauricio Macri (2015-2019) | Cambiemos (2015) | Partido nuevo | Aunque entre sus componentes se encuentra la UCR (1891) y Coalición Cívica (2002), la conducción política y los principales miembros del gabinete estaban en manos la fuerza Propuesta Republicana (PRO), creada con ese nombre en 2005, pero que tuvo sus orígenes en 2003. |
| Brasil | Michel Temer (2016-2018) | Partido Movimento Democrático Brasileiro (PMDB) (1980) | Partido histórico | Se formó en el contexto de distensión de la dictadura brasileña (1964-1985). |
| México | Vicente Fox (2000-2006) | Alianza por el Cambio (1999) | Partido histórico con nombre nuevo | Se trata del tradicional partido derechista Partido Acción Nacional (PAN, 1939), que incorporó una fuerza menor, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM, 1986), y cambió de nombre. |
| Chile | Sebastián Piñera (2010-2014/2018- actualidad) |
Coalición por el Cambio (cambio de nombre en 2009). Chile Vamos (cambio de nombre en 2015) | Partido histórico con nombre nuevo | Es la histórica coalición derechista, formada en 1989 con el nombre Democracia y Progreso. Tuvo distintos cambios de nombre, y el último antes de la modificación de Piñera fue Alianza por Chile. |
| Colombia | Álvaro Uribe Vélez (2002-2006/2006-2010) | Primero Colombia (2002) | Partido nuevo | Si bien Álvaro Uribe era un histórico miembro del Partido Liberal, en ambas elecciones se presentó con un movimiento nuevo llamado Primero Colombia. |
| El Salvador | Elías Antonio Saca (2004-2009) | Alianza Republicana Nacionalista (ARENA) (1981) | Partido histórico | ARENA es el partido derechista de los empresarios que gobernó sin interrupciones desde 1989 hasta 2009. |
| Paraguay | Horacio Cartes (2013-2018) | Partido Colorado (1887) | Partido histórico | Es el partido hegemónico de Paraguay. Desde la transición democrática en 1989, se mantuvo en el poder, con la excepción del período (2008-2012 y 2012-2013). Aunque el Partido Colorado se mantuvo en el poder luego del gobierno de Cartes, el candidato de este perdió en las internas. |
| Perú | Pedro Pablo Kuczynski (2016-2018) | Peruanos por el Kambio (PPK) (2014) | Partido nuevo | Partido nuevo creado por Pedro Pablo Kuczynski, cuyo antecedente fue la fuerza creada en 2010 con el nombre de Alianza por el Gran Cambio. |
Fuente: elaboración propia.
- Odebrecht es una empresa constructora brasileña, cuyo presidente es el homónimo Marcelo Odebretch (el nieto del fundador de la compañía). El caso surgió a partir de una investigación realizada en Estados Unidos, publicada en diciembre de 2016, donde se denunciaba que la constructora brasileña había realizado coimas y sobornos a funcionarios de varios países, con el objetivo de tener beneficios al momento de la contratación de la obra pública. Lula fue denunciado en el marco de esta causa, aunque nunca se llegaron a mostrar pruebas contundentes de su culpabilidad. Rousseff fue acusada por una causa diferente: la pedalada fiscal, que implicaba el supuesto uso de fondos públicos para cubrir programas de responsabilidad del gobierno. La causa contra Rousseff utilizaba como argumento el concepto de crímenes “de responsabilidad”, donde se la acusaba de haber manipulado las cuentas públicas para evitar el déficit fiscal, pero, de igual manera que en el caso de Lula, se trató de una causa en su origen y fundamento carente de toda legitimidad. No es interés del libro expandirse acerca de ambos procesos que varios autores han caracterizado como lawfare, sí mencionar en el contexto del golpe de Estado y el accionar de la corporación judicial. ↵
- El nombre de la fuerza política se fue modificando a lo largo de los años. Surgió como Partido Nacional Revolucionario en 1929, en 1938 se denominó Partido de la Revolución Mexicana y en 1946 adquirió el nombre Partido Revolucionario Institucional, con el cual se lo conoce hasta la actualidad.↵
- La transición mexicana no tiene una única fecha de inicio. Algunos estudios afirman que fue en el año 1968, a raíz de la represión al movimiento estudiantil, otros en 1988, después de la elección presidencial del candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari (1988-1994), que fue denunciada y reclamada por el opositor, Cuauhtémoc Cárdenas (PRD), y en 1989 cuando el candidato panista triunfó en las elecciones para gobernador en Baja California; por último, un conjunto importante de investigaciones sostiene que fue en el año 2000, cuando se produjo la elección presidencial de Vicente Fox.↵
- Los apartados de Chile y Perú retoman y amplían conceptos trabajados en Nercesian y Mendoza (2020). ↵
- La coalición derechista se fundó en 1989 con el nombre Democracia y Progreso, luego tuvo distintas denominaciones. El último nombre antes del cambio de Piñera fue Alianza por Chile. ↵
- El sistema binominal consistía en lo siguiente: se elegían dos cargos por distrito (diputados) o circunscripción (senadores), por tanto cada fuerza o coalición debía postular solamente a dos candidatos o candidatas. En caso de que la primera fuerza obtuviera más del doble que la segunda, se quedaba con las dos bancas; de lo contrario, la primera fuerza se quedaba solo con una de ellas y la segunda, con la otra.↵
- https://bit.ly/33aS1Xw.↵
- Las sociedades son: C.I. Ecoeficiencia S.A.S., Sapia C.I. S.A.S. (Salvarte), Zona Franca de Occidente, Promotora Gran Sabana, Yogur S.A. y Ecoindustry S. A., todas registradas en Colombia; Achlys Investment y Achlys Business Corp., registradas en Panamá, y finalmente la recién conocida Asia America Investment, de Islas Vírgenes. ↵
- El problema de la violencia tiene antecedentes lejanos. En 1946 se dio comienzo al período de La violencia (1946-1957). A juicio de Gina Paola Rodríguez (2014), esa etapa debe ser caracterizada como una cruzada antipopular donde los grupos oligárquicos liberales-conservadores buscaron extinguir las demandas sociales y mantener los privilegios de los terratenientes capitalistas, a la que se sumó un enfrentamiento partidario entre el Partido Conservador contra el Partido Liberal. El período de la violencia se extendió hasta la firma del Pacto de Benidorm (1956) y el de Sitges (1957), realizados en esas localidades españolas por ambos partidos, donde se acordó constituir el Frente Nacional, en el cual ambas fuerzas se alternaban en el ejercicio de la presidencia y se distribuían por partes iguales los cargos públicos. Este pacto se extendió hasta 1974, aunque hubo muchos elementos de continuidad hasta 1986. En los años sesenta surgieron las guerrillas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias Colombianas (FARC), el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y el Partido Comunista de Colombia Marxista-Leninista (PCML), y sobre este escenario de violencia se sumaron el narcotráfico y la violencia paramilitar a partir de los años ochenta. ↵









