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V. Rol y participación de las mujeres en los espacios comunitarios de los barrios populares

Estudio de caso del merendero Emmanuel en el barrio La Esperanza

Laura Camino, Maricel Crespi, Laura Márquez Neira
y Claudia Munarriz Arce

Introducción

A partir de la Ley de Convertibilidad en 1991 y el posterior estallido social del 2001, las mujeres en sus comunidades y territorios empezaron a reclamar, participar y formar nuevos colectivos debido a la crisis producto de las políticas gubernamentales del Estado neoliberal que avanzó sobre los sectores más vulnerables. En consecuencia, debieron asumir la responsabilidad de asegurar la subsistencia de sus familias a través del trabajo doméstico no remunerado y el trabajo comunitario, como consecuencia de las necesidades que fueron surgiendo en cada espacio del hábitat.

Este artículo se basa en un caso de estudio de metodología cualitativa cuya finalidad es el análisis de la participación de las mujeres dentro de los barrios populares del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA)[1], para comprender cómo lo hacen y, en consecuencia, qué importancia tienen dentro de los espacios comunitarios para el funcionamiento de los barrios que habitan.

Nos proponemos reflexionar sobre las dimensiones que tiene la participación de las mujeres en los espacios comunitarios de los barrios populares, centrándonos en cómo es y cuáles son los roles que ocupan en el espacio comunitario del merendero Emmanuel, ubicado en el barrio La Esperanza, Escobar.

A través de nuestra experiencia en el territorio, acompañando espacios comunitarios y dialogando con referentas de los barrios populares, hemos observado que por lo general son las mujeres quienes conforman la mayoría de esos espacios. Esto nos hace suponer que son ellas quienes coordinan y sostienen estas instancias de organización y sus iniciativas, las cuales buscan mejorar la calidad de vida de las familias que habitan el barrio y del barrio en sí mismo.

Para comprender cómo se dio esto, hay que remitir a la Ley de Convertibilidad de 1991, que aceleró el proceso en el que el Estado abandonó su rol de coordinador y garante de derechos sociales. En consecuencia, la reducción del tamaño del Estado y los ajustes estructurales llevaron a un traspaso de las responsabilidades del Estado a la sociedad, lo que afectó principalmente a los sectores populares y dentro de ellos a las mujeres como actor en particular. Se debe a que fueron ellas quienes se vieron en la obligación de asumir la responsabilidad de asegurar la subsistencia de sus familias a través del trabajo doméstico no remunerado y el trabajo comunitario. Este contexto particular dio como resultado nuevas formas de organización en el ámbito público: la organización comunitaria.

Desde el caso estudiado, proponemos problematizar la naturaleza de la participación comunitaria de las mujeres en dos grandes dimensiones: la participación en sí misma y el rol que desempeñan en el espacio público. Cuando hablamos de participación, nos referimos a la influencia que tienen como actores sociales en sus comunidades, al proponer, formular y liderar los procesos de mejoramiento del hábitat; en este sentido, indagamos sobre cómo, dónde y cuándo se da esa participación. Cuando hablamos de los roles, buscamos comprender sobre los lugares que se ocupan en lo privado y lo público y cómo el barrio empieza a constituirse como un escenario de organización.

En la actualidad, nuestras ciudades y comunidades no están pensadas para responder a las necesidades del cuidado, y eso deriva en consecuencias negativas en la calidad de vida y cotidianidad de las personas que desarrollen estas actividades, que en su mayoría siguen siendo mujeres. Las crisis económicas, la pérdida del poder adquisitivo y los impactos sociales y culturales de la pandemia del covid-19 son algunos de los motivos que explican, en parte, la persistencia de esta y otras formas de organización comunitaria.

Intentaremos en estas páginas poder retratar la naturaleza de la participación de las mujeres en el espacio comunitario del merendero Emmanuel para esbozar algunas ideas en torno al rol político y social que desarrollan.

Antes de comenzar: una noción histórica del rol de las mujeres

El inicio de la Revolución Industrial no solo llevó a la separación del espacio público-privado y a la identificación de lo masculino-femenino y lo productivo-reproductivo con cada uno de los espacios, sino que también derivó en lo que Carrasco, Borderias y Torns (2011) señalan como la construcción social de la desvalorización de los trabajos domésticos y de cuidados que acompañó al desarrollo de la producción mercantil (Valdivia, 2018: 3). En este sentido, las actividades domésticas y de cuidado fueron ubicadas en el ámbito privado.

Nuestras ciudades no están pensadas para responder a las necesidades del cuidado, lo que implica consecuencias negativas en la calidad de vida y cotidianidad de las personas que las desarrollan. Como actor social, las mujeres, han liderado y sostenido procesos de mejoramiento y construcción del hábitat en pos de transformar los espacios habitados. Ante la ausencia de planificación estatal y el no registro de las necesidades específicas derivadas de las tareas de cuidado, han nacido espacios, expresiones y redes barriales de los más diversos[2].

En el año 1991 con la Ley de Convertibilidad, el Estado comenzó un proceso de abandono de su lugar de coordinador y garante de los derechos sociales y económicos a favor del mercado. En esta época se impuso la disminución del tamaño del Estado para reducir los gastos fiscales. Los ajustes estructurales se tradujeron en la más profunda distribución regresiva de los ingresos ciudadanos, y la pobreza creció exorbitantemente. Estos problemas fueron construidos, desde el Estado, como residuos que debían ser paliados con medidas asistencialistas (Echavarría y Bard Wigdor, 2013: 93). Esta tendencia a adoptar ideas y medidas neoliberales se sostuvo durante casi una década, hasta los estallidos sociales producto de la crisis económica del 2001.

Como resultado de estas medidas, fueron los individuos en competencia, las propias familias, quienes debieron resolver su supervivencia de manera privada. Todo esto se tradujo en un traspaso de las responsabilidades del Estado a la sociedad, particularmente, a los sectores populares y sobre todo a las mujeres, quienes asumieron la responsabilidad de asegurar la subsistencia de sus familias a través del trabajo doméstico no remunerado y el trabajo comunitario (Echavarría y Bard Wigdor, 2013: 92). De esta forma, funcionaron como un factor oculto de equilibrio que absorbió los shocks sociales que acarreaban el ajuste y, posteriormente, la crisis.

La organización comunitaria o territorial, las llamadas “puebladas”, empezaron a ser el modo privilegiado en que dichos sectores se organizaron y articularon con otros actores externos como ONG o movimientos sociales. Los barrios se volvieron el escenario de organización y de las luchas reivindicativas y de resistencia: se organizaron los “piqueteros” (1996-1997) y emergieron también las “ollas populares”, en el marco de organizaciones que, si bien ya existían antes, comenzaron a adquirir fuerza y se constituyeron en centros desde donde reclamar al Estado por la crisis, tales como las sociedades de fomento, los centros vecinales, las cooperativas, las comunidades eclesiales, las ONG, etc. (Echavarría y Bard Wigdor, 2013: 94)

En este sentido, las mujeres comenzaron a cumplir tres jornadas laborales. La primera es la de trabajo en la unidad productiva, que, en los procesos de economía popular, puede implicar largas horas de trabajo. La segunda es la que realizan al volver a sus hogares y llevar adelante las tareas de cuidado. Y la tercera se cumple con las tareas del movimiento o espacio en el cual se organizan.

Las mujeres de la economía popular no resuelven sus necesidades económicas de manera individual, sino que sus ingresos están atravesados por las necesidades de los grupos a los que pertenecen, incluso más allá de sus familiares: muchas de ellas sostienen redes comunitarias, ayudas sociales, militancias territoriales. Por eso, las tareas de cuidado no suceden únicamente hacia el interior de los hogares, sino que las fronteras entre el hogar y el de los hogares vecinos pueden ser difusas. El cuidado de las infancias del barrio o cocinar en los comedores son tareas del entramado comunitario de los barrios populares. Cumplen un rol clave en estos contextos, donde las relaciones de proximidad tienen un peso muy importante para garantizar redes que permitan acceder a derechos como la alimentación, el trabajo y los programas sociales (Broggi, 2019).

Preguntas guías y metodología

Con relación a la participación de las mujeres dentro de los espacios comunitarios de los barrios populares, la abordamos en diversas dimensiones: sociales, políticas, culturales y económicas. Decidimos indagar esta cuestión dado que nuestra experiencia en territorio acompañando espacios comunitarios, y hablando con referentas de los barrios populares, nos hace suponer que son ellas las que en su mayoría los coordinan y los sostienen, con el objetivo de lograr una mejora en la calidad de vida de las familias que habitan el barrio y su entorno. Por estas razones nuestros primeros cuestionamientos fueron cómo participan las mujeres y qué rol tienen dentro de los barrios populares, y en qué espacios participan dentro de estos y en qué momentos lo hacen.

Por lo tanto, el objetivo general de este artículo es analizar mediante un caso de estudio la participación de las mujeres dentro de los barrios populares. Los objetivos específicos son indagar y comprobar cómo, dónde y cuándo lo hacen y, en consecuencia, qué importancia tienen dentro de los espacios comunitarios para el funcionamiento de los barrios que habitan. De esta forma, buscamos demostrar la importancia de su participación para la producción social de hábitat y la subsistencia de las familias que viven en estos barrios.

Como estrategia de investigación, optamos por el método cualitativo porque nos posibilita aprehender los fenómenos sociales desde la propia perspectiva del actor (De Souza Minayo, 1997). Este abordaje permite conservar el lenguaje original de los sujetos, indagar sobre su visión de la propia historia y de las condiciones estructurales en la que están inmersos, sus valores, sus motivaciones y los significados de sus prácticas. Para ello entrevistamos a vecinas referentas que llevan adelante un espacio comunitario en el barrio La Esperanza en Escobar.

Algunas nociones básicas para entender la problemática

El grupo de investigación en ciencia política “Pobreza y políticas frente a ella: La pobreza en Argentina en el siglo xxi, su medición y la actuación del Estado para su erradicación y/o disminución” aborda el fenómeno de la pobreza tomando en cuenta sus diversas dimensiones de las que se constituyen situaciones problemáticas que pueden responder a factores sociales, políticos, económicos y culturales. Se busca problematizar la pobreza a partir de cómo se manifiestan sus patrones característicos en las distintas esferas de la vida, en los grupos sociales y los individuos.

Algunas definiciones previas elaboradas por la CEPAL y la ONU nos ofrecen un conjunto de elementos dinámicos, multifactoriales y multidimensionales que forman parte de un proceso histórico y que se centran en la vulneración de los derechos de las personas como factor constitutivo de la pobreza. Nos parece central resaltar la identificación de la pobreza como un estado histórico y socialmente situado, coincidiendo con la CEPAL cuando expresa que es

el resultado de un proceso social y económico –con componentes culturales y políticos– en el cual las personas y los hogares se encuentran privados de activos y oportunidades esenciales por diferentes causas y procesos, tanto de carácter individual como colectivo, lo que le otorga un carácter multidimensional. Así, además de la privación material, la pobreza comprende dimensiones subjetivas que van más allá de la subsistencia material (CEPAL, 2003: 9).

En esta dirección, y a los efectos de vincularla con el otro concepto clave de nuestra investigación –la vulnerabilidad–, tomamos la definición de la ONU que afirma que “las personas que viven en la pobreza tropiezan con enormes obstáculos, de índole física, económica, cultural y social, para ejercer sus derechos”, agregando que

sufren muchas privaciones que se relacionan entre sí y se refuerzan mutuamente –como las condiciones de trabajo peligrosas, la insalubridad de la vivienda, la falta de alimentos nutritivos, el acceso desigual a la justicia, la falta de poder político y el limitado acceso a la atención de salud–, que les impiden hacer realidad sus derechos y perpetúan su pobreza,

lo que lleva a que aquellas personas que se encuentran en una situación de extrema pobreza vivan “en un círculo vicioso de impotencia, estigmatización, discriminación, exclusión y privación material que se alimentan mutuamente” (ONU, 2012: 2).

En función de lo expuesto hasta aquí, debemos entender la pobreza como la vulneración múltiple e interconexa de los derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales (ONU, 2012), en la cual se sitúa a las personas afectadas dentro de un marco de reproducción constante de esas vulneraciones (dificultad en el acceso a la seguridad alimentaria, salud, educación, vivienda, servicios básicos, ocio, vestido y bienestar). Sumado a esto, y en el marco de nuestra investigación en relación con la participación de las mujeres en los espacios comunitarios dentro de los barrios populares, también debemos definir el concepto de “feminización de la pobreza”.

La división del trabajo por género, al asignar a las mujeres el espacio doméstico, determina la

desigualdad en las oportunidades que ellas tienen como género para acceder a los recursos materiales y sociales (propiedad de capital productivo, trabajo remunerado, educación y capacitación), así como a participar en la toma de las principales decisiones políticas, económicas y sociales (Bravo, 1998: 63).

Esta definición se puede profundizar tomando a Caroline Moser (1995), que, al modelo de participación femenina, es decir, al binomio de los roles productivos y reproductivos, le agrega un tercer rol: el comunitario.

El rol productivo se define como la producción para el mercado sin dejar de lado las tareas reproductivas que se realizan al interior de la unidad doméstica, a las que considera que debe atribuírseles un valor de mercado. El rol reproductivo se refiere a las tareas de crianza y domésticas, mientras que el rol comunitario (vinculado con el rol reproductivo) está delimitado por aquellas actividades barriales y colectivas que llevan adelante las mujeres para asegurar la provisión y el mantenimiento de los recursos tanto locales (agua, cuidados de la salud, educación), como familiares. De esta manera, se presentan mucho más complejos y particulares los efectos y las consecuencias de la participación femenina en la esfera pública de los sectores populares. Por lo tanto, las desigualdades de género convierten a las mujeres en un agente esencial para la contención, respuesta y recuperación frente a las persistentes desigualdades que existen en los barrios populares.

El Registro Nacional de Barrios Populares –ReNaBap– (2017) define que un barrio popular es aquel en donde viven al menos ocho familias agrupadas o contiguas, con más de la mitad de la población sin título de propiedad del suelo ni acceso regular a dos –o más– de los servicios básicos (red de agua corriente, red de energía eléctrica con medidor domiciliario o red cloacal). Esta definición fue construida con base en los debates realizados en una mesa en la que participaron distintas organizaciones como Techo, Cáritas, Ctep y Barrios de Pie, y surgió como respuesta a la necesidad de definir estos territorios excluidos de la ciudad formal.

Dentro de ellos, “la formación de los vínculos a nivel del barrio se asocia al contacto social informal que ocurre en los espacios comunes” (Heller, Rasmussen, Cook, y Wolosin, 1981, en Berroeta et al., 2016), al tiempo de residencia y a la participación en las actividades del barrio (Hunter, 1974, en Berroeta et al., 2016). En este contexto, el uso y las características de los espacios públicos desempeñan un papel central en el crecimiento y la consolidación de la comunidad. Ofrecen oportunidades para reforzar la participación comunitaria y promover el sentido de comunidad (McMillan y Chavis, 1986, en Berroeta et al., 2016). El espacio público juega un papel importante en la creación y el mantenimiento de diversos procesos comunitarios. Coincidiendo con Berroeta, “espacios públicos comunitarios” es el nombre que asignamos a la categoría que utilizamos para dar cuenta de este fenómeno socioespacial resultante de las maneras particulares en que interactúan las características físicas, los usos y los significados asociados al espacio público en la escala del barrio (Berroeta et al., 2016).

Merendero Emmanuel en el barrio La Esperanza, Escobar

En nuestro recorrido tanto profesional como personal, nos hemos encontrado trabajando o articulando con distintos espacios comunitarios en diferentes localidades, liderados sobre todo por mujeres, con las que hemos tenido la posibilidad de interactuar profundamente y a las que hemos visto trabajar en pos del mejoramiento de los barrios que habitan. Barrios con calles de tierra, falta de servicios básicos, sin acceso seguro a la tierra, entre otras cosas.

El espacio comunitario elegido para esta investigación a los efectos de realizar un estudio y análisis de la participación de las mujeres en este tipo de espacios fue el merendero Emmanuel. Ubicado en el barrio La Esperanza, en la localidad de Garín, dentro del partido de Escobar en la Zona Norte de la provincia de Buenos Aires; el barrio es un asentamiento, los terrenos se encuentran a lo largo de la calle Olivera César, entre las avenidas Fructuoso Díaz y Juan Manuel de Rosas.

El barrio existe desde hace más de 20 años. Durante sus primeros años, se lo conoció como La Tablita, nombre que surgió a raíz de la forma en que se iban construyendo las viviendas (principalmente con maderas) alrededor de la calle Olivera César. Para los vecinos del barrio, el nombre tenía una connotación negativa, por lo que contemplaron el cambio. A partir de la creación del ReNaBaP y de la consulta sobre cómo se llamaba el barrio, los vecinos encontraron la oportunidad para oficializar el nuevo nombre y registrarlo como La Esperanza.

Mapa 1. Barrio La Esperanza, Garín, Escobar

Diagrama, Mapa  Descripción generada automáticamente

Fuente: www.google.com/maps.

Según los datos de 2018 del ReNaBaP, el barrio está formado por 160 viviendas aproximadamente, en las cuales residen aproximadamente 176 familias, y fue creado en la década de 1990. Con relación al acceso a los servicios públicos, los habitantes cuentan con una conexión irregular a la red de energía eléctrica, los efluentes cloacales son el desagüe a cámara séptica y pozo ciego, el acceso al agua corriente es a través de bomba de agua de pozo domiciliaria, cocinan con gas en garrafa, y la calefacción es principalmente a gas o con carbón. La situación dominial del barrio apunta a que no hay ninguna seguridad en la tenencia del terreno, estando este clasificado como un asentamiento.

Por otro lado, el barrio no cuenta con un sistema de desagote pluvial, por lo cual se inunda cada vez que llueve, debido a que el arroyo Garín rebalsa y está en las inmediaciones del barrio. Asimismo, la luminaria pública es deficiente e insuficiente. Por estos motivos, el servicio de ambulancias, si es de noche, ingresa solo si tiene custodia policial; si no, no lo hace. Los niños y adolescentes asisten a dos escuelas ubicadas a aproximadamente diez cuadras del barrio, una se encuentra localizada en el barrio Nueva Argentina, y la otra, en el barrio La Loma. Así también, La Esperanza cuenta con una UDP (Unidad de Diagnóstico Precoz) con guardia las 24 horas, salas de quirófano e internación y una sala de atención primaria, y a dos cuadras se encuentra próximo a inaugurarse el Hospital Bicentenario. Las líneas de colectivos, pese a que no ingresan al barrio, pasan por una de sus esquinas, siendo muy utilizadas por los vecinos.

En el marco de los proyectos llevados adelante por la ONG TECHO[3], desde el 2012 funcionó en el barrio una mesa de trabajo. Entre otras cosas, se llevó adelante la construcción de viviendas particulares de emergencia y un salón comunitario, donde funciona el merendero. Además, se organizaron distintos eventos de recaudación de fondos para afrontar la construcción de veredas, tachos de basura y limpieza de zanjas.

Actualmente, la persona que está al frente del merendero es Mabel Uviedo, vecina del barrio desde hace más de 17 años. Mabel tiene 43 años, ocho hijos y tres nietos, y se encuentra cursando el tercer año de la carrera docente, además de trabajar en el comedor desde hace seis años. El lugar donde funciona el merendero es un salón comunitario dentro del predio de la casa de María Dorado, una vecina que hasta hace poco estuvo al frente de él; hoy en día sigue participando, pero no como su responsable. María, de 51 años, tiene cuatro hijos y cuatro nietos, es una de las vecinas históricas de La Esperanza, vive desde hace unos 20 años en el barrio y comenzó trabajando en el ReNaBaP como encuestadora para el barrio; hoy por hoy es capataz de una cooperativa en Escobar.

El salón comunitario se encuentra en la parte delantera del terreno, seguido de la cocina y la vivienda, en la que vive con su familia. El espacio cuenta con un amplio sector al aire libre en donde se desarrolla una parte importante de las actividades. Funciona como un punto de encuentro de la comunidad desde donde se dinamizan todo tipo de iniciativas.

Brevemente, y en líneas generales, podemos señalar las siguientes actividades que el merendero lleva adelante:

  • Clases de enseñanzas bíblicas: dirigidas a las infancias del barrio. Funcionan de lunes a viernes por las tardes en tres grupos divididos por edades. Uno de ellos se lleva a cabo en el salón comunitario, y dos de ellos en la zona del patio. La distribución de los grupos cambia dependiendo de la cantidad de asistentes, por día acuden entre 25 y 35 niños y niñas cuyas edades van desde el año y medio hasta los 16 años. Una vez terminada la clase, se merienda en el espacio antes de finalizar la jornada.
  • Olla popular: los sábados en la hora del almuerzo, se hace una olla popular dirigida a las niñas y los niños que acuden al espacio durante la semana. Las personas acuden al merendero con ollas, tuppers y recipientes para poder llevarse el almuerzo a casa.
  • Actividades recreativas dirigidas a las niñas y los niños del barrio: son de carácter excepcional y buscan festejar un motivo puntual, como el Día de las Infancias, al que llegan a acudir hasta 300 niñas y niños. El alto número no solo corresponde a habitantes del barrio, indica Miguel (esposo de Mabel), sino así mismo a familiares que van de visita. Dichas actividades buscan tener un carácter recreativo, por lo que no solo hay merienda, sino también regalos o sorteos. Por lo general, las acciones que se realizan suelen estar articuladas con la Iglesia Evangélica Pentecostal Espíritu Santo, que se encuentra en el barrio, dado que algunos feligreses participan activamente en el merendero.
  • Punto de encuentro de la comunidad: el merendero no solo funciona como tal, sino que es un espacio de encuentro comunitario para discutir sobre diversas cuestiones que impactan en la calidad de vida de los habitantes del barrio.

A lo largo de la primera jornada de observación, María comentó que desde el espacio también se llevó adelante el asesoramiento legal a vecinos del barrio para acceder al certificado de vivienda de ANSES (Administración Nacional de la Seguridad Social). Plantearon la importancia de que todos sepan de la existencia de ese certificado ya que es un registro de las familias en situación de emergencia en el ReNaBaP. Este permite solicitar servicios públicos y realizar diversos trámites. En esta misma línea, Mabel mencionó que lo ideal sería gestionar el zanjeo y sistema de desagües para el barrio, ya que, si bien es costoso, mejoraría mucho la calidad de vida de los habitantes. Sin embargo, en asambleas del barrio, no hubo quórum. Por tal motivo, comentó que, al menos, “entonces deberían poder gestionar lomas de burro y carteles para señalización”.

El merendero actualmente no cuenta con una personería jurídica, lo cual le impide acceder al presupuesto participativo del municipio. Desde la mesa de trabajo, se habló sobre la posibilidad de empezar a hacer el trámite con el acompañamiento de las coordinadoras de TECHO.

¿Por qué el merendero Emmanuel?

Para elegir el caso de estudio, nos basamos tanto en nuestra experiencia directa como en nuestros conocimientos sobre la temática. Finalmente, optamos por el caso del merendero Emmanuel por dos motivos: el primero, porque ha sido un espacio que se construyó de forma comunitaria, siendo liderado y sostenido mayoritariamente por mujeres desde hace dos décadas; el segundo, porque también funciona como un punto de encuentro y articulación con diferentes organizaciones para la mejora de la calidad de vida de la comunidad.

El trabajo de campo lo llevamos a cabo durante el mes de julio de 2021, yendo al merendero en dos oportunidades: la primera el sábado 3 de julio para hacer una primera visita, y la segunda el sábado 17 de julio para realizar entrevistas a María y Mabel, referentas del espacio comunitario.

Durante el desarrollo de la primera visita al espacio, la recepción fue cálida y gentil. La primera parte de la reunión y el almuerzo lo mantuvimos en el sector al aire libre con el que cuenta el espacio. Luego, continuamos la charla en el salón comunitario, un espacio construido entre la comunidad y TECHO en el año 2018 en el que hay un pizarrón, libros, carteles didácticos, sillas y mesas. TECHO trabajó durante casi diez años en conjunto con el barrio con distintos programas y proyectos, tales como la construcción de viviendas de emergencia, el asfaltado de las calles, y la coordinación y el apoyo de una mesa de trabajo. Este último espacio, activo desde 2012, contó con la participación de distintos voluntarios a lo largo del tiempo, cumpliendo el rol de facilitadores de las reuniones de los vecinos interesados en participar, en las que se debatían problemáticas y proyectos.

El objetivo de esta primera instancia era conocer el espacio y a sus integrantes. Una vez que llegamos, se dio comienzo a una reunión de la mesa de trabajo en la que se encontraban dos voluntarias de TECHO, Mabel, Miguel (esposo de Mabel), Adriana (vecina del barrio) y María. Pudimos observar rápidamente que el espacio funciona como punto de encuentro para pensar soluciones concretas a las necesidades del barrio. Nos contaron que recientemente habían impulsado un proyecto para fabricar tachos de basura. Estos fueron construidos en el barrio y distribuidos para su uso comunitario. Durante la reunión se evaluó rápidamente el impacto del proyecto, considerando que el resultado fue positivo, pero que había faltado la participación de más vecinos. Mabel, líder del espacio, comentó que es muy difícil que la gente del barrio se involucre con proyectos que tengan que ver con la transformación del hábitat. Sin embargo, destacó que hay un interés que puede ser explotado, ya que, una vez que se llevan adelante este tipo de iniciativas, hay cada vez más vecinos que se acercan para informarse. Se deben pensar más estrategias para incluirlos.

La segunda visita consistió en realizar entrevistas individuales a Mabel y María. La idea era poder adentrarnos en cómo ellas ven su participación y cómo dimensionan el impacto que tiene esta en el barrio y la comunidad. Asimismo, a partir de estas entrevistas, pudimos establecer una línea del tiempo sobre el merendero Emmanuel, desde sus inicios, y cómo fue articulando con diferentes organizaciones que tenían injerencia en el barrio.

Durante sus primeros años, el merendero no contaba con un espacio fijo y funcionaba en articulación con la iglesia. Su única actividad por esos años consistía, precisamente, en dar la merienda, tal como lo señala el nombre del propio espacio:

Hace 18 años comenzamos dando merienda, que la hacíamos allá en la iglesia y la traíamos acá. Veía muchos chicos que estaban en la calle, se levantaban al mediodía y estaban todo el día ahí. No desayunaban, ni merendaban. Así que en ese momento hablé con mi pastor y le comenté que a mí me gustaría hacer algo para darle a los chicos, pero bueno, que no tengo nada. Y él agarró y me dijo “Sí, vamos a hacerlo”. Así que bueno, empezamos así. Poníamos entre todos, hacíamos las meriendas en la iglesia y la traíamos para acá. Así estuvimos fácil cinco años, hasta que pudimos hacer acá un espacio de madera. Después ya lo hacíamos acá, la merienda, el desayuno y todo eso (María Dorado, fundadora del merendero Emmanuel).

Tanto María como Mabel son vecinas muy importantes para la comunidad del barrio. No solo las personas acuden a ellas cuando se trata de algo relacionado al merendero o a las actividades que llevan adelante, sino que su opinión es escuchada y respetada por las y los habitantes del barrio.

Como te decía hace un rato, no me gusta el nombre “referente”, pero sí siempre sentí que los vecinos podían contar con nosotras. Siempre que hay algo los vecinos mandan para acá o “Vayan a hablar con María” o “Vayan a hablar con Mabel” (Mabel Uviedo, actual responsable del merendero).

Como ya señalamos, el segundo motivo por el que elegimos el merendero fue porque funciona como punto de encuentro y articulación con diferentes organizaciones para la mejora de la comunidad. Más allá de las iniciativas que se llevan adelante desde la mesa de trabajo, María y Mabel motorizan las discusiones que tienen que ver con la búsqueda de soluciones y alternativas a las condiciones de vida dadas. En este sentido, ellas reconocen que llevan adelante roles de liderazgo o referencia en la comunidad, aunque demostraron no sentirse del todo cómodas con esos términos cuando se les preguntó a ambas por el rol que cumplen en el espacio:

Muchos a mí me dicen “referente”, pero a mí no me gusta la palabra “referente”. Soy una vecina con la que pueden contar. Eso. Pero no me gusta la palabra “referente” (Mabel).

¿Por qué no te gusta la palabra “referente”?

No sé, es como que pareciera que es muy pesada. Es una palabra muy pesada. Así que prefiero que digan la vecina que está (Mabel).

¿Cuál es el rol que considerás que cumplís dentro de este espacio?

¿Rol? No sé si tengo un rol fundamental. Yo siempre fui una persona de trabajar en equipo. Creo que siempre hubo personas con las que estuvimos trabajando, ahora como Mabe y Migue y bueno, nada, entonces nunca dije: “Así porque yo soy la líder, así porque yo mando” o cosas así. No, al contrario, siempre me gustó que se sume gente a trabajar, y para mí somos todos iguales (María).

Las motivaciones que guían la participación comunitaria de María y Mabel están relacionadas directamente con la posibilidad de transformar y mejorar los espacios públicos que habitan. En este sentido, esto nos resultó acorde para explicar y analizar cómo se construye este espacio comunitario y cómo, desde la práctica, hacen posible el habitar y entender los espacios bajo una lógica del cuidado del otro y de todo su propio entorno.

Cómo, dónde y por qué participan las mujeres en los espacios comunitarios: las experiencias de María y Mabel

Como desarrollamos anteriormente, la participación de las mujeres en el espacio comunitario no solo está dada por la urgencia de satisfacer necesidades básicas, sino también por la voluntad de tener nuevas experiencias de socialización en el espacio público. La esfera pública pasa a tener la potencialidad de la construcción colectiva, pensar más allá de las lógicas individuales para encontrar soluciones colectivas.

Para poder describir las tareas realizadas por estas dos referentas, nos parece importante reflexionar sobre el significado que ellas tienen sobre el concepto de “espacio comunitario”:

¿Qué es un espacio comunitario? Y… es algo que está abierto para todo aquel que lo necesite. Que todo lo que se haga ahí sea para un bien público, o sea, un bien para todas las personas. Creo que sería eso (María).

El mejor lugar. El mejor lugar. Creo que el espacio comunitario llena, aparte de Dios, llena todos los vacíos que podamos tener en la sociedad. Creo que todo lo que pasa por el espacio comunitario marca. Por ejemplo, acá los chicos pueden ir a cualquier merendero o a cualquier comedor o algo, pero siempre están esperando de acá, de Mari, de Miguel, de mí. Y creo que es eso, creo que esa es la marca que dejamos en los chicos.
Una vuelta, hace como dos años atrás, estaba re cansada yo, y estaba pensando en dejar. Porque estaba muy cansada, muy cansada. Y bueno, uno de los nenes, nos habían invitado, a todos los chicos de acá de la escuelita, nos prepararon un agasajo para nosotros. Y fuimos, todo, y el chico ese me dice “Mabe, cómo vas a irte, si tenés 60 hijos”. Eso me entró tanto en el corazón que no lo pude dejar (Mabel).

Las motivaciones que las llevaron a participar, construir y sostener el espacio comunitario no solo fueron dadas por su contexto o por sus historias personales, sino también por las formas de ver y entender el propio entorno.

El espacio local alrededor del lugar de habitación en la ciudad funciona como un resorte que impulsa la salida de las mujeres a la escena pública –lo que no quiere decir que no encuentren obstáculos, censuras o violencia en el camino–, y es un potencial terreno fértil para que crezcan como sujetos sociales y ciudadanas (Massolo, 1999: 81-82).

Nos dicen las referentas:

—¿Por qué decidiste participar en este espacio? ¿Qué fue lo que te motivó a ser parte?

—Nada, es algo que me nació, como yo le decía, por el hecho de que, bueno, yo pasé mucha necesidad. Desde chica pasé mucha hambre, frío. Me crie con mi mamá, ella falleció cuando nosotras éramos chiquitas, yo tenía tres añitos y mi hermana tenía dos, y bueno, y quedamos prácticamente solas, con mi papá. Y él se iba temprano al campo a trabajar, a cosechar, y se iba, yo me acuerdo que se iba de noche y venía de noche. Así que no sé a qué hora era, pero bueno, sabía que se iba de noche y venía de noche. Así que, bueno, nosotros pasábamos todo el día sin comer nada, sin desayunar, sin almorzar, sin nada. Y bueno, nada, me veía muy reflejada en esos nenes que estaban todo el día en la calle, ¿no? Y yo me acordaba que yo también pasé por eso, estaba todo el día sin comer, sin desayunar, sin almorzar, hasta la noche, que venía mi papá. Así que eso es lo que me incentivó a poder hacer esto (María).

—Vos particularmente ¿por qué decidiste empezar a participar en el espacio, a construir el espacio?

—Es un poco lo que había dicho, de devolver el favor, por un lado, que habían hecho por mí. El compromiso que había tenido la organización TECHO en el barrio, con las familias, el poder ayudar con el tema de las viviendas y bueno, después de esa manera poder ayudar en el barrio a través de otras cosas. Entonces eso fue lo que me movió, me incentivó. Aparte en esos tiempos había calles de tierra, teníamos montañas, no pasaba el basurero, eran un montón de cosas que pasaban. No había nada. Eso me movilizó a trabajar. Aparte es lindo, es gratificante, más allá de que uno reniega con los vecinos, es gratificante, son cosas que nos llenan el corazón y el poder ayudar así, poder estar con el otro, para el otro (Mabel).

A partir de los relatos de las protagonistas, podemos empezar a notar cómo el espacio comunitario se fue configurando como un lugar de pertenencia y realización personal. Ellas representan lo que Di Marco denomina como “mujeres en movimiento”, las cuales son “aquellas que actúan conjuntamente para alcanzar objetivos comunes, sean o no feministas” (Di Marco, 2011: 302), pero que dan un primer paso clave para romper las barreras de lo privado.

Entendemos la participación comunitaria como una toma de conciencia colectiva de toda la comunidad sobre factores que frenan el crecimiento, por medio de la reflexión crítica y la promoción de formas asociativas y organizativas que facilitan el bien común; es decir, se pretende vincular a la comunidad para la investigación de sus propios problemas, necesidades y recursos existentes, la formulación de proyectos y actividades, la ejecución de proyectos mancomunados entre las comunidades y las instituciones, y la evaluación de las actividades que se realizan en cada proyecto.

El espacio comunitario y la pandemia

Las visitas al espacio comunitario se dieron a mediados del 2021, momento en el cual comenzaban a flexibilizarse las medidas impuestas por el Gobierno Nacional para combatir la crisis sanitaria desatada por la pandemia del covid-19, que impactó en todo el mundo.

En particular en nuestro país, se declaró el 20 de marzo del 2020, comenzando un periodo de “aislamiento social, preventivo y obligatorio” (ASPO) que se extendió hasta el 31 de enero del 2021. Este consistió principalmente en que las personas tenían que permanecer en su vivienda. Por lo tanto, no podían ir a sus lugares de trabajo ni desplazarse por espacios públicos. Lo que se permitía era salir para lo mínimo indispensable, para aprovisionarse de artículos de limpieza, medicamentos y alimentos.

Entre las medidas, se declaró que, durante la vigencia del ASPO, los trabajadores del sector privado gozaban con el derecho de que se les garantizasen sus ingresos habituales. Sin embargo, podemos argumentar que estas medidas en particular afectaron, no solo en la circulación, sino también en el desarrollo de las actividades económicas, a los sectores más vulnerables, debido a que se vieron imposibilitados de ir a trabajar, y, al ser el sector que está contratado bajo la mayor informalidad, no pudieron contar con los ingresos que les correspondía de acuerdo con las medidas declaradas.

Según revela un estudio de CIPPEC (2021), los jóvenes de hasta 29 años de niveles educativos bajos y con trabajos informales fueron los más afectados por la caída en la tasa de empleo registrada durante el 2020, como consecuencia de la crisis económica producto de la pandemia y las medidas de aislamiento. Asimismo, la caída del empleo afectó en mayor medida a las y los trabajadores de menores calificaciones. Quienes tenían estudios primarios incompletos redujeron su empleo en un 28 %, mientras que quienes tenían estudios universitarios lo hicieron en 7,6 % de manera interanual.

Por otra parte, los sectores vulnerables fueron también los más afectados en las cuestiones sanitarias, debido a la falta de posibilidades para garantizar las medidas preventivas contra el covid-19, como el distanciamiento social, enjuagarse las manos con agua y jabón o alcohol en gel, evitar aglomeraciones y permanecer en espacios pocos ventilados, limpiar y desinfectar constantemente las superficies de alto contacto, como también debido a la falta de recursos económicos, acceso al agua corriente y los niveles de hacinamiento en los que viven.

En las visitas que realizamos, hablamos con Mabel y María sobre cómo afectó la pandemia en el barrio La Esperanza, debido a que era una cuestión sanitaria y económica que en ese momento nos estaba atravesando a todas y todos. Asimismo, indagamos sobre el rol que tuvieron ellas en el barrio y, en particular, el merendero Emmanuel.

—¿Tuvo algún impacto la pandemia en el espacio comunitario?

—Sí, vino más gente. Vino más gente en ese tiempo que fue un cambio para todos. Incluso venían de otros barrios a buscar, sí, vinieron. Y bueno lo que sí, que gracias a Dios nosotros no nos enfermamos (Mabel).

—¿Hubo contagiados por acá?

—Repoquitos, creo habrá sido el barrio con menos casos. Pero dentro de todo… (Mabel).

—Sí, un 1 %, por así decirlo. Fueron muy escasos y aislados (María).

Los impactos económicos de la pandemia no se hicieron esperar. La restricción a la circulación le impidió a una gran parte de los sectores populares salir a trabajar como lo hacían en situaciones de normalidad, por lo que aumentó la demanda en los merenderos, las ollas populares y los comedores de todo el país. Dicha situación se vio reflejada en el caso del merendero Emmanuel, en donde, a partir de la pandemia, hubo mayor demanda, más asistentes y más tareas para tomar.

—Dentro del espacio comunitario, ¿se dio algún impacto en particular, puede ser económico, o si vino más gente, o si tuvieron que cambiar alguna forma de organización que tenían antes?

—¡Sí! Un impacto tremendo en la demanda, como que de golpe y porrazo era… era, no sé, hacer más comida, era dedicarle aún más tiempo a las cosas que hacíamos, al lugar, acá, al espacio. Sí, creo que, como quien dice, creo que el cimbronazo fue fuerte, se sintió en todos lados, en todas las familias. De repente, de pasar a cocinar para ponele 25, 30 chicos, pasamos a cocinar para… ¿Cuánto hemos llegado a tener? ¿40 familias? (María).

—Sí (Mabel).

—40, 50 familias. Pasamos las 200 y pico de personas los primeros tiempos de pandemia (María).

—Eran 150 chicos, solamente chicos eran 150 (Mabel).

La restricción en la circulación afectó varias dimensiones de la realidad de los barrios populares en general y de los espacios comunitarios en particular. Una de estas dimensiones fue la social, es decir, las instancias de socialización y participación que se daban en el merendero.

El ASPO impidió que al espacio comunitario llegaran voluntarias y voluntarios con regularidad. En este, antes de la pandemia, se realizaban talleres dirigidos a las vecinas y los vecinos, como el taller de coaching y el taller de lectura saludable. Eran en estas instancias en donde el merendero se construía como un punto de encuentro de la comunidad.

El contexto social obligó a las voluntarias y los voluntarios del merendero Emmanuel a concentrar energías en cumplir con las demandas del momento, motivo por el cual algunas de las actividades educativas y los talleres se vieron pospuestos por tiempo indeterminado.

—¿Hubo alguna dificultad que trajo la pandemia para el espacio comunitario?

Y sí, que no se pudo seguir con talleres, que teníamos como talleres de coaching, de lectura saludable… En esas cosas fue que no se pudo seguir y que no se pudo retomar. Porque ahora todo es por Zoom, todo es virtual, y a la gente mucho no le gusta lo virtual tampoco (Mabel).

La virtualidad, si bien fue una opción durante la restricción de la circulación, seguía sintiéndose ajena por parte de las vecinas y los vecinos de barrios populares. La virtualidad no fue un reemplazo de los espacios de socialización y de las instancias de participación comunitaria.

Es importante destacar que, a pesar del contexto adverso, el merendero nunca dejó de ser un punto de encuentro de la comunidad. Mabel y María nunca dejaron de pensar en acciones concretas que mejorarían la calidad de vida de la totalidad de los habitantes de La Esperanza, como se vio reflejado en la iniciativa de los tachos de basura.

La producción autogestionaria del hábitat

En el texto de María Carla Rodríguez y María Soledad Arqueros Mejica (2020), se habla de la puesta en marcha de procesos colectivos y de la toma de decisiones y disputas por la orientación de la producción de sus propios territorios. Dichos procesos fueron liderados y conducidos mayoritariamente por mujeres, quienes se involucran a partir de sentirse interpeladas en sus roles tradicionales de madres y cuidadoras.

Los procesos de producción autogestionaria del hábitat son procesos colectivos; por lo tanto, se dan en coexistencia con las lógicas propias de las ideologías patriarcales, las cuales aparecen en forma de mandato. Estas ideologías patriarcales tienden a reforzar el uso de dicotomías tales como público-privado, productivo-reproductivo, movilidad-inmovilidad, estableciendo representaciones espaciales de lo femenino y lo masculino, y afectando el ordenamiento urbano y la estructura espacial (Soto Villagrán, 2016). Pese a esta organización cultural –y hasta geográfica–, son las mujeres las que deciden salir de este proceso de exclusión para reordenar sus territorios y generar cambios positivos para sus comunidades.

Las referentas del merendero Emmanuel, en un principio, se sintieron interpeladas desde sus roles tradicionales de cuidadoras y, a partir de eso, han podido llevar adelante acciones que excedan ese rol y que tienen un impacto palpable en su comunidad. Ese impacto lo medimos en términos subjetivos y objetivos. En términos subjetivos, está lo que significa la figura de María y Mabel para su comunidad, quienes son respetadas por el compromiso y la transparencia con que llevan adelante el merendero, además de generar una influencia en las infancias y adolescencias que transitan por sus espacios educativos. En términos objetivos, están los logros palpables con relación a la producción autogestionaria del hábitat, como la construcción de las veredas y la asesoría en términos legales de los vecinos para que puedan mejorar sus condiciones individuales de subsistencia.

El merendero Emmanuel es un punto de encuentro de todo el barrio y desde ahí se piensan acciones de diversa naturaleza para mejorar la calidad de vida de sus habitantes. Muchas de esas acciones no son pensadas solo por María o Mabel, sino que son llevadas al espacio también por otros vecinos de la comunidad. Sucede lo mismo con las formas de materializar estas acciones.

Al conocer con más profundidad la historia de este espacio comunitario, fuimos viendo con mayor claridad que en su interior se da un proceso conocido como “producción autogestionaria del hábitat”. El espacio urbano donde se localiza el comedor fue modelado y es modulado por los diferentes procesos sociales, económicos, culturales y hasta políticos que lo atravesaron, pero fue también absorbido por las referentas barriales para poder acompañarlo y moderar de forma positiva su impacto con el objetivo de encarar proyectos y espacios de progreso, construcción y sentido de pertenencia para con todos los vecinos que habitan este barrio popular.

En el barrio La Esperanza, se lleva adelante un trabajo continuo sobre las acciones que pueden efectuarse para mejorar el espacio que habitan todos. Hay una diferenciación muy clara entre las acciones de beneficios individuales (tareas de asesoría, por ejemplo) y las acciones de beneficios colectivos (como la olla popular). Esta delimitación habla claramente del nivel de organización y compromiso con el que se llevan adelante las tareas en el espacio.

Conclusión

Como pudimos argumentar a lo largo de estas páginas, el rol y la participación de las mujeres son un factor clave para el desarrollo tanto de las comunidades como de la reproducción social del hábitat en los barrios populares. En un mundo donde las mujeres son un grupo marginalizado y con poca representatividad en las altas esferas de poder y sus tomas de decisión, en los barrios populares su accionar cobra una vital importancia y se convierten en figuras muy importantes.

Desde las medidas neoliberales adoptadas en la década del 90, se inició un proceso de achicamiento y descentralización del Estado que terminó de romper con el modelo de Estado de bienestar, lo cual desencadenó la crisis económica y el estallido social del 2001. Fueron las mujeres quienes, a partir de este suceso, comenzaron a tomar estos roles de liderazgo y de responsabilidades sin los respaldos y apoyos necesarios del Estado. Como resultado de estos sucesos, surgieron nuevos procesos y vivencias territoriales en estas últimas décadas.

Como se pudo ir observando, la formación de vínculos, trabajos en redes y contactos sociales informales en estos espacios comunes generó lazos de confianza tales, que las mujeres comenzaron a desempeñar un papel central en el crecimiento y la consolidación de la comunidad. En nuestro caso de estudio, el merendero Emmanuel se presenta como un espacio que ofrece las oportunidades de participación y sentido de comunidad para el libre desarrollo de la producción autogestionaria del hábitat.

Los roles de cuidado traspasan fronteras y continúan en el barrio mediante su rol de acompañantes, gestoras y planificadoras de los diferentes procesos que suceden en el día a día, desde los asesoramientos legales, hasta el comedor o el acompañamiento en la gestión del Certificado de Vivienda ReNaBaP.

Como se pudo percatar, el sistema patriarcal en el que el mercado de trabajo está inmerso excluye doblemente a las mujeres: primero por ser pobres y luego por su condición de feminidad. De esta forma, se generan en paralelo dos trabajos esenciales, el de la producción, mediante el trabajo precarizado que da sustento a sus familias, y el de la reproducción, mediante las tareas de cuidado en sus propios hogares. A este binomio le debemos agregar un tercer eje que lo termina transformando en una tríada: el trabajo de reproducción comunitario no rentado, espacio en el cual las tareas de cuidado traspasan el ámbito privado para desarrollarse de forma comunitaria. Es este espacio que no solo da contención y respuesta a las problemáticas surgidas del propio territorio, como bien ejemplifican las protagonistas con la colocación de carteles nomencladores con el nombre de las calles o cestos de basura para evitar la creación de microbasurales y puntos de arrojo, sino que también da respuesta y contención a los vecinos que habitan ese territorio, con apoyo escolar, merendero, entre otras actividades.

Durante el periodo del covid-19, se pudo observar que los espacios y roles del merendero Emmanuel mutaron, se profundizaron y organizaron en redes para garantizar un plato de comida y las necesidades básicas hasta el momento insatisfechas. Las actividades propuestas no solo tuvieron que reorganizarse y reforzarse, sino que también nuevas necesidades surgieron, y allí estas referentas, María y Mabel, estuvieron para poder hacerles frente. En este contexto, y en este caso en particular, comenzaron a organizar ollas populares diarias y acompañaron a los vecinos por las consecuencias del ASPO.

Por último, es importante destacar algo que nos sorprendió: la no identificación con el feminismo por parte de las dos referentas. Mientras que el feminismo nos empodera y nos muestra nuevos roles, nuevas formas de producir y reproducir, y de ver los espacios donde nos sumergimos y desarrollamos, ambas participantes nos contaron que no se sienten parte del movimiento, que su empoderamiento viene dado desde su rol en la comunidad y su esfuerzo en todas sus actividades. Reflexionando sobre sus palabras, pudimos entender que existe una parte del discurso feminista que, al ser tan masivo, no logra llegar a todas las mujeres, no representa sus necesidades ni sus realidades. Sí podemos notar en la práctica un feminismo más intuitivo, arraigado a las experiencias de vida de las protagonistas, y a sus propias prácticas comunitarias. Entendemos también que esta suerte de dilema y de distancia que podemos notar entre algunos discursos y la práctica no desestima que igual hay una lucha común en busca de la igualdad de género en todas las bases sociales, ni cambia que las mujeres tienen un rol importante, preponderante y altruista en la transformación de sus barrios, en el sostenimiento de las actividades que allí transcurren. Es este rol, a decir verdad, también poco reconocido por espacios estatales, académicos y de la sociedad civil.

Consideramos que es de vital importancia seguir dando conocimiento del rol de las mujeres en sus comunidades, de las acciones que promueven en pos de la mejora de su barrio y calidad de vida de la comunidad. Comprender esto es necesario para poder proyectar nuevas políticas sociales en favor de ellas y sus comunidades.

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  1. Entendemos al AMBA como territorio conformado por la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y 40 municipios de la provincia de Buenos Aires.
  2. En el capítulo VII, “Reflexiones y desafíos. Usos del tiempo en tareas de cuidado en Villa Fiorito”, se profundiza la temática de las tareas de cuidado y el trabajo no remunerado (nota del director).
  3. TECHO es una organización sin fines de lucro conformada por jóvenes voluntarios y voluntarias junto con habitantes de asentamientos populares de América Latina.


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