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Velocidades malignas
y materialismo gótico

Especulación tecnochamánica en Ygdrasil de Jorge Baradit

Belisario Zalazar

A fines de los 90 del siglo pasado, y a principios de nuestro siglo XXI, la realidad entró en un acelerador de partículas dirigido por máquinas cibernéticas, empresas transnacionales y agentes financieros, lo que generó una serie de cortes, flujos, ondas asociadas, objetos parciales, vectores convergentes y líneas disociativas que desterritorializaron el pensamiento, en tanto función de la materia, hacia un espacio-tiempo (un Real) extraño, casi espeluznante. Mark Fisher, siguiendo los rastros de silicato que dispersó Nick Land por los cibercanales ocultos en el subsuelo de aquella realidad maquínico viscosa, intuyó que una guía para desenmarañar y decodificar esos flujos podía ser pensarlos a través de un enfoque al que llamó materialismo gótico. Ya no habita(ba)mos un mundo cognoscible a través de categorías que operan por pares que se oponen en un cuadro aristotélico, la lógica se derrite y gradientes infinitesimales irrumpen en la superficie: vida/muerte, cuerpo/mente, orgánico/inorgánico, animado/inanimado, humanos/no humanos, y un largo etcétera, pasan a ser significantes difusos sin un sentido claro y distinto. Ingresamos, continúa Fisher, a la zona de la flatline gótica:

El concepto de flatline tiene al menos un doble sentido. En primer lugar, señala un término vernáculo para la lectura del Electro-Encefalograma (EEG) que indica la muerte cerebral; una representación, en los monitores digitales, de nada: no-actividad. Para el Materialismo Gótico, sin embargo, el flatline es donde todo sucede, el Otro Lado, detrás o más allá de las pantallas (de la subjetividad): la “línea de Afuera [line Outside]”. Delinea no una línea de muerte, sino un continuum que envuelve –pero finalmente va más allá de– la muerte y la vida. (Fisher, 2009: 63-74)

En la flatline los sujetos, los agentes, tanto humanos como no humanos, se neutra-alisan, son puestos en suspensión con respeto a la vida y la muerte.

El Materialismo Gótico es un aparato protésico cognitivo-perceptual que nos permite movernos en la flatline, realidad mutagénica donde las narrativas de Terror y las de Ciencia Ficción pasan a ser el nuevo realismo en tiempos del capitalismo tardío. En esta zona es lo anorgánico, teorizado por Deleuze-Guattari en Mil mesetas, lo que desplaza tanto la idea de sujeto antropoide como la misma noción de centro de escena.

Específicamente, estos textos [suscritos a los géneros del Terror y la Ciencia Ficción] han estado fascinados por los conceptos de agencia-sin-sujeto y cuerpos-sin-órganos, que emergen en la forma ambivalente de los Blade runners, Terminators e IAs que acechan la actual pesadilla-masivamente-mediatizada. (Fisher, 2009: 69)

Lo que aparece, parasitando y carcomiendo los espacios y fagocitando las cronologías, es la agencia en plural, agenciamientos maquínicos que producen lo real sin planes ni teleologías aparentes. Y por estar imbuido de este avatar gótico, que no tiene nada que ver con lo sobrenatural sino con un realismo perturbador, este materialismo lee a través de ciertas ficciones catalogadas como cyberpunk, ciencia ficción implosionada y horror corporal esa gran maquinaria materialista en la que seguimos “atrapados”.

Ygdrasil, novela escrita por el chileno Jorge Bardit en 2005, pertenece a esta familia del materialismo gótico. Literatura que surge a partir de muchas de las preocupaciones que sembró la cibernética desde mediados del siglo XX, despliega un universo donde los sujetos circulan por espacios y dimensiones yuxtapuestos, y la realidad se presenta como un plano de inmanencia radical producida por agentes humanos, chamanes digitales, espíritus ancestrales, almas de ultratumba, máquinas cibernéticas sofisticadas, Estados nacionales, empresas transnacionales, cuerpos esquizos y desmembrados, fanáticos y delirantes animados por las drogas, la sed de acumulación y derroches de toda índole. La realidad deviene inhumana, tecnocosmos donde nada viene dado sino que todo es producido por lo que Nick Land, leyendo a Deleuze-Guattari (sí, una vez más los criptofilósofos de nuestro tiempo), llamará inconsciente trascendental.

La novela Ygdrasil crea un mundo que para muchos aún hoy parece imposible, una fantasía delirante que bajo ningún aspecto participaría de la ontología que subsume todo aquello que bajo ciertos parámetros lógicos racionales llamamos mundo humano. Sin embargo, precisamente en esa ambivalencia o imposibilidad material radica el truco de ciertas especulaciones que parecen desviarse del curso normal de las cosas, adentrándose en una especie de hipercaos (Meillassoux, 2018) donde ni el principio de no contradicción subsiste como axioma operativo. Escrita a principios del siglo XXI, y enchufando a 220 las frecuencias del cyberpunk (de Neuromante a la trilogía de Matrix, pasando por Ghost in the Shell y Akira) en un sintetizador latinoamericano hecho de piezas made in Bolaño, entre otros territorios literarios, el universo de Ygdrasil puede leerse hoy en día como una hiperstición en proceso, siguiendo el concepto elucubrado por el CCRU liderado por Nick Land. Para el pensador inglés, la hiperstición se refiere a una idea performativa que provoca su propia realidad, una ficción teórica que tiene la capacidad de producir, por una especie de taumaturgia tecnorreflexiva, el futuro que fabula-predice. En palabras de Peter Vysparov, uno de los heterónimos del Land de los 90: “Nos interesa la ficción solo en la medida en que se vuelve hiperstición (término que hemos acuñado para designar aquellas producciones semióticas que se vuelven reales a sí mismas)” (Land, 2019: 173).

La hiperstición más potente de Land, y la más conocida, es su texto Colapso, redactado a mediados de los 90 del siglo pasado. De hecho, la inmersión en este texto no es casual, pues el párrafo con el que abre bien puede funcionar como una sinopsis y, por qué no, una de las tantas sinapsis que componen el argumento de la novela que estamos analizando:

La historia dice así: la Tierra es capturada por una singularidad tecnocapitalista al tiempo que la racionalización renacentista y la navegación oceánica se supeditan al arranque de la mercificación. La interactividad tecnoeconómica, en aceleración logística, derruye el orden social en un desenfreno maquínico autoasfixiante. En tanto los mercados aprenden a manufacturar inteligencia, la política se moderniza, incrementa la paranoia e intenta tomar el control. (Land, 2017: 50)

Pero decimos una, pues la gran máquina informática que es Ygdrasil, como universo legible pero también como máquina tecnochamánica al interior de ese universo hipersticional, se compone de múltiples dendritas que provocan el colapso ansiado por Land. Lo que colapsa es el tema de nuestro tiempo, el tiempo de Ygdrasil.

Como bien supo leer Rodrigo Baraglia (s/f) en un pequeño artículo dedicado a dilucidar el concepto de cuerpo que habita el mundo ficcional codificado por Baradit, la ontología que permite el conflictivo friccionar de los existentes en la novela es una ontología plana, comparable a aquellas ontologías raras, para usar un calificativo teorizado por Graham Harman, uno de sus máximos exponentes. En una ontología plana, los entes participan de un mismo plano de inmanencia, es decir, no hay rupturas o saltos trascendentes que prohíban la afectación entre los diferentes modos de existencia, ni incluso, entre las diversas dimensiones que están reservadas parcialmente a determinados existentes y no a otros, al menos de manera virtual. El catalizador que genera el meltdown de las parcelas de realidad, de las dimensiones, y posibilita la aparición de una caterva surreal –desde una perspectiva renacentista, cartesiana y una episteme Humanista y sus operaciones taxonómicas de clasificación y etiquetado bajo categorías y conceptos claros y distintos–, compuesta entre otras cosas por entes organomaquínicos, ciudades vivientes, entidades espirituales, chamanes que habitan un plano astral como mentes en suspensión a kilómetros de distancia arriba de los límites del planeta Tierra, rocas y muertos que funcionan como médiums de almas muertas que viven en el Más Allá –pero que está conectado por leyes causales y produce efectos de todo tipo en el más acá– etcétera, todo ese conjunto de existentes está dado por la mediación tecnológica. Y esa mediación tecnológica, podemos inferirlo, aunque nunca se llega a describir ni desarrollar, se sustenta en un conjunto de saberes que en nuestro mundo actual reconoceríamos en la cibernética, la teoría de la información, las biotecnologías y sus mutuas retroalimentaciones. La llave, como lo indican diversos pasajes de la novela, está dada por la matemática.

¿Pero qué tipo de universo es este? ¿Qué taumaturgia posibilita que un Estado, un Banco Nacional o una empresa tengan conexiones con el Más Allá y dispongan de un arsenal de agentes encubiertos, médiums, almas reencarnadas y a su vez puedan mutilar cuerpos, insertarles dispositivos o utilizarlos como engranajes para crear artefactos digitales salidos de imaginarios propios del gore o del terror? Si los saberes y las tecnologías que encarnan esos saberes son formas de producir lo Real en un sentido literal-material y no metafórico, diremos entonces que la episteme de este universo está conformada por lo que Pablo Rodríguez llama formaciones discursivas cibernético-sistémicas. Según el filósofo argentino, teorías como la Teoría General de los Sistemas, la cibernética, y saberes y ciencias desarrollados en los últimos decenios tales como la biología molecular, la genética, las ciencias de la información aplicadas a los artefactos técnicos, así como a los sistemas sociales y psicológicos, construyen una imagen del mundo totalmente alejada de aquella episteme moderna y su figura clave, el Hombre, estudiada por Foucault en tanto grilla de inteligibilidad y tecnología creadora de mundo y subjetividades desde el siglo XVII hasta entrado el siglo XX. Lo propio de la interpretación cibernético-sistémica del mundo entiende que

[E]l universo físico es una serie infinita de intercambios entre sistemas abiertos y cerrados. […] En el universo cibernético-sistémico si hay diferencia de energía y de materia, si hay acción y reacción, inercia, velocidad, aceleración, transformaciones de energía, estímulos y respuestas, es porque hay mensajes e informaciones que aumentan o disminuyen el nivel de complejidad de los sistemas que es el índice de su potencia informacional. […] Por ahora, alcanza con destacar que los mundos viviente, humano, social y artificial pueden ser comprendidos bajo este marco. (Rodríguez, 2019: 88)

De hecho, en Ygdrasil todo es informático, los existentes se comunican, cambian de estado y se trasladan de un plano a otro y de un espacio a otro como si fueran bits viajando a través de cables y microchips o de ondas satelitales vibrando en el fondo del cosmos. No es que una “deidad” como el selknam Reche, el alma de un muerto como Gunther, o un cuerpo humano como el de Mariana habiten planos sin posibilidad de comunicarse como sucedía por ejemplo en el mundo cristiano medieval, ni tampoco es que estén hechos de sustancias distintas como en la metafísica cartesiana, sino todo lo contrario, el universo entero simula ser un inmenso artefacto tecnológico hecho de pasadizos, umbrales, vías de comunicación y túneles abiertos por el conocimiento matemático sedimentado en dispositivos y técnicas alucinantes por donde la materia devenida datos informáticos se transmite. La novela está regada de ejemplos como el que transcribimos a continuación:

Hace algunos años conseguimos convertir en datos los procesos chamánicos de exorcismo, y desarrollamos extractores que están constantemente quebrando presencias, filtrando la carga en las auras de los operarios, absorbiendo la pena que emana de algunas entidades y absorbiendo algunas almas, sedientas de calor humano, que se han arrastrado hacia nosotros evadiendo los firewalls que protegen las carreteras que abrimos entre mundos. (Baradit, 2005: 55)

Si la clave es la matemática, la información es la sustancia. Pero como bien señala Rodríguez, si bien se ha tendido a pensar la información como una sustancia ajena a la materia mecanicista y al ciberespacio o el mundo digital en términos inmateriales, en este materialismo gótico, para retomar el concepto de Fisher, “no se plantea que no hay materialidad, sino un tipo de materia diferente, homologable justamente a esa realidad de mensajes que parece ser todo lo que existe según la cibernética y la TGS” (Rodríguez, 2019: 91).

Puede que la traslación de la visión cibernético-sistémica del mundo y la idea de que la matemática es la clave de acceso a los secretos de la materialidad parezcan una mera inferencia sin fundamento en el texto. Sin embargo, la inferencia no es arbitraria. Si hay algo que hace la prosa poética de Baradit es describir, para permitir al lector comprender aquello que las teorías de los mundos ficcionales llaman accesibilidad a ese mundo narrado. Como apunta el Grupo Luthor en su estudio crítico Multiversos:

[co]mo regla general, la representación de mundos menos accesibles requiere la puesta en marcha de diversos mecanismos para explicitar las propiedades del mundo. […] El arte de los escritores de fantasy y de ciencia ficción consiste, en más de un aspecto, en informar al lector sobre las reglas de sus mundos en los diálogos de los personajes, pero sin que estos parlamentos parezcan una simple explicación, a fin de que se incorporen de manera verosímil en el relato. (Grupo Luthor, 2020: 72)

Cuando cierta información relevante no es explicitada, o nos da la sensación de que algo falta, tendemos a rellenar esos vacíos semióticos con la enciclopedia de nuestro mundo fenomenológico actual. Otras veces las descripciones son explícitas, como sucede hacia la mitad del libro:

Bautizado en honor al místico que había imaginado sus fundamentos, Matías Rodríguez, el Empalme era resultado de años de búsqueda de una relación matemática en el mundo de los fenómenos paranormales. La solución llegó cuando el mago encargado de dirigir los esfuerzos de un área del proyecto tuvo una revelación: la electricidad no era más que un demonio invocado por el Hombre para aumentar su poder sobre la Tierra. (Baradit, 2005: 120)

Apoyados en estas ideas es que podemos realizar ciertas traducciones y saltos cuánticos desde el mundo de Ygdrasil hacia nuestro presente cibernético, como si ambos planos se encontrasen traslapados, para utilizar una figura que es central en la trama urdida por el escritor chileno.[1]

Pues bien, volviendo a la tecnología como mediación y conexión de planos y existentes, y a la codificación matemática en términos cibernéticos de esa realidad donde las coordenadas espacio-temporales no son ubicables en un plano lineal y tridimensional, podemos decir que los conflictos vitales sufridos por personajes como Mariana, Ramírez, el Imbunche, Gunther, el selknam y hasta el mismo Tanga-Mana en algún punto tocan las fibras intensivas de nuestro inquietante espacio-tiempo. Las experiencias del tiempo y del espacio, en mutación constante debido al impacto de los aparatos y dispositivos tecnológicos propios de nuestra cultura material tecnocapitalista, han entrado desde los inicios del siglo XXI en una fase viscosa, una especie de colapso que parasita todos los rincones no solo de la biosfera sino de la tecnosfera extendida en las arterias (in)materiales de la infraestructura que sostiene las vidas humanas y no-humanas extrayendo las energías de todo lo existente para mantener en funcionamiento las redes financieras del capital. Si bien no queremos caer en una lectura simbólica de ciertos personajes, sí podemos colocar un imaginario transistor hermeneútico que recolecte información sobre estas entidades y la transforme, de modo tal que podamos proyectar esas señales en el viscoso lienzo de nuestro realismo capitalista (para utilizar otra categoría de Mark Fisher). Todo esto con el fin de difractar ciertas ideas fuerza, ciertas narrativas que se pegan a nuestras acciones agenciando nodos que trenzan una urdimbre de la que parece imposible escapar y que, según las escatologías profanas reveladas por pensadores-chamanes como Ludueña Romandini, Viveiros de Castro, Latour y Stengers, nos habrán conducido al Fin de todo aquello que alguna vez llamamos vida en la Tierra.

De alguna manera, los itinerarios de Ygdrasil han sido infectados por una serie de virus que ha llevado a un orden frágil que, a medida que los hechos avanzan, nos damos cuenta que se sostiene como un saltimbanqui en una cuerda finísima ubicada entre dos rascacielos en un clima huracanado. Ese orden es, en una palabra, demencial, y está poseído por lo que Benjamin Noys (2018) ha llamado velocidades malignas en su lectura sobre los Aceleracionismos del siglo XX y XXI. El objetivo de ese orden es la construcción de la máquina biotecnológica conocida como Ygdrasil.

El Ygdrasil es una estructura desaforada y monstruosa que nace desde el suelo marino del Atlántico. Tiene raíces que conectan a electrodos enterrados en los chakras de la Tierra, y brazos de cobre subterráneos que llegan hasta los polos. Durante cientos de años los constructores del Ygdrasil han cultivado este hongo bioelectrónico con tecnologías experimentales que tienen como primer principio de desarrollo la intuición y la videncia. (Baradit, 2005: 201)

Su función es la de hacer de la Tierra una gran máquina consciente, un ordenador que se alimenta de las almas de cuerpos sacrificados reencarnadas en ordenadores de última tecnología conectados en forma de “una colmena fabricada por abejas esquizofrénicas” (Baradit, 2005: 202). Los planes milenarios de un grupo de hombres conocidos como los Perfectos, cuyos tentáculos se extienden a lo largo de la historia hasta llegar a la Chrysler y a utilizar cuerpos de fanáticos religiosos, niños en coma, órganos, axones de médula animal y miembros amputados para crear el Proyecto Ygdrasil, encarnan las narrativas aceleracionistas del phuturismo cyberpunk (Noys, 2018), que encuentran en Nick Land a su maestro carismático. Según el pormenorizado análisis de Noys, el soporte fantasmático del aceleracionismo supone la integración del cuerpo humano (sentimiento, deseo, pensamiento y emociones) en la máquina, un meltdown sin dolor ni fricciones que produciría finalmente la “embriogénesis de una hiperinteligencia alien” (Land, 2019: 214), donde

ya no se trata de dejar atrás la materia encaminándose hacia el espíritu, o hacia las ideas donde el yo encuentra su morada, sino de desmantelar al yo en el interior de una matriz maquínica: desorganizado, no desencarnado. Una experiencia extracorporal. (Land, 2019: 117)[2]

Al interior de este deseo-fuerza cybergótico “existe el riesgo de que se pierdan de vista la ansiedad y la paranoia que marcan la relación de los humanos con las máquinas, así con esa otra máquina que es nuestro cuerpo” (Noys, 2018: 76). ¿Y acaso la violencia y la esquizofrenia mística que culmina en una destrucción total y un sacrificio masivo en la novela no son consecuencias directas de esta fantasía productivista (Cfr. Noys, 2018)?

Subjetividades como el Imbunche, Ramírez, Alvarado, la Chrysler como espacio-isla empresarial organológica, y el uso y abuso que hacen de los cuerpos de humanos, animales y árboles, y de las almas (mentes) humanas en un movimiento que tranquilamente podemos llamar predatorio y extractivista, persiguen un solo objetivo: acumular capital encarnado en posiciones de poder sobre capas y capas de modos de vida reducidos a restos, excrementos, huesos, cuerpos mutilados. Sin embargo, este objetivo, subsumido en esta lógica de velocidades malignas, arriba a un estadio insostenible, donde toda racionalidad gira en falso o se muerde la cola y se toca, hasta superponerse en toda su extensión, con los fanatismos religiosos, la fe ciega y la aniquilación autoinducida. No es casual que reconozcamos en estos itinerarios vitales la encarnación de narrativas que circulan por las redes bioculturales de nuestro mundo tecnocapitalista tales como el transhumanismo, el phuturismo cyberpunk a lo Land, o el Aceleracionismo terminal que se nutre de lo excrementicio del capital descripto por Noys (2018: 120-133). Estas narrativas, cada una alimentada por distintas fuentes energéticas o tradiciones informacionales de pensamiento, coinciden en mixturar y texturar lo que en principio se presenta como un relato hiperracional con injertos religiosos, metafísicos y fundamentalistas, elementos que vistos desde la misma Razón Occidental se presentan como irracionales.

A su vez, lo que estas narrativas proclaman, a pesar de que se expresen en una nomenclatura posthumana, es el triunfo definitivo de lo humano por sobre todo lo que colabora en la manifestación enrevesada y simbiótica de lo Real. Y lo humano coincide con el mito segregacionista que erige a la conciencia (la res cogitans) como el peldaño definitivo de la carrera progresiva, en términos perfectibles, de la evolución no solo biótica sino del Cosmos completo. El agente que moviliza el tenor épico en este Gran Relato antropocéntrico es la tecnología (hipermoderna, occidental) creada por las astucias ingenieriles desplegadas por esas conciencias en acto, por su inteligencia. En un bucle de retroalimentación, especie de reflejo solipsista, la tecnología potenciará las conciencias o mentes humanas, trasladándolas hacia territorios inorgánicos o híbridos, ya sean cuerpos de silicio u otros materiales o tejidos bio o nanotecnológicos, y de este modo el Colapso de la biosfera abrirá las puertas hacia una Era donde parcelas del planeta (territorios biocibernéticos), la Tierra entera, Marte y más allá serán colonizados por máquinas inteligentes, o bien despertarán ellos mismos como cuerpos conscientes, o máquinas espirituales al decir de Raymond Kurzweil. El colapso se replica en imágenes paranoides, apocalipsis místico-paganos, fantasías tecnochamánicas.

Si, por una parte, el desenlace escatológico de la novela, desde la perspectiva humana de sujetos como el Imbunche o el Grupo de Los Perfectos, termina con el paisaje que, según la cartografía de la mitofísica de nuestra época descrita por Danowski & Viveiros de Castro (2019), se ubicaría en la cuadrícula “un nosotros sin mundo”, se revela finalmente como un momento más en la batalla a-cósmica de fuerzas extrahumanas contra el Dios moribundo; por otra parte, la tecnología, que parecía ser un constructo humano potenciador de las capacidades de su constructor, se devela como una ingeniera in-humana puesta al servicio de un plan por fuera de la historia civilizatoria, manejada por entidades supremas como el Tangata Mana. Es en definitiva esta entidad incorporal, chamán intergaláctico que habita el plano astral, quien lleva a la apoteosis el colapso de las vidas terrestres al condensar todas las almas humanas en una inmensa máquina que coincide con lo que podíamos llamar Tierra, la cual deviene una pieza seriada en una red que conduce información por el cosmos. ¿No se parece acaso este desenlace a aquel colapso anunciado por pensamientos como los de Viveiros de Castro, Fabián Ludueña Romandini, Mark Fisher o Donna Haraway (cada unx con su Stimmung particular)? Un colapso diagnosticado sobre un cuerpo herido de muerte. Diagnóstico que, rastreando las redes neuronales del tecnocapitalismo, nos describen un Absoluto donde el desierto crece y las zonas muertas se expanden como manchas de petróleo o islas de plástico en el océano. Colapso sepulcral, y no triunfal, como el de Nick Land. “Finalmente el silencio y el humo” (Baradit, 2005: 260). El final de la novela, donde el cuerpo de Mariana es utilizado como contraseña viviente que permite el download de la psique humana que viaja como información por el módem de transmisión que es el Ygdrasil, deja la sensación de lo espeluznante. Como experiencia estética, lo espeluznante, nos dice Mark Fisher, “nos puede dar acceso a las fuerzas que rigen la realidad mundana, pero que suelen estar escondidas” (2018: 16).

Haciendo uso una vez más del transistor que traduce las señales que produce la escritura de Baradit para difractarlas en la lectura de nuestro espacio existencial, podemos descubrir los hilos que tejen nuestra realidad espeluznante.

Teniendo en cuenta que lo espeluznante es un aspecto clave en el problema de quién o qué realiza la acción, está muy relacionado con las fuerzas que rigen el mundo y nuestras propias vidas. Debería quedar especialmente claro a aquellos que vivimos en un mundo capitalista globalmente interconectado que tales fuerzas no son del todo accesibles a nuestra aprehensión sensorial. Una fuerza como el capital no existe en ningún tipo de sentido sustancial, pero es capaz de provocar efectos de casi cualquier tipo. (Fisher, 2018: 77)

Y pese a todo, ciertas subjetividades intentan pixelar sus recorridos vitales para obstruir el control y la gestión algorítmica de la vida (Rodríguez, 2019) en la era del Big Data. Insistencias como las de Mariana, a pesar de su trágico desenlace, y el encuentro que se produce con Gunther son parte de esas contraofensivas ilegibles, esas vidas derruidas, esos datos inclasificables en una suerte de hauntología (Fisher, 2018b) propia de un materialismo gótico (posthumano) que abre portales hacia otras futurizaciones (Gatto, 2018) en medio del realismo capitalista. A la manera de un Nooscopio (Pasquinelli & Joler, 2021),[3] debemos poner a funcionar dispositivos como Ygdrasil no solo para evitar la hiperstición de ficciones espeluznantes mediadas por dispositivos tecnocapitalistas, sino también para investigar “cómo se rompe[n], cómo los sujetos se rebelan contra su control normativo y los trabajadores sabotean sus engranajes” (Pasquinelli & Jolar, 2021). Estudiar, sabotear e inventar prácticas de hackeo, hipersticiones cosmopolíticas que, si llevan a un colapso lo hagan al de las fuerzas predatorias del capital. Por el momento la experiencia de lo espeluznante nos sobrecoge y, al igual que la existencia de Mariana es vampirizada por distintos agentes que pujan por controlar su cuerpo y su alma/mente, pareciera que, empujados a toda velocidad por un “piloto impersonal de la historia” (Land, 2019: 95), somos piezas en la autoconstrucción de la máquina tecnocapitalista en tanto inconsciente trascendental:[4]

‒continuó el Tanga Mana‒ […] “Ellos piensan que han estado manejando los acontecimientos a su favor durante los últimos tres mil años, y que todo culminará hoy, cuando los senderos que se bifurcan vuelan a convertirse en uno. Pero se equivocan. El Ygdrasil fue desarrollado por ellos pero no para ellos […] La Tierra completa será un gran dispositivo de transmisión de datos, con alcances inconcebibles para los humanos… Porque no es para humanos. (Baradit, 2005: 254-255)

Referencias bibliográficas

Baradit, J. (2005). Ygdrasil. Chile: Ediciones B.

Danowski, D. & Viveiros de Castro, E. (2019). ¿Hay mundo por venir? Ensayo sobre los miedos y los fines. Buenos Aires: Caja Negra.

Fisher, M. (2009). Materialismo gótico. Extractos de Flatline Constructs: Gothic Materialism and Cybernetic Theory-Fiction. En M. Fisher y M. Lee, Deleuze y la brujería, selección y prólogo de Juan Salzano. Buenos Aires: Las Cuarenta.

Fisher, M. (2009b). Realismo capitalista. Buenos Aires: Caja Negra.

Fisher, M. (2018). Lo raro y lo espeluznante. Barcelona: Alpha Decay.

Fisher, M. (2018b). Los fantasmas de mi vida. Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Buenos Aires: Caja Negra.

Gatto, E. (2018). Futuridades. Ensayos sobre política posutópica. Rosario: Casagrande.

Grupo Luthor (2020). Multiversos. Una introducción crítica a la teoría de los mundos ficcionales. Buenos Aires: Santiago Arcos editor.

Land, N. (2017). Colapso. En A. Avanessian & M. Reis (comps.), Aceleracionismo. Estrategias para una transición hacia el postcapitalismo. Buenos Aires: Caja Negra.

Land, N. (2019). Fanged Noumena. Vol. 1. 1988-2007. Barcelona: Holobionte.

Meillassoux Q. (2018). Después de la finitud. Ensayo sobre la necesidad de la contingencia. Buenos Aires: Caja Negra.

Noys, B. (2018). Velocidades malignas (Aceleracionismo y capitalismo). Madrid: Materia Oscura.

Pasquinelli, M. & Joler, V. (2021). El Nooscopio de manifiesto. laFuga, 25. Recuperado en agosto de 2021 de https://bit.ly/32xvTKB.

Rodríguez, P. (2019). Las palabras en las cosas. Saber, poder y subjetivación entre algoritmos y biomoléculas. Buenos Aires: Cactus.


  1. Recordemos que los sucesos de la novela se desencadenan cuando el Estado mexicano identifica una anomalía en la realidad ubicada en el desierto de Sonora. Al buscar la fuente que propaga el fallo en distintas zonas del tejido de lo real, un subalterno informa al comandante Rodríguez: “Hallaron algo que definieron como un ‘traspuesto’ señor. Una malformación difícil de explicar. Un hombre agónico con su alma desplazada. Su existencia se encuentra traslapada entre su propio cuerpo, un cactus, una roca y una rata. El resto trataba desesperadamente de aferrarse a la realidad, pero era succionada a jirones por la nada’, dice textualmente” (Baradit, 2005: 15).
  2. “No hay una dialéctica entre las relaciones sociales y técnicas sino solo un maquinismo que disuelve a la sociedad en las máquinas, a la vez que desterritorializa a las mismas máquinas a lo largo y ancho de las ruinas de lo social (cuya ‘teoría general’ es una teoría generalizada de los flujos), lo que equivale a decir: cibernética” (Land, 2019: 95).
  3. “El Nooscopio es una cartografía de los límites de la inteligencia artificial, concebida como una provocación tanto a la ciencia de la computación [cibernética] como a las humanidades. Todo mapa presenta una perspectiva parcial, una manera de provocar debate. Del mismo modo, este mapa es un manifiesto de disidentes de la IA. Su principal objetivo es desafiar las mistificaciones de la inteligencia artificial. Primero, en tanto definición técnica de la inteligencia, y segundo, como forma política supuestamente autónoma de la sociedad y de lo humano. […] El propósito del Nooscopio es secularizar la IA, llevarla del status de “máquina inteligente” al de instrumento de conocimiento. En lugar de evocar leyendas de cognición alienígena, es más razonable considerar al aprendizaje maquínico como un instrumento de magnificación del conocimiento, que ayuda a percibir características, patrones y correlaciones a través de vastos espacios de datos inaccesibles al alcance humano” (Pasquinelli & Joler, 2021).
  4. “En el entramado de la historia social, el sujeto empírico de la producción es el hombre, pero su sujeto trascendental es el inconsciente maquínico, y el sujeto empírico es producido al margen de la producción, como un elemento en la reproducción de la producción, parte de una máquina y ‘parte formada de partes’” (Land, 2019: 55).


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