Notas para una eventual lingüística indisciplinar
Gabriela Milone
La voz ubica las cosas en su rango.
Gaston Bachelard, El agua y los sueños
Pensar todo de nuevo, ordenar las ideas, preparar otra vez los materiales, crear el aura de una aparición sonora, como proponía Didi-Huberman. Eso es acaso una investigación en curso: una cosa rara que procede, a lo Barthes, en apariencia de verosimilitud e incertidumbre de verdad; y que habita una temporalidad igualmente extraña, entre el rigor de la observación y el sobresalto de lo que aparece. Para crear esa aura, hagamos un ejercicio simple: leer una cita. “Es con nuestro soplo que nos dirigimos a todo […] es con el pequeño viento de nuestra lengua que llamamos al viento venidero”. Quien habló fue Numo Ramos en Ó (2014: 13), un libro que se nombra con una vocal. Una vocal que se dibuja como un círculo. Un juego que sugiere un antimétodo: no seguimos un camino pre-fijado sino que corremos en círculo por la abertura de la o que indica menos una letra que una apertura de la voz. Aura sonora.
En estas páginas se intentará indagar el problema de la materia de la voz desde un ángulo complejo o, mejor, desde un auténtico vórtice teórico: se abordará la cuestión de la (in)articulación de la voz y la pregunta que desde allí se despliega por la materialidad fónica. Así, por ejemplo, la inquietud material surgirá ante el mundo de las vocales: ¿únicamente en la vocal es posible postular la materia fónica por antonomasia de la voz, en la medida en que ahí –en la pura resonancia vocal-bucal– no habría articulación del sonido sino mera resonancia? No responderemos esa pregunta. Esa pregunta nos hará pensar.
¿Necesitamos otra lingüística? No. Postularemos que necesitamos una lingüística otra: indisciplinar (que busque en los “padres” de la disciplina los enunciados infantes, figuras en potencia) e imaginada (que asuma lo que lingüistas de todos los tiempos desechan como “pura ficción”). Acaso solo una lingüística otra, que accione en algunos intersticios disciplinares-materiales, podrá intentar una respuesta. O, mejor, podrá asumir –como sugiere Didi-Huberman en Ante la imagen– el riesgo de una ficción.
Hacia una lingüística indisciplinar, entonces, se dirigen estas páginas, buscando discutir, en este primer ensayo, la noción de articulación, sus rasgos, su alcance, su inestabilidad. Por qué esa noción y no (por ahora) otra, es una pregunta que depende de razones díscolas que esperamos vayan encontrando su orden de aparición en estas páginas.
En este sentido, la voz pide ser pensada en su potencia, en su apertura. Si la voz (nos) pertenece o no, es la pregunta que abrirá una zona inquietante: qué es una vocal, qué es una boca, a dónde se dirige. Postularemos, por lo tanto, que necesitamos una lingüística otra, o sea, ficcional.
¿Sabemos lo que decimos cuando hablamos de la materia de la voz? No. ¿La escuchamos, la inventamos? Quizá. Sin embargo, es cierto al menos esto: que en dos reflexiones de dos lingüistas con mayúsculas (Roman Jakobson, Émile Benveniste), la lengua y la materia fónica están asociadas a la idea de ficción en un sentido peyorativo. Es pura ficción la lengua en un supuesto estado inaugural, dice Benveniste. Es pura ficción la materia fónica, cruda, bruta, en un supuesto estado inicial, dice Jakobson. Nosotras diremos: si es pura, la ficción nos sirve. La usamos, entonces, así como sabemos desde Agamben que el uso es un ethos que marca un ser singular, un cualsea.
En una ecuación inquietante, cambiamos el signo negativo por el positivo y hacemos de la ficción el campo de las invenciones materiales. Cambiar el signo de la ficción, entonces, conduce a una zona inquietante: a imaginar la lengua y a modelar cada vez esa materia maleable que nos sacamos de la boca (y que ese gesto de exteriorizar, dice Agamben, nos ha hecho conscientes de tener una lengua, más allá del acto de habla: tenemos una lengua no porque la hablamos sino porque podemos sacárnosla de la boca, transmitirla, volverla objeto, tangible materia).
“Entre todas las materias, seleccionamos la voz y el viento, la más exótica de las invenciones”, decía Numo Ramos también en Ó (2014: 13). Retomemos ahí: la voz es una invención material, una inquietud. “La voz es una cosa, ella posee plena materialidad”, confirma Zumthor (2007: 85). Y es a Barthes a quien remitimos todo lo que podemos decir de materialidad fónica y de materialismo. Para la primera, en “El grano de la voz” (1994: 252), se afirma que la voz que canta es esa “materialidad fónica que surge de la garganta”. Del segundo, en Sade Fourier Loyola (1971: 10), no sin sarcasmo, Barthes preguntaba: “¿no es un rito materialista aquel más allá del cual no hay nada?”. Más allá de la voz no hay nada: hay una ecuación de positividad donde la ficción dicta su potencia.
Decía De Certeau que en el mundo de los sonidos se juega “algo imaginario” y que eso se da “sobre los bordes y en los intersticios de una lingüística” (2008: 87). La invención de la voz, de su materia, habilita así un espacio liminal, el filo delgado de una veta abierta en la pared pétrea de una disciplina como la lingüística, veta por donde respiran las bocas y articulan sonidos. Y en este resquicio, apuntemos que no habría que olvidar que Zumthor decía que la voz es una subversión. Entonces, esta lingüística intersticial no podría ser más que una indisciplina. Una indisciplina que opera en los bordes, con una materia que es una invención, desde un gesto que asume que más allá no hay nada. Una indisciplina que no evitará discutir ciertos tecnicismos, pero que lo hace a su manera (ficción) y en su terreno (la inquietud material).
En la especificidad de la pregunta por la materia de la voz, nos dejaremos guiar por la ya citada afirmación de Zumthor sobre la voz (una cosa que posee materialidad) y así retomaremos algunas reflexiones de Agamben en relación con el lugar de la voz en la letra y la suposición de una voz que se escribe. En este sentido, habría que cuestionar radicalmente la posición de la voz en el lenguaje (aquí, otra idea de Zumthor nos hará pensar: “el lenguaje humano se liga, en efecto, a la voz. Lo inverso no es verdadero”, 2007: 85), en tanto que Agamben pregunta cuál sería la voz humana, si consideramos que el chillido es la voz de la cigarra o el ladrido la voz del perro, y así.
Una de las categorías que pareciera requerir una revisión para pensar la voz, como decíamos, es la “articulación”: tanto Saussure, como luego Derrida y Agamben exponen la importancia de abordar el término, no sin comentar la complejidad del asunto. Para Saussure, la articulación es un término complejo en la medida en que –paradójicamente– nunca crea dificultades: aunque no se sepa nítidamente qué contiene, se habla de “lenguaje articulado como una (cosa) que solo puede estar perfectamente clara en la mente de todo el mundo” (2004: 212). Que la articulación tenga o no una “significación bucal” es algo que queda en principio sin explicitar, vale decir: que la articulación haga referencia a la voz y su materia es una cuestión que o se da por sentado, o se ignora, o una cosa por otra. Saussure dirá: “ese término de articulado, sobre el que tengo muchas reservas, es en el fondo oscuro y muy vago” (2004: 130). Estamos sin dudas ante uno de esos conceptos que ejercen una fuerza de atracción material cuya densidad se asemeja a la oscuridad total. Fondo oscuro y vago: la voz, su articulación, se ubica en ese lugar. Independientemente de las reflexiones y desarrollos posteriores que esta noción tuvo (André Martinet, entre los más célebres), el interés de nuestra lingüística indisciplinar en la noción está precisamente en ese modo de aparecer, de presentarse así como un intersticio por donde pensar la voz y su materia siempre esquiva. Vale decir que, más allá o más acá de la consabida doble articulación, nos detenemos en la idea saussureana de que toda reflexión sobre el lenguaje se realiza en “el campo común de las articulaciones, es decir, de los articuli, de los pequeños miembros” (2004: 47). Pequeño miembro, la voz. Antes de la articulación bucal de la cadena silábica y después de la articulación significativa de la cadena hablada, abrimos (no sin la cuota necesaria de insumisión teórica respecto de la especificidad de la lingüística) una veta para la voz. Para leer a contrapelo algo mucho más pequeño que cierta historia de una disciplina (como lo hacía y nos enseñaba Didi-Huberman a propósito de la historia del arte y de la mano de Benjamin). Buscar modos de pensar la voz es situarla en el campo de la articulación bucal, sí, pero para des-localizarla y hacerla emerger de ese fondo oscuro; para leer los puntos de articulación fonéticos menos en su descripción (imposible) que en su coreografía bucal-vocal. Una poética fonética se diagrama en las clasificaciones. Basta leer a la letra la voz: labial, dental, palatal, velar, etc. Lo que es imposible en la voz (vale decir: aprehender su materia esquiva) se vuelve para la disciplina una abstracción inconducente;[1] pero para la lingüística indisciplinar, hay ahí una cantera poética aún inexplorada. Por qué no sospechar, pues, que las descripciones de la fonética puedan leerse justamente en tanto ficción teórica, o sea, desde ese modo de la ficción que imagina el cálculo imitativo de sus nociones (como por ejemplo en la noción de lo velar en un fonema como si supiéramos qué es un velo, o mejor, como si aceptáramos sin más la muerte de las metáforas y adoptáramos la vida plana que supone el no saber jugar con las palabras).
Sabemos que Saussure imaginaba una suerte de pequeño ejercicio de laboratorio técnico-fonético: filmar el sonido articulado, o sea, filmar una boca pronunciando, por ejemplo, m-a-r. Sería imposible, hipotetiza Saussure, distinguir dónde acaba un sonido y dónde empieza el otro. La voz parece ser infinita, o lo que es lo mismo: sin cortes. Agamben (2017: 37) recuerda esa ocurrencia saussureana y cita el caso del fonetista Menzerath que lleva a cabo el experimento y confirma la hipótesis del lingüista. Maniglier (2006: 106), haciendo alusión a este mismo episodio, sostiene: “desde el punto de vista articulatorio, la sucesividad del sonido no existe”. Entonces, si no hay sucesividad, si está demostrado que hay continuidad y que el sonido no tiene cortes: ¿por qué la voz necesita ser/estar articulada?
Leer a contrapelo, lo que busca esta lingüística indisciplinar, exige un gesto en apariencia opuesto: leer a la letra. Derivar, en un juego asociativo sin ambages (imposible, o acaso solo posible –y hasta necesario– por el trata-miento de nociones que emergen como fondos oscuros y vagos), figuras que asuman plenamente el gesto materialista barthesiano: no más allá sino más acá, lo que hay es letra; hay letra en la voz; o sea: la voz se lee a la letra. ¿Confundimos las cosas? Sí. Ahí hay un intersticio. La articulación emerge ahora no como una mera categoría aparentemente explícita sino como una coreografía donde la teoría se vuelve ficción. Un fondo oscuro y vago: ahí la voz como sonido sucesivo no existe. Es in-finita. Ese espacio ilimitado (que habita nuestras bocas) experimenta aperturas, oclusiones, fricciones, aspiraciones, vibraciones, resonancias. Pensar así la voz, menos como imagen muscular de una boca en acto que como figura de una materia díscola extendida en un espacio y un tiempo indeterminables, permite sostener y confirmar el gesto indisciplinar necesario, ese que no niega sino que más bien afirma y festeja el saberse en un fondo oscuro y vago: allí crecen las ficciones como las voces en la oscuridad, como esas vegetaciones en la profundidad húmeda de una cueva.[2] Desde allí hagamos ahora la pregunta que deberíamos haber hecho mucho antes: ¿qué significa una voz articulada?, ¿cuáles son los miembros y los goznes de la voz que necesitan o deben ser articulados? Si toda reflexión sobre el lenguaje es un estudio de sus articuli, ¿la voz es el primer elemento, el inicial e indiviso? Pero si así fuera, ¿por qué se necesitaría precisamente la articulación, o sea, la juntura, la bisagra, el gozne, para la voz? ¿Acaso articuli es un artificio para esconder el abismo que se abriría cuando se pone a la voz en articulación? Sabemos que no hacemos bien las preguntas. Pero la confusión y la impertinencia son propias de su objeto: un fondo oscuro y vago. Esta lingüística indisciplinar deja de lado lo que la disciplina asume: que “el carácter doblemente determinado (acústico y mecánico) de la articulación es lo que hace que un acto de lenguaje sea un hecho fonatorio” (Maniglier, 2006: 123). Y asume lo que la disciplina desplaza: pensar la voz a la letra de su materia, en el vórtice de las nociones que se arremolinan en la imposibilidad de una descripción. La voz es infinita, indeterminada, es apertura y oclusión, unidad tan mínima cuanto máxima.
Ahora bien, no olvidemos que la idea de la voz articulada la leemos en y desde Agamben (2017), que a su vez la lee en y con Aristóteles y la gramática antigua. Es interesante el modo en el que este pensador despeja, por un lado, la reflexión propiamente disciplinar de la lingüística (el problema de la doble articulación del lenguaje entre nombre y discurso, sentido y denotación, lengua y habla, para decirlo rápidamente) para abrir un campo de pensamiento sobre la voz en el hiato que esta implica originariamente en el saber occidental. O sea: la pregunta no será solamente por cómo es posible el paso –la articulación– de un plano a otro sino, antes, cuál es el lugar de la voz en el lenguaje. En primera instancia, la voz articulada no se pensaría en esta teoría sin lo que se postula como su opuesto: la voz inarticulada (animal). Es en este esquema de foné y logos que Agamben rastrea el problema de la articulación de la voz en “el movimiento ontológico de la presuposición” (2017: 20). Así como la lengua presupone el habla, la esencia presupone la existencia y la potencia, el acto. El lenguaje conserva esta estructura presupositiva y su modo particular de ser es el quitarse, el sustraerse, la negatividad. O sea: es la voz inarticulada, puro sonido animal, lo que debe quitarse, lo que debe ser negado para que algo se articule, se vuelva significante. Agamben sostiene que en el hablante coinciden localmente foné y logos, pero esa coincidencia no puede sino manifestarse en la estructura negativa de la presuposición. Este movimiento negativo solo es posible (Agamben lo lee en Aristóteles) por un elemento (un articuli, quizá también) que parece ajeno o lejano al esquema categorial de la disciplina lingüística (al menos, en y desde Saussure): la letra. Esta interviene en la voz animal para articular ese sonido confuso y volverlo significante. De este modo, articulación se volverá un tecnicismo para dar cuenta de este complejo movimiento de inscripción de la letra en la voz y viceversa. De este modo –y cabe aclarar que no estamos, o no aún, en el terreno de las categorías clasificatorias como la del fonema, ese artificio teórico para Saussure– lo que vuelve articulable una voz es su potencia de ser escrita. Pero este movimiento de captura de la voz, no nos engañemos, es una ilusión. Aunque el modelo de la articulación (el punto de apoyo de la pronunciación, podríamos decir) pueda describir (está hecho para eso) los sonidos de las letras de la voz articulada, sería una ingenuidad creer que una fonética descriptiva nos dará las herramientas para precisar, o mejor, para iluminar ese fondo oscuro y vago. La voz es infinita, insistamos; y su materia díscola habilita el espejismo de su captura. Agamben dirá que en esa voz que se escribe se cifra el mito fundador del saber occidental (2017: 41) y desde aquí esboza una breve crítica a la gramatología derridiana. Quién leyó mejor a Aristóteles parece ser la cuestión; pero lo cierto –o lo que nos interesa– es que la voz establece un vínculo con la letra por el cual se vuelve articulada, y así: ¿significante? No habría una primacía de la voz por sobre la escritura, termina por decir Agamben con Aristóteles. Ni primacía ni separación: la articulación es un movimiento que, en su duplicidad del ya no sonido y el aún no significado, pone a la voz en la letra y a la letra en la voz.
No obstante la pequeña disputa que Agamben intenta insinuar con Derrida y su reflexión sobre la voz en la metafísica occidental, lo que resulta por demás interesante para la lingüística indisciplinar no es tanto desentrañar el intríngulis entre aporía y presuposición (Agamben) frente a juntura y diferencia (Derrida) en relación con el uso y concepción del tecnicismo de la articulación, sino la habilitación que el término articulación otorga (por momento, en negativo) para pensar la materia de la voz. En ese sentido, nos interesa el Derrida que lee a Rousseau, no porque ahí la reflexión parezca desligarse de la diferencia o alivianarse de aporías sino porque, desde esas reflexiones, nos acerca términos sugerentes para la in-disciplina. En este marco de reflexión, la articulación no se opondrá a su negación sino al acento. La articulación no será, sin embargo, una borradura de la energía sonora de la inflexión vocal, sino el proceso mediante el cual se extiende el dominio, el rigor y el vigor de una escritura. “Nuestra lengua ha perdido vida y calor, ya está carcomida por la escritura. Sus rasgos acentuados están roídos por las consonantes”, afirma Derrida en ventriloquia rousseauniana (1971: 286). Esta pérdida del acento y su energía que se asocia al canto está necesariamente suplida por la articulación. Y decimos necesariamente porque en este marco de reflexión es un proceso inevitable, natural. Antes de la articulación, no hay habla. La articulación es el movimiento que inaugura el lenguaje y es esa pérdida o degeneración del acento lo que permite justamente el nacimiento de una lengua. En el origen no hay articulación ni escritura, nos dice Derrida con Rousseau. Pero por asociaciones resonantes, nos vuelve una afirmación que leemos en De Certeau: “en el origen siempre hay una voz” (2008: 93). Entonces, aunque prematura, no aplacemos la pregunta que surge: que haya una voz, sin más, ¿qué podría significar, precisamente? Derrida dice que Rousseau tiene en cuenta (eso que Martinet estudió como) la doble articulación de la lengua en sonidos y en palabras. En ese sentido habría que diferenciar las vocales de las voces: la vocal no es pura voz sino voz sometida a la articulación. No obstante, las vocales abren un paisaje privilegiado donde extender los límites disciplinares (disciplinarios). En este sentido, nuevamente la perspectiva de De Certeau (cf. 2008, en su estudio específico sobre los patois) es la que habilita la reflexión sobre el impacto sonoro que se experimenta por y en el extraño mundo de las vocales. Frente a las consonantes, dominio de la letra, las vocales despliegan el mundo de la voz. El análisis de De Certeau se enmarca en una pregunta general por la voz y la oralidad, en el proyecto general sobre lo que llama una economía escrituraria, esto es: el movimiento propio de la modernidad que busca anular, bajo el imperio de la letra, el habla subalterna, fugaz, heteróclita. No se trata, como dice De Certeau, de profundizar las dicotomías típicamente derridianas, sino de asumirlas en una escucha que se agudice hasta lograr captar rastros, rasgos, restos de una multiplicidad imposible. Las voces producen un roce[3] en los enunciados, por lo cual su captación depende menos de la inteligibilidad que de la imaginación. Porque la voz para la escritura “es a la vez, como hálito, su materia prima y, como pronunciación, su degeneración continua por variaciones de sonidos y derivaciones de sentido” (De Certeau, 2008: 89). Así, la extrañeza de la materia de la voz radica en ser una materia fluctuante; pero no obstante su fugacidad, lo que las voces ex-ponen en la escritura (o por la escritura, ya que sigue abierta la cuestión de la letra) es una especial espesura fónica donde la voz es pura insinuación y variación que roza los enunciados, extrañándolos. La A, vocal por antonomasia, es la figura primaria de la apertura sonora de la boca[4] y permite auscultar ese mundo extraño de las vocales, ese perfume sonoro de la lengua, en plena resonancia. La voz adopta rasgos de evanescencia, sutileza y fugacidad, aunque siempre sobre el trasfondo de la contundencia material de lo sonoro. Se trata de “variaciones ilegibles de la voz” (De Certeau, 1999: 172), donde las prácticas escriturarias la emplazan como una otredad. Así la voz, nympha fugax, es la que hace escribir adoptando dotes de extrañeza, rasgos ilegibles que “atraviesan la casa del lenguaje como elementos extraños, como imaginaciones” (De Certeau, 1999: 172). La voz convoca a la imaginación y expone su materia fugitiva y alterna, en la medida en que en ella se evidencian sonidos irreductibles al sentido, ruidos de cuerpos, de cosas, de palabras. Son esas “citas sonoras” las que espesan la escritura y hacen de los textos una zona quebrada por una voz que se escapa de las clasificaciones para mostrarse en su extensión.
La cuestión de la letra en la voz y de la voz en la letra sigue abierta, decíamos. Por eso es que nuevamente cabe recordar que para Agamben la voz como materia evanescente y como experiencia negativa de la suspensión del lenguaje solo se podrá revertir en un tipo singular de experimentum (linguae, vocis): si la voz no es mero sonido pero tampoco solo significado, será en esa doble negatividad donde radique la máxima potencia de la lengua. Porque conduce la reflexión menos a la resolución que a la continuación de los interrogantes, recordemos estas palabras claves de Dionisio el Tracio citadas por Agamben (2010: 67):
Se debe saber –se lee en Tekné grammatiké de Dionisio el Tracio– que algunas de las voces son articuladas y escribibles [engrammatoi] como las nuestras; otras inarticuladas y no escribibles, como el crepitar del fuego y el fragor de las piedras o de la madera; otras inarticuladas y sin embargo escribibles, como las imitaciones de los animales irracionales; como el brekekéks y el koí; estas voces son inarticuladas porque no sabemos qué significan, pero son engrammatoi [escribibles] porque las podemos escribir…
Esta clasificación es interesante porque agrega un pliegue de complejidad a la cuestión: entre lo articulable y lo escribible no se juega solo lo inarticulable y lo inescribible sino lo que desplaza, o más bien suspende, la centralidad (su exigencia) de la significación. Si articulable y escribible es la voz, una voz cualquiera que por ejemplo dice “rana”, e inarticulable y escribible es la voz que dice (¿dice?) “croac”, quizá la discusión se fuga de la cuestión de las significaciones que las voces son capaces de (in)articular y escribir para asumir, de lleno, la deficiencia de las categorías y la indisciplina de las preguntas. ¿Puede ser escrita la voz inarticulada de la rana, por ejemplo; ese sonido inarticulado pero escribible que llamamos –por ilusión onomatopéyica– su croar? ¿Efectivamente se articula –aunque aclaremos que aún no sepamos qué es ese fondo oscuro– el sonido confuso animal en la voz articulable y escribible que cree que vuelve significante ese sonido cuando escribe r-a-n-a?
Si, como decía Zumthor, el lenguaje pertenece a la voz pero lo inverso no es verdadero, la pregunta emerge en urgencia de su formulación: ¿la voz no le pertenece a nadie? Una lingüística que asuma a fondo esta pregunta necesariamente se tornará indisciplinar. Entre los bloques de piedra de una disciplina que se emplaza en “lo articulado” (que no es –insistamos siempre– sino ese fondo oscuro y muy vago del lenguaje), el aire material de la voz –ese pequeño viento de nuestra lengua del que hablaba Numo Ramos– hará trabajar su objeto. Ahí donde las inflexiones de una voz dan cuenta de una materialidad inaudita, ahí se abre una pluralidad de ficciones donde es posible estudiar escenas, paisajes y figuras para una lingüística que se mida con su objeto y esté a la escucha del dictado que proviene de su propia materia fónica.
Referencias bibliográficas
Agamben, G. (2010). Categorie italiane. Studdi di poetica e di letteratura. Roma: Laterza.
Agamben, G. (2017). ¿Qué es la filosofía? Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
Bataille, G. (2003). Diccionario crítico. En La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
Barthes, R. (1971). Sade, Fourier, Loyola. Caracas: Monte Ávila.
Barthes, R. (1994). El susurro del lenguaje. Barcelona: Paidós.
De Certeau, M. (1999). La invención de lo cotidiano. 1. Artes de hacer. México: Universidad Iberoamericana.
De Certeau, M. (2008). Una política de la lengua: la Revolución francesa y los patois: la encuesta Gregorio. México: Universidad Iberoamericana.
Derrida, J. (1971). De la gramatología. México: Siglo XXI.
Didi-Huberman, G. (2011). Ante el tiempo. Buenos Aires: Adriana Hidalgo.
Didi-Huberman, G. (2015). Gestos de aire y de piedra. Barcelona: Shangrilla.
Kristeva, J. (1988). El lenguaje, ese desconocido. Caracas: Editorial Fundamentos.
Miller, J.-A. (1996). La fuga del sentido. Buenos Aires: Paidós.
Ramos, N. (2014). Ó. Rosario: Beatriz Viterbo.
Saussure, F. (1945). Curso de lingüística general. Buenos Aires: Losada.
Saussure, F. (1985). Fuentes manuscritas y estudios críticos. México: Siglo XXI.
Saussure, F. (2004). Escritos sobre lingüística general. Barcelona: Gedisa.
Zumthor, P. (2007). Performance, Recepção, Leitura. São Paulo: Ubu.
- Y quizá hasta un punto extremo que no se tarda en advertir: “La precisión descriptiva era tanta que un fonetista, que también era médico, llegó a escribir que si el sujeto hablante realmente articulara un sonido laríngeo tal como lo describe en los tratados de fonética, le provocaría una muerte por asfixia” (Agamben, 2017: 36).↵
- Sería hermoso poder hacer un breve apunte sobre Saussure y las plantas. Dejemos, a modo de señuelo, algunas citas extraídas de Escritos sobre lingüística general: “Algunos iluminados dijeron: el lenguaje es algo completamente extrahumano y organizado en sí, como una vegetación parásita extendida por la superficie de nuestra especie” (2004: 188). “Las ondas lingüísticas han sido comparadas a los límites de vegetación. Naturalmente, sólo para dar una idea de la cosa. Límites de la viña, del olivo, del [ ]. Muy buen ejemplo para dar una idea del ‘dialecto’” (2004: 278); “No llegaremos a conocer los estados sincrónicos estudiando los cuerpos, es decir los sucesos diacrónicos […] Del mismo modo también, si se corta transversalmente el tronco de un vegetal, se advierte en la superficie de la sección un diseño más o menos complicado; no es otra cosa que la perspectiva de las fibras longitudinales, que se podrán percibir practicando otra sección perpendicular a la primera. También aquí cada una de las perspectivas depende de la otra: la sección longitudinal nos muestra las fibras mismas que constituyen la planta, y la sección transversal su agrupación en un plano particular; pero la segunda es distinta de la primera, pues ella permite comprobar entre las fibras ciertas conexiones que nunca se podrían percibir en un plano longitudinal” (1945: 113). Además, última, una curiosidad: ¿será casualidad que para el ejemplo del signo haya elegido “árbol”, significante escrito, significado dibujado?↵
- Valga aquí, junto a las aliteraciones de la /r/ que no nos ahorramos, la suave onomatopeya de la palabra rozar.↵
- Sostiene Kristeva (1988: 20-21): “Las vocales exigen la inacción de la cavidad bucal en tanto que productora de sonido: la boca actúa únicamente como resonador y se oye plenamente el timbre del sonido laríngeo”.↵








