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11 “La decisión de cuidar”[1]

Dar la mano a alguien siempre fue lo que esperé de la alegría.

   

Clarice Lispector

Hablar de ternura en tiempos de ferocidades no es ninguna ingenuidad. Es un concepto profundamente político. Es poner el acento en la necesidad de resistir a la barbarización de los lazos sociales que atraviesan nuestros mundos.

   

Fernando Ulloa

Pensar en “qué puede el hospital”, en particular qué puede un hospital nacional especializado en salud mental y adicciones, y preguntarse por los dispositivos de intervención apropiados, nos obliga a pensar en las particularidades del propio contexto. Como hemos sugerido a lo largo de este libro, se trata de partir de un enfoque situado, ya que de otra manera no es posible realizar ninguna acción que produzca algún efecto de sentido. El primer nivel de intervención en un sistema de atención progresiva de la salud constituye una posibilidad, es quizás la puerta de entrada al servicio hospitalario. Tomando esto en cuenta, se trata de abrir una vía posible de acceso a lugares donde hay mucha necesidad por parte de sujetos que tal vez no llegarían, de otro modo, al establecimiento hospitalario.

Lo que está en el horizonte es la posibilidad de apropiarse de un futuro a partir de reconocer y resignificar el pasado, comprender un presente que no puede construirse ajeno a la comunidad, que confluye en ella. Esto resulta de cierta cohesión social, de un agrupamiento de personas con un modo determinado de organización, que se vincula a necesidades e intereses comunes, que construye representaciones y valores, relaciones y responsabilidades. Lo que se busca es dar la palabra desde una ética, interrumpir el devenir desde la intervención clínica, provocando procesos de simbolización que permitan tramitar la angustia, para que pueda transcurrir algo del orden del deseo. No se trata de asumir toda la responsabilidad social, sino de, en tanto hospital público, poner a disposición un dispositivo, en la apuesta de ejercer funciones subjetivantes.

Entendiendo el acceso a la salud como derecho, revisamos la oferta sanitaria como aquello que puede causar demanda. Se trata, por lo tanto, de una oferta con posibilidades de futuro y reconocimiento del otro, que inaugura la posibilidad de realizar un nuevo pacto con lo social. Reiteramos una idea ya mencionada en este libro, que adquiere, no obstante, centralidad: se trata de ofrecer un espacio abierto, disponible, capaz de suscitar el deseo del sujeto, la posibilidad de construir una ilusión, un proyecto de vida. La intervención clínica, articulada en la casuística y en la operación clave de cada dispositivo, pretende incidir en el entretejido del desamparo subjetivo y social. En la intervención clínica, en definitiva, lo que se produce es una posibilidad –incipiente en un primer momento pero que puede dar lugar a otras posibilidades– de transformación, de traducción del “grito” en un “llamado”, o en un “pedido” dirigido a otro que le otorga sentido. Esta operación de traducción se da desde la restitución del vínculo, del lazo social, y es una respuesta posible por parte de una institución sanitaria pública como un hospital.

Para terminar este recorrido en el que hemos retomado y entretejido conceptos y significaciones acerca de la propia práctica, de los dispositivos clínicos y de los modos de abordaje, de lo que se trata es de concebir la intervención clínica como lugar de encuentro, como la implementación de dispositivos más abiertos, amigables, interdisciplinarios e intersectoriales que construyan un nuevo lugar para la palabra. Dejar de hablar de la droga, del consumo o de los adictos y hablar de salud, de proyectos, de realizaciones individuales y colectivas. Y al mismo tiempo saber callar para dar la palabra, para hacerle lugar, para brindar esta herramienta primera para la simbolización. La palabra nos permite pensar, nombrar, entender el mundo en el que vivimos, es el principal instrumento de relación con los demás. En la palabra se encuentran los contenidos de la cultura. La palabra humana construye espacios para restablecer el tiempo, simbolizar a partir de la creación de un relato que anude el cuerpo a cadenas significantes. Dar lugar a la palabra es ceder el turno, permitir que el otro tenga su tiempo para hablar en nombre propio.

Por otro lado, la pregunta por la intervención clínica interdisciplinaria también nos interpela, y reclama menos una respuesta definitiva que la construcción de un campo problemático. Es decir, de un territorio para la reflexión epistémica y política capaz de revisar las intervenciones clínicas, de interrogar los sentidos posibles de los conceptos que nos convocan, de pensar los dispositivos, las intervenciones, los distintos posicionamientos sobre la interdisciplina y las modalidades de abordaje a la luz de la subjetividad actual. El nuestro es un posicionamiento teórico posible para dar respuesta a los requerimientos de las referidas nuevas presentaciones, el inicio de un camino por recorrer, la invitación a trazar nuevas cartografías que guíen y orienten nuestra práctica.

Es imprescindible seguir interrogando el sentido de determinados conceptos y modos de abordaje, y no se trata de debatirse en la búsqueda de verdaderos sentidos sino de encontrar respuestas epistémico-políticas para sostener intervenciones clínicas interdisciplinarias que resulten efectivas. En una época como la nuestra, poblada de transformaciones, con un nuevo marco normativo en salud mental y nuevas subjetividades individuales y sociales, no es posible renunciar a reflexionar sobre los desafíos que se vienen. Como profesionales de la salud mental, nos enfrentamos con la difícil y a la vez estimulante tarea de repensar la clínica interdisciplinaria y la intervención, y quizás la clave para ello no está en buscar nuevos modelos sino en superar la idea de que hay un modelo a seguir. Es preciso comprender que un hospital puede en la medida de nuestras propias posibilidades de seguir interrogándonos, buscando salidas y abriendo el debate y la reflexión en función de la “decisión de cuidar”. En otras palabras, significa muchas veces tomar el camino menos frecuentado.

Dos caminos se abrían en un bosque otoñal,

Y dolido por no poder tomar a ambos,

siendo uno solo, me detuve largamente

y miré, dentro de lo posible, el final del primero,

hacia donde doblaba, en medio de los arbustos;

luego tomé el otro, también discreto,

tal vez con mejores pretensiones,

porque había césped y menos señales,

si bien en realidad las huellas eran iguales en los dos caminos.

Y ambos esa mañana estaban recubiertos de hojas

que ningún paso había oscurecido.

Mantuve el primero durante otro día,

incluso sabiendo que otro camino lleva a otro camino,

dudé de que alguna vez pudiera volver sobre mis pasos.

Contaré esto con un suspiro

año tras año:

dos caminos divergían en un bosque y yo,

yo tomé el menos frecuentado.
Esto ha hecho la diferencia.[2]


  1. Este título es empleado por Corea y Lewkowicz en una de las versiones de su texto arriba citado sobre la película La era del hielo. Corea, Cristina y Lewkowicz, Ignacio (2009). “La era del hielo (2002)”, en Aesthethika. International Journal on Subjectivity, Politics and the Arts. Revista Internacional sobre Subjetividad, Política y Arte, vol. 4, n.° 2, abril.
  2. Frost, Robert. “El Camino no tomado”, en Barba, Eugenio. Quemar la casa. Buenos Aires: Catálogos.


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