Pero lo esencial del revolucionario no es la transformación como tal sino que en ella saca a la luz lo decisivo y esencial.
Martín Heidegger
Dado que el campo de la intervención en la clínica de la salud mental y las adicciones es enorme y complejo, tanto desde el punto de vista teórico como desde el clínico, más que de encontrar certezas se trata de problematizar algunas de sus categorías en busca de nuevos sentidos. Es oportuno, entonces, partir de algunas de las definiciones epistémicas y políticas que introducen las mencionadas leyes, sobre todo de aquellas que se centran en la noción de “salud mental” y de “equipo sanitario en salud mental”. La interrogación nos recuerda que no hay sentidos totalizantes, y tampoco se trata de “recuperar” sentidos o debatirse en la búsqueda de “verdaderos sentidos”. Esta época poblada de cambios más que nada nos invita a preguntarnos y a revisar los fundamentos de nuestra práctica. La interrogación por el sentido tiene que ver con poner en evidencia cuestiones que no son manifiestas ni palpables, con ejercer un cambio en la mirada, ligado ante todo a procesos de elucidación y esclarecimiento.
Si estamos de acuerdo en afirmar que los diferentes modos en que comprendemos la subjetividad determinan diferentes formas de intervención, el cambio representacional en el ámbito de la salud es imprescindible, y una de las primeras categorías que debemos revisitar en este recorrido es la de “intervención”. Esta noción tiene una larga tradición, pero nuestro propósito no es relevar la historia del concepto sino interrogar su naturaleza. En principio, la etimología de la palabra puede orientar esta búsqueda. El término está formado por tres componentes latinos: el prefijo inter que significa entre, el verbo venire que significa venir, y el sufijo ción que remite a acción y efecto. Según diversos diccionarios, intervención puede traducirse como “venir entre” o “interponerse”. Es decir, puede ser entendida como “mediación” o “intersección” o bien como “intromisión” o “intrusión”.
Ante esta doble procedencia, nos detendremos en aquella que hace de la intervención un “venir entre”, un tipo de espacio y de tiempo, incluso de modalidad de presencia, que interroga y pone en cuestión lo establecido. En nuestro caso, la práctica clínica. Entendemos que las intervenciones en tanto espacio, lugar, momento son un constructo artificial. Reconocer su artificialidad requiere de su desnaturalización, es decir, de su lectura como dispositivo que se entromete en un espacio en tanto existe una demanda, o bien para lograr que la demanda exista. Entonces, la intervención es un procedimiento que actúa y hace actuar, desencadenando una serie de expectativas, consecuencias y posibilidades ligadas a las representaciones, a cierta construcción simbólica que implica una inscripción en ese otro con el cual se interviene.
Pensar una intervención clínica implica pensar en un dispositivo, término técnico que resulta decisivo en el pensamiento de Michel Foucault. Según el filósofo, es de naturaleza esencialmente estratégica, lo que supone cierta manipulación de relaciones de fuerza, bien para desarrollarlas en una dirección concreta, bloquearlas o estabilizarlas: “son máquinas para hacer ver y hacer hablar”.[1] Este concepto designa un conjunto heterogéneo que incluye virtualmente cualquier cosa, lo lingüístico y lo no-lingüístico, discursos, instituciones, instalaciones arquitectónicas, decisiones reglamentarias, leyes, enunciados científicos y proposiciones filosóficas, morales y filantrópicas.
Para Foucault, el dispositivo es ese espacio de saber/poder en el que se procesan tanto las prácticas discursivas como no discursivas. Señala que “el dispositivo mismo es la red que se establece entre estos elementos”, esta red tiene siempre una función estratégica concreta, refiriéndose a la relación que existe entre los distintos elementos institucionales, lo que incluye discursos, leyes, procedimientos o decisiones que circulan dentro de esa relación. Se desprende de estas conceptualizaciones la idea de dispositivo como algo que se reconfigura a sí mismo de manera constante, que produce distintos tipos de subjetividad en cada momento histórico, y la disposición de una serie de prácticas y mecanismos. El autor piensa el dispositivo como una red que se establece entre los distintos elementos, que aportan su particularidad a la dinámica conjunta. En relación con el sentido en el que sostenemos nuestra clínica diaria, se trata de pensar en la construcción de un dispositivo para cada sujeto en un momento determinado. Así, el tratamiento puede ir variando su intensidad y su modalidad en función de dinamizar las prácticas, uniendo el propio horizonte a la subjetividad de la época.
Volviendo a la intervención clínica, es preciso revisar en clave de época los distintos escenarios posibles, comprender la complejidad de la trama discursiva y los condicionantes institucionales, políticos, históricos y sociales que intervienen e influyen en las decisiones que entraman la práctica. A partir de la necesidad de dar respuesta a las presentaciones cada vez más complejas y de atender a la singularidad desde lo plural, pensar el escenario de intervención surge de conocer de la manera más amplia el contexto, en su singularidad y en su heterogeneidad. Así, esta deviene una acción cargada de sentidos en función de las características materiales y simbólicas, de la singularidad subjetiva y de los profesionales que intervienen. Todo trabajador de la salud debería reflexionar sobre las variaciones que impactan en lo que hace, pensar en clave de época y de situación la intervención, es decir, pensar intervenciones situadas. De lo contrario, se trabaja con sujetos que no son los que se presentan e interpelan. Si no se piensan los escenarios clínicos desde su actualidad, la intervención resulta fallida.
En el escenario de la intervención trascurre una serie compleja de tramas discursivas, que se tornan en una acción cargada de sentidos en función de las características materiales y simbólicas, de la singularidad de los actores y de la especificidad de cada situación. Pensar en nuevos escenarios implica romper con modalidades que resultan anacrónicas. Por diversas razones –algunas vinculadas con nuestra formación–, tendemos a reproducir escenarios viejos en lugar de ser creativos. Ante esto, es necesario flexibilizar, pensar de otra manera el tiempo y el espacio de la intervención. Por ejemplo, en el caso de personas con consumo problemático de sustancias, particularmente de quienes se encuentran en situación de calle, buscarlos forma parte de la intervención, porque es probable que de lo contrario nunca lleguen. Salir a buscar, cuando trabajamos en el primer nivel de atención, implica otra comprensión de la intervención que nos obliga a repensarnos e inventar dispositivos de umbral mínimo de requerimiento, que posibiliten producir una acción transformadora sobre un sujeto.
Este momento histórico está marcado por el capitalismo global: el mercado impone su ley sobre la regulación de la cultura, lo que conlleva un cierto vaciamiento de los puntos de referencia tradicionales que forman el nudo que sostiene a una comunidad. La regulación cultural no es universal, es la de cada sociedad con sus ideales, tradiciones e invenciones al servicio de la civilización que recorta por esta vía una modalidad de goce grupal. Por ejemplo, no es lo mismo el uso de una droga ordenado por los rituales religiosos que por los imperativos del mercado. Pero también hay que pensar esas diferencias entre los efectos de las políticas neoliberales, y sus consecuencias en términos de pobreza y desafiliación a lo largo de generaciones que, por otro lado, conviven con procesos de naturalización de las diferencias sociales y de la violencia. Hay niños que no han tenido estatuto de niños porque sus derechos han sido vulnerados desde pequeños. Las formas que toma el malestar en la cultura, así como las soluciones que se inventan para mitigarlo, son diferentes en cada época, tanto en el orden de las estructuras colectivas como para los sujetos considerados en su singularidad.[2]
De modo que estamos obligados a ser creativos con una clínica que nos interpela día a día en un contexto siempre desconocido. Esto implica pensar con otros nuevas prácticas, que tiendan a la emancipación del otro como sujeto de derechos, para dejar de reproducir lógicas caducas e ineficaces. Foucault, en Historia de la locura, analiza la proliferación de la construcción de instituciones de encierro desde el siglo XVII –hospitales psiquiátricos, fábricas, prisiones, asilos, etcétera–, instituciones que suponen una trama de ejercicio del poder que tiende a borrar la subjetividad del otro, a disciplinar, a controlar.[3] Para peor, a las clásicas instituciones de encierro se sumaron los efectos de los medios de comunicación masivos, que tienden a controlar los cuerpos y mentes de un modo cada vez más salvaje. Apostar a la producción de subjetividad en este contexto es el desafío, dando lugar al otro como protagonista activo de la construcción del dispositivo.
Defender un modelo de intervención no manicomial, desde un paradigma de reducción de riesgos y daños, es un desafío y también una oportunidad que nos presenta la época. Históricamente, en este tipo de instituciones se ha construido al otro como peligroso, como el “diferente” del que debemos mantenernos a distancia. Sin embargo, se hace cada vez más necesario construir una cartografía de lazos que integre esos mundos. Las instituciones requieren ser repensadas. Los dispositivos, instituidos en prácticas desconectadas, deben ser cuestionados. Las prácticas, dirigidas a otros presuntamente aislados, deben ser revisadas. Se trata de pensar el campo de intervención como un campo teórico-práctico en construcción, examinando la formación disciplinar y el quehacer profesional. La perspectiva de derechos nos obliga a pensar en un tipo de intervención en el que los pacientes se integren mediante dispositivos que no funcionen como espacios de control social, lo que implica elaborar planes terapéuticos que acompañen los distintos momentos del tratamiento con abordajes interdisciplinarios.








