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3 Las formas sociales de la apuesta

Un saber hacer

Roberto es el exmarido de Sandra, con quien mantenía La Quince en sociedad. Pero su historia no solo es la de un agenciero, sino también, y quizás principalmente, la de un jugador. Él atendía la agencia los lunes, miércoles y viernes, junto a una empleada por la mañana y un empleado por la tarde. Nunca me ocultó su pasión por las apuestas. Lo conocí un lunes 21 de febrero bastante caluroso en Escobar. Apenas le esbocé el objeto de mi investigación, inmediatamente me confesó: “Uh, me tendrías que haber entrevistado a mí… Me gustaba más el juego que la comida”. A pesar de haber utilizado el pretérito imperfecto, en los momentos libres en que no ingresaban clientes, jugaba él mismo algún número en la quiniela, probaba suerte con una raspadita o confeccionaba un PRODE para los resultados futbolísticos del domingo, mientras fumaba detrás del mostrador. Aquel febrero del 2011, tenía 60 años; jugaba desde los 15, aunque lo precedía la trayectoria de su familia. Él es el nieto de aquel inmigrante que adicionalmente vendía billetes de lotería en su barbería y que, habiendo jugado por obligación, obtuvo el gran premio de Navidad. Es comprensible que parte de su vida la haya dedicado al juego, tanto como oficio cuanto como jugador. Según me relató, había estado en el negocio de la quiniela clandestina, del turf (fue propietario de caballos de carrera) y de agencia. También solía contarme sobre sus incursiones periódicas a casinos y sobre cómo había ganado, perdido, vuelto a ganar y vuelto a perder la semana o el día anterior con las máquinas tragamonedas o la ruleta. Es posible decir que se trata de un jugador “profesional” (al menos es la imagen que intentó presentarme), pero su visión de las apuestas se circunscribía a su propia práctica, y nunca sugería a nadie cómo jugar, ni cuánto, ni qué hacer con el dinero ganado.

No obstante, Roberto tenía su propia opinión sobre el modo “correcto” de realizar las apuestas. En una conversación con otro jugador (Aníbal) que se encontraba apostando en la agencia, aproximadamente de su edad y con el que mantenía cierta afinidad, explicitó una determinada concepción del juego que implicaba un saber hacer:

Aníbal: [realiza su apuesta] Tres pesos al 161, 171, y dos pesos al 61 y 71.

Pero viste que cuando no es para uno… porque ¿yo sabés lo que soy de pensar? Yo soy de… Vos pensás lo mismo que yo… Si vos estás jugando un número y yo estoy jugando al otro número, al otro me estoy jugando yo en ese momento en contra. No es lógico. Si te toca, te toca y punto.

Roberto: Totalmente.

A: Ahora, ¿viste que juegan 200 números, 20 pesos para cobrar 70?

R: Nooo, cada uno juega como quiere.

A: No, no, hay cosas que… nosotros tenemos otra edad. Vamos a jugar a la ruleta y veo cómo juegan y… yo he estado en el…

R: 38 números juegan[1].

A: Te juegan contra las chances. Sale el 0 y pierde el… resulta que sale hecho y sale el cero y pierde las dos. Vos decís: “Este no tiene noción de lo que está jugando”. Son formas… Ahora, después de ahí, lo que decís vos, cada uno hace con la plata después lo que quiere.

R: Totalmente. Vos lo ves acá, salvando las distancias, viene un tipo y te juega cuatro cifras en provincia, otras cuatro cifras en nacional, otras tres cifras distintas de las cuatro cifras…

A: [interrumpe] Puede tener suerte y acertar también.

R: Y después aciertan a las cuatro cifras, y vos andá a decirles que están jugando mal. Andá a decírselo. […]. Yo por eso, cuando viene gente que uno no conoce…

A: [continúa la frase] No podés hablar.

R: “Haceme el 7171”. Le hacés el 7171, y vos lo mirás al tipo… “bájemelo”… que es la lógica pura. Se lo bajás. Viene otro y te dice “Haceme el 7171”, y vos le decís “¿Te lo hago 171?”, “No, no, no, no. Haceme el 7171, el 328 y el 43”.

A: Te volvés loco [se ríe].

R: Entonces, si le preguntás, parecés un boludo, “No te das cuenta que tenés que jugar en las cuatro, en las tres y en las dos [cifras]”. Y si no le preguntás y se las hacés, te dice “¿Por qué te metés? Yo no juego así, yo juego a unas cuatro, otras tres y otras dos”. Y he visto tipos que juegan las cuatro cifras, y andá a decirles “No, loco, estás jugando mal vos”. […]. La lógica es jugar así, las cuatro, las tres y las dos iguales, el mismo número (nota de campo, 30/03/2011, Escobar).

Aunque es verdad que algunas personas no juegan de esta manera “lógica”, también es cierto que la mayoría juega como señala Roberto, es decir, apostando a las tres y a las dos cifras de un mismo número (bajarlo). Sin embargo, esto no agota para nada el asunto. Todas las formas de racionalización se hallan muy lejos de responder a una estrategia probabilística y no pueden comprenderse sin la relación particular que se establece con los números y que, por otra parte, el mismo Roberto mantiene. Aquellos no son símbolos inertes y neutros, sino que están dotados de una personalidad propia e incluso de un carisma, de un encanto. Enraizados socialmente, los números del juego están insertos en una trama de relaciones y de significaciones que actúan como marco de referencia común para los apostadores, y portan una connotación superior a ellos mismos, lo cual los dota de cierto carácter afectivo. Así, hay números buenos y malos, lindos y feos, atrasados y repetidos, en un antropomorfismo que nos indica desde el inicio que el trabajo de las apuestas nunca depende únicamente de una lógica matemática, sino, principalmente, social, lo cual a su vez se expresa en los distintos montos apostados y en la confianza que suscitan.

De esta manera, no interesa la forma lógica de jugar, sino los diferentes sentidos que se hallan detrás de los sistemas de apuestas, casi siempre superpuestos y contradictorios, que se presentan, no obstante, como un conjunto de reglas públicas de acción y de pensamiento y que, por lo tanto, pueden ser consideradas instituciones dentro del universo de jugadores (Hubert y Mauss, 2010). Dado que tienen un carácter eminentemente social, sus apuestas “no profesionales”, legas, no son entonces menos valiosas, puesto que deben verse en el contexto mismo del juego, de su universo de significaciones compartidas y, además, de las formas colectivas de apuesta que el juego mismo y su industria ofrecen y reproducen. Esto, a su vez, implica considerar que se tratan de prácticas, pensamientos y emociones que se despliegan en el juego y que no necesariamente se aplican a todos los dominios de la vida del jugador, lo cual nos evita pensar en términos de racionales o irracionales para ubicarnos más bien en un ámbito finito de sentido (Schütz, 2008) que, no obstante, se presenta como un gran traductor. Si bien las formas de apuestas no son utilizadas en otros ámbitos de la vida de los jugadores, todo lo que en ella suceda puede finalmente ser referido, mediante fórmulas de traducción, a ese universo particular que es el de la quiniela, actuando así como un operador simbólico que enlaza todo con todo.

Por otra parte, las emociones que se expresan en el juego y que se hallan implicadas en las formas de apostar no hacen menos racional al jugador, sino que parecen ser constitutivas de dicha práctica. Nuevamente, son Hubert y Mauss quienes nos indican, siguiendo a Spinoza, sobre la inseparabilidad de ambas dimensiones: “Hablar de sentimientos religiosos es como hablar de sentimientos económicos o sentimientos técnicos. A cada actividad social le corresponde pasiones y sentimientos normales” (Hubert y Mauss, 2010: 69). Las emociones que se evidencian en los juegos –como las maneras de las apuestas–, si bien mantienen un componente de espontaneidad personal, son ellas mismas formas incorporadas de lo social que será preciso describir (Halbwachs, 1947).

La gramática lúdica

Las formas de apuesta se presentan como un conjunto de modulaciones más o menos singulares en torno a preceptos, normas y saberes comunes a los jugadores. Si bien existen, como Roberto y Aníbal, quienes intentan apegarse a formas más “racionalizadas”, nunca lo logran enteramente. En la práctica recurren a una variedad de instrumentos y de razonamientos las más de las veces contrapuestos y contradictorios que, no obstante, se presentan como formas típicas de juego que pueden ser reconocidas y entendidas como tales por cualquier apostador habitual, aun cuando alguna de ellas se le presente como novedosa. Constituyen, en este sentido, una gramática lúdica (Lemieux, 2009), en cuanto sistema de reglas compartidas que permite, con un sentimiento de evidencia, traducir y organizar en apuestas los sucesos cotidianos del mundo. Aunque las variaciones en torno a dichas apuestas pueden ser amplias, subyacen, no obstante, un conjunto de normas y saberes comunes tales como los significados de los números, pero también hechos, fechas y sueños considerados significativos, y que son retomados por “especialistas” que contribuyen a la reproducción de lo que es típicamente apostable.

Una de mis conversaciones con Hernán (“Canario”, a quien presenté en el capítulo anterior) fue realizada en su trabajo. Allí me recibió en un gimnasio techado que hacía de cancha para diversos deportes: vóley, handbol, fútbol, básquet, etc. Una mesita sobre un lateral del amplio salón y un par de sillas eran todo el mobiliario de su puesto laboral. El eco del lugar lo hacía parecer aún más solitario en esas primeras horas de la tarde. Mientras conversábamos, recibió un llamado en su celular, que atendió con prontitud:

Hernán: [atiende su celular] ¿Sí? Sí. Nació en el año 1965. Ah, ah, en el año 45, sí. ¿Y cumple cuánto? 66. Bueno, bueno. Listo, ahora hago los números entonces. A, ¿cumple 66 me dijiste? Bueno, listo. Bien, bien. A. Entonces nació en el año mil… cuarenta y cinco. Así que cumple ¿sesenta y…? Listo. Listo, gracias, negrita. Chau, mi amor, chau [termina su llamado y continuamos con la entrevista].

Hernán: Ahí está, ¿ves?

Pablo: ¿Te pasaron un dato?

H: Una amiga cumple hoy 66 años. Nació en el año mil… ahí está, ¿ves? [me muestra el papel donde había anotado los números]. Desde esta mañana que nos estamos preguntando, nosotros [la jugadora que lo llamó y él], cuántos años cumplirá. Entonces le mandó un mensajito ahora y… Entonces ahora me gusta este número de cuatro cifras, ¿ves? [me muestra nuevamente el papel].

P: 1945.

H: Así, 1945, y las tres cifras le pongo el 66 solo, ¿sí? Con el uno, que es una persona que cumple los años, es 166.

P: Ah… claro. Porque yo muchas veces me preguntaba, “Tienen las dos cifras, ¿cómo le agregan la tercera?”

H: Claro, entonces… me pasó una vez, una chica trabajaba acá en el comedor, el año pasado, me dice [reproduciendo el diálogo] “Hoy es mi cumpleaños”. “¿Cuánto cumplís?”. “33”. “Uh, mi número que me gusta a mí”, le digo. “33, lo voy a jugar”. “Bueno, jugalo”. Agarré [acerté] el 33, y el 333. Y le digo, “Las cuatro cifras…” entonces, después aprendí. Yo aprendí que tenía que contar la persona. ¿Sí? Aprendí a contar la persona. Claro, ella cumple años, es una sola, y salió 133.

P: ¿Y el 3 de la… digamos, el tercer 3? Ella cumplía 33, vos le agregaste un 3…

H: Porque me gusta el 3.

P: Ok, y después le agregaste el 1 de la persona.

H: El 1 de la persona.

P: Salió.

H: Salió el 1333, o sea que no agarré las cuatro cifras porque no puse el 1 de ella, que era una sola persona.

P: Y, por ejemplo, si ves una pelea, serían la pelea y el 2.

H: Si son dos personas que están peleando, el 2. Acá, justamente en la esquina, un chabón, no sé si era la novia, la mujer o qué; él venía en una moto y la chabona en una camioneta. Se paró adelante, y fue y la agarró del cuello y la zamarreaba, ¿viste?, a la chabona, ¿viste? Y no la largaba, y la gente de atrás empezó a tocar bocina. Y yo salgo corriendo a defenderla. Y el chabón la largó y agarró viaje. Agarró la moto él y se fue. Y digo yo, “la pelea.” 2… son 2: 282. Y salió. Sí, salió. O sea que siempre contando a la otra persona. O sea que ahora (nosotros le decimos la abuela), la abuela cumple… nació en esta fecha, de 1945, ¿sí? Entonces cumple 66. Yo le agrego el 1. Ella cumple los años. 166. Es así lo que uno va haciendo, ¿viste?

P: ¿Y a las cuatro cifras le apostás más que a las tres?

H: Las cuatro cifras sí, a veces sí. A veces no y a veces sí. Según. Pero, como ella es una persona muy especial para nosotros, viste, lo voy a cargar, por ejemplo, el día de hoy lo voy a cargar. Lo voy a jugar bien. O sea, acá juego las cuatro cifras y las tres cifras. O sea, el 945 y el 1945. Y acá le pongo el uno, ¿sí? El 166 y el 66.

P: Y ahí depende también que esa persona, que uno la aprecia, que vos le pongas más… la cargues más…

H: Sí, sí, sí, sí. Es una persona muy especial para nosotros, ¿viste?, le ponemos. O sea, le pongo yo este, solo lo cargo, el 66 y las tres cifras. E igual acá.

P: Claro, si fuera otra persona cualquiera, por ahí le ponés menos.

H: Le pongo menos. Por ejemplo, estos números yo acá los voy a jugar tres días seguidos. Hoy es jueves, viernes y sábado.

P: Siempre se juegan tres días, ¿no?

H: Tres días antes o tres días después. En esos tres días antes sale, o sale en los tres días después.

P: En uno de esos seis días sale.

H: Exactamente. Es como te decía, están poniendo todo ahí cerquita, que falta un 3 para el 333, ¿viste? Pusieron el 3030. Faltó un 3, y así lo van poniendo. Y bueno, esa es la forma de ir estudiando.

Este fragmento, aunque extenso, es ejemplar por la diversidad de elementos que se hallan presentes. Hernán también habla de “jugar bien”, de “ir estudiando” y de “hacer” los números. Aunque el contenido de la apuesta es del orden de sus relaciones sociales próximas, la forma corresponde a una regla pública a partir de la cual los números son seleccionados (los años que cumple la persona, el año de nacimiento, la inclusión del 1 en las tres cifras, los días que debe jugarse, etc.). A su vez, el número a jugar es dado por una relación social específica, cuya intensidad se expresa en el incremento de los montos apostados para la ocasión (“Es una persona muy especial para nosotros, ¿viste?, le ponemos”). El dinero apostado actúa como un revelador de la estima personal, dado que es la obligación moral que esa estima provoca la que parece intensificar el monto jugado, como si fuera a la persona misma a la que se apuesta a través del número. Pero, a la vez, y justamente por lo anterior, subyace una esperanza más vívida de obtener un premio debido a la confianza que genera la relación social “en juego”[2]. Muy comúnmente se juega a fechas de cumpleaños, aniversarios o números de alguna manera vinculados a gente muy cercana que ha fallecido. La carga emocional que porta el número parece incrementar la esperanza en la posibilidad de que sea ganador, llevando así a seguirlo por largos períodos.

En efecto, es la relación social y no alguna ley de probabilidad o estadística la que otorga la certeza de una ganancia próxima. Con la misma creencia en la eficacia, lo casual de un incidente callejero también puede ser objeto de una apuesta que será corroborada por el juego. Y, sin embargo, aparece al mismo tiempo la idea de que los números no dependen de nada de eso, ni siquiera de algo tal como la aleatoriedad, sino que son controlados por la institución organizadora (“Están poniendo todo ahí cerquita”). Pero estas pautas y nociones no fueron inventadas por Hernán, sino que, como mencioné, son reglas públicas de acción y de pensamiento. Si bien su eficacia no está garantizada, constituyen, no obstante, una gramática que, sin ser reflexiva en sus reglas, proporciona los esquemas mediante los que se constituye la certeza en la posibilidad real de un acierto. Las contradicciones que muchas veces presentan no imposibilitan que en su conjunto se estimen como igualmente válidas. Como en la magia, “[l]as contradicciones vienen de la riqueza de contenido de estas nociones y no les impide ser portadores, para los creyentes, de los atributos de lo empírico y de lo racional” (Hubert y Mauss, 2010: 59).

La quiniela y los números

En la quiniela los números no son simplemente soportes funcionales y neutros, puesto que representan algo exterior a ellos que no es del orden de las propiedades físicas. Constituyen un código a través del cual se traducen sucesos de la vida cotidiana, eventos y relaciones personales en apuestas y, de este modo, se trata de símbolos de un ordenamiento que sería posible descifrar. Los números configuran un mundo dotado de sentido al permitir relacionar dichos eventos, extraídos del decurso del día, con un orden que los trasciende y así organizarlos. Así, como en el jogo do bicho (DaMatta y Soárez, 1999), la vida cotidiana les otorga un caudal de eventos particulares que son traducibles en guarismos percibidos como pálpitos.

Aunque cada número puede tener más de un significado (por ejemplo, de nombres, animales, oficios, signos zodiacales), el más extendido y utilizado es el de los sueños, lo cual no parece sorprendente si consideramos que estos han sido objeto de interpretación y de búsquedas premonitorias desde la Antigüedad. A cada número, del 00 al 99, le corresponde un significado preciso que puede verse en el cuadro 3.1. Todas las agencias de quiniela –e incluso en las páginas web oficiales de las Loterías– cuentan con al menos un cartel en el que se exponen los significados, junto a otras variantes en que se establecen distintas relaciones entre números[3]. A través de dichos significados, es posible traducir no solo sueños, sino también cualquier evento de la vida cotidiana en una apuesta. Las peleas, el mal tiempo, una caída, un incendio o el avizoramiento de una rata son algunos de los sucesos que pueden adquirir un carácter significativo y premonitorio para los jugadores. Así, casi todo es susceptible de contener una significación que, aunque no esté prevista de antemano en los significados ya establecidos, puede indagarse y armarse por aproximaciones y combinaciones. Si bien las apuestas no se agotan en los significados, estos son uno de los recursos básicos de cualquier jugador habitual de quiniela, y, de hecho, su utilización traspasa el ámbito mismo del juego y no es extraño escuchar su mención en conversaciones por fuera de él.

Cuadro 3.1. Significado de los sueños

00

Huevos

20

Fiesta

40

El cura

60

La virgen

80

La bocha

01

Agua

21

Mujer

41

El cuchillo

61

Escopeta

81

Las flores

02

Niño

22

Loco

42

Zapatillas

62

Inundación

82

La pelea

03

San Cono

23

Cocinero

43

Balcón

63

Casamiento

83

Mal tiempo

04

La cama

24

Caballo

44

La várcel

64

Llanto

84

La iglesia

05

Gato

25

Gallina

45

El vino

65

El cazador

85

Linterna

06

Perro

26

La Misa

46

Tomates

66

Lombriz

86

El humo

07

Revólver

27

El Peine

47

Muerto

67

Mordida

87

Piojos

08

Incendio

28

El Cerro

48

Muerto que habla

68

Sobrinos

88

El papa

09

Arroyo

29

San Pedro

49

La carne

69

Vicios

89

La rata

10

La leche

30

Santa Rosa

50

El pan

70

Muerto Sueño

90

El miedo

11

Minero

31

La Luz

51

Serrucho

71

Excremento

91

Excusado

12

Soldado

32

Dinero

52

Madre e hijo

72

Sorpresa

92

El médico

13

La yeta

33

Cristo

53

El barco

73

Hospital

93

Enamorado

14

Borracho

34

La Cabeza

54

La vaca

74

Gente negra

94

Cementerio

15

Niña bonita

35

Pajarito

55

La música

75

Los besos

95

Anteojos

16

Anillo

36

La manteca

56

La caída

76

Las llamas

96

Marido

17

Desgracia

37

El dentista

57

El jorobado

77

Pierna Mujer

97

Mesa

18

Sangre

38

Piedras

58

Ahogado

78

Ramera

98

Lavandera

19

Pescado

39

Lluvia

59

Las plantas

79

Ladrón

99

Hermano

Pero estos significados no agotan la utilización de los números. Las patentes de los autos, las fechas de cumpleaños o de aniversarios, las direcciones, efemérides de todo tipo, fiestas religiosas… Prácticamente todo puede ser traducible en una apuesta. Para el jugador, la interpretación de su mundo está mediada por los números, los cuales, a su vez, ayudan a organizarlo. Cada cosa puede reducirse, como en la filosofía pitagórica, a una combinación de cifras. Si bien cada jugador aduce una o varias estrategias particulares al realizar las apuestas, casi siempre se trata de una variación dentro de un conjunto de formas más o menos establecidas de combinaciones en la que conviven diversas maneras de “estudiar” los números y de interpretar la vida cotidiana en relación con ellos. Así, sucede que la creencia en una “estadística” se combina a su vez con pálpitos, sueños y eventos de todo tipo, y con una interpretación de las cadenas de significado que se van armando a partir de los números que han salido ganadores. De esta manera, en los juegos de apuesta, convergen y se entremezclan con intensidades variables dos formas de conocimiento que se presentan a través de los números: tanto una vertiente “cientificista” en la que se los observa como una fuerza explicativa en sí misma, la cual gobernaría la mecánica del juego mediante la teoría de la probabilidad, cuanto una visión mágico-religiosa que les atribuye un significado que los supera (Reith, 1999: 168). Pero, en cualquier caso, el azar como mera probabilidad y ausencia de causa no se presenta en los discursos de los jugadores de quiniela, sino que siempre es posible atribuir algún tipo de sentido al juego. Este llevaría siempre una teleología implícita que sería posible descifrar. Incluso si el sentido de los resultados se vincula a la manipulación de estos.

“¿Cuál pusieron?”

En la red social Facebook, es posible observar una página dedicada a los jugadores de quiniela a la que, en diciembre de 2013, se hallaban adheridos más de 10.100 usuarios[4]. Esta aparece patrocinada por uno de los gurúes de las apuestas: el ingeniero Datelli. Allí se ofrecen efemérides diarias y distintas variantes de números para los apostadores. Pero, además, funciona como una red de contacto entre ellos, quienes a menudo se alientan, piden datos y comparten sus pálpitos. Publicado el día 6 de septiembre de 2013, puede leerse el siguiente fragmento[5]:

Ezequiel: Vamosss todaviaaa agarre el 232 de 10 pesos.

Daniel: QUE HIJOS DE P… QUE SON LOS DE LOTERÍA OTRA VEZ EL 675 ME TIENEN PODRIDO MANGA DE LADRONES.

Norma: bien ay con el 3232 !!!!!!!!!!!

Isabel: De enero a enero ganancia del quinielero….jaja.

Delia: Tenes razón Daniel, ponen los números con la mano, nosotros somos los tontos que seguimos jugando. Manga de chorros.

Delicia: yo por bronca perdi 232 y 52 cagada.

Ezequiel: que especiales dejo el inge para mañana?? me pueden decirr??

Ana: Espero para la noche 834 y 128 y 035 besos.

Olguy: si siempre lo mismo dos dias ponen tres cifras perla y despues los otros 28 dias, numeros horribles el 22 no lo ponian y cuando salio lo ponen 022 asi nadie agarra las tres cifras se la estudian todas y bueno siempre gana la banca y las personas k juegan porque les gusta, solo perdemos plata y la realidad es k nadie juega para salvarse ni para hacerse millonario pero seria bueno k sea mas parejo un poco la gente y otro poco la loteria nooo…..

Rosa: el reemplazo del 35 es el 51 ya salio cuantas vecesss q salga el 708 y 248 SUERTEEEEE.

Olguy: basta de repetidosssssssssssssssssssssssssss.

Maria: Loteria nunca va a perder plata, tienen todo friamente calculado ellos hacen grandes negocios con la plata que ponemos todos nosotros, pero lo mas importante es preguntarse que hacen con toda esa plata que ellos administran. quinelas – bingos casino totales de fortuna increible.

El jugador de quiniela puede afirmar que “salió tal número”, pero, junto a esa expresión, combina otra que es más utilizada que aquella: “pusieron tal número”. El término pusieron, que al principio escuché con desconcierto, se me iba extendiendo en la medida misma en que realizaba el trabajo de campo. La respuesta era sencilla: “En este país todo está arreglado”, “Seguro saben lo que se apuesta”, “Irán viendo qué juega la gente” y otras frases por el estilo, acompañadas algunas veces de una historia sobre alguien que sabía sobre algo que habría acontecido en forma aparentemente fraudulenta. El hecho de que las apuestas sean digitalizadas y enviadas en tiempo real a un servidor central abona este tipo de hipótesis. Si, por un lado, el capital simbólico de la industria de los juegos de azar, que podría suponerse que es una de sus condiciones de posibilidad, se sostiene en gran medida en la transparencia de los procesos técnicos y del pago de los premios –y, en este sentido, las instituciones organizadoras se hallan constantemente publicitando los estándares de calidad de sus tecnologías y las certificaciones internacionales a ellas asociadas[6]–, por el otro, el hecho de que los servidores puedan registrar la cantidad de apuestas realizadas a determinados números es tomado por los jugadores como evidencia innegable de una manipulación de los resultados.

No se trata de una sospecha sobre alguien en particular, sino más bien de una certidumbre sobre el control institucional que se ejerce sobre los resultados para incrementar la recaudación del juego y, en este sentido, de que una parte del proceso mismo residiría en su manipulación. De esta manera, no habría una corrupción en la forma de un delito cometido por una persona, sino que la manipulación sería inherente a la intervención estatal debido a una lógica fiscal. Incluso Sandra, cuyo trabajo es vender juego, sostenía esta visión. En una oportunidad, una jugadora que se refería con ironía a la cantidad de sorteos diarios ofrecidos para la quiniela dijo: “A ver cuándo ponen otro sorteo”. Esto disparó el siguiente comentario de Sandra:

Sí, en cualquier momento ponen una a las tres de la mañana. Cuando salió La Primera no la jugaba nadie, entonces ¿sabés lo que hicieron? Pusieron todos los números lindos, que juega la gente, a la mañana. Entonces la gente tuvo que empezar a jugar a la mañana. En una época se sabía en la Lotería Nacional qué números ponían a los premios. Te decían “Jugale a los premios a tal número que sale”… ¡y salía!

Hernán me lo explicó de esta forma:

Hernán: Vos fijate que, cuando la gente deja de jugar, el 333 no te lo van a poner ni a las dos de la tarde, ni a la mañana ni a la noche. Te lo van a poner a las cinco y media. ¿Por qué cinco y media? La gente está trabajando, se olvida…

Pablo: ¿Es cuando menos se apuesta?

H: Exactamente. Entonces, ¿quién lo agarró? Y bueno, fueron poquitos. En cambio, a la mañana hay más gente que lo juega. O a las dos de la tarde. O a la noche. La gente sale de trabajar, lo juega.

En cada caso subyace la misma idea: que las Loterías juegan a ganadoras y manipulan de diversas maneras los sorteos para recaudar la mayor cantidad posible de dinero. Siempre se trata de un tercero más o menos indefinido que englobaría a todas las instituciones organizadoras, ya sea un “ellos” o “la Lotería” a secas. Sin embargo, a su manera, esta sospecha contiene una verdad: como cualquier juego de apuestas, la quiniela y las demás loterías están diseñadas para que la banca obtenga beneficios. Aunque esto no significa que se manipulen los sorteos, los jugadores perciben la asimetría con las sucesivas pérdidas. Justamente, la idea de una manipulación de los sorteos es solidaria de la experiencia del carácter muchas veces frustrante del juego, ubicando en el origen de esta a una entidad superior que regiría los resultados.

Un jugador, mientras miraba el tablero con los números ganadores en El Veintidós, manifestó su fastidio por los resultados obtenidos al espetar: “…y yo soy un estúpido que sigo jugando”. Sin comprender la reacción, Julieta (la hija de Sandra, quien trabajaba como empleada primero en La Quince y luego en El Veintidós) y yo nos quedamos en silencio, hasta que finalmente se justificó: “Y sí, porque te forrean [vilipendian]”. La aparición de números invertidos (por ejemplo, el 08 y el 80) había sido tomado como una burla de las Loterías hacia los apostadores. Las instituciones controlan el juego, pero –seguramente– no de la manera que los apostadores creen: simplemente lo hacen a partir de los cálculos entre las probabilidades y los premios que deben otorgar, colocando la estadística como garante de la recaudación. En los casos excepcionales en que puede suceder un “salto de banca” (cuando los premios superan a la recaudación respectiva del sorteo), las Loterías pueden establecer –en el caso que crean conveniente– “topes de banca” para realizar pagos proporcionales menores a los correspondientes, como reaseguro de mantener la estabilidad financiera[7].

Pero, si hay una sospecha generalizada sobre las entidades organizadoras del juego, ¿por qué se continúan jugando? En un sentido, se puede decir que esto le agrega un elemento agonístico al juego: ahora se juega contra alguien, más bien indefinido, pero que actúa como un otro a partir del cual el juego se torna competitivo. Pero, además, este carácter agonístico iría en el mismo sentido propuesto más arriba: no existe lo puramente azaroso para nuestros jugadores. Más bien, existe un conjunto de saberes para apostar de determinadas maneras cuyos fracasos pueden ser explicados por este elemento de arbitrariedad que vendría desde las Loterías. Presentaré, a continuación, cuáles son algunas de las formas de apuesta más difundidas entre los jugadores de quiniela.

Los atrasados

Seguir los números atrasados es una de las maneras corrientes de realizar las apuestas, quizás la más cercana a una estadística espontánea de los jugadores. Se basa en la idea de que los números que hace un tiempo no resultan en primera posición deben salir ganadores próximamente. Esto implica un trabajo de seguimiento de los distintos sorteos: ver cuáles salieron, cuáles no, informarse a través de pronósticos, en diálogo con otros jugadores o con el mismo agenciero. Algunas personas –las más “profesionalizadas”– llevan su propia anotación de los números que van premiando los distintos sorteos; otras simplemente confían en los pronósticos que se publican semanalmente en periódicos o en folletos especializados o, incluso, en los servicios de telefonía celular que envían datos diarios; y otros se respaldan en su propia memoria (construida muchas veces en diálogo con otros jugadores) para saber cuál es el atrasado. En cualquiera de los casos, existe una aplicación lega de la estadística que implica el manejo de cierta información –errada o no– sobre la que se genera una creencia en la futura posibilidad de acierto.

Una de las formas de apostar que tenía Mariana, una asidua jugadora de El Veintidós, era seguir a los atrasados. Estos últimos eran, para ella, aquellos que “hace dos meses que no salen”. Según me explicó, no puede haber números atrasados por más de tres meses, por lo que, durante ese último mes, debían intensificarse las probabilidades de que resultaran ganadores. Fue así que Mariana había perdido gran cantidad de dinero por seguir un número, dado que, con cada nueva pérdida, creía estar más cerca de obtener un premio.

Pero no es a través de la utilización correcta o no de la estadística como deben observarse estas prácticas, sino sobre la base de su anclaje en otras creencias. Como evidenció Adorno (2011), la divulgación de la literatura científica y del conocimiento acerca del universo y de la insignificancia de nuestro sistema solar dentro de él no socavaron la creencia geocéntrica y antropocéntrica en la astrología. De la misma manera, la utilización creciente de la estadística en la vida social (por los Estados, pero también por académicos, empresas y medios de comunicación) se ha convertido en un hecho corriente no solo reservado a los expertos, lo cual implica que no siempre se haga un uso científico de ella. Esta utilización no docta no debe imputarse a un conocimiento imperfecto ligado a una falta de información (Bronner, 2003) o a límites cognitivos (Boudon, 1995). Pareciera que este tipo de realización de la apuesta debiera verse antes como una creencia que como una aplicación mal hecha de los cálculos. No importa cómo se determine el número atrasado, sino la fe en un sistema que le otorgue un orden al resultado y, de ahí, en la posibilidad de acertar dicho número. En este caso, se trata de un sistema moderno basado en el cálculo matemático, pero junto al cual conviven otros modos igualmente idóneos (por su creencia) para acertar números.

Hermeneutas de los números

Hacía apenas un rato que Hernán había estado en La Quince cuando volvió apresurado, como de costumbre, dirigiéndose directamente a una de las repisas dispuestas para los apostadores. Miguel, mientras atendía a otro jugador, le preguntó: “¿Qué pasa, Canario?”. Hernán le respondió al pasar: “Me olvidé de jugar uno…”. Sin detenerse, tomó un papel e hizo una anotación. Luego observó un momento los números que habían salido premiados el día anterior, repasándolos uno por uno en voz alta: “Pescado, negro, la virgen, el ahogado…”. Con convicción, reafirmando el número que estaba por apostar, remató: “¡Y tiene que salir, tiene que salir!”.

Esta era una de las maneras en que Hernán organizaba sus apuestas, la cual no era la única. Se basaba en la construcción de un relato o de un encadenamiento entre los significados de los números. Así, cada uno de los ganadores podía ser leído como una parte de un relato mayor que se hallaba en construcción y cuyo devenir podía ser develado y apostado. Esto sin depender de que se le atribuya a alguna fuerza superior o a una treta de los organizadores del juego:

Ahora me encapriché con el 333 porque, te digo, de arriba hasta abajo salieron todos: la virgen, la misa, el cementerio, el papa, el niño y falta Jesús. Y siempre lo ponen, porque no dejan de ponerlo. Para Semana Santa siempre. Es como cuando la hija de Maradona cumplió 15 [años], ese día lo pusieron. No es casualidad. Lo ponen.

Pero este relato no fue ocasional. Ese mismo día, una semana antes del Jueves Santo, había salido en la nacional el 0409. Dos señoras ingresaron a La Quince y vieron el resultado en términos del significado del 09: el arroyo. Inmediatamente comentaron: “Vamos a jugar al pescado ahora, seguro viene, a ver si salvamos el filete”, en alusión al consumo de pescado que se realiza tradicionalmente para aquellas fechas. Este tipo de interpretaciones no es solo del orden de lo prescriptivo, sino también de las vinculaciones que pueden establecer entre los números que ya han salido. Así como Hernán encontró varios números que podían relacionarse entre sí desde el punto de vista religioso, estas dos señoras también encontraron en los hechos una relación simpática entre algunos de ellos. Mientras miraban el cartel de los sueños, una le refirió a la otra: “Salió el gato y ahora el pajarito”. Ambas terminaron jugando al 19, o sea, al pescado.

  • “Le voy a jugar al 98 porque, siempre que sale el marido, después sale el ‘cornudo’” (mujer, La Quince).
  • “Salió el fuego, salió el humo, faltan las llamas” (mujer, El Veintidós).
  • “Salir sale cualquier cosa, pero, siempre que sale el 52, sale el 56. Y el 02 fijate que después sale el 22. Y a la mañana a veces repiten los de la noche, ¿viste?” (mujer, La Quince).
  • “Ayer salió el 10… con el 10 y el 47, tiene que salir el 77” (mujer, La Quince).
  • “Anoche salió el 14, y más o menos relacionados vienen el 22 o el 24” (hombre, La Quince).

Este tipo de sucesos podría multiplicarse, siempre bajo la misma lógica de una relación entre un número precedente y otro próximo a venir. Por otra parte, esto no necesariamente implica un encadenamiento de los significados, sino que también puede darse a partir de una mezcla entre la estadística del jugador y la creencia en una conexión que existiría entre determinados números, más allá del significado particular que tengan en forma aislada. En el mundo de juego, estos se llaman números simpáticos, es decir, aquellos que saldrían ganadores secuencialmente por mantener una relación de simpatía. A diferencia de los significados de los sueños, que pueden encontrarse de igual forma en todas las agencias, los números simpáticos son relativamente contingentes y presentan variaciones. Sin embargo, más allá del contenido, en todos los casos revelarían relaciones formales de vinculación afectiva entre ellos.

Pálpitos

Si bien la noción de pálpito es más bien vaga entre los jugadores, sin límites precisos, puede definirse como el convencimiento íntimo de que un número está próximo a salir ganador y, en este sentido, se trata de una creencia antes que de un método. La actitud del jugador es más bien receptiva, puesto que el pálpito viene de afuera, se le impone al jugador, el cual solo lo sigue. Así, puede distanciarse de las jugadas “estratégicas” en torno a los números atrasados, presentándose a veces como revelaciones en sueños o eventos, pero también puede tener un origen más prosaico, como los anuncios semanales que se realizan en la agencia o en secciones de diarios y folletos especializados.

Jorge: Cuando tengo así un pronóstico o un pálpito, juego.

Pablo: Y del juego, cuando usted va a jugar, ¿qué le gusta? O sea… ¿es solo por el pálpito?

J: Claro, el pálpito, y, si no me gusta, siempre veo que también hay pálpitos de la misma agencia que jugamos… o del diario mismo, te vienen ahí unos pronósticos en el diario, que vienen ahí… Dicen “hoy numerazo”, o a veces dice “juegue sin miedo”, en fin, ponen unos números… y por ahí juego lo que veo en la agencia, ¿no?

Hernán me explicó su noción de pálpito de la siguiente manera:

Hernán: Claro, es como decir, “Mirá, me gustó un número” y bueno. O a veces me ha pasado que he soñado que ganaba con tal número y me levantaba y… “¿Será que sale?”. O me levanto y me pica la mano… “Oh, me pica la mano…” y voy a agarrar plata entonces. ¿Qué es la plata? El dinero, el 32. Me pasó el otro día. Y no gané porque no lo jugué como era debido, acá a los chicos. Le digo “Haceme el 2332, y el 232”.

P: ¿Y qué salió?

H: Salió el 332. Y el 32 no lo jugué. Así fue. Al 32 no lo jugué. Ya te digo, porque se me pasa por alto y no lo juego. Cuando viene la chica, me dice “¿Viste? No jugaste a las dos cifras”. Me levanté, te digo, y me picaba la mano. Voy a agarrar plata. Plata. El dinero: 32. Salió el 332. […]. He ganado muchas, de esas así, muchísimas veces. Así que ya te digo, los míos, los pálpitos, te digo que cuando se me cruzan… y te digo que se me cruzan en la cabeza y…

P: Y le jugás.

H: Y le juego. Sí, porque va a salir, va a salir seguro.

Antes que ser una forma de encontrar un número para apostar, es más bien la creencia en la eficacia que puede conllevar un número, originado en un conjunto de hechos de la vida diaria, tanto si son ordinarios como si son extraordinarios. En el límite, cualquier número, independientemente de la manera por la que haya llegado al jugador, puede ser un pálpito. Si este es el producto de un cálculo, de un sueño o de un simple cartel en una agencia, puede presentarse de igual forma siempre que haya una confianza en que tal número puede resultar ganador, confianza que es transmisible: los pálpitos de los diarios y de las agencias son igualmente buenos si uno no lo posee en el momento. Pero, como se ve, estos números no se eligen, sino que más bien se presentan de entre un abanico amplio pero no infinito de posibilidades más o menos combinadas de la vida cotidiana de los jugadores. Como señalan DaMatta y Soárez (1999), esto requiere la suspensión de los intereses vinculados al flujo ordinario y abrumador de las rutinas diarias y un modo de percepción atento a los eventos que puedan ser reveladores. Como se verá, la percepción de los jugadores se dirige hacia campos colectivamente demarcados como significativos para la generación de pálpitos, en cuanto se hallan valorizados como buenos productores de números para apostar.

Sueños, eventos y efemérides…

A pesar de que puedan tratarse de sucesos personales, y, en este sentido, varíen los números que juega cada persona, subyacen criterios comunes (que se presentan como evidentes) para la construcción de una apuesta. De ahí la idea de una gramática lúdica en la que determinados campos son significativos para adquirir números y pálpitos. Entre ellos, sobresalen ciertos sucesos de la trayectoria personal o familiar del apostador que, por su carga afectiva (nacimientos, cumpleaños, aniversarios, incluso la compra de un automóvil, etc.), son propicios para ser apostados. Lo mismo sucede con ciertas efemérides que, en general, son de público conocimiento entre los jugadores a través de diarios, folletos, programas radiales y otros medios. Por su parte, los sueños sean quizá el elemento al que más se han visto asociados los juegos de azar desde que aquellos eran considerados un medio de comunicación con el reino de lo sagrado para develar designios (Reith, 1999), y, en este sentido, no es casual que el significado por antonomasia de los números esté asociado a ellos. Estos constituyen la fuente de pálpito más indiscutible para los jugadores. La vinculación que establecen en ese estado liminar del sueño con un “más allá” a partir de imágenes, sonidos y personajes constituye excelentes presagios para agarrar a los números.

A su vez, los sueños suelen presentar situaciones o personas que mantienen un vínculo con el apostador, por lo que se les suma una carga afectiva que los vuelve aún más premonitorios, especialmente cuando se tratan de personas fallecidas. Como expuse más arriba para el caso de un cumpleaños, soñar con personas que han sido o son cercanas también dota de mayor relevancia a la apuesta y la vuelve más seria aún, lo que generalmente se traduce en una mayor cantidad de dinero jugado. A su vez, la afectividad puesta en juego incrementa la “fe” en el número, en que resulte ganador.

El Tucumano entró a la agencia haciéndole burlas a Roberto [el agenciero] por el triunfo del día anterior de River contra Independiente, equipo del cual es hincha. Mientras le jugaba 5 pesos al 48, se dirigió a mí diciéndome: “Le tengo fe”. Yo sabía que el 48 en los sueños significa “el muerto que habla”, así que le pregunté por qué lo había elegido. “Soñé con mi mamá y con mi abuela. Las dos muertas”, me respondió. Eso solo bastaba para que la apuesta tuviera sentido.
Cuando se retiró el Tucumano, Roberto hizo una jugada para él mismo. Mientras sacaba la boleta de la máquina, me miró con complicidad y la dejó a un costado, como suele hacer con sus jugadas. Guiñándome un ojo, me explicó: “Una fija para hoy”. Le había jugado al 28 por ser el aniversario de casamiento de sus padres (nota de campo, 28/02/2011, Escobar).

Tanto el Tucumano como Roberto realizaron apuestas con números que habían asociado a sus círculos familiares, a partir ya sea de un sueño o del propio calendario. Pero, en ambos casos, lo que le daba significatividad al juego es, como ya se vio con anterioridad, la relación social que traduce la apuesta y por la que se apuesta. Es esto lo que sustenta una creencia (una fija o una fe) en los números. Es la fe en dichas relaciones antes que en el número como símbolo matemático lo que otorga la creencia en este último. Si, como dije, la quiniela es un juego individual, en cuanto se realizan apuestas de manera personal y no colectivamente, se trata, no obstante, de un juego profundamente social, puesto que una parte importante de las apuestas se realizan en función de determinadas relaciones sociales que son relevantes para los jugadores y, en este sentido, cristalizan en ellas sus afectos. Esto se ve especialmente en el caso de los cumpleaños y aniversarios, fechas obligatoriamente jugadas por los apostadores.

Pero los pequeños episodios de la vida barrial también ofrecen un repertorio de números que pueden ser jugados. Irma trabajaba como personal de limpieza en la delegación municipal de Martínez, a unos metros de la agencia. Ella, al igual que Mariana, era apenas una de las empleadas y los empleados municipales que se acercaban sucesivamente a jugar en distintos horarios. Un día Irma ingresó a la agencia con una jugada precisa. Al llegar, preguntó: “¿Qué número es la rata?”. Inmediatamente, Julieta le respondió: “El 89”. Nos contó que una mujer había llevado a la municipalidad una rata muerta dentro de una caja, dirigida a una persona en particular, y que, al entregársela, le había dicho: “Tomá, te traigo un regalo”. En el momento nos causó cierta repugnancia, pero el asunto se tornó cómico cuando, al rato, concurrió la señora que había llevado el “obsequio”. Al igual que Irma, preguntó “¿Qué número es la rata?”, a lo que Julieta volvió a responder “El 89”. La señora, de 88 años, vivía del otro lado de la plaza ubicada frente a la agencia. Nos contó que había llevado una rata a la municipalidad luego de que apareciera muerta en su casa, aduciendo que era un problema de la limpieza del municipio.

Este suceso local, sin embargo, nos indica ya el carácter social de determinadas apuestas y números, no solamente en su forma, sino también en su contenido. Las efemérides y los acontecimientos públicos son ocasiones magnificadas de este mismo relato. El nacimiento y la muerte de Carlos Monzón o de Eva Perón, el cumpleaños de Maradona, la elección de un nuevo papa o el atentado a las torres gemelas representan algunos de los sucesos sobre los cuales se concentran las apuestas del público de jugadores.

Al cumplirse un nuevo aniversario de la muerte de Eva Perón, el 26 de julio de 2011, resultó ganador en el sorteo de la Provincia de Buenos Aires el número 9792. Este dato desplegó un conjunto de conexiones por parte de Julieta: el 92 era la edad que hubiese tenido Eva Perón, aunque la gente había estado jugándole mucho al 33, edad que tenía cuando falleció. El 92 también es el médico, y el viernes siguiente sería el aniversario de la muerte del reconocido cirujano René Favaloro. Por otra parte, el día anterior habían salido ganadores el 52 –año de la muerte de Eva– y el 21 –que es la mujer–, y la semana anterior había sido el 33, por lo que ella había pensado en jugar el 92 (el número que hubiese faltado), aunque finalmente desistió porque “los muertos no cumplen años”.

Estas conexiones de fechas y significados pueden volar como espectros a lo largo de una semana entre las expectativas de los jugadores, quienes buscan todas las variantes y asociaciones posibles sobre las cuales apostar. El encuentro, incluso ex post, de relaciones requiere tanto de un seguimiento de los números como de un conocimiento de los hechos con los que podría relacionarse, los cuales son publicitados y ofrecidos por agentes especializados a través de folletos y periódicos.

Pero el indicador más claro de la importancia de ciertas efemérides o hechos públicos lo dan los saltos de banca. Estos se producen casi siempre debido a un número que es apostado masivamente por su significación en la vida popular. Así, por caso, cuando Jorge Bergoglio fue elegido como nueva cabeza de la Iglesia católica, en varias provincias del país se registraron grandes sumas en premios debido a los números ganadores y sus vinculaciones con el hecho. En una nota publicada en la página web oficial de la Lotería Chaqueña el 14 de marzo de 2013, pudo leerse:

En una jornada histórica por la designación del cardenal Jorge Bergoglio como máxima autoridad de la Iglesia Católica Universal, ayer la suerte estuvo del lado de aquellos que apostaron por los números 88, “el Papa” y 40, “el Cura”, según el significado de los sueños, por lo cual Lotería Chaqueña debió desembolsar más de 2,3 millones de pesos en concepto de premios.

En idéntico sentido, la edición impresa del Diario Popular del día siguiente señalaba:

En tanto, en la Lotería de Córdoba confirmaron que se pagaron premios “por más de 10 millones de pesos”. Además, agregaron que “no saltó la banca, pero tembló”.
Por su parte, ayer, en la primera matutina de Misiones salió el 88 a la cabeza e hizo saltar la banca. En ese sentido, el Instituto deberá abonar en concepto del primer premio cerca de 1,8 millones de pesos. Cabe resaltar que ayer cayó el 76, edad de Bergoglio, con lo que la lotería misionera abonó 800 mil pesos a los apostadores ganadores.

Pero el acceso a números no se da siempre de manera espontánea, y las lógicas que intervienen en las apuestas son muchas veces reproducidas a través de ciertos dispositivos que las refuerzan. Los pronósticos constituyen uno de los instrumentos de información y de construcción de apuestas para muchos de estos casos, en los que no solo se ponderan hechos significativos para la cultura popular de Argentina, sino que se incluyen datos de la historia universal, como el nacimiento de un rey o el desastre de Chernóbil.

Los pronósticos

Dalmiro había estado jugando raspaditas más temprano, a la mañana. Luego de probar con un par de ellas, le había demandado a Cecilia, una de las empleadas de La Quince, que trajera otras para vender, porque esas cada vez “venían peor”: los escasos premios que podían obtenerse le parecían cada vez más ocasionales. Él trabajaba en su propio puesto, en la feria de ropa que se hallaba paralela a la vieja estación de tren de Escobar, a unos 150 metros de la agencia. Cuando volvió más tarde, luego del mediodía, pidió un “oráculo semanal” y se sentó a leerlo en una de las sillas de plástico que había en el local, junto a una de las repisas. En eso llegó Canario, quien también pidió uno de estos periódicos hechos para los apostadores. Son apenas dos hojas de diario en las que se exponen los números más relevantes de la semana para que los parroquianos tengan en cuenta a la hora de apostar. Primero se sentó junto a Dalmiro, para rápidamente pararse y continuar la lectura apoyado sobre la repisa más próxima. No había ningún otro jugador en la agencia. Roberto, que ya se encontraba en el local, tomó él también un “oráculo” y se sumó al pequeño club de lectores, pero leyendo en voz alta. De entre los diversos números que se presentan como pronósticos, las efemérides de cada día de la semana ocupan un lugar no menor. Resultan de gran interés por las curiosidades históricas que resaltan, pero sin olvidar jamás que son números para apostar. Conocimiento histórico y apuestas se confunden en las columnas del pequeño pasquín lúdico. De entre las diversas fechas que Roberto leía sin que los demás emitieran palabra, mencionó finalmente el 38. Dalmiro, que parecía absorto en su propia lectura, dijo:

El 38. A ese le voy a jugar yo ahora. Pero hay que ver si le dan bolilla. Al 01 le dieron bolilla hoy. El sábado salió el pescado, y entonces le jugué al arroyo y al agua… Hoy salió el agua.

Paralelamente al incremento de los sorteos, ha ido desarrollándose un pequeño mercado de las cifras que, a la manera de una consultora, ofrecen pronósticos sobre los cuales poder basar las jugadas semanales[8]. Folletos, secciones de diarios y programas radiales y televisivos, sitios de Internet, números telefónicos son todos dispositivos a través de los cuales se realizan las apuestas. En ellos, los números se anuncian bajo el auspicio de la certeza: “Sale o sale”, “La fija”, “Sale seguro”, “Sígalos que salen” o “El ganador”. La cantidad de sorteos diarios parece sobrepasar a los cumpleaños, aniversarios, sueños y sucesos cotidianos que podrían proveer a los jugadores de sus números, quienes por, otra parte, no siempre cuentan con un pálpito para apostar. No obstante, no se trata necesariamente de una segunda opción, sino que se han incorporado como una de las vertientes de las que, junto a las otras, beben alternativamente los jugadores. Pero estos recursos se constituyen en instrumentos importantes no solo para dotar de números a los apostadores, sino que también reproducen y amplían las lógicas y las asociaciones que están en la base de las formas de apostar. A través de ellos, se iluminan los campos socialmente reconocidos y valorados como fuentes de pálpitos, ampliando al mismo tiempo la cantidad de apuestas.

Números y antropomorfismo

“Qué lindos números… Qué lindos números que salieron”, repetían dos albañiles que miraban los resultados antes de hacer sus respectivas jugadas en la agencia de Martínez. Eran nada menos que el 14 (el borracho) y el 22 (el loco), dos números particularmente atrayentes entre los apostadores, especialmente para los hombres. Como mencioné más arriba, los números no son simples símbolos inertes, sin cualidad, sino que se hallan socialmente marcados y, en este sentido, se presentan como poseedores de cualidades humanas. Dado que hacen referencia a eventos, situaciones, objetos y personajes dotados de una carga afectiva, esta es trasladada al mismo número que los representa. La significación de los sueños les otorga ya una vinculación con ciertas representaciones sobre aquello que traducen, pero también se encuentran ligados a partir de la propia trayectoria del jugador, quien casi siempre cuenta con “su” número: se trata de alguna cifra con la que se identifica especialmente y la cual es apostada de manera regular, en cuanto expresaría alguna vinculación afectiva con su significado o con lo que representa para él.

El carácter social de los números se revela especialmente a través de la preferencia que algunos de ellos suscitan entre los apostadores, preferencia que es entonces la expresión de la cualidad social de dichos números antes que la confluencia de simpatías individuales. Como puede observarse en el cuadro de abajo, de un total de 1.249 apuestas realizadas a los números de dos cifras, 17 de estos concentraron más del 50 % de ellas, en tanto que 41 alcanzaron el 80 %. Aunque algunos pueden mostrar una mayor frecuencia de manera ocasional debido a algún suceso circunstancial, es claro que no se trata de una distribución equilibrada como la que uno esperaría de formas de apuestas puramente individuales. El primero de la lista, el 32, es quizás el caso más típico, dado que condensa todas las esperanzas asociadas al hecho mismo de ganar en nuestras sociedades, es decir, obtener dinero.

Cuadro 3.2. Frecuencia y porcentaje de apuestas por número (N = 1.249)

N.º

Significado

Frecuencia absoluta

%

% Acum.

N.º

Significado

Frecuencia absoluta

%

% Acum.

32

Dinero

79

6,3%

6,3 %

38

Piedras

7

0,6%

86,9 %

10

La leche

54

4,3%

10,6 %

41

El cuchillo

7

0,6%

87,5 %

14

Borracho

53

4,2%

14,9 %

72

Sorpresa

7

0,6%

88,1 %

19

Pescado

47

3,8%

18,7 %

73

Hospital

7

0,6%

88,6 %

02

Niño

44

3,5%

22,2 %

84

La iglesia

7

0,6%

89,2 %

29

San Pedro

43

3,4%

25,6 %

89

La rata

7

0,6%

89,8 %

11

Minero

36

2,9%

28,5 %

92

El médico

7

0,6%

90,3 %

33

Cristo

34

2,7%

31,2 %

16

Anillo

6

0,5%

90,8 %

22

Loco

31

2,5%

33,7 %

47

Muerto

6

0,5%

91,3 %

13

La yeta

30

2,4%

36,1 %

74

Gente negra

6

0,5%

91,8 %

24

Caballo

30

2,4%

38,5 %

01

Agua

6

0,5%

92,2 %

52

Madre e hijo

28

2,2%

40,8 %

06

Perro

6

0,5%

92,7 %

17

Desgracia

27

2,2%

42,9 %

30

Santa Rosa

5

0,4%

93,1 %

82

La pelea

27

2,2%

45,1 %

66

Lombriz

5

0,4%

93,5 %

09

Arroyo

27

2,2%

47,2 %

76

Las llamas

5

0,4%

93,9 %

18

Sangre

24

1,9%

49,2 %

91

Excusado

5

0,4%

94,3 %

44

La cárcel

24

1,9%

51,1 %

00

Huevos

5

0,4%

94,7 %

25

Gallina

23

1,8%

52,9 %

07

Revólver

5

0,4%

95,1 %

27

El peine

23

1,8%

54,8 %

37

El dentista

4

0,3%

95,4 %

12

Soldado

22

1,8%

56,5 %

49

La carne

4

0,3%

95,8 %

99

Hermano

22

1,8%

58,3 %

57

El jorobado

4

0,3%

96,1 %

48

Muerto que habla

21

1,7%

60,0 %

61

Escopeta

4

0,3%

96,4 %

35

Pajarito

19

1,5%

61,5 %

93

Enamorado

4

0,3%

96,7 %

94

Cementerio

19

1,5%

63,0 %

51

Serrucho

3

0,2%

97,0 %

21

Mujer

18

1,4%

64,5 %

54

La vaca

3

0,2%

97,2 %

53

El barco

16

1,3%

65,7 %

63

Casamiento

3

0,2%

97,4 %

23

Cocinero

14

1,1%

66,9 %

81

Las flores

3

0,2%

97,7 %

34

La cabeza

14

1,1%

68,0 %

88

El papa

3

0,2%

97,9 %

08

Incendio

14

1,1%

69,1 %

03

San Cono

3

0,2%

98,2 %

62

Inundación

13

1,0%

70,1 %

28

El cerro

2

0,2%

98,3 %

77

Pierna mujer

13

1,0%

71,2 %

31

La luz

2

0,2%

98,5 %

04

La cama

13

1,0%

72,2 %

40

El cura

2

0,2%

98,6 %

20

La fiesta

12

1,0%

73,2 %

50

El pan

2

0,2%

98,8 %

26

La misa

11

0,9%

74,1%

78

Ramera

2

0,2%

99,0 %

42

Zapatillas

11

0,9%

74,9 %

79

Ladrón

2

0,2%

99,1 %

45

El vino

11

0,9%

75,8 %

80

La bocha

2

0,2%

99,3 %

59

Las plantas

11

0,9%

76,7 %

87

Piojos

2

0,2%

99,4 %

65

El cazador

11

0,9%

77,6 %

55

La música

1

0,1%

99,5 %

67

Mordida

11

0,9%

78,5 %

60

La virgen

1

0,1%

99,6 %

43

Balcón

10

0,8%

79,3 %

64

Llanto

1

0,1%

99,7 %

71

Excremento

10

0,8%

80,1 %

69

Vicios

1

0,1%

99,8 %

90

El miedo

10

0,8%

80,9 %

83

Mal tiempo

1

0,1%

99,8 %

05

Gato

10

0,8%

81,7 %

85

Linterna

1

0,1%

99,9 %

15

Niña bonita

9

0,7%

82,4 %

95

Anteojos

1

0,1%

100,0 %

46

Tomates

9

0,7%

83,1 %

70

Muerto sueño

0

0,0%

100,0 %

56

La caída

9

0,7%

83,8 %

75

Los besos

0

0,0%

100,0 %

58

Ahogado

9

0,7%

84,5 %

86

El humo

0

0,0%

100,0 %

39

Lluvia

8

0,6%

85,2 %

96

Marido

0

0,0%

100,0 %

68

Sobrinos

8

0,6%

85,8 %

97

Mesa

0

0,0%

100,0 %

36

La manteca

7

0,6%

86,4 %

98

Lavandera

0

0,0%

100,0 %

Fuente: elaboración propia con base en un muestreo de 500 boletas jugadas entre enero y marzo de 2012, agencia El Veintidós, Martínez.

Mariana, la asidua apostadora que trabajaba en la municipalidad cercana a El Veintidós, se refirió en una oportunidad a los “números feos” que estaba “poniendo” la Lotería, ocasión en que aproveché para preguntarle a qué se refería: “Algunos números son muy populares, como el 22, el 32, el 17, los juega todo el mundo. Otros no los juega nadie: esos son los feos”, me respondió. Esta mayor o menor frecuencia en sus apuestas se debe al carácter social que subyace a ellos y que los dota de una personalidad. El 14 es el borracho, el 33 es el Cristo, el 22, el loco, el 48, el muerto que habla, y así sucesivamente; números todos que están siempre presentes en el mundo de los jugadores (por estarlos en la vida popular) y que, por su significación, están investidos de una simpatía que refuerza la creencia en ellos. Incluso pueden llegar a ser objetos de indulgencia o enojo: “Pero ya va a salir, yo no me hago problema, porque yo no estoy enojada con ellos”, decía Aurora, con resignado optimismo al ver que su número seguía sin aparecer entre los primeros puestos. En sentido contrario, un hombre mayor se lamentaba empecinadamente: “Tiene que salir este hijo de puta”. Pero en ambos casos se atribuían características antropomórficas a los números, hallándose dotados de un espíritu con el cual enojarse o no.

Si esto es así, se debe a que los números actúan como mediadores entre el mundo de la vida cotidiana y el universo mágico de la suerte, entre los fortunios e infortunios de la existencia en este mundo, y un ordenamiento superior que dota de sentido. Los números son así seres híbridos, en cuanto transportan significaciones y representan al jugador en aquel segundo universo a través de la apuesta, ese contrato sacrificial que es realizado mediante el dinero.

Suerte (y destino)

Si hay una noción que parece estar ausente entre los jugadores, es la de lo aleatorio como ausencia de causa u orden. Cada una de las diversas maneras de realizar las apuestas, siempre combinadas y alternativas, son justamente distintas formas de reintroducir un orden y un sentido en los números.

Siempre hay causas, ocultas o evidentes para los apostadores, que podrían explicar la disposición de los números, incluso la manipulación del sorteo por parte de la banca. Y, como en la magia, los resultados de la contrastación empírica no invalidan la creencia en ellas (Mauss y Hubert, 1950). No la invalida porque, junto a dichas causas, se enfrenta la suerte del jugador particular, su fortuna, que es otra forma de introducir una explicación en las ganancias y en las pérdidas. La noción de suerte se destaca como una especie de fuerza en presencia capaz de explicar los aciertos particulares de los jugadores. Ganar implica tener la suerte, siempre de manera individual, aunque esta posesión sea transitoria. Evidentemente, puede haber quien acierte más cantidad de veces, pero la eficacia no es constante, y de ahí que la suerte circule y sea esquiva.

La noción de suerte parece tener algunas de las propiedades de la de mana. Como esta, se presenta entre los jugadores de quiniela como una fuerza impersonal (Durkheim, 2003), “no determinada, repartida entre los seres, hombres o espíritus, entre las cosas, los acontecimientos, etc.” (Mauss y Hubert, 1950: 104). En las agencias, es común escuchar hablar acerca de la suerte de alguna persona por la obtención de una ganancia más o menos importante. Sin embargo, no es algo inmediatamente poseído ni una cualidad estable, aunque se crea que haya gente que nace con más suerte que otra. En primer lugar, es algo que se debe buscar: “Acá andamos, buscando la suerte”, me contestó Hernán en uno de sus diarios arribos a La Quince, cuando le pregunté cómo estaba. Este simple comentario me permitió releer las prácticas y los sentidos de los jugadores en clave de acción. Justamente, el hecho de jugar no implica una actitud pasiva ante fuerzas extrañas, sino más bien una búsqueda. Se halla así a medio camino entre la autodeterminación del obrar positivamente en el mundo y la heteronomía de quien se somete a la arbitrariedad de su destino. Pero el destino es algo que debe ser indagado, y para esto es preciso arriesgar, es decir, ofrecer algo de uno, movilizarse ante la posibilidad: “Hay que arriesgarse. Después te agarra una enfermedad y no te quedás con nada… Si sale, sale, y, si no, bueno…”, me explicaba una señora que repetía semanalmente una combinación de sueños en La Quince. Si, por un lado, se presenta una lectura del mundo focalizada en determinados campos socialmente reconocidos y valorados como generadores de pálpitos (y, en este sentido, no sería producido por el propio jugador, quien solo lo reconocería), por otro, es necesario que se pase al riesgo de la apuesta, es decir, seguir ese pálpito. Este arriesgarse es el componente noble del juego sin el cual no se accede a la ganancia que, como ya expondré, es material y simbólica.

El jugador, por el solo hecho de apostar, busca entonces la suerte activamente. Pero esta búsqueda es constante, dado que aquella no se halla anclada ni fija, y siempre puede circular tocando diferentes personas por vez. Una jugadora que conversaba con Miguel, el empleado de La Quince, le refirió cómo un vecino suyo había ganado mucho dinero e inmediatamente abandonado el barrio, sin dar ningún aviso. “Encima le había dicho a mi suegro que le cuide la casa”, explicó.

Miguel: Qué bárbaro, de tener que levantarte todas las mañanas para ir a laburar a sacarte eso. Si me decís que es un chabón que tiene diez autos, pero…

Jugadora: No, es gente que necesita. Él es albañil, pero no puede trabajar porque tiene problemas en el corazón, cosas livianas nomás.

M: Qué bueno. Encima hay gente que viene y se juega una pila así y por ahí no saca nada, y capaz con un numerito gana.

J: Sí, así como juego yo. Vamos a ver si tengo suerte, aunque no creo, porque la suerte no va… porque él vive enfrente mío.

La suerte no va a tocar dos veces en la misma cuadra. Hay algo de escurridizo en ella, aunque manteniendo ciertos parámetros de circulación que hacen prever la dificultad de que se repita la bienaventuranza de aquel vecino. Esta idea parece fundarse en un conocimiento práctico de la probabilística, pero, a la vez, bajo el carácter de una fuerza activa y fluida, de difícil previsión. Justamente por esta imprevisión, debe el apostador seguir buscándola, o sea, arriesgándose.

Pero la suerte, en ciertos casos, parece también estar asociada a determinados lugares y personas que podrían transmitirla. Que un apostador juegue en una agencia específica o pida ser atendido por determinada persona en vez de otra porque le “trajeron suerte” previamente son escenas que pude observar durante el trabajo de campo y que condensan la relación que mantienen los jugadores con la suerte y las cábalas a ella asociadas. Sin duda pueden ser episodios asilados y sin continuidad en el tiempo, pero se manifiestan ante un triunfo (o fracaso) que es coincidente con algún cambio en la práctica habitual (como cambiar de agencia y ganar en la nueva, o jugar a un número que ha dicho un empleado o agenciero ocasionalmente), lo que le atribuye causalidad al suceso.

Si, por un lado, la suerte debe ser buscada, ella tiene su propia lógica y cada uno es portador de su destino. De ahí que la búsqueda sea condición necesaria pero no suficiente para encontrarla y que, junto al optimismo en que con cada nueva jugada se embarcan los jugadores, exista una contrapartida de resignación con la que deben afrontar las pérdidas. Esto se expresa en un extendido dicho según el cual, “cuando no es para uno, no es para uno”, repetido ante el develamiento de resultados negativos. Pronunciado especialmente cuando se tiene la sensación de que la suerte ha pasado muy cerca, como en los casos en que resulta ganador un número “próximo” al jugado, o bien en los que, por algún motivo, no se ha jugado una cifra que, habiendo estado en el pálpito del apostador, resulta ganadora. El destino que implica el “ser o no ser para uno” refiere así a un sentido que le otorga cierta dignidad a la pérdida, puesto que suprime toda contingencia para llenar de sentido el hecho fortuito: “Es una elevación del hombre tener un destino, es decir, formar una suma de azares según un sentido que, por más problemático que sea, sin embargo, sigue refiriéndose siempre a nosotros” (Simmel, 2012: 34). El carácter híbrido del jugador se presenta como aquel que, buscando activamente la suerte, la fortuna momentánea de un número, asume al mismo tiempo el destino precario, también momentáneo, que le toca al perder. La acción de jugar se ubica así entre el aspecto subjetivo de una voluntad de arriesgar y la determinación que recae sobre sus hombros y a la que debe, en última instancia, someterse. El jugador es quien busca continuamente –y, en este sentido, obra–, pero sin poder doblegar por completo las fuerzas que parecen imponérsele desde afuera. Acción y estructura, el hacer y el padecer se hallan como trasfondo de los juegos de azar, replicando la experiencia que el mundo de la vida “real” le impone. Aunque se deje traslucir cierta resignación, a su vez está presente la idea de que hay veces que sí es para uno, y por ese motivo no se abandona el juego. Subsiste allí la esperanza de encontrar ese momento mágico de la suerte que el ganar revela.

Las formas sociales de la apuesta

Como expuse a lo largo de este capítulo, el juego mismo puede implicar un trabajo y, en términos más generales, una acción. Las apuestas requieren de un escudriñamiento, un análisis, una indagación y, por lo tanto, de un estado perceptivo para acceder al número al que apostar. “Estudiar los números”, frase habitual entre los apostadores, condensa ese trabajo, el cual puede consistir en distintas estrategias, pero que, en cualquier caso, siempre necesita una dedicación no desprovista de seriedad y de cierto halo solemne y ritualista. A pesar de que la aprehensión de los números pueda darse por fuera de la agencia, esta ofrece todos los elementos que expresan la labor de la apuesta. En su interior, en efecto, se condensa un conjunto de elementos materiales y simbólicos que marcan el espacio de juego al que se ingresa y, a su vez, posibilitan llevarlo a cabo. Pequeños recortes de papel y bolígrafos sobre repisas dispuestas para anotar los números, carteles con sus significados, pronósticos que anuncian los posibles ganadores, las sugerencias de la casa, distintos juegos preimpresos colgados en la vidriera, la saturación visual de números y de publicidades son algunos de esos elementos. Pero también, por fuera de la agencia, encontramos publicidades alusivas, pronósticos por mensajes de texto (pagos), en secciones de diarios, programas de radio y televisión, elementos que configuran un conjunto de dispositivos tendientes a organizar las apuestas sobre la base de los números y de ciertas vinculaciones más o menos formalizadas.

Siendo un juego aparentemente sencillo, requiere, sin embargo, de un aprendizaje de sus reglas y de las diversas formas (esa gramática) de realizar las apuestas que, aunque pueden ser contradictorias, apuntan todas a una búsqueda de orden en lo que aparenta ser azaroso. Es, en este sentido, un sistema polimórfico de ordenamiento a través de los números, lo que nos aleja del binomio racional-irracional para comprender las operaciones que realizan los jugadores. Por más sencillo que parezca, la llegada de quien accede por primera vez a una agencia y pide –como he podido observar– que se le explique cómo se realiza el juego corrobora ya la existencia de un saber que no es inmediatamente accesible. Los jugadores deben estar equipados para apostar y calcular, puesto que se trata de una práctica colectiva compleja y “la realización material del cálculo, las cifras, los medios de escritura, las inscripciones importan de manera decisiva en la performance del cálculo” (Callon y Latour, 2011: 180). De dicha performance colectiva, no puede deducirse ninguna competencia individual de los agentes, como ser un pensamiento mágico o racionalista. Dicho de otra manera, los agentes se hallan atravesados por determinado tipo de cálculo. En el caso de la quiniela, y de las lógicas de apuesta en general, puede decirse lo mismo, puesto que no se desprenden competencias diferentes de los agentes en relación con un inversor, un matemático o un ingeniero, sino en cuanto a las operaciones que realizan en cada tipo de práctica. Esto se ve en el hecho de que también hay ingenieros y personas de negocio entre los jugadores, quienes no necesariamente reproducen en el juego las operaciones que requieren sus profesiones, sino que se imbuyen, igual que el más iletrado, en los cálculos “esotéricos” del buen apostador.

Las formas de la apuesta no son entonces más que las distintas maneras colectivas de organizar una creencia en la eficacia de los números, de organizarlos en una continuidad bajo la esperanza del acierto. La analogía del juego en ciencias sociales no es casual, y puedo decir, retomando a Bourdieu (2000), que se trata de maneras adquiridas por la experiencia misma de la apuesta y de los múltiples recursos que el juego y su industria ofrecen, permitiendo engendrar una serie de estrategias que se adaptan a las situaciones variables que son observadas como susceptibles de ser apostadas. Pero esto es solo la forma, podría decir, y resta ahora indagar el contenido que subyace a dicha apuesta.


  1. Roberto habla con ironía, a sabiendas de que la ruleta cuenta con 37 números.
  2. En efecto, se puede decir que, si en todas las sociedades existen sistemas de clasificación y jerarquización de personas y cosas, el dinero puede ser pensado en las sociedades modernas como un revelador de las intensidades con las que ambos son socialmente valorizados (Dumont, 1979).
  3. Un ejemplo son los números “simpáticos”: se trata de una relación de “simpatía” entre dos números, de tal manera que, al salir ganador el primero, se supone que seguidamente saldrá el segundo.
  4. En bit.ly/3ocn2Fn. La cantidad de seguidores al 20 de abril de 2022 había ascendido a más de 52.000 personas.
  5. Se transcriben textualmente los comentarios, dejando solamente los nombres de pila de los foristas.
  6. De esta manera, las Loterías no hacen más que insertarse en la normalidad de la estandarización mercantil y de las garantías públicas que la certifican (Thévenot, 2009).
  7. Esta prerrogativa se establecía, por ejemplo, en el artículo 16 del reglamento de la Quiniela de LN y en el artículo 19 del reglamento de la Quiniela del IPLC.
  8. Sin embargo, no se trata de un fenómeno novedoso. Como señala Cecchi, desde la creación de la Lotería de Beneficencia Nacional en 1893, “la confianza depositada en los números de la lotería configura un conjunto de rituales urbanos sobre agencias estrella, boletos ganadores y números de la suerte publicados por la Guía de la Lotería de Beneficencia Nacional de lectura tan obligada como el libro El ermitaño adivinador de sueños, con datos claves para interpretar los sueños y sus números correspondientes según las artes adivinatorias de la entonces célebre Madame de Thébes” (Cecchi, 2012: 58).


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