Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad.
J. L. Borges, “La lotería en Babilonia”
Un juego cotidiano
Hacia finales de la década de 1920 y principios del 30, Roberto Arlt coloreaba en sus Aguafuertes porteñas la vida del juego en los barrios de Buenos Aires. No pocas veces retrató la atmósfera de la quiniela, juego ya eminentemente popular, describiendo sus personajes, sus lugares y los sentidos que adquiría entre los habitantes de los barrios más bajos. Así, por ejemplo, la ilustraba como “las sirenas fantásticas y dominadoras que duermen en el fondo del juego legalizado”.
Por un billete de lotería que se vende, hay diez anotados para una quiniela. Y se explica. La quiniela es barata. Para jugar no se necesitan más que diez centavos a cada jugada, ¿quién es el que no puede malgastarlos?[1]
De esta forma, la quiniela siempre tuvo la virtud de ofrecer, aun a los más pobres trabajadores, la posibilidad de esa actividad de excedente que es el juego (Mauss, 2006). Unos pocos centavos eran suficientes para acceder a la dispensa de “jugarse un numerito”, como aún hoy se escucha entre sus adeptos[2]. La lógica propia del juego se granjeaba así –y, en gran medida, todavía lo hace– el favor de los sectores populares y de su modesta economía.
Entre el público retratado en las crónicas arlteanas, se resalta la figura femenina como más aficionada a la quiniela que los hombres, atraídos estos últimos por el turf. Se lee en ellas que las mujeres
[…] que le han tomado el sabor a la esperanza de ganar, juegan en detrimento de otros intereses también pequeños, pero para los que se necesitan esas reducidas sumas que absorbe el bolsillo del quinielero, siempre de guardia en el mercado, o con sucursal en la carnicería y en el almacén[3].
Mucho más expuestas al examen público, el escritor de los arrabales porteños aclara que “hay mujeres que se juegan, no las zanahorias del puchero, sino también el puchero y el hueso y hasta el caldo”[4]. La demarcación entre necesario y excedente se torna difusa, y el dinero de la olla también puede ser apostado en esa superposición de clase y género.
Aunque ilegal, la cotidianidad de la actividad aparece no obstante retratada como un hecho innegable, ofrecida en el mercado, el salón de peluquería o de zapatos, cuando no directamente a domicilio, bajo la anuencia de las autoridades públicas. Sin embargo, esa presencia en el espacio público, al menos desde la perspectiva de nuestro observador, se configura a través de la geografía particular de la ciudad, marcando aún más la caracterización popular que hace del juego:
[…] hay barrios donde la quiniela no prospera, mientras que en otros sí. Por ejemplo. Esos barrios improvisados, de pequeños propietarios, donde todos tienen un terreno adquirido en mensualidades, son mala parroquia para los levantadores de quiniela. En cambio, esas otras barriadas, Boedo y San Juan, Triunvirato y Concepción Arenal, es decir, esos centros de población donde cada familia ocupa una pieza que no es propietaria sino alquilada, son el paraíso de los quinieleros, que tienen implantada su estación en los mercados, contando como cómplices entre los dependientes de carniceros, que son los más afectos al escolazo por pálpito[5].
Estas impresiones que nos ofrece Arlt me interesan por lo siguiente: la quiniela parece tener una presencia cotidiana desde hace mucho tiempo en el espacio público, perfilándose como un circuito económico significativo, ya en su forma legal o ilegal, tanto en su dinámica microsociológica cuanto en términos de una industria lucrativa.
Sin embargo, dicho juego nunca resultó de un interés particular para las ciencias sociales. El retrato de Arlt es el único testimonio que es posible ofrecer acerca de un juego que ha estado presente, como un decorado casi invisible tras la escena, en las prácticas populares, en sus economías, en sus conversaciones y en sus sueños. Más visibles (se comprende) fueron las luchas obreras, el peronismo, el desarrollo y la dependencia, la transición democrática, los nuevos movimientos sociales y el desarrollo de la economía popular. Pero la quiniela siempre se mantuvo allí, en cada una de las décadas de convulsión social, de derrocamientos y de inflación como una forma de transcurrir la vida diaria. Y todo indica que seguirá estando.
Pero pasemos ahora del retrato de Arlt de fines de los años 20 a unas estadísticas brindadas por Lotería Nacional S.E. en el año 2012:
[…] de acuerdo a ciertas características sociodemográficas analizadas, se puede señalar que la edad promedio del apostador de agencia es de 45 años, predomina el género masculino, y es su mayoría pertenece al nivel socioeconómico medio bajo (c3). En líneas generales, suele enterarse de los resultados de los sorteos en los extractos exhibidos en los puntos de venta, el 66% de los apostadores manifestó leer algún periódico para informarse y en su tiempo libre les gusta escuchar música, reunirse con amigos, ver películas y practicar algún deporte. Con respecto a la situación ocupacional, se puede mencionar que el 60% del público apostador se encuentra trabajando actualmente y el resto de los apostadores se reparte en su mayoría entre ama de casa y jubilado.[6]
Aunque las descripciones sean difícilmente comparables, y esta última estadística (por demás escueta) sea bastante poco refinada, asistimos en ambos casos a lo que parece ser una práctica del hombre y mujer medios, lo cual reviste gran importancia para mi propósito. Justamente, lo que me interesa es la amplitud de la caracterización: estadísticamente, jugador de quiniela podría ser casi cualquiera. Aunque este juego sigue teniendo mayor vitalidad y presencia en los sectores medios y bajos, es posible observar que se trata de un juego “popular”, en sentido de asequible a cualquiera, tanto en términos objetivos cuanto subjetivos. Si bien el fragmento citado no toma en cuenta a los apostadores clandestinos[7], más prolíferos en los barrios relegados en los que no hay agencias oficiales, la quiniela (que es el principal juego de agencia) ha ido incorporando a mayores sectores medios desde que Arlt escribió sus aguafuertes. Las referencias a las “barriadas” y a los sectores más pobres ya no es enteramente pertinente desde que la quiniela ha ganado en extensión geográfica y social. De hecho, lo que me atrajo particularmente de la quiniela no fue un supuesto “exotismo”, sino, por el contrario, su “normalidad”. Basta con echar una mirada para ver la extensión de las agencias oficiales en cualquier parte de nuestro país; para no hablar de los puntos de venta clandestinos, fácilmente identificables, aunque sepamos poco de ellos en términos globales. Esta extensión me interesa porque evidencia la permanencia de prácticas y representaciones que no se ajustan a lo que la escolástica economicista podría llamar “racionalidad”. Si, como sostendré en el presente libro, es posible señalar que se trata de un juego menor en el que, aun cuando nadie se arruine, las pérdidas siempre superan a las ganancias y cuyos jugadores son hombres y mujeres estadísticamente medios, la quiniela puede revelarse como una fuente particularmente fecunda de estados cotidianos de esperanza en la vida diaria de dichas personas.
Entonces, decir que la quiniela se halla como un decorado no significa que sea menos significativa de la vida social y de las lógicas que allí operan. Justamente, considero que la economía del juego puede revelarnos, a partir de la circulación de esos pequeños montos apostados, ganados y perdidos, algo acerca de la cotidianidad de las personas, de sus esperanzas, dramas y tensiones, de sus cálculos y creencias, de sus sueños y temores. Analizar estas cuestiones sin caer en juicios moralizantes sobre el uso del dinero requiere un punto de vista que no parta de la división entre un mundo de la racionalidad y del cálculo por un lado, y de las pasiones por el otro[8]. Este tipo de compartimentaciones ha llevado, por ejemplo, a analizar el papel del dinero principalmente en su vínculo con ciertas formas definidas de ahorro e inversión, dejando en segundo plano el carácter relacional que mantiene con el consumo y con diversas lógicas de gasto (Figueiro, 2013). Es como si el dinero importante hubiese sido el dedicado a la productividad (que finalmente es la productividad acotada del dinero, lo cual, reducido a su forma más simple, es el dinero que produce dinero), mientras que el gasto hubiese sido relegado a “aspectos” culturales que rodearían, distorsionándolo, un núcleo verdadero de racionalidad. Pero la adición del consumo como parte central de la vida económica y la relativización de las categorías que utilizamos para comprenderla (Bourdieu, 2008) son centrales para observar que no solo se calcula, sino que se calcula de diversas maneras en función de los contextos sociales, culturales e institucionales, de una multiplicidad de dineros, de herramientas de cálculo y, además, de los consumos en juego. Y que incluso hay ocasiones en las que no se calcula (Callon y Latour, 2011).
Partiendo de los análisis sobre el carácter no neutral del dinero (Zelizer, 2011; Guyer, 2004; Maurer, 2006), es posible observar los sentidos múltiples que adquiere en contextos sociales y culturales específicos y, de esta manera, cómo se crean y recrean constantemente diversos tipos de dinero: el vinculado al trabajo, al juego, a una herencia, al delito, etc. En esta línea, el dinero del juego puede entenderse como una “pieza” monetaria clave en la vida de quienes juegan (Wilkis, 2013), pero también de los propios Estados que regulan y explotan dicha industria. En este sentido, el análisis de dicho dinero puede constituir una puerta de ingreso particularmente fecunda para una sociología económica que sea, al mismo tiempo, una sociología de la vida cotidiana. En la medida en que, como expondré luego, la quiniela es un juego que se juega de manera prácticamente diaria, en los intersticios del tiempo reglado del trabajo y de las obligaciones, su presencia constante (ese decorado al cual no le prestábamos atención) quizás puede decirnos bastante sobre la vida misma de esas personas, pero también algo acera de nuestra sociedad. El azar, pero, más particularmente, la suerte que le depara a cada persona (“Si no es para uno, no es para uno”, repetían mis entrevistados), los vínculos entre números y sucesos, sueños y conmemoraciones, las esperanzas de “salvación”, la convicción de las predicciones, los cálculos esotéricos, el aspecto sacrificial del gasto, el exceso por momentos virulento de su improductividad constituyen la dimensión negada (y, sin embargo, cotidiana) de una versión entusiasta de la modernidad que en los hechos es constantemente contradicha. Y no solo por quienes apuestan, sino por una industria que está organizada, en primer y último lugar, por los Estados.
Todo esto se pone en juego en torno a las apuestas, y tanto más cuanto más tratemos de incorporar una mirada que se coloque no sobre actores particulares, sino sobre las lógicas que atraviesan el juego en cuanto hecho social. De esta forma, no es mi intención abordar la quiniela como un fenómeno exótico dentro de nuestras sociedades racionalizadas, sino que, retomando la perspectiva de Georges Bataille (1974), parto de asumir esa dimensión abyecta de supuesta “irracionalidad” como consustancial de lo social mismo.
Ahondemos un poco más. La dimensión monetaria es sin duda fundamental desde que los juegos de azar aparecen como juegos en los que “se debe” apostar para que los jugadores se sientan atraídos no solo por la posible recompensa, sino también por la emoción que conlleva esa trasgresión sacrificial del dinero. En este sentido, el dinero no es una dimensión añadida, sino que hace al juego. Pero es posible ir más allá y preguntarse también por sus dimensiones no económicas ni lúdicas. En términos transaccionales, se trata de un bien que no es como cualquier otro en cuanto es inmaterial: básicamente conlleva la adquisición de una esperanza. Se paga el número apostado, pero la realización de aquello que se paga no es evidente. Solo se adquiere un número que se espera que salga ganador. La apuesta puede considerarse como un fenómeno de esperanza (Mauss, 1979), lo cual no es privativo de determinadas circunstancias o prácticas, sino que, como expondré luego, es uno de los elementos fundamentales de la vida colectiva, aun en los campos que más se afanan por el cálculo y la previsibilidad[9]. Como bien sabía Spinoza, las acciones y las pasiones en nuestro cuerpo van a la par de las acciones y las pasiones en nuestro espíritu: no hay separación, y todo lo que es acción en el cuerpo es acción en el alma, así como todo lo que es pasión en el alma es pasión en el cuerpo. La esperanza supone también considerar la “totalidad del hombre, de su cuerpo, sus instintos, sus emociones, sus deseos, sus percepciones y de su inteligencia” (Mauss, 1979: 286). En este sentido, el juego, como la plegaria (Mauss, 1970), supone determinados estados mentales y corporales, y hacer una sociología de la quiniela puede tener la potencia de ser una puerta de ingreso a esa totalidad.
Pero el problema radica en dar cuenta de cuál es el objeto de la esperanza. En efecto, si no se trata (aunque sin dudas esté presente) solo de la posible ganancia ni de la diversión o el esparcimiento que implica el mero hecho de jugar, se debe aspirar a encontrar otra respuesta a las preguntas de qué es lo que conlleva el hecho de ganar, y a la correlativa de qué es lo que hace de la quiniela una forma especialmente accesible a dicha esperanza para sus jugadores. Suponer que el juego tiene como objetivo la búsqueda de ganancia convertiría a los apostadores en unos agentes irracionales o engañados –hipótesis que ha sido la predominante durante mucho tiempo–, cuando cualquiera de ellos sabe que, en el largo plazo, jugar implica pérdida. Al mismo tiempo, contentarse con la búsqueda de emoción o esparcimiento es simplemente quedarse con el discurso más superficial, no solamente de los jugadores, sino también de las propias instituciones organizadoras, lo cual parece no aportar demasiado ni explicar cómo funciona esa diversión y en qué consiste, especialmente cuando el juego se torna amargo frente a sucesivas pérdidas.
En este punto entra en juego un nuevo elemento que llamaré, retomando un término nativo, salvación[10]. En efecto, salvarse no tiene un significado sencillo, en cuanto implica elementos monetarios pero también, es posible decir, existenciales. Rastreando la temporalidad de la práctica concreta del juego, trataré de indagar qué implicancias materiales e ideales puede tener dicha salvación en la cotidianidad de sus jugadores. Se trata, en el fondo, de saber si la propia actividad rutinaria y ritualizada de la quiniela puede ser una fuente de dinero y de sentido para esa misma cotidianidad.
Pero hay más. Hacer una sociología de la quiniela no es solamente ocuparnos de unos parroquianos apostadores, quienes han sido asociados muchas veces a lo irracional, al engaño, a la superstición y a lo patológico. También deberemos observar cómo se relaciona dicho juego con una industria perfectamente racionalizada que no ha dejado de crecer a nivel mundial desde hace poco más de cinco décadas, de la mano de la legalización y regulación de los Estados y de la incorporación de explotadores privados y colectivos[11]. Las Aguafuertes de Arlt todavía registraban la forma clandestina y arrabalera de un juego popular cuyo sorteo se realizaba algunas veces por semana, con epicentro en el barrio y sus personajes característicos. El paso a las pequeñas estadísticas de la Lotería Nacional, extraídas de un artículo sugestivamente intitulado “La apuesta por entrar en la mente del consumidor”, habla ya de una industria conformada y en expansión, con su propio marketing, sus estrategias de venta y un repertorio sorprendente de sorteos diarios, y legitimada desde el propio Estado nacional. El mismo artículo señala que
[…] todos los esfuerzos del área comercial radican en la obligación de identificar las necesidades del mercado, definir el público a seducir y/o conquistar, para luego dar lugar a la estrategia de posicionamiento, que tiene como objetivo principal ubicar la oferta y la imagen de la empresa en un lugar privilegiado en la mente del consumidor[12].
Aunque el juego haya preexistido a su institucionalización, su captura, normalización y expansión por parte de los Estados permite ampliar las formas de extracción, e implica un cambio paralelo en la mirada sobre los propios jugadores y las apuestas, moralmente reprobables para la economía del siglo xix. Esto supone dar cuenta de una lógica más global que supere la visión del mero engaño o del ardid burgués. Economía del gasto cotidiano, pero también –como propondré– de las esperanzas, es a su vez una economía estatal y una industria prolífera con sus propias condiciones morales de posibilidad.
La quiniela adquiere entonces una doble relevancia como objeto de investigación, en cuanto podría ser abordado desde dos puntos de vista o interrogantes que no son excluyentes. En primer lugar, permite preguntarnos por una práctica que lleva generaciones en nuestro país y que, más allá de su legalización en la Capital Federal y en los territorios nacionales en 1973, ya antes había llegado a ser considerada condescendientemente como un vicio menor, casi inocuo, asociado a la cultura popular y al folclore de la vida en los barrios. Se trataría en este caso de una indagación sobre la significación cultural que liga a los argentinos con un juego que, aunque lo compartimos con los uruguayos, podría revelar algo de nuestra propia identidad[13]. A este respecto, Roberto DaMatta y Elena Soárez (1999), con relación al jogo do bicho en Brasil, señalan que instituciones aparentemente más centrales como el himno, la bandera, el territorio, el sistema escolar, la industria, el parlamento, la Constitución, el aparato estatal, el régimen político y la moneda constituyen un conjunto problemático y siempre en transformación en comparación con otras instituciones que, como la cachaça, el carnaval, la música popular, el almuerzo de domingo, el fútbol y el jogo do bicho, han tenido una enorme continuidad y proporcionan, por eso mismo, fuentes de referencia cruciales para constituir algo como tal como la “identidad brasileña”. En este sentido, la quiniela también podría pensarse como una de esas instituciones que, junto a otras como, por ejemplo, el asado, el fútbol y el truco, constituyen importantes soportes a lo que interpretamos como “argentinidad”.
Por otro lado, la quiniela puede ser interrogada como una forma de juego que, aunque característica de nuestro país, se inserta en el desarrollo de un fenómeno más amplio como es el crecimiento a nivel mundial de la industria de los juegos de azar durante las últimas cinco décadas, en el que participan tanto los Estados, a través de la legalización y regulación, cuanto operadores privados y empresas tecnológicas. Se trataría, en esta perspectiva, de preguntarnos por la especificidad de uno de los juegos más populares en Argentina, pero en la continuidad que presenta con la proliferación de dicha industria y del lugar cambiante que han ocupado las apuestas en las cosmologías dominantes. En otras palabras, la institucionalización y legalización de la quiniela podría ser, aun con sus especificidades, tomada como un caso particular de un fenómeno global.
Del primer abordaje retendré el carácter estable y rutinario de la actividad, no para preguntarnos por su lugar dentro de determinada configuración cultural (algo sin dudas relevante, pero que excede este trabajo), sino para comprender, a partir de lo concreto y cotidiano de su práctica, cuál es la complejidad que encierra para los propios jugadores. De esta forma, abordaré la quiniela como una realidad social y una institución (Henriot, 1969), en el sentido amplio de maneras de pensar y de actuar en común más o menos rutinarias y ritualizadas (Fauconnet y Mauss, 1969), en las que la práctica y lo simbólico, lo material y lo ideal se encuentran indisolublemente ligados. En este caso, me propongo indagar el lugar que ocupa dicha práctica dentro del entramado de la vida cotidiana de los jugadores para ver si puede decirnos algo más acerca de ella. En particular, sostendré que la quiniela puede pensarse como un juego que proporciona una forma de ingreso particularmente rica hacia una sociología de la esperanza de sus jugadores.
Del segundo abordaje, retomaré la contextualización histórica de los juegos de azar para comprender cómo la quiniela también se halla vinculada a procesos más amplios que son a la vez políticos, económicos y simbólicos. La quiniela es en este caso apenas uno de los juegos que han proliferado. Junto con ella, podría haber elegido otros como las máquinas tragamonedas, cuya relevancia económica es incluso mayor. Sin embargo, esto me alejaría de la cotidianidad que me da la quiniela. No porque no pueda hacerse también de dichas máquinas un ritual diario, sino porque la quiniela muestra mucho más marcadamente la presencia cotidiana del juego, al estar (legal o ilegalmente) distribuida por todo el territorio de nuestro país, a la vez que posibilita un uso intersticial del tiempo sin necesariamente contraponerse con el trabajo u otras obligaciones.
Hacer una sociología de la quiniela, entonces, requerirá situarse en el nivel de los jugadores y de sus lógicas, pero también en el de la industria, de la política y hasta de los saberes a partir de los cuales se los constituye. El juego, aunque haya existido siempre, se presenta bajo diversas configuraciones que solo son accesibles al integrarlos dentro de los entramados más amplios de las sociedades particulares (McMillen, 1996; Reith, 1999; Binde, 2005). Pero, al mismo tiempo, fue durante los últimos 50 años cuando ha sido objeto de una comercialización sin precedentes a nivel global, lo que invita a reflexionar sobre la especificidad de los juegos de apuesta no únicamente para nuestra sociedad, sino en cuanto fenómeno mundial.
Los enfoques sobre el juego en ciencias sociales
Como he mencionado, la historia de los juegos es muy antigua, y pueden encontrarse registros de su práctica en las más diversas culturas y períodos históricos. De hecho, algunas cosmogonías presentan el origen del universo como un ordenamiento del caos originario a través de un juego de azar[14]. Esta presencia podría llevarnos a enfatizar una aparente universalidad y a esencializar una práctica que, no obstante, involucra una heterogeneidad de sentidos y formas de organización que son inaprensibles por fuera de los contextos sociales y culturales de su producción (McMillen, 1996).
Dicha heterogeneidad se ve reflejada en las distintas conceptualizaciones realizadas desde las ciencias sociales. No solo por una cuestión de tradiciones y filiaciones teóricas, sino, en mayor medida, por el lugar cambiante que histórica, cultural y moralmente han ocupado los juegos en las sociedades en las que se hallan los propios investigadores. Esto significa que las definiciones sobre el juego se vinculan a la relación problemática, periódicamente redefinida, entre juego y sociedad antes que a una supuesta naturaleza del fenómeno. Si bien esta aclaración previa demandaría hacer una sociología de las propias teorías sobre el juego, simplemente me limitaré a exponer algunos de los abordajes que han tenido mayor relevancia en las ciencias sociales.
Sin dudas, los trabajos de Johan Huizinga (1972) y Roger Caillois (1967) merecen nombrarse en primer lugar por la influencia que han tenido, y porque algunas de sus reflexiones (aunque de carácter más ensayístico) resultan todavía hoy lo suficientemente sugestivas. Ambos autores continúan una tradición que, desde las Leyes de Platón, ha idealizado el juego al ver en él una actividad noble que se encuentra entre los grandes atributos de la humanidad (Reith, 1999).
En su clásico Homo ludens [1938](1972), Huizinga argumenta que, en el fundamento mismo de la cultura y de la sociedad, se encuentra el juego, y que la civilización surge y se desarrolla en y como un juego, en cuanto este proveería de la necesaria creatividad, energía y disposición espiritual para el desarrollo de la cultura. Pero, más allá de la hipótesis central del libro, interesa la caracterización formal que realiza de dicha práctica, dado que se ha convertido en la referencia ineludible de todos los trabajos posteriores.
Para Huizinga todo juego es, en primer lugar, una actividad libre: no hay juego donde exista mandato de jugar; no se desarrolla por una necesidad física ni por un deber moral y en cualquier momento se es libre de abandonar el juego. Constituye una esfera de actividad espacial y temporalmente separada de la vida cotidiana, hacia la cual se escapa momentáneamente y en la que se actúa “como si”, pero sin estar privada de seriedad. Se halla, de esta forma, por fuera del proceso de satisfacción directa de necesidades y deseos, e incluso interrumpe dicho proceso. En este sentido, se trataría de una actividad desinteresada cuya función cultural sería satisfacer ideales de expresión y de convivencia.
Por su parte, Roger Caillois, en Le jeu et les hommes [1967](1967), retoma el trabajo de Huizinga en sus aspectos esenciales al considerar la actividad lúdica como una de las fundamentales del ser humano. Muy cercano a su predecesor, considera que todo juego se caracteriza por ser
- una actividad libre en la que se entra y se sale a voluntad del jugador;
- separada espacial y temporalmente;
- incierta, en cuanto conocer el resultado de antemano destruiría el sentido del juego;
- improductiva, dado que no genera bienes ni riqueza y, en el caso de los juegos de dinero, solo lo hace cambiar de manos;
- reglada por leyes que instauran un orden fijo; y
- ficticia, acompañada de la conciencia de irrealidad o simulación.
A estas características generales, Caillois agrega una clasificación de los juegos en cuatro grandes categorías: los de destreza y competición (agon), los de imitación (mimicry), los de vértigo (ilinx) y los de azar (alea). En el primer grupo, ubica a los juegos de competencia, basados en un enfrentamiento entre contendientes que compiten en igualdad de oportunidades. Los juegos de imitación, por su parte, se basan en la simulación o la ilusión, generalmente a través de la caracterización de un personaje ilusorio. Los juegos de vértigo se orientan a la búsqueda de tal sensación e, incluso, del pánico. Desde la calesita hasta la montaña rusa son ejemplos de ellos, pero siempre a condición de que se produzcan bajo situaciones controladas. Finalmente, los juegos de alea son competencias que, a diferencia del agon, se fundamentan en la destreza para aprovechar la suerte.
La sugestiva propuesta de Caillois es que existiría una reciprocidad entre una cultura y sus juegos característicos, en cuanto estos reflejarían tradiciones y actitudes propias de esta, al tiempo que, al educar y entrenar a los jugadores en sus virtudes y excentricidades, sutilmente las corroboran en sus hábitos. Si cada sociedad tiene juegos que les serían característicos, podría establecerse una correspondencia entre estos y determinados tipos históricos de sociedades. De esta manera, Caillois argumenta que ha habido un traspaso desde sociedades dionisíacas basadas en los principios del vértigo y la simulación hacia las modernas racionalizadas gobernadas por la competencia y el azar. El mundo moderno se caracterizaría por las democracias racionales, cuyos principios son los de agon y alea, en tanto que las formas dionisíacas habrían ido retrocediendo, aunque sin desaparecer, manteniéndose relegadas justamente a las formas de juego que, como señalan Elías y Dunning (1992), subsistirían como elementos catárticos de deseos y tensiones sublimadas.
Pero estas visiones centradas en los aspectos más positivos de los juegos no siempre fueron las privilegiadas cuando se involucraban apuestas. Una segunda tradición, que ha sido por lo general la dominante, ha visto allí una actividad improductiva e irracional considerada, por esto mismo, como problemática y de potenciales efectos disolutivos para las personas. En su Ética a Nicomaqueo Aristóteles ya había visto en ella la persecución de una sórdida ambición, tradición que aún puede rastrearse en nuestros días en diversos análisis psicológicos y médicos (Reith, 1999), pero también sociológicos y de las ciencias sociales en general.
Los juegos de azar, y particularmente la lotería, siempre constituyeron un reto para la teoría económica, dado que se trata de un bien con valor esperado negativo (Garvía, 2009), contradiciendo todos los supuestos de lo que el hombre económico debería ser. En este sentido, el problema de la racionalidad es el lente a partir del cual se ha intentado dar cuenta de dichos juegos. Para los economistas clásicos, las respuestas se centraron en motivaciones irracionales vinculadas a la autocomplacencia, al impulso o al autoengaño. Así, por ejemplo, Adam Smith (2010) consideraba que la gran popularidad de las loterías se debía a la tendencia de los individuos a sobreestimar su probabilidad de ganancia. De manera similar, William Petty (1905) veía a los jugadores como tontos autocomplacientes con una buena opinión sobre su propia suerte, y Jean-Baptiste Say (2001) no dudaba en vincular el impulso al juego con el crimen y el suicidio.
Más adelante, tratando de superar la irracionalidad como factor explicativo, se han ensayado algunas respuestas tendientes a subsanar la incompatibilidad entre la maximización de riqueza y la constatación de la pérdida que todo juego de apuestas conlleva. La teoría de la utilidad esperada (Frideman y Savage, 1948), la búsqueda de placer como elemento central de la participación en el juego (Conlisk, 1993; Walker, 1998), la teoría de la adicción racional (Becker y Murphy, 1988; Chang, 2004; Farrell et al., 1999; Mobilia, 1993) fueron algunas de las soluciones que intentaron darse a lo que parece ser un enigma para las ciencias económicas. Sin embargo, en todos los casos, resultó problemático arribar a un modelo único sin redundar en proposiciones circulares imposibles de falsear, o en contrasentidos tales como que la leche resultaría más adictiva que los cigarrillos (Auld y Grootendorst, 2004)[15].
En cuanto a los trabajos realizados desde la sociología, debe remarcarse una paradoja. Por un lado, el juego ha sido una de las analogías que han utilizado diversas tradiciones para interpretar y comprender el mundo social. En efecto, la metáfora lúdico-deportiva (Lahire, 2006) ha provisto de un repertorio de analogías tales como jugador, competencia, apuesta, triunfo, ganancia, regla del juego y pérdida, entre otras por el estilo, utilizadas sucesivamente por diversos autores para dar cuenta de las prácticas sociales. Sin embargo, por otro lado, los juegos de apuesta por sí mismos siempre resultaron un objeto poco interesante en relación con otros temas, quedando encasillados dentro de conductas desviadas y minoritarias. Autores clásicos como Pareto (1980) y Simmel (1977) ya veían los juegos de lotería como una actividad irracional, aunque, en el caso de este último, no desprovista de sentido (1988). En el caso de Marx (2003), en una escueta referencia a la lotería de Napoleón iii, consideró el asunto como un engaño al proletariado basado en una ilusión de salvación individual.
Sin embargo, los trabajos sociológicos que han abordado el tema no son nulos. En un nivel de análisis macro, desde el estructural-funcionalismo se han desarrollado perspectivas que cuestionan la visión del juego como desviación y patología, observando en él una función social latente: se trataría de una válvula de escape para las tensiones y frustraciones individuales que canalizaría las demandas potencialmente disruptivas generadas por el sistema de producción industrial (Devereux, 1980). En la base de estos análisis, estarían las contradicciones culturales del capitalismo entre, de un lado, demandas de rutina, ordenamiento y previsibilidad y, del otro, una presión latente hacia la experimentación, la toma de riesgos y la actitud emprendedora (Frey, 1984).
Los abordajes centrados en este aspecto catártico tuvieron gran repercusión durante las décadas del 50, 60 y 70, en las que los juegos de dinero aparecían como una actividad cuya dimensión simbólica actuaría como compensatoria frente a las privaciones y frustraciones sociales (Bloch, 1951; Zola, 1963; Herman, 1967; Newman, 1972). Para quienes se privaba la persecución legítima de riqueza, dichos juegos se observaban como una economía alternativa con sus propias reglas y medidas de éxito, aunque no se descartaban los efectos disfuncionales que pudieran traer. La conclusión lógica de estos análisis era que el juego podía ser permitido en tanto no implicara costos mayores a sus beneficios para el sistema social. En cualquier caso, todos se acercaban al punto de vista de una vasta literatura psicológica que en aquella época trataba el asunto, marco de referencia que muchos sociólogos se vieron tentados de utilizar (Bernhard y Frey, 2006).
En una vertiente marxista de este funcionalismo, se ha argumentado más recientemente que la lotería representaría una solución recaudatoria en períodos de crisis fiscal, reconvirtiendo la angustia y la frustración personales en una actividad benéfica para el sistema (Nibert, 2000). Como señala Garvía (2009) desde la nueva sociología económica, todos estos autores comparten con las explicaciones económicas una visión atomista del fenómeno, en cuanto se trataría de un ajuste individual a condiciones difíciles y socialmente inducidas, desestimando así los contextos de relaciones sociales en los que el actor se halla inmerso.
Una perspectiva diferente fue ofrecida por Erving Goffman (1970), quien intentó centrarse en la experiencia misma de los jugadores y en sus interacciones en las situaciones de toma de riesgos. Para esto propuso el término acción, tomándolo del argot de los jugadores en Estados Unidos para referirse a las apuestas, actividad que asimismo proporciona para este autor el prototipo de la acción. Según Goffman, el común denominador de los momentos de acción es que el individuo acepta riesgos consecuenciales que son percibidos como evitables. Pero, atrás de esta aparente irracionalidad, señala, dichos riesgos son un medio para el mantenimiento y la adquisición de carácter. El juego y la búsqueda de acción serían entonces una forma de obtener algunos de los beneficios morales del heroísmo y la determinación e integridad del carácter en sociedades donde los espacios para el ejercicio de esas cualidades se habrían visto reducidos. Pero, además, Goffman propuso un análisis de la organización física y social de estas actividades para facilitar el desarrollo de la acción, como la disposición de los casinos, el ceremonial de la corrida de toros o las características técnicas de los vehículos en las carreras automovilísticas. Esto resulta de gran relevancia a la hora de indagar cómo determinados dispositivos se relacionan con las prácticas de los agentes, facilitándolas o restringiéndolas.
Otros trabajos también recobran la importancia de las relaciones personales en el consumo de lotería. Tal es el caso de Light (1977) sobre el papel preponderante de la confianza personal para una lotería ilegal en los barrios marginales afroamericanos en Estados Unidos, y de Adams (1996), quien realiza un estudio de las redes sociales de los jugadores y observa cómo influye en estos la presencia de otros jugadores en sus redes. Asimismo, este último hace hincapié en la dimensión social del consumo al mostrar la presencia de fechas emocionalmente significativas de la red primaria de relaciones para la elección de números jugados (2001). Estos elementos, como expondré luego, resultarán muy relevantes para comprender las lógicas de las apuestas en el caso de la quiniela.
Otro trabajo que explora la experiencia del juego por parte de los actores es el de Elías y Dunning (1992), que ponen en perspectiva sociogenética el ocio y la emoción en las sociedades industrializadas avanzadas. En ellas el juego se presenta como un espacio en el que es posible aún expresar en público el desbordamiento de las emociones, presentándose así como la contracara del control y de las restricciones que se imponen en el proceso de la civilización.
Dentro de la sociología económica, se encuentra el trabajo ya mencionado de Garvía (2009). Retomando los trabajos de Polanyi (1976) y Granovetter (1985) sobre la embeddedness, el autor da cuenta de cómo la compra de billetes de lotería en España se halla inmersa en una red de relaciones personales que hace del juego en compañía un rasgo distintivo del juego en ese país, aunque dejando las dimensiones institucionales de lado. Por su parte, Jens Beckert y Mark Lutter (2008) realizan un trabajo sobre el impacto de la distribución de los beneficios de la lotería en la estructura social alemana, mostrando que se trataría en realidad de un impuesto fuertemente regresivo. También desde la sociología económica, pero centrándose en la constitución de los mercados, Steiner y Trespeuch (2013) abordan la cuestión de cómo se configura la mercantilización de un bien impugnado moralmente, como los juegos de azar online en Francia. Este trabajo resulta relevante porque aporta algunos elementos para la compresión de la relación entre los intereses mercantiles que se constituyen como legítimos y las pasiones vistas como peligrosas por determinadas sociedades.
Desde la antropología también se han privilegiado las relaciones sociales para el análisis de los juegos y de los riesgos, viendo a los primeros como un ámbito en donde las posiciones sociales y las alianzas de grupo pueden ser negociadas y representadas (Geertz, 2001; Douglas, 1992; Malaby, 2003). Si bien los estudios etnográficos sobre los juegos no son abundantes (Binde, 2009), existen trabajos que, desde diferentes perspectivas, describen uno o más juegos de apuestas en un momento determinado, centrándose en los comportamientos, las motivaciones y las actitudes de los jugadores, dando cuenta de los contextos culturales, societales y organizacionales. La principal enseñanza de estos trabajos es que, a través de los métodos utilizados, puede accederse a una comprensión más profunda de las prácticas y al punto de vista nativo. De esta forma, tienen el potencial para revelar racionalidades situadas (Neal, 2005), las pautas de pensamiento, los lugares, las interacciones y la manera en que el dinero se gasta en apuestas, tanto en las sociedades occidentales (Browne, 1989; Cotte, 1997; Howland, 2001; Malaby, 1999; Neal, 1998), cuanto en las no occidentales (Mitchell, 1988; Hayano, 1989; Heine, 1991; MacLean, 1984; Riches, 1975; Zimmer, 1986).
Un trabajo antropológico que ya he mencionado es el de Roberto DaMatta y Elena Soárez (1999). Este resulta significativo porque, en primer lugar, aborda un juego con características similares a la quiniela, el jogo do bicho brasilero, por lo que constituye una referencia ineludible al ser el estudio más próximo en términos de las características propias del juego. Y, en segundo lugar, porque los autores ven en él una persistencia de lo “antimoderno” en las sociedades capitalistas racionalizadas. Desde un punto de vista estructuralista, señalan que dicha práctica puede verse como un “operador totémico” que permite ligar todo con todo, un sistema clasificatorio que es, de hecho, “un antídoto contra la impersonalidad y el desencanto del mundo que, como percibió Max Weber, marcan el ethos moderno” (DaMatta y Soárez, 1999: 36).
Más allá de estas investigaciones precisas, en las últimas décadas ha habido un creciente interés por el fenómeno de los juegos de apuesta en diversos países (Schmoll, 2011), tanto por las implicancias económicas que conllevan para los Estados y para la industria lúdica (Reith, 2004) –y particularmente en lo relativo a las cuestiones de delitos financieros–, cuanto por la mayor preocupación por los llamados “costos sociales” que implica el denominado “juego compulsivo”[16]. Muchos de los nuevos trabajos sobre las diversas dimensiones del fenómeno se han ubicado dentro de lo que se conoce como gambling studies, campo que ha visto una creciente institucionalización, expansión y visibilidad a partir de los años 90, con especial énfasis en los países anglófonos[17]. Allí confluyeron diversas disciplinas, tales como la psicología, la sociología, la historia, la antropología, la economía, las ciencias informáticas, las matemáticas y el derecho, aunque esa confluencia no ha implicado necesariamente perspectivas o intereses comunes. Por el contrario, los trabajos se han visto acotados a dimensiones que no han salido de las preocupaciones de dichas disciplinas o de las posiciones que los diversos agentes y sus instituciones mantienen dentro de la industria. Nuevas revistas[18] y centros de investigación[19] se han organizado y conviven en torno a los estudios sobre la salud, la economía, los impuestos, la legislación, la cultura, la racionalidad, entre otros, muchas veces financiados por la misma industria (Adams, 2011; Griffiths y Auer, 2015; Kindt, 2003). Pero, más allá de la fragmentación en esta variedad de temáticas, lo que señala este creciente interés es la dimensión que viene tomando el fenómeno. En otros términos, esta diversidad de enfoques y disciplinas es un indicador de todo aquello que está en juego en esta industria y de los múltiples actores implicados.
La quiniela: nociones básicas
Aunque espero que los pormenores del juego se vayan dilucidando a lo largo del presente libro, es necesario introducir algunas mínimas nociones sobre la quiniela. Se trata de un juego relativamente sencillo, al menos en su modalidad tradicional, que es la más jugada y sobre la que me centraré en este trabajo. Consiste en el sorteo de 20 números de cuatro cifras, entre el 0000 y el 9999, que son ordenados de acuerdo a un sorteo paralelo que determina los lugares de ubicación (del 1 al 20). El jugador puede elegir un número de uno, dos, tres o hasta cuatro cifras y la ubicación a la que quiere apostar. Por ejemplo, jugar el 14 a la cabeza significa que se jugará por dicho número al primer lugar de ubicación entre los 20 sorteados, que es el que más premio otorga. También puede jugarse a los premios, es decir, a los lugares de ubicación que van desde el segundo hasta el quinto, hasta el décimo y hasta el vigésimo, para cuyos casos descienden respectivamente los premios otorgados.
Las apuestas pueden ser por los montos que desee realizar el jugador, aunque, durante el trabajo de campo, tenían un mínimo obligatorio de 50 centavos. A su vez, cada boleta emitida o extracto debía contar con un mínimo apostado de un peso[20]. Esto significa que debían jugarse, al menos, dos números por 50 centavos a un mismo sorteo; o bien por un mismo número, pero en dos sorteos de dos loterías distintas para un mismo horario, es decir, jugar por ejemplo el 14 en La Nacional (actualmente Ciudad) y en Provincia para el sorteo de La matutina (el de las 14 horas). En el primer caso, se trata del sorteo organizado por la antigua Lotería Nacional S.E. (LN de ahora en más) –actualmente la Lotería de la Ciudad (LC)–, y, en el segundo, del efectuado por el Instituto Provincial de Lotería y Casinos de la Provincia de Buenos Aires (IPLC en adelante).
En nuestro país, la legislación sobre el juego es un poder no delegado por la Constitución Nacional al Gobierno Federal, por lo cual queda bajo la potestad de las provincias (artículos 121 y 75 de la Constitución Nacional). Esto hace que haya tantas Loterías[21] como provincias, y que cada institución tenga la potestad sobre sus juegos. Hasta el año 2018, LN administraba sus juegos en la Ciudad de Buenos Aires y en territorios nacionales. Sin embargo, dado que, luego de la reforma de la Constitución Nacional en 1994 la Ciudad de Buenos Aires pasó a ser una entidad autónoma, se estableció un conflicto jurisdiccional en torno a la potestad para administrar el juego en dicha ciudad. El desarrollo del conflicto llevó a que, desprovista ya de territorialidad, la LN se disolviese en 2018 y ocupase su lugar la Lotería de la Ciudad para hacerse cargo de los juegos de la Ciudad de Buenos Aires. Desde entonces, el sorteo conocido como de La Nacional pasó a ser de La Ciudad. Esto es importante porque, dado que mi trabajo de campo se realizó durante la existencia de la LN, mantendré los términos nativos utilizados entonces para referirse a los sorteos.
A diferencia de los juegos poceados, en los que los premios dependen de la cantidad recaudada en las apuestas (o sea el pozo), la quiniela es un juego bancado: cuenta con premios fijos que son pagados por la institución organizadora. Estos se basan en una multiplicación de la cantidad apostada por un número estipulado. Por cuánto será multiplicado depende de la cantidad de cifras apostadas y del lugar de ubicación al que se haya apostado, que, en la casi totalidad de los casos, se trata de a la cabeza. En este caso, por ejemplo, apostar un peso al 14 implicaría un premio de 70 pesos, en tanto que, si la apuesta fuese de 50 centavos, se trataría de 35. Más adelante incluiré la tabla de premios para cada caso.
Cada boleta puede albergar hasta ocho números apostados, pero nada impide que un jugador apueste a más números. A pesar de la división en jurisdicciones, es posible apostar a quinielas organizadas por diferentes instituciones a través de lo que se conoce como “Quiniela Conjunta” o “Quiniela Múltiple”. Se trata de los acuerdos efectuados entre distintas instituciones para ofrecer sus respectivos sorteos en otras jurisdicciones o bien para utilizar los sorteos de una de ellas para poder apostar en la propia jurisdicción. De esta forma, estando en la Provincia de Buenos Aires, por ejemplo, puede apostarse a los sorteos de la LN, de la Lotería Uruguaya o de la Lotería de Santa Fe, entre otros. Los sorteos del IPLC y de LN coinciden en sus horarios, siendo cuatro diarios entre lunes y sábado[22] (La primera, Matutina, Vespertina y Nocturna), en tanto que para la Lotería Uruguaya solo se realizan dos sorteos por día entre lunes y viernes (Vespertina y Nocturna) y uno para los días sábados. En el caso de otras loterías provinciales, aunque tengan más sorteos en sus jurisdicciones, pueden apostarse desde la Provincia de Buenos Aires o desde la Ciudad de Buenos Aires en acotados días y horarios.
Se puede notar ya que el juego va tomando configuraciones algo más intrincadas de acuerdo a los entramados institucionales que lo conforman. No existe juego por fuera de las reglas que lo constituyen y, en este caso, se suman las divisiones jurisdiccionales que, lejos de competir entre sí, multiplican las posibilidades de apuestas sin perjuicio de las recaudaciones. Diversas instituciones hacen distintos juegos de quiniela al tener cada una su sorteo o la administración de las apuestas sobre la base de un sorteo ajeno, como sucede en algunas provincias. Pero aquí me centraré básicamente en la quiniela tal como se ofrece en la Provincia de Buenos Aires, lugar donde realicé mi trabajo de campo.
Hasta aquí he comentado la apuesta directa a la quiniela, es decir, a un número específico. Existen, sin embargo, otras modalidades de juego, como la redoblona. No entraré en detallarla, puesto que he decidido dejarla mayormente de lado por la escasa significatividad que tiene en relación con la directa, pero diré al menos que se trata de apuestas combinadas a dos números de dos cifras en diversos lugares de ubicación. Lo mismo sucede con otras modalidades como la Quiniela Plus (IPLC) o La Quiniela Poceada (LN), ambos juegos poceados consistentes en acertar una serie de números y cuyos premios son mucho más cuantiosos (y difíciles de obtener).
Sobre la metodología
El presente libro se basó principalmente en un trabajo de campo etnográfico realizado en dos agencias oficiales del Instituto Provincial de Lotería y Casinos de la Provincia de Buenos Aires, ambas pertenecientes a la misma persona. Pero es conveniente aclarar que el objeto de estudio no se trata de una población circunscripta geográficamente o de grupos con una identidad compartida, sino de personas muchas veces distantes unas de otras que comparten un aspecto de sus vidas al ir a jugar a la quiniela. En este sentido, como señala Guber, “el campo no es un espacio geográfico, un recinto que se autodefine desde sus límites naturales (mar, selva, calles, muros), sino una decisión del investigador que abarca ámbitos y acciones” (Guber, 2008: 84). Por esto no me he privado de recurrir a otras fuentes y escenas por fuera de dichas agencias, toda vez que pudiera aportar nuevos datos.
La primera de las agencias –a la que llamaré “La Quince”[23]– se hallaba ubicada en una zona céntrica de Belén de Escobar, cabecera del partido de Escobar, emplazado a unos 50 kilómetros al nordeste de la Ciudad de Buenos Aires. Allí concurrí entre el 25 de enero de 2011 hasta el 25 de agosto del mismo año. El trabajo de campo fue terminado en dicha fecha debido a que los dueños (Sandra y su exmarido) decidieron vender la chapa de la agencia, es decir, venderle el fondo de comercio a otro agenciero. La agencia estaba emplazada en una de sus arterias principales y a pocas cuadras de la terminal de ómnibus, rodeada por una gran cantidad de comercios de todo tipo, restaurantes, bares y oficinas públicas, lo cual generaba un gran movimiento en la zona. Se hallaba en diagonal a una plaza que, de un lado, servía de paseo para una feria de artesanos y, del otro, lindaba con la estación de tren, junto a la cual se encontraba un mercado popular de ropa. Escobar mantenía en muchos aspectos la forma de vida de un pueblo semirrural, pero con el crecimiento de una gran localidad. En el censo nacional de 2001, el partido contaba con 178.155 habitantes, mientras que, para el censo correspondiente al 2010, se habían incrementado un 20 %, hasta los 213.619[24]. Esto le otorgaba una mixtura social particular que se veía reflejada en la agencia, donde se entremezclaban paisanos con sombreros del Gauchito Gil[25], conductores de programas radiales locales de folclore, gendarmes, barrenderos, obreros industriales, maestras de escuela, feriantes y comerciantes prósperos.
La segunda agencia se ubicaba en el municipio de Martínez, partido de San Isidro, Región Metropolitana Norte de la Ciudad de Buenos Aires[26]. Allí permanecí desde el 26 de julio de 2011 hasta el 6 de septiembre de 2012. Eso hace un total de 20 meses de trabajo de campo. Esta segunda agencia –que llamaré “El Veintidós”– fue adquirida por Sandra mientras me encontraba realizando trabajo de campo en Escobar. Se ubicaba en un barrio residencial de clase media al oeste de la avenida Santa Fe, dirección contraria al Río de la Plata. Esta aclaración resulta relevante porque, hacia el este de dicha avenida, se eleva la posición social de los vecinos. El Veintidós también se encontraba en una zona “céntrica”, pero de extensión y movimiento muchos más reducidos que La Quince. Se trata de uno de esos centros de barrio típicos que son de apenas dos cuadras. En nuestro caso, consistía en una plaza que ocupaba toda una manzana, rodeada por una iglesia, una delegación municipal y comercios de variados rubros, entre los que se encontraba la agencia.
Las diferencias entre ambos locales eran notorias, aunque sin ser universos sociales enteramente disímiles. El movimiento en El Veintidós era bastante menor al de La Quince, pero aun así resultaba lo suficientemente alto para los estándares del barrio. La media de edad de los jugadores aumentaba en Martínez, al tiempo que subía levemente el perfil socioeconómico. De hecho, parecían ser correlativos: eran mayormente personas jubiladas, residentes de la zona, quienes elevaban el perfil social del público apostador en El Veintidós. Muchos otros eran empleados que se desempeñaban en las inmediaciones: remiseros, albañiles, empleados municipales, cuentapropistas, canillitas, mozos, etc. En este sentido, la composición de los públicos mantenía cierta homogeneidad. Pero más allá de dichas características, subsistía otro punto de contacto: las bromas, las formas de apuesta, los dichos, la seriedad en juego, todo esto era idéntico.
En ambas agencias pude tener un trato directo con los jugadores, permaneciendo ya detrás del mostrador o delante de él, en mera observación, interacción o realizando alguna actividad que no involucrara (por decisión propia) manejo de dinero. En cualquier caso, la permanencia en diversos horarios me posibilitó acceder a la cotidianidad de la agencia y de sus públicos, al conocimiento nativo del juego (para alguien que nunca tuvo predilección por las apuestas ni tampoco por los juegos), sus operaciones y sus sentidos desde la propia perspectiva de los actores.
Al trabajo etnográfico localizado, deben añadírsele los encuentros y las entrevistas que mantuve con jugadores en otros ámbitos ajenos a las agencias mencionadas, así como escenas observadas en determinados lugares vinculados de alguna manera al juego. La elección de las agencias se relaciona con una estrategia metodológica antes que con una población bien definida, por lo que el campo, como adelantamos, se extiende más allá de los límites físicos y geográficos de aquellas.
Pero el trabajo etnográfico es apenas uno de los momentos de este libro. La búsqueda de datos cuantitativos fue un trabajo igualmente arduo, especialmente por los huecos y las contradicciones que comúnmente presenta el escaso material disponible en la Argentina. Este hecho contrasta con muchos otros países que, como señalaré en el capítulo 1, disponen de informes anuales de carácter público sobre el desempeño de la industria de las apuestas. En el caso de datos estadísticos sobre los jugadores, no he podido hallar más que unas pocas referencias aisladas, por lo que he tenido que cotejar lo apenas disponible con la bibliografía existente internacionalmente y con mi propia experiencia en el campo.
Al respecto, pude hacer una pequeña muestra sobre algunos aspectos del juego que pueden resultar de interés (Figueiro, 2014). Sandra, como muchos agencieros, organizaba mensualmente sorteos de boletas perdedoras: disponía de una urna en la que los jugadores que lo desearan podían depositar sus boletas viejas del mes con su nombre y número de documento escritos a mano. En una fecha anunciada con anticipación, se realizaba un pequeño sorteo público con dichas boletas, cuyos ganadores recibían un monto de dinero variable. Dado que la gran cantidad de boletas acumuladas eran desechadas luego del sorteo, estando en El Veintidós, le pedí a Sandra si podía entregármelas para su procesamiento en lugar de tirarlas. De ahí pude obtener varios datos, algunos de los cuales serán presentados a lo largo del libro[27]. Si bien no es una muestra del universo de los jugadores de la agencia (puesto que se trataba de un sorteo secundario en el que no todos participaban), me brindó algunas pistas reveladoras de determinadas lógicas, especialmente sobre los montos y los números apostados.
Finalmente, debe mencionarse el relevamiento de fuentes primarias y secundarias, tanto mediante las pocas entrevistas que pude obtener (solo una de LN y ninguna del IPLC), cuanto de la búsqueda y el análisis de discusiones parlamentarias, entrevistas publicadas, notas de opinión, editoriales de revistas oficiales, informes de organismos públicos y privados, informes parlamentarios, redes sociales, entre otros. Todo esto me ayudó a hilvanar la relación entre el juego y las esferas más amplias de la vida social, especialmente en lo atinente a la intervención del Estado y al lugar que ocupa en la conformación de los sentidos sociales del juego.
Estructura del libro
En el capítulo 1, expondré cómo se inserta la quiniela en un universo mucho mayor como es el crecimiento vertiginoso de los juegos de apuestas a nivel mundial. Si, por un lado, hay que dar cuenta de que la quiniela tiene una gran tradición en nuestro país, con sus propias especificidades, por el otro, se debe evitar ver en ella una mera actividad localizada reducible a una cuestión “cultural”. Ampliar este mapa me ayudará a dimensionar el rol primordial que han tenido y tienen los Estados en esta inflación de los juegos.
En el capítulo 2, entraré de lleno en nuestro campo para mostrar la relación problemática que presenta el dinero en juego, tanto por las impugnaciones morales que subsisten en torno a lo jugado, cuanto por el lugar central que ocupa al ser objeto de un sacrificio. Pero no se trata solamente de la relación entre el dinero jugado y la economía doméstica de los jugadores, sino también de cómo la estructura comercial y temporal de la quiniela como juego organizado desde el Estado, configura una forma de gasto en permanente ascenso.
Las fórmulas, los parámetros y los dispositivos para la elección de los números apostados será el objeto del capítulo 3. Allí daré cuenta del lugar de los números y sus significados en la vida cotidiana de los jugadores, pero también del lugar que ocupa el azar y la suerte. Las vinculaciones afectivas y el entramado de relaciones que se establecen entre determinados números, la vida personal y el decurso cotidiano de las personas me permitirán rastrear cómo se integran los guarismos en significaciones más amplias de la experiencia cotidiana.
En el capítulo 4, indagaré el aspecto más fenomenológico del juego, el cual se vincula con la esperanza de ganar y con la salvación que implica. Justamente, dar cuenta de qué es lo que se espera del juego y, por lo tanto, qué es lo que se está apostando cuando se juega, más allá del dinero del premio, será el objetivo de dicho capítulo. Propondré allí el concepto de “ludodicea” para dar cuenta del momento epifánico que conlleva agarrar un número.
El capítulo 5 rastreará las condiciones morales de posibilidad que requirió la conformación de una industria lúdica monopolizada por el Estado argentino para el caso de LN. Esto me permitirá vincular el tratamiento del juego desde los poderes públicos y desde determinados saberes y las variaciones que presentan en las últimas décadas. El capítulo partirá de las discusiones parlamentarias a fines del siglo xix en torno a la conformación de una Lotería de Beneficencia Nacional, basadas en una lectura económico-moral del juego, para luego contrastar dicha lectura con las transformaciones operadas en la industria en las últimas décadas.
En las conclusiones, finalmente, retomaré los dos abordajes que señalé más arriba para volver a integrar los distintos elementos en una imagen de conjunto. Esto implicará entrelazar los aspectos económicos, políticos, simbólicos y domésticos que se hallan en juego en la quiniela. Así, podré mostrar el juego desde una perspectiva que no retenga una visión meramente laudatoria del universo de los jugadores, ni una simple denuncia del carácter fetichista y funcional del juego en el capitalismo moderno, sino una sociología del juego que revele lógicas que traspasan el objeto particular.
- El Mundo, 11 de agosto de 1928, “Su majestad el quinielero”, citado en Cecchi (2012: 110). ↵
- Aunque he tratado de evitar el lenguaje sexista, por razones de edición he decidido mantener el plural masculino allí donde otro recurso hubiese dificultado la lectura. ↵
- El Mundo, 9 de noviembre de 1928, “La mujer que juega a la quiniela”, citado en Cecchi (2012: 112). ↵
- El Mundo, 9 de noviembre de 1928, “La mujer que juega a la quiniela”, citado en Cecchi (2012: 113).↵
- El Mundo, 9 de noviembre de 1928, “La mujer que juega a la quiniela”, citado en Cecchi (2012: 111-12).↵
- “La apuesta por entrar en la mente del consumidor”, en revista Abrazar, año 4, n.° 22, marzo-abril de 2012, p. 34. ↵
- No existe, sin embargo, una división tajante entre lo legal y lo ilegal: de igual forma que un quinielero oficial puede levantar, paralelamente, apuestas clandestinas, los jugadores pueden jugar indistintamente y por variados motivos en agencias oficiales o a través de levantadores clandestinos.↵
- Como ha mostrado Albert Hirschman (1999), el moderno interés individual no es más que la racionalización de una pasión antiguamente considerada nefasta, lo cual muestra la operación ideológica que permite pasar de un registro a otro y, por lo tanto, lo históricamente contingente de dicha división.↵
- Sin dudas, los fenómenos bursátiles son una demostración de esto, tal como lo señala el mismo Mauss (1979). Se adquiere un título bajo la esperanza de que su precio sea mayor en el futuro, el cual finalmente no puede ser predicho por ningún algoritmo. Por lo demás, sobre la relación entre juego y las prácticas financieras, puede verse Delfino Kraft (2011). Más recientemente, el sociólogo Jens Beckert (2016) ha trabajado sobre la importancia de las expectativas ficcionales para la dinámica del capitalismo. ↵
- En adelante, los términos nativos serán presentados en cursiva. ↵
- Un ejemplo de esto último es la autorización que tienen en Estados Unidos las reservas de pueblos originarios para explotar juegos de azar.↵
- Op. cit., p. 32. ↵
- En torno a la diferencia entre los conceptos de “cultura” y de “identidad”, puede verse Grimson (2011).↵
- Los juegos de azar aparecen en varios mitos sobre el origen del mundo. Los dioses del Olimpo, según la mitología griega, se repartieron sus dominios a través de un juego de azar; entre los hindúes, se considera que Shivá y su esposa dieron origen al universo con una partida de dados; en la mitología germánica, los dioses ordenaron el mundo jugando sobre un tablero (Varenne y Bianu, 1990; Ambrosini, 2007). ↵
- Para una revisión de las críticas a estas perspectivas, puede verse Garvía (2009) y Elster y Skog (1999).↵
- Este incremento de los trabajos se ha concentrado particularmente sobre los juegos en Internet, dado que allí todavía subsiste, en la mayoría de los casos, un vacío legal que imposibilita la fiscalización y el control de estos. ↵
- Esto no parece casual dado que fue en aquellos países donde, hasta hacía pocas décadas, todavía recaía sobre el juego una condena moral, y donde a la vez se experimentó una liberalización más notoria. Así, Eadington y Frey señalaban en 1984 que “los juegos de apuestas se han movido de una postura de condena moral a una moralmente ambigua” (Eadington y Frey, 1984: 9).↵
- Tales como Journal of Gambling Studies (1985), Gambling Issues (2000), International Gambling Studies (2001), The Journal of Gambling Business and Economics (2007), Analysis of Gambling Behavior (2007), Journal of Asian Journal of Gambling Issues and Public Health (2010), Revista di Diritto del Giochi e delle Scommesse (2010) –los años entre paréntesis son los de aparición de las revistas y no corresponden a una cita bibliográfica–.↵
- Solo algunos de ellos son The Society for the Study of Gambling (1977), European Association for the Study of Gambling (1993), Alberta Gambling Studies Institute (2001), The UCLA Gambling Studies Program (2005), The Centre for Gambling Studies (2007), The National Association for Gambling Studies Inc. (2010), Asia Pacific Association for Gambling Studies (2010), entre otros. ↵
- Posteriormente, dicho mínimo se ha ido incrementado sucesivamente siguiendo a la inflación. A diciembre de 2021, el mínimo en la Lotería de la Ciudad y en el Instituto Provincial de Lotería y Casinos de la Provincia de Buenos Aires era de 4 pesos por extracto (ticket emitido). ↵
- Utilizaré “Lotería” (con mayúscula) para referirme a la institución organizadora, para diferenciarla de “lotería” como juego.↵
- La cantidad de sorteos de los días sábados aumentó de tres a cuatro con posterioridad al trabajo de campo.↵
- Todos los nombres propios relativos al trabajo de campo en las agencias han sido modificados para preservar la identidad de quienes me han brindado su confianza. ↵
- Datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos. ↵
- El Gauchito Gil es un santo popular argentino, no reconocido como tal por la Iglesia católica. ↵
- A diferencia de lo ocurrido en Escobar, el partido de San Isidro mantuvo una variación casi nula en su población entre los censos 2001 y 2010, pasando desde los 291.505 habitantes hasta los 292.878 (fuente: INDEC). ↵
- El resto puede encontrarse en Figueiro (2014).↵







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