El país de los personalismos y las dictaduras
El lugar que ocupa el stronismo en la memoria histórica paraguaya es indescifrable si no se contextualiza un elemento casi patrimonial de la política del vecino país, y es la pervivencia de un puñado de cuatro dictaduras que, entre todas ellas, suman nada menos que un siglo de vida política. Nos referimos a las presidencias de Gaspar Francia, Carlos Antonio López, Francisco Solano López y finalmente Alfredo Stroessner. De estas, la primera de ellas, la del Dr. Gaspar Francia, es la que más ha gravitado en el imaginario colectivo paraguayo hasta la llegada de Stroessner. Es la que consolidó la imagen arquetípica del karaí guasú,[1] el “gran señor”, que tan fielmente está representado en la obra de Augusto Roa Bastos, tanto en Yo, El Supremo ‒la gran biografía novelada del dictador‒ como también en Hijo de hombre. En esta última expresa magistralmente la megalomanía de control y prepotencia del dictador, cuando el novelista narra que Gaspar Francia “mandó tumbar las casas de los ricos y voltear los árboles”, porque “quería verlo todo”, “a toda hora” (Roa Bastos, 2011, 40).
Francia es una contundente representación del mito del poder absoluto “y sus consecuencias sociales”, y así constituye la primera figura en la genealogía del autoritarismo paraguayo (Fernandez, 2021, 3). De Gaspar Francia en adelante, la continuidad de personalismos sin alternancias en el Paraguay nos impone un parámetro diferenciador con el resto de la región. Pero en lo que hace a las primeras experiencias de dictaduras en la región, la del Dr. Gaspar Francia cobra aún más relieve, no sólo por haber constituido una absoluta novedad como “dictadura popular”, sino además por ensamblarse durante el proceso de la Revolución y anticiparse al proceso formativo del resto del conjunto de los estados en el Cono Sur. Este y otros elementos condicionantes de cualquier análisis de la política paraguaya hacen decir a Francisco Delich,[2] en una cita muy referenciada, que el Paraguay era el “cementerio de las teorías”.
Pues bien, retomando el contexto del gobierno de Stroessner, sabemos que uno de los más importantes politólogos del Paraguay (Abente Brun, 2014), investigando la naturaleza del régimen stronista, nos dice que, aunque Stroessner ejerció el poder “de manera marcadamente personalista y caudillista”, no puede ser “definido solo como una dictadura personalista”, como podríamos hacer con Trujillo, por ejemplo. Line Bareiro (Telesca y López, 2021, 15) sostiene que, para poder comprender el gobierno de Stroessner, justamente habría que leer primero la trilogía paraguaya de Augusto Roa Bastos, que tiene como nudo gordiano la evocación del imaginario que giraba en torno de Gaspar Francia:
Mi recomendación es leer la trilogía paraguaya, conocida también como trilogía sobre el monoteísmo del poder en el Paraguay, de Augusto Roa Bastos, en el siguiente orden: Yo el Supremo, Hijo de hombre y El Fiscal. El supremo ayudará a entender el poder absoluto en el Paraguay de las dictaduras temporal y perpetua de José Gaspar Rodríguez de Francia, en un país al que los españoles nunca volvieron para recuperar la colonia. Ciertamente, ese absolutismo terminó recién con la Guerra contra la Triple Alianza, aunque siguió renaciendo.
El investigador John Hoyt Williams[3] ha realizado una audaz “diagnosis” sobre el período que abarca al Dr. Francia y los gobiernos de los López, y nos dice que ninguna época de la historia del Paraguay ha sido tan estudiada, pero que también “pocas o ninguna” han sido tan mal comprendidas. En particular sobre el Dr. Francia establece que “sobre el Supremo hay una montaña de volúmenes”, la mayoría de los cuales “no vale la pena leerlos” (Williams, 1973, 155).[4] Por lo tanto, además de la dispersión documental, a la tendenciosa mirada desde la cual se lo ha investigado debe sumarse la incapacidad por interpretar su proceso de manera prudente y situada. Desde que Francia toma las riendas del Estado, [5] comienzan a ejecutarse decisiones que poco tienen que ver con la historia tradicional suramericana, y donde el aislamiento y una suerte de “absolutismo” marcan las pautas del liderazgo de este enigmático líder. Aislamiento tanto del país como del hombre que lleva los destinos de la nación adelante.[6] Hombre particular, suerte de “jesuita laico” y jacobino sin burguesía, como lo llama Ramos (2011, 242), formado en la Universidad de Córdoba,[7] discípulo directo de la Enciclopedia, como lo analiza Morales Padrón (1975, 235), estaba convencido de que había sido “llamado” a consolidar la nacionalidad, y preservar el Paraguay de la ambición porteña y portuguesa. Gaspar Francia “obliga” a una transformación político-cultural del país y, para ello, decide realizar una drástica cirugía social,[8] no sólo económica y política, sino que también cultural y hasta religiosa.[9] Así como para algunos esta fue una notable experiencia de ensayo socialista, para otros es una pura expresión de ultranacionalismo xenófobo y mutismo anticatólico (Sánchez, 1975, 159-160).
Desde 1826 Francia va a mantener una casi completa clausura del país, con la excepción del Puerto de Itapúa, que conectaba Paraguay con la Banda Oriental, el Mato Groso y la zona mesopotámica. Fuera de eso, el Paraguay no toma contacto con nación alguna, imponiéndose una política de “no intervención” innegociable, que queda expresada en las instrucciones que le diera al delegado en las misiones.[10] Eduardo Ibarra y Rodriguez[11] (1913, 26) ya decía hace más de un siglo que Francia fue ahogando a su pueblo de a poco, acariciándolo, utilizando la palabra “independencia” como un señuelo, sabiendo que en su patria encontraría “fácil eco toda palabra que revelara sentimientos localistas”. Entendiendo que la independencia era la pasión dominante, desarrolló una verdadera opresión, utilizando como motor convocante la independencia de España, luego la de una independencia del Río de la Plata, para más tarde llegar al aislamiento total, “complemento imprescindible” de su despotismo.[12] Por eso, para el autor citado quedó en Paraguay un gran amor por la independencia pero sin el sentido de la libertad.[13]
El Estado francista, al igual que lo hará Stroessner, intervino en todos los aspectos de la vida. Buscó un autoabastecimiento alimentario, con una austeridad administrativa feroz –que se observa en la rusticidad y sencillez de la estructura gubernamental‒[14] que tornó al Paraguay en un laboratorio socio-político.[15] Según White (2014, 110) puede observarse en Francia una suerte de filosofía política,[16] cuando al recibir la noticia de que Rondeau había asumido el cargo de director supremo en Buenos Aires, el dictador paraguayo le expresa al comandante de Pilar:
Estas son unas convulsiones consiguientes a la exaltación de las pasiones de un pueblo que aún vacila sobre su suerte y destino por no haberse aún constituido, y que no tiene una verdadera forma popular. Por eso establecí yo aquí los grandes congresos a tiempos periódicos con la institución de la República independiente, para que el Pueblo se informe a este sentimiento y giremos todos con un sistema asentado… (White, 2014, 110).
Para Francia la forma popular de gobierno no implicaba una forma de democracia representativa, ya que sólo la elite era parte del proceso político en los sistemas constitucionales de la región, y el pueblo, o su mayoría, estaba excluido con formas selectivas. El objetivo del gobierno, para él, era ponerles fin a las posiciones de privilegio de las clases dominantes, no la forma democrática en sí, dado que esta última era un medio “a través del cual las masas de paraguayos podrían expresar sus verdaderos intereses”, formando una conciencia nacional y, por qué no, institucionalizándola con la dictadura popular (White, 2014, 110-111).[17]
¿O’Leary como intelectual orgánico de Stroessner?
Juan Emiliano O’Leary (1879-1969) fue uno de los historiadores de cuño nacionalista más importantes de la historia del Paraguay, el primer “lopista”.[18] Como bien nos dice Liliana Brezzo (2014) ‒quien realizó un notable trabajo de análisis de la visión historiográfica “impuesta” por Alfredo Stroessner,[19] en la cual O’Leary tuvo centralidad absoluta‒ fue el responsable de transformar muchos de los paradigmas interpretativos de la historia del vecino país, y así consolidar una imagen diametralmente opuesta a como venía conformando la academia la visión del pasado, con audacia y osadía, con un discurso histórico que no fue sólo informativo (es decir, comunicar hechos y eventos del pasado), sino también performativo, ya que su lenguaje permitió “crear” realidades en la memoria colectiva del Paraguay, que aún perduran.[20]
O’Leary conformó una visión idealizada del Paraguay previo a la Guerra Guasú ‒aspecto sobre el que protagonizó el primer y quizás más importante debate historiográfico del Paraguay con su maestro Cecilio Báez‒,[21] tiempo que se empeñaba en “recuperar” y que era asimilable al esquema interpretativo de Stroessner. Este historiador fue el gran “rehabilitador” en el espacio público de los héroes del siglo XIX, que encontró un notable eco en la memoria colectiva y dio un sentido épico a la tragedia de la Guerra Guasú (Capdevilla, 2020, 125). Sobre todo, O’Leary, junto con un puñado de otros intelectuales nacionalistas, logró conformar una corriente que a comienzos del siglo XX podría considerarse como “militante” de un pasado que asimilaba la historia a la memoria, es decir, de un “recuerdo imaginado de episodios organizado sobre fundamentos identitarios”, como apunta Capdevilla (2020, 125-126). Y lo que es más importante, siguiendo a este último autor, la dictadura de Stroessner llevó esta operación a término “haciendo de la historia contemporánea un timón del régimen”, logrando que su estatización produjera un congelamiento de las representaciones del pasado cercano:
La filiación era afirmada como evidencia: Alfredo Stroessner, el segundo reconstructor, asumía la herencia del Dr. Francia, el fundador de la nación, la de Carlos Antonio López, el constructor del estado moderno, y la de Francisco Solano López, el defensor de la soberanía (Capdevilla, 2020, 126).
Es O’Leary también el máximo responsable de la asimilación de las figuras de los grandes dictadores del siglo XIX ‒sobre todo de Gaspar Francia‒ a las de un karaí, como ya hemos dicho, esa espacie de chamán o jefe “cuyas órdenes procedían de su sabiduría y eran indiscutibles” (Brezzo, 2014):
Este karaísmo contenía una idea autoritaria de la nación o, en todo caso, una creencia –compartida por algunos sectores de la sociedad– de que la democracia era sinónimo de incertidumbre y que las relaciones sociales propias de la época dictatorial podrían continuar vigentes (Brezzo, 2014, 37).
Para O’Leary se había constituido una suerte de leyenda negra sobre los dictadores del siglo XIX, y reivindicar esas figuras era una manera, para la visión stronista, de justificar el nuevo personalismo moderno, el cual no sólo venía a recuperar rostros e imágenes, sino que también formas de identificar al gobierno y la “democracia”. Cuando Stroessner comienza a convertirse en una figura política, O’Leary está en el apogeo de su prestigio intelectual e influencia académica, lo que decantó en una lógica amistad muy cercana entre ambos ‒relación de la que se conserva gran parte del contacto epistolar‒ y en una notable identificación personal entre los dos hombres,[22] que se adularon, se potenciaron y justificaron mutuamente. Stroessner desde el gobierno llenará de homenajes al historiador, designándolo, entre otras cosas, como director general de Archivos, Bibliotecas y Museos de la Nación, mientras retenía su cargo en el Ministerio de Relaciones Exteriores como embajador y se convertía para muchos en el “vocero de la historia nacional paraguaya”, dando innumerables conferencias y charlas por todo el país, apareciendo en los medios masivos, editándose sus libros, notas en los periódicos, entrevistas en la radio, etc., de modo que se consolidó como uno de los casos más notables del uso político de la historia. Recordemos que el régimen llega a inaugurar un busto de bronce dedicado al “historiador nacional” a pocos metros del Panteón Nacional de los Héroes,[23] donde se reúnen los restos de los mismos personajes legendarios a quienes el propio O’Leary había “rehabilitado”:
A tan sólo unos metros de allí, a la derecha del edificio, en el mismo conjunto memorial, en la Plaza de los Héroes, reina, desde el 1° de Marzo de 1955 el busto del reivindicador; el historiador nacional Juan E. O´Leary (Capdevilla, 2020, 125).
O’Leary fue quizás el autor más importante que comenzó a trabajar en la transvaloración del proceso francista-lopista, rememorando todo el proceso formativo y embrionario del Paraguay como un ciclo heroico, casi legendario, donde se consolidó un proyecto de sociedad y de país con un destino de grandeza. Para esto debió luchar con las posiciones hegemónicas que ya estaban instaladas con una mirada condenatoria del ciclo citado. Su visión incorporó una mirada muy crítica del Brasil y la Argentina, sobre todo en este último país del proyecto político mitrista, el cual, obviamente, fue absolutamente destructivo del Paraguay, en clara coincidencia con los análisis que por aquellos años estaba realizando el revisionismo historiográfico argentino, con el cual habrá notables puntos interpretativos de contacto. Asimismo, O’Leary tuvo muchos puntos de contacto con Juan Bautista Alberdi, quien por haber defendido en numerosos trabajos la posición paraguaya, fue oscurecido en la Argentina y exaltado en el Paraguay. La obra de Alberdi pudo ser recuperada, especialmente por su amigo Gregorio Benites, a partir de que se conociera que iban a repatriarse sus restos.[24]
Nuestro autor, AGV (2007) se adentró en la obra de O’Leary, escribiendo la introducción al trabajo El libro de los héroes, en la edición que realizó la Colección Imaginación y Memorias del Paraguay (ABC Color). En dicha introducción, AGV deja en claro que toda la obra de O’Leary confluye en un solo propósito, el cual es “relatar el heroísmo de civiles y militares”, transfigurando la mirada condenatoria y pesimista de la historia paraguaya en una visión agonal y sacra, de un pueblo atravesado por terribles coyunturas donde muestra su gallardía, valentía y entrega. Reivindica AGV el hecho de que O’Leary estuvo muy solo “por demasiados años” en las reivindicaciones lopistas, incluso cuando el “lopismo” era una palabra peyorativa.
Destaca también AGV (2007) sobre el historiador que O’Leary fue absolutamente lineal y consecuente a lo largo de toda su obra y su labor interpretativa de la historia y la política paraguaya ‒a diferencia de su maestro y polemista Cecilio Baez, que cambió notablemente sus paradigmas interpretativos–, observando que no hay “una sola gota de contradicción en su portentosa labor”, lo que puede observarse en los largos años en los que trabajó reivindicando los gobiernos de poderes absolutos que “organizaron” el país. Esta labor será un aporte para la cosmovisión stronista, que encontrará fundamento y prestigio para muchas de sus justificaciones autoritarias que desarrollará en tantos años de opresión y búsqueda del orden.
- En lengua guaraní significa “jefe”. Era común en la época de José Gaspar de Francia hablar de él como el karaí guazú, es decir, “gran jefe”.↵
- Sociólogo, docente, escritor y exrector de la UBA.↵
- El trabajo ordena y recomienda la selección de archivos de acuerdo con la temática y el período que se quiera estudiar, tanto de América como de Europa, detallando también bibliografías y estudios monográficos destacables. Es un panorama completo y profundo de lo indispensable hacia la década del setenta. Williams se dedicó durante muchos años a recorrer todos los archivos del mundo de donde se pudiera nutrir para trabajar la historiografía paraguaya, y se encontró con una situación que dejó detallada en el ensayo “Del calor al frío. Una visión personal de la historiografía paraguaya”, hoy una guía indispensable para cualquier paraguayista que desee estudiar concienzudamente el pasado del hermano país.↵
- El trabajo de Williams (1973) fue editado en el primer número de una de las más importantes revistas académicas del Paraguay, bajo el título “Del calor al frío. Una visión personal de la historiografía paraguaya”. En Estudios Paraguayos. Revista de la Universidad Católica de Asunción. Año 1, n. ° 1. Asunción, pp. 153-155.↵
- Prácticamente desde el Congreso Grande, en 1813, hasta su muerte, en 1840, el personalismo de este hombre consagrado al ordenamiento impuesto y represivo, numen de un modelo único en Suramérica, significó un escenario político disonante con la región. Al comienzo el proceso se asemejaba al del Río de la Plata en lo que hace a la concentración paulatina del poder, pasando de una Junta General a un Triunvirato y luego a un Consulado de dos personas. Pero el Dr. Francia, según palabra de Morales Padrón, hizo ver que como en Roma, las necesidades del Estado “obligaban a delegar todo el mando en un Dictador”. Ver Morales Padrón (1975), Historia general de América. Tomo VII. Espasa. Madrid, p. 235.↵
- “Sin amigos, consejeros o confidentes, viviendo una vida de recoleto, aislado de todos, aunque en contacto asiduo con los más apartados rincones del país mediante una vasta red de espionaje (…) el Doctor Francia ejerció, hasta su muerte, un poder absoluto como no se había conocido otro en América”. Ver Cardozo, Efraím (1965), Breve Historia del Paraguay. EUDEBA. Buenos Aires, p. 61. ↵
- Gaspar Francia no escribió libros ni ensayos, pero sí instrucciones y hasta un “catecismo” político. De los estudios del notable historiador Justo Pastor Benítez, se puede extraer que de un catecismo pensado para el uso en las escuelas, el régimen se autodefinía como un gobierno “patrio reformado”, regulado por “principios sabios y justos, fundado en la naturaleza y necesidades de los hombres y en las condiciones de la sociedad”. Como “hechos positivos”, el catecismo planteaba que el gobierno había abolido la esclavitud y los tributos. Ver Benítez, Justo pastor (1937), La vida solitaria del Dr. José Gaspar de Francia, pp. 152-153; y White, Allan (2014), La primera Revolución Popular en América. Buenos Aires. Ed. Punto de Encuentro, pp. 144-145.↵
- Comienza con una “remoción” del personal español que trabajaba en la administración pública. Incluso va más allá, tratando de deportar a todos los residentes españoles. Con el objetivo de destruir el poder de la clase dominante y desmantelar en general la sociedad de clases, nombra a funcionarios “del Pueblo”, no del tradicional semillero de la clase terrateniente. Junto con esto, cuando ya es dictador supremo de la república, comienza una política de intervención de la Iglesia, a la cual obliga a “nacionalizarse”, removiendo las autoridades y cortando su obediencia a Roma. ↵
- La representación que poseía el dictador sobre la Iglesia era de una institución que con sus ritos místicos inculcaba una “resignación fatalista”, lo que daba como resultado un fortalecimiento de la condición oprimida del pueblo. Esto último, sumado a la visión anticlericalista, lo llevaron a identificar en la Iglesia a uno de los factores retardatarios de la emancipación y formación del Estado, de modo que eliminó los fueros eclesiásticos y hasta expropió los bienes de la institución. Obviamente, semejante política dictatorial, sumada a la prohibición de reuniones sin autorización, de procesiones y a la mentalidad conspirativa que se evidenciará en los controles por parte del mandatario, no le otorgará las mejores reputaciones en el mundo, y comenzará a alimentar la leyenda oscura que poco a poco se conformará alrededor del régimen. ↵
- “Se abstendrá Ud. absolutamente de conmover o alarmar (a la población) o de hostilizarlos de manera alguna, manteniéndose a la defensiva y observando una juiciosa neutralidad, sin tomar parte en las actuales disensiones (…) Nos debemos reducir a conservar la Paz, la quietud y la tranquilidad interior y exterior evitando cuanto sea posible una guerra civil que debe mirarse como el mayor de todos los males”. Ver White, Richard Alan (2014), La primera revolución popular en América. Paraguay, 1810-1840. Ed. Punto de Encuentro. Buenos Aires, p. 95.↵
- En la Historia de América que relata el investigador de la Universidad de Zaragoza Eduardo Ibarra y Rodriguez, preparada para el tomo XXV de la monumental e influyente Historia del Mundo Moderno que editó la Universidad de Cambridge hace más de un siglo (1913), se hace una síntesis de la visión de Francia que era tan difundida en el siglo pasado, anclando el panorama totalitario desde la génesis misma de la independencia. ↵
- El dictador expresó a lo largo de cartas y misivas que no tenía intenciones de entrar en contacto con el mundo, y sobre todo con el hispanoamericano, hasta que no “se restituya al Nuevo Mundo la tranquilidad” que imperaba antes de los ciclos revolucionarios (Morales Padrón, 1975, 236).↵
- “Sometido a la inspiración directa, absoluta y soberana de su suspicaz y absoluto mentor, que invitaba como los Druidas, a su Pueblo a penetrar en el bosque misterioso del derecho, ocultando la cuchilla traidora con que se preparaba para darle muerte”. (…) “El Doctor Francia, efectivamente, miró a la muchedumbre, y asestó el arma fatal, contra toda cabeza que se erguía, ahogando así toda personalidad elevada, y reduciendo el Pueblo a una masa confusa, uniforme, sin matices, atónita de espanto y resignada con sus desventuras”. Ibarra y Rodriguez, E. (1913). “América”. En Historia del Mundo en la Edad Moderna. Tomo XXV. Universidad de Cambridge. Barcelona, p. 26.↵
- Un jefe de Policía, un ministro de Hacienda, un secretario de Gobierno, un defensor de Pobres y Menores, en una organización territorial de sólo 20 departamentos, y funcionarios municipales.↵
- Un ejemplo contundente ilustra este punto: desde 1814, el dictador impone la prohibición de casarse con una mujer blanca, y así crea un mestizaje forzado. ↵
- Han sido muy relevantes las investigaciones de Richard Alan White sobre el Paraguay del siglo XIX. Este importante historiador norteamericano comenzó sus trabajos en la década del 70 a partir de la tesis doctoral que elaboró sobre Gaspar Francia en la Universidad de California. Observó e hizo observar a Gaspar Francia como una suerte de revolucionario socialista, y sobre él aportó notables documentaciones primarias y trabajos “divisorios de aguas”, sumamente polémicos. White Falleció recientemente (2016), y ello abrió un campo de discusión sobre la figura del dictador, que aún hoy continúa. ↵
- A pesar de lo dicho, para varios autores hay elementos positivos. Entre ellos, se debe destacar la búsqueda de un sistema de educación pública, y la notable alfabetización que se desarrollará en el país. También la mirada sobre los cuadros militares, a los cuales se educó como parte de un funcionariado público, como hombres “servidores” de la Nación, y no como una casta superior por encima del Pueblo.↵
- Se puede incluir como uno de los grandes también al discípulo del citado O´Leary, al prolífico Juan Natalicio González.↵
- Además de varios trabajos analíticos sobre la producción de O’Leary, Brezzo tiene una difundida biografía sobre el historiador, recientemente editada por ABC Color.↵
- Para Brezzo, en el transcurso de su dilatado itinerario intelectual O’Leary “construyó una interpretación del pasado en la que se convirtió a la derrota del Paraguay en la guerra contra la Triple Alianza (Argentina, Brasil, Uruguay 1864-1870) en una victoria del “paraguayo más inmortal”, el Mariscal Francisco Solano López, al cataclismo bélico en verdadera “epopeya nacional” y al pueblo paraguayo en el “invicto vencido”. ↵
- Enorme polémica que duró meses y fue divisoria de aguas. Se transfirió como debate a muchas producciones historiográficas de aquellos años y los subsiguientes. Esta fue desarrollada por el abogado Cecilio Báez, gran crítico del “sistema tiránico” del modelo político paraguayo. ↵
- Dicha identificación entre Stroessner y O’Leary llega a la apoteosis cuando en la ceremonia de visita del presidente argentino Juan Perón, el estado rioplatense concedió el título de Oficial de Estado Mayor “honoris causa” del Ejército argentino al general Stroessner, y al mismo tiempo le confirmó a Juan E. O’Leary la condecoración de la Orden al Mérito en grado de Gran Cruz. ↵
- El Oratorio de Nuestra Señora de la Asunción y Panteón Nacional de los Héroes es un edificio y monumento nacional de Paraguay que se encuentra en el centro de Asunción. Es el mausoleo del país, donde reposan los restos del mariscal Francisco Solano López, Carlos Antonio López, el mariscal Estigarribia, el general Bernardino Caballero, Eusebio y Eligio Ayala, etc. Las rutas nacionales tienen su punto de partida en el Panteón Nacional de los Héroes.↵
- Hemos trabajado los estudios de Juan Bautista Alberdi sobre el Paraguay en el siguiente artículo: Lavallén Ranea, Fabián, “El ‘Ciclo del Paraguay’ en la obra de Juan Bautista Alberdi. Derecho internacional, solidaridad humanitaria y sistema americano”. Revista Jurídica UCA LAW REVIEW. Universidad Católica de Asunción, Paraguay. Año 20. Diciembre 2019-abril 2020.↵









