Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

2 La obra de Alcibíades González del Valle

Lo que parecía el inicio de la transición no fue sino un mal ensayo.

    

Alcibíades González del Valle (2014)

La “transición” en el Paraguay (1989-2019). Contextos para una revisión de la memoria histórica

La redemocratización del Paraguay, hace ya más de tres décadas y media, constituye una notable bisagra en la historia de la República alto-paranaense, no sólo por lo que implica en materia política, social y cultural, sino porque también el proceso de culminación de la dictadura se desenvolvió en años clave de la oleada de estructuración neoliberal de la región. Como parte de los nuevos vientos de cambio, el proceso integracionista hacia el cono sur se fortaleció e institucionalizó, adquiriendo una mirada más comercial y económica, antes que cultural y política. Pero ese conjunto de “modernizaciones” en términos de mercado, infraestructura e integración no se vio acompañado de una profunda revisión de los estándares de las prácticas democráticas y los hábitos políticos.

Alcibíades González del Valle observa que la caída de la dictadura el 3 de febrero de 1989 no marcó el final de muchas de sus prácticas, apuntando que el partido en el que se apoyó Stroessner para sus atropellos siguió en el poder con la antigua costumbre de prebenda, corrupción y, sobre todo, “la idea de que las instituciones y los bienes del Estado le pertenecen enteramente”. Más aún, el Partido Colorado nunca dio muestras claras de arrepentimiento por haber sido el sostén de la dictadura, por el contrario, se observan en muchos de sus referentes y líderes “encendidos elogios” al antiguo régimen. La caída de Stroessner para AGV, más allá de la conspiración y articulación del golpe ‒que el autor analiza en su libro El golpe del 3 de febrero de 1989‒ tuvo el claro contexto de una sociedad ya cansada, “y cada vez con menos miedo para expresar su fastidio” (AGV, 2013: 19). Es por ello importante recorrer brevemente el proceso de “redemocratización” del Paraguay, observando el contexto institucional que acompaña a la producción revisionista y crítica de AGV, para contextualizar en detalle cuál es el marco político-ideológico en el que se publican varios de los trabajos centrales del autor que nos ocupa, en relación con la memoria histórica y el pasado reciente.[1]

¿Una transición democrática?

En el proceso de los años noventa, gran parte de los países latinoamericanos dejó atrás los feroces regímenes totalitarios y comenzó a democratizarse. A partir de esta perspectiva, el académico Samuel Hungtington (1994) habló de una famosa “tercera ola”, donde el autoritarismo daba paso a la democracia. Al igual que muchos otros analistas, trató de explicar el origen y base de este período de madurez política. Entre las diversas hipótesis explicativas que “la Academia” dio sobre el porqué del derrumbe de la dictadura en el Paraguay,[2] Diego Abente Brun (2010, 13-17) se inclina por la conjunción de variables contingentes. Para el autor, entre los muchos significados que tenía el fin de la dictadura, en su dimensión más esencial

representaba el desmantelamiento de un sistema autoritario de dominación política basado en la identificación del Estado con el Partido Colorado y las fuerzas armadas, y una estrategia de represión, control y cooptación estatal de la oposición política y de los actores sociales independientes.

Al Paraguay democrático, que ya cumplió más de treinta y cinco años, podríamos dividirlo en tres bloques históricos de una duración aproximada de una década cada uno. El primero de ellos, desde la caída de Stroessner hasta el fin de Raúl Cubas Grau (1989-1999); el segundo, desde el inicio del gobierno de González Macchi hasta la llegada de Fernando Lugo (1999-2008), y el tercero, desde la gestión de este último hasta el inicio de la presidencia del mandatario Abdo Benítez (2008-2018). El primero de los ciclos estuvo marcado por la debilidad institucional y democrática, y la gestión reformista y “modernizante” de Juan Carlos Wasmosy. El segundo período, por la transición conflictiva de González Macchi, y sobre todo por la gestión de Duarte Frutos. Durante estos años el partido colorado ejerció una clara hegemonía institucional, custodiando la continuidad de muchos actores políticos que provenían del “antiguo régimen”.[3] Por último, el tercer bloque estuvo signado por la excepcional experiencia del “Frente Guasú”, liderado por el destituido Fernando Lugo (único gobierno que no perteneció al Partido Colorado), y las presidencias de Federico Franco y Horacio Cartes. En sus variantes y en sus alternancias personalistas, el proceso en su totalidad está marcado por un claro protagonismo del Partido Colorado, un breve interludio de la alianza opositora y la sistemática figura simbólica del “outsider” extrapartidario que “ingresa” a la arena política sin pasado, sin historia política ni ideología, como representando una nueva mirada de la democracia reciente paraguaya. Asimismo, no debe pensarse que los partidos tradiciones poseían una clara posición en materia económica, observándose en los años de transición que había dudas e incertidumbre al interior de ellos (Borda, 2015, 341).

La caída del régimen stronista implicó sin dudas un proceso de liberalización y democratización en materia de derechos civiles y políticos, identificables ya durante la gestión transitoria del gdeneral Rodriguez, más allá de que su gestión estuvo marcada por cuestionables factores que eran retardatarios de cualquier primavera democrática. Nos referimos a que, por un lado, la toma de decisiones era claramente unilateral, efectuada por decreto y, por otra parte, a la fuerte presencia del “actor militar” en el gabinete. Por último, remarcamos la presencia monolítica de las diversas facciones en pugna del partido colorado. Además, a diferencia de otros países de la región, la transición en Paraguay “no hizo necesario legislar políticas de olvido”, con un poststronismo “conducido por stronistas, la impunidad no necesitó normas legales que la aseguraran (Boccia Paz, 2014, 71).

Es de destacar también, como lo ha analizado en detalle Abente Brun (2014), que la transición democrática en el Paraguay suponía un proceso más complejo que en otras dictaduras, dado que la propia morfología política lo hace un caso único, ya que no sólo fue una dictadura personalista, sino también una combinación de régimen de partido único o hegemónico y una dictadura militar, es decir, una “trilogía” al combinarse esos ejes. Asimismo, Abente Brun (2014, 18-19) nos dice que dicha dictadura responde al subtipo de regímenes patrimonialistas dentro del espectro de la dominación tradicional, ya que Stroessner no diferenciaba la esfera “privada” y la “oficial” de la organización política, puesto que consideraba la administración política como una “cuestión puramente personal del soberano”,[4] como podremos ver en la simbiosis de símbolos nacionales, estatales y oficiales con los personales.

La democratización y sus deudas

Como nos dice Boccia Paz, la transición fue un ciclo “tutelado” por los militares, que parecían “poco convencidos de ceder a los reclamos de libertades públicas irrestrictas” (Boccia Paz, 2014, 71), pero la presión interna e internacional, en un mundo que había cambiado, los empujó a ello. En el proceso inicial de la nueva democracia, a pesar de lo dicho, hubo elementos de gran relieve para la mejora del Paraguay durante la gestión de Rodriguez, y entre ellas, sin dudas la más significativa fue el ingreso al Mercosur. A partir de la caída del longevo dictador, fue entonces el general Rodriguez el encargado de aplicar las primeras medidas económicas tendientes a abrir la infraestructura del Estado y “dinamizar” el aparato comercial y financiero. Las resistencias a estos cambios fueron numerosas, si se mira hacia el interior del aparato del Estado.

El gobierno debió enfrentar grandes resistencias desde sectores propios del Partido Colorado, sobre todo en lo que hace al ciclo de privatizaciones de empresas públicas, donde aún perduraban líderes históricos y personalidades del partido que poseían clientelas institucionalizadas. Podría decirse que se observa un acuerdo llamativo en este punto entre sectores de la “derecha” paraguaya provenientes del coloradismo gobernante y la emergente “izquierda”, representada por sectores sociales, sindicales y campesinos. Como podía preverse, diversos grupos de poder ligados a las pesadas estructuras de la política estatal intentaron retardar el proceso de reforma con la intencionalidad de no perder sus fuentes históricas de riqueza. Esta dirigencia fue paulatinamente reemplazada por sectores que se identificaban como independientes de las viejas estructuras, que serían las encargadas de sostener la modernización del Estado, entendiendo por esto también la desregulación, la apertura económica y, especialmente, la llegada de un supuesto nuevo paradigma político, que se consolidará a partir de 1993 con el arribo al poder de Juan Carlos Wasmosy (1993-1998). Esta “primera transición” democrática estuvo marcada por una serie de factores que enturbiarían rápidamente el juego político. Durante aquellos primeros años sin el dictador, se hizo evidente la falta de transparencia y limpieza en las elecciones. Más allá de eso, Wasmosy logró acordar una serie de “pautas de gobernabilidad” con la oposición y, además, obtener un millonario crédito del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) de cara a una eventual reforma del sector público, crédito que sería considerado “irregular” y por el que se lo procesaría (Britez y Caballero, 2010, 68).

Para AGV, Wasmosy tuvo una serie de elementos que marcaron su gestión: la crisis financiera que se venía gestando, la intervención del general Lino Oviedo “en los asuntos de exclusiva competencia del Presidente de la República” (AGV, 2019, 39), los problemas internos de las Fuerzas Armadas, la ida de los ahorristas, el asesinato del general Ramón Rosa Rodriguez y la implementación de algunas instituciones creadas por la Carta Magna de 1992. Pero sin dudas lo que cobra más relieve si se lo observa panorámicamente es el Pacto de Gobernabilidad del 14 de octubre de 1993 entre las principales fuerzas políticas de la época. Ya desde fines de los años ochenta el país afrontaba una serie de reformas económicas, al plegarse a la ola de transformaciones propiciada por el Consenso de Washington.[5] La aplicación del famoso recetario no arrojó en el Paraguay ‒así como en gran parte de la región‒ los resultados esperados, por lo que se debió elaborar una segunda tanda de este, razón por lo cual se habla de reformas de “primera” y “segunda” generación.[6] Las primeras de índole más económico (Consenso de Washington), y las segundas más institucionales y políticas (conocidas como Consenso de Santiago).[7] Las primeras se aplicaron en la región en diversas etapas, siendo Chile el primero de los países donde se implementó, bajo la dictadura de Augusto Pinochet. Es sintomático el hecho de que en el mismo país donde había surgido la Teoría de la Dependencia, se aplicara el proto-Consenso de Washington, a modo de “laboratorio experimental” (Sostoa, 2011, 51) para ensayar la operación hemisférica. Posteriormente fue el turno de Bolivia, ya en los años ochenta, bajo el gobierno democrático del viejo líder del MNR, Víctor Paz Estenssoro.[8]

Es importante observar la “excepcionalidad” del ejemplo chileno que citábamos, donde se aplica de una manera “contrafáctica” a los supuestos liberales ‒y cuando aún no existía la sistematización escrita por John Williamson‒ bajo un gobierno no democrático. Esta cita no es al azar, ya que el “modelo chileno” será un foco de observación permanente en la región, y en particular para el Paraguay. Para ilustrarlo es útil destacar la labor de Hernán Biggi, Chicago boys chileno y exministro de Hacienda de Augusto Pinochet, quien fue contratado por el presidente Wasmosy como asesor y consultor económico para su programa de gobierno, a partir del asesoramiento del FMI y el Departamento del Tesoro y la Reserva Federal de los Estados Unidos. Es decir que en el caso del Paraguay, el país ingresa plenamente al proceso del Consenso de Washington luego de la caída del régimen del dictador Stroessner, y con claros antecedentes de instrumentación en la región. Para Rojas Villagra (2011), el hecho de que las instituciones financieras internacionales y las agencias multilaterales de crédito decidan que el Paraguay debía ser parte de la escalada neoliberal es lo que determinó la caída de la dictadura, y no lo inverso. En otras palabras, Stroessner se queda “sin la bendición de los norteamericanos”. [9]

A pesar del panorama complejo de la “llegada” del paradigma neoliberal al Paraguay, en los primeros años de la democracia se consolidó una paradójica conjunción de situaciones de cambio, donde por un lado comenzó a debilitarse la estructura política tradicional, y por otro ‒efecto directo de ese cambio deseable‒ la gobernabilidad se vio también erosionada. El nuevo estado de ánimo en la población era inicialmente positivo, junto a las obvias proyecciones que se comenzaban a realizar, y se identificaba un ambiente donde se podía pensar y soñar con mejores perspectivas para el futuro.[10] Con este cuadro político, a mediados de los noventa se implementa el famoso “recetario”, que como dijimos, no alcanzaría los resultados esperados. A pesar de las miras del programa, el balance de la primera década democrática fue para muchos “francamente decepcionante” (Abente Brun, 2010, 68), en un ciclo de “lentísimo crecimiento” donde se conjugaban el malestar social y la erosión de la gobernabilidad que mencionamos. Entre 1996 y 2000, se dieron cinco años consecutivos con un PBI per cápita negativo, de problemas institucionales y económicos, inestabilidad macroeconómica, a lo que sobrevino el profundo pero corto período del “mesianismo oviedista”.[11] Y con un nuevo Ejecutivo, nuevamente una decepción.

El fracaso y escasa popularidad de Luis Ángel Gonzalez Macchi (1999-2003) hace que a partir del año 2003 llegue a la magistratura el “mandamás” (tendotá) Nicanor Duarte Frutos (2003-2008), también del Partido Colorado. La figura excluyente durante este período lo será Dionisio Borda, quien renunciará de manera temprana al gobierno, y así dejará el camino abierto para su regreso durante la atípica gestión de Fernando Lugo, quien a pesar del cambio de paradigma y filosofía de gobierno, en muchos aspectos no modificaría el horizonte de “globalización alimentaria” del país (Palau, 2011, 97) y contrataría como ministro de Hacienda al citado Borda, bajo recomendación del FMI.

A lo largo de este tiempo de transición democrática, las transformaciones económicas no fueron necesariamente igualitarias y marcadas por la justicia social, todo lo contrario. En estos años de reordenamiento político se produjo una mayor concentración de la propiedad, e incluso una “desintegración de la pequeña propiedad rural de gran magnitud y profundas consecuencias” (Abente Brun, 2010, 53).[12] Los movimientos más bruscos de toda la musculatura del modelo agroexportador, en lugar de suavizarse, se hicieron más violentos. Asimismo, se mantuvo firme el control partidario sobre el aparato estatal, y desde allí el ingreso a sus principales empresas. Tanto durante los años de transición como durante las presidencias principales del ciclo, la corrupción y el prebendarismo se transformaron en prácticas sistemáticas, ancladas en una cultura política que no es exclusiva del partido mayoritario, ya que durante el interludio de Fernando Lugo estas prácticas no sólo no desaparecieron, sino que adquirieron nuevas características y dinámicas (Abente Brun, 2010).

No son pocos los analistas que plantean que el prebendarismo y la “compra” del consenso fueron instrumentos propios de la búsqueda de gobernabilidad en el Paraguay democrático, en una cultura política que tiene anclada en sus representaciones sociales la predisposición hegemónica de hacerse de “todo el poder” por parte de aquel partido que gana las elecciones. Esa misma cultura política posee una percepción muy particular de lo colectivo, y de los partidos, a los que ve como una “comunidad” (AA. VV., 2004, 20) que genera un sentido de pertenencia que termina constituyendo una identidad permanente, cercana, operativa. A pesar de ello, la experiencia republicana, que como dijimos estuvo hegemonizada por el coloradismo, en sus primeros años hizo menguar la percepción de que la democracia arreglaría todos los problemas.

Según una encuesta de opinión llevada a cabo en 18 países latinoamericanos en 2004, luego de una década y media de la caída de Stroessner, los ciudadanos paraguayos se encontraban entre aquellos ciudadanos “menos satisfechos con la experiencia democrática”.[13] Es más, Transparencia Internacional ubicaba al Paraguay en el puesto número 140 de 145 países, como parte de un pequeño grupo de Estados en recibir un “Índice de Corrupción Percibida” menor a 2 en una escala del 1 al 10 (Birch, 2011, 253). Para Alejandra Torres (2012) aún difieren las miradas sobre el pasado paraguayo, apuntando que permanecen múltiples sentidos e interpretaciones:

Por las características particulares de la transición política paraguaya, los discursos en torno al período dictatorial entre quienes avalan y quienes repudian dicho período, todavía tienen un peso importante ‒aunque cada vez hay mayor difusión de miradas críticas sobre dicho período‒. Por tanto, lo que existe hoy son múltiples interpretaciones y sentidos dados al pasado por grupos y colectividades que tuvieron una presencia activa durante el período dictatorial y que disputan en la esfera pública por el reconocimiento y legitimación de su narrativa.

El marco político-cultural de la obra de Alcibíades González del Valle

Como decíamos anteriormente, en toda la obra de AGV el autor indaga sobre las imágenes, estereotipos, representaciones y, muy particularmente, los miedos que el dramático ciclo de gobierno del dictador Alfredo Stroessner logró imprimir en el imaginario del Paraguay, y que fueron centrales para su ascenso, permanencia, e incluso hasta para la pérdida del poder.[14] En una palabra, AGV indaga sobre la memoria histórica y las representaciones sociales del pasado, tal como lo dijo textualmente en una entrevista que le realizara quien suscribe estas palabras:

Mi literatura está basada exclusivamente en la memoria, y la literatura es memoria y ficción, pero siempre escribo sobre hechos preexistentes. A partir de esos hechos y mi larga profesión periodística me ha permitido conocer todo el país, porque yo hacía reportajes en el interior, y me fue relativamente fácil recordar esos hechos que yo lo he vivido o que me lo han contado. Esa es un poco la fuente de mi literatura.[15]

Gran parte de la obra de AGV está contextualizada por el gobierno de Alfredo Stroessner, iniciado el 15 de agosto de 1954 y finalizado en el golpe del 3 de febrero de 1989. Durante todo ese ciclo Stroessner se presentaba a elecciones ‒sin oposición, y por lo tanto con fraude‒, por ello sus defensores hablan de las “reelecciones” del mandatario, que totalizan siete presidencias. ​Todo su gobierno estuvo marcado por las permanentes violaciones a los derechos humanos y por la represión social. AGV se dedicó a ciertos aspectos particulares de dichas prácticas, realizando una producción que consta de los siguientes ejes:

  1. Investigaciones históricas: El golpe del 3 de febrero de 1989, La prensa y la cultura bajo el gobierno de Stroessner, Contra el olvido, la vida cotidiana en los tiempos de Stroessner.
  2. Una biografía novelada: Yo, Alfredo Stroessner.
  3. Una novela (Premio Ncional de Literatura): Un viento negro.[16]
  4. Una obra colectiva sobre la caída del Partido Colorado: El Partido Colorado y los derechos humanos”.
  5. Innumerables notas periodísticas en el Diario ABC Color.[17]

De toda esta producción, se puede hilvanar en cada uno de los trabajos una serie de representaciones clave sobre el imaginario social durante la dictadura, más aún y de manera explícita en Contra el olvido, la vida cotidiana en los tiempos de Stroessner, Yo, Alfredo Stroessner y Un viento negro. En el primero de ellos, realiza uno de los análisis más profundos sobre la implicancia de la dictadura en la vida cotidiana, el día a día, los hábitos, los miedos, las incertidumbres, las angustias, en un estudio profundo y documentado, segmentado en diversos ejes de abordaje. En el siguiente, el autor se anima a hacer algo innovador y polémico: recorrer la vida del dictador en primera persona, como un diario personal realizado por el propio Stroessner a lo largo de su gobierno, tratando de pensar como él, aclarando que no deja de ser un personaje absolutamente condenable, pero real y humano, con esquemas mentales difíciles de comprender, pero bajo una lógica argumental; AGV demuestra con esta novela que, aunque siniestros, dichos esquemas constituían todo un encofrado del sistema político. Finalmente, en el último trabajo, Un viento negro, el autor retoma la tradición de las producciones del genial Casaccia, fundador de la novela moderna en el Paraguay, quien escribiera toda su obra desde el exilio y nos legara clásicos como Los herederos, Los exiliados, La llaga, etc. En esos grandes libros de Casaccia, la idiosincrasia del ser paraguayo y el ambiente humano de la segunda mitad del siglo XX quedaron plasmados para siempre, con imágenes que se volverían icónicas. AGV, siguiendo esos lineamientos, realiza un bosquejo del miedo y la ferocidad vivida en los años del dictador, indagando en el ambiente social, cultural, humano.

Con todas estas obras se puede componer una estructura amplia de la memoria histórica del Paraguay, de las representaciones que aún están vigentes ‒quizás no de manera explícita‒ y que vuelven y regresan desde el interior de los paraguayos como un “viento negro” de angustia y evocaciones. La obra de AGV permite recuperar del olvido esas imágenes, que por no ser explícitas, corren peligro de perderse, deformarse, diluirse. Asimismo, la obra de AGV permite comprender la construcción por parte del régimen de Stroessner de una serie de dispositivos de “poder blando”, en complemento con la pura represión y el control directo.[18] El poder blando, como nos dice Masullo (2011, 3) está ligado a conceptualizaciones liberales, y “denota la habilidad de afectar la conducta de otros, por lo general a través de recursos intangibles”, para obtener resultados a través de atracción y cooptación. La mirada de Nye nos permite, además, identificar la complementariedad de los diversos dispositivos (duros y blandos), tal como se desarrollan bajo el gobierno de Stroessner, ya que según Masullo (2011, 4), “El poder blando no excluye al duro; en ocasiones se refuerzan entre sí y en otras interfieren y los recursos en los que se apoyan pueden solaparse. En este sentido, su relación es imperfecta”.

Dispositivo de análisis y marco referencial de la memoria

AGV (2015, 6) mantiene una interpretación muy particular sobre el proceso de búsqueda de la legitimidad que poseen las dictaduras, preguntándose ¿qué situaciones las justifican? ¿Qué situaciones hacen que las dictaduras aparezcan, desaparezcan y después reaparezcan? O, mejor dicho, ¿qué pretextos se utilizan para implantar estos denominados estados revolucionarios? Observa que los motivos son casi siempre los mismos:

  1. Terminar con la anarquía de la civilidad.
  2. Situaciones de emergencia nacional.
  3. Necesidad urgente de desarrollo económico.
  4. Corregir o poner fin al fracaso del régimen parlamentario.
  5. Corrupción política y judicial.

Cuando dichas causas no son suficientes o se resquebrajan, implementan una serie de relatos tendientes a posicionar al gobierno y sus protagonistas como una instancia “especial” o superadora de los antagonismos tradicionales. Muchas veces esos “relatos” permanecen vivos con posterioridad a la caída de los regímenes que los implementaron, como es el caso de Stroessner en varios aspectos, lo cual implica que trastocarlos y ponerlos en crítica necesariamente supone una reconstrucción del pasado que va a tener impacto en el ambiente político, intelectual o social del presente. Esa tarea es la que, junto a otros importantes pensadores, emprendió AGV desde producciones diversas, pero con sistematicidad y consecuencia entre unas y otras.

Cada obra se complementa con las otras en una lógica narrativa atravesadas por ejes claramente identificables, buscando rememorar el pasado, trayendo las sensaciones, los miedos, los ambientes, los climas sociales. Justamente en cuanto a este trabajo de “rememorar” el proceso de Stroessner, quien suscribe le consultó al autor en cuestión sobre el libro Contra el olvido y el impacto inmediato que ese libro tuvo en el Paraguay, a lo que AGV contestó que, como era esperable, le trajo problemas con un sector de la sociedad:

Ese libro está basado en registros. Todos los hechos que cuento en ese libro han acontecido, alguno de ellos incluso de una manera aún más cruda. Contra el olvido ha causado muchos problemas de parte de los defensores del oficialismo, lo que de algún modo era natural, nadie estaba habituado a esos menesteres. Pero tuvo mucha repercusión, sobre todo, porque a diferencia de otros trabajos, desde el oficialismo no podían desmentir ese relato, porque han sido hechos registrados metódicamente por la prensa y han sido documentos insospechados. Eso generó aún más rabia, que no hayan podido contestar de algún modo. Ese trabajo se complementa con otra obra, pero ya de género novelístico, que ha sido Un viento negro, que también recoge una parte pequeña de la historia política y social del país. Tiene que ver con la gran represión que han sufrido los campesinos agrupados en las ligas agrarias y buscaban una vida mejor, formaban cooperativas y hacían trabajos comunitarios. Pero a la dictadura eso no le gustaba, sobre todo porque tenían almacenes comunitarios y estos almacenes vendían mucho más barato que los almacenes del pueblo. Vino la reacción, primero de parte de los comerciantes, después ya directamente de los políticos. Entonces Un viento negro también recuerda ese caso muy terrible que el Paraguay ha vivido.[19]

Asimismo, el hecho de incluir en nuestro análisis, como parte del dispositivo del trabajo de la memoria de AGV, dos libros de ficción, concretamente dos novelas, está dado porque el propio autor refiere que la literatura implica desde su mirada un soporte de representaciones centrales sobre el pasado. Para AGV la literatura fue uno de los espacios “a capturar” por la dictadura, por ello tanto Augusto Roa Bastos como Gabriel Casaccia, dos de los mejores narradores paraguayos, integran la copiosa “lista negra” de Stroessner. Como nos dice AGV, de Roa Bastos “se ocupa” Pastor Coronel, jefe del Departamento de Investigaciones de la Policía. Dicho personaje, en su informe habitual a Stroessner, le informa que

Seria preocupación causa entre los padres de familia y los alumnos del bachillerato de los colegios oficiales y privados de la Republica, el “concurso literario obligatorio” sobre el tema Choferes del Chaco (película dirigida por el argentino Lucas Demare, con la actuación del paraguayo Jacinto Herrera y el español Paco Rabal) ya que se obliga al estudiantado ir a ver la película del mismo nombre, para la posterior presentación del trabajo practico (2015, 60).

AGV plantea que todas las expresiones del espíritu y del intelecto –arte, literatura, periodismo‒ conocieron en los tiempos del stronismo los más vivos ejemplos de barbarie. Todos aquellos que se mantenían independientes, los “alejados de los oropeles del poder”, lo pasaron muy mal. Muchos de ellos padecieron el exilio, el confinamiento o apresamiento, “unidos a una campaña sin misericordia de la prensa gubernamental” (2014, 11-12). Para AGV, las dictaduras no son “patrimonio exclusivo de las republiquetas”, ni tampoco de las naciones pobres que abundan en el planeta, “aunque lamentablemente casi siempre constituyen uno de sus requisitos”. Para ello especifica que algunos las denominan tiranía, otros despotismos, y hay quienes se “conforman con calificar a estos regímenes de autoritarismo”.

Por eso, a pesar de la nomenclatura variada, existen elementos comunes que a la vez son indispensables para cumplir con el presupuesto básico, y ellos son (AGV, 2015, 6): 1. la concentración del poder en una sola persona y la distribución de cuotas de poder leales y amigas; 2. la restricción de las libertades públicas; 3. los más represivos métodos de control político y social; 4. la persecución sistemática a la oposición. Pues bien, a partir de esto AGV elaboró una serie de ítems para representar la vida cotidiana en los tiempos de Stroessner, los cuales están implicados en el trabajo que realiza el autor desde diversas obras, pero que aparecen aglutinados de manera ordenada y sistemática en su trabajo Contra el olvido, obra que se basa íntegramente en los materiales aparecidos en las noticias de la época y que para nosotros conforma el dispositivo de análisis central de nuestra indagación, a saber:

  • El culto al dictador
  • Los poderes del Departamento de Investigaciones
  • Libertad de prensa y expresión / El arte de reprimir la cultura
  • El sitiamiento por parte del Estado
  • “Los usos y costumbres” del exilio

Observa AGV (2015, 61) que, por ejemplo, desde la prerrogativa de fijar la política educativa, las autoridades ministeriales trabajaron sin descanso en divinizar a la dictadura, “y no solo es a través de los libros de textos. El otro sistema consiste en satanizar, a viva voz, a la oposición”. En su trabajo, el autor observa que la vida cotidiana en los tiempos de Stroessner esta expresada “de modo fragmentario”, por ello, consideraba que era de esperar “que sigan apareciendo otros documentos que ayuden a tener una idea más acabada de la última dictadura sufrida por nuestro país”. Apuntaba que en la medida que la conozcamos mejor, “podríamos valorar en su exacta dimensión los beneficios de la libertad y renovaríamos nuestro esfuerzo para que nunca más nadie se atreva a robar nuestra dignidad” (2015, 61). Para el autor, la tarea de “acercar el stronismo” a los jóvenes tiene el doble propósito de hacerles conocer una parte del pasado del país, pero sobre todo de advertirles que una dictadura –la de un hombre o la de un grupo‒ “impide la realización de la persona humana”.

Sobre “las deudas” que pueda tener el libro, en virtud de próximas investigaciones, AGV apuntaba que muchos temas quedaron pendientes, como por ejemplo la vida cotidiana de los campesinos, de los estudiantes, de los obreros, “así como los efectos en la población de las leyes 294 y 209, conocidas como ‘liberticidas’. Por eso se proponía acercarse a ellos “para un bosquejo más aproximado de los 35 años de un gobierno que en nombre de la paz y del progreso se llevó por delante todos los principios que hacen al desarrollo humano” (2015, 178).


  1. Como veremos más adelante, nos referimos a los siguientes trabajos: investigaciones históricas, biografías noveladas, novelas, obras colectivas, notas periodísticas.
  2. Es decir, aquellas que privilegiaban una lectura desde el desarrollo económico, desde la estructura social, los factores culturales, incluso aquellos que hipotetizaban sobre el “difusionismo” de la democracia regional como dimensión explicativa de todo el fenómeno.
  3. Melissa Birch (2010, 272) observa que durante dos décadas el Partido Colorado se mantuvo en el poder, “haciendo algunos ajustes a la estrategia para reflejar las condiciones cambiantes y las exigencias de las distintas facciones internas del partido. En elecciones consideradas ampliamente como libres y justas, las figuras políticas estrechamente asociadas con el régimen de Stroessner continuaron gobernando a nivel nacional”. La autora observa que la oposición sólo tuvo éxito “en ganar posiciones ejecutivas en las elecciones departamentales y municipales. Tal vez no es de extrañar, entonces, que la estrategia económica del país consistió en ajustes en lugar de reformas fundamentales y tales reformas han reflejado más continuidad que cambio” (Birch, 2010, 273).
  4. Abente Brun (2014, 19-20) habla de neopatrimonialismo, ya que existían ciertos límites al ejercicio puramente patrimonialista del poder.
  5. Recordemos que tales reformas eran a partir de la aplicación del recetario sintetizado por John Williamson, que bajo el título de “Consenso de Washington”, enmarcaba las medidas económicas que se volverían famosas, cifradas en la disciplina presupuestaria, la reorientación del gasto público, la reforma fiscal, la liberalización financiera, y la apertura y la liberalización comercial, entre otras cosas. Ver Stiglitz, Joseph (2002), El malestar en la globalización. Buenos Aires. Taurus.
  6. “… dado que a las bajas tasas de crecimiento económico que prevalecieron en esos años, se sumaron el claro deterioro de importantes indicadores sociales, principalmente el aumento de la pobreza, la miseria y el crecimiento de la desigualdad en la mayoría de los países. Esto llevó a los centros de desarrollo del pensamiento neoliberal, estrechamente vinculados a los organismos multilaterales, a revisar las propuestas del Consenso, y plantear una remodelación o extensión del mismo, dados sus limitados resultados, principalmente a nivel social” (Villagra, 2011, 19-29).
  7. Se les dio ese nombre a partir de la relevancia que tomaron en la Cumbre de las Américas de 1998 realizada en el país trasandino.
  8. Paradójicamente, el mismo fundador del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), Víctor Paz Stenssoro, quien había sido un estandarte de la nacionalización de los recursos hidrocarburíferos de Bolivia, fue quien en un arco de cambio que abarcó varias décadas propició el gobierno neoliberal que introduce a Bolivia las reformas de privatizaciones y la pérdida de la fortaleza del Estado.
  9. Nos dice Villagra: “En 1989 el dictador Stroessner se quedó sin la bendición de los norteamericanos, siendo derrocado ese mismo, con el objetivo estratégico de facilitar la incorporación del Paraguay en la nueva ola de reformas de tipo neoliberal. La pesada estructura partidario-estatal de la dictadura era un obstáculo para ello, por lo que se desplazó a esta conducción, por una más abierta a reformas” (Villagra, 2011, 21).
  10. “En estos primeros años de democracia, las renovadas libertades civiles de la población, así como una situación económica favorable, permitieron mantener un buen nivel de gobernabilidad en el país, porque, de hecho, el Gobierno conseguía mantener alto el nivel de respuesta a las demandas de la población, por el nuevo ambiente de democracia y libertad y por los buenos niveles de crecimiento económico; pero esta situación era absolutamente coyuntural y destinada a debilitarse con el tiempo. En efecto el nuevo régimen democrático había abierto la puerta a cambios sustanciales en el sistema socio-político paraguayo: frente al bipartidismo histórico centrado en el binomio Partido Colorado-Partido Liberal, surgieron nuevos sujetos políticos independientes (Constitución para Todos, Encuentro Nacional, y más tarde País Solidario, Patria Querida, Unace, etc.) con un apoyo electoral significativo, y se constituyeron nuevos sujetos y organizaciones sociales (sindicatos, organizaciones campesinas) antes prohibidos por la dictadura del Gral. Stroessner, situación que debilitó fuertemente la estructura política tradicional y de hecho sentó las bases de las sucesivas crisis de gobernabilidad del sistema” (AA. VV., 2004, 20).
  11. El líder populista Lino Oviedo ‒hombre de Rodriguez y principal aliado militar de Wasmosy en su momento‒ no llegó a la presidencia, pero sí ejerció una influencia vital en el sistema político. Recordemos que el “oviedismo” cae al iniciarse la movilización ciudadana que hizo renunciar al presidente Raul Cubas Grau, de modo que debió asumir la primera magistratura el presidente del Congreso, el colorado Luis González Macchi.
  12. Incluso destaca Abente Brun que en el área urbana se produjo una disminución del empleo en el sector formal.
  13. “Tan solo el 39 por ciento pensaba que la democracia era preferible a cualquier otra forma de gobierno, por debajo del 59 por ciento registrado en la primera encuesta llevada a cabo en 1996. Cerca del 60 por ciento de los paraguayos encuestados, la segunda tasa más alta en Latinoamérica, creía que un gobierno militar resolvería los problemas, más efectivamente que un gobierno democrático” (Birch, 2011, 249).
  14. Recordemos que, como se ha citado anteriormente, en el estudio dedicado al golpe del 3 de febrero de 1989, AGV apunta que “la pérdida” del miedo, o un margen de su caudal, dio condiciones propicias para que los conspiradores puedan tomar el poder.
  15. Entrevista a AGV realizada por quien subscribe estas palabras, próxima a publicarse.
  16. La obra ganó el Premio de Novela Lidia Guanes en 2012 y el Premio Nacional de Literatura en 2013, máxima distinción de las letras del Paraguay.
  17. Por sus notas en el Dario ABC Color durante el gobierno de Stroessner fue detenido tres veces, encarcelado e incomunicado.
  18. Entendemos al poder blando desde la famosa definición de Joseph Nye, quien observaba que la conducta de otros podía afectarse por coacción, inducción o atracción/cooptación (Nye, 2004, 7).
  19. Entrevista del autor con AGV (2020).


Deja un comentario