El Paraguay constituye sin dudas uno de los enigmas historiográficos más atrapantes de la región, por no decir del continente. Su particular pasado combina dictaduras perpetuas con experimentos sociales muy singulares, desarrollos económicos innovadores, la destrucción planificada de su modelo por parte de los países limítrofes, ausencias de documentación sobre muchos períodos que alimentan la leyenda, tiranías y conflictos que aún poseen claroscuros en sus definiciones, líderes enigmáticos, episodios legendarios, matices lingüísticos y culturales fascinantes, una novelística tardía, una mirada sobre la memoria diferenciada de la región, etc. Los episodios y procesos enigmáticos se acumulan al recorrer la historia de esta nación. Desde la icónica permanencia de José Artigas durante tres décadas en el Paraguay (que ilustra la visible paradoja de que el mismo país desde el cual se exiliaron un sinnúmero de ciudadanos recibió en su seno el exilio del más ilustre de los hombres del Uruguay), pasando por el arquetípico misterio del solitario Gaspar Francia hasta los vestigios de la Guerra Grande. Entre el sinfín de enigmas, la terrible dictadura de Alfredo Stroessner aún posee un manto de oscuridad sobre su período, en particular, como veremos a continuación, ante la pregunta de ¿cómo pudo gobernar durante tanto tiempo un hombre con tan pocas luces?
El escritor, novelista, periodista y dramaturgo paraguayo Alcibíades González del Valle (AGV) posee una frondosa producción sobre el pasado de su país, sobre todo del pasado reciente. Esta se nutre de trabajos tanto empíricos (investigaciones historiográficas profundamente documentadas, trabajos periodísticos, etc.), como ensayísticos, artísticos, literarios, narraciones, saberes populares (folklóricos), notas cotidianas, etc., todos ellos vinculados de alguna u otra manera a las representaciones sociales y los imaginarios colectivos de la sociedad paraguaya. Los soportes a partir de los cuales ha construido su obra son de los más diversos y amplios que se pueden encontrar en el Paraguay, y en gran parte de la región. Producciones periodísticas desde hace más de medio siglo, obras de teatro, novelas, investigaciones, argumentos, relatos breves, biografías, etc.
En todas esas obras, AGV indaga sobre las imágenes, estereotipos, miedos, representaciones, ideas, sueños y pesadillas, etc., que el dramático ciclo de gobierno del dictador Alfredo Stroessner logró imprimir en el imaginario del Paraguay.[1] Es decir que de toda esta producción, se puede hilvanar en cada uno de los trabajos una serie de representaciones clave sobre el ambiente social durante la dictadura, y como un trabajo de orfebrería narrativa, viajar en el tiempo y sentir, pensar, respirar la opresión, el vacío, la angustia que vivieron los hombres y mujeres, tanto desde adentro como fuera del Paraguay, que tuvieron que transitar la dictadura más extensa de Sudamérica. Esto se hace explícito en trabajos centrales sobre el pasado paraguayo, como la obra Contra el olvido, la vida cotidiana en los tiempos de Stroessner, la audaz biografía novelada Yo, Alfredo Stroessner o la premiada novela Un viento negro. Con estas obras, y muchas otras, se puede componer una estructura amplia de la memoria histórica del Paraguay, de las representaciones que aún están vigentes ‒quizás no de manera tan explícita‒ y que vuelven y regresan desde el interior de los paraguayos como un “viento negro” de angustia y evocaciones oscuras. La obra de AGV permite recuperar del olvido esas imágenes, que muchas veces por no ser explícitas, corren peligro de perderse, deformarse, diluirse. La relevancia de esta obra, tanto por la notable sistematicidad a lo largo de los años como por el prestigio alcanzado a partir del reconocimiento de sus pares, hace pertinente el análisis de una selección de dicho corpus. La obra de este pensador, uno de los máximos referentes actuales de las letras paraguayas, constituye un testimonio del “clima de época” que se vivía en el Paraguay en la segunda mitad del siglo XX, y de las imágenes, ahora ya borrosas, que permanecen en muchas retinas de hombres y mujeres que vivieron en aquellos años de violencia política.
El hecho de que AGV goce del prestigio que posee en el campo periodístico, como así también en el literario, y que la “transición” democrática del Paraguay haya tenido, como se verá en las próximas páginas, una serie de singularidades que la diferencian tanto de la región, le otorgan a esta exploración de las representaciones sociales sobre el stronismo un carácter relevante para comprender la memoria histórica del vecino país. Un país que, a pesar de su riqueza cultural, claramente no ha tenido la atención suficiente por parte de la academia argentina, puntualmente desde disciplinas como la sociología, la historiografía o la ciencia política, salvo por cuestiones muy puntuales vinculadas a la Guerra de la Triple Alianza o al pasado guaranítico, por citar algunos ejemplos conocidos, y que recién durante los últimos años han cobrado interés analítico para nuestros investigadores, descubriéndose sus particularidades, sus experiencias, sus matices.
Nos proponemos examinar las principales representaciones de la dictadura de Stroessner que atraviesan la obra de AGV, haciendo énfasis en aquellas que remiten a la memoria histórica, la vida cotidiana y el imaginario social. Para ello, buscamos delinear los principales ejes sobre los cuales trabaja AGV la memoria histórica del Paraguay, conociendo la lógica interpretativa sobre Alfredo Stroessner que construye el autor, junto con los dispositivos culturales de la dictadura que investiga. Por lo tanto, abordaremos la obra de AGV referida a las representaciones sociales acerca de la dictadura de Alfredo Stroessner, en particular sobre la memoria histórico–política, lo que nos obliga inicialmente a una serie de consideraciones respecto de la historia intelectual del vecino país.
Como se puede ver en el siguiente apartado, discutiremos la categoría de intelectual, en particular observaremos las singularidades que estos tienen en el Paraguay y, sobre todo, una experiencia que todos ellos han atravesado, la cual si bien es común para gran parte de Hispanoamérica, en el caso específico que nos ocupa podríamos decir que es “endémica”; nos referimos al exilio y al destierro, situaciones desde las cuales podemos afirmar que prácticamente nace la literatura paraguaya, como puede corroborarse por la obra de los dos más grandes literatos: Augusto Roa Bastos (el más famoso y prestigioso de sus escritores) y Gabriel Casassia (el fundador de la novela moderna en el Paraguay), quienes realizan casi toda su obra prácticamente desde el exilio argentino,[2] elementos que además, se reflejan en dicha producción.
En segundo lugar, trabajaremos las representaciones sociales y los imaginarios colectivos que este notable pensador refleja en sus obras, a partir de lo cual nos aproximaremos al nudo del abordaje, es decir, la memoria histórica en la producción de AGV, la cual en su gran mayoría ‒al menos la que tomamos nosotros a modo de muestra‒ fue realizada a lo largo de la transición democrática del vecino país, proceso que también nos obliga a una serie de definiciones y precisiones conceptuales de dicha transición, y que a su vez fue trabajado por el propio autor en un libro muy divulgado (AGV, 2019).
Finalmente, al recorrer la mirada de AGV sobre el impacto socio-cultural del gobierno dictatorial de Stroessner, observaremos la permanencia de ciertas representaciones sobre este en la memoria colectiva, y cómo las evoca nuestro autor, así como la relación de dicha permanencia con la articulación de dispositivos de “poder blando” que fueron implementados por parte del dictador. Es decir que nos adentraremos también en una lectura del modelo autoritario de Stroessner para poder apuntar los elementos de dominación que exceden la mera represión. En este punto, podrá observarse la continuidad de elementos centrales de ese imaginario que atraviesan la obra de AGV, Roa Bastos y Gabriel Casaccia, todos ellos, repetimos, tensionados y nutridos por el exilio.
Memoria, olvido y representaciones sociales
Sin dudas el análisis del gobierno de Alfredo Stroessner y su época se ha vuelto uno de los principales objetos de estudio de la historiografía reciente, la ciencia política y la sociología paraguaya. Conjuntamente con la Guerra Guasú[3] y la Guerra del Chaco, debe ser uno de los temas más analizados por la academia del vecino país. Es decir que de alguna manera los principales núcleos narrativos de la memoria colectiva paraguaya están cifrados por guerras y dictaduras. Pues bien, Luc Capdevila, especialista en sociedades en guerra y el papel de la violencia en la construcción de las identidades sociales en los dos últimos siglos, realizó recientemente un pormenorizado trabajo sobre la memoria en el Paraguay, en particular a partir de la Guerra Grande. En el muy documentado trabajo, esbozando una “arqueología del recuerdo” según sus palabras, apunta que hay una notable diferencia en el Paraguay en cómo se desenvuelve la memoria histórica entre los ciudadanos, es decir, las personas individualmente, y cómo se desarrolla en el seno de la comunidad. Mientras que individualmente los paraguayos “no son apegados al valor simbólico” de la materialidad de los lugares, donde “todo lo viejo está condenado a desaparecer” (Capdevila, 2020, 123), a escala de la República acontece algo totalmente distinto y claramente visible:
Una memoria-sistema ha invadido el espacio público, inervando todas las esferas de la sociedad y dando a los individuos un lugar, un sentido y una referencia en la nación. Omnipresente, fruto de una construcción elaborada por las elites políticas, la misma acecha el imaginario paraguayo (Capdevila, 2020, 124).
Por ello, remarca Capdevila, el espacio de lo cotidiano es memoria, ya que el Estado, la sinalética urbana, la moneda, los nombres de los colectivos, las calles, la toponimia, todos ellos convergen para recordar un pasado. En este caso, un pasado heroico, casi legendario, de adversidades y desafíos contra un medio y una región hostil. Como podrá observarse, durante el proceso stronista, el espacio público agigantó su escala de dispositivo pedagógico y didascálico de la memoria colectiva.
A pesar de lo dicho, las representaciones sobre el gobierno de Stroessner distan de ser claras en la sociedad paraguaya. Según Velázquez (2020, 4), análisis recientes indican que la desmemoria política en el Paraguay es notablemente amplia sobre todo entre los jóvenes.[4] Desde el Centro de Investigaciones en Filosofía y Ciencias Humanas (CIF) de la Secretaría Nacional de Cultura del Gobierno del Paraguay, en el año 2012 se publicó una investigación sobre la Memoria colectiva e histórica, a partir de la edición de Alejandra Torrents. La idea del estudio fue indagar sobre la producción cultural total realizada en el Paraguay sobre el régimen autoritario de Stroessner desde su caída. En dicho estudio, se detalla que la encargada del Centro de Documentación y Archivo para la Defensa de los Derechos Humanos, Rosa Palau, consignaba que entre el período 1989 y 2012, se pudieron cotejar aproximadamente 7000 publicaciones sobre la temática,[5] de las cuales 3000 serían de autores paraguayos. A pesar de tamaña producción, observamos que permanecen determinadas representaciones sobre su figura y su gobierno que muy poco tienen que ver con la producción científica y académica. Es decir que la pervivencia de elementos informales de producción de sentido sobre la memoria siguen activos y son identificables claramente hasta el presente.
Hugo Bauzá nos dice en Sortilegios de la memoria y el olvido que la palabra recordar encierra en su seno la voz latina cors-cordis, es decir, “corazón”, lo que implica que recordar conlleva una “carga emotiva y subjetiva”. Todo lo que recordamos, así como lo que olvidamos, ingresa al terreno de los sentimientos, no al de una memoria neutral y desapegada de los procesos y los fenómenos que hemos atravesado. El concepto de memoria histórica es claramente un concepto historiográfico, ampliamente desarrollado por el reconocido historiador francés Pierre Nora, quien realizó una indagación sobre el tema que se ha vuelto indispensable. Este historiador destacaba la diferencia de la memoria histórica con la historia (historiografía) como disciplina, considerando esta última como un campo científico, una operación intelectual, laica, de discurso crítico, mientras que la primera es un “esfuerzo consciente” de los diversos grupos humanos por encontrar su pasado, sea este real o imaginado.
Memoria, historia: lejos de ser sinónimos, tomamos consciencia de que todo las opone. La memoria es la vida, siempre llevada por grupos vivientes y a este título, está en evolución permanente, abierta a la dialéctica del recuerdo y de la amnesia inconsciente de sus deformaciones sucesivas, vulnerable a todas las utilizaciones y manipulaciones, susceptible a largas latencias y repentinas revitalizaciones. La historia es la reconstrucción, siempre problemática e incompleta, de lo que ya no es. La memoria es un fenómeno que siempre actúa un lazo vivido, en presente eterno; la historia, una representación, del pasado. Porque es afectiva y mágica, la memoria sólo se acomoda de detalles que la reconfortan; ella se alimenta de recuerdos vagos, globales o flotantes, particulares o simbólicos, sensible a todas las transferencias, pantallas, censura o proyecciones (Nora, 1984, 3).
El concepto de desmemoria política lo hemos desarrollado con anterioridad en varios trabajos referidos a la región.[6] Partimos de una serie de nociones vinculadas obviamente a la memoria histórica ya citada, y también al imaginario político.[7] Sobre el primero de los conceptos seguimos el notable trabajo de Steve J. Stern (2006), quien desarrolló la obra más completa hasta el momento sobre la memoria histórica en el Chile actual, y sin dudas uno de los estudios más importantes realizados en nuestra región. Aunque pueda parecer alejado del caso que nos ocupa, existe una notable similitud entre el diagnóstico realizado por este autor sobre Chile y el caso paraguayo. Para Stern aún perduran en Chile una serie de “memorias emblemáticas” opuestas. Ese panorama de oposición se complejiza aún más por el hecho de compartir muchas veces ambas posturas, la convicción de que la manera de resolver estas memorias opuestas “es ignorar el pasado y negarse a confrontar su legado”, como lo desarrolla Sorensen (2015, 39). Este procedimiento sería una negación a la historicidad concreta, que redunda en una posición crítica a cualquier análisis pormenorizado del pasado, diluyendo aspectos claves del imaginario político.[8] Justamente, observamos que en el Paraguay habría una analogía notable en cualquier diagnosis que se realice sobre la memoria histórica, no sólo por la oposición de las memorias emblemáticas, sino también por el efecto aún más perjudicial, que redunda en un rechazo hacia la historiografía crítica en general y el distanciamiento sobre la memoria histórica.[9] Es decir que en el Paraguay acontece lo mismo que en Chile en cuanto a la “actitud” ante el pasado reciente. Pero es necesario dejar en claro que esas contradicciones o tensiones, esa “grieta”, si se quiere, que se desarrolla en el país guaraní, es absolutamente asimétrica, ya que allí gran parte de las instituciones oficiales, las publicaciones del mainstream, de la academia e incluso de varios medios, aún poseen una visión edulcorada de la dictadura, o al menos muy superficial, lo que genera más una desmemoria que una auténtica construcción historiográfica.
Además del concepto de memoria histórica y desmemoria, utilizamos el de representaciones sociales (RS), el cual, como hemos desarrollado también en otros trabajos, encierra en su significado la idea de una serie de construcciones simbólicas vinculadas especialmente al campo colectivo. Estas construcciones son las que los sujetos crean o a las que “apelan” para “interpretar el mundo”, para reflexionar sobre su propia situación y la de los demás, e incluso, para “determinar el alcance y la posibilidad de su acción histórica” (Vasilachis de Gialdino, 1997). Si tomamos a uno de los fundadores del concepto de RS como lo es Sergei Moscovici ‒quien en 1961 comenzó aplicando el término desde la psicología social‒ vemos que las observaba como “sistemas cognitivos que poseen una lógica y un lenguaje particulares”, que permiten descubrir la realidad, y también ordenarla, en percepciones que son compartidas en una comunidad. La manera en que Moscovici y Durkheim entendían las RS o representaciones colectivas (RC) no es coincidente: las RC elaboradas por Durkheim son “formas de conciencia” que la sociedad de alguna manera impone externamente a los individuos, es decir que esa imagen o representación es “compartida” por un grupo de individuos. A diferencia de estas, las RS de Moscovici son elaboradas por los propios sujetos sociales, son una producción y elaboración de neto carácter social.[10] En el abordaje de Durkheim, el grupo “impone” la cosmovisión al individuo, en cambio, podemos decir que en la percepción de Moscovici el individuo “aporta” elementos de percepción propios, y no se opera sobre él un instrumento coercitivo como en la visión de Durkheim.
Finalmente, también las RS tienen una relación directa con la identidad social, la cual se solidifica cuando un grupo es consciente de su pertenencia, de los reservorios de conocimiento y de “sentidos comunes”. Para el autor apuntado, las RS son entonces:
Un sistema de valores, de nociones y de prácticas relativas a objetos, aspectos o dimensiones del medio social, que permite, no solamente la estabilización del marco de vida de los individuos y los grupos, sino que constituye también un instrumento de orientación de la percepción de situaciones y de la elaboración de respuestas (Moscovici, 1979, 71).
Quien también ha trabajado el concepto de RS es Denise Jodelet,[11] quien sostiene que estas se desarrollan de diversas maneras: a partir de imágenes (que aglutinan un conjunto de significados) o “sistemas de referencia” (a partir de los cuales podemos “interpretar” lo que se desenvuelve en nuestro contexto socio-mental).
EI concepto de representación social designa una forma de conocimiento específica, el saber del sentido común, cuyos contenidos manifiestan la operación de procesos generativos y funcionales socialmente marcados. En sentido más amplio designa una forma de pensamiento social.
Para esta pensadora, las RS son una forma de conocimiento “socialmente elaborado y compartido”, orientado “hacia la práctica”, que concurre a la construcción “de una realidad común a un conjunto social”. Las RS siempre son referidas a “algo y de alguien”, por eso es el vínculo la acción por la cual un sujeto establece una relación con un objeto. Son producto de toda una construcción mental, en la que interactúa desde la historia particular de la persona en cuestión hasta sus propias producciones psicológicas, cognitivas y afectivas. Las RS son entonces el resultado de la condensación que una persona realiza de toda esa información intelectual y afectiva que se consolida en su propia percepción. Es una manera de ordenar y jerarquizar el conocimiento, el cual permite a la sociedad situarse en un “espacio discursivo común”, pero siempre en referencia, o frente a, una “realidad externa”, ante algo objetivo (exterior) al grupo mismo. Ello no necesita del común acuerdo de la totalidad colectiva, como dijimos, ya que puede haber disensos. Pero lo que sí es necesario ‒para comprobar esa “representación social”‒ es su exposición “pública”, es decir que debe ser enunciada y recibida por el conjunto. En toda RS existe una idea de pertenencia, en donde son cruciales los valores del grupo, los cuales solidifican las ideologías, las normas y las conductas aceptadas en el seno de la comunidad. En este punto hay muchas variantes para considerar a las RS. Para algunos analistas pueden ser pensadas como la expresión de “una sociedad determinada”, de un grupo que comparte experiencias, percepciones, condiciones, deseos, carencias, sueños, anhelos. Para otros, una “forma de discurso”, una situación comunicacional que expresa la pertenencia social de los sujetos que componen el grupo.
A partir de lo dicho, queda claro que existen numerosas y trascendentes funcionalidades colectivas que las RS poseen, como la solidificación identitaria de un grupo, la conformación de patrones comunes (de conductas, valores, etc.), de comprender la realidad y explicarla, incorporar nuevos conocimientos, facilitar el intercambio y transmisión de opiniones, etc. Ibette Pérez, tomando como referencia un estudio de Maricela Perera, apunta que la funcionalidad de las RS puede agruparse en los siguientes ítems:
- Función de conocimiento: porque permite comprender y explicar la realidad.
- Función identitaria: al participar de la definición de la identidad, permiten salvaguardar la especificidad de los grupos, situándolos en el contexto social.
- Función de orientación: guían los comportamientos y las prácticas, interviniendo también en la definición de la finalidad de una situación.
- Función justificatoria: permiten justificar un comportamiento o toma de posición, fundamentando una acción o conducta asumida por los participantes de una situación.[12]
Relacionado con este concepto, tenemos también el de imaginario social (IS), el cual se constituye ‒como nos dice la investigadora Esther Díaz (1998)‒ a partir de los discursos (aspecto simbólico), las prácticas sociales y los valores (aspecto concreto) que circulan en una sociedad. El “imaginario” actúa como regulador de conductas (por adhesión o rechazo), y se trata de un dispositivo móvil, cambiante, impreciso y contundente a la vez. Apunta la especialista citada que el IS “produce materialidad”, es decir que “produce efectos concretos sobre los sujetos y su vida de relación, así como sobre las realizaciones humanas en general”.[13] Es importante tener en cuenta que el imaginario social no sólo se construye a partir de las coincidencias valorativas singulares, sino que también, incluso a partir de las “resistencias”, por eso su proceso de conformación es sumamente complejo, a lo que debemos sumarle ‒siguiendo con Díaz‒ que una vez liberado de las individualidades, el imaginario social cobra “forma propia”, instalándose en las distintas instituciones que componen la sociedad en su conjunto.[14] Finalmente, es inevitable citar el estudio sobre los imaginarios sociales desarrollado por Bronislaw Baczko, quien consideraba que para su construcción es indispensable la elaboración de un conjunto de esperanzas colectivas (la visión del futuro, el lugar que ocupará la nación en los años venideros, etc.), como así también la identificación con una memoria común (la visión del pasado, las creencias sobre los ancestros y los orígenes, etc.). Es decir que los imaginarios sociales serían una combinación del pasado y el futuro en las percepciones colectivas, en las cuales este último tiene una consideración más importante desde una mirada política, ya que podría actuar como “escenario proyectivo” del presente.
Sobre el concepto memoria, también tenemos a un estudioso francés como uno de los máximos referentes, en este caso Maurice Halbwachs, quien ha desarrollado en varios trabajos tanto su definición conceptual como su abordaje. Existen debates sobre su definición conceptual (memoria colectiva, memoria social, memora pública), siendo el término de memoria colectiva quizás el más utilizado, entendiendo por tal el proceso social de reconstrucción del pasado vivido y experimentado por un determinado grupo, comunidad o sociedad. Es decir que la memoria colectiva es un “producto social”, nutrido del marco social que la acompaña, por lo tanto, es susceptible de ser manipulada, utilizada, etc. En complemento con esta mirada, nosotros tomamos el concepto de memoria histórica, siguiendo el trabajo de Alejandra Torrents (2012) sobre el Paraguay, quien la define como una selección y construcción de sentido del pasado, elaborada desde el presente, dentro de un contexto sociopolítico determinado. La investigadora deja en claro que mientras que algunos teóricos encuentran puntos de convergencia entre memoria e historia, otros sostienen su antagonismo.[15] Ella repara en la “utilización” de la memoria histórica como legitimadora en el relato de los vencedores, como lo ha desarrollado Pedro Ruíz Torres y Enzo Traverso.[16] Lo que más nos interesa del estudio de Torres (2012), además de centrarse en el análisis de la producción en el Paraguay, es que ella sintetiza tres acepciones principales de la memoria histórica, cada una de ellas criticada desde el punto de vista teórico en su momento:
- Memoria histórica como historia oficial o nacional, asociada al trabajo de los historiadores y a la labor historiográfica.
- Memoria histórica como elemento contextual que asocia la memoria con etapas pretéritas o que incluye la memoria individual en lo histórico-colectivo. Es externa al individuo, objetivada y socializada.
- Memoria histórica como instrumentación política, legitimizante y conmemorativa, basada en los usos del pasado desde el presente por parte de grupos y del Estado.
La intelectualidad paraguaya: exilios y destierros
Tal como lo hemos trabajado en otras investigaciones,[17] el concepto intelectual no posee un significado establecido. Como nos dice el especialista Carlos Altamirano,[18] el concepto es multívoco, polémico y de límites imprecisos. Los intelectuales son sujetos que ocupan un rol trascendente en el espacio social, como actores críticos de la realidad, que no sólo transmiten una imagen del mundo, sino que influyen en la percepción de este.[19] Su estatus y autoridad en los espacios de la cultura los relaciona con el campo de poder, como lo analizara el renombrado Pierre Bourdieu. Eso que Aron llamaba “los profesionales de la inteligencia”, una categoría social más numerosa que antes, más libre y prestigiosa, más visible, pero también más ecléctica (Aron, 1957, 201).[20] Recordemos que, para una visión clásica como la de Gramsci, el rol que les cabe a los intelectuales en todas las sociedades es histórico, ya sean orgánicos o no a la clase dominante. Los intelectuales deben ser analizados no a partir de una condición per se, sino más bien a través de la función social que desempeñan según su situación de clase. En este sentido, “todos los hombres son intelectuales”, pero no todos los hombres “tienen en la sociedad la función de intelectuales”.[21] De alguna manera, como nos dice el filósofo esloveno Slavoj Žižek, los pensadores deberían tomar conciencia de su momento histórico, viendo los problemas concretos de su ambiente. Es decir, como se plantearía desde una óptica sartreana, los intelectuales tienen que hacerse cargo de una misión que parte de la necesidad de asumir que todo acto tiene repercusiones prácticas, que no se puede estar al margen de la situación en la que se está implicado, y que por lo tanto se es responsable del nivel de indeterminación que toda situación contiene en virtud de la acción del hombre. De modo tal que la misión que Sartre postula supone una libertad situada y una responsabilidad con un obrar que siempre significa de algún modo un compromiso.[22]
En el caso particular de la historia intelectual del Paraguay existen interesantes casos como el que estimula Slavoj Žižek, y creemos que el caso del historiador y escritor Efraim Cardozo[23] es claramente arquetípico, ya que constituye el amplio rol del hombre que toma conciencia de su época, de su función, y la asume con los riesgos y costos personales que ello implica en el marco de una lucha social donde la dominación progresivamente adquiere nuevas formas.[24] Efraín Cardozo, figura sobre la que hemos trabajado anteriormente, fue “asumiendo” misiones a lo largo de su vida, diversas responsabilidades sobre la conciencia histórica del Paraguay, entre otros aspectos, pero también sobre los intereses estratégicos en peligro, saliendo de la comodidad que podría suponer la neutralidad sobre los temas actuales[25] e imponiendo un rol de crítica, evaluación y análisis del derrotero político, poniendo en un lugar incómodo a las representaciones convencionales, a la historia oficial o al poder político.[26] Es sin dudas el intelectual-pensador integral que dinamiza las reflexiones sobre el pasado, redescubre matices sobre el presente y propone líneas de trabajo sobre el futuro.
El florecimiento intelectual del Paraguay proviene del período posterior a la Guerra Guasú, que se conoce como de “reconstrucción nacional” y de “régimen democrático” ‒en palabras de Justo Pastor Benítez, otro de los grandes intelectuales del Paraguay‒ ciclo que se extiende desde 1870 hasta 1930, y totaliza sesenta años de régimen constitucional que permitirá el desarrollo de pensadores y escritores, poetas y artistas de notable trascendencia. Este florecimiento dejará atrás la “patria vieja”, como los ilustrados franceses dejaron atrás el “antiguo régimen” y refundaron el país con una gran expectativa sobre el futuro. Teniendo en cuenta la destrucción de la que provenía el Paraguay luego de años de invasión, y también de una feroz ocupación de los aliados que dejaría serias secuelas en la memoria histórica, este renacer es un logro que esperanzaba y daba claras señales de un posible desarrollo del país.[27] Como nos dice Justo Pastor Benitez (1947), en un país sin clases ni castas, con una población homogénea y unida, bilingüe, aguerrida por años de guerra, con conciencia sobre la igualdad social y notables centros de educación, no sorprende el desarrollo cultural que sobrevendrá en los primeros años del siglo XX.[28]
El Partido Liberal, espacio donde han crecido y se han desarrollado varios de los más notables intelectuales y pensadores del Paraguay, en sus diversas denominaciones y vertientes, tuvo que convivir con amplios procesos de persecuciones y censura,[29] ya sea durante el ciclo de la dictadura de Higinio Morínigo,[30] durante la primera hegemonía colorada,[31] o la feroz dictadura de Stroessner,[32] cuando la represión y la cooptación ya constituyen un “aspecto central del funcionamiento” de todo el régimen.[33] Por esta característica ‒el hecho de poseer el Paraguay a la gran mayoría de sus intelectuales en el exilio la mayor parte de la segunda mitad del siglo XX‒ es que en la Argentina[34] hemos tenido el privilegio de ver crecer un abanico de prestigiosos paraguayos, escritores, poetas, historiadores, ensayistas, políticos y artistas de enorme jerarquía que va desde Roa Bastos hasta el propio Efraím Cardozo, quien dejó en claro este escenario de hermandad tan particular y rico para Buenos Aires, pero tan doloroso para su patria.[35]
Cuando Boccia Paz (216, 17) realiza un importante trabajo sobre la vida de los partidos liberales bajo el gobierno de Stroessner, partidos que aglutinaron a varios de los más importantes pensadores, se pregunta cómo pudo gobernar el país “un militar tan tosco y con tan poca gracia personal”, respecto de lo que observa que se ha escrito bastante, y sin embargo, muy poco acerca de lo que pasó con el principal partido de la oposición, apuntando que
En general, los protagonistas de la historia paraguaya no escriben memorias. Se mueren ágrafos, sin dejar rastros de su actuar. El pasado reciente liberal no escapa a la tradición nacional. Casi nadie considera trascendente dejar por escrito su opinión sobre el tiempo que le tocó transitar y su papel en los procesos, las gestas o los debates de los que participó (Boccia Paz, 2016, 17).
Colman Gutierrez (2014, 13), en su análisis de la oposición al stronismo, intentando hacer una tipología de las diversas oposiciones y resistencias que tuvo el régimen, observa que el panorama de la lucha fue mucho más complejo que el de la división entre una “oposición tolerada y una oposición perseguida” (como llama a su trabajo), y que así como hubo opositores que sólo veían el camino de la insurgencia como forma de resistencia,[36] muchos otros creyeron posible “superar al régimen a través de otras vías”, por intermedio de la no violencia activa y la movilización política. Pero también hubo otros que prefirieron ser “opositores de fachada”, convalidando la mascarada del gobierno. Pues bien, entre aquellos que se opusieron de manera abierta, llama la atención Gutierrez que hubo exiliados que en su momento fueron muy amigos, incluso hasta colaboradores del dictador, que por determinada circunstancia perdieron la confianza de Stroessner.
Como ya se ha dicho, sin dudas el más prestigioso y famoso de todos los escritores e intelectuales del Paraguay que tuvieron que soportar el exilio es Roa Bastos, tanto por la magnitud mundial de su obra como por su reconocimiento. Pero además, Roa Bastos tuvo un rol central en el proceso de deslegitimación del gobierno de Stroessner, ya que realizó un notable trabajo de denuncias y críticas de gran resonancia internacional, y lo que es más importante, fue un importante activador de “la transición” por la que trabajó con gran empeño.[37] Fue un escritor que tuvo al exilio en el centro de su obra, o a las dictaduras, ya que estudió los exilios tanto internos como externos, así como “los efectos de la represión sobre la creación literaria” (Rivarola, 2017, 2). Roa Bastos, en la década del ochenta, cuando ya comienza “su tenaz combate contra la dictadura”, publicó una “Carta abierta al pueblo paraguayo” (1986) desde Francia, la que tuvo un gran impacto mundial. En ella, manifestaba la responsabilidad de los sectores políticos, sociales y culturales del país para activar una transición definitiva y generar el cambio político anhelado. Milda Rivarola (2017, 11), analizando los escritos políticos de Augusto Roa Bastos en el exilio, intenta cifrar la magnitud que ha tenido en el proceso transicional, y apunta que no era “un simple portavoz” de la heterogénea oposición local, sino que desarrolla todo un pensamiento político elaborando una “diagnosis del régimen”, toda una exégesis de Stroessner, con base en teorías políticas debatidas en Europa y América en esos años. Su visión será central como contraste de ciertas visiones contemplativas del régimen, y se complementará con el abordaje de AGV, como veremos.
A pesar de lo dicho, y de la infinita cantidad de documentación, testimonios y obras que dan cuenta del traumático proceso represivo llevado adelante por Stroessner, y del particular impacto sufrido por los intelectuales que trabajamos, aún persisten miradas historicistas que tienen una notable reticencia a utilizar el concepto de “dictadura” para referirse a este presidente,[38] alimentando una desmemoria política que también es endémica en la región.
- Una primera versión de este trabajo, bajo el título Huelo el miedo. Alcibíades González del Valle y la memoria histórica paraguaya sobre los tiempos de Stroessner (2024), se presentó como tesis de Posgrado para obtener el Magíster en Sociología de la Cultura y Análisis Cultural, en el Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de General San Martín (IDAES-UNSAM).↵
- Como ser verá a continuación, ambos escritores han sido objeto de interesantes producciones acerca del contexto de su obra y la exégesis de sus trabajos, pero sobre Roa Bastos recae la mayor atención de los estudios literarios, politológicos, historiográficos, etc., por la sabida resonancia internacional que ha alcanzado su pluma. ↵
- Guerra Grande, o Guerra de la Triple Alianza entre el Paraguay y los tres países del Cono Sur, Argentina, Brasil y Uruguay, sin dudas es el episodio fundacional del Paraguay Moderno.↵
- Lo fundamenta a partir de varias investigaciones que indicarían esa falta de conocimiento sobre el pasado, y las interpretaciones de tipo autoritaria. Velázquez (2020, 4): “Recientes análisis y estudios indican que la población y adolescente joven del Paraguay desconoce el pasado reciente del país; y muestran preferencias autoritarias. Los análisis están centrados en la agencia de adolescentes y jóvenes; mientras que los estudios acerca del papel que cumplió el Estado –responsable de las políticas educativas– a través del sistema educativo en los regímenes autoritarios y el rol que desempeña en la construcción de la democracia son bastante escasos”.↵
- Estas publicaciones incluyen desde libros, artículos, folletos y documentos de trabajo hasta materiales audiovisuales.↵
- El caso de Chile lo hemos desarrollado en Lavallén Ranea (2017), Modelos culturales y diseños de la política. Diálogos para comprender el Chile actual. Buenos Aires. Colección “Chile Ayer y Hoy”, vol. 1., y también en el artículo “Jaime Guzmán, el intelecto orgánico de la dictadura. Las representaciones sociales y las ideas políticas detrás de la refundación de Chile en clave autoritaria (1973-1980)”. En Revista Sociedad Global. Revista de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas, Universidad Abierta Interamericana. Año XI. Segunda Etapa. Buenos Aires, 2019; además en el trabajo “El sistema ideológico en la dictadura de Augusto Pinochet”, presentado en el XIII Congreso Nacional de Ciencia Política – SAAP. “La política en entredicho. Volatilidad global, desigualdades persistentes y gobernabilidad democrática”. UTDT, Buenos Aires, 2 al 5 de agosto de 2017. Sobre el caso boliviano, puede consultarse Lavallén Ranea (2016), “Fatalismo y destino en la política boliviana. Visiones sobre la Revolución Nacional Boliviana”. En ALTIPLANO. Papeles de Estudio sobre el Pensamiento Político Latinoamericano. Año 2, n.° 5. Buenos Aires, junio. Sobre el caso peruano, véase la ponencia “Del desborde popular a la antipolítica fujimorista”, presentada en el XIII Congreso Nacional de Ciencia Política – SAAP. UTDT, Buenos Aires, 2017; y el trabajo Lavallén Ranea (2017), “La posmodernidad de la política peruana. Desmemoria, desideologización y desastres naturales”. En Revista PENSAR AL SUR, mayo. Respecto de la región en general, puede consultarse el capítulo Lavallén Ranea (2017), “Las democracias latinoamericanas, ciclos y cambios estructurales”. En AA. VV.; Programa de Formación en Asuntos Internacionales. Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y Dirección General de Relaciones Internacionales y Cooperación (CABA).↵
- Para Subercaseux (2011) el imaginario político es un “conjunto articulado de representaciones con un núcleo ideológico y un campo léxico y semántico común”, que involucra una dimensión cultural, y hasta emocional. Para el investigador ‒que realizó una obra integral de estudio de las ideas políticas en Chile‒ existe en el país trasandino una “bipolaridad” de pensamiento político anclada en la ideología, que se mueve entre la Reforma y la Revolución (Subercaseux, 2011, 53).↵
- Sobre todo en el período que va de 1920 a 1973, el imaginario “bipolar” chileno suscribió esas opciones (reforma-revolución) como determinaciones y posibilidades, como “ofertas identitarias”, que llegan hacia la década del sesenta a tener un altísimo margen de participación, de modo que se crean fronteras simbólicas (y narrativas) en torno de los partidos políticos que les aportan identidad cultural, lo que lleva a polarizar aún más, y a estereotipar, todos los aspectos de la vida, desde el entretenimiento hasta la vestimenta o la música (Subercaseux, 2011, 55), a partir de lo cual se desarrolla una subcultura partidaria. ↵
- El decano de la Facultad de Filosofía de la Universidad Nacional de Asunción, el Prof. Dr. Ricardo Luis Vicente Pavetti Pellegrini, enfatiza directamente que en el Paraguay “no se ha escrito ningún libro serio acerca del gobierno instalado entre 1954-1989”. Ver “Prólogo” al libro de Juan Marcelo Cuenca Torres (2017, 13), La última invasión. El conflicto por los Saltos del Guairá. Arandurá Editorial. Asunción.↵
- Para Moscovici una RS se define por la elaboración de un objeto social por parte de toda una comunidad, por eso son parte de un proceso social, y por eso también, sólo son posibles en sociedades en las cuales existe un discurso social, una comunicación que puede ser coincidente o divergente. La opinión pública, por ejemplo, propia de las sociedades modernas, incluye la idea de oposiciones y divergencias, y es en ellas donde se construyen las representaciones sociales. Por eso es interesante para nosotros el análisis de Moscovici, ya que a partir de su estudio se incorporan muchos elementos, entre los cuales será vital el de medios de comunicación. ↵
- Denise Jodelet es considerada una de las grandes especialistas en la teoría de las representaciones sociales. Actualmente desarrolla su principal trabajo académico en la Escuela de Altos Estudios Sociales de la Universidad de París.↵
- Según la autora, a estas funcionalidades se le complementan dos más: la función sustitutiva: “Las representaciones actúan como imágenes que sustituyen la realidad a la que se refieren, y a su vez participan en la construcción del conocimiento sobre dicha realidad”, y la función icónico-simbólica: “Permite hacer presente un fenómeno, objeto o hecho de la realidad social, a través de las imágenes o símbolos que sustituyen esa realidad. De tal modo, ellas actúan como una práctica teatral, recreándonos la realidad de modo simbólico”.↵
- Como actividad, la imaginación es una creación del espíritu individual, y un permanente cuestionamiento de la realidad establecida, del orden impuesto, del mundo material. Por el contrario, el imaginario (ahora en términos colectivos) no es simplemente la sumatoria de todas las imaginaciones particulares o singulares, sino que es producto de una compleja red de relaciones entre discursos y prácticas colectivas, las que, a su vez, siguen interactuando con las imaginaciones individuales.↵
- Sin dudas uno de los trabajos más importantes sobre imaginarios sociales lo constituye el de Cornelius Castoriadis, quien lo elabora en el clásico La institución imaginaria de la sociedad. En dicha obra Castoriadis diferencia muy bien el imaginario de las sociedades míticas o simplemente religiosas de aquel de las sociedades modernas donde existe una ideología, o “elaboración racionalizada y sistematizada de la parte manifiesta, explícita, de las significaciones imaginarias sociales”. Para Castoriadis, la ideología sólo puede construirse a partir del desarrollo del capitalismo, ya que esta es el modo de organización de cierta parte del imaginario. Ver Castoriadis, Cornelius (1975), La institución imaginaria de la sociedad. S. XXI. Barcelona.↵
- “Entre los teóricos que han discutido sobre el término se encuentran: Maurice Halbwachs, Charles Blondel, Jean Nogué, Pierre Nora y Marie Claire Lavabre. Para Nora, Pierre, por ejemplo, la memoria es sacralizante y actualizadora, mientras que la historia cumple una función crítica y apunta a la representación del pasado. Para Halbwachs ‘la historia no empieza sino en el punto en el que termina la tradición, momento en el que se apaga o se descompone la memoria social. Mientras un recuerdo subsiste, es inútil fijarlo por escrito, o incluso fijarlo pura y simplemente’” (Torrents, 2012, 3).↵
- La autora explica que para Traverso existe una tensión dinámica entre memoria e historia, observando que los recuerdos son elaborados por maneras de pensar colectivas, influenciadas por paradigmas científicos de representación del pasado. ↵
- Este aspecto lo hemos desarrollado en Lavallén Ranea y Colotta (2018), Lectores, intelectuales y políticos. El espacio político-intelectual y los bienes simbólicos en la Argentina. Editorial CICUSS. Buenos Aires.↵
- Uno de los investigadores más importantes sobre la sociología de los intelectuales, quien dirige el Centro de investigación en Historia Intelectual en la Universidad Nacional de Quilmes (UNQ). Uno de sus trabajos teóricos de donde hemos tomado muchos elementos es Altamirano, Carlos (2013). Intelectuales. Notas de investigación. Norma. Buenos Aires.↵
- Si bien etimológicamente el vocablo “intelectual” indica una ocupación: “el dedicado al estudio y la meditación”, como lo planteaba Roque Barcia, nada más lejos de esta visión contemplativa es la mirada que tiene Antonio Gramsci (1891-1937) sobre los intelectuales, para quien el intelectual es mucho más que sólo aquel que está “asociado” a una actividad vinculada al intelecto.↵
- Raymond Aron, quien le dedicara un profundo estudio al análisis de los intelectuales y su rol en la sociedad francesa, nos dice que todas las sociedades han tenido sus escribas, sus letrados o artistas, que transmitían o enriquecían la herencia cultural, esos grandes expertos que ponían a disposición de los príncipes el conocimiento de textos y el arte “en disputa”, esos enormes sabios que descifraban los secretos de la naturaleza y “ensañaban a los hombres a curar las enfermedades o a vencer en el campo de batalla” (Aron, 1957, 201). ↵
- Respecto al nivel de “organicidad” que hay entre los diversos estratos intelectuales en vinculación con la clase social fundamental, Gramsci clasifica claramente dos planos superestructurales: el de la “sociedad civil”, formado por el conjunto de organismos privados, y el de la “sociedad política o Estado”. Los intelectuales son los empleados del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas de la hegemonía social y el gobierno político, es decir, para el consenso y para asegurar la legitimidad del aparato de coerción estatal (Gramsci, 2000, 13). ↵
- “El escritor [el intelectual| comprometido sabe que la palabra es acción; sabe que revelar es cambiar y que no es posible revelar sin proponerse el cambio”, asimismo si las palabras son “pistolas cargadas” ese intelectual “debe disparar a un blanco determinado” (Sartre, 1962: 53). ↵
- Efraim Cardozo, uno de los intelectuales más importantes del siglo XX en el Paraguay, posee una frondosa obra historiográfica y política, destacándose sus investigaciones sobre el Paraguay colonial, sobre el Paraguay independiente, o la monumental obra abocada al Imperio del Brasil en el Río de la Plata. También ha dedicado notables trabajos a los derechos diplomáticos de su país, como el caso de la investigación sobre el Chaco (en disputa con Bolivia) o, como en este caso, acerca de los títulos históricos sobre los “Saltos del Guairá” (en disputa con el Brasil). Recorrer el pensamiento de este notable pensador y político nos permite identificar los acertados diagnósticos multidisciplinarios que el intelectual realizaba respecto del devenir de la república paraguaya, intentando desentrañar las razones que llevaron al país a la decadencia social, la dictadura política y el servilismo, con una contundente documentación y un horizonte de servicio público.↵
- Bourdieu nos dice que los intelectuales, ya sean artistas, escritores o científicos, que se comprometen en una acción política, “son indispensables para la lucha social, especialmente hoy, dadas las formas completamente nuevas que adquiere la dominación”. Amplía diciendo que “debemos oponer las producciones de redes críticas que agrupen ‘intelectuales específicos’ (en el sentido de Foucault) de un verdadero intelectual colectivo capaz de definir los objetos y los fines de su reflexión y de su acción, es decir, autónomo. Este intelectual colectivo puede y debe cumplir en primer lugar funciones negativas, críticas (…) contra la dominación” (Bourdieu, 2001, 40-41). ↵
- Bourdieu (1930-2002) criticó de manera férrea la complacencia y supuesta neutralidad de los intelectuales, y su refugio en los recintos universitarios. ↵
- Edward Said, el pensador palestino, si bien no pertenece a la tradición francesa sino a una tradición orientalista, acentúa también el espíritu crítico y anticonservador del intelectual. “(…) el intelectual en el sentido que yo le doy a esta palabra no es ni un pacificador ni un fabricante de consenso, sino más bien alguien apostado con todo su ser a favor del sentido crítico” (Said, 1996, 39).↵
- “La Constitución dictada sobre las ruinas humeantes de la patria vieja, sirvió de marco jurídico a la restauración. Cualquiera que haya sido el error de los gobernantes no se puede negar que al amparo de esa Carta Magna, renació el Paraguay. (…) Al finalizar el período que estudiamos la población pasaba del millón; cerca de 120.000 niños concurrían a las escuelas y colegios; el comercio internacional pasó de los 30 millones de pesos oro. El país cuenta con los servicios públicos y las instituciones civiles de un pueblo moderno, dentro de la limitación de sus recursos financieros” (Pastor Benítez,1947,310-317).↵
- Observa Pastor Benitez como principales instituciones el Colegio Nacional (1877), la Escuela Normal, el Instituto Paraguayo, el Gimnasio Paraguayo (1916), y el Museo de Bellas Artes. Asimismo el historiador enfatiza el rol del periodismo para producir “las mejores plumas paraguayas”, como Blas Garay, el doctor Báez, Eusebio Ayala, Eugenio garay, Pablo Insfrán, Carlos Isasi, etc. ↵
- Para Julio Cesar Franco Gomez (2017,308-309), el gobierno de Morínigo fue tan sangriento con los intelectuales y pensadores, que llega a plantear que cuando Stroessner llega al poder, “recibe un gobierno prácticamente sin opositores”, ya que su antecesor se encargó de aplacar con “violencia, exilio y muerte” a todos los que reivindicaban la libertad y la democracia.↵
- Durante el gobierno de Higinio Morinigo el Partido Liberal tuvo innumerables problemas, pero es sobre todo a partir de 1942 cuando el Dictador tuvo “la excusa perfecta para sacárselos de encima”, como detalla Carlos Gómez Florentín, cuando se cree haber descubierto una conspiración de hombres de aquel partido para deponer al gobierno. Dicha acusación nunca fue comprobada, como tampoco se supieron los nombres de los supuestos involucrados (Gómez Florentin,2011). ↵
- Alcibíades Gonzalez Delvalle llama de esa manera al período comprendido entre 1947 y 1954, “hegemonía colorada”, es decir, desde el fin de la Guerra Civil en que son aplastados los “febreristas” en agosto de 1947, y el ascenso del Gral. Alfredo Stroessner. ↵
- “El régimen stronista no hubiese sobrevivido sin el recurso de la violencia estatal desatada sin límite ni medida contra quienes se atrevían a desafiarlo. El uso de la tortura, que en regímenes anteriores habría sido esporádico y restringido, se convirtió en el método usual para lidiar con los opositores” (Abente Brun, 2014, 56).↵
- El trabajo de Abente Brun (2014) permite analizar la naturaleza del régimen stronista, desde su aparato de dominación, hasta su sustento democrático y socioeconómico, e incluso sus bases políticas. Ver Abente Brun (2014), El régimen stronista. ABC Color. Asunción.↵
- Otro ejemplo contundente de esta “organización en el exilio” de la intelectualidad paraguaya es la constitución del importante Movimiento 14 de Mayo, el cual se crea íntegramente en la Argentina en 1959 y elabora un programa político compuesto por catorce columnas en Buenos Aires.↵
- “Emigra gran parte de la intelectualidad, y es en el exilio, principalmente en Buenos Aires, donde ven la luz las más importantes expresiones del pensamiento paraguayo, en magnitud que supera todo lo anterior” (Cardozo, 1965, 155).↵
- Milda Rivarola (2014) ha realizado además de los trabajos que citamos, un estudio sobre la resistencia armada al stronismo, también editado junto con varias obras que referenciamos, a partir de los 60 años de Stronismo, cuando se elaboró una notable colección de investigaciones de los más importantes historiadores y politólogos del Paraguay.↵
- Recordemos que incluso Roa Bastos hizo referencias específicas a dicha transición cuando recibió el premio Cervantes (el más importante en lengua castellana).↵
- Incluso llega a hablar del “período de esplendor” de Stroessner, y sus mandatos son producto de “re-elecciones” sucesivas. Cabe destacar también que en la obra citada, a pesar de no mencionarse entre los intelectuales y pensadores en ningún momento a Efraím Cardozo, se encuentran frases textuales de dicho autor, las cuales no están señalizadas como tales, no poseen la cita correspondiente ni la referencia del caso. ↵









