Rafael Alberti y las revistas revolucionarias
Durante la década del treinta, Rafael Alberti tuvo una importante participación en revistas y en las asociaciones de escritores de izquierda que surgían en Europa. Los años que transcurrieron entre la caída del dictador Primo de Rivera y la instauración republicana permitieron a un grupo de artistas, entre quienes podemos ubicar a Alberti, reconocer su compromiso como escritores y productores culturales:
Abril de 1931 fue, en efecto, fecha clave para esta generación: proclamación de la República, una fiesta popular, con aires y canciones de revolución, que puso fin a la Monarquía y que trastocó por completo la conciencia que los intelectuales habían tenido de sí mismos, de su trabajo, de su función. (Juliá, 2004: 1)
Como ya se anticipó, el poeta se afilió al Partido Comunista de España en 1931 y a partir de ese año comenzó a viajar por el continente pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios, con el fin de aprender el teatro de vanguardia y poder incorporar una formación política y cultural vinculada a la Unión Soviética. En mayo de 1932 estuvo junto a María Teresa León en Berlín, unos meses antes de la asunción de Hitler como canciller, y en agosto asistieron al Congreso Mundial Contra la Guerra de la Asociación de Escritores y Artistas Revolucionarios, que se desarrolló en Ámsterdam.
A fin de ese año se dirigieron a Moscú, invitados por la Unión Internacional de Escritores Revolucionarios, en donde conocieron a los intelectuales rusos. Alberti volverá a Rusia en 1934 para presenciar el Primer Congreso de Escritores Soviéticos y luego de esos viajes adquirió un nuevo concepto sobre el arte. El escritor español ocupará en esta nueva escena una posición central pero ya relacionada con su militancia comunista, vinculación que años más tarde le facilitó su ingreso a la Argentina.
Con respecto a las revistas de índole revolucionaria, fundó junto a María Teresa León la revista Octubre, que publicó antes del conflicto algunos números entre 1933 y 1934 con la colaboración de españoles como César Muñoz Arconada, Emilio Prados, Arturo Serrano Plaja, Ramón J. Sender y Luis Cernuda. La revista estuvo asociada a escritores revolucionarios que luchaban “contra la guerra imperialista, por la defensa de la Unión Soviética, contra el fascismo, [y que estaban] con el proletariado” (Octubre, 1933: 1). En sus páginas se incluían fotografías que denunciaban al clero, rechazaban la reforma agraria que perjudicaba al campesinado y promovían la literatura obrera en las fábricas.
Durante los años de guerra se fundó en Madrid la Alianza de Intelectuales Antifascistas para la Defensa de la Cultura, cuyos miembros ya formaban parte de la unión revolucionaria internacional con sede en Moscú. José Bergamín fue nombrado presidente y Alberti, secretario. Surgió entonces la revista El Mono Azul que editó el primer número en agosto de 1936, a pocas semanas del inicio del conflicto. Si bien la publicación se vinculaba con la alianza madrileña, los escritores se presentaban ante todo como antifascistas: “El MONO AZUL no es la revista de la Alianza. Es una hoja volandera que quiere llevar a los frentes y traer de ellos el sentido claro, vivaz y fuerte de nuestra lucha antifascista” (El Mono Azul, 1936: 7).
Esta revista de las trincheras publicaba en sus páginas centrales algunos romanceros de la Guerra Civil, que eran poemas realizados por soldados anónimos y recitados luego en los espacios públicos, con el fin de acercar el arte al pueblo y generar allí una identificación, como se pudo advertir en una nota firmada por el poeta Lorenzo Varela: “El pueblo y el poeta se han identificado en el romancero presente, dando lugar a la más profunda relación” (Varela, 1936: 7).
La comunión entre poeta y pueblo expresaba la necesidad de unir la fuerza de todos los artistas republicanos para defender a España del fascismo. En este sentido, encontramos en esta publicación una canción de Alberti, en donde promovía la escritura revolucionaria para denunciar los crímenes del enemigo:
Tu fusil
también se cargue de tinta
contra la guerra civil. (Alberti, 1936: 1)
Otra de las expresiones literarias importantes que circuló durante la Guerra Civil fue Hora de España, editada en Valencia, zona republicana, entre 1937 y 1938. Alberti formaba parte del consejo de colaboradores y divulgó una serie de poemas, entre ellos “Capital de la Gloria”, sobre la defensa de Madrid. Incluyó versos dedicados a la ciudad bombardeada, a las juventudes, a los campesinos que estuvieron en el frente de batalla, y a los brigadistas internacionales, los soldados anónimos que cruzaron la frontera para defender a la República:
un solo sentimiento que el mar sacuda: ¡Hermanos!
Madrid con vuestro hombre se agranda y se ilumina. (Alberti, 1937: 35)
Las revistas Octubre y, luego, El Mono Azul y Hora de España se configuraron como canales de participación literaria y directa abiertos al pueblo, y generaron una ruptura con el arte considerado más burgués. En este sentido, podemos considerar estas experiencias como culturales, vanguardistas y revolucionarias: “Las vanguardias habían sacado el arte de sus soportes tradicionales, el teatro a los caminos, la poesía a las trincheras, la pintura a los carteles” (Macciuci, 2002: 334).
Los proyectos que estamos describiendo permitieron reconocer el papel comprometido de Rafael Alberti y de María Teresa León durante la guerra. La escritora fue una referente del teatro político antifascista[1]. Encabezó la Escuela Técnica Teatral, en donde se representaron obras del grupo itinerante y voluntario de las Guerrillas del Teatro. Fue fundadora de la sección teatral Nueva Escena, de la Alianza de Intelectuales Antifascistas, y dirigió obras de Las Milicias Culturales, creada en diciembre de 1936 en plena Guerra Civil. Entre las obras dirigidas por Alberti durante la guerra, destacamos algunas como Los salvadores de España o Radio Sevilla.
Con respecto a la prensa gráfica, uno de los periódicos más populares de la etapa republicana era El Heraldo de Madrid, donde María Teresa León publicó algunas crónicas del viaje que hizo junto a Alberti a la Unión Soviética en 1934[2]. El periódico jugó un papel importante en los años veinte y treinta, enfrentándose a la dictadura de Primo de Rivera y apoyando a la República en 1931. Circuló en la ciudad capital hasta casi el final de la guerra. Su último ejemplar salió a la venta el 27 de marzo de 1939, un día antes de la entrada de los sublevados a Madrid[3]. El 28 de marzo los falangistas ingresaron para incautar la propiedad del periódico, como también sucedió con otros medios opositores al régimen dictatorial.
Un mes antes, en febrero de 1939, el gobierno sublevado había publicado la Ley de Responsabilidades Políticas, que permitía perseguir a todos los que participaron en la vida política republicana antes y durante la Guerra Civil y se habían opuesto al “Movimiento Nacional”. Si bien desde abril de 1938 ya operaba en España una ley de prensa sancionada desde la Junta de Gobierno de la ciudad de Burgos, donde se instaló el gobierno falangista, y desde donde organizó su sistema político de depuración —ley que marcó el sistema comunicacional hasta el año 1966—, la Ley de Responsabilidades Políticas permitió perseguir y asesinar a varios dirigentes y personalidades de los medios, entre ellos al empresario y editor Vicente Miguel Carceller, fusilado en Valencia el 28 de junio de 1940[4]. Carceller era el director de la revista satírica La Traca que se dedicó a caricaturizar y ridiculizar la figura de Franco y los militares sublevados. Su compromiso con la República lo llevó a su detención y posterior asesinato en manos de los sublevados, al amparo de un dispositivo legal de censura y persecución que consiguió imponer el modelo dictatorial.
El caso de Carceller es valioso porque permite reconocer la gestión del miedo en la industria cultural que se inició con el franquismo, que eliminó publicaciones e impuso un filtro para la selección de la memoria.
República moderada: España en la prensa gráfica porteña
A principios del siglo XX, la prensa periódica de la Argentina estaba representada por los dos grandes diarios de la época, La Nación y La Prensa, que contaron con las colaboraciones de españoles desde principios de siglo XX. Para estos años, los lectores de La Nación recibían información cultural vinculada al teatro y la literatura mientras que La Prensa publicaba asiduamente y con columnistas permanentes sobre la actualidad política, social y cultural de España. De este modo, logró fidelizar a gran parte de la colectividad española en la Argentina.
Hacia mitad de la década del treinta, la ciudad de Buenos Aires contaba con una importante comunidad española de alrededor de 300.000 personas, sobre un total de dos millones y medio de habitantes que tenía la ciudad (Romero, 2011: 2). Esta importante colectividad configuró una trama asociativa de ideología liberal y democrática, diferente a la católica y nacionalista que, aunque minoritaria, también se podía reconocer durante esos años.
Durante la Guerra Civil, en la Argentina se vivía un clima particular que se manifestó en la prensa local. Los periódicos dominantes desplegaron una cobertura especial de los acontecimientos que sucedían en España, con páginas enteras dedicadas al conflicto y con la presencia de corresponsales en la península. Además de La Nación y La Prensa, el tema de la guerra fue central para el vespertino Crítica, dirigido por Natalio Botana y de importante tirada para esos años. Este periódico apoyó abiertamente a los republicanos desde el momento que se produjo el Golpe de Estado de julio.
A partir de artículos de opinión, cables de la prensa internacional y la información difundida por republicanos y sublevados, los diarios de la Argentina construyeron diferentes visiones de la República española y difundían los valores que se ponían en juego.
En La Prensa, fundado en 1869 por José C. Paz, ya habían publicado españoles, entre quienes podemos destacar a Miguel de Unamuno, Vicente Blasco Ibáñez, Ramón Pérez de Ayala, Ramiro de Maeztu[5], Azorín[6]y Ortega y Gasset, que también participó en La Nación: “Su intervención [la de Ortega] en 1911, y 1913, desde el diario La Prensa de Buenos Aires se daba en plena discusión sobre la Revolución de Mayo de 1810, asunto que despertó todas estas versiones encontradas con respecto al desempeño de la Madre Patria en el proceso de secesión” (Campomar, 2009: 184). Además, podemos resaltar los artículos de María de Maeztu[7], que publicó sobre temáticas referidas a la educación de la mujer (Zuleta, 1983). Por su parte, La Nación, fundado por Bartolomé Mitre en 1870, igualmente había recibido la colaboración de escritores peninsulares, entre quienes subrayamos la figura de Guillermo de Torre.
Durante la Guerra Civil, tanto La Nación como La Prensa tomaron una posición conservadora con respecto a los conflictos en España y esto generó una fuerte crítica de la prensa de tendencia republicana que ya existía en la Argentina:
Como sucedió con La Nación, esta “prescindencia” molestaba tanto a la izquierda como a la derecha. Cuatro periódicos españoles pro republicanos de Buenos Aires —Correo de Asturias, España Republicana, Galicia y La Nueva España— firmaron un manifiesto dirigido a la “opinión pública” para protestar contra la falta de ecuanimidad de ambos diarios —La Prensa y La Nación— y contra el “daño inmenso” que habían hecho a la causa republicana con la visión distorsionada que ofrecían de la guerra (Boletín Informativo Semanal de Cataluña, 3 julio 1937). En particular, la izquierda veía con malos ojos las indisimuladas simpatías pro franquistas del corresponsal parisino de La Prensa Ricardo Sáenz Hayes, mientras que la prensa nacionalista desconfiaba de los intereses capitalistas extranjeros que había detrás del diario. (Binns, 2012: 439)
El jefe de los corresponsales de La Nación durante la Guerra Civil era el español Fernando Ortiz Echagüe, quien colaboraba en el periódico desde 1918. La cobertura de la guerra también contó con otros periodistas, como Constantino del Esla para la zona republicana, y Jacinto Miquelarena en el sector nacionalista.
Las notas que publicaba Ortiz Echagüe permitían reconocer una posición muy crítica del Gobierno español. A dos días del Golpe de Estado escribió desde París un artículo titulado “El ejército es el centro de la vorágine española”, en donde aseguraba que existían voluntarios de “extrema izquierda” que defendían al Gobierno y alertaba sobre la creación de una nueva república si triunfaba la resistencia: “Cualquiera sea el desenlace de este triste episodio, forzoso es reconocer que el ejército español tiene muy poco de republicano, por lo menos de la República extremista del Frente Popular”[8].
Como decíamos anteriormente, esta posición que se difundió en los medios gráficos generó un rechazo en la prensa de publicación periódica de tradición republicana. Luego de la guerra, en España Republicana, el órgano del Centro Republicano Español de Buenos Aires, se referían a Ortiz Echagüe como un “periodista traidor y sin escrúpulos” (España Republicana, 1942h: 5) y lo calificaban de “indeseable”: “Recordamos que, hace años, Ortiz Echagüe pretendió ir a Rusia. Los soviéticos le dijeron que no deseaban recibir su visita y Ortiz Echagüe tuvo que volverse desde la frontera. Después cantó las glorias del franquismo” (España Republicana, 1942d:11).
Asimismo, desde las páginas de España Republicana también se denunciaban las preferencias que había tenido el diario La Prensa durante los años de la Guerra Civil:
Un corresponsal de “La Prensa”, el mismo diario —queremos recordarlo siempre— que durante la guerra publicó todos los días cables fechados en Lisboa recogiendo lo que la radio de Salamanca, de Pontevedra o de Burgos decía de los “crímenes rojos” en Madrid, Alicante, Valencia o Barcelona —lo que es publicar a sabiendas informaciones falsas—, ha enviado una carta, que “La Prensa” publicó en dos días, con impresiones de su paso por España. Ignoramos —“La Prensa” no da el nombre— si este corresponsal será Ramón de Franch, que durante el conflicto español se dedicó al espionaje a favor del franquismo. Es probable que lo sea y que esté ahora arrepentido, como Sáenz Hayes o Fernando Ortiz Echagüe, actuales cantores de la democracia y del derecho de los pueblos a regirse de acuerdo a su voluntad. (España Republicana, 1941b: 10)
La postura moderada sobre España durante la guerra se pudo advertir en La Nación. Por ejemplo, el ex presidente de la República Niceto Alcalá Zamora envió un artículo titulado “Inventario objetivo de cinco años de República” en el que repudiaba el Golpe de Estado, al tiempo que advertía sobre el crecimiento de algunos grupos que defendían al Gobierno, que ponían en juego los valores de justicia y democracia que prevalecían desde 1931[9].
Las persecuciones contra miembros del clero y la quema de conventos por parte de algunos sectores de la izquierda durante la Guerra Civil causaron un profundo rechazo desde las páginas de La Nación, que publicaba artículos acompañados por fotografías que mostraban las iglesias incendiadas y los actos de violencia. Si bien este diario intentó mantener una posición imparcial, hacia el final de la guerra se evidenció una preferencia por el triunfo franquista.
También el periódico La Prensa de Buenos Aires optó por evitar una postura clara sobre la Guerra Civil española, aunque mostró un profundo interés por lo que sucedía con el ejército sublevado. En sus páginas predominaban las columnas de opinión y se difundían cables de la prensa internacional que mostraban el avance de las tropas militares por las diferentes zonas de España. Por ejemplo, durante la defensa de Madrid en noviembre de 1936, se pronosticaba una caída de la ciudad en manos de los nacionalistas. Esto se pudo advertir en la edición de tapa del 7 de noviembre, el día que finalmente se llevaría a cabo la resistencia republicana. Desde La Prensa se aseguraba que “la toma de Madrid es inevitable” y que “nada podrá contener el avance nacionalista”. Para apoyar esta idea se difundían cables y otras informaciones que aseguraban que “la toma de Madrid es cuestión de horas”[10].
Al día siguiente aparecieron noticias similares, entre ellas: “La capital española se encuentra virtualmente en poder de las fuerzas nacionalistas y se anuncia que en esa ciudad se libraron encuentros callejeros”; “El gobierno de Madrid, ante la gravedad de la situación, fue trasladado a Valencia”; “Los encuentros que se desarrollaron en los suburbios de la capital fueron los más cruentos registrados desde que se inició la guerra”.

Titulares de tapa de La Prensa, edición del 7/11/1936. Fuente: Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
Por último, hacia el final de la guerra y con la caída de Barcelona, este diario confirmaba el triunfo de Franco y comenzaba a difundir información sobre el éxodo de los republicanos hacia el cruce de la frontera con Francia, como apareció en un titular del 27 de enero de 1939: “Barcelona fue ocupada por las tropas nacionalistas de Burgos sin la más mínima resistencia y el ejército fue recibido con indescriptible júbilo”.
Como se puede advertir, la instauración de una república “desde abajo”, de tendencia marxista y anticlerical, era el mayor temor de la prensa liberal representada por La Prensa y La Nación. El caso de Crítica fue diferente ya que la línea editorial del periódico dirigido por Natalio Botana se preocupó por contrarrestar la construcción del caos que presentaban los otros diarios y expuso su posición a favor de los republicanos desde que comenzó la Guerra Civil. En ese sentido, a las pocas semanas del Golpe de Estado publicó un artículo en defensa de los españoles demócratas:
Se sabe bien qué es lo que defiende en estos momentos históricos la España republicana; y porque esa convicción asiste a todas las fuerzas populares y democráticas en las distintas latitudes de la tierra, es que la causa de España ha encontrado estas extraordinarias corrientes de admiración y de solidaridad[11].
En síntesis, este diario trataba de clausurar el debate que imponía la prensa liberal sobre el enfrentamiento entre un levantamiento militar y quienes querían imponer una república izquierdista: “La insurrección no trata de suplantar a una república de izquierda por una república moderada. La insurrección quiere restaurar la monarquía para sostenerla con el fascismo”[12].
En los años que transcurrió la Guerra Civil publicaron para Crítica algunos periodistas argentinos entre quienes podemos nombrar al jefe de redacción Raúl Damonte Taborda, José Gabriel y Cayetano Córdova Iturburu, este último corresponsal de guerra entre marzo y octubre de 1937. El periódico difundió algunas crónicas de Córdoba Iturburu de su viaje a España, entre ellas “Los bárbaros en Badajoz”, del 17 de agosto de 1936, en la que denunció los fusilamientos de prisioneros republicanos. El resto de los artículos de ese viaje los reunió en su libro España bajo el Comando del pueblo (Editorial Acento, 1938)[13], en donde relató sus encuentros con los brigadistas internacionales y con los héroes de la resistencia española. Las crónicas también iban acompañadas por fotografías que registraban algunas escenas del pueblo español.
Algunos títulos de Crítica del 8 de noviembre de 1936, al otro día de la defensa de Madrid, son: “La capital resiste el ataque de los rebeldes”; “Constituyóse la Junta de Defensa”; y “El pueblo español, como un solo hombre, se levanta para contener la invasión fascista”.

Titulares de tapa de Crítica, edición del 8/11/1936. Fuente: Biblioteca Nacional Mariano Moreno.
El rol que asumió el diario de Natalio Botana durante la Guerra Civil generó un reconocimiento de los exiliados que también se manifestó en la prensa hispánica. El periódico España Republicana agradeció la lealtad y el Centro Republicano Español de Buenos Aires entregó al diario Crítica una placa de homenaje a la memoria de Botana para el primer aniversario de su muerte: “Los españoles republicanos tienen con Botana una deuda de gratitud que no olvidarán jamás. Antes de la guerra, Natalio Botana estuvo de corazón a nuestro lado. Su diario se puso al servicio de nuestra causa con una generosidad ejemplar” (España Republicana, 1942g: 1).
La postura democrática y republicana que intentó divulgar Crítica y que también se promovió en la prensa hispánica motivó la llegada de los exiliados a partir de 1939. Si bien la Argentina presentaba un rígido control migratorio, algunos escritores lograron ingresar al país, entre los que ubicamos a Rafael Alberti. El presidente Roberto Ortiz había asumido en 1938 y continuó con un severo control migratorio con la excepción de la comunidad vasca, a la que lo unía una filiación familiar. Recordemos que Ortiz murió en 1942 y asumió Ramón Castillo, vicepresidente en funciones, que se mantuvo en el poder hasta el Golpe militar de junio de 1943.
Dora Schwarzstein sostuvo que es posible reconocer una contradicción implícita entre la política de migración respecto del exilio y la política internacional que impulsaba el gobierno argentino: “En el plano internacional la Argentina jugó un rol activo en la defensa de la doctrina del derecho de asilo, lo que le permitió construir en esos años una imagen hacia el exterior del país como una especie de reserva moral en el campo de la diplomacia” (Schwarzstein: 2001, 51). Es decir, se aplicaron trabas y restricciones hacia los exiliados mientras las relaciones diplomáticas promovían y proveían de ayuda a las víctimas de guerra.
Asimismo, es importante remarcar que Rafael Alberti se insertó en la sociedad argentina cuando ya se había iniciado la Segunda Guerra Mundial. Durante esos años existían conflictos entre las elites locales, que tomaron diferentes posiciones con relación al conflicto mundial. Por un lado, se defendía la neutralidad para favorecer el comercio bilateral con Inglaterra. En tanto, los partidarios de la alianza franco-inglesa se apoyaban en una tradición presente en la sociedad argentina desde hacía más de un siglo. Por su parte, los defensores del Eje proclamaban el triunfo nazi y alertaban sobre los peligros del comunismo. En este sentido Halperín Donghi explicó que “la Segunda Guerra Mundial estaba cavando entre los integrantes de las elites nacionales abismos que previsiblemente no serían cerrados tan fácilmente” (Halperín Donghi, 2003: 195).
Las diferentes posiciones sobre la guerra europea se pueden revisar en algunas publicaciones de la época como las revistas Nosotros y Sur y también en otras expresiones que promovían el catolicismo, como Crisol, El Pampero y Criterio. Con respecto a Sur, el ingreso de los Estados Unidos a la contienda bélica en noviembre de 1941 hizo que se posicionara abiertamente del lado de los aliados. La revista de Victoria Ocampo se alineó con la causa antinazi y se pronunció en contra de la neutralidad argentina, como veremos más adelante.
Las revistas literarias argentinas
A comienzos del siglo XX Argentina atravesaba un momento de movilidad social en ascenso, que dio origen a la creación de las varias publicaciones literarias, entre las que podemos destacar la revista Nosotros (1907-1934; 1936-1943). A partir de los años veinte surgieron expresiones de estilo vanguardista, como Martín Fierro (1924-1927) y también hizo su aparición Claridad (1926-1941) —cuyos colaboradores se congregaron en el Grupo de Boedo, que promovía la literatura proletaria y se oponía a Florida, escritores que se constituyeron en torno al vanguardismo de Martín Fierro— y otras menos reconocidas como Revista de América (1924-1926) o Síntesis (1927-1930)[14].
Durante la década de 1920 dos revistas, Martín Fierro y Proa, númenes y dínamos del vanguardismo rioplatense, difundieron un nuevo espíritu generacional influido dosificadamente por el ultraísmo y el futurismo, dos mercancías de ultramar. En cambio, las revistas Claridad y La Campana de Palo, sus adversarias, eran partidarias de dar filo social a la faena literaria, política cultural que los anarquistas venían pregonando desde comienzos del siglo XX y que entonces reverdecía merced a los nubarrones bolcheviques aventados desde Rusia. El terreno estaba aprestado y los apodos barriales de Florida y Boedo designaron los polos de congregación. (Ferrer, 2014: 16)
Para el caso de las revistas latinoamericanistas del período, aparecen Contemporáneos en México, Revista de Avance en Cuba, Amauta en Perú, y las brasileñas Klaxon y Revista de Antropofagia, entre otras (Gramuglio, 2010: 198).
Además, existían expresiones vinculadas a la intelectualidad católica que alertaban sobre el riesgo del comunismo, como Criterio (1928-actualidad), cuyo director más influyente, monseñor Gustavo Franceschi, era un importante intelectual de la Iglesia católica argentina y, surgida unos años más tarde, Sol y Luna (1938-1943), dirigida por Juan Carlos Goyeneche, que publicaba durante la Guerra Civil española desde un marcado nacionalismo católico.
En el artículo “Intelectuales y revistas: razones de una práctica”, Beatriz Sarlo consideró que las revistas se presentan como una fuente privilegiada para un estudio de la historia de los intelectuales en América Latina (Sarlo, 1992: 15) ya que en sus páginas se pueden reconocer la circulación de discursos y los debates ideológicos y estéticos que suceden; además, permiten analizar el público de lectores al que se dirigen[15].
A partir de la década del treinta, en Argentina se consolidó el ambiente intelectual y en 1931 surgió la revista Sur, bajo la dirección de Victoria Ocampo. También es importante hacer mención al nacimiento de la revista de pensamiento de izquierda Contra, que si bien publicó solo cinco números en 1933[16], buscó diferenciarse del proyecto cultural de Ocampo y del grupo que se nucleaba alrededor de Sur.
El director de Contra era Raúl González Tuñón, militante del Partido Comunista y representante argentino junto a Cayetano Córdova Iturburu del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, que se realizó en Valencia en julio de 1937. Allí conoció a Rafael Alberti y a María Teresa León, y la pareja de escritores inició una amistad con Amparo Mom, la primera esposa de González Tuñón, fallecida unos meses antes de que Alberti y León arribaran a la Argentina. La publicación, además, era administrada por Bernardo Graiver, miembro del Partido Comunista Argentino.
Sin embargo, la revista central del campo literario porteño de la década del treinta era Sur, que había agrupado a escritores que venían de Martín Fierro, como Oliverio Girondo, Leopoldo Marechal, Eduardo González Lanuza y Jorge Luis Borges[17]. La idea cultural cosmopolita que pretendía Sur molestaba a González Tuñón, quien consideraba que a Victoria Ocampo no le interesaba la cultura argentina. Reproducimos un fragmento de una nota sin firma titulada “Una nacionalista” de mayo de 1933, publicada dentro de la sección “Los Sucesos, los Hombres”. “Victoria Ocampo es uno de los tantos bluff o globos de este país ligeramente agrícola y rastacuero. No ha hecho nada por la cultura argentina. No ha escrito una sola página perdurable” (Contra, 1933: 2).
Como lo explicó Sylvia Saítta, la estrategia de desprestigio por parte de González Tuñón se proponía atribuirle a Contra una continuidad con la estética vanguardista que se había iniciado con Martin Fierro, pero con las nuevas gramáticas que aparecían en la prensa gráfica moderna:
Es en Crítica, entonces, donde González Tuñón y Córdova Iturburu inician el debate sobre el rol del escritor revolucionario; es en Crítica donde se diseña el “nosotros” político y literario que identificará a Contra; y es en Crítica donde González Tuñón se apropia de la tradición de la revista Martín Fierro al disputarle (y negarle) a Sur esa herencia. En agosto de 1932 afirma —refiriéndose a Sur, pero sin nombrarla— que “no existe en Buenos Aires una revista literaria comparable siquiera a las extintas Martín Fierro y Proa”; y en enero de 1933, ya cercana la fecha de la aparición de Contra, reitera que “la revista Sur —que aparece en el barrio Norte— no es expresión auténtica del moderno movimiento literario argentino. Esa expresión fue Martín Fierro. Y lo será pronto”. (Saítta, 2005: 8)
Las expresiones literarias que surgieron durante la década del treinta y las tensiones históricas que ya existían en la Argentina para ese entonces permitieron reconocer un escenario de enfrentamientos entre los escritores argentinos antes de la llegada del conjunto de los exiliados españoles[18]. Como venimos describiendo, la Argentina contaba con un importante universo de revistas culturales, a las que se les sumaban las publicaciones peninsulares de los españoles que ya residían en el país, y también las iniciadas por los desterrados que arribaron a la Argentina. En los próximos capítulos desarrollaremos la participación de Rafael Alberti en algunas de ellas, como la publicación periódica España Republicana y la revista Sur.
- Ver Aznar Soler, [1993] 2007. ↵
- bit.ly/44ZhqBC↵
- En abril de 2014, El Heraldo de Madrid volvió a las calles de la ciudad capital. Para un análisis específico del tema, ver Heraldo de Madrid: Tinta catalana para la II República (Sevilla, Renacimiento, 2013) de Gil Toll.↵
- Para un estudio específico del tema ver Vicente Miguel Carceller, el éxito trágico del editor de La Traca, (Valencia, El Nadir, 2015) de Antonio Laguna Platero.↵
- Para un análisis de la figura de Maeztu en el periódico ver Cartas desde Europa de Ramiro de Maeztu en el diario La Prensa. Transferencias culturales, viajes e imágenes de la Argentina (1905-1936) (tesis doctoral, Universidad Torcuato Di Tella, 2016), de Ángeles Castro Montero.↵
- Ver Españoles en el Diario La Prensa (Buenos Aires, Bergerac / Fundación Ortega y Gasset, 2012, Castro Montero compiladora).↵
- María de Maeztu fue fundadora en España de la Residencia de Señoritas, y luego del Lyceum Club Femenino, en donde se llevaron a cabo conferencias a cargo de mujeres durante la dictadura de Primo de Rivera. Se exilió en la Argentina durante los años de Guerra Civil.↵
- Referencia obtenida de Silvina Montenegro (2012: 180).↵
- Referencia obtenida de Silvina Montenegro (2012: 181).↵
- “Considérase inminente la entrada de los nacionalistas españoles en Madrid”, La Prensa, 7 de noviembre de 1936, p. 7.↵
- “Por qué estamos con España”, Crítica, 2 de septiembre de 1936. Referencia obtenida de Niall Binns (2012: 232)↵
- Ibíd.↵
- Reeditado en 2020 por Editorial Omnívora de Buenos Aires.↵
- Entre las revistas socialistas de la época también podemos nombrar a La Campana de Palo, Los Pensadores, Izquierda, Dínamo, Extrema Izquierda, Brújula, Nervio, Tiempos Nuevos, Metrópolis, Conducta (Ferrer, 2014: 17).↵
- Por su parte, Aimer Granados (coord.) explicó en Las revistas en la historia intelectual de América Latina: redes, intelectuales, política y sociedad (Ciudad de México, UAM-Cuajimalpa, 2012) que las publicaciones periódicas permiten la conformación de redes intelectuales y se presentan como importantes escenarios de sociabilidad. También Alejandra Laera, directora de El brote de los géneros (Buenos Aires, Emecé, 2010), dedicó varios capítulos a la prensa periódica de fines del siglo XIX y a las redes de intelectuales. Se trata del tercer tomo de la Historia crítica de la literatura argentina, dirigido por Noé Jitrik.↵
- En agosto de 1933, tras la publicación del poema “Brigadas de Choque”, su director Raúl González Tuñón fue detenido y la revista se interrumpió.↵
- Ferrer, 2014: 20↵
- Además, durante la década del cuarenta aparecieron otros debates, por ejemplo, entre el realismo y la vanguardia. Para profundizar esta cuestión, ver Contaminación artística. Vanguardia concreta, comunismo y peronismo en los años 40 (2015), de Daniela Lucena. ↵







