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3 Rafael Alberti en Sur entre 1940-1945

Sur en la década del cuarenta: una revista literaria de ideología liberal progresista

La revista Sur (1931-1992) intentó convocar e interpeló desde un primer momento a un selecto público argentino, que estaba representado por una ideología liberal de tipo progresista. Los vínculos cercanos que Sur tenía con el Jockey Club de Buenos Aires, la Sociedad de Amigos del Arte, el Colegio Libre de Estudios Superiores, el periódico La Nación, y otras entidades que promovían un consumo cultural exclusivo permiten advertir esta relación con el lector de la revista. Sur era, ante todo, una revista literaria con intenciones de promover otros estándares culturales respecto de un orden cultural más amplio y más próximo a lo popular.

Su fundadora, Victoria Ocampo, frecuentaba la institución Amigos del Arte, presidida por Elena Sansinena de Elizalde, y el PEN Club (Poetas, Ensayistas y Novelistas) de la Argentina, surgido en la década del treinta y sede del congreso internacional de 1936, año en que comenzó la Guerra Civil española. Ocampo también era miembro fundadora de Acción Argentina, la organización antinazi encabezada por el ex presidente radical Marcelo T. de Alvear, a quien Sur homenajeó en el primer aniversario de su fallecimiento (edición de abril de 1943).

El primer número de Sur apareció en enero de 1931, momento en que se presentó como una revista trimestral, y su publicación se extendió, por lo general mensualmente, hasta 1992. Si bien publicó solo nueve números entre 1931 y julio de 1934 (Gramuglio, 2010: 199), el proyecto logró incorporar en sus páginas una serie de textos europeos que tuvo como protagonista a una elite intelectual de escritores que la revista se preocupó por promover. En esta etapa, Sur dio lugar a esa producción literaria con el fin de contrarrestar la degradación de la cultura provocada por la sociedad de masas: “Sur no difundió las manifestaciones locales del realismo ni las corrientes regionalistas, nativistas u otras formas más próximas a la cultura popular” (Gramuglio, 2010: 207).

El comité de colaboración estaba compuesto por un consejo extranjero y un consejo de redacción. En el primero se destacaban Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, José Ortega y Gasset, Jules Supervielle, Waldo Frank, mientras que el otro consejo lo conformaban Jorge Luis Borges, Eduardo J. Bullrich, Oliverio Girondo, Eduardo Mallea, María Rosa Oliver y Guillermo de Torre, quien ocupó la secretaría hasta 1938, luego sucedido por José Bianco.

Si bien el catálogo de Sur no tenía un gran desarrollo en este primer momento, ya que en Argentina eran más vigorosas otras tendencias intelectuales, la revista contaba con colaboradores internacionales y figuras de un núcleo intelectual porteño importante. Además, la cuestión americana y el encuentro de las Américas desde una mirada cosmopolita era una preocupación central para Sur en sus inicios. En este sentido, examinar sus índices nos permitió reconocer los debates estéticos e ideológicos que circularon en sus páginas.

A partir de julio de 1935, y tras una breve interrupción, Sur reapareció y se anunció como revista mensual, y esta nueva etapa se caracterizará por un rechazo masivo de los intelectuales hacia el fascismo. Por su parte, la incorporación de Rafael Alberti a la revista se llevó a cabo en 1940, momento en el que la figura del escritor también estaba influenciada por otros acontecimientos políticos, como el fin de la Guerra Civil española, el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y el papel del comunismo en su lucha ideológica contra el mundo occidental. Algunos de los artistas españoles que llegaban a la Argentina y que publicaron en Sur, como el propio Alberti, ya contaban con una participación en la vida política y, para su llegada al país, la escritura había sido influenciada profundamente por la experiencia del exilio.

En el primer número de Sur —verano de 1931— escribieron, entre otros, Alfonso Reyes, Jules Supervielle, Jorge Luis Borges, el referente de la Bauhaus Walter Gropius, y se publicaron unas cartas de Ricardo Güiraldes, ya fallecido para ese entonces, pero que permitieron colocarlo como otra figura importante para el proyecto cultural. Constaba de un índice que contenía artículos especiales y, hacia el final, algunas notas más marginales, pero con la presencia de importantes figuras, tales como Guillermo de Torre. Las temáticas generales de este primer número recorrían debates sobre pintura, poesía, arquitectura, música y teatro.

Victoria Ocampo inició el ejemplar con una “Carta a Waldo Frank”, en donde destacó los viajes culturales que realizó junto al escritor norteamericano y que dieron origen a la publicación: “Esta revista no será mi revista sino porque es la revista de ellos y la revista de usted. Ella será el lugar constante de nuestro encuentro” (Ocampo, 1931: 14). Reconoció que las figuras de Frank y de Ortega fueron las más importantes para este comienzo, aunque luego ambos se distanciarían del proyecto fundacional. Otra personalidad del grupo inicial que destacó la directora fue Eduardo Mallea, que para ese entonces ya era el encargado del suplemento literario de La Nación. Frank había visitado la Argentina en octubre de 1929, un año después del segundo viaje de Ortega al país, con el fin de establecer vínculos con personalidades de la elite intelectual argentina, y en ese viaje se propuso promover la fundación de un proyecto cultural que uniera a toda América. Brindó conferencias en los Amigos del Arte, y su estadía fue destacada en las revistas argentinas de la década del treinta, entre ellas Síntesis.

El norteamericano volvió a la Argentina en 1942, en pleno desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, en este caso financiado por la Oficina de Asuntos Interamericanos de Nelson Rockefeller (King, 1986: 123), y la revista Sur mencionó las conferencias que pronunció en el Colegio Libre de Estudios Superiores, entre ellas “La guerra que está debajo de la guerra” y “Ustedes y nosotros” (edición de Sur de mayo de 1942). La visita de Frank también fue referenciada en España Republicana. Consideraban al escritor como “un grande, fervoroso amigo de España” (España Republicana, 1942c: 1) y publicaron el homenaje que le realizó la Sociedad Argentina de Escritores (SADE), presidida en ese entonces por Eduardo Mallea, y que contó con la presencia de la directora de Sur, el ex presidente de la SADE Ezequiel Martínez Estrada y otras figuras importantes (número de España Republicana del 9 de mayo de 1942).

El estudio de los ejemplares de Sur aparecidos de 1940 a 1945 permiten advertir la presencia de una extensa lista de colaboradores nacionales y extranjeros. Por ejemplo, franceses como Jean Paul Sartre, André Malraux, Paul Valéry —homenajeado en octubre de 1945—, Roger Caillois —se alejó en julio de 1945—, o Jacques Maritain; españoles como Rafael Alberti, Ricardo Baeza, Rafael Dieste, María Zambrano, María de Maeztu, Rosa Chacel, Jorge Guillén, Dámaso Alonso, Lorenzo Varela, Francisco Ayala, Ramón Gómez de la Serna, Juan Ramón Jiménez, José Moreno Villa o José Ferrater; y otras figuras como el mexicano Octavio Paz, el brasileño Jorge Amado, el argentino Raimundo Lida, la poeta chilena Gabriela Mistral, el escritor británico Aldous Huxley, o la británica Virginia Woolf, a quien se le dedica un número tras su fallecimiento (edición de abril de 1941).

Por su parte, entre los colaboradores nacionales de esos años destacamos a Ezequiel Martínez Estrada, Enrique Anderson Imbert, Bernardo Canal Feijóo, Adolfo Bioy Casares, Julio Payró, Silvina Ocampo, Ana M. Berry, Juan Wilcock, Patricio Cantos, entre otros. Sin embargo, una de las figuras que comenzaba a ser central —aunque aún para un grupo reducido— era Jorge Luis Borges. Por ejemplo, en julio de 1942, Sur publicó un “Desagravio a Borges”, como muestra de apoyo al escritor argentino porque no le otorgaron el Premio Nacional de Literatura por El jardín de senderos que se bifurcan (1941). Escribieron una veintena de autores, entre ellos Eduardo Mallea, Pedro Henríquez Ureña, Amado Alonso, Eduardo González Lanuza, Adolfo Bioy Casares, José Bianco y Ernesto Sábato.

El índice de Sur durante la primera parte de la década del cuarenta continuaba jerarquizado por artículos principales y por un apartado de “Notas”. Esta última sección contenía algunas crónicas y comentarios sobre literatura general. Además, se presentaban los libros de escritores de Europa y de América con el fin de promover las producciones literarias entre ambos continentes. Aparecía de manera irregular el “Calendario”, firmado ocasionalmente por Sábato, en donde también se difundían algunas publicaciones de españoles exiliados, como Nuestra España, la revista cubana promovida por “un grupo de escritores españoles desterrados de su país” (Sur, 1940a: 107), entre quienes estaban María Zambrano y Manuel Altolaguirre. En el apartado “Revistas”, que llevaba las firmas de María Victoria Prati y José Bianco, se adelantaban otros proyectos culturales.

Con respecto a las manifestaciones políticas que se difundieron en esos años, ellas estaban vinculadas a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y a la situación internacional por el rol de la Unión Soviética. Sur le dedicó tres números a la contienda y declaró su apoyo a los Aliados, como crítica a la política argentina de neutralidad: “La Guerra en América” (diciembre de 1941), luego del ataque a Pearl Harbor; el número por la liberación de París[1] (octubre de 1944); y las “Declaraciones sobre la paz” (julio de 1945), donde figura una poesía de Rafael Alberti.

También se divulgaron diversas “Polémicas” sobre temas vinculados a críticas de novelas, debates filológicos y discusiones literarias. Tuvieron como protagonistas a Patricio Canto con Waldo Frank (marzo de 1941), a Amado Alonso con Jorge Luis Borges (febrero de 1942) y a Roger Callois con Borges, en mayo de 1942.

Sin embargo, las discusiones más interesantes que surgieron durante esos años fueron los “Debates sobre temas sociológicos”. Si bien se publicaban en la revista con frecuencia variada, estas reflexiones permiten reconocer los encuentros que hacía el grupo de escritores cercanos a la directora de Sur. De esta manera, la quinta de Victoria Ocampo ubicada en la localidad bonaerense de San Isidro se convirtió en un importante escenario para el encuentro y la sociabilidad de estos autores. Del mismo modo, la redacción de Sur funcionó como sede del grupo selecto.

Los intelectuales comenzaron a reunirse hacia fines de 1939 con el objetivo de discutir sobre diferentes problemáticas que abarcaban a la sociedad moderna y para pronunciarse sobre la Segunda Guerra Mundial, como podemos advertir en la siguiente declaración: “Frente a la guerra europea, el grupo juzgó necesario tomar posición” (Sur, 1940c: 92). Participaba una extensa lista de figuras nacionales y extranjeras, como José Bianco, Jorge Luis Borges, Pedro Henríquez Ureña. Eduardo Mallea, Roger Callois, Denis Rougemont, María Rosa Oliver, Bernardo Canal Feijóo, Patricio Canto y los españoles Guillermo de Torre, Francisco Ayala, María de Maeztu, Amado Alonso, entre otros.

La revista convocaba a sus “intelectuales representativos” (Sur, 1940d: 86) y la ausencia de Rafael Alberti en estos mítines permitió vincular al autor de La arboleda perdida a otras redes hispánicas más cercanas a su pensamiento político y literario.

Alberti, exiliado en la Argentina junto con su mujer, María Teresa León, había constituido en Castelar su “arboleda perdida”, punto de reunión ineludible de artistas, periodistas, y escritores españoles, a los que se sumaban a veces algunos argentinos. También en el departamento de avenida Las Heras, frente al Botánico, albergaba tertulias domingueras. (Schwarzstein, 2001: 160)

El poeta había participado en las actividades culturales junto a los intelectuales soviéticos y la experiencia comunista de Alberti incomodaba a los escritores de Sur. Por ejemplo, esto se pudo advertir en el número en que se anunciaron los debates (abril de 1940), en el documento dirigido “A los comunistas” que llegaban exiliados de Europa: “Si se comportan como agentes engañados o conscientes de un imperialismo extranjero, que toma, para seducirlos, la cómoda máscara de la revolución social, entonces cabe aclarar que no son otra cosa que esclavos y que el suelo argentino no se hizo para ellos” (Sur, 1940b: 91).

Los encuentros sucedieron mayoritariamente entre 1940 y 1941 y buscaban promover las discusiones que interesaban a una parte del campo intelectual de aquel entonces. Se debatía sobre política, religión, el rol de la nueva sociedad frente al Estado totalitario, o la responsabilidad de los intelectuales en el contexto de crisis cultural: “Con el propósito de ampliar el contenido de sus investigaciones, debates y crónicas, revista SUR se dirigió a un grupo de intelectuales calificados del país para pedirles que formularan algunos de los temas que en los órdenes sociológico, político y literario, les pareciera revestir más urgente interés dentro de lo nacional y lo universal” (Sur, 1941a: 85).

Entre estos temas, nombramos algunos, como el debate a favor de la defensa de la República francesa por la ocupación nazi (agosto de 1940); las conversaciones sobre el texto “Los irresponsables” de Archibald MacLeish, en agosto y septiembre de 1941, frente al planteo de la crisis de los escritores norteamericanos (King, 1986; Gramuglio, 2004; Macciuci, 2011); o la preocupación por las diferencias que existían entre las Américas (“Relaciones interamericanas”, septiembre de 1940; “¿Tienen las Américas una historia común?”, noviembre de 1941). Hacia fines de 1942 volvieron a aparecer las discusiones, con reflexiones sobre el pensamiento de Mahatma Gandhi.

Por último, es importante remarcar que, durante la primera etapa de la década del cuarenta, la revista divulgó algunos números sobre la literatura extranjera, como el “Homenaje al Brasil” (septiembre de 1942), con escritos de Jorge Amado, Manuel Bandeira, Vinícius de Moraes, entre otros, y una antología de la poesía brasileña contemporánea, y el ejemplar dedicado a la poesía de los Estados Unidos (marzo-abril de 1944). También destacamos las ediciones en conmemoración de escritores que habían fallecido recientemente, como Jean Giraudoux (mayo de 1944), o Paul Valéry (octubre de 1945), ambos franceses, esta última con una traducción de Rafael Alberti. Con respecto a la traducción, es preciso mencionar que se trató de un proyecto importante para Sur ya que de este modo se propuso incorporar la literatura extranjera y ampliar los circuitos literarios, cuestión que retomaremos más adelante.

Poesía lírica y testimonial

Con el final de la Guerra Civil, Rafael Alberti se trasladó a Elda, provincia de Alicante, en donde funcionó la última capital de la República Española. Luego de permanecer allí, Rafael Alberti y María Teresa León pasaron diez meses en París, y el 10 de febrero de 1940 partieron hacia la Argentina desde el puerto de Marsella, en el barco Mendoza (Pochat, 1990: 26). Alberti arribó al puerto de Buenos Aires en marzo de ese año —aunque su destino final era Chile, por la invitación de su amigo Pablo Neruda— y fue recibido por un grupo de intelectuales y amigos, entre los que se encontraban María Carmen Aráoz Alfaro, Carmen de la Serna, Cayetano Córdova Iturburu, Raúl González Tuñón, Arturo Mom y José Portogalo. También estuvo presente el editor Gonzalo Losada, figura importante en la carrera artística y literaria de Alberti.

Si bien México se convirtió en el país de América que más exiliados albergó[2], al que llegaron aproximadamente 20 mil españoles, se estima que Argentina recibió cerca de 2500, entre los que se encontraban intelectuales, hombres de letras, periodistas y artistas.

Por un lado, podemos afirmar que Rafael Alberti inauguró en la Argentina una nueva etapa en su escritura (Macciuci, 2006: 308-135) que clausuraba el pasado revolucionario y vanguardista que había adquirido en las revistas de la década del treinta, como El Mono Azul, Octubre y Hora de España. Esta nueva forma que tomó la creación de Alberti en el exilio le permitió publicar algunos artículos para la revista Sur:

Sin duda, el giro estético realizado por Alberti, al comienzo del exilio argentino favorece su presencia en las páginas de Sur, no sólo porque abandona su registro más señaladamente combativo, sino también porque sus actividades y vínculos en Buenos Aires tienden al fortalecimiento de sus lazos con la institución literaria más tradicional y a la reconciliación con la esfera autónoma del arte. (Macciuci, 2011: 165)

Sin embargo, la nostalgia de su tierra también admitió la creación de un registro lírico y testimonial construido por algunas contrafiguras que remitían a la Guerra Civil española, y al totalitarismo en general. En ese sentido, reconocimos la alusión a algunos animales como el toro que sufre, la paloma que vuela equivocadamente o el caballo que no puede galopar. Además, aparecían figuras como el agua y el mar; motivos como los álamos y los sauces, y otros “elementos compensadores” (García Montero, 1990: 182) que dan cuenta de una inevitable vinculación con la tragedia española, la diáspora y el destierro.

Para el período 1940-1945[3] Alberti publicó quince textos en la revista Sur, de los cuales siete son poesías. El resto de sus publicaciones son críticas literarias, traducciones y otros relatos. Asimismo, recibió cinco menciones sobre su obra literaria y artística. En 1940 registramos un artículo autobiográfico, algunos poemas y un análisis sobre un libro de Federico García Lorca. Durante 1941, año en el que publicó Entre el clavel y la espada, Eduardo Gómez Lanuza comentó el poemario y Alberti envió una traducción del francés en tres entregas. En 1942 divulgó una nota sobre un trabajo de Arturo Serrano Plaja y recibió una crítica de sus memorias, realizada por Guillermo de Torre. La participación durante 1943 y 1944 incluyó tres poemas, otro artículo literario y un análisis de su obra de teatro El Adefesio, por Samuel Eichelbaum. Alberti volvió a publicar algunas prosas durante 1945. Además, ese año César Fernández Moreno se refirió a su selección de Églogas y fábulas castellanas.

En efecto, el listado completo de los textos que publicó en Sur entre 1940-1945 es el siguiente:

  • “Sonetos, canciones”. Enero de 1940.
  • “La arboleda perdida”. Abril de 1940.
  • “De los álamos y los sauces”. Septiembre de 1940.
  • “García Lorca: Poeta en Nueva York”. Diciembre de 1940.
  • “Farsa del licenciado Pathelin”. Parte 1. Marzo de 1941.
  • “Farsa del licenciado Pathelin”. Parte 2. Abril de 1941.
  • “Farsa del licenciado Pathelin”. Parte 3. Mayo de 1941.
  • “Arturo Serrano Plaja: Del cielo y del escombro”. Julio de 1942.
  • “Arión”. Abril de 1943.
  • “Imagen sucesiva de Antonio Machado”. Octubre de 1943.
  • “Dos poemas”. Noviembre de 1944.
  • “Goya”. Mayo de 1945.
  • “La Paz”. Julio de 1945.
  • “Picasso”. Agosto de 1945.
  • “Traducción de dos poemas de Charmes”. Octubre de 1945.

Además, las críticas que aparecieron sobre la producción literaria y artística de Alberti durante 1940-1945 son las siguientes:

  • “Entre el clavel y la espada”. Colaboración de Eduardo Gómez Lanuza. Noviembre de 1941.
  • “La arboleda perdida”; “¡Eh, los toros!”. Colaboración de Guillermo de Torre. Octubre de 1942.
  • Comentario sobre la obra de teatro El Adefesio. Colaboración de Samuel Eichelbaum. Julio de 1944.
  • “Églogas y fábulas castellanas”. Colaboración de César Fernández Moreno. Noviembre de 1945.

Teniendo en cuenta este despliegue de artículos, entendemos que la poesía de Alberti era la forma de escritura que más se acercaba al proyecto cultural de Sur. Por ejemplo, Guillermo de Torre, que había sido secretario de la revista, en su crítica de La arboleda perdida (1942) reveló la preferencia poética por encima del registro autobiográfico: “No implica esto rebajar la calidad de su prosa, pero sí reconocer que el autor de Entre el clavel y la espada, aun utilizando ahora otro instrumento, sigue siendo esencialmente un poeta y, por consiguiente, lo sensorial priva en él sobre cualquier asomo discursivo” (De Torre, 1942: 112). Este punto será nuevamente aludido en el último capítulo.

Sin embargo, el grupo también mostraba una relación ambigua con el nuevo registro poético de Alberti, ya que elogiaban la creación lírica pero no apreciaban su visión comprometida con la Guerra Civil (King, 1989: 133). En efecto, el poeta logró publicar en Sur algunos versos que aludían a la tragedia española, pero lo hizo sin el favoritismo que apareció en España Republicana.

En este sentido, es importante resaltar que otro de los integrantes del Grupo Sur era Jorge Luis Borges, quien al momento de la llegada de Alberti al país trabajaba como bibliotecario municipal y, si bien ya era alabado por críticos y amigos, aún no era un escritor consagrado[4]. En este caso, Borges no sólo rechazaba su registro combativo, sino “toda la poesía de Alberti” (Millet, 2002: 86), como contó el escritor argentino Gabriel Millet en su libro El último Borges (Biblioteca Nueva, 2004) y más precisamente, en el artículo “¿Borges versus Alberti?” publicado dos años antes en la revista Quimera[5].

Además, el rechazo de Borges también incluía la desestimación de la poesía de Federico García Lorca y Antonio Machado, dos figuras muy importantes para Rafael Alberti, a quienes les dedicó varios artículos tanto en Sur como en España Republicana.

Para Alberti, el asesinato de Lorca había sido una desgracia, una pérdida irreparable para la generación de los poetas españoles que se formaron durante la Segunda República. En cambio, Borges calificó de heroica su muerte justificando que enaltecía al artista por encima de su obra. Según él, Lorca era “un poeta menor y pintoresco, una suerte de andaluz profesional” (citado por Millet, 2002: 97). Sobre Antonio Machado, que como Lorca y Alberti también era andaluz, una zona de gran concentración para la comunidad romaní, Borges consideró que de igual forma el exilio le había facilitado escribir varios poemas, detalló Millet (2002: 97).

El artículo de Millet asimismo reveló que en una conferencia de Borges en Roma durante marzo de 1981 le preguntaron qué opinaba sobre la candidatura de Rafael Alberti al Premio Cervantes de Literatura —que finalmente ganaría en 1983— y el escritor argentino dio por muerto al poeta gaditano con ironía, aludiendo que no votaría por él “porque he leído sus poemas”.

Durante la primera etapa del exilio de Alberti en el país, Borges y él no frecuentaban los mismos espacios ni tenían amigos en común, a pesar de haber compartido colaboraciones en algunas revistas de la vanguardia europea de la década del veinte, como Ultra, dirigida por de Torre. En este sentido, Nora Pasternac encontró unas declaraciones de Alberti publicadas en el diario mexicano Uno más uno en abril de 1991, en donde el poeta hizo referencia a un destrato que sentía por parte de la directora de Sur, y consideró a Borges como “inabordable”, cuestiones que no abordó en su autobiografía. En cambio, reconoció un buen vínculo con José Bianco, secretario de la revista en los años en que colaboró Alberti:

Al recordar anécdotas de sus 23 años de exilio en Argentina, el poeta español […] dijo que no tuvo relación alguna con el escritor Jorge Luis Borges “porque él tenía sus ideas personales y no era amigo de mucha gente, era inabordable” […] Alberti agradeció a José Bianco, el fallecido novelista y secretario de la desaparecida revista literaria Sur, por haber publicado sus notas “de vez en cuando y una obra de teatro en tres entregas”. Alberti afirmó que “tenía diferencias políticas con la directora de Sur, Victoria Ocampo […] quien en realidad nos despreciaba”. (Pasternac, 2003: 11)

Como decíamos anteriormente, el nuevo registro que Alberti inauguró en la Argentina también estuvo atravesado por alusiones a la Guerra Civil, que le valieron algunas críticas por parte de los escritores de Sur. Por ejemplo, Eduardo González Lanuza[6] comentó su libro Entre el clavel y la espada en noviembre de 1941, y cuestionó los impulsos sentimentalistas de angustia, padecimiento y conmoción que expresaba Alberti en ese poemario. Para el crítico, la herida por la guerra y otras manifestaciones de nostalgia se convirtieron en “las emboscadas más peligrosas para su temperamento” (González Lanuza, 1941: 73).

En efecto, lo que González Lanuza cuestionaba era la sensibilidad que había adquirido el poeta, atravesado por la experiencia del exilio: “Así, cuando la Poesía se siente herida —en este caso por la Espada—, para defenderse del virus dramático o conceptual que amenaza perderla, improvisa sus antitoxinas salvadoras, llenas de resonancias vitales” (González Lanuza, 1941: 73).

O, tal como reconoció Alberti en el “Soneto Corporal” (noviembre de 1944), las sensaciones del exiliado “doblándose y muriendo largamente”:

pues lo demás, ¡oh cuerpos desvelados!,

son fulgores que al alba se perdieron

en un súbito arder desesperados. (Alberti, 1944: 9)

Sin embargo, a diferencia de Borges, González Lanuza celebró algunos pasajes de la poesía albertiana, como los de “La Paloma” o, más adelante, sus versos sobre la pintura, la vocación inicial de Alberti. Esta preferencia se pudo advertir en el “Homenaje a Rafael Alberti” que el argentino publicó en el número bimestral de Sur de marzo-abril de 1963. Si bien volvió a mencionar que el español llegó a obsesionarse con el exilio, celebró las poesías sobre la pintura: “No es aquí el añorante ni el desterrado que sueña con el regreso, o lo es al menos en grado mínimo, porque el vasto mundo de la pintura es justamente el suyo, más allá de toda alternativa política” (González Lanuza, 1963: 56).

En España Republicana también se divulgaron críticas literarias sobre Entre el clavel y la espada y otras producciones de Alberti, pero aquí sí se aprobaban las declamaciones sentimentales sobre la patria española. Volveremos sobre este punto en el último capítulo.

Figuras que compensan la tragedia española

Como venimos describiendo, la escritura de Rafael Alberti durante estos años se inspiró en la experiencia de la guerra, una situación traumática que se expresó con nostalgia y con el deseo de regresar a España. Estos poemas combinaron un registro lírico con algunas figuras vinculadas a la naturaleza en línea testimonial. Los elementos que matizaban la tragedia española se expresaron en animales como el toro, la paloma, el caballo; arboledas, álamos y sauces, y otros símbolos como el agua, el mar, la pintura o el destierro.

La primera colaboración de Alberti para Sur la realizó desde Francia durante enero de 1940 y se tituló “Sonetos, canciones”. El poeta permaneció casi un año en París, alojado en una casa de Pablo Neruda y Delia del Carril y trabajó junto a María Teresa León en París-Mondial, una de las radios que se escuchaban en Latinoamérica.

Entre las canciones que publicó en la estancia parisina, como aparecen denominadas en el texto de Sur, surgió por primera vez “La Paloma” que tomó un vuelo equivocado, y “por ir al norte fue al sur”. (Alberti, 1940a: 13). En este sentido, podemos interpretar que el norte representaba la defensa republicana ante la invasión fascista, pero también la huida hacia Francia, desde donde debió escapar el ejército republicano tras la derrota.

Es importante mencionar que este texto poético ha sido motivo de diferentes interpretaciones, aunque la gran mayoría coincide en afirmar que expresa un sentimiento de desorientación, propio del exiliado que deambula por el mundo sin un lugar fijo de residencia. Al respecto, explicó Marina Casado:

Para algunos críticos, como Marina Mayoral, la paloma representa al propio poeta en su búsqueda infructuosa de un hogar, o del amor. José Manuel López de Abiada traslada el yo lírico a la segunda persona a la que se dirigen los versos, esa que acaba dormida en la cumbre de una rama, mientras que la paloma sería “símbolo de la paz, la pureza, la castidad y del candor” (López de Abiada, 2004: 370), esa paz equivocada en la Europa de 1939. Más que una interpretación puramente política, el poema parece sugerir una sensación producida por el exilio, por la separación de la patria natal: el poeta, como la paloma, arrancado de sus raíces se encuentra privado de su instinto, perdido, desorientado, a medio camino entre su presente y su pasado; la segunda persona podría representar esa España perdida a la que ama, inaccesible ya (Casado, 2016: 187).

En efecto, la paloma se trata de una figura clave, quizá la más conocida del poeta, que fue creada desde el exilio.

En otra de las canciones publicadas en ese primer artículo para Sur apareció la mención a la figura del caballo, con reminiscencias al mar gaditano, su niñez, y a momentos junto a su madre. En el poema, Alberti repetía insistentemente que “Quería ser caballo”, haciendo alusión a un animal que cabalgaba en libertad por la orilla del mar de su infancia. El caballo se le presentó como una figura que simboliza la derrota y la pérdida de algunos valores como la libertad.

Por su parte, en la última canción hizo referencia al toro, como también lo hará en España Republicana en junio de 1941, cuando representó a su patria desde la forma del toro, “de piel de toro abierto” (Alberti, 1941e: 6-7). Como el caballo, el toro nació y creció en España, y acostumbrado a los ríos y a los bosques, cayó muerto o resistió, pero ya no pudo ser libre.

El mar también admitía un vínculo con la patria perdida, desde la nostalgia y los recuerdos que despertaba la distancia[7]. El autor de Marinero en tierra (1924) renovó los versos sobre el agua iniciados en ese libro y los resignificó durante el exilio. El mar gaditano de su infancia, aquel que lo había conectado primero con la pintura y luego con los grandes maestros de la poesía, como Garcilaso, Góngora, Pedro Espinosa, y también con Juan Ramón Jiménez y Machado, adquirió entonces significaciones vinculadas con la Guerra Civil.

Por ejemplo, el poema “Arión (versos sobre el mar)”, publicado en Sur en abril de 1943, representó un diálogo con el mar para romper el silencio y recordar a los muertos de la guerra. Citamos dos estrofas de ese poema:

Pleamar silenciosa de mis muertos.

Ellos, quizás, los que os están limando,

rubias rocas distantes. (Alberti, 1943a: 50)

Hoy, por ejemplo, mar, nos convendría,

tanto a ti como a mí,

hablar de nuestros muertos. (Alberti, 1943a: 53)

A diferencia de España Republicana, en donde el agua se presentó como un paisaje de inspiración para la poesía popular, la figura del mar que divulgó en Sur se entremezcló con los recuerdos de su infancia, la distancia de España y los sentimientos de nostalgia:

No me dijiste, mar, mar gaditana,

mar del colegio, mar de los tejados,

que en otras playas tuyas tan distantes,

iba a llorar, vedada mar, por ti,

mar del colegio, mar de los tejados. (Alberti, 1943a: 51)

Estos poemas publicados en la revista argentina formarán parte de su libro Pleamar (Buenos Aires, Losada, 1944), que agrupó versos de 1942 y 1943. Pleamar fue asimismo la editorial fundada en 1941 por Manuel Hurtado de Mendoza, en donde se destacaron algunas colecciones literarias dirigidas por Alberti. En este sentido, es importante mencionar que la faceta editorial de Alberti también fue referenciada en Sur. Encontramos un comentario de César Fernández Moreno de noviembre de 1945 sobre Églogas y fábulas castellanas, la selección de Alberti de literatura castellana en dos volúmenes, desde el siglo XVI hasta el XIX: “Es preciso, pues, concentrar el elogio final en el buen gusto (en su sentido más literario) de Rafael Alberti, que dirige la colección Mirto a que pertenecen estos volúmenes, y de la editorial Pleamar, y agradecer estos dos tomos que no desentonarían en un jardín renacentista, entre las manos cuidadas de un cortegiano” (Fernández Moreno, 1945: 71).

Por último, en el poema “Alegoría de la Primavera” (noviembre de 1944), dedicado al pintor veronés Paolo Caliari, la distancia con Europa se expresó desde el recuerdo a los ríos y a los Milicianos de la V Columna que lucharon por defender a España:

¡Ven tú, Amor, ancho Amor, ansioso río!

¡Ven tú, dura, infinita,

clara columna, Gracia corpulenta,

ven a jugar conmigo,

ven ya a gritar, luchar, morir conmigo,

en la despeinadora, naciente y plena luna saludable! (Alberti, 1944: 8)

Esta nueva etapa en la poesía de Alberti nos habilitó a reconocer algunas figuras que ya estaban presentes en su registro anterior, pero que fueron resignificadas por el proceso del exilio. Las alusiones a la naturaleza se le presentaron como nuevos elementos para referirse, desde la lírica, a la Guerra Civil española. En la siguiente sección nos referiremos al destierro, una nueva figura que apareció en sus textos, junto a otros símbolos paisajísticos como las arboledas, los álamos y los sauces.

Alberti y el destierro

La noción del escritor desterrado también la reconocimos en los artículos que Alberti envió a Sur. El miedo a morir, la soledad, el “pensamiento belicoso” (Alberti, 1940a: 11), fueron algunas de las sensaciones que describió el poeta en estos textos, como se advirtió en el siguiente verso de enero de 1940:

Y aunque la muerte gane la partida.

todo es un campo alegre de batalla. (Alberti, 1940a: 11)

La diáspora se transformó en una experiencia traumática que necesitaba ser relatada. Para referirse al desterrado, Rafael Alberti fue mencionando a escritores españoles que tuvieron experiencias de exilio, o que se encontraron con la muerte. Aparecieron alusiones a la huida y posterior fallecimiento de Antonio Machado, al asesinato de Federico García Lorca, y al destierro en América de Arturo Serrano Plaja.

Como se viene describiendo, Machado fue uno de los grandes maestros para Rafael Alberti y el recuerdo al escritor sevillano estuvo muy presente en los textos que escribió cuando estuvo escondido en la localidad cordobesa de Villa del Totoral, desde donde colaboró tanto para Sur como para España Republicana. Se hospedaba en la casa de su amigo Rodolfo Aráoz Alfaro, apoderado en ese entonces del Partido Comunista Argentino, a la espera de la documentación que le permitiera permanecer en Argentina.

Puntualmente, la referencia al destierro en Machado la encontramos en dos artículos de Sur, “De los álamos y los sauces”, un poemario dedicado al sevillano y publicado en septiembre de 1940, y también en “Imagen sucesiva de Antonio Machado”, un relato divulgado en octubre de 1943. La primera parte de este último artículo ya había aparecido en España Republicana en septiembre de 1941, bajo el título de “Como conocí a Antonio Machado”, publicación en la que también le dedicó “De los Álamos en el Totoral”, del 14 de marzo de 1942, ya referida.

Alberti colocó a Antonio Machado como parte del grupo de escritores que trabajó para el advenimiento de la experiencia republicana y que durante la Segunda República organizó y participó de encuentros políticos y culturales. Tras la derrota en la guerra, Machado huyó con su familia hacia Colliure, Francia, gracias a la ayuda del gobierno leal, donde permaneció hasta su muerte, lejos de su patria y en soledad, como relató Alberti en la dedicatoria del poema de 1940: “A ti, enterrado en otra tierra” (Alberti, 1940c: 13).

Descansa, desterrado

corazón, en la tierra dura que involuntaria

recibió el riego humilde de tu mejor semilla.

Sobre difuntos bosques va el campo venidero. (Alberti, 1940c: 14)

En estos versos el poeta se refería al pueblo cordobés. que estaba atravesado por una avenida de álamos y sauces, el paisaje en dos figuras que también va a recoger para hablar de la tragedia española.

Vidas que van y no vienen.

¡Ay álamos de la muerte! (Alberti, 1940c: 8)

En este sentido, los sucesos de la guerra se entremezclaban con los árboles de la quinta cordobesa. El álamo cordobés aparecía “desnudo, desenvainado” (Alberti, 1940c: 10), indefenso, como los soldados que murieron luchando por defender a España. El autor se amparó en estos árboles para pensar sobre la vida, la muerte, la soledad, el duelo y el pesar del recuerdo de los amigos que cayeron en batalla.

También encontró reflexiones de angustia en los sauces cordobeses. Al estar caídas, las hojas de estos árboles dan la impresión de tristeza y depresión, similares a las sensaciones de soledad que el poeta experimentó durante esos meses de aislamiento. Los sauces estaban cargados por “hojas de sangre” (Alberti, 1940c: 8) de los soldados muertos y Alberti se inspiró en las plantas para contar la tragedia y descargar el dolor:

Dejadme llorar a mares,

largamente como los sauces. (Alberti, 1940c: 7)

El segundo artículo en el que evoca al escritor sevillano es un relato de octubre de 1943 ordenado en cuatro partes. En la primera, contó que conoció a Machado en 1924, cuando el joven poeta se presentó al Premio Nacional de Literatura, con un jurado compuesto por Machado, Gabriel Miró, Menéndez Pidal y Moreno Villa. Alberti terminaría logrando el primer puesto con su libro Mar y tierra, que luego se publicó como Marinero en tierra. Según Alberti, Machado le dejó un mensaje muy alentador sobre su trabajo: “Es, a mi juicio, el mejor libro de poesías presentado” (Alberti, 1943b: 9).

Luego de un tiempo se cruzaron nuevamente, y en ese reencuentro Machado volvió a reconocerle su admiración por el libro, y le entregó una nota que Alberti conservó a pesar de la guerra: “¡Con qué alegría y estremecimiento leí y releí aquel hallazgo inesperado! Todavía lo conservo en la primera página de un ejemplar viejísimo de mi ‘Marinero en tierra’, lo único que por casualidad salvé conmigo de la guerra española” (Alberti, 1943b: 9).

La segunda parte de este artículo era una escritura inédita ya que la anterior había sido divulgada en España Republicana durante 1941. En este segmento contó que volvió a cruzarse con Machado en el Café Español, “un viejo café siglo XIX, que había frente a un costado del Teatro Real, de Madrid, cerca de la Plaza de Oriente” (Alberti, 1943b: 11), en donde conversaron sobre literatura y conoció al círculo de amistades del consagrado poeta.

Aquí se refirió al papel que tuvieron las milicias del V Regimiento para proteger a los intelectuales y salvar la cultura de España. “Se luchaba ya en las calles de Madrid y no queríamos —pues todo podía esperarse de ellos— exponerlo a la misma suerte de Federico” (Alberti, 1943b: 13), refiriéndose a García Lorca. En este sentido, aseguró que cuando el bloque rebelde avanzó sobre Madrid, el ejército republicano le solicitó a Machado abandonar la capital:

En los días grandes y heroicos de noviembre, el glorioso 5° Regimiento, flor de nuestras milicias populares, se ufanó en salvar la cultura viva de España, invitando a los hombres leales que la representaban a ser evacuados de Madrid. A la Alianza de Intelectuales se le encomendó, entre otras, la visita a Antonio Machado para comunicarle la invitación. Y una mañana bombardeada de otoño, el poeta León Felipe y yo nos presentamos en su casa. (Alberti, 1943b: 12)

Si bien Machado se resistía a marchar, luego aceptó escapar junto a su familia y se dirigió a Valencia con la protección del gobierno republicano, para luego partir hacia Francia. En sus memorias, Alberti contó que a la despedida en Madrid asistieron investigadores, profesores, pintores y algunos oficiales del ejército popular, como los comandantes Juan “Modesto” Guilloto y Enrique Líster.

Por último, en el apartado final de este largo artículo para Sur volvió a hacer mención a la figura del destierro. Para Alberti, fue injusto que Machado haya tenido que huir de España y morir en el exilio, “allí, en otra tierra, y no en la suya”:

…Y no pudo mirarla más, pues el poeta era ya una elegía, casi un recuerdo de sí mismo, cuando allá, solo, en Colliure, un pueblecillo cualquiera de Francia, cercano al mar, vino la muerte a tocarle, al borde de su arreado pueblo heroico, como a un soldado más, lo que real y humildemente llegó a ser. (Alberti: 1943b: 16)

Con respecto a Federico García Lorca, asesinado en agosto de 1936, en Sur se publicó un comentario de Alberti sobre el libro Poeta en Nueva York, el poemario escrito por Lorca entre 1929 y 1930 desde Nueva York y editado durante 1940 por la Editorial Séneca. Este libro había inaugurado una nueva etapa en la poesía durante la década del treinta, inspirada en las emociones del artista: “Libro éste muy de 1929-1930, cuando algunos poetas españoles reaccionamos violentamente contra el abuso de lo popular en manos de los ‘imitamonos’ de siempre” (Alberti, 1940d: 148).

Alberti comparó algunas emociones que experimentó el granadino con las que tuvieron que atravesar los artistas en el destierro. Entre esas sensaciones reconoció la angustia, la nostalgia, la soledad casi insoportable y el miedo a morir, que para el caso de Lorca se trató de un presagio sobre su propia muerte: “La preocupación de la muerte le venía a Federico de la tierra profunda, honda, de su desgarrado sur español” (Alberti, 1940d: 149).

Por último, la figura del desterrado también apareció en Sur asociada al escritor Arturo Serrano Plaja, poeta apasionado, soldado y miliciano en la defensa republicana, y amigo de Alberti. Serrano Plaja formó parte de la fundación de la revista De Mar a Mar en diciembre de 1942 junto a otro exiliado, Lorenzo Varela, y allí Alberti también realizó algunas colaboraciones.

En julio de 1942 Sur divulgó un comentario de Alberti sobre Del cielo y el escombro, de Serrano Plaja, editado por Nuevo Romance, la empresa encabezada por Alberti, Francisco Ayala y Rafael Dieste[8] que desarrolló un catálogo entre 1942 y 1943. Alberti destacó que Serrano Plaja también sufrió el destierro y “pertenece al grupo de muchachos que la guerra de España sorprende en vías de formación, de desbrozamiento de la voz a caza de su verdadero timbre, personal sonido” (Alberti, 1942g: 89).

De esta manera, lo ubicó en continuidad con el conjunto de los escritores desterrados que extendieron su obra en otro país y que fueron marcados significativamente por la experiencia del exilio. “Seguramente la obra más importante, más ambiciosa de las publicadas hasta hoy por el grupo de jóvenes escritores españoles desterrados —Miguel Hernández anda por allá, sabe Dios dónde— al que él pertenece y del que es, por facultades y méritos anteriores indiscutibles, una de sus cabezas capitanas” (Alberti, 1942g: 90).

Para los desterrados como Serrano Plaja y Alberti, lo transitado se transformó en “ese tremendo arrastre de lo también vivido por uno” (Alberti, 1942g: 90), y el exilio se volvió inevitablemente una experiencia para la escritura, desde un estilo lírico, pero con referencias testimoniales al pasado trágico en la península.

En síntesis, la Guerra Civil dotó de un compromiso a estos autores que generaron un nuevo relato atravesado por “un profundo pozo de experiencias vitales, sobrehumanas” (Alberti, 1942g: 90), que necesitaban ser contadas para describir lo insufrible y desgarrador que era el destierro. En ese sentido se expresó Alberti:

Cuando Antonio Machado, refiriéndose a la otra guerra imperialista, a la del 14, escribía, asqueado: “No pueden brotar las ideas de los puños”, ignoraba que años después, apenas veinte, iba a provocarse una contienda aún más terrible, y en su propio país, pero de la que se podría afirmar todo lo contrario: “Sí pueden las ideas brotar de los puños”. Pues nada menos que a esos puños, que eran sólo las momentáneas palmas cerradas del pueblo español, dispuestas luego a abrirse para dar, sembradoras, luz nueva al nuevo aire; a esos puños cerrados, apretados de ideas, pertenecen también, entre otros, los de Arturo Serrano Plaja, abiertos ahora —¡ya!— para darnos, en una prosa llana, a veces desatornillada, urgente, entorpecida de ese mismo apresuramiento tan natural, tan verdadero de su hablar simple o discutir apasionado, un libro: Del cielo y del escombro. (Alberti, 1942g: 90)

Alberti y el fascismo

Como mencionamos en el capítulo anterior, otra de las palabras que apareció en el vocabulario de Alberti durante la década del treinta fue “fascismo”. Para los escritores de izquierda que se habían formado junto a los intelectuales rusos, el avance de la derecha en Europa se transformaba en una amenaza, y varios de ellos se alinearon al pensamiento de la Unión Soviética. En España, el comunismo aún era crítico del gobierno republicano. Sin embargo, el crecimiento de los sectores monárquicos y eclesiásticos, que hacía recordar a la época de la Restauración, permitió la creación, a principios de 1936, de un frente que aglutinó a republicanos, socialistas y comunistas, entre otros, y que tuvo como punto de unión el antifascismo.

Durante la Segunda Guerra Mundial, el fascismo seguía instalado en las discusiones de los círculos intelectuales argentinos, y las tensiones también se daban por el rol de la Unión Soviética y los Estados Unidos en este nuevo escenario político, y por el surgimiento del peronismo en la Argentina.

Para el caso de la revista Sur, durante los años de la contienda bélica predominó una posición antifascista que facilitó la inserción de Alberti en sus páginas. Esta postura generó el acuerdo de algunos pensadores españoles que tenían ideologías diferentes, como fue el caso de Alberti y Francisco Ayala[9]. En este escenario, hacia el final de la guerra Alberti logró incluir algunos testimonios políticos sobre el fascismo para alinearse al pensamiento demócrata. Sin embargo, la referencia al fascismo de España, prácticamente sin abordar en páginas de Sur, prevalecerá en sus poesías.

En el artículo titulado “Nuestra actitud” (septiembre de 1939), divulgado al poco tiempo de iniciarse la guerra mundial, Sur se declaró en defensa de las democracias occidentales: “Nosotros no somos neutrales. No lo éramos en agosto de 1937. Defendíamos entonces lo que seguimos defendiendo hoy. Defendíamos lo que ya corría peligro y levantábamos nuestra voz contra una política que paraliza la inteligencia y a la vez destruye los principios de la moral evangélica” (Sur, 1939: 7). Otras ediciones sobre la guerra europea y los debates intelectuales frente al nuevo mundo fueron “La guerra” (octubre de 1939), luego de la invasión nazi a Polonia; “La Guerra en América” (diciembre de 1941); un número por la liberación de París (octubre de 1944), y las “Declaraciones sobre la paz” de julio de 1945, en donde figura un poema de Alberti.

No obstante, Victoria Ocampo admitía que rechazaba tanto a los totalitarismos de derecha como a los de izquierda. Las relaciones culturales que junto a María Rosa Oliver continuaban tejiendo con los Estados Unidos en su lucha ideológica con la Unión Soviética también se proponían construir una alianza democrática liberal y antipopulista para desestimar las nuevas visiones que surgían en la Argentina. Si bien Ocampo rechazaba el modelo liberal iniciado en la década anterior a la fundación de la revista, con el surgimiento del peronismo la idea de fascismo se comenzaría a vincular con este nuevo pensamiento que cuestionaba la libertad individual y que acompañaba el crecimiento de los sectores populares.

La visión ideológica liberal fue apoyada por algunos sectores de la sociedad argentina. Durante la primera parte de la década del cuarenta las tendencias intelectuales de izquierda no formulaban críticas importantes al pensamiento de Sur y, por otro lado, el clericalismo transmitía valores tradicionales basados en lo nacional: “En los años de guerra hubo poca oposición concertada a Sur, en lo ideológico o en lo estético. Casi todos los hombres de letras estaban de acuerdo con las opiniones del liberalismo, que encontraban su expresión suprema en Sur (King, 1986: 159).

En este contexto, durante 1944 y 1945 Rafael Alberti publicó en Sur una serie de versos dedicados a la pintura, que luego formarán parte de su libro homónimo. Estos versos eran los más aceptados en la revista por ser los menos referidos a las vivencias personales del exilio. Sin embargo, a partir de las menciones a Goya, Picasso o Paolo Caliari, Alberti también conectó la pintura con la guerra, el fascismo y la paz, tan deseada para los desterrados españoles.

Por ejemplo, en “Goya”, publicado en mayo de 1945 ante la inminente derrota del Eje, el fascismo se encarnó en el demonio del franquismo que aún seguía presente en España:

Hay un diablo demente persiguiendo

a cuchillo la luz y las tinieblas. (Alberti 1945a: 23)

El fascismo había sido el principal enemigo del pueblo español y la causa antifascista había permitido la unión de los partidos de izquierda ante el advenimiento de la Guerra Civil. Sin embargo, la ilusión de la caída de Franco tras la derrota de las fuerzas nazi-fascistas se desvanecía ante la realidad española. Entonces, el exilio y la muerte continuaban en sus registros, a cinco años de haber escapado de España:

¡Huir!

Pero quedarse para ver,

Para morirse sin morir. (Alberti, 1945a: 23)

Como decíamos anteriormente, las “Declaraciones sobre la paz” se publicaron en julio de 1945 y allí escribieron entre otros Victoria Ocampo, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Rafael Alberti, Guillermo de Torre, Bernardo Canal Feijóo y Eduardo González Lanuza. Alberti alertó nuevamente sobre la presencia del fascismo en Europa, ya que en España continuaba la dictadura. La paz era un sentimiento muy esperado para los artistas desterrados y Alberti va a expresar en estos versos que la tranquilidad se transitaba de manera imperfecta, confusa e incompleta.

El poema se tituló “La paz”, y reclamó por la liberación de España del fascismo. En ese sentido, pidió que la paz llegue también para los desterrados españoles. Transcribimos el poema completo:

¿La Paz? ¡Ah, sí, la Paz! ¡La Paz dichosa!

Confuso el mar, la mano al gobernalle,

lleno el pulmón… Pero imperfecta Diosa

hasta que en mi país también estalle. (Alberti, 1945b: 11)

Por último, en el poema “Picasso” (agosto de 1945), dedicado al pintor del Guernica[10], exigió nuevamente la liberación de su patria del fascismo:

La guerra: la española.

¿Cuál será la arrancada

del toro que le parten en la cruz una pica?

(Banderillas de fuego.)

Una ola, otra ola desollada.

Guernica.

Dolor al rojo vivo.

…Y aquí el juego del arte comienza a ser un juego

explosivo. (Alberti, 1945c: 44)

Con respecto a los últimos versos, John King consideró que se trató de una declaración explícita sobre los temas políticos de España, y esto terminó provocando el alejamiento de Alberti de Sur: “El juego explosivo ya no podía quedar contenido en el ámbito del arte y, al crecer su compromiso político, Alberti iría distanciándose cada vez más de la revista” (King, 1986: 134).

En efecto, esa clara postura antifascista que Sur mantuvo durante los primeros años de guerra mundial, y que había permitido hasta cierto punto alguna comunión entre sus colaboradores, se desvaneció al consolidarse el franquismo en España, aun ante la victoria de los Aliados. Al respecto, reconoció Eduardo González Lanuza en Sur casi veinte años después: “Porque el poeta aislado que canta en un medio sin correspondencia alguna con su voz, así ésta sea negativa, tiene un desesperado estilo cuya mayor pujanza aspira a quebrar los hierros de su cárcel” (González Lanuza, 1963: 52).


  1. Anteriormente Ocampo había publicado unas cartas sobre Francia con tono nostálgico, como “Carta a Francia” de junio de 1940, o “Carta a París” de mayo de 1940.
  2. Para el caso del exilio español en México ver los estudios de las investigadoras Clara Lida y Dolores Pla Brugat.
  3. Alberti publicó en total de 24 textos entre 1940 y 1960. El resto de los artículos enviados a partir de 1946 son también en su mayoría poemas: “Zurbarán” (abril de 1946); “Tiziano” (julio de 1946); “Museo del Prado (visita en el recuerdo)”; (noviembre de 1946); “1917” (junio de 1947), “Retornos de una máquina de primavera” (octubre de 1948); “Retorno de Yehudá Haleví, El Castellano” (diciembre de 1949); “A los dos pintores y un arquitecto” (abril de 1950); “Buenos Aires en tinta china: Río; Canción de la Boca“ (octubre-diciembre de 1950); “Imagen y recuerdo de Supervielle” (septiembre-octubre 1960). Además, en junio de 1946 se publicó una reseña de libro por Eduardo González Lanuza: “A la pintura. Cantata de la línea y del color”.
  4. Ver de Diego, 2006: 108.
  5. Agradecemos a la revista Quimera y a Ediciones de Intervención Cultural de Barcelona por el envío del número (Nº 218-219, julio-agosto de 2002) para esta tesis, en donde se publicó el artículo.
  6. En sus memorias, Alberti lo recordó con afecto: “Yo siempre, de toda la vida, me suelo despertar y levantarme al alba. Ya lo dije, y hace mucho tiempo, en tercetos italianos dedicados a Eduardo González Lanuza, un gran poeta argentino, muerto no hace mucho” (Alberti, 2003: 170).
  7. Para un análisis de la poesía del exilio de Alberti y su vínculo con el mar, ver “Poesía y exilio de Alberti” de Concha Zardoya, específicamente el apartado “El mar” (1990: 168-170).
  8. Ver Gerhardt, Federico (2019). “Semblanza de Ediciones Nuevo Romance (Buenos Aires, 1941-1943)”, disponible en bit.ly/3rPwbsH Fecha de consulta: mayo de 2020.
  9. Ver Macciuci, 2011.
  10. “Este capítulo de La arboleda se me ocurrió desgajarlo de mis recuerdos de Picasso después de visitar la otra mañana su prisionero y delator Guernica en el palacio madrileño del rey Felipe IV” (Alberti, [1987] 2003: 208).


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