A lo largo del libro, nos interrogamos por el rol que puede ocupar el concepto de reconocimiento para la reflexión teórica sobre los procesos de democratización y desdemocratización, junto con la problematización y propuesta de una lectura dialéctica del concepto que esté a la altura para aquella tarea. Intentamos probar que este concepto puede ofrecer un marco interpretativo relevante si es reorientado a partir de la complejización de los obstáculos y límites internos que el fenómeno puede presentar, así como sus posibles contribuciones a los procesos de democratización de la democracia. Para cumplir este propósito, efectuamos una actualización hegeliana a través de las precauciones metodológicas propuestas por el modelo de la crítica dialéctica. A través de la negación dialéctica, la cual permitió establecer las tensiones internas e inestables del concepto en su devenir histórico, y de la mediación, cuyo despliegue exigió el trazado de una serie de planos inmanentes mediante un recorrido por cuatro autores y autoras que permiten iluminar diferentes elementos en detrimento de otros. Cabe ahora establecer una reflexión crítica de conjunto que, a modo de balance y sin borronear su heterogeneidad, establezca los puntos de contacto entre los autores y los planos tratados, así como los déficits que su entrelazamiento posibilita señalar y su aporte general para el abordaje de los procesos contemporáneos de democratización y desdemocratización.
Con este fin, procedemos en una argumentación dual. En primer lugar, diferenciamos los planos y las concepciones posibilitadas por las autoras y los autores tratados, como oportunidad para realizar un balance por intermedio del énfasis simultáneo en la heterogeneidad de sus planteos y en sus acuerdos. Ello permitirá situar específicamente el aporte de cada plano interno del concepto a la consideración general de la dialéctica del reconocimiento. Y, en segundo lugar, conceptualizamos al reconocimiento como un proceso de triple dependencia para la existencia social del sujeto o un grupo de sujetos. Luego, abordamos el aporte que esta conceptualización general del reconocimiento puede realizar a los procesos contemporáneos de democratización y desdemocratización.
La mediación de los planos del reconocimiento: una actualización hegeliana
En los tres capítulos precedentes, establecimos cuatro planos constitutivos que iluminaron un costado particular de la dialéctica general del reconocimiento. En su nivel lógico, esta dialéctica general se presenta bajo la tensión entre el reconocimiento y su negación interna, la cual, en su nivel político, se traduce como la violencia propia del reconocimiento. Así, fue necesario demostrar que el reconocimiento presenta, en diferentes modos, un límite interno que se traduce prácticamente en formas concretas e históricas de violencia. Sin embargo, el hecho de considerar el problema dialécticamente habilitó, no sólo la explicación de su límite interno, sino también los caminos de trascendencia que este límite comporta, a los fines de examinar las posibilidades que la transformación de los modos del reconocimiento construye para una democratización de la sociedad.
Ahora bien, como acentuamos previamente, la precaución metodológica sugerida por el concepto de mediación exigía el esbozo de una serie de planos y dialécticas concretas. En este sentido, cada plano y cada dialéctica concreta respondía a un interrogante o insuficiencia planteada en la anterior. Repasemos cada uno de ellos para sopesar sus tensiones y puntos de acuerdo.
En el primer capítulo, sostuvimos la articulación de los planos del inconsciente y la ideología a partir de la dialéctica del reconocimiento y el desconocimiento entablada en las teorías de Jacques Lacan y Louis Althusser. Desde el psicoanálisis de Lacan, se intentó comenzar por la formación del sujeto desde el plano inconsciente. En ese sentido, se evidenció una perspectiva que otorgue fluidez al riesgo de fijación que supone el concepto de identidad. En efecto, desde el concepto de identificación, plasmado en la dialéctica del reconocimiento y el desconocimiento, Lacan expone la inseparabilidad entre la constitución del yo y el papel central que la otredad tiene para este proceso. Esta dialéctica tomaba la forma de un proceso de reconocimiento habilitado por la fragmentación del sujeto, quien, aspirando a su unificación, se reconoce como sí-mismo al precio de desconocer la operación de constitución. La forma de esta dialéctica supone una opacidad en el sujeto, el cual no conoce de modo autoevidente sus deseos y la causa de sus acciones. La relación que se genera con otro sujeto es una relación fundamentalmente agresiva e impulsada por el dominio inherente al narcisismo, debido a la latencia de la dialéctica reconocimiento/desconocimiento en los lazos sociales del sujeto individual. En consecuencia, las identificaciones de cada sujeto son canalizadas a través del límite interno del desconocimiento y la agresividad. Sin embargo, analizamos la posibilidad de que el sujeto se desplace de la agresividad para mediar sus deseos a través del orden simbólico y entable una relación de reconocimiento. Resaltamos, en ese sentido, el papel que la cura psicoanalítica, por la relación entre saber y verdad, tiene para el descentramiento del sujeto individual, quien puede reconsiderar sus propios procesos de constitución, dando cuenta de la fragilidad propia y de la necesidad de los otros en su desenvolvimiento social. Ya desde el plano psíquico se conforma una tríada de dependencia entre el sujeto en su relación consigo, el papel constitutivo que allí tiene la relación con otros sujetos y con el Otro como orden simbólico estructurante del desarrollo subjetivo.
No obstante, el planteo lacaniano resulta insuficiente para un análisis que exceda la dimensión individual y se centre en la especificidad del reconocimiento en los lazos sociales y políticos. El argumento trazado permitió el análisis de la especificidad de la relación del sujeto consigo mismo, pero no de los marcos normativos e ideológicos extendidos en las sociedades. Por ello, y para evitar el riesgo de una absolutización de la estructura inconsciente por sobre el resto de los planos del reconocimiento, se prosiguió con una interpretación del plano ideológico con la ayuda de las reflexiones teóricas de Althusser. De esta manera, la dialéctica del reconocimiento/desconocimiento se ensancha y adquiere otro sentido. Es que la conformación y existencia del sujeto depende también del trasfondo represivo de los aparatos de Estado, los cuales, mientras otorgan una identificación determinada, exigen represivamente el reconocimiento del sujeto en ella. Esta operación de reconocimiento supone, también, el desconocimiento de las relaciones de producción dominantes de una sociedad dada. Asimismo, se planteó una interpretación compleja del argumento althusseriano que sostiene la primacía del aspecto represivo. Es decir, el argumento althusseriano puede ser interpretado como brindando una plataforma materialista para el análisis de la represión entrañada en las interpelaciones, por su forma policial, pero también en las razones que inevitablemente deberá incluir para lograr efectivamente la interpelación de determinados sujetos. Aquí, la centralidad está puesta en la relación del sujeto con las estructuras o normas que posibilitan su reconocimiento de un modo determinado. Mediante la construcción del plano ideológico del reconocimiento, fue posible la conexión con el contexto del Estado como espacio de disputa de la lucha de clases en el capitalismo, de la cual se derivó la potencialidad de una transformación política que, a partir de la formación de ideologías secundarias por los chirridos propios de la lucha de clases, establezca una nueva ideología que ofrezca una combinatoria entre ideología y represión que disponga el atenuamiento de su carácter represivo y su apertura democrática a las diferencias.
Con todo, si el plano del inconsciente enfatizaba la autorrelación opaca del sujeto individual, y el plano ideológico resaltaba la imposición violenta de las estructuras normativas de la sociedad capitalista, fue necesaria tanto una aproximación a la dependencia del sujeto respecto de otros sujetos como una diferenciación gradual de las violencias que las normas tienen en cada sujeto o grupos de sujetos, la cual se encuentra obturada en la tendencia homogeneizante de la concepción althusseriana de la violencia implícita en la interpelación. Por consiguiente, se propuso un recorrido por las teorizaciones provistas por la filósofa norteamericana Judith Butler en torno al papel de la corporalidad en los procesos de reconocimiento. Si bien la filosofía butleriana adolece de una caracterización vasta del Estado como espacio de disputa y de un análisis crítico del enmarque histórico del capitalismo –excepto en contadas ocasiones–, una aproximación a su teoría habilitó el énfasis en el anclaje corporal de la relacionalidad intersubjetiva. En tal sentido, se señaló la base de vulnerabilidad que dispone al sujeto a precisar el reconocimiento de los otros y a ser dañado por él en sus faltas radicales (en el caso de la abyección) o en sus organizaciones institucionales que, distribuyendo diferencialmente la precariedad, pueden resultar violentas para determinados grupos de sujetos. Mediante el concepto de desposesión, se delineó la simultaneidad de una condición primaria y existencial de vulnerabilidad corporal, presente en todo animal humano, y de las configuraciones históricas de precariedad, explotación y dominación que esa vulnerabilidad primaria adopta.
Asimismo, la complejización de los argumentos de la autora a partir de su interpretación como una dialéctica de la corporeización posibilitó definir que, a pesar de las violencias que ellas pueden reproducir en su funcionamiento, las normas de reconocimiento se encuentran abiertas a su democratización mediante el despliegue de la performatividad de la alianza corporal y la crítica (que exigen desplazarse de las luchas fragmentadas por el reconocimiento a una articulación política y crítica en función de las violencias comunes). En tal sentido, las normas pueden ser disputadas desde su interior para ser transformadas en normas “vivibles”, o hasta habilitantes para los sujetos. Pero, aún si la autora sugiere, a partir del concepto de aprehensión, la factibilidad de un reconocimiento que trascienda los lindes de la identidad, no ahonda en la cuestión, quedando atada a la noción de “parcialidad” del reconocimiento, el cual no podría capturar completamente todo lo que el sujeto corporal realmente es en sus marcos normativos. Es que, a pesar de que Butler permita la consideración de esta dialéctica abierta a la democratización de las condiciones de reconocibilidad, el núcleo que le asigna al reconocimiento permanece como una parcialidad que se extiende siempre (a pesar de que pueda democratizarse) bajo la forma de la identidad. En consecuencia, si bien pueden reducirse las violencias inherentes al funcionamiento de las normas, no parece haber una salida que ofrezca otro reconocimiento posible por fuera de los marcos dañinos de la identidad.
Para continuar esta reflexión, fue crucial el análisis de la teoría social de Adorno y la lectura de su concepto de lo no-idéntico como la singularidad que excede las redes del principio de identidad y el dominio subjetivo. Sólo que este exceso no es efecto de una ontología de la “parcialidad”, sino de la historia de la subjetividad humana y su devenir específico en las sociedades moderno-capitalistas. En efecto, al igual que Althusser, Adorno acentúa la dimensión retroactiva de la episteme identitaria, la cual produce un sujeto siempre-ya idéntico-consigo-mismo. Sin embargo, Adorno extrae esta conclusión de la genealogía del sujeto moderno. En ese sentido, se construyó una tipología de reconocimientos dañinos esgrimidos por el principio moderno de identidad. Estos tipos son las tendencias autoritarias hacia los grupos minorizados por los mecanismos objetivos del capitalismo, la aplicación de la noción liberal de pluralismo, así como la igualdad abstracta del “crisol de culturas”. Pero, sin ceder ante las dificultades que Adorno plantea para la “vida dañada” o “vida falsa” capitalista, propusimos una alternativa. Es que aun si es cierto que la dialéctica negativa adorniana no cuenta con una reflexión cabal sobre las disputas políticas intraestatales por el reconocimiento, ni sobre el papel ético-normativo de las normas de reconocimiento, resulta imprescindible en lo que concierne a un ejercicio de historización que demostró, no sólo las violencias entrañadas por el dominio, propio del límite interno de la subjetividad moderna, sino también lo que este proceso histórico tuvo que reprimir para constituirse: el impulso mimético.
A partir de allí fue posible desplegar dos caminos para la generación de las condiciones de un reconocimiento de lo no-idéntico como singularidad, es decir, de una semejanza con la alteridad. Ambos requieren un descentramiento del sujeto para, a través del impulso mimético, identificarse con el sufrimiento que las contradicciones moderno-capitalistas generan en la singularidad de otros. Recordemos que la necesidad del descentramiento está presente también en el psicoanálisis lacaniano, pero permanece como un ejercicio individual de cura. Estos dos caminos son el arte y la acción ético-política. Las obras de arte proporcionan una experiencia estética de descentramiento que, a través de la dialéctica entre mímesis y construcción, y junto a la desestructuración reflexiva impulsada por el estremecimiento, condicionan una identificación con las singularidades agraviadas por el dominio subjetivo de la naturaleza. Por otro lado, se analizó el estatuto de lo añadido, un impulso mimético que asemeja a un sujeto con un otro padeciente, la acción ética emprendida para hacer cesar el dolor del otro. Este impulso puede conformar una política recta, desplegada en el enlazamiento entre la reflexión crítica, la tendencia democrática a la participación activa (compuesta por el engarce entre ética de la convicción y ética de la responsabilidad) y la autodeterminación popular. La prioridad de actuar éticamente por y para el otro a través de una reflexión que dé cuenta de la participación inconsciente en el sufrimiento ocasionado por la vida dañada puede constituir un punto de acuerdo entre Adorno y Butler. La política recta, además de denunciar lo inhumano de un determinado estado de cosas y actuar para transformarlo, se encarga de extender una serie de consideraciones sobre la organización política del mundo, los daños que provoca la totalidad social (y cómo ella debería ser) y los reconocimientos dañinos que se ofrecen en el marco de la identidad. Asimismo, en la pregunta por un reconocimiento no dañino para lo singular, las pistas legadas por Adorno sugieren la necesidad de lidiar con la democracia, las formas del derecho y la pregunta por la humanidad. La primera es objeto de la reflexión central del libro, y la segunda puede ser complementada desde las reflexiones teóricas de Althusser y de Butler, en torno a los aparatos de Estado y a las normas respectivamente. La tercera constituye un interrogante a continuar en otro trabajo.
El reconocimiento y las disputas internas de la democratización
Concluido el balance general del recorrido realizado en los tres capítulos del libro, procedemos a formular una conceptualización general del reconocimiento. Como se mencionó previamente, la dialéctica del reconocimiento se compone de un límite interno, violento, a pesar del cual y debido al que se abren caminos para la democratización de la democracia. Gracias a las reflexiones sobre los diferentes planos del reconocimiento, deviene posible su conceptualización en términos de un proceso de triple dependencia que condiciona la existencia social de un sujeto o grupo de sujetos. Esta triple relación se organiza en: (1) la relación del sujeto consigo mismo; (2) la relación del sujeto con otros sujetos; (3) la relación del sujeto con la estructura o norma que habilita su reconocimiento.
Esta definición pretende complejizar dialécticamente la unilateralidad de las interpretaciones desarrolladas en la introducción, las cuales insisten: respecto de la dependencia 1, en un telos de autorrelación transparente o en una excesiva opacidad; respecto de la dependencia 2, en la figura diádica de la intersubjetividad para un reconocimiento acabado o en la falsedad de esta idea; respecto de la dependencia 3, en una confianza en el progreso institucional de las esferas de las relaciones personales, el mercado y el Estado, o en el carácter mistificador de esta idea por enmascarar relaciones de dominación y explotación, y la necesidad consecuente de una desidentificación y un escape del orden. En este sentido, concebir la dependencia del sujeto en la triple relación permite una aproximación compleja de la amalgama material que constituye a los procesos de reconocimiento. Como se vio a lo largo del libro, la formación de la certeza de sí mismo del sujeto está atada a la relación con otros sujetos y al condicionamiento de normas o estructuras que habilitan la existencia de determinados tipos de subjetividad. En este marco, concluimos que el reconocimiento no conlleva únicamente una cuestión de conducta hacia los otros, sino también los marcos epistémicos que conforman y permiten el establecimiento de determinados tipos de relaciones de dependencia.
Al mismo tiempo, esta triple dependencia no puede ser fijada de un modo determinado de una vez y para siempre. Como se enfatizó desde la atención a la historicidad del objeto, el problema del reconocimiento requiere un análisis histórico de su yuxtaposición y enlazamiento particular, así como las violencias perpetradas por la humanidad y la posibilidad de recuperación de lazos justos con las singularidades. Por ello, juzgamos al reconocimiento no como una ontología fija, sino como un proceso. De igual manera, el examen de las estructuras, normas e instituciones debe enfocarse tanto en la composición político-institucional como en las estructuras inconscientes e ideológicas habilitadas en el marco del Estado, el capitalismo y sus efectos concretos. En esta línea, interpretar el plano corporal permite leer la vulnerabilidad de todo sujeto, así como la diferenciación de las violencias, habilitando un enmarque teórico para el análisis de la articulación de luchas que pretenden democratizar las mismas estructuras que los formaron en una primera instancia. Sostener al reconocimiento como un proceso de triple dependencia supone admitir su multiplicidad de aristas y sus diferentes complejidades internas, las cuales, aún si están conformadas por diferentes tipos de violencia, cada una de ellas provee aperturas para la democratización, ya sea de cada dependencia en particular o, por constituirse las tres dependencias mediante un proceso de interrelación, de las formas de reconocimiento en general.
En la introducción se sostuvo la relevancia de la perspectiva balibariana respecto de los procesos de democratización y desdemocratización de la democracia, debido a sus virtudes para comprender las tensiones internas al proceso, a saber: sus avances y regresiones. Dijimos que éstas obedecían a los obstáculos subjetivos, objetivos y a la articulación de las luchas particulares. Pues bien, la reconceptualización hegeliana del reconocimiento derivada del recorrido emprendido en el libro constituye un aporte para la comprensión de estos tres factores. Los análisis de los marcos institucionales, normativos y estructurales requieren de una atención diferencial en la participación de las dependencias que conforman al reconocimiento como un proceso. Sean éstas las presentes en los aparatos de Estado, en el desconocimiento de la fragilidad propia y de la importancia de los otros para la constitución del yo, en el principio de identidad y el dominio subjetivo concretados en configuraciones históricas capitalistas que excluyen la posibilidad de recuperar ciertos lazos, o en las normas de reconocimiento que pueden tanto excluir radicalmente como generar violencias graduales en los sujetos.
En primer lugar, todas resultan centrales a la hora de considerar la condición de la intersubjetividad y las consecuencias en la autorrelación de los sujetos, posiblemente observada en el nivel de intensificación o ruptura de los lazos sociales, o de la segregación o concentración de las luchas políticas. En segundo lugar, ofrecen una plataforma teórica para abordar los obstáculos objetivos que han sido trascendidos o que han provocado una regresión en los derechos e instituciones como formas del reconocimiento adquiridas previamente. La reflexión conjunta sobre estos obstáculos precisa de una consideración cómo sobre su mutua afectación, a saber: cómo los objetivos afectan a los subjetivos y viceversa. Y es ahí que el problema del reconocimiento resulta central, precisamente porque aporta un enlace para comprender la fluidez de estos obstáculos. La subjetividad se conforma condicionada por estructuras, normas e instituciones históricamente determinadas y, del mismo modo, estas últimas pueden provocar ciertas violencias o habilitar nuevos espacios para una experiencia democrática de los sujetos. En suma, la reflexión teórica sobre los logros, desafíos y promesas pendientes de la democracia, entendida como un proceso internamente tensionado, puede ser enriquecida por una concepción hegeliana que comprende al reconocimiento como un proceso de triple dependencia.







