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Presentación al ensayo sobre los estudios poscoloniales

por Gabriel Liceaga

Este artículo presenta un análisis crítico de ciertas posiciones teóricas ligadas a lo que, en la década de 1990, se dio en llamar «latinoamericanismo poscolonial». Particularmente, Estela Fernández Nadal confronta con un grupo de académicos/as establecidos/as en Estados Unidos (Walter Mignolo, Eduardo Mendieta, Santiago Castro-Gómez, Fernando Coronil, entre otros/as), que se inspiraban en los estudios subalternistas, poscoloniales y culturales en su interpretación de la historia, la política y la cultura latinoamericana.

Varias cuestiones sobresalen en una lectura contemporánea de este artículo, escrito quince años atrás. En primer lugar, la agudeza con que la autora desnuda cómo, al interior de una corriente teórica que se suponía a sí misma crítica y sensible a las diferencias, se agazapaba una pertinaz pretensión hegemónica. En efecto, la crítica de Estela se centra especialmente en cierto «latinoamericanismo» (parafraseando a Edward Said) que aquellos/as autores/as habían esbozado en algunas de sus publicaciones y que tendía a homogeneizar realidades, marcar prioridades en las agendas de investigación, postular lugares privilegiados de observación —que coincidirían, vaya sorpresa, con los suyos propios— y, en definitiva, a replicar académicamente el poder incontestable de Estados Unidos en otros aspectos. La crítica de la autora, cabe señalar, se vale del instrumental teórico poscolonial, ejerciendo así un calibanesco desmontaje de algunos de los supuestos más problemáticos de ese poscolonialismo-latino-norteamericano, tal como este se venía desarrollando hasta ese momento.

Otro aspecto a destacar de este artículo es que este, leído desde el presente, alerta acerca de cuánto cambiaron en pocos años los temas y enfoques de quienes adherían en ese momento a la poscolonialidad en clave latino-norteamericana. Ya en el momento en que aquel fue escrito estaba en marcha un diálogo entre diferentes intelectuales e instituciones académicas –muchas de ellas situadas, sí, en América Latina– que fructificaría poco después en lo habría de llamarse «giro decolonial». Este giro, impulsado no sólo por autores/as ya consagrados/as e insertos/as en universidades de renombre, sino también por intelectuales más ligados/as a los procesos políticos que vivía Nuestra América a comienzos de siglo, habría de transformar a las ciencias sociales y el pensamiento filosófico latinoamericano de un modo que pareciera inmunizarlo frente a una crítica del tipo de la ejercida en este texto. De esta manera, el artículo en cuestión nos permite detectar quiebres y rupturas teóricas donde no suelen verse más que continuidades. La línea divisoria entre un latinoamericanismo poscolonial, más ligados a la multiculturalidad y la posmodernidad filosófica, y un latinoamericanismo decolonial, enraizado en la agenda histórica del pensamiento nuestroamericano, está aún por trazarse, aunque más no sea para identificar mutuos y enriquecedores influjos.

Cabe señalar, por último, que en el artículo se deslizan algunas consideraciones bellamente expresadas acerca de la filosofía como saber que aspira a una totalidad capaz de «producir una distancia crítica respecto de la inmediatez caótica» y de «reenviar el ser al deber ser y lo real a lo posible». El llamado final a «desempolvar la herramienta punzante de la filosofía» no se limita a la enunciación de un deseo, sino que aparece en acto a lo largo de una escritura que vivifica, criticándolo desde adentro —y desde una provincia periférica, como Mendoza— a un pensamiento latinoamericano, que si quiere continuar siendo una herramienta de transformación social, debe ser capaz de evadir la exégesis autocomplaciente, la repetición de lugares comunes y las modas académicas.



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