El carácter ruptural y fundacional de su tiempo, el mandato entregado por sus paisanos en su persona, y su propia competencia (intelectual, práctica, moral y social) son las fuentes a las que recurre Miranda para legitimar su ubicación en el lugar de portavoz de la demanda independentista. Pero además, en el plano de la construcción del enunciador del discurso, los textos mirandinos escenifican una propuesta comunicativa que involucra, junto a ese «yo, el portavoz», a otras dos entidades: «nosotros, los criollos independentistas» y «nosotros, todos los americanos». De la compleja articulación y combinación de estos tres términos se nutren las alternativas discursivas puestas en juego en los escritos del Precursor. Dispuestos como círculos concéntricos —la extensión de cada uno es inversamente proporcional a la jerarquía que inviste—, los tres ocupan posiciones desiguales y complementarias.
Ahora bien, yo y nosotros son, como todos los pronombres personales, deícticos, es decir, unidades lingüísticas que exigen, para dar cuenta de la especificidad de su funcionamiento semántico-referencial, que se consideren los parámetros constitutivos de la situación de enunciación, a saber, su marco espacio-temporal y el papel que desempeñan enunciador y destinatario. Los pronombres personales denotan objetos cuya naturaleza particular sólo se determina en el interior de la instancia discursiva que los contiene; sólo alcanzan plenitud de sentido cuando se señala al sujeto que los enuncia, de modo que, para recibir un contenido referencial preciso, exigen tomar en cuenta la situación particular de comunicación[2]. Cabe que nos interroguemos, entonces, por el modo en que tales pronombres se llenan de sentido en la trama del discurso mirandino.
El primer término puesto en juego, «yo, el portavoz», es la imagen que construye Miranda para sí como enunciador. Su formulación ejemplar puede observarse en este texto: «Compatriotas: llamado por vosotros en 1781 al socorro de la Patria […] no pude en aquellas circunstancias acudir»[3]. El portavoz debe haber sido llamado, colocado en el lugar de autoridad que ocupa por el sujeto colectivo al que representa, por el cual habla y que funge como garantía de la eficacia simbólica del discurso. En efecto,
el portavoz autorizado sólo puede actuar por las palabras sobre otros agentes y, a través de su trabajo, sobre las cosas mismas, en la medida en que su palabra concentra el capital simbólico acumulado por el grupo que le ha otorgado ese mandato y de cuyo poder está investido. […] Cuando los locutores no tienen autoridad para emitir las palabras que enuncian, el performativo está condenado al fracaso (Bourdieu 1985: 70 s.).
De allí la necesidad de apoyarse en los colectivos de identificación señalados por el segundo y tercer términos implicados en la propuesta comunicativa de Miranda, vale decir, en dos nosotros inclusivos, que, por su menor o mayor grado de extensión, llamaremos restringido y ampliado, respectivamente[4].
El segundo término enlazado en la trama del discurso mirandino, «nosotros, los criollos independentistas», designa a un sector particular y diferenciado dentro del pueblo americano como totalidad; un grupo que emerge en las sociedades coloniales para asumir la representación de todos, al tiempo que se distingue dentro de ellas por portar condiciones específicas, que permiten anticipar su futuro papel hegemónico una vez conseguida la independencia. Las cualidades de que están dotados sus integrantes son presentadas en los textos en que Miranda toma a ese sujeto plural como referente; allí aparece como «la gente sensata y culta», «los jefes y personas principales», «los hombres de consideración e integridad», «los hombres capaces y virtuosos», es decir, la clase propietaria criolla y los intelectuales independentistas a ella ligados, definida en oposición al «pueblo». Salvo un uso excepcional, en que encontramos referencias «a los criollos» bajo la forma pronominal de la tercera persona, Miranda utiliza habitualmente un «nosotros» inclusivo restringido —esto es, resultante de la confluencia del «yo» del enunciador con el «vosotros, mis partidarios»— para hacer mención a ese sujeto. Respecto de este «nosotros», a Miranda le importa subrayar su pertenencia al mismo, su inclusión en el seno del sector culto y terrateniente criollo de las sociedades americanas, al tiempo que procura destacar su rol de conductor dentro de sus filas.
La ubicación del portavoz en relación con ese «nosotros, los criollos revolucionarios», puede apreciarse en la siguiente cita, extraída de una carta del caraqueño a Caro —escrita en momentos de honda desilusión respecto a la prometida y siempre postergada ayuda británica—, donde Miranda se lamenta de que los ingleses «que debían ayudarnos, y nos habían prometido tantas asistencias, se conducen con una reserva y lentitud (por no decir otra cosa) que yo creo que sería una locura aguardar más por sus promesas». Y agrega a continuación:
en fin amigo, es menester encomendarnos a la Providencia, y con resolución y juicio obrar por nosotros mismos, si queremos tener asociados; porque éstos no se decidirán jamás hasta que nos vean en una posición respetable! Por otra parte yo veo por las noticias mismas que Ud. me da que los medios que tenemos son acaso muy suficientes para la empresa con tal que un jefe prudente y hábil dirija los asuntos […], en este presupuesto cuenta Ud. con mi embarque para Trinidad el 15 o 20 de este mes […] («A Caro» [Londres, 3 de junio de 1799], en Miranda 1938: 412 s.).
La ambigüedad de este «nosotros» —característica, por lo demás, de todo deíctico— podría dar lugar a interpretarlo aquí en el sentido más amplio de «todos los americanos»; sin embargo, otra carta dirigida al propio Caro, con expresas instrucciones respecto de las gestiones que debe realizar en Santa Fe de Bogotá, permite disipar toda duda al respecto:
Es necesario que luego que Ud. se aboque con los jefes y personas principales del país, les haga Ud. sentir la necesidad de prevenir por todos los medios posibles el que los principios o sistema jacobino se introduzcan en nuestro Continente; pues por este medio la Libertad, en lugar de la cuna, encontrará el sepulcro […]. Inmediatamente se procurará enviarme algunas personas de respeto y capacidad tanto a Filadelfia como a la Isla de Trinidad para que me ayuden así en lo militar como en lo político […]: tomando por regla general el no servirse jamás de hombres de poco, pues no teniendo nada que perder todo lo aventuran y concluyen por arruinar el mismo edificio que al parecer habían querido levantar; la revolución de la Francia es la mejor prueba de esta aserción; y que, por el contrario, si nombran hombres de consideración e integridad, cuanto se haga prosperará, por el interés que les resulta de consolidar un gobierno de leyes que sea protector de la propiedad y libertad personal, base de toda felicidad civil y en que la utilidad general de todos se encuentra precisamente reunida: prueba, la revolución de la América, que es el más evidente testimonio y el más fuerte contraste que quiera presentarse a la atrocidad francesa, sin que por esto se pretenda jamás excluir las virtudes y talentos en cualesquiera individuos en que se encuentren reunidos («Instrucción para el acuerdo y mejor dirección de la Comisión a cargo de D. P. J. («A Caro» [Londres, 6 de abril de 1798], en Miranda 1938: 232 s.).
El alcance de este «nosotros» es restringido, no comprende a todos los americanos, futuros beneficiarios de la independencia, sino a una minoría cualificada a la que debe confiarse la organización militar y política de la empresa emancipadora y que se perfila como la clase dirigente de los futuros Estados americanos emancipados.
En cuanto al tercer término puesto en escena para la construcción del lugar del enunciador, «nosotros, todos los americanos», su conformación resulta claramente inteligible en el texto siguiente, escrito para relatar al gobierno inglés los sucesos acaecidos en Caracas en abril de 1810. Allí el «nosotros, todos los americanos» abarca la totalidad de los nacidos en las colonias, cuya condición de oprimidos los sitúa en oposición a los «españoles nativos», es decir, a los extranjeros en América, identificados con los opresores:
La población de Sur América se compone de españoles nativos, a quienes ha sido siempre la política de la Madre-Patria confiar todo el poder civil y militar; de los criollos, de los negros, que representan una muy pequeña proporción con los blancos, y de los indios aborígenes; hay una quinta clase, que son llamados cuarterones, producto de un mulato y un blanco […]. La Revolución que estalló en la ciudad de Caracas el 19 de abril de 1810, fue una insurrección de las cuatro últimas contra la primera casta, y por esta causa asume una importancia que de otro modo no tendría, […] la misma causa se propagará probablemente sobre el conjunto del Continente de América, y […] será impracticable la reconciliación y aun la conexión con el Estado Padre («Notas sobre Caracas para Richard Wellesley Jr.» [Londres, julio de 1810], en Mendoza 1962: T. I, 262 s.).
Como se ve, se trata de un «nosotros» también inclusivo, en el que se incorporan, al lado de «nosotros, los criollos» —y bajo su conducción— las castas americanas. Su función discursiva es la de interpelar a todos y producir una identidad nacional común, por encima de las distinciones sociales, que impulse la conformación del sujeto americano como agente histórico y sustento ideológico de la lucha por la emancipación.
En el mismo documento, prosigue Miranda:
los criollos, que poseen por su número y riquezas una influencia predominante sobre las otras clases, están aprovechando con placer la oportunidad de emanciparse del orgullo y la codicia de los Gobernadores españoles y de obtener el poder, del cual estaban celosamente excluidos con todo el riesgo y perjuicio de la Agricultura y el Comercio (263).
De modo que, dentro del «nosotros» inclusivo englobador, que se equipara con el pueblo americano en su conjunto, el rol del grupo criollo es decisivo: antes y durante la revolución, es la élite que planifica y conduce la acción separatista y propaga sus ideales; después de conquistada la independencia, será la clase gobernante.
En síntesis, en primer término, «yo, el portavoz», indica el lugar de quien toma la palabra en nombre del tercer término («nosotros, todos los americanos»), para enunciar los derechos naturales de los cuales ese sujeto colectivo ha sido despojado. Pero entre la figura del portavoz y la del pueblo, cuyos intereses éste representa, se ubica la vanguardia revolucionaria conformada por un grupo selecto de hombres que accionan por la libertad y apoyan en los hechos las gestiones y la palabra del portavoz. Los tres lugares aparecen paradigmáticamente delimitados en una carta de Miranda a su compatriota Manuel Gual, exiliado en Trinidad luego del intento revolucionario de 1797:
Querido paisano y dueño mío: habiendo al fin obtenido los permisos necesarios para salir en paz de este país, cuento [con] embarcarme hoy para Holanda y proseguir de aquí a París, si algún obstáculo no me lo impide. Mi objeto siempre es y será el mismo… La felicidad e independencia de nuestra amada patria, por medios honrosos y para que todos gocen de una justa y sabia libertad! […]. Trabajemos pues con perseverancia y rectas intenciones en esta noble empresa, dejando lo demás a la Divina Providencia, Arbitro Supremo de las obras humanas, que cuando no nos resultase (a nosotros personalmente) más gloria, que la de haber trazado el plan y echado los primeros fundamentos de tan magnífica empresa, harto pagado quedaremos («A Gual» [Londres, 10 de octubre de 1800], en Miranda 1950a: 77 s.).
Así, el objeto de Miranda es la independencia y el logro de los derechos de «todos» los americanos, meta para cuya consecución trabaja, incansable y generosamente, el grupo criollo revolucionario.
El acto de tomar la palabra en nombre de «todos» se efectúa a través de la mediación del segundo término («nosotros, los criollos independentistas»), pues reposa en la existencia previa de un mandato específico, conferido por parte de ese grupo de pertenencia más restringido, de cuya existencia da testimonio la carta de los mantuanos y el «Acta de París»[5]. Este colectivo de identificación implicado en la escena comunicativa está conformado por un sector de la población americana que, pese a su parcialidad, es considerado, por su prestigio, poder económico y educación, como representante autorizado de «todos» e intermediario responsable entre el portavoz y el pueblo en su conjunto.
La representación de los intereses de «todos» nace en las demandas del «nosotros» más extenso, pero lo que le confiere legitimidad, lo que eleva el conjunto inorgánico de reclamos particulares al carácter de expresión de una voluntad nacional general, es la mediación operada por la palabra acreditada de la élite criolla. Así lo manifiesta el «Memorándum» redactado por Miranda con el propósito de presionar al gobierno inglés para que otorgue el apoyo requerido para la organización de una invasión independentista en América. En este sugerente texto, la significación de la expresión «las provincias de Caracas y Santa Fe» resulta acotada en su extensión y aplicada como equivalente de «los criollos y los demás importantes hacendados o la oficialidad natural de aquellas provincias»:
La situación actual en las Colonias Hispanoamericanas resulta ser sumamente crítica y precaria por lo pronto. Las Provincias de Caracas y Santa Fe de Bogotá sólo están pendientes de la contraseña convenida para derribar el antiguo Gobierno e implantar otro con sus propios medios que les sea más análogo y asegure su independencia; tal medida se hace cada vez más urgente en cuanto que los mulatos y la gente libre de color conforman una parte substancial de la población urbana actual, los cuales se encuentran ya armados y agrupados en cuerpos milicianos, presionando para que se dé el movimiento y amenazando con apropiarse ellos mismos de todo el poder, si los criollos y los principales propietarios no se apuran a tomar medidas tendientes a apaciguar los ánimos y satisfacer al mismo tiempo las expectativas generales del país satisfactoriamente […]. Toda la oficialidad nativa de aquellas provincias, así como las demás personas que a raíz de distintas conmociones que se produjeron en estos países en lo que va de los 10 últimos años, se encuentran diseminadas en las distintas islas del archipiélago americano, al igual que en los Estados Unidos de América, se encuentran reunidas en este momento en la isla de Trinidad o en Nueva York; desde estos lugares, los mismos están a la espera de la última información o de la llegada del suscrito para ponerse en marcha y actuar concertadamente. Entre ellos destacan ingenieros, oficiales de la marina real española, así como también poderosos terratenientes americanos («Memorándum» [Londres, 12 de junio de 1804], en Miranda 1950b: 56 s.).
Si nos atenemos a la afirmación de Arturo Roig, según la cual todo programa de unidad encuentra su punto de partida en una diversidad —no siempre asumida de modo plenamente consciente[6]— podemos leer el entramado textual de las dos formas de identidad propuestas a través del deíctico «nosotros» como un lugar de tensión donde se perfilan los sujetos implicados en el programa independentista y se señalan sus roles en la gesta revolucionaria. En efecto, la expresión «nosotros, todos los americanos» sugiere que el enunciador postula una identidad, esto es, que piensa la futura América independiente como una. El «nosotros, los criollos» opera en un sentido inverso, insinuando que esa unidad postulada no es ajena a la diversidad, no sólo extrínseca —en relación con los no-americanos—, sino también intrínseca. La articulación discursiva entre ambos «nosotros» permite explorar las inflexiones ideológicas de los textos mirandinos y descubrir lo que Jameson denomina «estrategias de contención discursivas», esto es, los mecanismos simbólicos operantes en los textos, que cumplen la función de otorgar coherencia interna al discurso y disipar las demandas sociales que no se está dispuesto a asumir en la práctica, reprimiéndolas como «lo impensable» que debe ser mantenido fuera de los límites permitidos por el código de interpretación y mediación de lo real elegido (Cfr. Jameson 1989: 11-82).
Desde esta perspectiva, el grupo criollo designado por el primer «nosotros» se revela como el lugar, diverso y parcial, desde el cual Miranda pregunta y responde por el «nosotros» más abarcativo. Al declararse portavoz del ideal independentista y tomar la palabra en nombre de «todos», Miranda construye un proyecto de americanidad, como forma de identidad colectiva y unitaria, desde una parcialidad, mostrada y ocultada alternativamente en el discurso, que delimita su horizonte de comprensión de la realidad americana; un horizonte que muestra al tiempo que oculta: «doble función —dice Roig— a la vez cognoscitiva y axiológica, previa a toda expresión discursiva teorética, en la que todo conocimiento se organiza sobre un código de inclusiones y rechazo» (Roig 1981: 22).
El «yo» de Miranda como portavoz requiere apoyarse en los dos términos señalados. Por una parte, el venezolano no quiere ni puede asumir la representación directa de «todos, los americanos». No puede porque necesita contar con la conformidad de quienes detentan el poder económico en su país, sin cuya aprobación se encontraría desprovisto de recursos materiales y de resonancia social para emprender cualquier intento independentista. No quiere, porque intuye o conoce —según nos situemos antes o después de su experiencia revolucionaria en Francia— los peligros de quedar prisionero en el papel de vocero y conductor de las masas, a las que considera siempre proclives a desbordar los límites aceptables de una revolución.
Es esta ambigua y difícil posición de Miranda frente a los sectores populares americanos la que explica que, interrumpida la primera etapa de negociaciones con el gobierno inglés, viajara en 1792 a la convulsionada Francia con el explícito propósito de intervenir ante los políticos girondinos y suspender un eventual plan de envió de tropas a la península y a las colonias americanas. Explica también que un año más tarde declinara amablemente el ofrecimiento de Brissot de asumir el gobierno de Santo Domingo y conducir hasta allí un ejército francés para preparar un desembarco en el continente, con el apoyo de los mulatos sublevados.
Existe en el Archivo del General Miranda una serie interesantísima de documentos al respecto. En una nota agregada al pie de la copia conservada por Miranda de una carta suya dirigida a Pitt, en la que rompe en muy malos términos su relación con el ministro inglés (le exige la devolución de la totalidad de los documentos concernientes a la independencia americana que le había entregado a lo largo de sus negociaciones, e insinúa que la retención de los mismos está motivada en propósitos inconfesables[7]), el Precursor describe los acontecimientos que se sucedieron a su llegada a la Francia revolucionaria:
El 20 de marzo de este mismo año partí de Londres a París, con ánimo de informarme si acaso los franceses (como yo me lo presumía) no intentaban revolucionar la América española […]. Por ellos [Petion, alcalde de París; Gensonné, Gaudet, Brissot, diputados de la Asamblea Legislativa; Roland y Dumouriez, ministros del interior y de negocios extranjeros] supe que efectivamente se pensaba en revolucionar la España y cuando menos las colonias españolas de la América meridional. Hice lo posible para disuadirles de lo primero (esto es de la España); y que asimismo no se intentase nada relativamente a la América Meridional sin estar asegurados primero de la probabilidad del suceso, y consultarme sobre el particular; pues yo podría cooperar a la empresa con más eficacia tal vez que un otro —y se concluyó definitivamente que se suspendería la ejecución del proyecto por algún tiempo, y que nada se emprendería en este particular sin darme parte antes. Con este seguro, y habiendo logrado al menos que no se hiciese mal a mi país emprendiendo precipitadamente y sin cordura una empresa de esta magnitud, que si no producía el bien que se presumía era necesario que produjese males y perjuicios incalculables, yo me preparaba a partir de París para restituirme a Londres […], cuando estando listo para partir (con mi plaza pagada ya en la Diligencia de Londres, etc.) el 12 de agosto, [se produce] el gran evento del 10; que las barreras se cierran y que nadie puede partir! («Nota de Miranda» [agregada al pie de la carta «A Pitt», del 17 de marzo de 1792], en Miranda 1938: 144)[8].
Como consecuencia del «gran evento», los girondinos le proponen a Miranda ingresar al ejército francés, a las órdenes de Dumouriez y con rango de General, y se comprometen a tratar con él cualquier plan futuro de intervención francesa en la eventual independencia americana[9]. Poco tiempo después, el 20 de septiembre —el mismo día que se inauguraba la Convención, que proclamaría la república—, Miranda comanda el ala derecha del ejército francés que abate a las tropas austro-prusianas en Valmy y las obliga a replegarse hasta la frontera con Bélgica. Ascendido a Teniente General de los Ejércitos de la República, Miranda ocupa un lugar prominente en el sitio de Amberes, que capitula en noviembre de ese mismo año. En medio del júbilo general ante los triunfos militares de la joven república, el prominente miembro girondino de la Convención Nacional, J. B. Brissot, concibe un ambicioso plan político —dentro del cual el venezolano sería una pieza fundamental—, tendiente a consolidar en Haití el predominio del sector de ricos propietarios mulatos, aliados de los girondinos metropolitanos, y a procurarse nuevos mercados para los productos franceses en las costas hispanoamericanas[10]. Las palabras de Brissot, en su correspondencia con Dumouriez, no dejan lugar a dudas respecto de su proyecto:
Hay que hacer esa revolución en la España europea y en la España americana. Todo debe coincidir. La suerte de esta última Revolución depende de un hombre. Ud. lo conoce, lo estima, lo ama. Es Miranda. Últimamente los ministros buscaron por quien reemplazar a Desparbes en Santo Domingo. Un rayo de luz me iluminó; dije: nombrad a Miranda. Miranda acabará pronto con las miserables querellas de las colonias; no tardará en hacer entrar en razón a esos blancos tan turbulentos; se convertirá en el ídolo de la gente de color. Pero en seguida, ¿con cuánta facilidad no estará en capacidad de hacer sublevar, sea las islas españolas, sea el continente americano que poseen? A la cabeza de doce mil hombres de tropa de línea que están actualmente en Santo Domingo, de 10 a 15 mil valientes mulatos que le suministrarían nuestras colonias, ¿con cuánta facilidad no podrá invadir las posesiones españolas teniendo además, una flota a sus órdenes cuando los españoles no tienen nada que oponerle? El nombre de Miranda le valdrá un ejército y sus talentos, su valor, su genio, todo nos garantiza el éxito («De Brissot. Diputado de la Convención Nacional, al General Dumouriez» [París, 28 de noviembre de 1792; orig. en francés], Miranda 1932: 25 y ss.)[11].
Lejos de vanagloriarse de las expectativas que Brissot ponía en su persona, el venezolano se apresuró a disuadirlo de emprender una aventura semejante. Con mucha moderación y cautela, le escribió a Brissot para desistir de su participación en ese plan y convencerlo de lo apresurado e inconveniente del mismo, pretextando su ignorancia respecto de la situación política de la isla, la inconveniencia de alarmar a España y a Inglaterra, la necesidad de madurar un proyecto de tal envergadura con calma:
Acabo de leer, estimado conciudadano, la carta que Ud. ha dirigido al General Dumouriez, acerca de mí. Le agradezco la halagüeña opinión que tuvo a bien expresar en relación a mis modestos conocimientos, así como la amistosa influencia mediante la cual indujo al Poder Ejecutivo a que me confiara el gobierno de Santo Domingo […]. El plan que Ud. expone en su carta es realmente ingente y magnífico; sin embargo, ignoro si su ejecución es segura o incluso probable. En lo referente al continente hispanoamericano y a las islas adyacentes, estoy perfectamente enterado y en condición de expresar una opinión exacta, desconociendo totalmente en cambio todo lo que concierne a las islas francesas y su situación actual; y por lo tanto resultará imposible para mí anticipar un criterio acertado al respecto. Por constituir esto en su plan la base de cualquier operación y ya que es de las colonias francesas de donde debe partir la fuerza ejecutora, para poner en movimiento los pueblos del continente opuesto, tenemos que estar muy seguros de lo certero y positivo de este dato. Me parece también que tal nombramiento y mi salida para Santo Domingo, obraría como señal de alarma respecto a la Corte de Madrid y a la de Saint James; los efectos se harían sentir en seguida en Cádiz y Portsmouth; lo cual ocasionaría nuevos obstáculos a tal empresa, que, por lo demás, resulta demasiado gallarda, hermosa y cautivante para echarla a perder o llevarla al fracaso por alguna imprevisión al iniciarse. («Al ciudadano Brissot, Miembro de la Convención Nacional y del Comité de Defensa General» [Lieja, 19 de diciembre de 1792], en Miranda 1931: 169).
Es probable que los verdaderos motivos de su reticencia fueran los que revelaría años más tarde en una carta a Pitt, donde procura justificar su intervención en la Revolución Francesa. Allí sostiene que, informado extraoficialmente de que el gobierno francés planeaba operaciones en las colonias hispanoamericanas, viajó rápidamente a París en 1792 con el objeto de suspender el proyecto. Miranda expresa, en este documento, que posteriormente rechazó el plan de Brissot porque no quería «contaminar» el continente americano con «los principios franceses», y llega incluso a ufanarse de que su firme resolución había salvado a las colonias «de la influencia fatal de ese sistema». El texto de esta carta, escrita en tercera persona, es el siguiente:
habiéndose [enterado] el suscrito […] que el gobierno francés se disponía a ofrecer ayuda a las colonias españolas, instándolas a que se independizaran bajo su protección, fue a París en 1792. Allí encontró que el proyecto estaba efectivamente en el tapete y logró hacerlo aplazar, prometiendo conducir él mismo la empresa en un momento más favorable, único motivo que ocasionó su ingreso al servicio de Francia. En consecuencia, en noviembre de 1792, fue nombrado por el gobierno francés, Comandante General de las Islas de América, para la ejecución del referido proyecto. Mas hizo de nuevo todo lo que pudo para diferirlo, creyendo que el momento era poco favorable y temiendo que los principios anárquicos que fermentaban ya, fueran de mal augurio para la empresa, lo que salvó probablemente las colonias de la influencia fatal de este sistema y quizás al nuevo mundo de su ruina total. («A Pitt» [Londres, 19 de marzo de 1799], en Miranda 1938: 347 s.).
A su regreso a Londres, en 1798 —luego de «renunciar voluntariamente» a Francia «como Nación envilecida y subyugada por los hombres más perversos de la Revolución francesa»[12]—, Miranda se dispone a recomenzar sus negociaciones con Pitt. Como lo evidencia la carta arriba citada, tampoco quiere ni puede, en esta nueva coyuntura, presentarse ante el moderado gobierno inglés como representante de un colectivo inorgánico de negros, mulatos e indios, desprovisto de educación e incapaz de garantizar el orden social interno necesario para el desarrollo del comercio exterior y de responder por sí ante las condiciones estipuladas en una eventual alianza. Quiere y debe presentarse ante Pitt como el portavoz del estrato criollo culto, rico y propietario, capaz de responder con solvencia moral y económica ante los compromisos internacionales asumidos y de dar seguridades en cuanto a los alcances de las transformaciones sociales que se estaría dispuesto a tolerar en los nuevos países independientes.
En los documentos elaborados por el Precursor con el objeto de presionar al gobierno inglés, a fin de conseguir el apoyo necesario para organizar una expedición libertadora a América, se pone a prueba la misma estrategia. Cada vez que el venezolano percibe que el interés británico en las negociaciones decae, exhibe las penosas consecuencias que han de sufrir los criollos, potenciales aliados de la nación británica, ante la indiferencia de ese gobierno:
¿Cuál será el resultado cuando, en vez de [llegar] estos auxilios tanto tiempo esperados y tan a menudo prometidos, se sepa que Inglaterra, después de haber hecho esperar varios años y prometido desde hace más de catorce meses a los agentes americanos que se encontraban en Londres, una respuesta inmediata y sincera, dice hoy que no puede dar la menor esperanza ni la más ligera ayuda! Es difícil prever el efecto que puede producir la desesperación en un caso semejante; pero es cierto que la gente sensata y culta, que se vanagloriaba de ver establecerse en todo el continente americano un sistema de orden y moral, capaz de compensar los principios de desorganización propagados por Francia, perderá toda esperanza y quedará disminuida dentro de la opinión pública del país americano […] y que las ventajas comerciales y de alianza que este inmenso continente ofrecía a Gran Bretaña serán pérdidas reales para ella («A Pitt» [Londres, 19 de marzo de 1799], en Miranda 1938: 349 s.).
Decíamos que Miranda necesita apoyarse, como portavoz, en las aspiraciones independentistas de ese sector selecto, rico y poderoso de las sociedades americanas. Por otra parte, empero, entiende que la única fuente que puede legitimar la exigencia independentista es la soberanía popular y debe, por ello, sustentar todos sus argumentos en una voluntad colectiva de emancipación, emanada de «todos», es decir, del «pueblo», y puesta de manifiesto en las revueltas pre-independentistas. El tercer término, el «nosotros, todos los americanos», funge como instancia legitimadora imprescindible, pero debe ser mantenido a una distancia prudente del enunciador, que recoge sus reclamos a través de la intermediación de un «nosotros» restringido. Miranda habla por y sobre el pueblo, proclama derechos y exige acciones en nombre de todos, pero lo hace como portavoz directo de un grupo político revolucionario que, si bien pertenece a ese «todos», ocupa un lugar que no «todos» están autorizados a ocupar.
En efecto, en 1808, Miranda alienta a los cabildos de Buenos Aires y Caracas para que tomen la iniciativa independentista y previene a sus compatriotas sobre el envío a las colonias americanas de emisarios de Bonaparte, cuya presencia podría desencadenar un «conflicto fatal […], si el Pueblo (y no los hombres capaces y virtuosos) se apodera(n) del Gobierno». Y agrega a título de advertencia:
Miren Uds. lo que sucedió en Francia con el Gobierno revolucionario; y lo que recientemente sucede en muchas partes de la afligida España. Lo cierto es que la fuerza de un estado reside esencialmente en el Pueblo colectivamente, y que sin él uno no puede formarse vigorosa resistencia en ninguna parte; mas si la obediencia y subordinación al Supremo Gobierno, y a sus Magistrados falta en éste, en lugar de conservar y defender el Estado, lo destruirá infaliblemente por la anarquía («Al Cabildo de Buenos Aires, al Marqués del Toro y al Cabildo de Caracas» [Londres, 6 de octubre de 1808], en Miranda 1950c: 368 s.).
Si retomamos lo dicho hasta aquí, podemos concluir este apartado afirmando que la intervención de estos términos en el discurso pone en marcha un juego complejo de estrategias. El «yo, el portavoz» de Miranda lo sitúa como representante legítimo que posee un mandato. El «nosotros, los criollos» acentúa el rol de la vanguardia dirigente de la revolución, y subraya tanto la inclusión de Miranda en las filas de esa élite culta y propietaria como su distancia frente al pueblo, fuente de la soberanía, pero también, masa inorgánica siempre dispuesta a los arrebatos. El «nosotros, todos los americanos» permite jugar con esa distancia, dimensionarla para destacar el carácter bondadoso pero ignorante y necesitado de conducción del pueblo; acortarla para producir, cuando resulte conveniente, la identificación del «yo, Miranda» con el «vosotros, pueblo americano».
En el discurso mirandino, la desconfianza hacia el pueblo se oculta por lo general tras la máscara del paternalismo. La posición distante que el enunciador prefiere, aquella en la que se encuentra más cómodo y seguro, es la de la mirada paternal hacia los hijos pequeños y menesterosos de cuidado y protección. Los americanos poseen dotes naturales de aguda inteligencia y fina curiosidad intelectual, pero el sometimiento a un gobierno injusto y tiránico ha hecho de ellos gentes ignorantes, timoratas y prejuiciosas. Miranda aconseja a su discípulo Bernardo O’Higgins manejarse con prudencia al tiempo que con conmiseración hacia sus compatriotas:
Los americanos, impacientes y comunicativos, os exigirán con avidez la relación de vuestros viajes y aventuras, y de la naturaleza de sus preguntas podréis formaros una regla a fin de descubrir el carácter de las personas que os interpelen. Concediendo la debida indulgencia a su profunda ignorancia, debéis valorizar su carácter, el grado de atención que os presten y la mayor o menor inteligencia que manifiesten en comprenderlos, concediéndoles o no vuestra confianza en consecuencia. («Breviario para el joven Bernardo O’Higgins» [Londres, 1799], Becerra [s/f]: T. II, 22).
La minoría de edad en la que están sumidos los pueblos americanos tiene su faceta positiva y su faceta negativa. Pues, si por una parte, el despotismo español ha fomentado, durante trescientos años de ocupación, la inocencia y docilidad de esas gentes sencillas, por otro las ha convertido en fácil presa de la seducción demagógica. Así, Miranda confía en que «estando en total ignorancia las gentes de todas las castas, ellas [serán] fácilmente dirigidas por las pocas personas ilustradas gracias a los viajes o a la educación»[13]. Pero el reverso de la moneda le hace temer posibles derivaciones anárquicas, difíciles de contener una vez desatadas: «parece muy probable que Francia consiga seducir a estos pueblos sencillos (excesivamente maltratados desde hace tres siglos)»[14]. La advertencia al gobierno británico es permanente: si esto sucede —escribe Miranda a Nepean— «es muy probable que, dentro de algún tiempo, los pacíficos colonos de América no tengan ya una propiedad ni intereses comerciales que ofrecer a Inglaterra»[15].
En un movimiento inverso pero complementario al puesto en marcha por este distanciamiento respecto del «vosotros, el pueblo», Miranda habla en numerosas oportunidades en nombre de ese «nosotros, todos»; procura, de ese modo, anular la distancia con el interlocutor, identificarse con él incluyéndolo en el mismo propósito de la independencia que, por la generalidad de los beneficios que conlleva, permite identificar la causa revolucionaria con la «Nación» entera. Puede decirse, entonces, que este «nosotros» es la manifestación enunciativa de la decisión de convocar a todos para la construcción de una voluntad nacional colectiva, requisito previo a la proclamación de la independencia y, llegado el momento oportuno, a la lucha armada para defender y asegurar el derecho reconquistado de gobernarse por sí mismos.
En la puesta en juego de este «nosotros, todos los americanos» tiene gran importancia la reformulación de una memoria histórica común, que se prestará al logro de un objetivo fundamental: la reivindicación de un pasado colectivo resignificado —donde los «Ilustres Indios», que se opusieron valerosamente a la conquista, y las «gentes del común», que protagonizaron los movimientos pre-independentistas, adquieren el valor de antecedentes— sirve para establecer una continuidad histórica entre el proyecto revolucionario actual y una historia de lucha y resistencia tan antigua como la ocupación española en América. La construcción de esta memoria permite, al mismo tiempo, reforzar la legitimación de Miranda como portavoz que no hace más que asumir, formular discursivamente y otorgar organicidad a las demandas expresadas, de modo categórico aunque desarticulado, por todo el pueblo americano.
Referencias
Fuentes
Obras del General Miranda
MIRANDA, Francisco de (1930a). Archivo del general Miranda: Revolución Francesa. Copiador de Correspondencia, 1792 a 1793. Comunicaciones oficiales, 1792 a 1793. Tomo VIII. Caracas, Sur-América.
— (1930b). Archivo del general Miranda: Cartas de Miranda: 1782 a 1801. Miscelánea: 1771 a 1805. Impresos y grabados: 1771 a 1805. Tomo VII. Caracas, Sur-América.
— (1932). Archivo del general Miranda: Revolución Francesa. Muerte del Mariscal Duchastellet y Cartas, 1792 a 1808. Tomo XIII. Caracas, Sur-América.
— (1938). Archivo del general Miranda: Negociaciones, 1770–1810. Tomo XV. Caracas, Tipografía Americana.
— (1950a). Archivo del general Miranda: Negociaciones, 1800–1804. Tomo XVI. Lex. La Habana.
— (1950b). Archivo del general Miranda: Negociaciones, 1804–1806. Tomo XVII. Lex. La Habana.
— (1950c). Archivo del general Miranda: Negociaciones, 1808. Tomo XXI. Lex. La Habana.
Documentación complementaria
BECERRA, Ricardo (s/f). Vida de Don Francisco de Miranda, General de los Ejércitos de la Primera República Francesa y Generalísimo de los de Venezuela. Madrid, América, 2 vols.
MENDOZA, Cristóbal L. (1962). Las primeras misiones diplomáticas de Venezuela. Caracas, Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, 2 vols.
Bibliografía citada
BOURDIEU, Pierre (1984). Sociología y cultura. México, Grijalbo.
— (1985) ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. Madrid, Akal.
CHIRICO, María Magdalena (1987). «El proyecto autoritario y la prensa para la mujer: un ejemplo de discurso intermediario». En El discurso político. Lenguajes y acontecimiento. Buenos Aires, Hachette.
FERNÁNDEZ NADAL, Estela (2001). Revolución y utopía. Francisco de Miranda y la independencia americana. Mendoza, EDIUNC.
JAMESON, Fredric (1989). Documentos de cultura, documentos de barbarie. La narrativa como acto socialmente simbólico. Madrid, Visor.
KERBRAT-ORECCHIONI, Catherine (1980). El discurso político. Lenguajes y acontecimiento. Buenos Aires, Hachette.
LOZANO, Jorge, Cristina PEÑA-MARÍN y Gonzalo ABRIL (1986). Análisis del discurso. Hacia una semiótica de la interacción textual. Madrid, Cátedra.
ROIG, Arturo Andrés (1981). Teoría y crítica del pensamiento latinoamericano. México, Fondo de Cultura Económica.
TORRES, Antonio (1989). La Revolución Francesa. Francisco de Miranda e Inglaterra. Valencia (Venezuela), Vadell Hermanos.
- Publicado por primera vez en Estela FERNÁNDEZ NADAL (2001), Revolución y utopía. Francisco de Miranda y la independencia hispanoamericana. Mendoza, EDIUNC, cap. 4, §2, pp. 166-185, bajo el (sub)título: «Las identidades colectivas. “Nosotros los americanos”; “Nosotros los criollos”».↵
- La deixis puede ser definida como «la localización y la identificación de las personas, objetos, procesos, acontecimientos y actividades de que se habla por relación al contexto espacio-temporal creado y mantenido por el acto de enunciación» (Lozano y col. 1986: 97. Cfr. también Kerbrat-Orecchioni 1980: 45-91).↵
- «Borrador para Gensonné» [París, 10 de octubre de 1792], en Miranda 1930ª: 8.↵
- El nosotros inclusivo es, según la terminología de E. Benveniste (Problemas de lingüística general), el colectivo de identificación que tiene la propiedad de incluir al enunciador y a los destinatarios y de aparecer como producto de una interacción comunicativa (yo + tú; yo + vosotros); tiene, por tanto, una clara función de interpelación respecto del destinatario. En cambio, el nosotros exclusivo es una ampliación del yo del enunciador, pero no hacia el lado del destinatario, sino hacia un elemento de tercera persona (yo + él; yo + ellos). En los textos mirandinos, tanto el «nosotros, los criollos» como el «nosotros, los americanos» son inclusivos. Sin embargo, bajo la homogeneidad del nombre, el sujeto social es en cada caso heterogéneo y posee una amplitud muy diversa: el primer nosotros inclusivo es restringido, pues remite a un pequeño círculo de interlocución que participa, a su vez, del colectivo más amplio —«nosotros, los americanos»—, determinado por referencia a la nacionalidad. En ambos casos, la construcción del nosotros es indisoluble de la construcción del ellos, es decir, de aquellos que son excluidos del nosotros. En el nosotros inclusivo restringido, el ellos está dado por los nativos no criollos: las castas o el pueblo. En el caso del nosotros inclusivo ampliado, ellos son los extranjeros, los opresores, los godos (Cfr. Chirico 1987: 71 ss. y Kerbrat-Orecchioni 1980: 52 s.).↵
- Se trata de dos documentos obrantes en el Archivo del Gral. Miranda que le sirven para presentarse ante las autoridades de los gobiernos extranjeros a los que acude en búsqueda de asistencia como portavoz autorizado de los independentistas americanos, que actúa en cumplimiento de un mandato oportunamente delegado en su persona por sus «compatriotas». La aludida «carta de los mantuanos» es una misiva fechada el 24 de febrero de 1782 y firmada por Juan Vicente Bolívar (futuro padre del Libertador), Martín de Tobar y el Marqués de Mijares, en la que estos miembros de la aristocracia criolla venezolana se refieren en muy duros términos a la situación de opresión que soportan los nativos bajo el dominio español en América y autorizan a Miranda a que pacte en su nombre con gobiernos extranjeros, con el objeto de conseguir auxilios para lograr la independencia. La autenticidad de esta carta ha sido muy discutida. Cfr. «Carta de D. Juan Vicente Bolívar, D. Martín de Tobar y Marqués de Mijares, al Sr. Don Francisco de Miranda» [Caracas, 24 de febrero de 1782], en Miranda, 1938: 68 s. Por su parte, el «Acta de París» es el segundo escrito que Miranda utiliza desplegar la misma estrategia. En ella, en diciembre de 1797, los señores José del Pozo y Sucre y Manuel José de Salas, en calidad de «delegados de la Junta de Diputados de los pueblos y Provincias de la América Meridional» reunidos previamente en Madrid otorgan expresos poderes a Miranda y a Pablo de Olavide (ausente en el momento de la firma) para llevar adelante negociaciones con potencias extranjeras en favor de la independencia americana. «Acta de París» [22 de diciembre de 1797], en Miranda 1938: 198 s. Cfr. Fernández Nadal, Estela 2001: 153-160.↵
- Cfr. Roig 1981: 18-23. La diversidad es —según el autor— el lugar inevitable desde el cual preguntamos y respondemos por el nosotros (19).↵
- Reproducimos algunos fragmentos de esta importante carta: «Habiendo esperado pacientemente por espacio de casi seis meses alguna contestación a mi carta fechada el 18 de septiembre de 1791, o por lo menos la devolución de los papeles que tuve el honor de confiarle, ahora ya no me quedan dudas en cuanto a la determinación que debo tomar, y por más extraña que sea la conducta que se le ha antojado seguir para conmigo, la entiendo muy bien […]. Pero, ¿cree Ud., Señor, que sea justo o razonable el apropiarse por parte suya de lo ajeno y que falte a sus compromisos y a las promesas hechas en nombre de la nación? Pues es a la nación inglesa a quien se ha dirigido, por órgano del Ministerio de Ud., comunicación de unos planes que se han creído dignos de ella […]. No, Señor, todas las ideas contenidas en esos planes, ojalá que Ud. no lo olvide nunca, le fueron expresamente comunicadas en pro de la Libertad y la Prosperidad de los pueblos hispano-americanos y para utilidad y honor de Inglaterra, siendo ambos objetos perfectamente compatibles. Pero, si Ud. tuviere la mira de hacer otro uso, persuádase con anticipación de que no faltarán a mis compatriotas medios para detener sus propósitos siniestros» («A Pitt» [Londres, 17 de marzo de 1792], en Miranda 1938: 142-144).↵
- El 10 de agosto de 1792, luego de haberse conocido en París el manifiesto del general prusiano, duque de Brunswick, que amenazaba invadir la capital si la familia real sufría algún tipo de vejación, y ante la certidumbre de que el rey estaba en tratativas con las tropas extranjeras, se produjo un estallido revolucionario. Los seccionarios de París, dirigidos por Danton y Robespierre, invadieron las Tullerías y apresaron al rey, exigiendo su destitución y la convocatoria a una nueva asamblea. Esta jornada significó el fin de la política de compromiso con la monarquía y la caída de la Constitución de 1791. Sus consecuencias políticas fueron enormes, pues la nueva Asamblea convocada con carácter constituyente —la Convención— dotaría al país de un régimen político republicano. La jornada del 10 de agosto significó la entrada de los ciudadanos pasivos en masa en las asambleas de sección y en los batallones de la Guardia Nacional. Soboul la considera una «segunda revolución» dentro de la gran Revolución Francesa, cuyas conquistas serían el sufragio universal y el armamento de los pasivos. El nuevo impulso revolucionario se manifestó en el frente de batalla con la gran victoria de Dumouriez —en la que tuvo un papel protagónico Miranda— en Valmy.↵
- Miranda aceptó su nueva responsabilidad en el ejército francés, dejando expresamente establecida una condición: llegado el momento oportuno, Francia apoyaría la causa de la independencia americana. «Como la libertad de los pueblos es un objetivo que interesa igualmente a la nación francesa, y principalmente aquella de los pueblos que habitan la América del Sur (o colonias Hispanoamericanas), que por su comercio con Francia hacen un gran consumo de sus mercancías, y que desean también sacudir el yugo de la opresión para unirse a ella; es necesario que su causa sea protegida eficazmente por Francia, puesto que es la de la libertad, y que se me conceda el permiso (en el momento que se presente la ocasión) para ocuparme principalmente de la felicidad de ellas, estableciendo la libertad y la independencia de sus países […]. Es bajo estas expresas condiciones y en ese espíritu que me he alistado al servicio de la Francia Libre, cuya garantía (por parte del gobierno representativo) me ha sido asegurada por los ministros (de la guerra) Servan, Roland, Le Brutt y Claviére, y también por el patriota alcalde de París, Petion, y todos ellos me han prometido testimoniarlo siempre al mundo entero si fuese necesario» («Al Señor Servan, Ministro de Guerra» [París, 25 de agosto de 1792], en Miranda 1930a: 7 s.).↵
- Como es sabido, en la isla de Santo Domingo —cuya parte occidental había adquirido Francia en 1697, por el tratado de Ryswick— había estallado una insurrección popular bajo la influencia directa de la metrópoli. Allí, a diferencia de lo que ocurría en las colonias españolas del continente, existía, al lado de la minoría blanca de grandes plantadores, otra minoría de mulatos propietarios y negros libres, conocidos como affranchis, y una inmensa mayoría de negros esclavos. Bajo el impacto de la revolución, cada grupo interpretó las consignas libertarias a su manera y según sus intereses. Mientras los colonos blancos creyeron encontrar la esperada ocasión para conseguir la autonomía respecto de la metrópoli y la obtención del control político exclusivo en la colonia, los mulatos aspiraron a participar en un plano de igualdad con los blancos en el gobierno de la isla. Estimulados por el apoyo metropolitano, en 1790, los affranchis se levantaron, en complicidad con el gobernador de la isla, bajo la dirección de Rigaud. Pero en agosto de 1791, en el norte de Santo Domingo, donde se encontraba la mayoría de las plantaciones de caña de azúcar, estalló la sublevación de los esclavos negros, a la cual Toussaint L’Ouverture supo imprimirle una orientación netamente antiesclavista. Cfr. Torres 1989: 50 ss.↵
- Quince días después, Brissot le escribe al propio Miranda y le dice: «Vengo ahora a tratar algo que le concierne personalmente. Yo he creído llegado el momento de revolucionar las colonias españolas y de darles la libertad. Diez o doce mil hombres de tropa están actualmente en Santo Domingo. Se puede fácilmente conseguir allí, y también en nuestras otras colonias, un cuerpo de ocho a diez mil mulatos. […] Consentirán en dar a Ud. el gobierno vacante de Santo Domingo […] El momento es propicio: si se le deja pasar, quizás no vuelva más. Escríbame dos líneas sobre este asunto, y crea a la estimación profunda que yo le profeso» («De J. P. Brissot al General Miranda» [París, 13 de diciembre de 1792; orig. en francés], en Miranda 1930a: 32 s.).↵
- «Disposición testamentaria» [Londres, 1 de agosto de 1805], en Miranda 1930b: 136.↵
- «Notas sobre Caracas para Richard Wellesley Jr.» [Londres, julio de 1810], en Mendoza 1962: 267.↵
- «A Pitt» [Londres, 19 de marzo de 1799], en Miranda 1938: 351.↵
- «A Sir Evan Nepean» [Londres, 5 de febrero de 1805], en Miranda 1950b: 145.↵






