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Infancias guerrilleras

El mito sacrificial moderno en tiempos de dictadura

María Pía Cartechini[1]

1. Infancias

En medio de la vorágine política, social, económica y cultural en la que estamos arrojados, y por la que somos interpelados constantemente, si hay algo de lo cual creemos estar seguros es sobre la infancia. El adulto contemporáneo no se detiene a preguntar por la niña o el niño, porque se le figuran dentro de “lo obvio”, como algo que sus categorías ya han logrado cifrar dentro de ciertos parámetros y le dan seguridad a la hora de tener que hablar sobre ello. Tal como sostiene Jorge Larrosa (2000, p. 165), la infancia se ha vuelto algo que nuestras instituciones, saberes y prácticas ya han delimitado y sobre la cual albergamos la pretensión de intervenir constantemente. Desde esta perspectiva, parece haber un consenso general en el imaginario colectivo sobre la definición de infancia: una etapa en el desarrollo humano, que conlleva un crecimiento corporal, una paulatina madurez y desarrollo psicológico, donde el niño debe recibir una educación, tanto familiar como escolar.

No obstante, la infancia no ha sido concebida de la misma manera a lo largo de la historia de la humanidad. Diversos autores han dado cuenta de cómo la infancia es una construcción histórica que ha ido variando a lo largo de las sociedades y las épocas. Philippe Ariès, a partir de la publicación en 1960 de su libro: El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, abrió un amplio campo de los estudios sobre la infancia al mostrar cómo a partir de comienzos de la modernidad, hacia los siglos XVII y XVIII, aparece un sentimiento hacia la infancia y esta es “descubierta”, en el sentido categórico en el que aún lo hacemos hoy. Ariès ilustra esto al sostener que antes del siglo XIII las/os niñas/os no se distinguían de las/os adultas/os, sino que eran iguales tanto en sus actividades como en sus conductas y se entremezclaban en la vida cotidiana. Luego de dicho siglo, esta concepción fue cambiando paulatinamente y se fue tomando a la infancia como “objeto de estudio y normalización” (Baquero y Narodowski, 1994, p. 62). Esta normalización tuvo su mayor exponente a través del aparato escolar que empezó a tomar fuerza en la modernidad.

A partir de lo anterior podemos sostener, entonces, que la niñez es una construcción histórica, social y moderna. Entre varias/os autores[2] que dan cuenta de esta afirmación mencionamos a Ricardo Baquero y Mariano Narodowski que en su artículo “¿Existe la infancia?” sostienen que:

(…) es posible afirmar la historicidad del concepto de infancia, ya no una historicidad que afirme simplemente el carácter relativo de los atributos dados a la infancia, sino un carácter histórico en tanto la infancia fue minuciosa y puntualmente construida en esa sutil trama de dispositivos discursivos e institucionales (Baquero y Narodowski, 1994, p. 65).

Tomar conciencia de la infancia como construcción abre la posibilidad para sospechar acerca de los sentidos que se le han otorgado, dejando de lado una concepción basada en saberes absolutos sobre ella. Esto implica que dicha idea tiene un proceso de formación que, si bien establece una noción dominante sobre lo que implica, se configura también históricamente de diferentes maneras. Los sentidos y los discursos que se han construido acerca de la niñez surgen de que ciertas circunstancias y acontecimientos, se entrecruzan y tensionan dando lugar a interpretaciones y valoraciones acerca de esta, y por las cuales se lleva a cabo una toma de posición frente a la infancia.

Teniendo en cuenta lo anterior, el presente trabajo tiene como núcleo significativo analizar ciertas concepciones de la infancia que aparecen durante el período de 1976 a 1983 en Argentina. Las preguntas que guían nuestro trabajo son: ¿cómo se concibió a las niñas y niños durante este período? ¿Qué nociones de infancias fueron visibles y cuales se ocultaron? ¿Qué concepción de infancia puede sostener la apropiación y el control absoluto sobre las niñas y niños de la época? ¿Bajo qué racionalidad pudo ser posible esa apropiación?

Para indagar estas primeras inquietudes acudiremos a algunos textos y discursos enmarcados en el llamado período del “Proceso de Reorganización Nacional”, que corresponde a la dictadura cívico-militar que gobernó entre 1976 y 1983. Entre estos cuentan notas de revistas, películas basadas en historias reales de infancias, panfletos oficiales emitidos por el gobierno en esa época y memorias de hijas/os de víctimas. Dentro de dichos materiales podemos encontrar fisuras por donde se filtran diferentes maneras de entender la infancia.

Finalmente, esta primera indagación del trabajo nos llevará a sondear acerca de la racionalidad bajo la cual pudo ser posible la apropiación de niñas y niños nacidas/os en cautiverio; e inquirir sobre los trasfondos que refuerzan el sacrificio de la identidad de las/os hijas/os de desaparecidos. En este sentido, sostenemos que existe una manera de entender la infancia que lleva a justificar dichas acciones.

Para bosquejar algunas respuestas a las preguntas, nos interesa rescatar dos categorías: el “niño militante”, propio del anarquismo; y el “niño guerrillero”, extraída de los discursos peronistas. Estas nociones las tomamos de Sandra Carli, de su libro Niñez, pedagogía y política (2003). Luego, mostraremos cómo es posible visualizar durante la dictadura una despolitización de la infancia marcada por el silencio.

Posteriormente detendremos nuestra reflexión en la racionalidad que justificó la apropiación de niñas/os, en consonancia con los sentidos que se construyeron acerca de la infancia durante el período histórico de 1976 a 1983 en Argentina. Para ello, nos ocuparemos de tres mitos modernos: del progreso, del poder y del sacrificio. Estos serán trabajados a partir del pensamiento de Franz Hinkelammert (2007).

2. El niño militante, infancias guerrilleras y la despolitización de la infancia

Sandra Carli, en Niñez, pedagogía y política, al analizar la cuestión social de la infancia entre 1890 y 1930, explora los discursos del socialismo y el anarquismo en torno a esta temática. Durante la segunda presidencia de Roca, en 1884, fue promulgada la Ley 1.420 que establecía la educación primaria gratuita, obligatoria y laica para todos los habitantes del país. Esta había sido incentivada por Sarmiento en su función de director general del Consejo Nacional de Educación. En conformidad con esta legislación, el socialismo buscó una escolarización de la niñez obrera, para paliar las desigualdades sociales que llevaban al trabajo infantil. Buscó explicar la identidad del niño obrero, pero también hacer coincidir esa identidad con la del alumno universal promulgado por Sarmiento. En razón de ello, pugnaron por ampliar la escuela pública. En contraposición, el anarquismo se caracterizaba por un reconocimiento de la infancia como una identidad diferenciada y por tanto a los niños como sujetos políticos que forman parte de una comunidad autónoma respecto del Estado. Por este motivo tenían el derecho de no estar sujetados por las autoridades, “(…) pero ubicados en común compromiso político con los adultos para la transformación de la sociedad, sacrificando entonces su condición de niños” (Carli, 2003, p. 145).

En 1903, dentro del tercer congreso de la Federación Obrera Argentina, que estaba dominada por el anarquismo, se sostuvo la urgencia de crear escuelas libres. Allí habría una educación societaria y se proporcionaría una enseñanza tanto científica como manual, es decir, racional y productiva, para que los asalariados pudieran tener los conocimientos que el Estado y la burguesía les negaban. Esta idea está en correlación con lo sostenido en el Primer Congreso de la FOA de 1902, donde se prohíbe el trabajo infantil con el objetivo de formar productores libres, que rechazaban el vínculo con el Estado con respecto a lo que este demandaba. Tantos infantes como adultos aparecen en condiciones de igualdad en la lucha contra el Estado, por lo que era de suma importancia una educación política de la infancia (en escuelas propias, no estatales); apartada del sectarismo patriótico, y caracterizada como racionalista, mixta, integral, científica y libertaria.

Esta visión de la educación deriva del discurso anarquista acerca de la infancia, el cual aspiraba a formar un sujeto libre, des-sujetado de la autoridad, principalmente en manos del poder eclesiástico y del Estado. Por ello, la noción de individuo es tan fuerte en el anarquismo, en tanto se lo considera la célula donde se concretan todos los derechos; y así, pues, se velaba por la libertad, de la cual se derivaban dos conceptos claves: la rebeldía infantil y el autogobierno. La rebeldía tenía que ver con “poner freno a las estrategias políticas y católicas de sujeción del niño” (Carli, 2003, p. 175), para esto debía afirmar plenamente sus derechos. Por su parte, la idea de autogobierno estaba dirigida a aprender a usar la libertad, para lo cual era indispensable el desarrollo óptimo de la razón. Finalmente, también destaca como categoría la figura del niño militante. Dicha noción, surge a partir de concebir la importancia de la participación infantil dentro de las prácticas políticas.

Ahora bien, en la época del peronismo, desde 1945 a 1955, se da una politización del vínculo entre la niñez, la juventud y el Estado. Los discursos sobre la infancia estaban atravesados por las transformaciones producidas en la década del ‘30, en la cual la corriente de la escuela nueva había decaído y la pedagogía que se debatía entre los modelos comunistas y nacionalistas, se había desplazado y abarcado la esfera política. “La niñez había comenzado a ser interpelada como nueva generación, lo que se debatía era cómo el Estado-Nación debía intervenir en la constitución de la identidad de esa nueva generación” (Carli, 2003, p. 255).

Carli, hace una distinción de los discursos dirigidos a la niñez y la juventud entre el primer y el segundo gobierno de Juan Domingo Perón. En su primer mandato la interpelación política dirigida a los más jóvenes estaba concentrada en la idea acerca de que “los únicos privilegiados son los niños”, donde el Estado aparece como garante absoluto de las demandas sociales de la época. Además, el primer Plan Quinquenal incentivó la inclusión y la dignificación social, lo cual se refleja en la cantidad de obras llevadas a cabo como la creación de numerosas escuelas, la expansión del nivel inicial, la creación de la conocida “Ciudad Infantil”, inaugurada en 1949, donde asistían las/os niñas/os más pobres del país, u obras como los hogares escuelas, promovidos por Eva Perón. Ahora bien, todas estas acciones remitían a una política generacional, que pretendía “la creación de una nueva cultura política argentina desde una nueva base social” (Carli, 2003, p. 261), combinando el bienestar social y el acceso a la cultura. Esto tenía como fin formar un “buen ciudadano”, moldeado por la Nación, digno, justo, prudente, sabio, solidario, que tendiera al bien público y no a la división del pueblo por diferencias ideológicas o sociales. En base a lo anterior, podemos concluir que en este primer gobierno los infantes y jóvenes eran puestos en igualdad de condiciones frente al adulto en cuanto a su importancia, en tanto la niñez era objeto de políticas concretas. Pero el Estado llegaba a ellas/os a través de la mediación de docentes, familiares y la Iglesia.

En el segundo gobierno, en cambio, la interpelación política fue directamente dirigida a la juventud, la cual apareció como el camino para asegurar el futuro del país. En este sentido se marca una ruptura con la Iglesia por parte del peronismo, que en el nuevo Plan Quinquenal apuntaba a una formación moral que no estuviera marcada por principios religiosos. El gobierno, centrado en la esperanza de la generación del 2000, comprometió a niños y jóvenes a responsabilizarse políticamente por el país. Respecto de esto, Carli nos dice:

Los jóvenes son interpelados no como creadores de un nuevo orden social, sino como correa de transmisión de la continuidad del peronismo. Ya no como jóvenes protegidos o privilegiados por las políticas sociales del Estado, sino como sujetos políticos con responsabilidad pública en los destinos de la nación (Carli, 2003, p. 316).

Como vemos, tanto para el anarquismo como para el peronismo, el niño aparece como sujeto político. Sin embargo, en el primer caso, el anarquismo busca la educación política para llevar a cabo una ruptura con el Estado y lograr una utopía. En cambio, el peronismo, sostiene la figura del niño como sujeto político a favor de su propia continuidad a lo largo del tiempo, vinculando infancia y Estado. Cabe resaltar, que esta visión de la niñez, marcada en la juventud de esa época peronista, será la que ellas/os mismas/os siendo adultas/os trasladen posteriormente a otras generaciones.

Muchos de esos jóvenes a los que se dirigió Perón habían formado parte del universo imaginario sintetizado en la frase “los únicos privilegiados son los niños”, y muchos de ellos, seguramente, fueron después protagonistas de la resistencia peronista que se inició con el golpe militar de 1955 (Carli, 2003, p. 316).

Ahora bien, ¿qué pasó con esta concepción de infancia durante el Proceso de Reorganización Nacional? Si bien la dictadura, aplicó todo un aparato represor en cualquier universo discursivo que se le presentara como contrario, no podía evitar que se les fugaran ciertas resistencias por los poros del cuerpo social, ya que, como bien sostuvo Michel Foucault (2008): “(…) donde hay poder hay resistencia” (p. 91). Estas no solamente eran consideradas subversivas, sino que como una enfermedad propagaban y contagiaban el desorden social.

A modo de ejemplo de lo anterior, la revista Gente publicó en una nota aparecida en el n° 572, del 6 de julio de 1976, una entrevista a diez personas, titulada: “¿Qué hace usted para que su hijo no sea guerrillero?”. En ella, el foco de discusión gira en torno a la falta de autoridad, la escasa formación moral y la ausencia de control sobre las amistades de sus hijos, como también acerca de algunas de las maneras en que los guerrilleros “captaban” las mentes de los jóvenes. Una de las entrevistadas, Karin Pistarini, de profesión modelo, decía: “Quisiera acotar a lo dicho hasta ahora un elemento quizá doméstico, diario, pero que es de básica importancia. Cuando se investigan hechos de este tipo notamos que en las casas no saben muy bien quiénes son los amigos de sus hijos” (Sallas, 1976, p. 9). La manera de evitar que los hijos se volvieran subversivos era a partir del control de lo que leían, de los lugares a los que iban, de lo que veían en la escuela y por supuesto de la gente que frecuentaban.

Ahora bien, esta estrecha vinculación entre política e infancia construida durante los años del peronismo, puede verse reflejada en la organización política “Montoneros”, que protagonizó la resistencia armada durante la dictadura militar, al tomar responsabilidad política por el destino de la nación. Allí también podemos encontrar la categoría de “guerrillero”. Ejemplo de esto se da en la película de Benjamín Ávila, Infancia clandestina (2011), la cual retrata la infancia del propio director. En esta, Juan, un chico de 12 años hijo de militantes montoneros, retorna a la Argentina con sus padres y su hermana, desde su exilio en Cuba, para formar parte de la contraofensiva de Montoneros de 1979.

En la película, aparece la visión que se tenía del menor ubicado en un lugar de paridad junto con el adulto a la hora de ejercer su participación en las prácticas políticas. Juan, quien al llegar a la Argentina desde su exilio es obligado a cambiar su nombre por Ernesto, es plenamente consciente de lo que hacen sus padres, no solo porque observa a escondidas las reuniones con las/os demás “compañeras/os”, sino que su familia le deja en claro el porqué de su retorno al país y el importante rol de mantener en la clandestinidad su identidad, ya que, de lo contrario serían descubiertos. Incluso, en una de las escenas, la abuela de Juan, le reclama a los padres que sus hijos no tienen una vida “normal”, ya que han sufrido cambios de nombres y hasta de cumpleaños. Ante esto, la madre, Charo, le dice que ella no tendría problema en que, si ellos murieran, sus hijos sean cuidados por sus “compañeros” y sean “guerrilleros”.

Pero además de lo anterior, remarcamos también la tendencia contraria a la politización de la niñez y la juventud que se produjo durante la última dictadura militar, marcada por el silencio y la falta de participación. Nos parece importante remarcar cómo dentro de las políticas del anarquismo y el peronismo hay una expresa politización de la infancia; y en contraste con esta, en el período de la dictadura la política de Estado fue justamente la despolitización de aquella.

Podemos traer a colación a Valeria Llobet, quien en un artículo llamado: “Y yo, ¿dónde estaba entonces? Infancia, memoria y dictadura” (2015), analiza la experiencia de quienes fueron considerados “niños comunes”, en contraposición a hijas/os de desaparecidas/os. Toma narraciones biográficas de cuarenta y ocho personas que transitaron su infancia durante la dictadura y marca cómo en su relato diferencian entre lo público y lo privado, “colocando “la dictadura” en lo público y a su vez, construyendo una posición de enunciación distanciada” (Llobet, 2015, p. 51). Vemos entonces como las infancias vivencian el espacio simbólico y físico de lo público como algo alejado, quedando recluidas en el ámbito familiar y privado.

Efectivamente, se produjo un cambio brusco respecto de la relación entre política e infancia en dicha etapa: el niño ya no es considerado un sujeto político con derechos propios, al cual hay que educar para que tenga responsabilidad pública y participación política. En las escuelas y en las casas en general no se hablaba de lo que sucedía a nivel político y social en el país y, por lo tanto, muchas/os niñas/os no estaban enterados de los acontecimientos. Se produce así un retroceso donde la infancia pierde todo derecho en el espacio público, e incluso en el ámbito privado: a la palabra, a la enunciación, a la pregunta. Antes que sujeto político, es un “sujeto silenciado” e incluso en su más extrema radicalidad una tenue sombra de ello, un no-sujeto. Más aún quienes eran hijos de “subversivos” o “desaparecidos”. Respecto de esto podemos citar a María Lidia Piotti (2006): “El miedo era muy intenso y decir una verdad lacerante que había producido la dictadura, como palabra instalada en el espacio público, podía significar, en el mejor de los casos, el desprecio y el aislamiento y en el peor, la cárcel o la muerte para otros familiares” (pp. 39-40).

Además, dicho sujeto silenciado es además violentado en su universo cultural y simbólico. La censura de libros como El principito de Antoine de Saint-Exupéry, Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann, entre otros, formaba parte de la lógica represiva, ya que cierta literatura infantil podía despertar la sombra subversiva. La única manera de mantener el control era restringiendo todo espacio social, desterrando de esta manera la actividad política de la realidad escolar. Esto significaba inhabilitar el espacio para poner en cuestión ciertas ideas, debatir, preguntar, hacer circular la palabra, en definitiva, vaciar de posibilidades de sentido el mundo de las/os niñas/os, prohibiéndoles pensar.

Por ello en el panfleto Subversión en el ámbito educativo. Conozcamos a nuestro enemigo de 1977, emitido por el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación, en la sección de Nivel Preescolar y Primario, se sostiene que la ofensiva marxista ofrece libros:

(…) que acompañen al niño en su lucha por penetrar en el mundo de las cosas y de los adultos, que los ayuden a no tener miedo a la libertad, que los ayuden a querer, a pelear, a afirmar su ser. A defender su yo contra el yo que muchas veces le quieren imponer padres o instituciones, consciente o inconscientemente, víctimas a su vez de un sistema que los plasmó o trató de hacer a su imagen y semejanza (Ministerio de Cultura y Educación de la Nación, 1977, p. 49).

Era necesario evitar esta formación para cortar las conductas “rebeldes” desde su raíz; para eso había que sacar este tipo de literatura de las escuelas y reforzar el control del director y de los padres.

3. El mito sacrificial moderno

Hasta aquí hemos visto dos concepciones marcadas de infancia. Una como “niño militante” que, bajo las perspectivas tanto montonera como dictatorial, podemos pensarla como “niño guerrillero”, desde la que se afirma un sujeto que cumple un rol de participación política. Otra como “despolitización de la infancia”, donde se gesta un “sujeto silenciado”. No solo porque las/os niñas/os pierden todo derecho político, corriéndolas/os de la acción en la esfera de lo público, buscando que no piense, sino también porque aquellos que tenían conciencia de lo que sucedía, o fueron afectados por la desaparición o militancia de sus padres, no podían enunciar la experiencia que les había acontecido y los había interpelado.

A partir de allí, nuestra hipótesis tiene que ver con pensar que hubo un plan sistemático para volver cualquier infancia en silenciada, y a las consideradas puntualmente “guerrilleras” en sacrificadas. Dicha idea llega a su extremo más cruel con la apropiación de bebés cometida durante esos años. Pero, ¿bajo qué racionalidad fue posible esa apropiación? ¿Sobre qué trasfondo se puede sostener el sacrificio de la identidad de las/os hijas/os de desaparecidas/os?

Para analizar estos interrogantes, nos internamos en algunos aspectos del pensamiento de Franz Hinkelammert que nos dan indicios para sospechar que ciertos mitos creados por la modernidad tejen redes que sostienen las acciones llevadas a cabo durante este período por los militares y por quienes los apoyaban.

Según este pensador, existe una dimensión de la razón a la cual llama “razón utópica”, que implica la capacidad de pensar en general, algo que sería propio de nuestra condición humana. Esto comporta que esta dimensión de la razón aparece tanto en las ciencias empíricas como en la economía o la convivencia social. En una serie de conversaciones con Hinkelammert registradas en Teología profana y pensamiento crítico (2012) aclara que:

(…) sobre todo a partir de la Modernidad, todo se piensa al límite y a partir del límite se piensa lo empírico o lo real. Esto está vinculado con los grandes mitos seculares que aparecen con la Modernidad. El más grande es el mito del progreso lineal e indefinido: el ideal no se puede realizar, pero se puede hacer una aproximación asintótica. Ahí tú te pierdes en la aproximación asintótica y destruyes toda la convivencia en función de lograr el ideal. Esto sucede porque se olvida el carácter trascendental del ideal, y lo real es entendido como una desviación de los modelos ideales llevados al límite. Esto sucede en general, en todos los campos del pensamiento, no solo en las ciencias matemáticas y naturales, también en el pensamiento social o político. También la convivencia es pensada al límite (Fernández Nadal y Silnik, 2012, pp. 58-59).

Nos interesa profundizar en la cita del autor desde diferentes aspectos.

En primera instancia, que la razón utópica piensa el mundo mediante mitos. El autor hace hincapié sobre este análisis en su libro Hacia una crítica de la razón mítica. El laberinto de la modernidad (2007), donde sostiene que la gran modernidad prometía el progreso absoluto de la humanidad, su liberación, su emancipación y la perfección del mundo. Sin embargo, para que algo sea perfecto es necesario poder controlarlo completamente, que no haya margen de error, calcularlo, medirlo, racionalizarlo, limar cada esquina para que no salga del margen. Para esto debe limpiar de sus entrañas toda explicación poco racional, amputar todo vestigio mítico, extirparlo de ella.

Es decir que la razón moderna tiene la pretensión de abolir los mitos, intenta definirse por fuera de este espacio. Lo quiere abandonar a su suerte en los albores remotos de la humanidad como algo primitivo, carente ya de valor, superado. Viene a sustituir al mito y a iluminar la oscuridad del pasado, desmitificando y desmagizando el mundo. Quienes logran efectuar dicha superación son las ciencias empíricas y las tecnologías que resultan de la aplicación de esta razón.

No obstante, Hinkelammert observa que la modernidad, en tanto pensamiento humano, también produce mitos. Dentro de ellos podemos distinguir el del progreso y el del poder. El primero, está caracterizado por la infinitud y promete realizar todos los sueños humanos. En ese sentido, produce una magización del mundo, utilizando en su base a una razón instrumental que, buscando la perfección y la exactitud, intenta que la realidad se acomode a su cálculo medio-fin. Sin embargo, tal perfección no es más que una utopía, como si esta pudiese realmente concretarse al pie de la letra en una realidad socio-histórica azarosa y desbordante. En este sentido, no hay nada más mítico que “lo perfecto”.

Ahora bien, el mundo es contingente, escapa a la causalidad cerrada, a las programaciones antropomórficas tanto de la naturaleza como de las cuestiones humanas. Entonces, ¿cómo lograr una regulación que permita la convivencia necesaria para la vida social? Esta se logra a partir de un orden de las relaciones a través de la institucionalización, nos dice el autor. Es decir, son necesarias reglas que regulen el comportamiento. En el caso de que dichas reglas no se cumplan, entonces aparece el otro gran mito moderno, el del poder, el cual tiene a su base que “hay que dar muerte, para que haya vida” (Hinkelammert, 2007, p. 46). Es decir que se administra la muerte en función del orden. La consecuencia de esto es que se licua la denotación del asesinato, connotándolo en sacrificio. Todo sacrificio humano se vuelve fértil y justificado para asegurar la vida futura, tanto para el poder del mercado como para el poder político. La diferencia entre ambos, es que: “El poder del mercado deja morir, el poder político mata directamente” (Hinkelammert, 2007, p. 47).

No obstante, ese cálculo que iguala muerte a vida, es mítico porque en definitiva calcula la muerte presente en relación a un futuro “desconocido y vacío, que se promete” (Hinkelammert, 2007, p. 47). En la facticidad tan solo existe una muerte aplicada real, concreta, visceral, en pos de una vida ideal ausente.

El sujeto se pierde en el intento de llegar al ideal, ya que este siempre es trascendental y la única aproximación posible es asintótica. En función de llegar a él, lo real aparece como una desviación del ideal y por lo tanto debe ser sacrificado. Esto lleva a un extravío y se destruye toda convivencia, la cual es llevada al límite.

4. El sacrificio en tiempos de dictadura

Este concepto del mito sacrificial, que se encuentra inscripto según Hinkelammert en las paredes del laberinto moderno, nos da indicios para pensar las racionalidades bajo las cuales se operó durante el proceso militar en Argentina. La idea del sacrificio, sostiene que algo debe ser destruido, o subyugado, en pos de algo mejor, de otra vida. Encontramos dentro de la dictadura algunos discursos que sostienen esta idea. Uno de ellos es la famosa justificación “algo habrán hecho” que permite a torturadores y asesinos correrse del lugar espeluznante de asesinos porque produce una guerra inexistente contra los subversivos. Elabora una imagen de estos como quienes hacen la guerra. Sus muertes así sirven para justificar el advenimiento de tiempos de paz y orden donde las vidas argentinas se salvarían. De esta forma, la sangre de sus manos se escurre ante la purificación del sacrificio.

Podemos poner como un ejemplo de ello al testimonio de Analía Kalinec, hija de Eduardo Emilio Kalinec, quien fue un oficial ayudante de la Policía Federal durante el Proceso. En el libro Hijos de los 70. Historias de la generación que heredó la tragedia argentina (2016) de Carolina Arenes y Astrid Pikielny, Analía cuenta que:

(…) Una de las últimas veces que fue a verlo lo encontró muy mal de ánimo, los ojos llorosos. Él le agarró la mano y le dijo:
– ¿Vos pensás que yo soy un monstruo?
– Sí –contestó la hija–, y supo que su respuesta lo quebraba, lo vio temblar. Pero ese día, dice, pudieron hablar.
– Vos pensá –razonó Kalinec– que una persona que está ahí sabe dónde van a poner una bomba que va a matar a 400 personas. ¿Vos no arbitrarías los medios para sacarle información y salvar a esas 400 personas?
– ¿Qué me estás diciendo, papá, que justifique la tortura?
– Bueno, no entendés, no entendés (…) (Arenes y Pikielny, 2016, pp. 145-146).

Arbitrar medios para salvar a otros durante la dictadura implicó torturas, desapariciones, vuelos de la muerte, etc. Kalinec pretende que su hija entienda su justificación. Los monstruos de la razón se hacen carne en cada represor a raíz de una mitología del poder que administra muerte sobre quienes considera necesario borrar del mapa del genoma humano. Una vida por otras. Así, despojar al otro de todo derecho, licitar todo contacto atroz e inhumano con su otredad, con su cuerpo, es posible a partir de proclamar al otro subversivo.

¿Pero hasta qué punto había que llevar los sacrificios en pos “del orden”, “de la vida”, “de la paz”? ¿Hasta dónde “la convivencia es pensada al límite”? El aparato represor estatal no escatimó esfuerzos en su preservación del poder obtenido, razón por la cual violentó todas las dimensiones del ser humano donde pudo inmiscuirse. No solo desde lo público, sino también desde lo privado, yendo al origen de la “subversión”. El comunismo era una enfermedad que debía ser erradicada desde la más tierna infancia. Dicha idea de un ser virósico que se injerta en la piel del cuerpo social está fuertemente presente en el siglo XX, según Franz Hinkelammert:

La manera de hablar sobre estas masacres, revela lo que son. Se habla casi exclusivamente de “liquidar”, “eliminar”, “extirpar” y “exterminar”. Es el lenguaje de todas las fábricas de muerte del siglo XX. Es la eliminación de los derechos humanos por medio de la declaración de la no-humanidad del enemigo reducido a un ser terrorista (Hinkelammert, 2007, p. 154).

Esto se hace presente claramente por ejemplo en una “Carta abierta a los padres argentinos” de la revista Gente, publicada con fecha del 16 de diciembre de 1976. Citamos un fragmento donde las analogías son claras:

Después del 24 de marzo de 1976, usted sintió un alivio. Sintió que retornaba el orden. Que todo el cuerpo social enfermo recibía una transfusión de sangre salvadora. Bien. Pero ese optimismo –por lo menos en exceso– también es peligroso. Porque un cuerpo gravemente enfermo necesita mucho tiempo para recuperarse, y mientras tanto los bacilos siguen su trabajo de destrucción. Hoy, aun cuando el fin de la guerra parece cercano, aun cuando el enemigo parece en retirada, todavía hay posiciones clave que no han podido ser recuperadas (Anónimo, 2007 [16 de diciembre de 1976]).

Podemos apreciar cómo la revista Gente se hizo eco del discurso dictatorial, donde la guerrilla, el comunismo, figuran como esta enfermedad que se infiltra en el cuerpo social. ¿Cómo evitar ese contagio? Una de las maneras de evitarlo, es erradicando de raíz a estos “bacilos” que contaminan a los buenos ciudadanos, recuperar las “posiciones clave”. Por ello, más adelante aparece una clara interpelación a los padres:

Cautela. Vigilancia. Analice las palabras que su hijo aprende todos los días en la escuela. Hay palabras sonoras, musicales, que forman frases llenas de belleza. Pero que encierran claves que el enemigo usa para invadir la mente de su hijo. Cierto tono clasista en los comentarios, la palabra “compromiso”, descripciones del mundo como un mundo de pobres y de ricos, y de la historia como una eterna lucha de clases. Por ese trampolín se salta rápidamente de la educación bancaria (la tradicional, la que conoce jerarquías: el alumno en el banco y el profesor en el estrado) a la “educación liberadora” que preconizaba Paulo Freire, un ideólogo de Salvador Allende. ¿Sabe qué postula la “educación liberadora”? Yo se lo digo. Nada de jerarquías. Igualdad entre profesores y alumnos. Lo mismo el que sabe que el ignorante. En una palabra: anarquía (Anónimo, 2007 [16 de diciembre de 1976]).

Esta carta tiene un claro propósito: que los padres establezcan un control hacia los jóvenes, quienes se consideraban más propensos a tener conductas subversivas. Borrar la anarquía del mapa implicaba el intento por minimizar toda libertad política, de pensamiento, de libre expresión y del espacio público. La anarquía y la guerrilla existían como un germen que podía infiltrarse en cualquier momento en la mente de los menores de edad. Por ello se buscaba subyugarlas a partir del control permanente de la familia, docentes, vecinos; vigilando lo que las/os chicas/os veían, hablaban, leían; con quienes se reunían o el tipo de educación que recibían.

La infancia guerrillera buscaba erradicarse no solo a partir de los controles exhaustivos, sino que el mayor problema era que existía también de forma latente en las familias militantes. Destruirla en pos de un futuro mejor era una tarea a la que el mito del poder se abocó.

5. El sacrificio de la identidad

Franz Hinkelammert, como dijimos anteriormente, sostiene que dentro de los mitos modernos se encuentran el del poder y el sacrificial. En cuanto este último, vimos que se apoya sobre la idea de que la muerte concreta se presenta como una manera de “dar vida” en un futuro irreal, y por esto, se vuelve un sacrificio y no un asesinato. Esta idea la relacionamos no solo con lo que efectivamente aconteció durante la dictadura en cuanto a homicidios, torturas y desapariciones; sino que además pensamos que esta lógica mítica-sacrificial también se encuentra en la base de una concepción de infancia como sujeto silenciado y despolitizado en general, y de la apropiación de hijas/os desaparecidas/os en particular.

En este sentido, lo que se sacrifica es la noción de toda infancia como sujeto de derecho, apartándola de lo público y lo político; en pos de un futuro no subversivo y ordenado. Y particularmente, la identidad de ciertas infancias para evitar la propagación de cierto germen.

Así, las/os hijas/os de subversivos se transfiguran en monstruosidades indeseables. En el libro Hijos de los 70; uno de los testimonios recogidos es el de Luis Alberto Quijano, hijo de Luis Alberto Cayetano Quijano, apodado Ángel, oficial de gendarmería nacional que era parte del Grupo de Tareas del centro clandestino La Perla en Córdoba. Allí cuenta que un día su padre quiso llevar una niña de dos años a su casa:

(…) hija de una militante que se había inmolado activando una granada en un operativo. La niña se había salvado de milagro cuando un placard cayó abierto sobre ella y la embolsó, protegiéndola de la explosión. Después del operativo la pequeña fue trasladada a La Perla y el gendarme Quijano, conmovido, quería llevarla a su casa. “Es un angelito, no sabés lo que es esa criatura”, le decía a su esposa. Según el relato implacable de este hijo herido, su madre se negó con este argumento: “Andá a saber qué porquería sale de ahí, una resentida, una tarada” (Arenes y Pikielny, 2016, p. 247).

Si bien la madre de Quijano se niega a quedarse con la niña, la apropiación de bebés comenzó a ser una de las modalidades de control sobre esas infancias para alejarlas de todo contexto social de origen que estuviera contaminado con un mínimo ápice de “subversión”. ¿Pero a qué costo?

El testimonio de Eva Daniela Donda cuando relata el encuentro con su hermana, deja ver las marcas profundas de aquellas infancias e identidades sacrificadas. “Dejame que te toque”, había pedido Eva, y vio en esos dedos, en el dorso y las palmas de la hermana menor, en los pliegues de su piel, el dibujo casi exacto de sus propias manos” (Arenes y Pikielny, 2016, p. 42). Ambas hijas de José María Laureano Donda y María Hilda Pérez, no solo se reconocían, sino que se conocían veintisiete años después del nacimiento de la menor. Victoria Donda, nacida algún día de agosto de 1977 en la ESMA, fue separada con quince días de vida de su madre y apropiada por el ex prefecto José Antonio Azic, condenado en la actualidad por secuestros, torturas y la apropiación de Victoria. Eva, la mayor, tenía poco más de un año cuando fue dada en tenencia, primero a sus abuelos maternos y paternos, y posteriormente a su tío Adolfo Miguel Donda, hermano de su padre y ex jefe de Inteligencia en la ESMA. La historia de las hermanas es una entre muchas donde la identidad y la memoria jugaron un papel fundamental.

Considerando que la modernidad se diagrama bajo la mitología compleja y sacrificial que antes fue enunciada, se comprende por qué la restitución puede ser entendida como un apaciguamiento de una verdad lacerada, una reintegración histórica y no solo subjetiva. La restitución zurce un linaje destejido a la fuerza que jamás debió romperse y que se lleva al extremo al imponer un nombre falso con el deseo de borrar toda historia pasada.

La importancia del nombre en tanto anclaje constitutivo de quienes somos no es azarosa. El nombre propio recibe toda una fuerte connotación simbólica de lo que se espera que uno sea. Álvaro Ledezma Jiménez (2016), siguiendo a Marcer y Kicillof (1990), explica que las personas son nombradas antes de nacer, por lo que el nombre carga con una historia donde aparecen los ideales de aquellos “dadores” del nombre. Quien deposita el nombre, deposita a su vez una serie de ideales, por lo cual, el acto de nombrar es “como una parte de sí mismo” (Ledezma Jiménez, 2016, p. 34).

Podemos dar un ejemplo de ello al referirnos al nombre de Eva, que aparece como un marcado símbolo identitario y político, elegido como la de tantas niñas en homenaje a Eva Duarte, que implicaba una manera de establecer un vínculo con los ideales revolucionarios peronistas. Esto motivaba a que los Pérez la llamaran Eva, pero los Donda, Daniela, produciendo que no solamente su tenencia fuera de un lado a otro, sino también su nombre fue tironeado por ambas familias.

Ahora bien, para ahondar sobre la racionalidad que llevó adelante la apropiación de bebes y que sostuvo la sustracción de sus identidades, nos serviremos de algunas líneas teóricas del artículo “Sustracción de Identidad, Trauma y Consecuencias Subjetivas. Fundamentos teóricos y perspectivas éticas” de Mariano Ambrosino y otras/os autores, y también del libro Centro de atención por el derecho a la identidad de abuelas de plaza de mayo. Psicoanálisis: identidad y transmisión; compilado por Alicia Lo Giúdice.

Si bien la identidad es una trama compleja, en tanto es un concepto que se construye históricamente es, en definitiva, el nombre propio la parte fundamental de nuestra identidad, ya que se vuelve lo único que perdura a lo largo del tiempo (Ambrosino et al., 2012, pp. 343-344).

¿Cómo se establece este nombre propio que continúa un linaje? En el derecho romano, las relaciones filiales no eran naturales, sino que se daban mediante un acto, que podía ser un gesto o una palabra, a partir del cual el padre toma a ese hijo como tal; es decir, abre la posibilidad de que ese ser sea reconocido como “hijo de”, transmitiéndosele así un nombre en un ritual que era público. De esta manera, la filiación se termina constituyendo mediante una institución jurídica, que anuda lo social, biológico y subjetivo con la ley (Domínguez, 2005, pp. 95-96). Si entonces la relación paterna filial tiene que ver con consentir públicamente el tomar un hijo como tal, en la apropiación no hay lazos de parentesco porque no hay una persona que cede a su hijo conscientemente, sino alguien que lo sustrajo ilegalmente. De ese modo se rompe la transmisión genealógica que se da entre tres generaciones, robándose no únicamente al niño/a sino también su contexto familiar, el cual incluye marcas singulares que son portadas por la lengua y establecen el parentesco (Domínguez, 2005, p. 96).

Alicia Lo Giúdice nos dice respecto de esto:

Jacques Lacan vincula el tema de la familia a la lengua, en tanto que la lengua que cada uno habla es cosa de familia, y ésta es primordialmente el lugar donde se aprende la lengua materna. Es la madre quien habla al niño en su propia lengua y compartirla es lo que hace posible su transmisión (Lo Giúdice, 2005, p. 29).

De esta manera, el padre simbólico transmite el nombre y la madre transmite el deseo a partir de la lengua, instaurando una continuidad psíquica y cultural entre las generaciones. Es por ello, que era imperioso terminar con la transferencia de una “lengua” que era catalogada como peligrosa para el orden establecido; y para ello no era necesario asesinar o desaparecer a la descendencia de la subversión, sino simplemente expropiarlos como trofeos de guerra y buscarles otra familia.

De aquí que la apropiación de menores causa una fractura generacional, que rompe lo simbólico y genera una privación de la transmisión en el tiempo. De esta manera, aquellas y aquellos que fueron catalogados de enemigas/os, fueron violentados más allá de la tortura, desaparición y muerte: “Fue necesario, además, ‘golpear’ al enemigo en lo más propio, su progenie, robándosela” (Ambrosino et al., 2012, p. 347). Y continúan aclarando esta situación en sus conclusiones:

Estos actos por fuera de la ley, amparados por el terrorismo de estado, se perpetúan más allá de la desaparición. La alteración de los lazos filiatorios de origen es puesta al servicio de propiciar, por parte de los apropiadores, una transmisión de significantes acordes a sus ideales y valores morales. Una usurpación que reniega lo acontecido ya que los autores del hecho ilícito funcionan “como sí” nada hubiera sucedido. En donde el origen del vínculo se basa en la desaparición y el asesinato de los padres que, al criar a estos niños como propios y manteniendo a lo largo de los años el ocultamiento del origen fraudulento, consuman otro exterminio, reduciéndolos a un estado de excepción (Ambrosino et al., 2012, p. 355).

Como vimos, con Ledezma Jiménez, el acto de nombrar transfiere una parte de sí de quienes son dadores del nombre, junto con ciertos ideales y cargas sobre como esperan que se comporte quien es nombrado. Así, se nos inscribe en una “trama discursiva y simbólica generacional” (Ambrosino et al., 2012, p. 349) a la que pertenecemos. Siguiendo esta lógica, la sustracción del nombre, se vuelve primordial para evitar la propagación del germen de la subversión y aniquilar cualquier “infancia guerrillera” que pudiera aparecer.

Estas apropiaciones y sustracciones de identidades se tornan sacrificiales, ya que no son entendidas por quienes la perpetran como un crimen de lesa humanidad, sino como algo que es necesario hacer en el presente en pos de un futuro. Tiene que morir esta identidad hoy para asegurar otros modos de existencia y de vida mañana. Así, se concluye que: “(…) esta sustracción estuvo informada por específicos objetivos que, expresados en términos de ‘evitar un hogar subversivo’ a esos niños, dan cuenta del sueño autoritario de producción de nuevos sujetos y relaciones sociales” (Villalta, 2009, p. 4).

6. Conclusiones

La concepción de infancias del anarquismo y del peronismo, sostenían una vinculación entre la niñez y la política. Si bien existían marcadas diferencias en cuanto a esa relación, ambos ponían especial énfasis en su participación como sujeto político. En el caso del anarquismo, su fin era lograr que las infancias se des-sujetaran de las autoridades estatales y eclesiásticas, con el fin de comprometerlas en una lucha a la par de las/os adultas/os, configurando la figura del “niño militante”. Por otra parte, el peronismo hizo un fuerte hincapié en la constitución de las identidades políticas de la niñez, a partir de un constante acompañamiento del Estado que tuvo gran preocupación por ella, específicamente por las que pertenecían a los sectores más vulnerables de la población. De esta manera, en ambos casos hay una fuerte vinculación entre las infancias y el Estado, donde se las configuran como sujetos políticos con responsabilidad por la nación.

En contraparte a lo anterior, la ideología de la dictadura cívico-militar, que se dio en Argentina entre los años 1976 y 1983, estuvo atravesada por una racionalidad moderna sustentada en el mito del progreso, del poder y del sacrificio. Los dos primeros mitos mancomunados permitieron ir contra aquellas/os que se consideraba “subversivas/os”, administrando muerte en función de un orden que aspiraba a una perfección y un progreso infinitos de acuerdo con ciertas pautas establecidas. Se les arrebata la vida en pos de “otras”, catalogadas como más valiosas. Esto también justificó despolitizar la infancia y nuclearla en el silencio, buscando destruir todo vínculo que se había establecido entre esta y la política a partir de las primeras décadas del siglo XX, como un modo de combatir todo germen guerrillero.

Para quienes formaban parte de la dictadura, las infancias guerrilleras eran las que había que evitar que se propagaran, abocando diversas estrategias de control a ello. Mientras que, para quienes constituyeron el frente de la resistencia armada, dichas infancias, específicamente, eran consideradas partícipes de las prácticas político-guerrilleras y apoyadas por su entorno cercano en esto.

Marcamos como además aparece fuertemente el mito del sacrificio. Las/os hijas/os de las/os subversivas/os fueron apropiadas/os intentando sumir así a sus progenitoras/es en un completo olvido. Las infancias son despojadas, arrancadas de los senos maternos, de la reconfortante calidez vientre-política para aniquilar su nombre, su lengua, su contexto familiar y su memorial construcción; con el fin de no ser criadas/os con ideas “subversivas”, que pudieran arruinar el futuro. Así, se consumó la sustitución y destrucción de su identidad como una manera de asegurar la “existencia” de una sociedad venidera anclada en el progreso, el orden, la seguridad, la no-subversión y el fin de la guerrilla. Es decir, para transmitir a esas generaciones los significantes que sostenían quienes detentaban el poder; todo ello en función de cumplir el único ideal que daban por real. De esta manera, la identidad es sacrificada en el altar del progreso futuro, hueco, inerte, carente de vida humana.

En definitiva, podemos decir que durante el período histórico comprendido entre 1976 y 1983 en nuestro país las dimensiones utópicas y míticas características de la razón crearon y sostuvieron el mito del progreso y del poder llevando al extremo toda convivencia social hasta el punto de destruirla. La destrucción se produce porque la razón, con una fuerte convicción, plantea un ideal al que, efectivamente, se busca y se puede llegar. Sin embargo, desconoce que este nunca se alcanza, que siempre la aproximación es asintótica. Por eso, la realidad social, que siempre es plural y contingente, se le figura como algo erróneo y desviado cuando no se adecúa a ese esquema previsto de antemano y al que se la quiere obligar a encajar. En razón de ello, debe ser enderezada, no importa el costo. Bajo esta racionalidad todo fue sacrificado, hasta las infancias y su identidad.

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  1. Profesora de Grado Universitario en Filosofía y Especialista en Filosofía con Niños y Jóvenes, egresada de la Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, Argentina. Actualmente se desempeña como docente en nivel medio, superior y universitario.
    Contacto: mpiacartechini@gmail.com.
  2. Entre estas/os autoras/es podemos mencionar quienes se dedicaron a hacer historia de la infancia, como los referentes clásicos: Lloyd De Mause (1982 [1974]), Jean-Louis Flandrin (1979 [1976]), Lawrence Stone (1990 [1977]). Además en nuestro país existe una gran variedad de autoras/es que han tratado esta temática: Carla Villalta (2014); Sandra Carli (1999); Leandro Stagno (2011); Isabela Cosse (2019); Adelaida Colángelo (2003); entre otras/os.


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