Agenda de ruta para su estudio en Suramérica
Catalina Monroy Hernández[1] y María José Bayona[2]
Introducción
A pesar de la creencia general, el género y la seguridad internacional trascienden el estudio de la relación entre las mujeres y la guerra. A modo de ejemplo:
- El conflicto entre los hutus y tutsis en África dejó entre 250.000 y 500.000 violaciones a mujeres y niñas, pues sus cuerpos fueron usados para genocidios étnicos (Amnistía Internacional, 2004).
- Dependiendo de las prácticas culturales, en algunos países el nacimiento de una niña es considerado una derrota, en términos financieros, una carga, lo que conlleva su venta, matrimonio forzado, o asesinato (WSP, 2014).
- En el año 2016, la menor indígena de siete años Yuliana Andrea Samboní fue secuestrada, violada y asesinada por un arquitecto en Bogotá (González, 2017).
- Las mujeres trans que intentaron escapar de la guerra entre Rusia y Ucrania en el 2022 no pudieron entrar a otros países por el indicativo de género que mostraba su pasaporte (Euronews, 2022).
- “¡Sea varón, quédese a discutir de frente!”, le dijo el expresidente Álvaro Uribe a Hugo Chávez en el año 2010 en la Cumbre del Río en Cancún, México (Parra, 2010).
- Una de las muchas expresiones misóginas de Donald Trump en 2016 al afirmar: “She’s now got the big phony tits and everything […]. They let you do it. You can do anything. Grab’ em by the pussy” (The New York Times, 2016).
A primera vista, esos hechos podrían no guardar relación, pero todos tienen algo en común: son ejemplos de la relación entre el género y la seguridad internacional. De lo micro a lo macro, tan solo en los ejemplos expuestos de la a) a la f), es posible identificar amenazas relacionadas a las siguientes cuestiones:
a) el uso sistemático de la violencia sexual como botín de guerra;
b) la preferencia por el hijo varón (que se relaciona con otras amenazas como abortos selectivos, misoginia exagerada, discriminación por razones de género, matrimonio infantil, matrimonio forzado, migración forzada, tráfico sexual y feminicidio);
c) asalto y violencia sexual a una menor vulnerable e indefensa (tratándose de una niña indígena con una condición socioeconómica frágil, producto de otra discriminación entrelazada por la etnia y condición socioeconómica);
d) el no reconocimiento de los derechos humanos basados en la igualdad y la no discriminación de las personas LGBTQ+ atenta contra los derechos humanos de las personas, y, además, se relaciona con otras problemáticas a nivel de la seguridad individual y social, como tasas elevadas de suicidio, violencia física (homicidio) y psicológica, discriminación en todos los ámbitos (político, económico, social, laboral, educativo), entre otros;
e y f) es clave saber identificar la forma como se ejerce violencia de género a través del lenguaje. Las palabras sí son más que palabras, más aún si provienen de tomadores de decisión y personas con cargos de poder. Se requiere desarrollar la sensibilidad necesaria para reconocer cuándo el lenguaje está perpetuando estereotipos, discriminaciones y violencia. El lenguaje ejerce violencia provocando una eficacia simbólica con impactos reales y, con ello, agudiza las desigualdades.
A causa de lo que antecede, hablar de género en asuntos de seguridad no solo les compete a las mujeres, sino a la sociedad global. El gender mainstreaming o transversalización del género en los estudios de seguridad es una parte fundamental para entender las causas de la inseguridad internacional, formular políticas de protección efectivas, y prevenir la reaparición de amenazas. En resumen, debemos movilizar más activismo a fin de promover la inclusión de las cuestiones de género en la formulación de políticas de seguridad en nuestra región.
Los estudios de seguridad evolucionaron de una visión clásica, enfocada en lo militar y la ausencia de amenazas (Wolfers, 1962), hasta la seguridad humana, la cual se centra en el individuo y la dignidad de las personas. De hecho, “para la mayoría de personas hoy en día, el sentimiento de inseguridad se da más por la vida diaria que por el temor a un evento mundial catastrófico” (Melancon, 2023, p. 2). Con el pasar del tiempo, los estudios de seguridad comenzaron a darles espacio a los individuos, las entidades y otros seres vivos e incluso estructuras sociales (Buzan & Hansen, 2009, p. 158). En este capítulo tomaremos como punto de partida la definición de “seguridad humana” expuesta por Hudson & Den Boer (2004), que afirma la forma como la seguridad de los individuos se encuentra estrechamente relacionada a la seguridad de las naciones (Hudson & Den Boer, 2004, p. 1).
Por otro lado, los estudios con enfoque de género han reconstituido el objeto de la seguridad internacional, y criticado el hecho de que la seguridad de personas subordinadas por su género ha sido históricamente dejada de lado en la teoría y en la práctica, tal y como afirmó Londoño en su artículo sobre género y seguridad: “Tanto los estudios sobre la paz, como los de la seguridad, estuvieron durante mucho tiempo ‘ciegos’ al tema de género, como los estudios de género al tema de seguridad” (Londoño, 2010, p. 55). Y si bien hay avances, los estudios sobre género y seguridad aún presentan algunas “cegueras”, empleando la expresión de Londoño, que obstaculizan un mejor entendimiento y desarrollo del tema.
En este orden de ideas, la multiplicidad de experiencias nos lleva también a reiterar la necesidad de concebir los estudios sobre género y seguridad internacional desde una perspectiva multidimensional e interseccional que comprenda distintas variables y categorías de un mismo caso. La situación y las experiencias de todas las personas en los estudios de seguridad deben ser tenidas en cuenta debido a que no solo los efectos de los conflictos militares muestran la subordinación de género, sino eventos del día a día tales como el acoso callejero, la participación de la mujer en la esfera política y pública, y el acceso a productos de higiene menstrual, entre otros. En otras palabras, se requiere comenzar desde un nivel micro de análisis y no al contrario, cuando todos los estudios se centraban en el Estado.
El presente capítulo investiga la intersección entre el género y la seguridad internacional con énfasis en la región suramericana, tan particular, de múltiples vertientes políticas, sociales y económicas, con profundas asimetrías en distintos ámbitos del diario vivir, y con una necesidad por reconceptualizar y reformular la existente visión de la seguridad. De igual forma, este capítulo tiene como propósito plantear una agenda de ruta propositiva que sirva como guía para estudiar la relación entre el género y la seguridad internacional.
El capítulo en su primera parte retoma y discute el concepto de “género” en su relación con la seguridad internacional, y a continuación enfatiza el concepto de “interseccionalidad”. De la teoría al análisis, en la segunda parte, se propone la base de datos de WomanStats para desarrollar una investigación, un análisis o un reporte con base en un estudio de caso. Para lograrlo, se presentan algunas variables vinculadas a la seguridad con enfoque de género en seis Estados de la región para visibilizar la relación entre el género y la seguridad internacional desde casos y realidades particulares. De esta manera, el presente capítulo sirve como punto de partida para desarrollar nuevas líneas de investigación relacionadas al estudio del género y la seguridad con particular aplicación a la región suramericana.
La intersección entre el género y la seguridad internacional
Conceptualizando sexo, género y seguridad
Estudiar la seguridad con enfoque de género va más allá de las tradicionales definiciones de “sexo”, encasillado a lo “físico”, y “género”, como un “constructo social”. O, según Goldstein, a lo “biológico” versus lo “cultural” (Goldstein, 2001, p. 2). Esto nos lleva a pensar, desde una crítica feminista, en las diferencias existentes entre los “cuerpos sexuados” y “seres socialmente construidos” a los que se refiere Marta Lamas (Lamas, 2000, p. 1) en su artículo sobre las diferencias entre sexo, género y diferencia sexual. Por tanto, vale la pena reflexionar en torno a las implicaciones que se derivan de la comprensión que se tiene de las categorías sexo y género relacionadas con la seguridad.
Por un lado, “sexo” se define como una categorización biológica basada en el potencial reproductivo (Eckert & Mcconnell-Ginet, 2013). Se trata de una clasificación de acuerdo con los órganos reproductivos y las funciones que derivan del complemento de cromosomas (XX o XY) (Mazure, 2021). Dicho concepto es comúnmente utilizado para describir animales como machos o hembras, o clasificar a un ser humano sin tener implicaciones en su comportamiento dentro de la sociedad. El autor argumenta que ni los niveles de diferentes hormonas definidas por el sexo ni la cantidad de estrógeno o testosterona logran explicar los roles de género en la guerra (p. 148).
La obra de Goldstein (2001) brinda claridad acerca de algunos cuestionamientos relacionados con la comprensión de los roles de género en la guerra. Desde una perspectiva científica, Goldstein deja entrever que, más allá de las diferencias físicas[3], la esencia está en comprender las lógicas que, desde lo social y cultural, provocan relaciones de dominación entre los sexos. Es precisamente en este punto donde es posible identificar la esencia de los estudios de género y la inseguridad: las dos partes de la relación social se dividen en un actor dominante y otro dominado; violentado, ultrajado, penetrado, subyugado, explotado, entre otras acciones y comportamientos que sirven como evidencia de la relación asimétrica entre los sexos y géneros.
Refiriéndose a la categoría sexo, una significativa contribución de Lamas en una de sus críticas a feministas norteamericanas de los años setenta fue reprochar la visión reduccionista de estos estudios al reducir las diferencias sexuales a lo anatómico, ignorando la intersección entre sexo con otras categorías como raza, clase y etnicidad (Lamas, 2000, p. 5). En este sentido, tener en cuenta estas categorías a la conceptualización del sexo y por supuesto género resulta casi que obligatorio si el esfuerzo de investigación está encaminado a investigar el género y la seguridad en una diversa región como la suramericana. En su estudio, Lamas afirma que el género se convirtió en “el sello distintivo del feminismo” (p. 7), y que la “diferencia sexual implica no sólo anatomías distintas sino subjetividades diferentes” (Lamas, 2000, p. 7), lo que nos conduce al concepto de “género”.
Lo primero que hay que señalar en cuanto al género es que este se entrelaza con diferentes dimensiones: “… el género es jerárquico y produce desigualdades que se cruzan con otras desigualdades sociales y económicas” (World Health Organization, s.f.). Para efectos de demostrar cómo estudiar el género aplicado a la seguridad en los seis Estados seleccionados en el presente capítulo, el entendimiento del concepto no se limitará solo a la subordinación del género femenino al masculino, sino que incluirá diferentes identidades de género tales como transgénero y personas con género fluido, entre otras, para mostrar cómo dichas identidades de género deben ser contempladas para hacer estudios y políticas de seguridad internacional.
Acerca de la intersección entre las diferentes dimensiones (el concepto de “interseccionalidad” se abordará más adelante en el presente capítulo), retomando a Goldstein (2001), lo “simbólico” referente a la dominación y subyugación de la mujer en contexto de guerra requiere de una comprensión del género que permita entrelazar el cuerpo, la experiencia, el comportamiento y la identidad con los efectos reales sobre el bienestar y la seguridad de las personas. De manera acertada, Lamas encuentra que “el género produce un imaginario social con una eficacia simbólica contundente” (Lamas, 2000, p. 4), lo que va a ser útil para quienes estén en búsqueda por desarrollar análisis de seguridad con base en la evidencia y en el impacto real.
Desde otro punto de vista, el uso del concepto “género” en la mayoría de la literatura sobre seguridad internacional ha preservado una particular similitud con el concepto de “mujer”. Es posible que esta tendencia haya respondido al apogeo del feminismo liberal de los años 90 a raíz de las contribuciones de Cynthia Enloe y J. Ann Tickner, quienes lograron posicionar a la mujer en la agenda de seguridad y relaciones internacionales como actor fundamental en el estudio y la formulación de políticas exteriores y de seguridad. De allí que gran parte de la literatura evolucionó con la visión del género como sinónimo de mujer. Por ejemplo, en los estudios sobre gender and war, existe la tendencia de asimilar los “asuntos de género” con “asuntos de mujeres”, o gender peacekeeping con “el aumento en el número de mujeres en cuerpos de paz” (Cohn, 2012, p. 3). Sin embargo, la conceptualización de género en estudios de seguridad hoy se ha ido adaptando a tendencias sociales y a nuevos lentes de análisis y metodologías. Es claro que el “género” se compone de categorías tales como sexo, percepción y cultura y se intersecta con ellas.
Pasando desde el feminismo liberal al posmoderno, Judith Butler le otorga identidad al cuerpo a partir de la individualidad, el reconocimiento del “yo”, y la puesta en escena de la expresión y experiencia del ser humano. En este sentido, el género como constructo social se constituye a través de lo simbólico, o, retomando a Butler, de la performatividad mediada por el lenguaje, la expresión corporal y otros símbolos sociales (Butler, 1988). Esta noción anula por completo la visión reduccionista de la categoría sexo con aspectos físicos y biológicos como limitantes. Incluso, rompe con la lógica falocéntrica que ha caracterizado a la guerra y los actos de guerra (dominación) desde el inicio de la historia. De esta forma, el sexo, combinado con el género, otorga identidad y significado social con base en la experiencia de cada individuo.
En esa misma línea, Lamas señala que, como cultura,
el género se conceptualizó como el conjunto de ideas, representaciones, prácticas y prescripciones sociales que una cultura desarrolla desde la diferencia anatómica entre mujeres y hombres, para simbolizar y construir socialmente lo que es “propio” de los hombres (lo masculino) y “propio” de las mujeres (lo femenino) (Lamas, 2000, p. 2).
Además, señala que la cultura marca a los sexos con el género, y el género con todo lo demás (p. 4). Por su parte, Londoño concibe “género” como “una construcción simbólica que alude al conjunto de atributos socioculturales asignados a las personas a partir del sexo y que convierten la diferencia de sexo en desigualdad social”. Lo simbólico, recogiendo los aportes de Goldstein, como la puesta en escena de la dominación tanto física como cultural y que se evidencia en la práctica.
Y cuando se trata de lo práctico, es decir, de la forma en que se materializan la violencia y la desigualdad de género, en el presente estudio se afirma que esta materialización es visible desde el uso de la fuerza física, y desde el uso metafórico del lenguaje. Para dar un ejemplo desde lo físico, Elisabeth Prügl en su estudio se refiere a la “feminización de los enemigos” como aquella práctica que en contexto de guerra se emplea para dominar al enemigo, incluyendo “la ejecución de hombres, violación de las mujeres, esclavización de mujeres y niños, castración de prisioneros, violación de soldados enemigos e insultos aludiendo a la homosexualidad” (Prügl, 2003, p. 336) como mecanismo para “feminizar” a una población conquistada mediante esta “feminización metafórica” (p. 336).
Desde el uso metafórico del lenguaje, en contexto de los estudios de guerra y la seguridad tradicional, lo “simbólico” también impacta la conceptualización de lo “masculino”. Este es el caso del concepto de “masculinidades hegemónicas” y “subordinadas” (Maruska, 2010, pág. 237). De esta forma, la “masculinidad hegemónica” se constituye en una especie de juego político cuya finalidad es preservar el statu quo de dominación y patriarcado existente mediante la dominación, tanto física como simbólica, de todo lo que se encuentre por fuera del espectro del hombre blanco, heterosexual y con poder económico, social y político. Como asegura Charlotte Hooper, se trata de un “género androcéntrico” (2001, p. 41) o centrado en el hombre. En su texto Manly States, Hooper deconstruye la “masculinidad” logrando visibilizar otras categorías que tradicionalmente han quedado subyugadas en países del llamado “sur global”. En este sentido, explica la autora, hombres que están por fuera de la “élite” del hombre blanco, de cultura occidental y educado se encuentran en desventaja (Hooper, 2001, p. 124), lo que termina problematizando la relación entre “masculinidades” y “poder”.
Para analizar los casos de seguridad, en este punto establecemos que el “género” se construye a partir de la experiencia personal, el lenguaje/discurso y la práctica, y que resulta del reconocimiento de múltiples categorías sociales, económicas y culturales que, cuidadosamente identificadas y catalogadas, proveen un impacto transformador para la formulación de políticas de seguridad. Reiterando la necesidad de aplicar un enfoque interseccional para estudiar el género y la seguridad internacional en la región suramericana, en la siguiente sección se ahondará en el concepto y la utilidad de este enfoque como marco analítico.
Interseccionalidad
El presente estudio sugiere que examinar la relación entre el género y la seguridad internacional requiere de un marco de análisis que compile, articule y provea puntos de intersección entre las distintas variables que, junto con el género, deberán ser tenidas en cuenta si se busca tener claridad de la situación de inseguridad de millones de personas. El estudio defiende que establecer un marco de protección efectivo dependerá del reconocimiento que se otorgue a las distintas experiencias, contextos sociales y culturales, oportunidades, libertades y percepciones de los seres humanos. Por esta razón, nos referimos a la interseccionalidad, término acuñado por la académica y activista Kimberlé Crenshaw (1989), quien sostuvo que las distintas discriminaciones y desigualdades, al entrelazarse, exacerban comportamientos discriminatorios (Crenshaw, 1989, p. 149), lo que inevitablemente termina teniendo un impacto social y político. Aún más, la interseccionalidad es un puente al activismo al constituirse como una herramienta fundamental sobre todo del feminismo poscolonial, y de resistencia y oposición a discursos y prácticas dominantes que tradicionalmente han desconocido y acallado la diversidad.
Como marco analítico, la interseccionalidad critica una única comprensión del género y la seguridad proponiendo una revisión de las categorías de sexo y género y las distintas experiencias que deben ser tenidas en cuenta para el análisis y la formulación de políticas públicas. La interseccionalidad es una herramienta analítica que estudia, entiende y responde a las maneras en las que el género se cruza con otras identidades y cómo estas intersecciones contribuyen a experiencias únicas de opresión y privilegio (Symington, 2004). “Un análisis interseccional tiene que ver con la investigación de diferentes mecanismos y estructuras que generan desigualdades y cómo estas desigualdades se refuerzan unas a otras” (Marchand, 2021). En este sentido, las necesidades de una mujer indígena de 15 años que vive en la ruralidad de su país no se pueden equiparar con las necesidades de una persona de 40 años de género fluido que vive en la ciudad, así como tampoco es posible implementar una política de seguridad sin considerar cómo se impactan las experiencias y la calidad de vida de la población en condición de discapacidad, por poner otro ejemplo.
Esto nos lleva a la discusión sobre sexo y género en términos de los estudios y la formulación de políticas de seguridad. Más aún, considerando la región suramericana como estudio de caso, sobre todo porque los conceptos “sexo” y “género” han sido producto del mainstream del “norte global”. Para ejemplificar lo anterior, Chandra Mohanty (1988, p. 62) afirma la existencia de “escritos que colonizan discursivamente las heterogeneidades materiales e históricas de las vidas de las mujeres en el tercer mundo, produciendo/representando así una ‘mujer del tercer mundo’ compuesta y singular”. Lo anterior no ocurre solamente con las mujeres, sino con otras personas subordinadas por su género debido a que, retomando el lente interseccional, hay que considerar distintas variables que se entrelazan entre sí para determinar las causas del problema y así proveer un análisis. En este orden de ideas, como se discutió en el apartado anterior, el género no es lo único que debe incluirse en un análisis hacia la seguridad internacional, sino también factores tales como la raza, clase, nacionalidad, preferencia sexual, identidad de género, edad, etnia, entre otros. Más aún, en una región tan diversa como Suramérica. A continuación, la agenda de ruta.
Género y seguridad internacional: ¿cómo se estudia?
La literatura sobre género y seguridad internacional se fundó sobre algunas tradiciones. Como se mencionó anteriormente, el “género” asociado a “mujer” desencadenó un sinnúmero de artículos académicos relacionados con responder dos interrogantes fundamentales: ¿de qué manera la guerra impacta a las mujeres, y viceversa?; ¿cuál ha sido el papel de las mujeres en la guerra y por qué deciden las mujeres integrar las Fuerzas Militares? Lo anterior se origina de múltiples interrogantes en torno al existente secretismo relacionado a comprender cuándo, por qué y qué ocurre cuando se integran los sexos en la que se reconoce como la institución patriarcal y masculinizada por excelencia.
El lente de género en la seguridad internacional también ha venido examinando diferentes fenómenos tales como la violencia en la vida diaria, los cuerpos feminizados como arma de guerra, la preferencia del hijo varón y el rol de la mujer en la guerra. Cada uno de estos temas ha tenido debates, por ejemplo, en cuanto a las mujeres en las fuerzas militares y su participación en la guerra. No obstante, otros autores “rechazan la suposición de que una mayor participación de las mujeres en el ejército es una señal de progreso” (Duncanson & Woodward, 2016, p. 5). Esto lo hacen a partir de la crítica a las instituciones militares como entes masculinizados y misóginos (Melancon, 2023). El debate anterior es uno de los muchos que existen en los estudios de género y la seguridad internacional.
Desde una perspectiva feminista, los estudios de género y seguridad internacional se han esforzado por (i) redistribuir las prioridades de la agenda de seguridad, (ii) reclamar un espacio para la agencia de las mujeres en procesos de toma de decisión, y (iii) cuestionar las estructuras jerárquicas, patriarcales y masculinizadas de la seguridad, la guerra y la militarización[4]. En un sentido práctico, Prügl asegura que el feminismo ha utilizado al género como variable explicativa de la desigualdad y subordinación, como constructo social, y como categoría de análisis en el estudio de la diferencia (Prügl, 2003, p. 337). Otros estudios se dedicaron a analizar el rol del género (género = mujeres) en marco de los conflictos, los procesos de paz, el desarme, el posconflicto, el mantenimiento de la paz y los procesos de reconciliación. Se trató la implementación de la Resolución 1.325 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas del año 2000 y la agenda WPS Women, Peace and Security.
Existen diferentes factores que pueden influir en las identidades de género y sus roles en la sociedad, especialmente permeados por el patriarcado, el cual “se refiere al sistema de la sociedad o del gobierno en el que los hombres mantienen la mayoría del poder” (Cohn, 2016, p. 116). En este sistema, las muestras de violencia contra géneros subordinados son comunes, siendo una expresión de esta dominación y concentración del poder. De acuerdo con Benites (2016), el acoso sexual callejero es una forma de violencia de género que tiene como raíz una sociedad patriarcal jerarquizada que utiliza dicha violencia como medio de dominación masculina simbólica (p. 63). Así como el acoso callejero describe una de estas formas de violencia, las demás siguen siendo una demostración del patriarcado.
En este orden de ideas, la violencia patriarcal no encuentra sus orígenes en el sexo (razones biológicas), sino que estas actitudes se basan en el género y se refuerzan desde la infancia. Por ejemplo, existen tres factores que pueden explicar cómo los individuos se entrenan para hacer parte de este sistema y replicar comportamientos violentos que fomentan la subordinación de género: el modelado, refuerzo inmediato y los male-bonded groups (Hudson et al., 2008) que terminan perpetuando un sistema que representa un riesgo para otras personas y se traduce en inseguridad tanto a nivel individual como a nivel sistémico, lo que establece la necesidad de estudiar el género y la seguridad internacional de manera conjunta.
Otros de los avances a tener en cuenta al hacer referencia al impacto del género dentro de la seguridad internacional son las aplicaciones prácticas que ha tenido este enfoque en los espacios de toma de decisión nacionales e internacionales. Uno de los actos más significativos de este fue la RES 1.325 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, adoptada el 31 de octubre del año 2000, la cual reafirmó la importancia de la mujer en la construcción de paz y su participación en asuntos de seguridad (Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, 2000). Esta resolución reconoció la relación entre la igualdad de género y la seguridad internacional (Bouvier, 2016), además de ser un gran avance para la agenda de género, permitiendo que sea aplicada en casos como el Proceso de Paz colombiano.
Estudios recientes examinan la intersección entre la seguridad de las mujeres y la seguridad internacional. Desde una perspectiva empírica, diferentes redes de académicos y tanques de pensamiento se han dedicado a recolectar información para investigar la seguridad de las mujeres y su impacto sobre la seguridad de los Estados. El interés de examinar la relación entre la seguridad de las mujeres y la del Estado se originó en el estudio titulado Bare Branches (Hudson & Den Boer, 2004), el cual explica los impactos de una sociedad con una proporción de sexos desigual (a favor de los hombres) como producto de creencias y prácticas culturales que acentúan la “desigualdad de género exagerada” definida como “el uso de la violencia contra personas femeninas debido a su género” (p. 3). A su vez, estas prácticas conducen a un aumento de la violencia y el conflicto al interior de estas sociedades.
También liderado por Valerie Hudson, el WomanStats Project sustenta la tesis de mujeres y paz (women and peace theory) en su estudio Sex & World Peace, donde se afirma que la desigualdad de género también es una forma de violencia (Hudson et al., 2012, p. 5) y se reitera que no se pueden perder de vista las jerarquías y desigualdades entre los sexos y géneros pues estaríamos obstaculizando alcanzar soluciones reales a problemáticas globales. Como afirman, históricamente las mujeres hemos sido ignoradas, explotadas y violentadas, razón por la cual habitamos un mundo en desbalance: un mundo menos seguro, menos humano y menos sabio que de lo contrario habría sido (Hudson et al., 2012, p. 201). En su estudio reciente, Hudson, Bowen & Nielsen (2020) corroboran que la raíz de esta problemática se encuentra en el trato y estatus que se le otorga a la mujer al interior de una sociedad que ha sido moldeada por lo que las autoras denominan “alianzas de seguridad masculinas” o grupos de hombres que, en la búsqueda por su propia seguridad, conforman grupos fraternos (Hudson, Bowen & Nielsen, 2020, p. 2). Como resultado, se terminan perpetuando la dependencia y la subordinación que históricamente han tenido las mujeres de estos hombres “protectores”, dejando vía libre al patriarcado como principal ente regulador social y garante de la seguridad.
Género y seguridad internacional en Suramérica
La seguridad en Suramérica presenta un panorama complejo, caracterizado por la debilidad de las instituciones y los altos niveles de violencia que se viven de manera diferenciada según el país en cuestión (Friedrich Ebert Stiftung, 2022). De la misma manera, se considera que América Latina, junto con el Caribe, es “la región más violenta del mundo, con niveles de criminalidad consistentemente por encima de niveles epidémicos” (PNUD, 2023), y se encuentran como raíz las pandillas, el aumento del narcotráfico, los efectos del COVID-19 y la circulación de armas en la región. Más allá de lo bélico, la seguridad humana termina viéndose afectada en Suramérica por los altos niveles de pobreza y la desigualdad persistente que afecta en gran medida a minorías de cada país. Esto se ve exacerbado al momento de incluir el género como un lente de análisis.
Ahora bien, las amenazas tradicionales a la seguridad que existen en Suramérica pueden encontrar su origen en la tesis de mujeres y paz (women and peace theory), y que el género resulta ser un factor explicativo para otras violencias dentro de la sociedad. Por esta razón, es necesario estudiar variables relacionadas al género en la región. En este caso se eligieron los siguientes países: Colombia, Perú, Brasil, Argentina, Bolivia y Ecuador. Todos estos con sus características específicas que resaltan la diversidad de diferentes realidades al interior de una misma región, pero al mismo tiempo son inseguros para las mujeres.
Así, el WomanStats Project se convierte en una herramienta útil para incluir el lente de género en la seguridad de Suramérica. El proyecto comprende una base de datos que recopila información de 350 variables en 175 países sobre nueve aspectos de la situación y seguridad de las mujeres: seguridad económica, seguridad física, seguridad legal, seguridad en la comunidad, seguridad en la familia, seguridad para la maternidad, empoderamiento político, inversión social en la mujer y seguridad de la mujer en el Estado (The WomanStats Project, s.f.)[5].
Del mismo modo, WomanStats compila información cualitativa sobre leyes, prácticas y datos que nutren el entendimiento de la situación de las mujeres dentro de los países estudiados. Por esta razón, estaremos utilizando seis variables de WomanStats sobre los países mencionados para entender cómo, desde la interseccionalidad, y la situación de cada país, las mujeres pueden tener una experiencia diferenciada; estos contrastes se dan incluso al interior de dichos países. Las seis variables que mostraremos son las siguientes:
- SMPP-PRACTICE-1: ¿Existen costumbres sociales o religiosas que obligan a las mujeres a aislarse de la sociedad durante la menstruación y el posparto? ¿Existen diferencias de clase, regionales, religiosas o étnicas en la práctica?
- DACH-PRACTICE-3: ¿Cómo se trata a las mujeres con discapacidad en la sociedad? ¿Existen diferencias en cómo se trata a los hombres y las mujeres discapacitados?
- CWC-DATA-2: ¿Qué preocupaciones se observan sobre la alta concentración en cualquiera de los lugares? Por ejemplo, es posible que muchas mujeres de las zonas rurales no tengan acceso a los servicios de salud, mientras que altas concentraciones de mujeres en las ciudades pueden deprimir el mercado laboral, haciendo que incluso las habilidades útiles estén mal remuneradas. ¿Existen grupos étnicos particulares asociados con las áreas rurales cuyas mujeres podrían enfrentar discriminación adicional?
- LRW-PRACTICE-2: ¿Existen tabúes contra la denuncia de violaciones o agresiones sexuales? [Incluye elementos que trabajen para luchar contra esos tabúes, como refugios para mujeres, líneas directas, etc.].
- SMES-DATA-1: ¿Cuál es el porcentaje de madres solteras en situación de pobreza? ¿En comparación con otros tipos de hogares, incluidos los de padres solteros? (The WomanStats Project, s.f.).
- TRAFF-PRACTICE-2: ¿Cuáles son las prácticas de tráfico de personas en cada país?
Las variables exploradas en WomanStats tienen algo en común: la subordinación de género y su convergencia con otros tipos de subordinaciones. Comenzando por la variable SMPP-PRACTICE-1, explorando en la base de datos, podemos ver de qué manera la cultura de diferentes poblaciones en Suramérica tratan a las mujeres, en este caso, en su primera menstruación. Se presenta cómo en cinco de los seis países investigados hay diferentes ceremonias y procesos para el momento en el que una mujer atraviesa la menarquía. En la mayoría de estos, las jóvenes deben llevar a cabo actos sexuales que son parte de las costumbres de las propias comunidades. Esto se observa en el caso tanto de la población mataco en Bolivia, como en Perú y la población canela de Brasil, en donde la mujer, al pasar por la menarquía, tiene que comenzar a tener relaciones sexuales.
Este es un claro ejemplo de cómo es necesaria la interseccionalidad en el estudio del género y la seguridad internacional, pues las experiencias individuales de las mujeres pertenecientes a una de las comunidades mencionadas no se puede comparar a las experiencias de una mujer que creció en un entorno diferente, con lineamientos culturales que varían de manera drástica. Además se convierte en una muestra de cómo las prioridades de las agendas de seguridad no llegan a explorar las dificultades que sufren las mujeres pertenecientes a minorías étnicas, cuyos derechos pueden verse vulnerados con estas prácticas.
La segunda variable, DACH-PRACTICE-3, que enfatiza en la situación de las mujeres con alguna discapacidad, nos muestra cómo, a pesar de los tratados y las leyes existentes para combatir la discriminación en estos seis países, su situación no mejora. Este es un elemento común entre los países, pues se conocen las dificultades que pueden llegar a sufrir estas mujeres y se siguen teniendo altos niveles de exclusión social. Todo esto, además de mostrar la incapacidad estatal en Suramérica para mejorar la aplicación de sus políticas públicas para esta población, trae de nuevo la importancia de la interseccionalidad, ya que los niveles de pobreza y bajo acceso a instituciones sociales se ven reforzados por el género y la discapacidad.
Ahora bien, la exclusión social también es característica de las mujeres en zonas rurales. En este punto y analizando la variable CWC-DATA-2, es importante diferenciar los procesos de cada Estado. Por ejemplo, en Colombia, el conflicto armado y los proyectos tanto agrícolas como mineros han derivado en violencia contra las mujeres rurales. Vivir en una zona rural y ser una mujer son dos características por las que se ven amenazados sus derechos. Por supuesto, también hay elementos en común entre los países como los niveles de analfabetismo y el poco acceso a servicios sociales y de salud. Lo mismo sucede con las mujeres cabeza de hogar, reflejado en la variable SMES-DATA-1. Ellas tienen mayores cifras de pobreza a las de los hombres cabeza de hogar en los seis países. Son afectadas por el desempleo, lo que, además de verse reforzado por su género, representa mayores dificultades al tener hijos dependientes.
Los factores culturales tal y como se vieron en la variable que trataba los ritos en la menarquía son importantes en cuanto condicionan los comportamientos sociales, lo que es socialmente aceptado y lo que no. La variable LRW-PRACTICE-2 nos presenta un panorama cultural que les impide a las mujeres de los países estudiados denunciar casos de violencia de género. Este se convierte en un factor de estudio interseccional, pues, en los países estudiados, se castiga a la mujer por alzar la voz ante un abuso, cosa que no sucede en otras partes del mundo. Ellas se ven silenciadas y hostigadas, incluso por su propia familia y los entes judiciales, sometidas a críticas y humillaciones que no permiten su acceso a servicios sociales ni de salud. Analizar estos factores sociales nos permite ver cómo la cultura y los elementos sociales pueden definir la experiencia de las mujeres nacidas en estos países de Suramérica.
Finalmente, el tráfico sexual, que ha sido un problema recurrente en Latinoamérica, tiene como grupos en alto riesgo a minorías tales como personas pertenecientes a comunidades indígenas, migrantes, personas con discapacidades, personas pertenecientes a la comunidad LGBTIQ+ y habitantes de zonas rurales, entre otros. Las víctimas del tráfico sexual son atraídas mediante ofertas de empleo fraudulentas, lo que demuestra cómo vivir bajo ciertas condiciones, como el desempleo o la pobreza, puede significar un riesgo y una diferencia, y resalta la necesidad de contemplar la seguridad internacional a través del lente de género y del lente interseccional que permite vislumbrar estas diferencias en orden de tener una agenda de seguridad internacional inclusiva, que permita tener resultados para defender los derechos de todas personas, incluyendo a las minorías.
Conclusión
El capítulo establece que la noción de “género”, en su aplicación a los estudios de seguridad internacional, se constituye como la intersección entre la experiencia personal, el lenguaje/discurso y la práctica. Se aclara también la necesidad de concebir la utilidad del concepto “género” para comprender las dinámicas de la seguridad que van desde el mismo uso de la fuerza hasta el uso simbólico del lenguaje, lo que conlleva a descubrir nuevas formas de dominación de los seres humanos que tradicionalmente han permanecido subyugadas y subyugados ante una masculinización de la agenda de seguridad. Como estudiosas y estudiosos de la seguridad, es nuestra labor reflexionar en torno a la relación entre el género y la seguridad internacional mediante la investigación de casos puntuales.
También se argumentó que el enfoque interseccional en los estudios de seguridad internacional es esencial en una región tan compleja como América del Sur. Los seis Estados escogidos reflejan la diversidad al interior de Suramérica, y las variables del WomanStats Project demuestran la interseccionalidad existente entre el género y otras variables que comúnmente son ignoradas. Así, se evidencia que no existe un solo tipo de subordinación de género, como tampoco es el único tipo de diferencia que marca la experiencia de una persona. Mediante este enfoque, resulta posible resaltar las deficiencias comunes que existen en la protección de las mujeres y minorías en distintos países de Suramérica que pueden trascender a nivel Estatal o internacional, reflejándose en sociedades más inseguras y violentas en general.
Por último, tenemos un desafío en lo que respecta al género y la seguridad internacional de la región; al mismo tiempo, se nos presenta una oportunidad única para abogar por la inclusión de las minorías y poblaciones que han sido históricamente rezagadas de las agendas de seguridad. Con ello se pretende lograr una justicia social que no está garantizada para estas personas. Si se logra este reconocimiento, podremos analizar la forma en que el género afecta a la seguridad y viceversa, con el objetivo de elaborar políticas inclusivas, eficaces y dignas en el marco de la igualdad y la equidad.
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Anexo 1: seguridad física de las mujeres
Seguridad física de las mujeres en los seis Estados seleccionados para el presente estudio[6]

Tomado de la escala de violencia de seguridad física, Mary Caprioli’s Physical Security of Women (2019).
- Universidad del Rosario, Colombia.↵
- Universidad del Rosario, Colombia.↵
- En el capítulo 3 de Goldstein (2001) “Bodies: the biology of individual gender”, p. 148, el autor se refiere a los efectos de la testosterona como detonante de la agresividad. ↵
- Se recomienda revisar los estudios de Tickner (1992), Detraz (2012) y Sjoberg (2010).↵
- Para explorar la base de datos del proyecto, se recomienda ingresar a womanstats.org y registrarse. En la página web, encontrarán videos tutoriales e instructivos para descargar la información. ↵
- Disponible en www.womanstats.org/new/map_create.↵








