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Poder y desigualdad
como ejes de análisis

Teorías poscoloniales y decoloniales en los marcos feministas
de las relaciones internacionales

Jorgelina Loza[1]

Introducción

En las últimas décadas del siglo xx, emergieron corrientes de pensamiento que buscaron explicar estructuras de poder y desigualdad que dan forma al mundo tal como lo conocemos. Las escuelas de los estudios anticoloniales, los estudios poscoloniales y los estudios subalternos tuvieron un marcado impacto en las ciencias sociales y en las relaciones internacionales en particular, al igual que los feminismos. Unos años más adelante, con una raíz más bien latinoamericana, observamos el surgimiento de lo que podemos llamar “escuela de pensamiento decolonial”. A partir de allí, podemos leer un diálogo, no siempre en coincidencia, de la teoría poscolonial y decolonial con los feminismos latinoamericanos en términos de propuestas de una revisión epistemológica para las RI, pero, principalmente, una ampliación de los objetos de estudio tradicionales de la disciplina. 

Más allá de los marcos teóricos que escojamos para explicar los fenómenos históricos, sociales, políticos que nos interesan, es innegable que los marcos teóricos poscoloniales han marcado una época. En este capítulo nos proponemos resumir brevemente los aportes de las escuelas poscoloniales para luego avanzar hacia el entrecruzamiento de esas perspectivas con los marcos teóricos feministas. Nos interesa explorar la inserción de dichas escuelas de pensamiento en las relaciones internacionales (una cuestión abordada por Marianne Marchand en su capítulo de este volumen) y pensar qué agenda de investigación podemos construir desde esas perspectivas.

Las escuelas poscoloniales –aun con las variantes que definiremos a continuación– subrayaron la dimensión del poder en la descripción del escenario internacional. Nos recordaron que la estructuración global a la que asistimos y que es reproducida continuamente por los fenómenos internacionales que analizamos está marcada por una fuerte desigualdad y que esa diferenciación pesa también a la hora de conceptualizar los fenómenos y los actores involucrados. Esto es, esas dinámicas de poder y desigualdad están insertas también en los mecanismos de construcción de conocimiento científico y pueden explicar la existencia de análisis valorativos sobre experiencias internacionales que son comprendidas desde conceptos universalizantes, construidos en países centrales.

En términos metodológicos, estas corrientes avalan la inclusión de voces alternativas en el desarrollo de fenómenos históricos internacionales, así como la revisión de la posición que ocupamos como investigadores en el desarrollo del proceso bajo estudio.

Saurabh Dube (2010) sostiene que el grupo de Estudios Subalternos (1992-1998) emergió con la marca de la nación, mientras que la escuela de estudios poscoloniales nació con la marca del imperio. Ambas corrientes nos convocan a pensar el mundo tal como lo hemos conocido hasta ahora, pero bajo esos signos obliterados hasta entonces.

El pensamiento decolonial, como dijimos, no solamente se posiciona en procesos políticos desarrollados en regiones marcadas por la herida colonial, sino que también ansía descolonizar el saber. Propone establecer nuevas categorías y formas de acción y de estudiar a las RI cuestionando el etnocentrismo y a las ideas erigidas desde la modernidad, marco simbólico de la colonialidad global. En este capítulo vinculamos las reflexiones poscoloniales y decoloniales con la irrupción del feminismo en las RI y su revisión de los fundamentos de la disciplina a partir del análisis de las estructuras históricas de poder. Desde la disciplina, estas afirmaciones nos llevan a repensar las tradiciones de pensamiento internacionales y nos dejan la tarea de preguntarnos cuál es el valor analítico de las categorías universales. ¿Se debe pujar desde las diversidades por ingresar a los espacios que analizan el mundo desde visiones universales para ampliarlas y enriquecerlas? ¿Cómo se construye conocimiento desde aquellas regiones que siempre fueron objeto de estudio? ¿Hay espacio para el pluralismo en las RI?

Sobre las escuelas de pensamiento poscolonial y decolonial

Los enfoques críticos que recorreremos a continuación, a pesar de ser heterogéneos, tienen ejes en común que se orientan a cuestionar la forma en que ha sido explicado el orden mundial vigente, a proponer nuevos conceptos para comprenderlo a partir de la creación de un lenguaje y estrategias de abordajes específicas. Como veremos, su principal contribución al campo de las RI se ha concentrado en modificar los parámetros epistémicos normativizados en la disciplina y comprender que los enfoques radicales son políticos.

A fines de los 80, nació en India el Grupo de Estudios Subalternos, a partir del impulso del historiador Ranajit Guha. Este grupo retomó la categoría gramsciana de subalterno para poder hablar de todo aquello que esté subordinado por relaciones de cualquier tipo (casta, clase, género, oficio) y que pueda ser diferenciado de las elites. Edward Said, influido por el posestructuralismo, posmodernismo y constructivismo, fue integrante de este grupo de pensadores de origen asiático y africano que trabajan mayoritariamente en universidades de países centrales, y profundizaría en la vinculación entre poder imperial y cultura al revisar las imágenes y representaciones que Occidente ha construido históricamente sobre Oriente, y cómo estas han impactado en la construcción de la propia identidad de ambos mundos. La categoría de subalterno, para Said (1996), reúne la dinámica histórica, social y cultural entre una clase hegemónica y el conjunto de personas sometidas a ella.

Los estudios subalternos nacieron con la intención de generar un análisis historiográfico sobre la nación, profundamente abocados a analizar “el fracaso de la nación en reivindicarse” (Dube, 2010). Su principal intención es la de producir análisis históricos que conciban a los grupos subalternos como sujetos de la historia. Se oponen al modelo universalista global, siendo críticos con la idea de nación, conjeturan sobre la relación entre conocimiento y poder, y cuestionan el uso de la diferencia como mecanismo de exclusión social. Le han otorgado un lugar central en sus investigaciones al desarrollo del análisis del otro, del subalterno y del diferente (Spivak, 1988). Sostienen que la alterización se llevó a cabo mediante la marginalización, el uso de la fuerza, la imposición de clases sociales, de exclusiones por género, etc.[2]

Un poco más tarde (1992-1998), la escuela de pensamiento poscolonial indagaría en la figura de la subalternidad, avanzando en la definición de las formas en las que esa dominación histórica colonial es objetivada y plasmada en construcciones culturales contemporáneas. Algunos de sus exponentes han sido Gayatri Spivak, Paul Gilroy, Stuart Hall, Homi Bhabha y Dipesh Chakrabarty. La subjetividad de la subalternidad, sostuvo Spivak (1988), está bloqueada desde afuera, y por ello es imposible rescatar su voz y que se constituya como un sujeto político con fuerza propia, permaneciendo como un objeto de estudio que termina reconfirmando las jerarquías de quienes intentan hacerlo hablar. No puede hablar esa voz porque carece de espacio de enunciación, porque la narrativa histórica ha elevado algunas voces y silenciado otras para que prevalezca un discurso oficial. Esa subalternidad, además, constituye un espacio de otredad y diferencia que no es homogéneo, que no es generalizable, que no configura una posición de identidad. El sujeto subalterno femenino, en ese contexto, se encuentra además en la más profunda oscuridad (Spivak, citada por Ballestrin, 2021).

El pensamiento poscolonial emergió como consecuencia de los procesos de descolonización de las potencias europeas en los territorios asiáticos y africanos. Los primeros impulsos para la sistematización de ideas los dieron académicas y académicos de orígenes africanos y asiáticos en su rol de investigadores migrantes a centros educativos en Europa y Estados Unidos. Desde allí, ahondaron en los impactos del colonialismo en múltiples dimensiones de la vida social como son los ámbitos político, cultural, intelectual, subjetivo, explorando las tensiones entre subjetividad, identidad, poder, representaciones y conocimientos (Ballestrin, 2021).

En América Latina, los estudios poscoloniales se concentraron inicialmente en la crítica literaria y en la antropología, comenzando por resaltar el uso de fuentes no documentales para la construcción de conocimiento. Florencia Mallón nos convocó así a pensar el desarrollo de hegemonías estratificadas, en las que se considerara a las culturas y comunidades subalternas como totalidades complejas y divididas, y a las relaciones de poder regional, nacional e internacional como espacios de articulación y rearticulación histórica.

Los teóricos poscoloniales marcaron el proceso de internacionalización del colonialismo como un núcleo central del entramado de dominación y expansión económica de las potencias europeas (Marchand y Meza Rodríguez, 2016; Ballestrin, 2021), sosteniendo la hegemonía de la cultura moderna a fuerza de dinámicas racistas, eurocentristas y orientalistas (Ballestrin, 2021). La internacionalización fue el medio esencial para trasladar cosmogonía y patrones culturales y de comportamiento desde la metrópoli y hacia los territorios colonizados, reproduciendo discursos y prácticas que lograron perpetuarse incluso posteriormente a los esfuerzos independentistas de cada colonia, en el impulso de las elites extranjerizantes. Los sujetos occidentales han sido definidos históricamente en oposición jerárquica a los otros, racializados y colonizados, y entonces sujetos a formas de control y violencia (Teo y Wynne-Hughes, 2020). A partir de esta corriente de pensamiento, podemos leer a la colonización y el colonialismo como parte de un proceso global, transnacional y transcultural en el que Occidente logra constituirse como el centro difusor de un paradigma dominante (Ballestrin, 2021), además de permitir identificar cómo los discursos coloniales sobre la diferencia justifican las jerarquías históricas y las violencias, en directa crítica a la disciplina de RI (Teo y Wynne-Hughes, 2020).

En América Latina, en 1998, se consolidó la corriente de pensamiento decolonial alrededor del trabajo del grupo modernidad/colonialidad. Sus principales referentes, de origen latinoamericano (Quijano, Mignolo, Grosfoguel, Castro Gómez, Maldonado-Torres, Walsh, Segato, entre otros), comprenden a la Conquista de América (1492) como el punto de partida del proyecto civilizatorio moderno europeo y de la difusión del capitalismo como modelo económico global. Las dinámicas transnacionales de la modernidad son abordadas desde marcos de sentido plurales, incluso previos a la Conquista, que introducen diversas conceptualizaciones sobre la modernidad e incluso sobre Occidente (Teo y Wynne-Hughes, 2020).

Impulsan el concepto de “colonialidad del poder” (Fonseca y Jerrems, 2012), que conecta las lógicas de dominación implantadas por la modernidad con las condiciones de subordinación en las que todavía se encuentran las zonas colonizadas. Aun cuando hayan formado sociedades nacionales independientes, se reproducen en esas sociedades dinámicas de poder que perpetúan la colonialidad a través de lógicas de discriminación y diferencia; a la vez que sostienen a esas regiones en posiciones subordinadas a nivel global. Entendemos, desde este enfoque, que el poder no es homogéneo ni lineal, sino que circula en diversas direcciones funcionando como una red multinivel, forjadora de un modelo que estipula lo deseable y lo no deseable a partir de parámetros europeos u occidentales. 

Pero hay otro concepto que aporta esta escuela y que habilita a encontrar puntos en común con los marcos teóricos feministas, y es el concepto de “colonialidad del saber”. Junto con las lógicas de dominación implantadas a partir de la Conquista, se determinan formas de categorizar y diferenciar las sociedades desde un modelo central que es el de la humanidad europea. A partir de ese parámetro, son conceptualizadas y explicadas las formas de vida de otras sociedades, no occidentales europeas, y que se asumen en falta o no evolucionadas en relación con aquellas. En ciencias sociales es posible identificar a la voluntad de saber con cierta posición de poder sobre el objeto de estudio, que busca conocer a un Otro muchas veces poniendo ese conocimiento “al servicio de la empresa colonial” (Ballestrin, 2021: 180, traducción propia). Podemos pensar, entonces, que uno de los principales aportes de la escuela decolonial es el de ampliar las categorías de análisis y revisarlas críticamente, evaluando sus alcances e implicancias en cuanto brindan sustento epistemológico a la discriminación, el racismo, la subvaloración de las sociedades no europeas (Maldonado Torres, 2007). Los estudios decoloniales han basado sus fundamentos teóricos en la crítica epistemológica sobre el proceso de colonización y su impacto en las ciencias sociales, fuertemente arraigados al pensamiento antiimperial, antirracista y anticolonial.

Posiciones críticas como estas permiten trascender los límites disciplinarios que separan a Occidente del resto del mundo y que postulan respuestas dogmáticas y análisis limitados. Estas corrientes de pensamiento desafiaron las intenciones de análisis modular sobre regiones, la nación y las identidades, ampliando el enfoque hacia las construcciones subalternas y las experiencias alternativas a las occidentales. Las formas de dominación de las colonias y excolonias latinoamericanas pueden ser pensadas desde la multiplicidad y la relacionalidad (Segato, 2013; Curiel, 2011; Rivera Cusicanqui, 2018). El pensamiento decolonial, que parte de afirmar esa heterogeneidad constitutiva, supone comprender la intersección de diversos ejes de dominación aún activos e intervinientes en determinar la vida de las personas, incluso sus formas de pensar y entender su entorno. Las categorizaciones sociales, entonces, solo pueden pensarse entremezcladas o interconectadas, y la intención de identificar una única forma específica de opresión reproduce formas hegemónicas de pensamiento que terminan fijando categorías identitarias homogeneizadoras e invisibilizando diversidades (Segato, 2013; Stoffel, 2018).

El impacto sobre las RI se conoce como el giro ontológico decolonial y permite incorporar perspectivas analíticas sobre lo internacional que no responden a las visiones modernas y eurocéntricas que constituyen la tradición de la disciplina. Esas perspectivas se consideran productoras de análisis parciales, que condicionan un conocimiento sesgado, además de perpetuar relaciones jerárquicas en el sistema global (Rodríguez-Texeira, 2020). La preponderancia de temáticas Estado-céntricas son consecuencia del anclaje de las RI en la cultura política liberal y en la concepción de progreso occidental, propuesta que “obvia el rol constitutivo de las colonias y del proceso de occidentalización en la creación de las relaciones internacionales” (Fonseca, 2015: 37).

Ballestrin (2021) sostiene que el poscolonialismo otorgó un nuevo significado al concepto de “tercer mundo”, entendido ahora como un espacio de solidaridad entre los pueblos que comparten un pasado colonial; y también como un espacio donde se desarrollan resistencias territoriales y geopolíticas. En ese contexto, emerge lo que ella llama “feminismo tercermundista”, que observa el impacto de las divisiones geopolíticas en la vida de las mujeres.

El giro decolonial evidenció las falencias de las RI en el análisis de las sociedades y problemáticas no occidentales y nos alertó sobre la relevancia de integrar perspectivas que consideren la otredad y su capacidad epistémica como válida, con el objetivo de ampliar los límites conceptuales de la disciplina. Para avanzar en esta tarea, se torna determinante profundizar el análisis del vínculo entre el colonialismo, la modernidad y la conformación de los Estados nación. En este mismo volumen, el capítulo escrito por Laura Masson reflexiona sobre la forma política nación desde un marco teórico que propone un enfoque de género para ese análisis. Del entrecruzamiento entre poscolonialismos y feminismos, nos ocupamos en las páginas que siguen.

Feminismos y poscolonialidad en RI

Una de las contribuciones más importantes de las teorías feministas a las RI ha sido ampliar la agenda de temas de investigación, incorporando nuevos y también nuevas dimensiones de temas tradicionalmente abordados. Los paradigmas constructivistas abrieron las discusiones sobre las jerarquías de género y permitieron identificar las estructuras de las inequidades sociales, políticas y económicas basadas en categorías históricas de sexo y género. Esas reflexiones mostraron cómo operan mecanismos de poder en términos simbólicos, pero también en cuanto consolidan condiciones materiales (Waltz, 1959; Morgenthau, 1986; Wendt, 2005).

En términos conceptuales, y sin que este sea su logro más importante, las teorías feministas de las RI occidentales han logrado introducir la categoría de género[3] en el análisis de lo internacional (Marchand, 2014). Anteriormente, en el mejor de los casos, la cuestión de género parecía haberse limitado al análisis del ámbito nacional o local.

Esta estrechez analítica está vinculada a la distinción entre las esferas pública y privada que se instaló fuertemente con el desarrollo del capitalismo moderno y que ha sido fundamental para el análisis de procesos o fenómenos sociales (Pateman, 1988). Así, cada esfera se cargó con sus propias características, expectativas y roles, que coincidían con los otorgados a las construcciones binarias de género: la esfera doméstica o privada estaba reservada para la reproducción social, desarrollada por las mujeres; mientras que la esfera política o pública fue la que concentró las discusiones sobre el poder, la nación y el Estado, ámbitos reservados para los hombres. Los estudios de Enloe sobre el trabajo sexual y la trata de personas en áreas de conflicto armado muestran que hay concepciones particulares del sector privado que afectan la forma en que los Estados llevan a cabo acuerdos mutuos (Enloe, 1983 y 2014). La separación de áreas de acción entre géneros propone una barrera para el acceso de las mujeres al campo político y, también, a la escena internacional. Pero aún más grave, instala una profunda miopía académica con respecto a los problemas relacionados con la disciplina. El género se convirtió en una categoría analítica iluminadora que permitió identificar los silencios y las invisibilidades de las perspectivas occidentales hegemónicas en RI (Marchand, 2013).

Inicialmente, la perspectiva de género sirvió para incluir una nueva dimensión de análisis. Finalmente, ese marco teórico dio lugar a la discusión y explicación de los fundamentos de las relaciones de género, encontrando vínculos con la forma en que el poder se distribuye internacionalmente. Las teorías feministas atrajeron al campo de los estudios internacionales el análisis de las subjetividades, sacaron el foco de las visiones positivistas, racionalistas y jerarquizadoras, ubicando en el centro a las experiencias y las identidades. Propusieron pensar desde los márgenes de la disciplina, e introdujeron al campo nuevos interrogantes, vinculados al abordaje de relaciones de dominación y subordinación en el sistema internacional, pero también dentro de la disciplina.

Aunque las teorías feministas se componen de una diversidad de enfoques y posiciones políticas (sobre las más destacadas de estas manifestaciones, escribe Alma Espino en este volumen), es posible identificar algunos ejes comunes, como la apreciación sobre el conocimiento como emancipatorio y de utilidad para explicar la condición de subordinación de las mujeres desde los niveles locales hasta los globales (Trujillo, 2016). La descripción y el análisis de la opresión nos permiten pensar en formas de superarla, así como reflexionar sobre los procesos que seguir para construir un orden internacional más igualitario.

Entonces, podemos señalar que los enfoques teóricos feministas occidentales coincidieron en revisar las categorizaciones de género y las relaciones sociales construidas alrededor de estas ideas. Como resultado, cuestionaron la dominación histórica del hombre sobre la mujer. Estas relaciones de dominación se basan en construcciones simbólicas que operan simultáneamente en varios niveles: social, cultural, económico y político, entre otros.

En este devenir, los feminismos poscoloniales señalaron especialmente la necesidad de expandir los límites de la disciplina hacia la inclusión de la pluralidad y la diversidad. La pluralidad de voces dentro de un enfoque teórico que valoriza la diversidad, como es el feminismo, puede ser difícil de comprender desde marcos teóricos más convencionales para las RI (Ackerly y True, 2008). La incorporación de estos enfoques refiere a pluralidad metodológica también, ya que, si algo ha caracterizado al feminismo, es la interdisciplinariedad que sostiene. Ahí hay un punto de coincidencia muy relevante de los enfoques poscoloniales y decoloniales con los feminismos latinoamericanos, ya que siguiendo un fuerte compromiso político con su objeto de estudio han sido críticos del desarrollo de las teorías occidentales. Los últimos especialmente han denunciado la dominación epistémica de Occidente al imponer categorías y modelos de análisis, y conceptualizaron a esa relación histórica como la colonialidad del saber.

En general, los feminismos poscoloniales y decoloniales colocan sus críticas en el contexto de producción de conocimiento caracterizado por el colonialismo y, a partir de ahí, proponen un enfoque interseccional tanto en su estrategia metodológica como en su posicionamiento político. Cuestionan premisas instaladas por los feminismos y el colonialismo para proponer nuevos debates y diálogo, reclamando a las teorías feministas occidentales la inclusión de la diversidad como contraposición a la construcción de categorías homogéneas y universales para comprender la vida de las mujeres que dejan fuera del análisis las particularidades de las mujeres no occidentales (Anthias, 2002). Denuncian que la construcción de una nueva alteridad desde la perspectiva feminista occidental reproduce una nueva forma de colonialismo (Mohanty, 1984).

Es esta condición multidimensional de los fenómenos sociales, políticos e históricos lo que aleja a la lucha feminista europea y blanca de las reivindicaciones de las mujeres del tercer mundo y las hace objeto de lo que llama “violencia epistémica”, dada su ausencia de los temas de debate académico. Es necesario recorrer la historicidad de estas ontologías, para desentrañar los mecanismos a través de los cuales se ha solidificado la matriz de dominación (Anthias, 2012) sobre los grupos subalternos. Las jerarquizaciones así construidas y ontológicamente incorporadas redundan en una distribución desigual de recursos, pero también en escalas de valor propias de esa sociedad y prácticas relacionadas con la moralidad resultante que dan espacio a procesos de inferiorización y explotación (Anthias, 2012).

Desde el feminismo, la teoría decolonial fue tomada por María Lugones, quien además era activista del feminismo negro y parte del Proyecto Colonialidad-Modernidad-Descolonialidad (Villarroel Peña, 2019). Lugones recuperó los aportes del pensamiento feminista afroamericano, donde la idea de interseccionalidad ya estaba ampliamente difundida, y construyó el concepto de “colonialidad del género” (Lugones, 2008).

El pensamiento feminista latinoamericano se nutre de las tradiciones de los feminismos comunitario, negro, indígena, popular, y por ello se trata de una corriente heterogénea, que reúne diversas posicionalidades y entrecruzamientos teóricos. Autoras latinoamericanas como María Lugones, Yuderkys Espinosa y Ochy Curiel, Karina Ochoa, Gladys Tzul Tzul, Aura Cumes y Julieta Paredes (Villarroel Peña, 2019) denunciarán la construcción de taxonomías universalizantes y carentes de sentido histórico, que no permiten pensar la especificidad de la subordinación de las mujeres de la región, atravesadas por matrices de dominación múltiples.

Subrayar la heterogeneidad de las formas de opresión que pesan sobre las mujeres (y las diversidades sexuales) en las sociedades anteriormente coloniales es una forma de resaltar la naturaleza eurocéntrica de las teorías hegemónicas, y muestra que en estas comunidades la colonización consolidó una inferiorización racial en coincidencia con la subordinación de género (Oyewumi, 2002). Las teorías feministas poscoloniales han podido complementar el enfoque de las relaciones de poder basadas en el género con la revisión de las jerarquías raciales.

Pero la discusión teórica en torno al colonialismo no era nueva para las ciencias sociales latinoamericanas. Lo que se conceptualizó en los 70 como colonialismo interno funciona como una matriz estructuradora que opera hasta el presente y que es responsable de la pérdida de las bases materiales y simbólicas sobre las cuales las mujeres mantuvieron su autonomía. A partir de ahí, se podría afirmar que las relaciones de subordinación basadas en la raza, la clase o el género no desaparecieron con los procesos de independencia, y que aún influyen en las sociedades e identidades (Ling, 2017). Las feministas latinoamericanas afirmarían que analizar la intersección entre esas dimensiones de dominación social era crucial para comprender la situación de las mujeres y otros grupos subalternos.

Los feminismos en el campo latinoamericano de RI proponen herramientas para reconocer temas, actores, acciones que suceden en espacios fuera de Occidente (Acharya, 2011 y 2014), en un intento por superar el etnocentrismo y la exclusión que han caracterizado la disciplina. Es en la experiencia de las mujeres latinoamericanas donde aparecen las intersecciones entre el imperio, la nación y la historia de la movilización colectiva (Chowdhry y Nair, 2002). A partir de esa experiencia, podemos atender las relaciones de poder y subordinación de un mundo que ya no se centra en Occidente, sino en la heterogeneidad y el poder del fragmento. En cuanto marcos teóricos, brindaron herramientas conceptuales para demostrar la persistencia de los centros de poder del colonialismo y las estrategias de dominación que los sostienen, pero también mostraron nuevas formas comunitarias que incorporan cierta heterogeneidad.

Es por eso por lo que las contribuciones feministas latinoamericanas a menudo funcionan como una crítica del feminismo global o hegemónico, que puede adoptar prácticas o connotaciones imperialistas. La crítica feminista latinoamericana puede comprenderse como una gran pregunta sobre la posicionalidad, es decir, como un interrogante acerca de quiénes son y desde dónde hablan las personas que construyen conocimiento e ideas feministas (Picq, 2013).

En el caso específico de la disciplina de las RI, la descolonización del feminismo busca, entonces, desmontar la centralidad de la perspectiva occidental que ha caracterizado al campo y a las ciencias sociales en general. El giro ontológico colonial en la disciplina, además de criticar el statu quo vigente y de desestatalizar a las RI, produjo grandes aportes en lo relativo a las relaciones entre lo local y lo global, específicamente en ampliar el análisis hacia problemáticas que conectan esos niveles.

Los feminismos latinoamericanos instalaron abordajes de temáticas específicas y diversas, como por ejemplo la ampliación o el reconocimiento de los derechos indígenas, de las mujeres, de las diversidades, el pedido de acceso a la tierra o los espacios ancestrales, la defensa de los recursos naturales, etc. Además, propone la construcción de saberes situados (Picq, 2013), haciendo foco en la capacidad epistémica de los actores del sur global, específicamente teniendo en cuenta los conocimientos, las cosmovisiones y las tradiciones ancestrales. Esta propuesta invita y hace evidente la necesidad de crear nuevas categorías y modelos de acción que lleven a los pobladores del sur a posicionarse como parte de lo universal o pluriversal, a dejar atrás el imaginario de individuos pasivos y fortalecer su posición como tomadores de decisiones con capacidad epistémica de producir conocimiento.

La revisión del marco tradicional de las RI nos permite también ver la lógica subyacente de la división internacional del trabajo, que supone que el trabajo femenino en las naciones poscoloniales es barato, y conectar así los nacionalismos con las experiencias de movilización política feminista (Marchand, 2014). Los estudios brasileños sobre mujeres negras y sobre movilizaciones de mujeres, al señalar la inserción de las demandas de las mujeres de Brasil en corrientes más amplias del feminismo negro, han demostrado la conexión entre las agendas internacionales y nacionales (González, s/f; Pitanguy, 2015; Pons Cardoso, 2014). Comprendiendo que, desde una perspectiva decolonial, podrán entenderse integralmente las vinculaciones entre lo global y lo local, rescatando experiencias diversas de los fenómenos internacionales y abriendo la posibilidad de pensar alternativas políticas a los desafíos globales del presente teniendo como objetivo la profundización de análisis de género y la desmasculinización de las RI.

Esto último se vislumbra en el trabajo de la autora Juliana Paredes, quien busca generar estudios que permitan comprender el lugar que han ocupado las mujeres a lo largo de la historia, su principal objetivo se orienta a crear una propuesta política de resistencia transformadora (Paredes, 2006). Al exponer su pensamiento, la autora pone especial atención en no idealizar las relaciones entre hombres y mujeres precoloniales en América Latina. Alerta sobre la necesidad de evitar un “enroque” de opresión machista colonial por uno precolonial. Para ello, Paredes plantea como ideal superador al feminismo comunitario con la intención de desarrollar una propuesta teórica y política sobre las bases de la concepción indígena andina del mundo, de las mujeres, de los hombres y de todos los seres vivos. Su formulación epistémica retoma el concepto de “comunidad” con la intención de evadir las relaciones binarias jerarquizadoras entre hombres y mujeres. Propone adoptar a la comunidad como una unidad política transformadora y la considera un organismo donde cada uno de sus integrantes es único, necesario y autónomo (Guzmán y Triana, 2019).

El feminismo comunitario latinoamericano aporta al campo de las relaciones internacionales la propuesta de descolonizar y desneoliberalizar a la disciplina, al considerarla regida por el género, la clase, la etnia y el sesgo norte-sur. Cuestiona específicamente a las mujeres y teóricas del “norte-rico” por su complicidad con el patriarcado transnacional, al haber propuesto la equidad de género como objetivo del feminismo (Paredes, 2013). Sustentan esta crítica en la irrelevancia que le han otorgado al aporte histórico desarrollado por el feminismo comunitario sobre el lugar que han ocupado las mujeres indígenas en la historia. Análogamente, consideran que adoptan una concepción lineal de la historia, progresiva e individualista que sitúa al feminismo del sur como incivilizado frente a los feminismos occidentales (Guzmán y Triana, 2019; Paredes, 2017). Para Paredes, entonces, señalar la opresión del patriarcado es una forma de sintetizar los alcances del racismo, la explotación económica y el sistema heterosexista, y por eso el feminismo comunitario es una solución global, para toda la humanidad (Falquet, 2020).

Reflexiones finales

Las RI críticas han avanzado en legitimar las contribuciones periféricas como fuente de la disciplina y en remarcar el modo en que la hegemonía del norte global ha moldeado la construcción del campo de estudio (Blaney y Tickner, 2012). Han denunciado enfáticamente la construcción de una tradición teórica sobre los cánones de la modernidad, funcionando como configurador de relaciones, jerarquías y estructuras mundiales de dominación (Querejazu, 2013) y, a pesar de las resistencias, han logrado incorporar preguntas sobre la inequidad y la justicia (Chowdhry y Nair, 2002). Por ello consideramos importante discutir el diálogo posible entre abordajes críticos, que coinciden en plantear disputas a los marcos epistemológicos consolidados, exponiendo las relaciones de poder existentes en el objeto de estudio, pero también dentro de la disciplina.

Un diálogo interesante lo produce el concepto de “interseccionalidad”, que emerge en lo que algunos autores consideran el giro constructivista de las ciencias sociales. Lo propuso Kimberlé Crenshaw en 1989 a partir del análisis de decisiones judiciales en que intervenían personas y mujeres negras. El artículo de Crenshaw destaca, con mucha claridad, la desigualdad vivida por las mujeres negras disociándola de las condiciones de desigualdad que el feminismo, liderado por mujeres blancas y de clase media o alta, describía y buscaba combatir. Más allá de una muy interesante crítica al feminismo, la reflexión de Crenshaw introdujo el argumento de una necesaria posicionalidad al encarar análisis y diseñar políticas públicas que impliquen diversas categorías raciales, étnicas y de género. Su argumento sostenía que la intersección de género y raza producía un dilema político y teórico en el que las mujeres negras quedaban atrapadas y sus experiencias quedaban completamente tapadas. El paradigma que interpretaba la discriminación desde un eje primordial perpetúa un marco de análisis que considera que género y raza son categorías excluyentes.

En la década siguiente, el término “interseccionalidad” se globalizó y fue adoptado por organizaciones sociales y organismos internacionales. De hecho, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas (creada en 1946 y reemplazada en 2006 por el Consejo de Derechos Humanos) introdujo en su resolución respecto de los derechos humanos de las mujeres del 23 de abril de 2002 que reconocía la importancia de explorar la intersección de múltiples formas de discriminación (citado por Yuval Davis, 2006). Nira Yuval Davis reconstruye un argumento que señala que, en los documentos de la Plataforma de Acción de Beijing (1995), ya aparecían elementos para un enfoque interseccional, mencionando múltiples barreras que frenaban el empoderamiento de las mujeres y coartaban su acceso a libertades fundamentales. En 2000, el Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial adoptó una recomendación general respecto de analizar la vinculación entre la discriminación racial y de género. Ese mismo año, la Reunión de Expertos sobre Discriminación Racial y de Género desarrollada en Zagreb (en preparación para la conferencia mundial contra el racismo, UN WCAR, según sus siglas en inglés) hizo el intento de desarrollar una metodología específica desde un enfoque interseccional.

En adelante, distintas exponentes del feminismo contribuyeron al debate sobre la forma en que esta intersección puede observarse y cuáles son las herramientas metodológicas que implementar, a partir de la relectura de la metáfora del cruce de calles que Crenshaw describió en 1989. Pero, como describimos en páginas anteriores, la crítica a la forma de construir conocimiento desde Occidente ha sido el eje de las escuelas de estudios subalternos y estudios poscoloniales. Es por eso por lo que autores como Stoffel (2018) y Chowdhry y Nair (2002) sostienen que la idea de interseccionalidad ya estaba planteada desde esas corrientes de pensamiento al incorporar categorías de género, raza, etnia, entre otras, al análisis. Stoffel señala que el esfuerzo de Crenshaw de mostrar que género y raza son categorías interrelacionadas fracasa al implementar la metáfora de la intersección de calles, ya que la definición misma de una intersección requiere que esas categorías estén separadas.

Pero, más allá de la interpretación de una figura que puede no ser la más pertinente, lo que rescata del enfoque poscolonial es la idea de que género y raza son categorías relacionales y mutuamente constitutivas a través de relaciones históricas complejas. Esto significa sostener que ambas categorías están invariablemente contaminadas de la otra y por ello no es posible sostener que estén ontológicamente separadas (Stoffel, 2018). Falquet añade que la relación entre esas formas de opresión debe comprenderse como dinámica, y por eso las metáforas visuales de entrecruzamiento son limitadas; y propone pensar en términos de relaciones sociales, históricas, relaciones de fuerza históricas que van separando a los individuos de acuerdo a diversos intereses en grupos antagónicos (Falquet, 2020). Para ello introduce el concepto de “imbricación”, al igual que Chowdhry y Nair (2002).

Un enfoque relacional, entonces, requiere pensar las posiciones privilegiadas o centrales para comprender la situación de posiciones subalternas. Del mismo modo, los teóricos de la dependencia en América Latina habían advertido que, para comprender las condiciones de desarrollo de la región, era importante conocer la historia global (sobre abordajes feministas de las estrategias de desarrollo, puede leerse el capítulo de Xaman Minillo en este mismo libro). Es así que afirmaron que las categorías comprendidas como universales (como la categoría de mujer, fundada desde la experiencia de las mujeres blancas de clase media y alta de Occidente), entonces, se reforzaron en el encuentro con la otredad que habitaba los espacios colonizados. La dicotomía civilización/naturaleza contribuyó a fijar características a esas masculinidades y feminidades universales y hegemónicas, que moldearon las expectativas de los roles de género desde entonces difundidos globalmente.

El problema de las categorías sociales fijadas desde posiciones de privilegio es, como nos recuerdan Yuval Davis (2006) y Stoffel (2018), que marginan a las personas que son objeto de múltiples formas de opresión, dejando en la oscuridad sus condiciones y reclamos. Pero además, y de vital importancia para nuestro planteo aquí, provocan análisis distorsionados de las condiciones en las que se producen situaciones de discriminación basadas en sexo o raza. Esos análisis se presentan como universales, objetivos y sin posibilidad de ser tendenciosos.

Esto nos resulta muy interesante para abonar la crítica hacia las RI por producir un conocimiento androcéntrico y eurocéntrico (Tickner, 2011), ya que suma el reconocimiento de que las posiciones ideológicas sobre las que fue construida la disciplina inicialmente tapan la existencia de fenómenos que suceden por fuera del sistema de Estados nación modernos y democráticos; así como la existencia de actores no estatales intervinientes en el sistema internacional. En todo caso, el texto de Crenshaw nos obliga a pensar sobre cierta normalización epistemológica que, al establecer como válida una forma de conocimiento, oblitera la existencia de otras interpretaciones posibles, desde marcos heterogéneos.

Desde los marcos teóricos que exploramos en estas páginas, se desprenden nuevas agendas de investigación o reflexión que llaman, en sí mismas, a abrir la reflexión sobre lo internacional a nuevas propuestas epistemológicas. Un análisis de los fenómenos sociales e internacionales que realmente se proponga recuperar las voces y representaciones de quienes exceden las formas descritas y diseminadas por Occidente debería partir de comprender la posicionalidad de quien investiga como una dimensión constitutiva (Picq, 2013). Es decir, considerar que la clase, la raza, la etnia de quien investiga también condicionan la forma en que codifican y categorizan los fenómenos y las experiencias que les son extraños, normativizando la experiencia propia[4]. De esa forma, puede abrirse a considerar las diversas formas en las que las comunidades construyen categorías e identidades (Querejazu, 2021), así como sentidos de pertenencia, y cómo se materializan en instituciones, normas, conductas y subjetividades. Esas formas de ordenar lo social se entretejen y reproducen continuamente con las formas hegemónicas de la diferencia. La tradición latinoamericana de pensamiento puede contribuir a triangulaciones teóricas o enfoques heterogéneos, que contemplen la diversidad como punto de partida y no como un resultado de la observación.

Tras varias décadas de predominancia teórica anglosajona en el campo de estudio, a partir de 1980 ingresan paulatinamente las voces “disidentes” a las RI. Según Rosalba Icaza (2014), estos enfoques críticos, a pesar de ser heterogéneos, tienen ejes en común que se orientan a cuestionar el orden mundial vigente, a generar conceptos y a crear un lenguaje específico. Amplían su sustento teórico hacia el nivel internacional dando espacio a nuevos discursos, actores y conceptos. La principal contribución al campo de estudio se centra en modificar los parámetros epistémicos normativizados en las RI y comprender que los enfoques radicales son políticos “pues identifican procesos, actores, instituciones y discursos que generan la exclusión de ciertos saberes y comprensiones de lo internacional” (Icaza, 2014, p. 76).

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  1. CONICET, FLACSO.
  2. Un antecedente de estas corrientes son los llamados “estudios anticoloniales”. Esta corriente de pensamiento surgió a finales de la década de 1930. Entre los principales exponentes, encontramos a C. L. R. James (2003), Franz Fanon (1973) y Fausto Reinaga (2015). Este grupo de autores se interesó en el impacto de la colonialidad y el racismo en la construcción de las relaciones de poder al interior de las sociedades conquistadas. Sus principales exponentes elaboraron estudios sobre los procesos de resistencia social como respuesta a la discriminación, la exclusión, el despojo y el racismo generados por la dominación colonial, poniendo el foco en el accionar de los movimientos sociales, las comunidades indígenas, las comunidades afrodescendientes, etc. (Avila-Rojas, 2021).
  3. Es importante destacar que el uso de categorías como género ya ha sido ampliamente criticado en las ciencias sociales. Jules Falquet reúne las críticas realizadas por varias teóricas, incluida Judith Butler, que han señalado que esa categoría está aún muy ligada a aspectos biologicistas, por lo que termina confundiéndose la perspectiva de género con mujer. El reduccionismo y el vaciamiento de la categoría de género afirman una mirada neoliberal de la sociedad mientras que oblitera los mecanismos de opresión interconectados (clase, raza, género, etc.) que no resultan cuestionados (Falquet, 2022).
  4. Ballestrin (2021) incluso habla del ejercicio de cierto paternalismo teórico o analítico sobre la otredad.


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