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Feminismo, género y desarrollo[1]

Enfoques feministas y su inserción
en el sistema internacional de desarrollo

Xaman Minillo[2]

Introducción

El discurso sobre el desarrollo es un elemento central de la política internacional contemporánea. Propuesta inicialmente al comienzo de la Guerra Fría, la noción de “desarrollo” como algo que debe ser inducido activamente no puede disociarse de su contexto: un período en el que, coincidiendo con las ondas de descolonización, se produjo la polarización de la sociedad internacional entre dos sistemas de organización económica, política y social. Inicialmente, el proyecto de desarrollo ignoró a las mujeres. Su perspectiva modernizadora y economicista abordó la ciencia y la tecnología como cuestiones técnicas y apolíticas, en un enfoque que, a pesar de presentarse como neutral, traía consigo una perspectiva marcadamente masculina. En tal ámbito, sin considerar la presencia de las mujeres, se desconoció el papel fundamental de las relaciones desiguales de género en estructuras políticas, sociales y económicas (RAI, 2011, 14). El entendimiento del desarrollo vinculado al crecimiento económico medido en términos de producto interno bruto (PIB) es una perspectiva que retiró la humanidad de las personas y las transformó en cifras por ser alcanzadas vía comercio, industrialización y modernización de la economía.

Cuestiones sobre desarrollo, economía política internacional, justicia económica y distribución de recursos están notablemente diferenciadas por género. No reconocer esta dimensión solapa jerarquías, privilegios y desigualdades. Un ejemplo de esto es el derecho a recursos, como herencias y tierras, cuyo acceso es restringido a las mujeres. Además, para muchas de ellas el acceso al mercado laboral formal está también restringido, por lo que deben recurrir a desempeñarse en actividades domésticas y de cuidados –tradicionalmente no reconocidas como trabajo– o en empleos informales, que no les garantiza protección social como trabajadoras (Gálvez González, 2008). Sin olvidar que, en el mercado laboral formal, existen diferencias latentes entre los cargos y salarios que desempeñan hombres y mujeres.

Actualmente, el género es un elemento clave en los discursos sobre desarrollo. Son diversas las corrientes de estudio del área que entienden que la igualdad de género se hace necesaria para alcanzar el desarrollo sostenible (Lagunas-Vázques, Beltrán-Morales y Ortega-Rubio, 2016). La integración de las cuestiones de género en los discursos sobre desarrollo ha sido una práctica adoptada desde 1995, cuando tuvo lugar en Beijing la IV Conferencia Mundial de las Naciones Unidas (ONU) para la Mujer. Desde entonces, se ha promovido la transversalización de género como una herramienta para lograr la igualdad de género mediante la consideración de este tema en todas las etapas y los niveles de políticas, programas y proyectos, actuando en su diseño, implementación y evaluación.

Este capítulo se estructuró en torno a la pregunta feminista: ¿dónde están las mujeres (Enloe, 1993) en los programas de desarrollo? ¿Y cómo ellas, así como otras minorías de género, están representadas en tales discursos? Se busca dar respuestas entendiendo el feminismo, a pesar de caracterizarse por la búsqueda de la justicia de género, como una agenda plural, que involucra diferentes perspectivas y proyectos políticos de lucha contra el patriarcado. Por tanto, se ofrece aquí algunas perspectivas feministas sobre el desarrollo tales como estos:

  1. abordaje de las mujeres en el desarrollo;
  2. género y desarrollo;
  3. el feminismo marxista; y
  4. abordaje crítico al paradigma occidental de desarrollo: ecofeminista y decolonial.

Estas diferentes perspectivas, sus conceptos clave, la forma en que conectan género y desarrollo y cómo fueron incorporadas o no en los discursos de las agencias de desarrollo se presentan contextualizadas en eventos y procesos internacionales.

Feminismos y desarrollo

¿Cómo están relacionados los feminismos y la búsqueda del desarrollo? En los días actuales, la igualdad de género y el empoderamiento femenino están presentes en los discursos de prácticamente todos los programas y las instituciones de desarrollo. Esto representa un avance en la comprensión de lo que es y lo que envuelve el desarrollo, condición primordial para mejorar la situación material de muchas mujeres y niñas. Aun así, son necesarios muchos cambios para alcanzar un mundo donde exista la igualdad de género. Las diferentes perspectivas feministas tienen el objetivo común de combatir las prácticas de diferenciación de las personas en función de su género que son utilizadas para establecer jerarquías y permitir discriminaciones de diferentes maneras. Las feministas destacan cómo tales relaciones de discriminación apoyan la desigualdad en la distribución y en el uso de los recursos, en el acceso a los derechos y a la autoridad en todas las esferas de la vida, como en el hogar, la comunidad y el ámbito nacional e internacional.

En el área de estudio de la economía política internacional, las perspectivas feministas ponen el énfasis en cómo la desigualdad de género está vinculada a los intereses materiales, y destacan cómo dicha diferenciación es dañina. Esto debido a la falta de acceso a derechos económicos y sociales, como el derecho a la tierra, a la vivienda, a la alimentación o al trabajo digno, además de negar a las mujeres y a otras minorías de género el acceso a una vida digna, situaciones que impiden el pleno desarrollo de toda la sociedad. Las perspectivas feministas demuestran cómo la igualdad de género es necesaria para lograr un tipo de desarrollo que considere, como proponen los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)[3], la prosperidad, pero también de las personas, el planeta y la promoción de la paz a través de alianzas.

Los feminismos son muchos, al igual que sus proyectos políticos de sociedades igualitarias. Las siguientes subsecciones detallan cuatro perspectivas feministas sobre el desarrollo. Reconociendo que aquí solo se puede presentar un número limitado de enfoques, seleccionamos dos considerando su influencia en el régimen internacional de promoción del desarrollo propuesto por la ONU: la mujer en el desarrollo y género y desarrollo. Los otros tres enfoques que se plantean se destacan por evidenciar los problemas que existen en las formas en que se promueve el desarrollo y la igualdad de género en la agenda internacional. De esta manera, se presentan los enfoques feministas que inspiran el paradigma dominante y aquellos que, con su crítica, crean aperturas para nuevas formas de entender el desarrollo.

La mujer en el desarrollo (MED)

La perspectiva de las mujeres en el desarrollo aparece en la agenda internacional en el trabajo de Ester Boserup (1970), fue el primer desafío a la ortodoxia masculinista en la literatura sobre el desarrollo. La autora identificó que el desarrollo estaba siendo promovido en las políticas internacionales de manera de reafirmar las generalizaciones biológicas en su consideración de la división sexual del trabajo al ignorar o retratar a las mujeres como actores pasivos. Con un enfoque sistémico y multidisciplinario que consideró temas ambientales, población, nivel tecnológico, estructura ocupacional y familiar, cultura, Boserup visibilizó la conexión entre el proceso de desarrollo y el mejoramiento de las condiciones de las mujeres (Lagunas-Vázques, Beltrán-Morales y Ortega-Rubio, 2016). A partir de esto, desarrolló una crítica a la forma en que se estaba promoviendo el desarrollo, destacando cómo tales enfoques no contribuían a mejorar la situación de las mujeres en el tercer mundo[4], quienes continuaban sin acceso a los beneficios de la modernización y, de esta manera, no producían los dividendos económicos esperados (Rai, 2002).

Inspirándose en los ideales universalistas característicos del feminismo liberal y valorando los principios de igualdad y eficiencia, Boserup destacó el papel de las mujeres en el desarrollo como un elemento central para inducir el desarrollo de manera efectiva (Rai, 2013). Su trabajo se convirtió así en la base de la perspectiva de la Mujer en el Desarrollo (MED). Al exponer cómo las mujeres tuvieron acceso a la economía en posiciones marginales y con ingresos más bajos que los hombres, la propuesta MED reivindica la ampliación de oportunidades para ellas como un fin, pero también como una forma de inducir el desarrollo. El crecimiento económico y la mejora de la situación de las mujeres se promoverían simultáneamente a través de medidas como el acceso a la educación para que las mujeres puedan desarrollar sus capacidades y ser más competitivas en el mercado laboral.

A pesar de lograr atraer la atención de la ONU y de las agencias de desarrollo sobre la importancia de que las mujeres tuvieran acceso a los recursos económicos, hubo críticas a esta perspectiva por dar más énfasis a las contribuciones de las mujeres al desarrollo económico, en lugar de poner su atención en las formas en que podrían mejorarse sus propias condiciones (Razaví y Miller, 1995). MED recibió críticas también por considerar a las mujeres del mundo en desarrollo desde perspectivas occidentales sin tener en cuenta las especificidades de sus realidades socioeconómicas particulares, siendo dominada por las visiones y los intereses de las mujeres del mundo desarrollado. No reconoce, por ejemplo, la posibilidad de existir diferentes interpretaciones de lo que constituye desarrollo, reafirmando el paradigma eurocéntrico de modernización que fomenta la industrialización, la urbanización y la mecanización de la agricultura como únicas formas de lograr el progreso. Cabe señalar que la promoción de modelos de desarrollo sin la debida consideración de las especificidades de las diferentes sociedades a menudo tiene efectos contrarios a los esperados y puede resultar en el empeoramiento de las condiciones socioeconómicas de la población. Tales resultados son especialmente sentidos por los grupos más vulnerables y que no están plenamente integrados en la economía formal, como las mujeres. Aquellas que continúan en sectores tradicionales sufren con su devaluación, y quienes los abandonan para ingresar a la economía formal lo hacen asumiendo, en la mayoría de los casos, posiciones marginales y poco o nada valoradas. Al enfatizar el papel de las mujeres como actores productivos que integran la economía formal, MED también ignora o minimiza otras formas en que las mujeres contribuyen a la economía y la sociedad, como el trabajo doméstico y de cuidados. Críticas que se detallarán más adelante al tratar del feminismo marxista, que expone cómo el liberalismo económico (que incluye a las feministas liberales) opaca la relevancia socioeconómica del trabajo reproductivo que realizan las mujeres.

Este enfoque también implica la interpretación de funciones productivas tradicionalmente realizadas por mujeres –como la agricultura tradicional– obsoletas, y promueve su reemplazo por otras actividades económicas con el fin de insertar a las mujeres en la economía capitalista formal. Cabe señalar que, con los procesos de colonización, las relaciones de género en las sociedades colonizadas cambiaron para alinearse mejor con las de las sociedades colonizadoras. En procesos de colaboración entre autoridades coloniales y líderes locales (masculinos), las mujeres indígenas perdieron estatus y funciones económicas que tradicionalmente se les atribuían sin ganar, al mismo tiempo, acceso a los privilegios que tenían las mujeres blancas. Fueron así doblemente desempoderadas en términos de género y raza (Cheater, 1986; Cheater y Gaidzanwa, 1996; Lugones, 2014; Tamale, 2020), desigualdades estructurales que son abordadas desde la perspectiva MED y que serán tratadas en la subsección D (“Enfoques críticos al paradigma occidental de desarrollo”).

Además, su enfoque en los individuos atomizados como actores económicos, característico de las perspectivas feministas liberales, no hace explícito el carácter estructural de las relaciones desiguales de género. El papel fundamental que juega la desigualdad estructural entre hombres y mujeres en la organización política, económica y social del sistema capitalista internacional y en las posibilidades de lograr un desarrollo con plena igualdad de género cobró prominencia desde la perspectiva considerada en la siguiente subsección.

Género y desarrollo (GYD)

El concepto de “género” abre una categoría analítica que destaca un eje político de organización social basado en la diferenciación de las personas en función de su clasificación como hombres o mujeres (Scott, 1995)[5]. Esta perspectiva, influenciada por académicas feministas norteamericanas, implica un acercamiento crítico a la categoría de mujer, problematizándola como construida socialmente. Este enfoque destaca el uso de la categoría de género en la construcción social de mujeres y hombres a partir de características culturalmente establecidas que definen la masculinidad y la feminidad[6]. A partir de estos, se destaca cómo los roles de género son relativos y construidos como complementarios. Por ejemplo, las mujeres son tradicionalmente caracterizadas como madres y quienes pueden desempeñar más adecuadamente el papel de ama de casa, mientras que los hombres son vistos como la fuente de ingresos del hogar. El desajuste entre tales interpretaciones y la realidad material demuestra cómo la división sexual del trabajo es una construcción social basada en categorías sociales e históricas de género. Naturaliza la actividad masculina en la economía formal, al tiempo que responsabiliza a las mujeres de las tareas administrativas y de producción dentro del hogar, del trabajo de cuidados y de tener y criar hijos. Esta diferencia también es política. Las relaciones estructurales de poder que diferencian y conectan a hombres y mujeres se ordenan de forma jerárquica, ya que las características, actividades y posiciones tradicionalmente asociadas a los hombres son más valoradas que las atribuidas a las mujeres.

Al considerar no solo las mujeres, sino también las relaciones políticas, sociales y económicas que las colocan en posiciones relativamente subordinadas y obstaculizan su acceso a los recursos, la perspectiva expone la naturaleza estructural de la desigualdad de género. Explica la relación entre género y poder y, destacando la naturaleza cultural de las características y actividades asociadas con la masculinidad y la feminidad, ofrece herramientas para examinar la división sexual del trabajo en diferentes sociedades según sus especificidades culturales. Además, considerando las responsabilidades vinculadas a los diferentes roles de género, destaca cómo las comprensiones de lo que es género legitiman la explotación de mujeres en distintas esferas, como el Estado, el mercado de trabajo y el ámbito doméstico, y expone cómo los impactos económicos de esta diferenciación van más allá del acceso a puestos de trabajo más altos y diferencias salariales: a las mujeres se les asignó culturalmente trabajos que no son reconocidos ni remunerados, a título de ejemplo, el de cuidados y el reproductivo, los cuales a menudo se realizan simultáneamente junto con labores en la economía formal, todo ello da como resultado doble jornada de trabajo o triple jornada.

El concepto de “género” ganó espacio en las políticas de desarrollo en lo que se conoció como el enfoque género y desarrollo (GYD). Esto ocurrió después de que los programas de ajuste estructural promovidos por instituciones internacionales como el Banco Mundial y el FMI desde mediados de los años 80 generaran efectos negativos especialmente sentidos por las poblaciones más vulnerables. Estos programas se desarrollaron con el objetivo de promover el crecimiento económico aumentando la productividad y la eficiencia y, al mismo tiempo, de remediar los desequilibrios fiscales. Las privatizaciones, las políticas económicas, la disciplina fiscal y la reducción del gasto público avanzaron en nombre de la lucha contra la pobreza, pero terminaron generando impactos económicos y sociales negativos, como la precariedad de la economía informal, lo que resultó en la feminización de la pobreza (Cornia, Jolly y Stewart, 1987; UNICEF, 1987; Campbell, 2010). También trasladaron la responsabilidad del trabajo de cuidados de los Estados, que redujeron sus acciones sociales, a las mujeres. A las mujeres les tocó asumir más responsabilidades, sin reducir sus horas de trabajo en la economía fuera del hogar, entendida como apropiada para su género.

Como reacción a los programas de ajuste estructural, surgieron críticas, como la del enfoque de capacidades, inspirada en el trabajo de Amartya Sen, el cual enfatiza la importancia de las condiciones para el desarrollo de las capacidades humanas para que, dotadas de ellas, las personas puedan buscar su bienestar (Sen, 1987; Agarwal, Humphries y Robeyns, 2005). El foco de atención pasa del crecimiento económico y la renta al de la satisfacción de necesidades materiales básicas, como la alimentación, pero también necesidades intangibles, como la vida comunitaria y el empoderamiento o el proceso de, a través del acceso a los recursos y la capacidad de toma de decisiones, dar a las personas control sobre sus vidas (DSPD-UN, 2012). El impacto de este enfoque en el régimen de desarrollo internacional queda demostrado por el índice de desarrollo humano, que delimita el desarrollo en términos de ingresos, pero también de educación y esperanza de vida. También es influenciado por el enfoque de capacidades humanas, GYD, donde se destaca la importancia de desarrollar estrategias para empoderar a las mujeres y al mismo tiempo promover la satisfacción de sus necesidades básicas como el acceso a la salud, la educación y el empleo, así como también focaliza en la protección contra la violencia, desafíos que surgen debido a la desigualdad de derechos.

La importancia del enfoque GYD en el régimen internacional de promoción del desarrollo se demuestra en la inclusión de la transversalización de la perspectiva de género en los programas de desarrollo, es decir, la consideración de las implicaciones de las diferencias de género en cualquier área y nivel. Inicialmente propuesta en la Tercera Conferencia Mundial para las Mujeres de la ONU, que tuvo lugar en Nairobi en 1985, fue formalmente definido diez años después, en la Cuarta Conferencia Mundial para las Mujeres de la ONU, que se celebró en 1995 e integró el texto de la declaración de la conferencia y las propuestas de la Plataforma de Acción de Beijing.

La fuerza del paradigma GYD en los discursos contemporáneos de promoción del desarrollo también queda demostrado en los Objetivos del Desarrollo Sostenible 5 (ODS5): lograr la igualdad de género y empoderar a todas las mujeres y niñas. Destacándose entre los 17 ODS que guían la búsqueda global del desarrollo sostenible de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, el ODS5 demuestra cómo el concepto de “género” y la consideración de las mujeres se han convertido en elementos clave en los programas de desarrollo. El ODS está compuesto por nueve metas, de las cuales los numerales 5.1, 5.2 y 5.3 tienen como fundamento eliminar la discriminación, la violencia y las prácticas nocivas contra las mujeres y las niñas. La meta 5.4 se enfoca en el reconocimiento y la valorización del trabajo doméstico y de cuidados, combatiendo la desigualdad en la división sexual del trabajo, así como también se propone en la meta 5.5, orientada a asegurar la participación plena de la mujer e igualdad de oportunidades. Esta meta busca garantizar igualdad de oportunidades y la participación plena y efectiva de las mujeres en puestos de liderazgo en los ámbitos político, económico y público. La meta 5.6 busca garantizar el acceso universal a la salud sexual y reproductiva y a los derechos reproductivos. Además de todo ello, la meta 5.a promueve la realización de reformas para garantizar derechos iguales a recursos económicos independientemente del género. Igualdad en el acceso a las tecnologías es el objetivo 5.b, y el 5.c promueve la adopción y el fortalecimiento de políticas y legislación para la igualdad de género y el empoderamiento de mujeres y niñas.

Aunque no se hace explícito en el ODS 5, un elemento central para lograr este objetivo y sus metas es el acceso a la educación, que forma parte del ODS 4: educación de calidad para todos. Esta relación demuestra cómo los 17 ODS están interconectados entre sí y juntos apuntan a lograr el desarrollo sostenible, que promueve el bienestar de las personas, la sostenibilidad del planeta, la prosperidad y la paz a través de alianzas y asociaciones. También ilustra el principio de incorporación de la perspectiva de género.

Hay críticas que apuntan a la exitosa incorporación de GYD al régimen internacional de promoción del desarrollo, a la asimilación de la terminología de género por parte de las agencias de desarrollo como un concepto técnico, despojado de su componente feminista crítico (Rai, 2011, 2002, 2013; Weber, 2015; Lagunas-Vázques, Beltrán-Morales y Ortega-Rubio, 2016). Esto se debe a que, si bien esta perspectiva abre la posibilidad de una transformación estructural de los roles de género, en lugar de atacar las bases socioculturales de la desigualdad de género, el enfoque de los programas ha sido mejorar la situación de las mujeres a través de su protección y empoderamiento en la forma de acceso a esferas de las que tradicionalmente estaban excluidas. No considera los regímenes de producción, acumulación y consumo que caracterizan al sistema neoliberal, ni la cuestión de la reproducción social.

La relación entre este enfoque, la forma en que fue absorbido por el régimen de promoción del desarrollo internacional, y el carácter capitalista liberal de la economía política internacional no puede verse como una coincidencia. Al igual que el MED, incorporado en el ámbito de los programas que se desarrollan en el sistema capitalista internacional. Otros enfoques, más críticos hacia el capitalismo, no han tenido tanto éxito con las agencias de desarrollo. Estos se tratarán a continuación.

Feminismos marxistas

Al igual que el marxismo, el feminismo también utiliza las relaciones de dominación y subordinación como clave interpretativa. Sin embargo, sus enfoques son diferentes: mientras que el primero se centra en la clase, el segundo lo hace en las desigualdades de género. La unión entre ellas, en el feminismo marxista, interpreta las relaciones humanas desde la doble subordinación provocada por la clase y el género y permite identificar las diferentes formas en que el Estado, el patriarcado y el capitalismo se alimentan mutuamente a partir de la explotación femenina, que es esencial para la reproducción del sistema capitalista. Ese binomio nos permite lanzar críticas por la miopía del feminismo liberal, en relación con las divisiones internas del movimiento feminista, y por las diferencias de clase, así como por la marginación de las luchas de las mujeres que pueden ser observadas en el marxismo ortodoxo.

La conexión entre feminismo y marxismo, más que por Karl Marx, fue instigada inicialmente por la obra de Friedrich Engels. En Origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, el autor señaló cómo la subordinación de las mujeres no tiene causas biológicas, como su capacidad reproductiva o constitución física, sino socioeconómicas, estando conectadas con el desarrollo del capitalismo y la propiedad privada. También explicó cómo las jerarquías de género son fundamentales para la explotación de clases a través de la división sexual del trabajo, en la que se excluye a las mujeres del mundo laboral (formal) y de la esfera pública, encerrándolas en el ámbito doméstico a través de la institución del matrimonio. Además de consolidar la dependencia de las mujeres, su subordinación a sus maridos garantiza la reproducción social, o la creación de un ejército de trabajadores asalariados disponibles para ser explotados. De esta manera, esta perspectiva resalta la conexión entre la explotación de las mujeres, el apoyo a la producción de los trabajadores asalariados y el ocultamiento de sus costos.

Un concepto clave para el feminismo marxista es el de “reproducción social”. Centrándose en las experiencias sociales de las mujeres, comprende las prácticas de reproducción biológica y también el trabajo sexual, emocional y afectivo realizado en el cuidado y la creación de seres vivos, esenciales para el mantenimiento de una sociedad (Rai, 2013). Este concepto demuestra la validez del argumento feminista de que lo público y lo privado están interconectados. Esto se debe a que, al separar ambas esferas y clasificar el mundo del trabajo como parte de la esfera pública, se invisibilizan las tareas realizadas por las mujeres en el ámbito doméstico, negándoles el reconocimiento como trabajo. Hacer visibles estas prácticas expone cómo el capitalismo depende de externalidades como el trabajo doméstico y de cuidados realizado por las mujeres. Trabajo cada vez más explotado en contextos de reducción del gasto social en Estados donde la reproducción social llevada a cabo por mujeres proporciona servicios de bienestar social cada vez más escasos. El no reconocimiento del trabajo doméstico femenino con poca o ninguna compensación económica intensifica las prácticas de discriminación, exclusión de puestos superiores y explotación de las mujeres a través de menores remuneraciones en el mercado laboral. La explotación se extiende a otros trabajos que no se abandonan cuando quienes los desempeñan participan en el mercado laboral formal, lo que resulta en jornadas dobles o triples, especialmente para las mujeres pobres y de piel oscura (Carvalho y Gonçalves, 2023).

Las feministas de línea marxista también destacan el papel de la ideología. Federici (2013, 2004) explica que el no reconocimiento, la no remuneración o la no valoración de las actividades realizadas por las mujeres en el ámbito privado así resultan porque se ejecutan a partir de la noción de ser un acto de amor (Federici, 2013). Ideológicamente, el trabajo doméstico y de cuidados se interpreta como algo innato a las mujeres. Las percepciones hegemónicas de lo que son las mujeres implican que necesitan desempeñar tales funciones para realizarse plenamente. Así, a la vez que se limita la comprensión de lo que constituye a las mujeres, la ideología garantiza que el trabajo femenino en el hogar se siga realizando de forma gratuita. De esta manera, se devalúa simultáneamente la reproducción social, la acción femenina que la realiza y la vida de las trabajadoras (Lagunas-Vázques, Beltrán-Morales y Ortega-Rubio, 2016). Se destaca el papel ideológico que juega la institución del matrimonio en el mantenimiento de la explotación de las mujeres como amas de casa. Esta institución demuestra cómo la superestructura se fusiona junto con la infraestructura, ya que el imperativo de que las mujeres se casen unifica la realización personal de ellas como mujeres a las necesidades económicas del capital.

Al promover la autonomía femenina al mismo tiempo que rechazan el control del Estado capitalista sobre la producción y reproducción social, las perspectivas feministas marxistas han tenido un impacto limitado en las teorías tradicionales de la economía política internacional y en las políticas de desarrollo (Rai, 2013). Esto se debe a que dichas políticas son promovidas por estos mismos Estados, que se benefician de la invisibilidad de las dimensiones socioeconómicas de la reproducción, la sexualidad y el trabajo doméstico que permiten los enfoques liberales del desarrollo.

Feminismos críticos al paradigma del desarrollo moderno occidental: ecofeminismo y feminismo decolonial

En esta sección se abordan los enfoques ecofeministas y los feminismos decoloniales[7]. Las dos escuelas de pensamiento –cada una plural en su propia composición– son diferentes, y aquí no se intenta homogeneizarlas. Apenas esta forma de organizar el texto se elige con base en la consideración de que, a pesar de promover diferentes visiones de mundo, estas comparten algunas críticas al sistema capitalista y patriarcal que prevalecen en la actualidad, lo cual se interpreta aquí como una forma de organización política, económica, social y epistémica fruto de la modernidad/colonialidad androcéntrica. Tratarlos en conjunto permite enfatizar los puntos de contacto y resaltar el potencial de alianzas entre diferentes enfoques feministas. Se espera demostrar que tales corrientes de pensamiento tienen en común propuestas que delinean otros horizontes epistemológicos que van más allá de los proyectos de desarrollo promovidos como necesarios e inexorables por Estados soberanos y capitalistas, estructurados a imagen y semejanza de hombres blancos occidentales. Reconozco que estoy lidiando –en conjunto– con visiones de mundo diferentes y pido a las y los lectores que acojan mi propuesta de enfatizar la complementariedad y promover una conexión como estrategia contra la explotación, la degradación y la oposición.

Los ecofeminismos dirigen la crítica feminista al androcentrismo estructural a los debates sobre el desarrollo y la sostenibilidad. Destacan cómo el origen de la crisis ecológica no es el antropocentrismo, sino el androcentrismo, ya que el sistema capitalista moderno, que viene agotando el medio ambiente y amenazando la vida en la Tierra, es un sistema estructurado por y para el beneficio de los hombres que devalúa tanto a las mujeres como a la naturaleza. Destacan cómo los roles tradicionalmente desempeñados por las mujeres están interconectados con la naturaleza, como prácticas de cultivo agrícola no mecanizado y cuidado, incluso usando métodos tradicionales que dependen del conocimiento y del contacto íntimo con la flora, así como el uso de hierbas medicinales. Esa interconexión no fue rota por el sistema capitalista. En el contexto de la institución capitalista de propiedad privada al que el acceso de las mujeres es limitado, estas son más dependientes de la obtención de recursos de la naturaleza (Lagunas-Vázques, Beltrán-Morales y Ortega-Rubio, 2016). Pero tanto las mujeres como la naturaleza son explotadas por estructuras de dominación que se refuerzan mutuamente (Rosendo, Kuhnen y Oliveira, 2020). Por tanto, para combatir la opresión femenina y la explotación de la naturaleza, las ecofeministas abogan por cosmologías que reconocen la interdependencia entre diferentes formas de vida y valoran prácticas de cooperación, solidaridad, reciprocidad y complementariedad en favor de las economías del cuidado (Shiva y Mies, 1993).

Entendemos aquí que la crítica ecofeminista al paradigma occidental de desarrollo y los enfoques feministas decoloniales –críticos con la modernidad– convergen como ríos (Santos, 2023). Colocamos ambas percepciones lado a lado no porque converjan en un punto común, sino como “mundos diversos que pueden afectarse entre sí” (Krenak, 2022: 41). Esto porque ambas cuestionan la cosmología binaria eurocéntrica de la modernidad, construida y propagada por todo el mundo desde el colonialismo. Rechazan la epistemología que estructura el mundo en categorías binarias jerárquicas que promueven diferencias basadas en criterios como raza y género, que se extienden a comprensiones más amplias de lo que constituye lo humano y la naturaleza. Ejemplos de estas oposiciones son humano vs. naturaleza, cultura y razón vs. naturaleza y cuerpos y, por supuesto, masculino vs. femenino.

En la cosmología de la modernidad/colonialidad, lo humano se separa de la naturaleza y ella es objetivada como materia inerte, que debe ser controlada, explorada, transformada en mercancía y acumulada como capital. Al mismo tiempo, los hombres son reconocidos como seres que, dotados de razón, son humanos y, por tanto, separados de la naturaleza. Por tanto, son libres para explorarla. A las mujeres, en contrapunto, así como a las personas racializadas como no blancas, no se les reconoce plenamente su humanidad. Están, en esta ontología, más cerca del mundo natural que los hombres blancos y, por tanto, subordinados a ellos y, como la naturaleza, estarían disponibles para ser explorados (Lugones, 2014, 2016; Ciccarello-Maher, 2017).

Esta misma ontología fracturada que el feminismo decolonial identifica en la modernidad/colonialidad es cuestionada por el ecofeminismo. Ambos rechazan la extirpación de los seres humanos de la naturaleza. Pero, a diferencia de la visión moderno/colonial, reconocer tal conexión no implica inferiorización o negación de la humanidad. Así, aunque diferentes, ambos enfoques reconocen la autonomía de aquellos a quienes la modernidad capitalista y patriarcal invisibiliza y niega.

La conexión entre el régimen internacional de desarrollo internacional y el mantenimiento de la colonialidad es nítida en los movimientos simultáneos que hubo a mediados del siglo xx de las ondas de descolonización en Asia, África y el Caribe, del establecimiento de la idea de desarrollo como algo que debe ser inducido, y desde el campo de estudio del desarrollo. Kothari (2005) observó este vínculo en la transición de individuos de administraciones coloniales a institutos de estudios de desarrollo en el Reino Unido. La alineación entre colonialismo y promoción del desarrollo también niega la capacidad de acción de las mujeres, fijando su identidad de una manera esencialista y estereotipada.

A partir de la consideración del ritual de autoinmolación de las viudas, Gayatri Chakravorty Spivak (1994) señaló la colaboración patriarcal entre colonizadores blancos y élites nacionalistas indias en la construcción de un Estado nación moderno que busca desarrollarse. Los primeros se posicionan como agentes de desarrollo que salvan a estas mujeres del tercer mundo de la opresión que les imponen sus sociedades subdesarrolladas al abolir tales rituales. Al mismo tiempo, las elites poscoloniales nativas que definen los objetivos del joven Estado representan a estas mujeres desde puntos de vista masculinos. Marginados, se les niegan canales institucionales para ejercer su agencia y libertad para interpretar qué es el desarrollo y qué caminos deben tomar para lograrlo.

Las ecofeministas y las feministas decoloniales promueven otras interpretaciones del futuro que queremos. Enfatizan la necesidad de una buena vida, más allá de las ideas de desarrollo basadas en el crecimiento económico y la satisfacción de las necesidades básicas establecidas por agencias internacionales occidentalizadas. En esta línea, demuestran la importancia de la agencia de los pueblos indígenas que, con cosmologías holísticas, reconocen la vida humana como conectada a la Tierra. Un ejemplo de futuro que ser perseguido es ofrecido por la indígena guatemalteca MAM María Guadalupe García (apud Maso y Selis, 2023, 90): “Las mujeres queremos vivir bien […] estar contentas con nosotras y nosotros mismos, tener lo necesario, estar contentas con la Madre Tierra: cuidándola, respetándola y defendiéndola, porque ella es nuestra madre, la que nos amamanta”. Este objetivo es diferente de las ideas de desarrollo sostenible de los ODS. No buscamos proteger la naturaleza para que esté disponible para que podamos seguir explotando sus recursos en el futuro, sino porque somos parte de ella. No se busca una vida mejor solo para las mujeres, sino para toda la comunidad, humana y no humana. Y se destaca la urgencia de cambiar este sistema, cuyos impactos negativos se distribuyen de manera desigual, intensificando las desigualdades preexistentes, y son más sentidos por los más vulnerables.

Conclusiones

Este capítulo presentó algunas de las principales perspectivas feministas sobre la cuestión del desarrollo. El texto tiene límites implícitos en la imposibilidad de traer a diálogo todos los enfoques feministas a la idea del desarrollo. Se espera, sin embargo, haber demostrado un poco de la diversidad de los feminismos: cómo estos interpretan el mundo de manera diferente y sostienen distintos proyectos políticos.

Al presentar estos enfoques teóricos en paralelo a las diversas formas que los discursos del régimen internacional de desarrollo internacional tomaron y las conexiones entre las jerarquías del sistema internacional capitalista y Estado-céntrico, se ha ilustrado cómo y por qué algunas perspectivas y conceptos son asimilados por las agencias de desarrollo y otros no lo son. El éxito simultáneo en insertar el concepto de “género” de manera transversal en este régimen y el riesgo de que esta absorción diluya la crítica feminista que impulsó la creación del concepto demuestran cómo el campo del desarrollo y su estudio son una arena política. Una etapa donde se disputan los significados del desarrollo, el género y lo que significa ser mujer. Un escenario fértil para el estudio de las relaciones internacionales desde enfoques feministas.

Referencias bibliográficas

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  1. Agradezco a Mónica Montana Martínez Ribas por traducir el texto del portugués al español.
  2. Universidade Federal da Paraíba.
  3. Los ODS son un conjunto de 17 objetivos adoptados por las Naciones Unidas en 2015 (Naciones Unidas, 2015; UNESCO, 2017). Son complementarios entre sí y, apoyados en 169 metas, promueven el desarrollo sostenible de forma integrada. Los ODS se establecieron a través de negociaciones multilaterales en las que participaron representantes de los Estados, pero también de la sociedad civil. El resultado de dicha articulación fue la Agenda 2030, que promueve el desarrollo por medio del crecimiento económico, la inclusión social y la protección ambiental con el objetivo de satisfacer las necesidades de las personas en el presente y garantizar que las generaciones futuras también puedan hacerlo.
  4. Aunque el concepto de “tercer mundo” no sea más usado, aquí es utilizado para contextualizar el momento histórico en cuestión, cuando el conflicto este-oeste de la Guerra Fría colocó a los países en desarrollo en esta categoría.
  5. A partir del género, también se clasifican las personas como cis y trans. A pesar de no examinar esta clasificación en este espacio, destacamos que tiene implicaciones importantes para proyectos de desarrollo pues poblaciones trans o que trascienden el binomio hombre-mujer están entre los grupos más marginados e invisibilizados (Minillo y Rodrigues, en impresión).
  6. Frecuentemente, se opone género al sexo, siendo el primero entendido como cultural y el último como biológico, pero el entendimiento del sexo como biológico es cuestionable (Lugones, 2014).
  7. Sobre estas escuelas de pensamiento, pueden leerse los capítulos de Marchand y Loza en este volumen.


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