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Historia de los movimientos feministas en América Latina

Alma Espino[1]

Introducción

Este artículo procura brindar información sobre la historia reciente del movimiento feminista o los feminismos en América Latina. Sus objetivos consisten en dar pistas para la reflexión y el debate teórico, así como sugerir distintos interrogantes para profundizar en esta historia con nuevas investigaciones. Se espera, en particular, realizar un aporte a la incorporación en las relaciones internacionales de los enfoques feministas, tratando de identificar y revelar cómo opera en la escena internacional la relación entre género y poder y de qué modo esa relación contribuye a la reproducción y el sostenimiento de las desigualdades sociales y de género.

El uso de la expresión “feminismos” está relacionado, entre otros factores, con que las ideas feministas no constituyen un cuerpo único, ni se expresan en un movimiento homogéneo. Además, tanto las ideas como prácticas y acciones de las feministas se encuentran atravesadas por las posturas políticas e ideológicas presentes en las sociedades.

En lo que sigue, se hace un breve recorrido por los feminismos de América Latina, algunas de sus características esenciales y, especialmente, con referencia a la evolución de su dinámica regional e internacional. Ese recorrido se detiene en algunas décadas del siglo xx y en los inicios del siglo xxi, a través de lo que algunas autoras han denominado “olas del feminismo latinoamericano” (Carosio, 2019). Por supuesto, recurrimos a una propuesta de periodización en cierto sentido arbitraria, y que seguramente admite diferencias cuando se consideran las características específicas de los países de la región. En efecto, cada una de esas etapas, fases u “olas” se inserta en un contexto específico (regional e internacional), se mueve por ciertos intereses, plantea cierto tipo de demandas, muestra diferentes vínculos con los partidos políticos, el Estado, la academia, las organizaciones y los movimientos sociales de la región y del mundo.

Primera ola del feminismo latinoamericano

El contexto en el cual se inserta esta primera ola del feminismo entre fines del siglo xix y principios del siglo xx desde una perspectiva de género se caracteriza por la falta de derechos políticos y civiles de las mujeres. Por ejemplo, las mujeres no tenían derecho a votar o a la patria potestad sobre sus hijos, y, debido a los obstáculos que enfrentaban para lograr independencia económica a través de la participación laboral, estaban obligadas a depender de sus padres o esposos.

En ese marco, entre las reivindicaciones más importantes, se hallaba el obtener el derecho al voto para las mujeres (movimientos sufragistas). Este derecho, en la mayor parte de los países de América Latina y El Caribe, se obtuvo alrededor de mediados del siglo xx con excepción de Ecuador (1929), Chile (1931) y Uruguay (1932). Así mismo, se reivindicaban derechos civiles como el divorcio y los derechos laborales y el acceso a la educación formal y, en particular, a las universidades. Téngase en cuenta que, por ejemplo, en Uruguay en el año 1900 Paulina Luisi comenzó sus estudios en la Facultad de Medicina, siendo la primera mujer en ingresar a la Universidad de la República y también la primera en graduarse, ocho años más tarde, con el título de médica.

El siglo xx fue una época de afirmación de los movimientos feministas, en que las mujeres participaban sindicalmente con fuerte presencia de las demandas orientadas por el feminismo socialista. Puede decirse que los feminismos de ese primer periodo tenían como principal objetivo la emancipación de las mujeres a través de la igualdad ante la ley, la protección de la maternidad[2], la defensa de los derechos de las trabajadoras, y la crítica a la sexualidad y a la familia burguesa. No obstante, la responsabilidad social asignada a las mujeres sobre lo doméstico no fue cuestionada (Carosio, 2019).

En el ámbito internacional, desde las primeras décadas del siglo xx, diversas organizaciones de mujeres, y especialmente las vinculadas informal o formalmente a las corrientes socialistas, se incorporaron a las luchas por la paz y la democracia, expresando su solidaridad, por ejemplo, con las mujeres en la guerra civil española (1936-1939) y con los movimientos antifascistas durante la Segunda Guerra Mundial.

Segunda ola del feminismo latinoamericano

Se coincide en situar esta segunda ola entre las décadas de los años 60 y 70, en un contexto internacional caracterizado por grandes eventos políticos y sociales que daban cuenta de la emergencia de nuevos sujetos sociales y necesidades vinculadas a la paz y la democracia. Entre estos pueden mencionarse el Mayo francés[3] de 1968, la llamada “Primavera de Praga”[4], la guerra de Vietnam[5]. En la región, se vivían los impactos y la influencia de la Revolución cubana, que se expresó en la formación de guerrillas y frentes populares en varios países. También se contextualizó este período por transformaciones de la Iglesia católica Concilio Vaticano II (1962), la II Conferencia del Episcopado Latinoamericano celebrado en Medellín, Colombia, en 1968, y la presencia de la teología de la liberación en el terreno sociopolítico de la acción colectiva y sus contribuciones a la formación de movimientos sociales (Sapriza, 2003). 

En estas décadas, como contracara de expresiones políticas y sociales relacionadas con demandas de liberación y cambios revolucionarios en nuestra región, la lucha contra el comunismo asumió el formato de golpes de Estado impulsados y sostenidos por civiles y militares. En particular, en el Cono Sur, estos golpes arrasaron con la vida democrática y cancelaron los mecanismos y espacios tradicionales de participación política y social de la ciudadanía.

Para fines de los años 70, en términos sociodemográficos, debe destacarse el avance alcanzado por las mujeres en su educación (mejoras en la participación en la educación media y superior), lo cual les permitió acceder a mayores oportunidades laborales. También en estos años se difundieron mecanismos de control de la natalidad, principalmente los anticonceptivos orales. Todo ello, junto a los cambios culturales y de valores de la sociedad, aumentó las posibilidades de independencia económica y personal de las mujeres.

Patriarcado, política sexual y dominación de las mujeres

En los años 60, los planteos feministas en Estados Unidos se manifestaron en la corriente que se ha denominado “feminismo radical”. Una de sus principales representantes, Betty Friedan, publicó su libro Mística de la femineidad (1963)[6], en el que, a partir de un análisis basado en diversas fuentes, concluye que, en Estados Unidos, después de la obtención de derechos tales como el derecho al voto, a la educación, a acceder al mercado laboral, las mujeres vivían para dedicarse al cuidado de los hijos, a la satisfacción del esposo y a las tareas domésticas. Friedan sostenía que las mujeres se veían abocadas a contraer matrimonio y ser madres cada vez más jóvenes, mientras que la sociedad les aseguraba que la carrera de una mujer estaba en el hogar y que, si se empeñaban en ejercer alguna profesión fuera de su casa, estaban poniendo en peligro su feminidad. Friedan discute, por lo tanto, en qué consiste lo femenino y quién decidía qué era femenino y que no. La hipótesis para esta respuesta es que la decisión acerca de qué es o no lo femenino no la toman las mujeres (Espino, 2021).

En el marco del feminismo radical, se ubican obras como La política sexual de Kate Millet y La dialéctica del sexo de Shulamith Firestone. Surgió en ese marco el lema “Lo personal es político”, y se extendió la lucha contra el patriarcado de lo económico y público a lo social y privado. Sus argumentos defienden que la opresión de las mujeres comienza en su propio hogar y es ejercida por los padres-maridos-parejas a través de las relaciones sexuales, la capacidad reproductiva, el control del cuerpo o el trabajo doméstico gratuito[7].

En Europa, en especial en España, Francia e Italia, durante esos años el feminismo se expresó como un fenómeno de amplia difusión sustentado en movilizaciones callejeras, con la formación de organizaciones de mujeres de nuevo tipo, con prácticas políticas que se sustentaron en la producción de libros y revistas.

Opresión capitalista y dominación de las mujeres

Los análisis económicos críticos a las desigualdades entre mujeres y hombres desde una perspectiva de género o feminista se remontan a finales de los 60 (Pérez Orozco, 2005, p. 44). El trabajo remunerado, de carácter asalariado o no asalariado, ha sido considerado el principal y a veces el único importante para garantizar el intercambio de bienes y servicios necesarios para la sobrevivencia humana, especialmente en la disciplina económica. No sería hasta el siglo xx hasta que se comenzaría a visibilizar y a constituir como objeto de estudio el trabajo doméstico en los hogares en algunas ciencias sociales como la historia, la sociología y la economía (Carrasco, Borderías y Torns, 2011). El movimiento de mujeres llevó adelante un debate seminal sobre el trabajo doméstico, su rol en el capitalismo y la opresión de las mujeres[8], que contribuyó a ampliar la reflexión conceptual sobre el aporte de este trabajo a la reproducción social y de la fuerza de trabajo.

El trabajo desarrollado en estas décadas fue muy influyente en la reflexión de las feministas desde un enfoque marxista, tanto para analizar la opresión de las mujeres como su crítica. Desde el enfoque marxista[9], si bien se aportaron elementos al debate sobre el trabajo doméstico, este se centraba en el modo de producción capitalista y se restringió en gran medida a explicaciones economicistas respecto de la división sexual del trabajo y su vínculo con las desigualdades en el mercado laboral (Carrasco, 1991; Gardiner, 1997; Beneria, 2005). Se buscaba encontrar la relación entre la lógica del capital y la lógica del patriarcado y en ese marco considerar el trabajo doméstico como objeto de la economía política. Asimismo, se procuraba incorporar ese trabajo a la discusión sobre el carácter productivo-improductivo del trabajo, asociado a su participación esencial en la reproducción de la fuerza de trabajo que, de acuerdo al esquema marxista, es también una mercancía (Espino, 2021). Por su parte, la crítica realizada al análisis marxista de la economía se basaba en que este dejaba afuera el trabajo no remunerado en los hogares, destinado a la reproducción biológica y social (Hartmann, 1979; Bellucci, 2018).

En nuestra región, en los años 70 y principios de los 80, los movimientos de mujeres y feministas se caracterizaron por la resistencia y el combate a las dictaduras, especialmente en el Cono Sur (Argentina, Brasil, Chile, Uruguay), pero también por la participación en la revolución sandinista en Nicaragua incluso como combatientes, y en el marco de la resistencia en el conflicto armado interno en El Salvador.

En los países del Cono Sur, los estudios de género señalaron que, en el contexto de las dictaduras, los hogares se constituyeron en un espacio central de discusión y reunión (Sapriza, 2015). Ello permitió identificar la función política de resistencia desde los hogares, reclamar la visibilización del rol cumplido por las mujeres y reivindicar la necesidad de otras formas de hacer política (De Giorgi, 2018; Johnson, 2000). En Chile y Uruguay, por ejemplo, las luchas de algunos grupos de mujeres por recuperar la democracia se acompañaron del reclamo por “democracia en el hogar”, cuestionando de este modo la división entre lo público y lo privado en la consigna “Lo privado es político” (Sapriza, 2015).

La supresión de espacios de participación social y política dio lugar a nuevas formas de organización, desechando las jerarquías partidarias procurando construir relaciones horizontales. Surgieron así movimientos y demandas que iban más allá de los intereses “de clase” o económicos y paralelamente se nutrían de la experiencia, la información y conocimientos desde el exilio (De Giorgi, 2020a).

Los feminismos surgidos en los años 70 se generalizaron en la década siguiente en toda la región, al tiempo que se expandió el movimiento popular de mujeres, expresando diferentes formas de entender, conectar y actuar sobre su situación de subordinación y exclusión (Espino, 2021). También se gestaron centros de estudios de género y de las mujeres en los que se investigaba empíricamente y se cuestionaba el pensamiento androcéntrico (denunciando una falsa neutralidad científica). Estas actividades funcionaban junto a la movilización y el activismo aportando nuevas perspectivas de análisis de la sociedad y la economía (De Giorgi 2020b; Carosio, 2019).

En este punto, es fundamental resaltar el rol de la cooperación internacional y los centros privados de investigación y organizaciones no gubernamentales tanto en lo referente a recursos financieros como humanos e intelectuales (información, nuevos conocimientos, nuevos marcos teóricos, etc.).

En las décadas siguientes, los avances en esa materia lograron incidir en la academia, nutrieron y potenciaron las estrategias feministas y la producción de conocimientos sobre la realidad de las mujeres, sus formas de inserción en la sociedad (De Giorgi, 2020b).

Así los estudios de género y feministas, además de nutrirse de las estrategias feministas, las potenciaron con la producción de conocimientos sobre la realidad de las mujeres, sus formas de inserción en la sociedad y sus formas cada vez más amplias de resistencia. En lo teórico se buscó la construcción de conocimiento donde las mujeres y lo femenino tuvieran un lugar como parte de la historia humana, y que diera cuenta de la división social del trabajo según los sexos, así como las construcciones sociales sobre lo femenino y lo masculino (Sapriza, 2015).

Los movimientos feministas –conseguidas varias conquistas legales– se propusieron “cambiar la vida” de todo el conjunto social; ello supone lograr mayores oportunidades para el trabajo remunerado y ejercer los derechos de ciudadanía, reclamar derechos y libertades relacionados con la familia, el matrimonio, la crianza de los hijos, la sexualidad, los afectos. Se introdujo de manera definitoria la cuestión del poder, del poder asimétrico en las relaciones sociales de género y el hecho de que la transformación social pasa por cambios en los mecanismos de poder en el ámbito privado y personal, en las familias y en lo público.

Tercera ola: los 90 y la institucionalización

El contexto general de la región se caracterizó por el retorno a la democracia liberal en varios países en el marco de un proceso de globalización con efectos ambivalentes y contradictorios. En general, se trata de un período en el que se difundieron y aplicaron políticas neoliberales[10]. Por su parte, las Naciones Unidas posicionaron en las agendas de los gobiernos y con participación de la sociedad civil diversos temas a través de varias conferencias mundiales.

Con relación a las propuestas y demandas de los feminismos en este período, Vargas Valente (2008) señala la existencia de intereses más variados (sin dejar el nivel micro, de democratización de la vida cotidiana), con interacciones entre Estado y sociedad inéditas. Se acumuló experiencia de negociación con lo público político a nivel nacional y global, con preocupaciones sobre diversos aspectos macro y apostando a nuevas formas de democracia y ciudadanía. Se logró una mayor incidencia en nuevos espacios –el regional y el global– tratando de influir en una agenda internacional sobre diferentes temáticas, como derechos humanos, medio ambiente, población, desarrollo.

La legitimación de la presencia de las feministas y sus demandas cristalizó en un proceso de institucionalización a escala nacional y regional. Las ONG feministas pasaron a desarrollar estrategias que acentuaban lo público político, lo cual suponía negociar con los Estados y gobiernos con el objetivo de acordar agendas y desarrollar procesos de cabildeo orientados a la efectividad de esas estrategias. En algunos casos, por parte del movimiento, se consideró que estas prácticas postergaban o abandonaban temas propios de las agendas feministas. Por lo tanto, grupos y organizaciones mantuvieron posiciones diferentes, que optaron por defender las prácticas originarias, alimentando una fuerte política de identidades, negando la posibilidad de negociar con lo público político (Vargas Valente, 2008). Todo ello condujo a tensiones y desencuentros con las mujeres y los grupos que defendían la autonomía entendida a la manera de los 80, como principio y estrategia. Ese proceso de desencuentros Vargas Valente (2008) lo evalúa como valioso por el aprendizaje que significó, aunque doloroso en el momento.

Sin duda, la institucionalización fue de la mano del logro de una mayor capacidad de propuesta, con la profesionalización en varios temas, por ejemplo, el de la salud reproductiva y los derechos reproductivos y sexuales, y con cierto nivel de influencia en el Estado.

El espacio regional y las relaciones económicas

La irrupción en el espacio regional y global aparece como una de las ganancias de esta década. La articulación internacional permitió acciones de movilización, difusión y cabildeo, por ejemplo, con relación a tratados de libre comercio e inversiones (Mercosur, ALCA, OMC), y, en el ámbito de la política fiscal, se avanzó en los presupuestos de género.

En particular, en el marco del Mercosur, las mujeres sindicalistas y feministas analizaron y cuestionaron las dimensiones sociales de la integración regional sobre la posición de las mujeres y las desigualdades de género. Se realizaron seminarios de corte académico y diversas actividades que articulaban organizaciones sociales mixtas y de mujeres, así como organizaciones políticas. Los análisis y las propuestas desde el feminismo respecto a las relaciones internacionales señalan la necesidad de priorizar la igualdad de género, los derechos y el empoderamiento de las mujeres y las niñas desde una óptica interseccional.

Un elemento muy importante de los 90 fue el aterrizaje feminista en la economía. El término de “economía feminista” surgido a mediados de esa década nombra una corriente de pensamiento que desafía y critica tanto a la teoría económica como a la economía política. Recibe un impulso central con la creación de la Asociación Internacional de Economistas Feministas en 1992 (www. iaffe.org) y la revista Feminist Economics en 1995. Los conceptos de “bienestar”, “desarrollo” o “pobreza” cobran en este enfoque una importancia medular, en la medida que se parte de la consideración acerca de que el fin último de la economía consiste en mejorar las condiciones de vida de las mujeres y de la población en general. A fines de los años 90, varios grupos cuestionaban desde una perspectiva de género discursos, categorías y conceptos económicos que, lejos de ser neutrales, en general son “ciegos al género”. En ese marco se discutieron las políticas macroeconómicas, entre ellas los acuerdos comerciales internacionales y de inversión y la política tributaria, proponiendo los presupuestos nacionales y locales sensibles a las desigualdades de género.

La dinámica transnacional

Vargas Valente (2008) enfatiza la importancia de la dinámica transnacional de los movimientos y las organizaciones feministas en la década de los 90, a través de redes formales e informales y diversas articulaciones. A esta dinámica contribuyó, por una parte, la celebración de los encuentros feministas de América Latina y el Caribe. El primero se realizó en Brasil en 1985. Estos encuentros funcionaron como espacios de articulación, debate y diálogo entre mujeres de diferentes países con diversas experiencias y perspectivas. Han sido importantes para la construcción de la agenda feminista a nivel regional: se han discutido temas como la violencia basada en género, los derechos sexuales y reproductivos, la participación política de las mujeres, la economía feminista, la cuestión del cuidado, el medio ambiente, las migraciones, entre otros[11].

Los encuentros feministas dieron cuenta de avances, estrategias compartidas, conflictos en perspectivas y visiones, “y a través de ellos se desarrolló una variada, rica e intensa articulación entre lo nacional y lo transnacional” (Vargas Valente, 2008: 160).

Por otra parte, como ha sido mencionado, se convocaron sucesivas conferencias mundiales por Naciones Unidas, grandes foros de discusión y experiencia en el consenso como fórmula para la toma de decisiones. Se constituyó un nuevo espacio de actuación y de disputa a nivel ahora global, contribuyendo a perfilar las nuevas miradas, estrategias y disputas feministas en la región (Vargas Valente, 2008).

Cabe mencionar, por su importancia en la construcción de movimientos feministas actuando en los niveles nacionales, regionales y globales de manera articulada, la preparación de la IV Conferencia de la Mujer y del Foro de las ONG en Beijing. En este proceso se incorporaron redes, ONG grandes y pequeñas, movimientos identitarios, culturales y muchas otras expresiones feministas. Sin dudas constituyó un proceso de participación y aprendizaje en el espacio global. La Plataforma para la Acción que surgió de la IV Conferencia promovió acciones de cabildeo y rendición de cuentas desde las sociedades civiles a los gobiernos en el post Beijing.

El saldo de los avances en la década consistió en la acumulación de conocimientos (análisis e investigación), la conformación de redes con diferentes grados de preparaciones y habilidades, e intereses temáticos.

Se lograron avances institucionales como la instalación de mecanismos oficiales para el adelanto de las mujeres[12], con diferentes posiciones jerárquicas según los países. También mayor presencia en el movimiento sindical y en sus demandas. No obstante, se mantuvo el desafío de incorporar al debate democrático la agenda de género como un eje de su construcción (Sapriza, 2015). En ese sentido, Vargas Valente llama a

reconocer que las agendas de los movimientos no son las agendas de los gobiernos, que las lógicas de ambos espacios obedecen a parámetros y orientaciones bastante diferenciados, que el Estado siempre está a un paso o a muchos pasos más atrás de lo que la sociedad y los movimientos ya están avanzando y perfilando como prácticas y búsquedas democráticas, como contenido de nuevos derechos (2008: 145).

Durante la década se impulsaron en los países de la región varias leyes que promovieron la igualdad entre mujeres y varones, tanto en el ámbito civil, laboral y político como en el familiar, y debe destacarse la aprobación de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra la Mujer (1994). Otras leyes incluyen las que sancionan la violencia familiar y aquellas sobre igualdad de oportunidades en el empleo.

Cuarta ola: “Somos las nietas de las brujas que no pudieron quemar”

Esta cuarta ola puede caracterizarse por la difusión de los llamados “feminismos comunitarios”, ecofeminismos, transfeminismos, institucionales, académicos, jurídicos, etc. (Ana Laura, 2020a).

El contexto internacional de los primeros años de los 2000 estuvo caracterizado por el surgimiento del Foro Social Mundial y el acceso al gobierno de diferentes propuestas políticas consideradas progresistas. El Foro Social Mundial (FSM) se creó en 2001 con el objetivo de ser un espacio democrático para debatir ideas, realizar análisis y reflexiones, formular proposiciones, intercambiar experiencias y articular movimientos sociales, redes, ONG y otras organizaciones de la sociedad civil que se posicionaban como opositoras al neoliberalismo, al capitalismo y al imperialismo. Su objetivo consistió en construir otro mundo a través de la articulación en forma de redes, asociaciones y movimientos comprometidos –tanto a nivel local como internacional– mediante acciones concretas. A lo largo de las diferentes ediciones del FSM, los feminismos han estado presentes en sus líneas generales y objetivos, lo cual permitió formar redes, compartir experiencias con otros movimientos sociales, en un espacio y una acción cada vez más global. Al mismo tiempo que se cuestiona el capitalismo y las formas de dominación en las que se basa su funcionamiento, se incluyen las reivindicaciones y propuestas de las mujeres dentro y fuera del FSM, como el caso de los Diálogos Feministas[13], lo que ayudó a articular una política más inclusiva. No obstante, no se obtuvieron demasiados logros en la medida que la igualdad de género en muchos casos fue un componente agregado en una larga lista de reivindicaciones y a cargo de las mujeres (García Saiz, 2015).

La primera década del siglo xxi conoció el fenómeno llamado “marea rosa”[14], en el que se ubicaron varios gobiernos de la región caracterizados como progresistas o de izquierda. Más allá de sus diferencias ideológicas y políticas –algunas relativamente importantes–, en términos generales durante su gestión se concretaron diversas acciones en torno a la “nueva agenda de derechos”. Entre los rasgos progresistas de estas administraciones, se encuentra el impulso a una mayor participación del Estado como regulador de la economía y redistribuidor del bienestar, la defensa de las instituciones políticas y la democracia. Asimismo se incorporaron temas relacionados con la igualdad de género –no sin conflicto– a las agendas políticas. Se aprobaron leyes integrales contra la violencia de género, de participación política, de matrimonio igualitario, de identidad de género y de aborto (Pecheny y otros, 2016; Tabbush y otros, 2016).

Si bien en este contexto político se generaron condiciones para favorecer la igualdad de género, las relaciones entre los gobiernos y los feminismos en toda la región han sido diversas, y los niveles de respuesta a sus demandas han variado de país a país. Tal vez, lo que puede afirmarse es que estos gobiernos no parecen haber tenido una agenda propia y articulada, orientada a la igualdad de género (Roggeband, 2021).

En lo que va del siglo, los espacios de participación de mujeres y feministas se han multiplicado en diversos colectivos, movilizaciones callejeras, sindicatos, movimientos estudiantiles, la academia, los partidos, los parlamentos, los pasillos de las Naciones Unidas, redes formales e informales, en los medios de comunicación y en el ciberespacio. Se han dado disputas por significados, luchas discursivas, batallas esencialmente culturales (Sapriza, 2015)

La presencia juvenil y la lucha cultural

Con la irrupción del movimiento Ni Una Menos en Argentina, las protestas feministas se han integrado al mapa de los movimientos populares de toda la región. La Huelga Internacional de Mujeres del 8 de marzo de 2017 se ha convertido en bandera del movimiento feminista internacional (Lenguita, 2021).

Otros ejemplos de estas expresiones: en Chile, la ocupación de la sede Valdivia de la Universidad Austral, el día 17 de abril de 2018, marcó el inicio de una creciente ola de movilizaciones feministas en el espacio estudiantil. Exigieron que las autoridades se encargaran de las acusaciones de acoso y violencia sexual en el interior de la institución, a la vez que exigían que se desarrollara una política de prevención de la violencia de género en términos globales.

El ámbito económico internacional

Las desigualdades de género se han evidenciado desde los estudios, los análisis, y las movilizaciones como un rasgo estructural de las sociedades que sostienen el orden capitalista. La aspiración a incidir en el orden económico internacional, es decir, más allá de las problemáticas nacionales, se advierte en varias de las actividades realizadas en los últimos años. Por ejemplo, entre los días 11, 12 y 13 de diciembre de 2017 en Buenos Aires, Argentina, frente a la realización de la 11.º Conferencia Ministerial de la Organización Mundial de Comercio[15]. En el marco de la Cumbre de los Pueblos, se realizó el Foro Feminista frente al Libre Comercio paralelamente a los debates oficiales. Se analizaron las tramas de la violencia económica y el impacto del llamado “libre comercio”; se debatió sobre cómo afecta la apertura comercial a las condiciones de vida y se compartieron saberes y alternativas de base y feministas frente al libre comercio.

La cumbre del G20 llevada adelante en Argentina en 2018 tuvo como corolario la Semana de Acción Global Fuera G20 y FMI. EL 27 de julio de 2018, se realizó el primer seminario virtual “Feministas hacia el G20”, con más de 40 participantes de toda la región.

En síntesis, los “nuevos feminismos” podrían caracterizarse con base en Gago (2019) según algunos rasgos principales: ubicuidad (dinámica organizativa, pequeñas reuniones de cinco personas a manifestaciones masivas, de asambleas de barrio de número variable a colectivos que se juntan en una acción puntual); dinámica transnacional (paros internacionales, formas de coordinación, que combinan espacios virtuales y espacios materiales, creación de redes, diversas experiencias, colectivos y países); potencia de resonancia de las protestas, las convocatorias, y los llamados a la huelga vinculados con la amplia capacidad para conectarse a distancia y según diferentes sentidos; masividad y radicalidad debido a la construcción de cercanía entre luchas diferentes, incorporando distintos temas desde una perspectiva feminista que permite nuevas alianzas y articulaciones, planteando críticas al capitalismo.

Logros y desafíos

Actualmente, en nuestra región, los planteos feministas están posicionados en el día a día como nunca antes. Ha habido logros históricos en términos de legislación, como, por ejemplo, en lo que se refiere a los derechos sexuales y reproductivos, en el plano laboral y en la participación política de las mujeres. Algunas batallas culturales se dan con gran presencia en los medios de comunicación y en las calles, con cierto éxito (uso del lenguaje, por ejemplo).

Los estudios de género y feministas alcanzaron programas de formación acreditados y presencia en los estudios de posgrado e incluso, en algunos casos, en el grado.

En particular, la temática de los cuidados ha logrado permear las agendas políticas y de políticas sociales, aunque todavía habrá que ver cuáles son los avances reales y su consolidación. Junto a los temas tradicionales del feminismo –violencia de género–, aparecen las violencias surgidas del régimen de producción y consumo, la violencia patriarcal en todas sus dimensiones, el cuestionamiento a las bases de sustentación del capitalismo.

Frente a los avances obtenidos, también se han dado respuestas conservadoras, que procuran defender el patriarcado, que no se socaven las bases capitalistas, es decir, las desigualdades sociales y de género.

Considerando la dinámica regional e internacional del movimiento feminista y el contexto internacional político, económico y militar en el presente, ¿cuánto de la teoría y la acción de los feminismos puede contribuir a repensar las relaciones internacionales? Los movimientos de mujeres y feministas no han estado nunca al margen de los temas relacionados con la política exterior o las relaciones internacionales. Como ha sido brevemente reseñado, las mujeres organizadas se han expresado en el feminismo pacifista, por ejemplo, pero también con relación a la integración regional como uno de los importantes pilares para el desarrollo de nuestras economías.

Las estrategias de integración regional abarcan no solamente lo económico y comercial, sino diferentes áreas de la vida y la sociedad. ¿Cuáles son los espacios construidos y asignados a las mujeres y sus derechos y demandas en los procesos de integración regional? ¿Cómo nos impactan los procesos de integración? Sin duda se requieren nuevos análisis del escenario global para reconstruir las agendas de lo internacional desde la perspectiva de la igualdad de género, la paz y la seguridad, el desarrollo sostenible, el medio ambiente, la democracia y los derechos humanos. Una perspectiva feminista sobre las relaciones internacionales no supone simplemente incluir a las mujeres en los diferentes ámbitos de la alta política ni criterios esencialistas sobre lo femenino. Para ello necesitamos seguir avanzando en un discurso propio y crítico para interpretar el mundo y sus relaciones.

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Tabbush, C. y otros (2016). Matrimonio igualitario, identidad de género y disputas por el derecho al aborto en Argentina. La política sexual durante el kirchnerismo (2003-2015). Sexualidad, Salud y Sociedad (Río de Janeiro), 1 de abril, doi.org/10.1590/1984-6487.sess.2016.22.02.a.

Vargas Valente, V. (2008). Feminismos en América Latina. Su aporte a la política y a la democracia. Programa Democracia y Transformación Global. Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán. Fondo Editorial de la Facultad de Ciencias Sociales, Unidad de Post-Grado, UNMSM. Lima.


  1. Universidad de la República de Uruguay.
  2. La maternidad vinculada a la formación y la educación de los hijos justificaba la necesidad de educar a las mujeres. Puede verse, por ejemplo, respecto al denominado “feminismo compensatorio”: ladiaria.com.uy/opinion/articulo/2022/10/que-tipo-de-feminista-fue-vaz-ferreira.
  3. Mayo francés o Mayo de 1968 denomina las protestas estudiantiles, principalmente universitarias, y luego sindicales llevadas a cabo en Francia, especialmente en París, durante los meses de mayo y junio de 1968. Estas movilizaciones se extendieron por Alemania, España, México, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Checoslovaquia e Italia.
  4. La Primavera de Praga fue un periodo de liberalización política y de protestas masivas en Checoslovaquia, que comenzó en enero de 1968. Alexander Dubček fue elegido primer secretario del Partido Comunista de Checoslovaquia (KSČ) e impulsó reformas que pretendían otorgar derechos adicionales a los ciudadanos descentralizando parcialmente la economía e incluyendo la disminución de restricciones en los medios de comunicación y la libertad de expresión y de desplazamiento. El 21 de agosto de 1968, la Unión Soviética, junto con otros miembros del Pacto de Varsovia, invadieron el país para evitar las reformas. ​
  5. Conflicto armado entre 1955 y 1974 entre Vietnam del Norte, con Hanoi como capital, y el Vietnam del Sur capitalista dirigido desde Saigón, y con apoyo de Estados Unidos en forma de logística, entrenamiento, armas y municiones y hombres. La partida de las últimas tropas estadounidenses derrotadas de Vietnam se dio por orden del presidente Nixon el 29 de marzo de 1973.
  6. El texto se encuentra accesible en www.aelatina.org/wp-content/uploads/2020/12/la-mistica-de-la-feminidad-betty-friedan-1.pdf (último acceso: 5 de febrero de 2024).
  7. Ver www.mujeresenred.net/historia-feminismo3.html.
  8. Por un lado, se hacía hincapié en el subsidio que el trabajo doméstico hacía al sistema capitalista al contribuir a mantener el valor de la fuerza de trabajo por debajo del costo de su reproducción; si el salario pagado al trabajador no incluía el valor del trabajo doméstico y de los cuidados necesarios para su reproducción, esto significaba una mayor extracción de plusvalía y, por lo tanto, de acumulación de capital. Por otro, se señalaba que el trabajo doméstico es esencial para la reproducción social y, por consiguiente, para la sobrevivencia del modo capitalista de producción. La función del trabajo doméstico por tanto sería un subsidio al sistema económico para el mantenimiento y la reproducción de la fuerza de trabajo.
  9. Este enfoque brinda elementos conceptuales y metodológicos para analizar el trabajo doméstico en el marco del sistema capitalista por su importancia en el costo de producción y reproducción de la fuerza de trabajo.
  10. El Consenso de Washington fue el conjunto de fórmulas económicas neoliberales impulsadas por varios organismos financieros internacionales (el Fondo Monetario Internacional [FMI], el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Departamento del Tesoro de Estados Unidos) en los años 80 y 90. 
  11. Ver eflac.org.
  12. Capítulo III. H. Mecanismos institucionales para el adelanto de la mujer. Plataforma de Acción de Beijing.
  13. La Articulación Feminista MARCOSUR (AFM) propuso los Diálogos Feministas previos a los foros en el III FSM y se concretaron en el IV FSM de Mumbay. Posteriormente tuvieron lugar antes del V y VII FSM.
  14. Hugo Chávez en Venezuela (1999); Ricardo Lagos en Chile (2000, sucedido por Michelle Bachelet en 2006; Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil (2002); Néstor Kirchner en Argentina (2003) y Cristina Fernández de Kirchner (2007); Tabaré Vázquez en Uruguay (2005), sucedido por José Mújica (2009); Evo Morales en Bolivia (2006); Rafael Correa en Ecuador (2007); Fernando Lugo en Paraguay (2008); y Mauricio Funes en El Salvador (2009).
  15. Ver soscorpo.org/?p=6045.


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