Fronteras (in)disciplinares ante la crisis
Alejandro Pelfini
Introducción
La crisis que el mundo está atravesando es ambiental, económica y política, y puede decirse que hasta civilizatoria (Beck, 2010). El marco westfaliano se ve superado, y la gobernanza internacional existente no parece poder dar respuesta a este problema. Se hacen patentes las contradicciones y la precariedad de un orden global sostenido casi exclusivamente en la competencia entre Estados nacionales y en la desregulación de los mercados, pero que no logra generar instituciones de gobernanza o cooperación global que sirvan como espacios de articulación real y efectiva ante la crisis (Innerarity, Kingery, Williams, 2013). Un gran ejemplo de esta dificultad es la propia pandemia del COVID-19, que evidencia una llamativa persistencia de respuestas particularistas desde el Estado nación, así como de los clivajes clásicos entre naciones desarrolladas y en vías de desarrollo, centrales y periféricas. Por lo tanto, a un fenómeno intrínsecamente global, se le responde de un modo nacional, con enormes dificultades para desplegar acciones coordinadas.
Evidentemente, la multicrisis no hace desaparecer la vigencia de lo internacional, sus conflictos, dinámicas y prácticas de cooperación. Simplemente, los reubica agregando complejidad, incertidumbre y necesidad de coordinación ante interdependencias más profundas. Desde ya que la guerra entre Rusia y Ucrania introduce nuevos elementos y revive enfoques y disputas dados apresuradamente por superados: la vuelta de la geopolítica dura, la amenaza de una guerra más amplia y la consolidación de alianzas existentes se encuentran entre los más salientes.
Algunos autores hacen referencia a una era posconsensual, relacionada con una mayor polarización política en diversos planos y donde los intereses nacionales se vuelven más explícitos. Se trata de una era que ya se venía vislumbrando con la agudización de las disputas comerciales entre EE. UU. y China y el estilo más confrontativo de Trump y otros líderes mundiales recientes:
La era post-consensual encuentra expresión en lo que se conoce como la crisis del orden internacional liberal y la actual fragmentación de América Latina; mientras que, a nivel interno, se ha plasmado en el cuestionamiento de la sociedad al orden social imperante, la polarización de las élites políticas, la desestabilización de los consensos políticos en relaciones exteriores y las crecientes dificultades que encuentra el poder ejecutivo para concitar el apoyo a sus preferencias de política exterior (Bywaters, Sepúlveda, Villar, 2021, p. 27).
No obstante, esto está lejos de cuestionar la relevancia de lo global y planetario como un escenario fundamental de interacción entre personas, organizaciones y sociedades. Lo que sí puede devaluar es el relato triunfante propio de la posguerra de la Guerra Fría y de la expansión del concepto de “globalización” muy ligado al neoliberalismo y la propagación de la democracia occidental. Es esta asociación mecánica entre globalización y modernización occidental la que resulta menos persuasiva. Ahora bien, si retomamos un enfoque multiescalar o multinivel (Grande, 2002; Carney et al., 2019) donde las redes de interacción no están contenidas armónicamente unas a otras, sino que se superponen y agregan en dinámicas autónomas y a veces contrapuestas (Mann, 2003), es posible sostener que actualmente la multicrisis no desaparece por la emergencia de crisis político-militares más clásicas, sino que hasta se agudiza justamente porque la complejidad y la incertidumbre aumentan incluso en ámbitos que parecían más controlados y previsibles en el marco de la diplomacia y los organismos internacionales. En términos teóricos, el problema actual no es tanto si la vuelta del realismo obliga a revisar los marcos del institucionalismo o incluso del constructivismo para pensar la arena internacional y global. Se trata más bien de combinar y aplicar selectivamente categorías y aportes de cada gran escuela con la certidumbre de que ninguna es omnicomprensiva ni ofrece certezas sostenibles por mucho tiempo.
Sin abandonar la pertinencia de las relaciones internacionales (en adelante RR. II.) para pensar el orden internacional y los conflictos y la cooperación internacionales, el desafío epistemológico del momento es cómo justamente hacerse cargo de este desborde. Lo global emerge como un escenario de una escala más vasta que lo internacional y lo transnacional, tomando dimensiones planetarias. Esto conlleva también desafíos epistemológicos y metodológicos que dan cuenta de la emergencia de toda una subdisciplina o al menos de una nueva área de estudios. Me refiero a los estudios globales, o global studies, que focalizan en una unidad de análisis propia, despliegan un encuadre específico para abordar e interpretar fenómenos, mantienen una orientación abierta e intencionalmente interdisciplinaria, y desarrollan para ello métodos específicos de recolección y análisis de datos (Smith y McCarty, 2016). Para responder a este interrogante y dar cuenta de esta especificidad, este texto se estructura del siguiente modo: en primer lugar, se definen “globalidad” y “globalización” y se destacan cuatro implicancias centrales de su despliegue; el segundo apartado se centra en cuatro desafíos epistemológicos principales que genera lo global como ámbito relevante de interacción y comunicación; la última sección delinea el campo de los estudios globales y el modo en que permite responder a estas implicancias y desafíos a veces complementando la disciplina de las RR. II. y otras en marcado contraste.
Implicancias de la emergencia de lo global
No es este el lugar indicado para discutir a fondo el concepto de “globalización” y sus diversos enfoques. Sugiero primero distinguir “globalidad” entendida como un escenario, un ámbito de acción y representación de una escala significativamente más vasta que la que fue corriente hasta ahora y que tiene como características principales la compresión de tiempo y espacio (Harvey, 1998) y una aceleración desincronizada (Rosa, 2011). “Globalización” sería el proceso por el cual ese escenario alcanza una importancia inédita. Por lo tanto, en otros momentos históricos, la globalidad como red de interacciones transnacionales y planetarias pudo tener cierta relevancia, pero lo novedoso de la globalización actual es la importancia que va adquiriendo ese escenario en la dinámica de actores, organizaciones y sociedades. Una importancia que, para algunos autores como D. Chakrabarty (2021), incluso haría necesario realizar una nueva distinción entre lo específicamente global (efectos del imperialismo y la colonización y sus respectivas y necesarias deconstrucciones) y lo realmente planetario más bien ligado a los límites planetarios y los puntos de inflexión para la supervivencia de la vida en la Tierra (Biermann, 2012; Latour, 2018).
Otro aspecto relevante de esta definición más estructural que agencial es superar visiones centradas en el sujeto: en cuanto escenario, es un ámbito en principio neutral, donde actores concretos dirimen sus visiones e intereses y comunican mejor o peor sus valores y expectativas. Esto contrasta sin duda con la corriente dominante en la apreciación de la globalización que la reduce a un proceso autónomo producto de decisiones y acciones de actores concretos e identificables (ya sea el mundo de las finanzas, los ideólogos del Pentágono, las Naciones Unidas o determinadas ONG), que produciría, sin más, desigualdades, diferencias y exclusiones inéditas (Dicken, 2007). Suponen así que, antes de la globalización, hubiera existido un estadio idílico de igualdad y solidaridad en todas las sociedades, como si el Estado de bienestar europeo occidental hubiera tenido un alcance universal. Si recordamos, en cambio, que toda sociedad es por definición conflictiva, en cierto grado desigual en la distribución de recursos, poder y capacidades, y, en algunos aspectos, excluyente, la tan mentada globalización no haría nada más ni nada menos que reproducir las inexorables desigualdades, diferencias y exclusiones en forma simple o ampliada; aunque ciertamente mostrándolas en toda su crudeza y sin mediaciones. Y esto básicamente porque globalización y sociedad mundial son –con Luhmann, por ejemplo– fundamentalmente comunicación. Lo que se agudiza entonces es su visibilidad y comunicabilidad, así como la frecuencia y densidad de las interacciones deslocalizadas; es decir, fuera del espacio inmediato de actuación y gracias a la expansión de la digitalización desde mediados de la última década del siglo xx. Tal como demuestra M. Mann (2003), las redes transnacionales y globales se multiplican sumándose a las redes locales, nacionales e internacionales ya existentes, sin por ello hacerlas desaparecer, sino que, por el contrario, hasta las fortalecen en algunos aspectos.
En este sentido, más allá de todas las variantes existentes en el debate en torno a la globalización, así como entre la posición de los entusiastas que aluden a su novedad y originalidad y los escépticos que destacan su continuidad con procesos y fenómenos de larga data, existe un consenso más o menos extendido en que esta va de la mano con una serie de fenómenos que, a su vez, son esenciales para pensar el estatus de la teoría social en el mundo contemporáneo.
Primero, el mundo se vuelve un horizonte total. En un sentido comunicacional, las fronteras de lo decible y representable coinciden con los límites del globo. Tradicionalmente, el mundo, en términos fenomenológicos, como horizonte de sentido y vivencias significativas, pero también como ámbito de acción inmediato, estaba limitado a un espaciotiempo más o menos reducido (Schutz y Luckmann, 2013). Además, podía trazarse un límite claro entre él y el exterior, entre el lugar propio y el espacio abierto ajeno, calificado como bárbaro o incomprensible. Con la globalización, es justamente esa frontera y son ese tipo de distinciones y sentidos de pertenencia tan estables los que se difuminan (Abélès, 2012). Y el globo en su totalidad se convierte en horizonte de acción y de significación. Sin duda que esto no elimina la existencia de fronteras más específicas y de menor alcance (provinciales, nacionales, regionales, continentales, etc.). El “otro territorio”, en palabras de Renato Ortiz (1998), no elimina los territorios ya conocidos, sino que se superpone a ellos, a veces transformándolos, otras ignorándolos. Por lo tanto, no significa que las distinciones propio/ajeno, familiar/extraño, cercano/lejano, interno/externo desaparezcan: estos son componentes fundamentales de cualquier construcción identitaria y de la política internacional. Lo que se desvanece en estas distinciones es su determinación territorial, su fijación geográfica, su superposición exacta con fronteras físicas y políticas.
Segundo, el aumento de la interacción más allá de los ámbitos inmediatos, la diferenciación de funciones y la división del trabajo transnacional, así como el aumento de los intercambios en general, sea de mercancías, personas y mensajes, conducen a un incremento exponencial de la interdependencia. Como ya nos enseñaron los autores de la interdependencia compleja (Keohane y Nye, 1988), la autonomía y la autarquía resultan, en este contexto, impensables. Los costos de actuar o no actuar en determinada dirección se comparten entre las partes aun cuando las relaciones entre los eslabones a lo largo no sean completamente simétricas. El otro, si ya no es necesariamente un bárbaro o un extraño, puede ser necesario, sea como socio, como consumidor o como participante de una protesta. Es más, quizás hasta puede aprenderse algo de él y con él. La interdependencia es tal vez aún más aguda respecto de cuestiones ambientales o relativas a la conservación de bienes públicos globales, donde tiene lugar la llamada “interdependencia estratégica” (Diekmann y Preisendörfer, 2002). De acuerdo a la perspectiva de la rational choice, una conducta solo es racional –es decir que se logra el efecto deseado en forma eficiente– si esa acción no se efectúa en solitario, sino de manera coordinada o al menos en consonancia con la conducta de un número significativo de agentes. Por lo tanto, la racionalidad pasa a estar asociada menos con el interés utilitario y el efecto del esfuerzo individual y mucho más con la mutualidad y acción coordinada entre un número significativo de agentes.
Tercero, la complejidad: la superposición de escalas de acción y comunicación, así como de redes de diverso alcance, no hace más que desafiar toda forma de linealidad y de armonía mecánica entre ellas. Los riesgos y peligros que anteriormente podían enviarse a algún depósito residual también se globalizan y se vuelven en contra de sus mismos generadores (efecto boomerang). Si un sistema es por definición menos complejo que su entorno, cuando el mundo exterior o el entorno desaparecen, la complejidad y los riesgos no pueden más que ser internalizados. ¿En qué instancia recae entonces la ineludible tarea de reducir la complejidad y minimizar la redundancia si ya no hay un lugar exterior residuo de todo lo extraño, indeseable, desconocido? Parecemos estar condenados a tener que procesar las externalidades y consecuencias no deseadas de nuestros actos y calcularlas de antemano sabiendo que no nos podremos librar de ellas. Esto es lo que se denomina “reflexividad” (Beck, Giddens, Lash, 1994), entendida como confrontación con uno mismo y como autocontrol de la voluntad, los intereses y las preferencias. En términos cognitivos la complejidad supone el fin del monopolio de la racionalidad: más que buscar verdades irrefutables, debemos acostumbrarnos a las controversias y a la negociación entre saberes y discursos (Tironi, 2014).
Cuarto, la dialéctica entre desterritorialización y (re)territorialización: tal como nos referimos en el punto sobre el horizonte total, la globalidad no implica la gestación de un espacio único, universal y estandarizado, sino la superposición, revitalización y devaluación de espacios y escalas de acción diversos o de menor magnitud. En general, lo local y lo global se vinculan en forma privilegiada dejando a un lado al Estado nación. Así, la globalización avanza desterritorializando y territorializando a la vez, o bien registra también movimientos y ritmos que pueden contraponerse a su dinámica de aceleración y estandarización. De ahí que se haya popularizado un neologismo planteado originalmente por Ronald Robertson (1992): “glocalización”. De este modo, desglobalización y globalización coexisten y se suceden así como diferentes son las dimensiones que, en un momento determinado, se globalizan y aceleran. Por un lado, la globalización avanza en una dimensión virtual acoplada a la digitalización, al capitalismo informacional, a la circulación de mensajes (algo que con Bauman podríamos llamar lo “líquido”), a la extensión de derechos y de criterios de semejanza e identidad más allá de lo territorial en clave estatal-nacional. Por otro lado, asistimos a reacciones particularistas propias de los recientes autoritarismos y neofascismos con su proteccionismo comercial, su retórica nacionalista, y revalorización de la economía industrial, así como de élites que se reconcilian con su territorio y vuelven a defender su capitalismo nacional.
Así, en esta dialéctica no tenemos ni globalización triunfante ni desglobalización. Lo global está para quedarse como escenario, sobre todo si pensamos en la crisis ambiental global en el marco del Antropoceno.[2] El tipo de problemas que confrontar, asociados sobre todo a problemas de provisión y conservación de bienes públicos, así como a la prevención y el manejo de catástrofes naturales y humanitarias, no parecen poder enfrentarse adecuadamente ni en solitario ni dentro de las fronteras de un territorio específico. Que se haya hecho evidente tanto una market failure como una state failure en la gestión de estos procesos no debe llevarnos a tirar por la borda todos los esfuerzos por la gobernanza de riesgos globales y una democratización de la globalización. En este sentido, la reacción defensiva cae en la falacia de creer que cuestiones relacionadas a riesgos globales se pueden enfrentar en solitario o en el refugio particularista. Esto refleja un desconocimiento de la interdependencia, la interconectividad, la multicausalidad y la complejidad de las crisis y los riesgos que se deben enfrentar: el problema, entonces, del populismo de derecha no es principalmente el de ser políticamente incorrecto y apartarse del buen gusto imperante, sino su individualismo exacerbado que se expresa en la egoísta fórmula del “Not in my backyard!”. El resto, que se arregle, como si eso fuera posible incluso sin afectar al que lo enuncia.
Esta dialéctica produce híbridos, paradojas y aparentes contradicciones que nos alejan del utopismo liberal-democrático y de preceptos propios del llamado “Consenso de Washington” de los 90 y nos acercan a las experiencias de desarrollo y crecimiento propias de sociedades emergentes. Por ejemplo, fuera de esquemas lineales y simplistas de centro/periferia, industrialización/economía primaria o desarrollo/dependencia, el aumento de poder y el protagonismo de determinados países en la escena internacional tanto en cuanto emerging markets como en cuanto emerging powers pluralizan el orden de la “OECD” en una forma inédita (Harris, 2005). Desde China e India hasta Brasil en su momento y Sudáfrica, se cuentan una serie de países que vienen a poner en juego ciertas –solo algunas, vale remarcar– pautas del orden mundial ya dadas como obvias y naturales, de un modo diferente al crecimiento que tuvieron los tigres del Sudeste Asiático –o incluso el mismo Chile – mediante una adhesión sin resquemores al neoliberalismo y a un capitalismo ortodoxo implementado sobre bases políticas autoritarias. Estos poderes emergentes ofrecen, en cambio, algunos elementos originales que colocan en entredicho no solo a toda conexión causal mecánica (propias del Consenso de Washington) entre apertura comercial y crecimiento, ajuste estructural y superávit fiscal, sino a la más refinada identificación entre el conjunto “democracia representativa/seguridad institucional” y desarrollo:
- La centralidad del Estado como motor de desarrollo y agente de coordinación de otros ámbitos sociales.
- La importancia de la región y menos la globalidad abstracta como ámbito de actuación, sea a través de procesos de integración regional o sea por influencia directa y autónoma en caso de potencias de escala continental como China o India.
- La combinación de elementos contradictorios o, al menos, difícilmente combinables, como populismo y cosmopolitismo, innovación en tecnológica de punta y atraso rural, libertad de mercado y centralismo administrativo, aspiraciones e imaginarios igualitarios junto a desigualdades socioeconómicas y regionales, activismo ambiental internacional y ausencia de protección ambiental a nivel nacional.
Por estos motivos, tanto el supuesto “derrame” o la modernización en etapas gracias a agentes modernizadores, como la mentada difuminación de los límites nacionales y del protagonismo del Estado ven reducida su validez universal. Cuando buena parte del poder político, económico y cultural, así como de su atractivo para los inversores, se basa en estas “contradicciones”, la heterogeneidad estructural no parecería ser una anomalía, sino que puede ser entendida como una potencialidad y, paradójicamente, como base de su fortaleza actual. La vieja idea de Mannheim de la “contemporaneidad de lo no contemporáneo”: el resto, antes no nombrado, se hace visible, y el centro u Occidente dejan de ser el único modelo o referencia (Ferguson, 2011).
Desafíos a la teoría social en un contexto global/de sociedad mundial
Las cuatro implicancias presentadas más arriba nos llevan a preguntarnos si la constitución de una (proto)sociedad global representa “simplemente” una profundización de las tendencias estructurales de la modernización en otra escala, o si su naturaleza es tan original que hace necesario repensar también las categorías fundamentales con las que se pensaba y se piensa a la sociedad moderna. Al respecto, se destacan cuatro desafíos fundamentales que debe enfrentar la teoría social y en particular la disciplina de las RR. II. en condiciones de creciente globalización y de multicrisis:
- enfrentar los límites del “nacionalismo metodológico”;
- zanjar el problema del eurocentrismo y la propagación normativa de categorías propias de una región específica;
- repensar el vínculo entre lo particular y lo universal, entre conocimiento universalizable y estudios regionales;
- dar cuenta del reemplazo de una proyección hacia “delante” entendida como despliegue y desarrollo de potencialidades por una visión de la temporalidad y de la espacialidad signada por la circularidad en el marco de una sensibilidad posmoderna.
1) No está de más recordar que, si bien puede rastrearse una larga tradición de filosofía política y social, la teoría social en particular es un producto de la modernidad (que nació junto a su principal objeto de estudio, la sociedad como orden creado por la acción humana y legitimado racionalmente) y como ciencias particulares recién en el siglo xix. Es decir, que sus categorías fundamentales, su objeto de estudio y su ejercicio profesional se desarrollan en el marco de la consolidación de los estados nacionales de Europa Occidental. En el caso de las RR. II., esto se profundiza aún más pensando en su consolidación y difusión en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial en el marco de las disputas entre dos grandes potencias (Ringmar, 2019). Por lo tanto, y considerando que con la globalización esta consolidación ya no resulta tan evidente –no entremos en la discusión de si el Estado nación está desapareciendo o si se encuentra en retroceso–, no es irrelevante preguntarse por la pertinencia de perseverar en la utilización de todo un bagaje de conceptos, preguntas y métodos surgidos en un contexto difícilmente comparable con el actual. Contexto que, para algunos autores, conlleva a una desviación epistemológica: el nacionalismo metodológico (Beck, 1997; Chernilo, 2010). Este consiste en identificar el objeto de estudio fundamental de las ciencias sociales, la sociedad, con los contornos que ofrece el Estado nación. En el caso de la disciplina de las RR. II., las relaciones entre estos Estados nacionales como objeto primordial.
2) Con el auge de los estudios culturales, la aparición de corrientes contrahegemónicas en países periféricos y el reciente revisionismo en los mismos países centrales, surgieron los llamados “estudios poscoloniales”, que intentan denunciar la expansión de categorías fundamentales del canon sociológico como producto de una operación de poder, como una construcción de hegemonía: un particular se oculta como tal y se coloca en el lugar de lo universal. En este sentido, se habla de eurocentrismo, por el cual categorías surgidas en Europa Occidental o en EE. UU. se presentan como naturales y evidentes en cualquier circunstancia, mientras que su ausencia o débil presencia en contextos extraeuropeos son analizadas como anomalías o desviaciones.
¿Qué hacer ante esta situación? El primer impulso que nos ofrecen los enfoques poscoloniales y decoloniales es denunciar los dualismos asimétricos del tipo centro/periferia, moderno/tradicional, desarrollado/subdesarrollado, Occidente/Oriente, norte/sur, etc., en cuanto operaciones de construcción y estigmatización del otro y de lo otro como falta, como algo no logrado (Costa, 2005). Bien, pero esto en términos más constructivos tomaría la forma que muestra Dipesh Chakrabarty (2000): el mandamiento sería entonces “provincializar a Europa”, analizando al conjunto Europa Occidental/EE. UU./Japón no como el lugar privilegiado de observación, sino como un caso particular o incluso como una excepción. De este modo, se produce un cambio de foco en la pregunta acerca de, por ejemplo, el problema del capitalismo, o la democracia en otros contextos pasa a ser reemplazada por la pregunta de por qué estos se desarrollaron en Europa de forma tan singular.
3) La dificultad para universalizar categorías junto a la denuncia de la operación de poder a ella ligada cuestiona la producción teórica en general en ciencias sociales. El peligro del relativismo nos acecha, así como el riesgo de limitarnos a un conocimiento experto en contextos regionales específicos; tendencia ya registrable en la academia anglosajona con sus area studies. Cuando todo se vuelve contextual, situado y particular, ¿cómo continuar construyendo teoría social, lo que inexorablemente implica producir conocimiento generalizable y regular? Eso solo parece ser posible si dejamos de entendernos como desviaciones o particularismos, sino como figuras de lo universal y de la modernidad. Efectivamente, se trata de figuras descentradas y sin dueños definitivos, siempre provisorias y sometidas a la crítica. Ahora bien, es evidente que, en la operación mental que permite el pasaje de la empiria a la teoría, del dato particular al concepto, hay un acto de atrevimiento, de arrogancia y hasta de violencia simbólica que obviamente les sale mejor a los poderosos. De este modo, los proyectos contrahegemónicos son también ambivalentes: podrán estar bien intencionados, pero el conocimiento no es más verdadero y emancipatorio solo por haber sido generado en la periferia o en el sur global. A diferencia de estos enfoques “subalternos”, no debemos olvidar que no hay un lugar privilegiado para acceder a la verdad: en el pluralismo y en la diversidad de la sociedad mundial, todos somos, de alguno u otro modo, partes de lo universal, y no solo versiones malogradas de otro o, en el otro extremo, conciencias recuperadas libres de toda dominación (Rehbein, 2010). El método comparativo y la genealogía se vuelven así los métodos por excelencia para repensar este vínculo entre lo particular y lo universal. Como dice A. Grimson (2012), lo universal sigue estando presente en las preguntas. Luego, las respuestas serán siempre particulares, específicas y limitadas. También aquí Dipesh Chakrabarty puede ser de gran ayuda:
… lo universal debe ser abierto a lo particular y bajo su presión debe estar sujeto a una seria revisión. Quizá las cuestiones de lo universal y particular, a medida que se intensifican en una era de globalización, sean en el fondo reminiscencias de viejos problemas del razonamiento humano. Refiriéndome de nuevo a Kant, quizá sean cuestiones que el razonamiento humano no puede ignorar ni responder con un grado de permanente insatisfacción. Lo universal, así, funciona como una hipótesis que debe ser constantemente verificada en relación con la realidad (Chakrabarty, 2009, p. 43).
4) La cuestión de la circularidad tiene que ver directamente con la transición de una modernidad simple a una plural y marca el fin de la proyección lineal signada por la perfectibilidad de la condición humana y el orden social típico de la Ilustración. Estos ideales vienen a ser reemplazados –o al menos complementados– por el autocontrol, la regulación y la autoobservación. También la idea de que el futuro ya no es algo promisorio o necesariamente un lugar de progreso está presente en el clima cultural actual donde abreva la derecha particularista o el populismo de derecha: lo que se ha dado en llamar “crisis de futuridad” (Pelfini, 2017). Buena parte del miedo que explica estas reacciones defensivas y xenófobas se asienta en esta idea de que lo que viene es riesgoso y amenazante. Con ello se desvanecen las ideologías que prometían el progreso y que aseguraban que, a mayor libertad y desarrollo tecnológico, menores serían las amenazas y las incertidumbres siempre basadas en ilusorios horizontes de abundancia que en realidad se manifiestan como realidades de escasez y finitud.[3]
En condiciones de globalización y de crisis global en particular, la circularidad se hace presente en tres ámbitos o dimensiones fundamentales:
- Espacial: por primera vez en la historia de la humanidad, no quedan lugares por explorar, cartografiar o visibilizar, ni adonde derivar los males y lo ignoto: los límites del mundo dotados de sentido y clasificables coinciden con los límites físicos del globo.
- Temporal: fin de la idea de progreso y de proyección al futuro según un modelo innovador de destrucción creativa á la Schumpeter. Más que la esperanza en un futuro promisorio dispuesto por la técnica y el crecimiento económico, cada vez debemos enfrentarnos a la contracara de estos, a sus efectos no deseados. Por lo tanto, más que innovación, lo que se demanda es aprendizaje para enfrentar la inercia y no repetir los errores del pasado.
- Reflexividad/riesgo: lo novedoso es que los peligros y riesgos a los que nos enfrentamos son cada vez menos de carácter externo, sino que son autogenerados; es decir, producidos por el mismo progreso técnico y crecimiento económico. Por lo tanto, debemos abocarnos crecientemente a atender la externalidad y los efectos colaterales: consecuencias de nuestras propias acciones que se vuelven contra los mismos que las generaron: efecto boomerang de U. Beck.
Ante la multicrisis, el pasaje de una globalización neoliberal y una más plural y multicéntrica y la preponderancia de lo circular sobre lo lineal, las ciencias sociales deben hacerse cargo de una condición que plantea límites concretos e infranqueables a la dinámica de los actores, las organizaciones y los sistemas sociales: sus motivos y supuesto deben pasar entonces de la expansión a la regulación/autocontrol y del despliegue al repliegue. De la pretensión por la perfección y por el dominio a la prudencia reconociendo la radical interdependencia y vulnerabilidad de nuestra condición (MacIntyre, 2001).
El campo de los estudios globales: fronteras (in)disciplinarias. Métodos y unidades de análisis alternativas
La disciplina de las RR. II. no ha sido indiferente a los desafíos planteados y a esta complejización y cierta devaluación de su objeto primordial, las relaciones entre Estados-nacionales en un orden internacional westfaliano. Aun no siendo mayoritarias, existen planteos valiosos y relevantes en esta dirección. Nos detendremos en la propuesta de “Global IR and Regional Worlds” planteada por Amitav Acharya y su equipo de investigación (Acharya y Buzan, 2010). Un primer aporte, aunque más esperable, tiene que ver con cuestiones de política científica, convirtiendo a las RR. II. en una disciplina más multipolar o menos occidental, incorporando voces, planteos y teorías generados en el sur global. Más original resulta el núcleo de su propuesta: básicamente, que la unidad de análisis de la disciplina no se reduzca a las relaciones interestatales basadas en el poder y la estrategia, e incluya las interacciones entre culturas y civilizaciones. Esta recomendación tomada a fondo implicaría prácticamente acercar a las RR. II. al campo de las humanidades o a lo que, a fines del siglo xix en Alemania, se denominaban “ciencias del espíritu”:
Many of the so-called modern concepts such as economic interdependence, balance of power, and collective management of security – which are often traced by traditional IR to European ideas and practices – actually have multiple points of origin, both within and outside of Europe. With such a broader scope, IR then offers more space to the history, culture, economic systems and interactions and contributions of non-Western civilizations and states. IR is best understood as the product of interactions and mutual learning between all civilizations and states, even though some have been more powerful than others at different stages in history (Acharya, 2017, p. 2).
En términos amplios, la idea de “Global IR” se basa en seis dimensiones o ámbitos de debate. En primer lugar, un universalismo pluralista no abstracto ni aplicable a todos, pero que reconoce y respeta la diversidad. En segundo lugar, se vincula con la historia mundial, y no solo la grecorromana, europea o norteamericana. Tercero, no se propone suplantar, sino subsumir teorías y métodos existentes y dominantes en marcos más amplios y diversos. En cuarto lugar, se propone integrar el estudio de las regiones, los regionalismos y los estudios de área. En quinto lugar, rechaza cualquier forma de excepcionalismo cultural y, por último, reconoce múltiples formas de agencia más allá del poder material, incluyendo la resistencia, la acción normativa y las construcciones locales del orden global (Acharya, 2014).
Desde ya que son numerosas las críticas que pueden hacerse a este enfoque, por ejemplo, por su marcado “asianismo” que ignora la tradición de pensamiento propio en cuestiones de autonomía y dependencia en América Latina o por reificar la idea de un cuerpo unificado de teorías y enfoques en la RR. II. realmente global, al que los diferentes académicos quisieran contribuir deliberadamente (Anderl y Witt, 2020), o por esencializar visiones y producciones regionales como si fueran un todo coherente (Kleinschmidt, 2016). Sin embargo, es de destacar el esfuerzo por desarrollar una visión plural, aggiornada y sensible a las críticas poscoloniales y a los estudios regionales, a las que nos referimos brevemente en el punto 2. No obstante, por más plural e inclusivo que pueda ser este esfuerzo, el foco primordial entre las RR. II. y los estudios globales seguirá siendo distinto. Para las primeras se observan regiones, potencias y países en sus conflictos, debates y colaboraciones cambiantes y en su singularidad y especificidad. Mientras que en los estudios globales se pretende analizar la unidad del mundo a pesar de esa diversidad o junto a ella, se observa lo común y semejante inmerso en esa diversidad. No es la variedad regional ni mucho menos nacional la que importa por sí misma, sino la experiencia diversa de lo global en la misma unidad (Rehbein y Schwengel, 2012).
En este sentido, la pregunta por la unidad de análisis de lo global es de extrema complejidad, sobre todo por el carácter particularmente difuso, volátil y de gran alcance de sus fenómenos y dinámicas. Por más imaginarios, esencialistas y arbitrarios que nos puedan resultar objetos como sociedades nacionales y fenómenos circunscriptos localmente (como si estos fueran autoexplicativos), resulta mucho más sencillo limitarlos en tiempo y espacio que los procesos que justamente se caracterizan por la compresión espaciotemporal; es decir, por la simultaneidad, la desterritorialización y la aceleración. Sin embargo, aunque se aspire a reconstruir la unidad de la gran escala, el foco o la unidad de análisis de los estudios globales difícilmente pueden ser el planeta o los procesos y las dinámicas de un alcance inasible. Más bien se trata de flujos (global flows o scapes según Appadurai [1996], poniendo como centro los mediascapes); esto es, interacciones, vínculos e intercambios en constante movimiento y velocidad, sin origen ni destino prefijado, sino difícil de reconocer y solo ex post (a diferencia de flujos más clásicos como las ayudas para el desarrollo en la cooperación internacional). Flujos o recursos soft como ser velocidad, flexibilidad, innovación, diseño y performatividad, que se contraponen a reglas y planes de un capitalismo más duro o rígido de mediados del siglo xx (Thrift, 1997).
En cierta manera, puede resultar paradójico definir a las estructuras estructurantes de lo global como flujos. Aunque sean volátiles, abstractos y acelerados, los flujos tampoco están siempre “en el aire”, sino que se concentran o pueden reconstruirse en ciertos nodos. Es justamente esta densificación en determinados ámbitos la que permite ejercer su carácter estructurante. ¿Cuáles serían esos ámbitos privilegiados de concentración de flujos globales (si es que tienen alcance planetario y una dinámica más homogénea) o transnacionales (con un alcance más reducido y más heterogéneos en su conformación)?
- A nivel macro: las ciudades globales, como centros de localización de funciones, logística, interacciones y decisiones relevantes para el escenario global (Sassen, 1991; Soja, 2010). Ciudades que incluyen tanto población de sectores altos, gerentes, inversores (high-skill workers), como un ejército de reserva en los servicios a esos sectores en tareas de limpieza, seguridad y gastronomía en general, con un componente mayoritario de población migrante.
- A nivel meso: los “no lugares” (Augé, 1998) como espacios de anonimato donde discurren dinámicas, gustos y mensajes globales muchas veces desconectados de los territorios en que se insertan. En un ámbito más pequeño, resaltan las tiendas comerciales que son franquicias de marcas globales. Los no lugares no integran, no ofrecen una síntesis ni tampoco logran generar una identidad específica. Son más que nada ámbitos de tránsito, de entrada y salida donde se discurre o transita más que se habita. Más que una relación cultural y dotada de sentido y simbología, se mantiene una relación estandarizada, anónima y centrada en algún contrato o credencial (pasaporte, licencia de conducir, seguro contra accidentes, tarjeta de crédito) ( Kreff, 2011).
- A nivel micro: las pantallas, como soportes de interacción y comunicación deslocalizada. Sin duda, las pantallas de celular, pero también las de los agentes de bolsa, que funcionan a tiempo real y son las que crean valor ( Knorr-Cettina y Preda, 2006).
Una estructura organizada en flujos obliga también a una nueva forma de experiencia y observación que ya no es la del viajero que se traslada expresamente de un lugar a otro, ni la del etnógrafo que explora un territorio desconocido. Forma que combina la experiencia del extranjero, el que, según Simmel, está lo suficientemente inmerso en el lugar como para descifrarlo, pero a la vez alejado para poder observarlo críticamente y con extrañeza, con la indiferencia que le otorga su posibilidad permanente de salida. O también la mirada del turista: aquel que discurre con rapidez por espacios que mantienen una cuota de singularidad como para justificar observarlos o visitarlos, pero a la vez con la familiaridad y la seguridad para moverse en forma displicente en esos espacios.
Esta es una tesis implícita en J. Urry (2008) que queremos tensar al máximo: si la mirada del turista es simplemente la mirada del viajero construido por el turismo de masas (objetos turísticos, rankings, comunicación turística, agencias y empresas de transporte aéreo y de hotelería) o si, por el contrario, se convierte en la forma de experimentar el mundo de un número vasto de agentes en su vida cotidiana, más allá de que efectivamente viajen y se tomen vacaciones. Ciertamente podrá decirse que viajeros hubo siempre. Desde ya, y como se destacaba en Nietzsche en El Viajero y su sombra, en el flâneur de Baudelaire y luego en el modernismo y su fascinación por los viajes en tren, era uno mismo el que se trasladaba mientras el resto permanecía estático. El viajero veía al mundo desde la ventana de un medio de transporte que se trasladaba con inusitada rapidez, pero que no dejaba de estar sincronizado con el resto de los objetos. Solo se tenía la impresión de que el resto también se movía, pero en realidad no era más que una impresión o un error en la percepción.
Ahora bien, ¿qué sucede cuando todo está realmente en movimiento, y no solo en un movimiento de un lugar de origen y hacia un punto de destino a un ritmo rápido pero controlado, sino en uno que se da en forma aleatoria y en una aceleración desincronizada? En este sentido, vale preguntarse si la condición de turista y hasta de migrante no deja de ser un tipo de experiencia que les sucede única y principalmente a los turistas y migrantes, para convertirse en la condición existencial por excelencia de lo global, donde todos, sujetos y objetos, terminamos siendo intrínsecamente migrantes en un mundo y un espacio que nos es familiar y ajeno a la vez.
Reflexiones finales
El resultado de este recorrido por cuatro implicancias de la emergencia de un escenario global como un ámbito clave de interacción que, a su vez, se traduce en cuatro desafíos epistemológicos centrales es algo más que relevante para nuestra pregunta acerca de la necesidad o no de repensar las categorías fundamentales de las ciencias sociales ante el desafío de la globalización. Lo que se pone en cuestión es el vínculo entre globalización y modernización, al menos del modo tan estrecho como consideraba la corriente principal en los estudios de globalización y los publicistas de turno: la globalización como expansión de la modernización y como su portadora a todos los rincones de la Tierra. Perspectiva compartida también por análisis más profundos como el de Luhmann sobre la sociedad mundial (Luhmann, 1998). Cabe destacar que no se habla de modernización en general, sino de una experiencia de modernización en particular, la europeo-occidental y su prolongación norteamericana.
Esta es la tesis de la convergencia que tiene una larga tradición en las ciencias sociales y no solo en el tan maldecido funcionalismo, según la cual la humanidad seguiría un proceso lineal hacia una creciente integración y asimilación. Lo global sería el punto final de un movimiento de interdependencias cada vez más amplias, desde la familia hasta clanes, tribus, regiones, naciones, Estados y bloques de Estados. No quiero proponer entonces lo contrario, la tesis de la divergencia, la del particularismo, que casi no reconocería derroteros comunes entre distintas culturas y civilizaciones más allá de los dados por relaciones de dominación.
En un punto intermedio, es posible cuestionar la tesis de la convergencia como eurocéntrica, que ve a la globalización simplemente como la propagación de los valores, las normas y los rituales de la modernización occidental (el clásico difusionismo). Para autores como André Gunder Frank, uno de cuyos libros tiene el sugerente título de ReOrient (1998), la globalización reconoce antecedentes a esta globalización occidental a partir de la expansión y los intercambios con grandes civilizaciones como la China y la India. El impulso actual de las sociedades emergentes y, en general, de la región del Asia-Pacífico desafía a las narrativas occidentales y puede estimular el desarrollo de versiones alternativas de globalización y de modernización. La dinámica de estas sociedades, que, en cierta medida, está desplazando el eje de la economía global hacia el Oriente, contrasta marcadamente con la imagen weberiana y marxista del capitalismo y la modernización que contrapone el dinamismo y el racionalismo occidental a un Oriente osificado y tradicional (Prestowitz, 2005). Además, y también a causa de la inestabilidad política, los conflictos civilizatorios y las variadas crisis y recesiones económicas que se vienen sucediendo en lo que va del siglo, se devalúan los relatos triunfantes de la globalización, tanto en su variante norteamericana (la utopía de la extensión de la democracia representativa y el librecambio), como europea (la utopía de la extensión del individualismo y la secularización en conjunción con la solución pacífica de conflictos bajo instituciones de gobernanza global) (Wallerstein, 2003; Sanahuja, 2019). Ciertamente que ambas no han perdido todavía su vigencia, aunque sí su carácter apodíctico, y fundamentalmente su carácter lineal y evolucionista: la idea de que ambos van de la mano y siguen un curso fijado de antemano.
Ante esto, no está de más atreverse a tomar en serio la complejidad y la variedad de la globalización, pluralizando así también la misma modernidad, en todas sus variantes. Esto permite rescatar la idea de modernidades múltiples (Eisenstadt, 2012) o entangled modernities/modernidades enredadas (Randeria, 1999; Therborn, 2003) reconociendo trayectorias y experiencias diversas de modernidad y modernización y así como la crítica que puede emerger a éstas. Por lo tanto, una tarea que se abre es, por un lado, reconocer esta variedad, pero a la vez rescatar los núcleos comunes, en un posible diálogo entre modernidades que posibilite la convivencia y la supervivencia en un mundo en crisis. Diálogo y conexión que no dependen simplemente de la buena voluntad de los potenciales hablantes o de una adición de trayectorias singulares. Más bien se trata de destacar la radical experiencia de interdependencia y vulnerabilidad entre las mismas, básicamente sin olvidar el vínculo fundante e ineludible que significó el colonialismo y la esclavitud (Bhambra, 2014):
Entonces un enfoque de “sociologías conectadas” requiere empezar desde la perspectiva del mundo ubicándose uno mismo dentro de los procesos que facilitaron la emergencia de ese mundo. Empezando desde una ubicación en el mundo, necesariamente empezamos desde una historia que vincula esa ubicación al mundo, identificando y explicando las conexiones que posibilitan que los entendimientos siempre sean más expansivos que las identidades o eventos que están buscando explicar (Bhambra, 2015).
Así como esta modernidad plural y entrelazada, la globalidad es también plural y abierta y no se ve necesariamente agotada por la globalización neoliberal de la última década (Pieterse, 2008). Por lo tanto, el discurso experto que se ocupa de ella también debe registrar esta pluralidad. No solo reconocerla como disciplina específica, sino contribuir performativamente a constituirla.
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- El autor agradece los comentarios y las correcciones de Joaquín Baliña, doctorando en Estudios Globales (USAL/Humboldt Universität zu Berlin).↵
- Para un mayor desarrollo de estos planteos, ver Pelfini (2017).↵
- “… hemos venido viendo cómo se acaba el progreso: el futuro como tiempo de la promesa, del desarrollo y del crecimiento. Ahora vemos cómo se terminan los recursos, el agua, el petróleo, el aire limpio, y cómo se extinguen los ecosistemas y su diversidad. En definitiva, nuestro tiempo es aquel en el que todo se acaba, incluso el tiempo mismo” (Garcés, 2017, p. 13).↵








