Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

La importancia de la construcción teórica para las relaciones internacionales

Gonzalo Salimena

Introducción

En el ámbito académico, se nos enseña desde los inicios la trascendencia que tienen las preguntas que nos formulamos en las respuestas que buscamos. En el marco de la investigación, reviste de suma importancia el proceso de estructuración de la idea en el diseño exploratorio, donde la transformamos en pregunta. Como saber crítico, la filosofía en sus comienzos se cuestionaba sobre la totalidad del ente originado en el asombro filosófico como primera instancia de conocimiento. Todo esto nos lleva a partir de dos preguntas: ¿cuál es el valor que tiene la teoría para una disciplina científica?, ¿cuál es el valor para la disciplina de las relaciones internacionales? Recuerdo en los comienzos de la Licenciatura en Relaciones Internacionales en la Universidad del Salvador que un profesor al inicio del curso nos hizo un comentario similar a este: “Quien no sabe la teoría de las relaciones internacionales no sabe nada, no puede analizar la realidad”. Reconozco que, al principio, tal afirmación caló muy hondo en mí y me pareció bastante dura y chocante. Sin embargo, con el pasar del tiempo, pude quitarle el velo a tal afirmación y encontrar la profundidad de tal aseveración. La teoría es la esencia de una disciplina.

Toda disciplina científica autónoma depende para su crecimiento del desarrollo de construcciones teóricas acerca de la realidad que nos permitan un acercamiento sistemático al estudio de los fenómenos de las relaciones internacionales. Este acontecimiento se produjo una vez finalizada la Primera Guerra Mundial, como consecuencia del fin de la diplomacia secreta y de una democratización de la política exterior, pero sobre todo al inicio del primer debate entre realistas e idealistas, que permitió el nacimiento de la disciplina, no solo por el volumen de la discusión y por el salto cualitativo de esta, sino porque la realidad internacional se estaba transformando y esos cambios ameritaban repercusiones sobre nuevas construcciones teóricas en un campo disciplinario que se mostraba atractivo, permeable y acéfalo, pero sobre todo deseoso de progreso. Sin lugar a dudas, esta observación es de vital importancia para interpretar adecuadamente, así como para formular hipótesis al respecto, ya que, “cuando observamos, nuestras hipótesis subyacentes guían nuestra interpretación”, suponemos un conocimiento previo que nos ayuda en la observación y percepción, dando a entender que, cuando percibimos, observamos o interpretamos lo que estamos haciendo con una cierta carga teórica que le da forma y que influye sobre nosotros.

No hay disciplina de las relaciones internacionales sin teoría. Esta construye los cimientos sobre los cuales se sustenta el surgimiento de una disciplina, y su posterior crecimiento está vinculado a nuevas realidades que tienden a quebrar un determinado esquema mental orientado sobre algunas variables explicativas de la realidad. El objetivo no es solo establecer relaciones causales entre variables, sino proporcionar un acercamiento a la realidad a través de esquemas conceptuales o mapas mentales que conduzcan a la elaboración de hipótesis plausibles contrastables empíricamente, amén de proyectar una capacidad predictiva, ya que una ciencia que pretende edificarse como tal debe actuar sobre tres dimensiones: pasado, presente y futuro. Este escenario de comienzos del siglo xx, dotado de cierta cientificidad, no encuentra correlación alguna con el período que va desde la Antigüedad hasta la Primera Guerra Mundial. Al respecto, y reforzando nuestra visión del surgimiento de la disciplina, Dougherty y Pfaltzgraff en su libro Teorías en Pugna en las Relaciones Internacionales (1993), citando a Martín Wight y sustentándose en sus conclusiones, sostienen que, durante el período previo a la Primera Guerra Mundial,

la teoría internacional o lo que hay de ella está dispersa, es no sistemática y en su mayoría resulta inaccesible para el lego. La única teoría que inspiraba el pensamiento de la época era la del equilibrio de poder. Por cierto era una recolección de lo que parecían ser axiomas de sentido común más que una teoría rigurosa (Dougherty y Pfaltzgraff, 1993, p. 129).

Es decir que la dispersión y la falta de sistematicidad atentaron contra la construcción de una teoría que funcionara como una hoja de ruta para el nacimiento de la disciplina de las relaciones internacionales. En este sentido, “el esfuerzo hacia la construcción de una teoría abarcadora empezó con el gran debate entre realistas e idealistas” (Dougherty y Pfaltzgraff, 1993, p. 19).

Llegados hasta aquí, debemos preguntarnos por el significado del término “teoría”. Nos vamos a encontrar con un término polisémico que posee una amplia variedad de connotaciones. Sin embargo, más allá de las diferentes perspectivas planteadas por los teóricos de las relaciones internacionales, siguiendo a Kauppi y Viotti,

they all agree on one thing—theory is necessary and unavoidable when it comes to explaining and attempting to foresee the future of international relations. As noted, theory is unavoidable in that all scholars approach their subject matter from what have been variously termed different perspectives, paradigms, metatheoretical constructs, or images. Theory is also necessary in that it tells us what to focus on and what to ignore in making sense of the world around us. Without theory, we would be overwhelmed and immobilized by an avalanche of mere facts. The sense we make of what we observe is informed by the perspectives and theories that we hold (Kauppi y Viotti, 2020, p. 3).

Se observa con claridad, para Kauppi y Viotti, el valor trascendental que tiene la teoría para “ordenar el mundo” que buscamos conocer. Dicho en otras palabras, sobre qué centrarnos para analizar las relaciones internacionales y dar “sentido” a aquello que nos rodea. Por lo tanto, la teoría nos brinda el acercamiento ordenado mediante esquemas conceptuales a los fenómenos que buscamos conocer “to facilitate explanation and prediction concerning regularities and recurrences or repetitions of observed phenomena” (Kauppi y Viotti, 2020, p. 3).

Stanley Hoffmann, en Jano y Minerva. Ensayos sobre la Guerra y la Paz (1987), hace mención a la relación entre ciencia y teoría. El destacado autor plantea:

una ciencia sin una teoría aún puede ser una ciencia con un paradigma, y hasta hace muy poco tiempo el paradigma ha sido el del conflicto permanente entre estados actores- el paradigma realista. Sin embargo, en ausencia de una teoría, una segunda pregunta ha sido difícil de contestar: ¿Qué es lo que debe ser explicado? (Hoffmann, 1991, p. 28).

Claramente, para el autor, la teoría tiene el rol central de otorgar la explicación a los fenómenos, y en ese punto coincide con Kauppi y Viotti, aunque estos últimos sostienen que la predicción concerniente a las regularidades y las repeticiones de fenómenos observados es central en lo teórico. La explicación de las regularidades no es un hecho nuevo. La indagación acerca de los rasgos recurrentes está vinculada a una concepción estática que busca en la reiteración de los actos o las acciones cierta regularidad que se transforme en predicción. En este sentido, por ejemplo, dentro de la corriente del realismo político, Maquiavelo sostenía que

no importaba la época que pertenecieran los hombres, todos ellos tenían los mismos comportamientos, búsqueda de poder, deseos de conquista y egoísmo, por lo cual era accesible establecer una capacidad predictiva sobre estas conductas, ya que los finales eran los esperados (Salimena, 2020, p. 122).

Es así como la búsqueda de constantes es esencial para considerar que hay cierto determinismo que actúa como condicionante en el marco del realismo.

La historia, de esta manera, se repite. En contraste a esta perspectiva, tenemos aquellos que sostienen que la complejidad de la realidad nos obliga a un análisis focalizado sobre un conjunto de variables numerosas, lo cual, sin lugar a dudas, inserta mayor incertidumbre al proceso, y esto se traduce en menor control y determinismo y, por ende, predicción. Este es el modelo de la interdependencia compleja y el pensamiento de Raymond Aron, que veremos más adelante.

En síntesis, queda claro que la teoría comenzó a tener un rol destacado para las relaciones internacionales luego de la Primera Guerra Mundial, con el debate entre realistas e idealistas que impulsó la construcción epistemológica de las relaciones internacionales con una clara visión occidental, norteamericana y etnocéntrica[1]. De hecho, su desarrollo está vinculado a la multiplicidad de debates entre paradigmas con visiones distintas, que nacen de las transformaciones en el ecosistema internacional dadas por diferentes crisis. Al mutar la realidad, hay una correlación con nuevas construcciones teóricas que buscan ser visiones diferenciadoras que ayuden a leer mejor esa realidad distinta. La teoría para la ciencia de las relaciones internacionales debe ser la encargada de plantear problemáticas nuevas e hipótesis (respuestas a esos problemas), brindar relaciones causales entre variables, otorgar sentido a la realidad y sistematicidad en cuanto a proporcionar orden a los fenómenos que se busca estudiar, a la vez que aportar explicación, comprensión y predicción.

A continuación, pretendo presentar las teorías más importantes del mainstream norteamericano (salvo el institucionalismo neoliberal)[2], y, dentro de las teorías críticas (las que no pertenecen a la corriente principal del mainstream), me centraré en el constructivismo[3]. Cada una de ellas parte de una elaboración distinta sobre cómo debe construirse la teoría. Pese a ello, las diferentes visiones intentan exponer un esquema conceptual que le permita ordenar y dar sentido a los fenómenos de las RR. II. Bajo un lente distinto sustentado sobre la visión que cada una de ellas tiene de la realidad.

La teoría de las relaciones internacionales y la seguridad internacional en el siglo xx

Transformaciones en la política internacional y su repercusión en la construcción teórica y epistemológica en el período entre guerras (1919-1939): idealismo versus realismo

El período de entreguerras (1919-1939) constituyó una etapa de transformaciones sustanciales en las relaciones internacionales del siglo xx, que tendrían su reflejo en nuevas construcciones teóricas y epistemológicas. El debate que se desarrolló en este momento histórico enfrentó a la corriente idealista de las relaciones internacionales con el realismo.

La finalización de la Gran Guerra[4], como se solía denominar por aquel entonces a la Primera Guerra Mundial, encontró el momento propicio para la instauración y proliferación de la corriente idealista que tuvo entre sus figuras más destacadas al presidente Woodrow Wilson. El primer mandatario norteamericano pregonaba no recurrir a la guerra como medio de resolución de controversias y la necesidad de crear un organismo internacional de carácter multilateral que ayudara a la construcción de la paz mundial. Es así como se daba curso a la creación de Sociedad de Naciones (S.N) y al establecimiento de un sistema de seguridad colectiva, el cual suponía que, frente a una posible agresión por parte de un Estado, el resto de las unidades que componían esa alianza militar saldrían en su defensa.

Los años treinta manifestaban con claridad la confrontación entre los idealistas y realistas. El marco político tuvo su correlación en el ámbito académico, “que hizo que fuera conducente a los utopistas preocuparse por los medios de impedir otra guerra. En consecuencia, esta tarea impulsó el estudio de las relaciones internacionales” (Dougherty & Pfaltzgraff, 1993, p. 14). Es evidente que, para los autores, el peso asimétrico recayó más sobre el idealismo que en el realismo. De esta manera, el utopismo se planteó en un estadio inicial el desarrollo de la teoría de las relaciones internacionales (Dougherty & Pfaltzgraff, 1993, p. 15). En palabras del historiador inglés Edward Carr “el elemento del deseo o propósito es abrumadoramente fuerte y la tendencia a analizar los hechos y medios, débil o inexistente” (Carr, 1962, p. 5), es decir que el comienzo de la disciplina de las relaciones internacionales asociada a la corriente idealista era entusiasta y llena de buenas intenciones, pero no había un análisis profundo del ser. A continuación, expondremos las principales ideas de la corriente idealista:

De todas estas ideas, “no es de extrañar que el debate entre idealismo y realismo se centrara entonces en el sistema de seguridad colectiva” (Tomassini: 1988, p. 12). El avizoramiento de la lucha por el poder, el reclamo territorial de potencias revisionistas (entre ellas Alemania) y un nacionalismo que se reforzaba sobre un discurso amenazante y belicista pretendiendo ser universalizable condujo al fracaso de la Sociedad de Naciones, testigo privilegiado del vacío de poder y la desilusión de las ideas utópicas del desarme y la seguridad colectiva.

El sistema internacional se parecía cada vez más a una descripción hobbesiana que se sustentaba sobre una posibilidad de una guerra europea generalizada. El rearme alemán ya no dejaba espacio para la ingenuidad del idealismo, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial reflejó, sin lugar a dudas, un baño de realidad y un renacer de esta corriente de pensamiento, que se consolidaría con la finalización de la contienda y el comienzo de la Guerra Fría, de manera que configuró un contexto propicio para la edificación de una nueva construcción teórica y epistemológica: el realismo político de posguerra.

De esta manera, los pensadores del realismo político de la época, como Edward Carr y Hans Morgenthau, sentarían las necesidades de superar el idealismo desde una perspectiva que debía adaptarse a un nuevo contexto internacional signado por la Guerra Fría, pero que trajo consigo ideas de pensadores clásicos de la corriente realista. Pese al valor que tienen George Kennan y Hans Morgenthau como los grandes precursores en la creación de la teoría realista contemporánea de posguerra, no debemos olvidar el lugar que ocupó el historiador inglés Edward Carr como aquel que demostró que “el fracaso predictivo del internacionalismo liberal y la falta de efectividad de la diplomacia occidental entre las dos guerras mundiales, se debía a la incapacidad de académicos y estadistas para otorgar centralidad explicativa al poder en la política internacional” (Peñin, 2017, p. 66). Carr representó una primera aproximación férrea a la idea de superar el idealismo, ya que este planteaba una teoría normativa, es decir, una teoría del deber ser, lo cual era erróneo a sus ojos si no teníamos un diagnóstico previo. Pese al valor de la obra de Carr, no fue en Inglaterra sino en Estados Unidos donde la disciplina daría un vuelco crucial de la mano de su padre fundador de origen alemán.

Luego de la Primera Guerra Mundial, surgió la disciplina de las relaciones internacionales asociada al debate entre idealismo y realismo. Los primeros pasos en su desarrollo estuvieron vinculados a un idealismo liberal que se propuso promover un desarrollo teórico. Sin embargo, el optimismo reinante chocó con la falta de análisis de los acontecimientos.

El debate en materia de seguridad internacional se centra entre el idealismo, que pregonaba por un sistema de seguridad colectivo, y el realismo, que promovía un equilibrio de poder.

Idealismo (deber ser) versus realismo (ser).

Comienzo de la Guerra Fría y el realismo político

Un tiempo antes que finalizara la Segunda Guerra Mundial, los aliados (EE. UU., Francia, Rusia y Gran Bretaña) empezaron a reunirse con cierta periodicidad para establecer un nuevo orden internacional de posguerra. “Se estaba viendo claramente que, después de la guerra, el equilibrio mundial de poder sería totalmente diferente del que había precedido” (Kennedy, 1994, p. 443). Quedaba por resolverse la “cuestión de Alemania”, esto era que se decidiría qué hacer con la potencia revisionista una vez que concluyera la confrontación con ella, a la cual se responsabilizaba por ambas guerras.

En este sentido, en la primera conferencia de Yalta (1945), se resolvió desmembrar el territorio alemán en cuatro zonas de ocupación. Meses más tarde, y ya finalizada la contienda, en la conferencia de Potsdam (1945), el tono de los reclamos entre las potencias vencedoras marcó un ritmo diferente al de Yalta. Comenzaron las fricciones de intereses sobre las zonas de ocupación de Alemania con relación a si debían instaurarse democracias liberales o modelos soviéticos de Estados. Eran los primeros indicios de disensos. Allí sucedió un acontecimiento inesperado que marcaría un antes y un después. “Truman se llevó aparte a Stalin para informarle de la existencia de la bomba atómica. Stalin desde luego, ya sabía de ella por sus espías; en realidad lo había sabido desde antes que Truman” (Kissinger, 1995, p. 422); lo cierto es que fue más que un mero acontecimiento anecdótico, “el resultado práctico de Potsdam fue el principio del proceso que dividió a Europa en dos esferas de influencias” (Kissinger, 1995, p. 422).

La mayoría de los países que habían librado la guerra se encontraban con territorios devastados, infraestructuras colapsadas y un aparato productivo destruido, menos Estados Unidos, que salía del conflicto en su condición de acreedor y con una economía en crecimiento. “Este poder económico se reflejaba en la fuerza militar” (Kennedy, 1994, p. 444), que mostró una nueva posición estratégica y económica producto de un cambio en la distribución de poder y de un conflicto que no peleó en su territorio. Desde lo económico, “bajo el liderazgo intelectual de Keynes, los países se reunieron en 1944 en Bretton Woods (New Hampshire) y forjaron un acuerdo que condujo a la formación de las principales instituciones económicas” (Samuelson y Nordhaus, 1999, p. 700). Se crearon nuevos organismos económicos internacionales que tenían como finalidad la instauración de un nuevo orden de posguerra, nos referimos al Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) y el Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio (GATT). Más tarde, el Plan Marshall (1947) significó un rescate económico de Europa. Rescate que no era puramente económico, sino anímico y político. Europa se encontraba frente a un estado de anomia generalizado, que favorecía la expansión de la izquierda y la instauración de gobiernos comunistas.

Por su parte, la otra potencia vencedora, la Unión Soviética, había extendido su poder sobre Europa oriental mediante la instauración de gobiernos comunistas cercanos a Moscú. Era claro que tenía en mente una proyección de poder hasta Europa central, a la vez que manifestaba su intención de controlar una zona geográfica por donde había sido invadida dos veces, la última con Hitler. La creación de Naciones Unidas en 1945, que tenía como finalidad establecer “la paz y la seguridad internacional”, se vio eclipsada por la tensión creciente entre EE. UU. Y la URSS que desembocaría en la coyuntura de la Guerra Fría. La connotación del término nos conduce primero a hacer referencia a un conflicto o una rivalidad (ruso-norteamericana) que tiene como principales áreas la militar, la política, la económica y cuestiones sociales e ideológico-culturales, y que, dada su dimensión o escalada militar, no se podía llevar a cabo con equipamiento nuclear (caliente), sino frío (armamento convencional que produce daños limitados), evitando el enfrentamiento directo, pero chocando a través de terceros Estados en conflictos regionales. La rivalidad condujo a la confección de alianzas militares para contrarrestarse mutuamente.

De esta manera, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), con Estados Unidos a la cabeza, confeccionó una alianza militar defensiva en 1949 respetando la Carta de Naciones Unidas, para hacer frente a una posible agresión por parte de otra nación. En contrapartida, la Unión Soviética planteó un esquema similar defensivo sobre la base de acuerdos con países del este de Europa en 1955 conocido con el nombre de “Pacto de Varsovia”. En síntesis, “el Plan Marshall estuvo destinado a poner de pie económicamente a Europa. La OTAN velaría por su seguridad” (Kissinger, 1995, p. 444). En este contexto de confrontación política, económica, ideológica y cultural, de lucha por el poder y de ascenso de Estados Unidos a superpotencia, Hans Morgenthau desarrolla su obra.

Hans Morgenthau y el realismo político

Morgenthau, finalizada la Segunda Guerra Mundial, vio la necesidad de crear una teoría empírica motivada por la falta de experiencia de Estados Unidos en materia de política exterior como consecuencia de su aislacionismo. Era consciente de que su teoría podía servir como una hoja de ruta o un manual para los tomadores de decisiones, ya que el nuevo contexto internacional de posguerra de la Segunda Guerra había convertido a los Estados Unidos en una superpotencia hegemónica y, como consecuencia, se debía formar un personal especializado en la materia.

La finalidad de este libro consiste en presentar una teoría de la política internacional. El modo de validarse una tal teoría debe ser empírico y pragmático (Morgenthau, 1986, p. 12).

Como veníamos planteando al comienzo del apartado ii, la confrontación entre el idealismo y el realismo se constituyó en una pieza clave del pensamiento en las relaciones internacionales en general y de Morgenthau en particular, al crear una teoría empírica que tratase de explicar lo que es y no lo que debe ser. Así lo sostiene en el capítulo i de su obra más importante, Política entre naciones:

La historia del pensamiento político moderno es la historia de la confrontación entre dos escuelas de pensamiento que en lo substancial difieren en sus concepciones sobre la naturaleza del hombre, la sociedad y de la política. Uno piensa que se puede realizar aquí y ahora un orden político, moral y racional, derivado de principios abstractos y universalmente aceptados. Supone la bondad esencial y la infinita maleabilidad de la naturaleza humana.
La otra escuela afirma que el mundo, imperfecto desde un punto de vista racional, es el resultado de fuerzas inherentes a la naturaleza humana. Para mejorar el mundo, se debe trabajar con estas fuerzas y no contra ellas. Al ser el nuestro un mundo de intereses opuestos y conflictivos, los principios morales nunca pueden realizarse plenamente (Morgenthau, 1986, p. 11).

Es claro que el pensador alemán partía de una concepción antropológica pesimista de la naturaleza del hombre, como hacían los clásicos del realismo, suponiendo que la naturaleza del hombre es egoísta en un mundo signado por la anarquía. De esta manera, el sistema internacional se encuentra en un estado de naturaleza hobbesiano, donde la seguridad es la principal preocupación y cada Estado depende de sí mismo para garantizar su seguridad. Así, el principal objetivo es la supervivencia (principio de autoayuda) del Estado, y, para garantizarla, necesitan incrementar su poder, lo cual conducirá al resto de los Estados a actuar de la misma manera, maximizando sus recursos; esto implica definir la política internacional como una lucha por el poder y a esta como una ley objetiva:

Como toda política, la política internacional implica una lucha por el poder. No importa cuáles sean los fines últimos de la política internacional: el poder será el objetivo inmediato (Morgenthau, 1986, p. 41).

Para Morgenthau el actor principal es el Estado que se asemeja a la concepción hobbesiana (contractualista) –hegeliana (anticontractualista). Esto implica, por un lado, la aceptación del estado de naturaleza hobbesiano y del pacto por el cual se genera el Estado, pero, por otro, hay una idea de que el Estado no surge a partir de un pacto, ya que es soberano y autónomo, es decir que es un ente racional. Morgenthau planteaba otorgar a la política internacional una identidad propia, y lo hizo a través de uno de los principios del realismo político, el concepto de “interés” definido en términos de poder, es decir, podríamos sostener que el poder es el interés del Estado.

El elemento principal que le permite al realismo político encontrar su rumbo en el panorama de la política internacional es el concepto de interés definido en términos de poder. Este concepto proporciona el enlace entre la razón y los hechos que reclaman comprensión. Fija a la política como una esfera autónoma de acción y comprensión distinta de otras esferas tales como la economía, la ética, la estética o la religiosa. Sin tal concepto no podríamos distinguir los hechos políticos y lo que no lo son (Morgenthau, 1986, p. 13).

Queda claro que el concepto de “interés” definido como poder es el que le permitió a Morgenthau darle una identidad a la política, pero también realizar predicciones sobre la conducta de los Estados, ya que, al intentar establecer una ciencia de política internacional realista sobre lo que es, una disciplina tiene que actuar en tres niveles: pasado, presente y futuro.

El realismo supone que su concepto clave de interés definido en términos de poder es una categoría objetiva de validez universal (Morgenthau, 1986, p. 19).

Finalmente, se nos presentan dos elementos de importancia para el pensador alemán. Comenzaremos por la concepción del poder. En su capítulo iii, define primero qué es el poder para luego precisar qué es el poder político, enunciando una serie de diferencias entre poder e influencia, poder y fuerza, poder aprovechable y poder no aprovechable y finalmente entre poder legítimo y poder ilegítimo. En principio, el poder es entendido como relaciones de control y psicológicas:

Cuando hablamos de poder nos referimos al control del hombre sobre las mentes y las acciones de otros hombres. Por poder político, significamos mutuas relaciones de control entre los depositarios de la autoridad pública y entre estos últimos y la gente en general. El poder político es una relación psicológica entre quienes ejercen y aquellos sobre los que se ejerce (Morgenthau, 1986, p. 43).

La relevancia que le otorgaba Morgenthau al factor psicológico del poder se ve con claridad cuando discrimina entre poder y fuerza, retomando la concepción de Clausewitz de que la fuerza (violencia física) es un instrumento o un recurso del poder.

Cuando la violencia se convierte en realidad el poder político abdica a favor del poder militar o seudomilitar. La fuerza armada es el más importante factor material que contribuye a conformar poder político de una nación. Si el mismo pasa a ser realidad en una guerra se produce el reemplazo del poder político por el poder militar (Morgenthau, 1986, p. 43).

De aquí se desprende que, cuando la guerra tiene lugar, el elemento psicológico es sustituido por la violencia física. En síntesis, el poder es la capacidad de imponer y supone cualquier elemento que me permita controlar. El poder para el realismo es la suma de las capacidades totales y es intercambiable, es decir que él en su conjunto es aplicable a una multiplicidad de situaciones. La distinción entre poder aprovechable y no aprovechable se sustenta entre aquellos que poseen recursos nucleares y los que no. Esta asimetría, como sostiene Morgenthau, está dirigida a otro actor que no puede responder en los mismos términos; por tal razón suele ser efectiva este tipo de disuasión en el caso de que ambos actúen racionalmente. En este sentido, “el incremento del poder militar no necesariamente lleva a un incremento del poder político” (Morgenthau, 1986, p. 43). Un ejemplo claro podría constituirlo Corea del Norte, que goza de poder nuclear, pero no puede plasmar estos recursos en poder político concreto.

Por último, la diferenciación entre poder legítimo y poder ilegítimo se da dependiendo de si el poder se encuentra “moral o legalmente justificado”, es decir, si lo lleva a cabo una organización como Naciones Unidas, que puede “invocar una justificación moral o legal para su ejercicio” (Morgenthau, 1986, p. 44); la efectividad está dada por el éxito emprendido por una organización que puede conseguir su propósito mediante el consenso. Por más que el fin sea justo, el medio debe serlo también.

En el mismo capítulo iii, aborda la cuestión de la depreciación del poder político, donde retoma la crítica al idealismo neoliberal haciendo referencia a que fue este el que, en el siglo xix, operó en contra de la política de poder y de la configuración de un equilibrio de poderes. En este marco, se puede arribar a una paz mediante la instauración de un sistema económico liberal. Estas ideas se alimentaron en Estados Unidos y tendieron a una política errónea que se tradujo en la falta de entendimiento de que la esencia de la política internacional es la política de poder. Ahora bien, si esta es una ley objetiva que se cumple, la manera para el autor de moderar esas “aspiraciones” es el equilibrio de poder. El concepto tiende a ser polisémico, y Morgenthau lo aborda en el capítulo xi mediante la siguiente frase:

Las aspiraciones de poder de varias naciones, cada una de ellas tratando de mantener o quebrar el statu quo, llevan necesariamente a una configuración de poder que se denomina el equilibro de poder y a las políticas que procuran preservarlo (Morgenthau, 1986, p. 210).

Pasamos a continuación a analizar en profundidad esta frase. Como comentamos anteriormente, la lucha por el poder entre las naciones (ley objetiva) llevaría a la búsqueda de un equilibrio de poder. La palabra “necesariamente” nos remite a la posibilidad de que el equilibrio de poder sea ajeno a la voluntad de los Estados, es decir que sea algo contingente, que no se encuentre determinado, podría ser un resultado no deseado. Sin embargo, la última expresión de su oración, “políticas que procuran preservarlo”, resaltaría el aspecto intencional, y el equilibrio de poder sería un resultado buscado. Lo cierto es que la existencia de la búsqueda de un equilibrio de poder puede ser un elemento de estabilidad, que puede ser evaluado para el mantenimiento de una paz duradera. En este contexto, el equilibrio de poder presenta tres características:

  1. Incertidumbre. Esta característica se refiere a la posibilidad o no de saber los recursos de poder del otro actor, ya que, para plantear un equilibrio de poder, es necesario que el poder pueda calcularse. Es difícil calcular el poder de un Estado.
  2. Irrealidad. Como es difícil el cálculo del poder, lo máximo a lo que puedo aspirar es a incrementar mis recursos y, de esta manera, intentar mantener un mínimo de seguridad y un mínimo de error. El equilibrio de poder no sería un mantenimiento total del statu quo.
  3. Insuficiencia. Por la incertidumbre y la irrealidad, tenemos como resultado una insuficiencia, ya que el equilibrio de poder no garantiza la paz.

Para Morgenthau, es necesario para que el equilibrio de poder funcione principios morales compartidos en cuanto al valor de la paz y del sistema. Para el autor esto es interesante desde el punto de vista de que en el siglo xix se desarrollaba un nacionalismo que coincidía con el Estado. Estos movimientos que buscaban la coincidencia hacían que se cuestionase el antiguo territorio, la cultura y los valores de cada nación. Formaba parte de este movimiento desconocer los valores universales, lo que rompía con el consenso moral, ya que las particularidades pretendían ser universales. De esto se derivó que la destrucción de la moral universal trajera como consecuencia la destrucción de la sociedad internacional. Es decir, la moral era previa a la sociedad. Así, lo que planteaba Morgenthau era la fórmula de Carr pero invertida. En síntesis, para el pensador alemán, luego de la Segunda Guerra Mundial no había sociedad internacional porque no había moral internacional.

Morgenthau plantea una teoría realista y una ciencia de la política internacional, que sea como una hoja de ruta para la toma de decisiones debido a la falta de experiencia en política exterior.

Le da una autonomía a la política a través del concepto de interés definido en términos de poder. Este le permite predecir la conducta de los Estados.

En la lucha por el poder, que resulta ser la esencia de la política, el sistema internacional está en un estado de naturaleza hobbesiano, lo más importante es la seguridad del Estado.
El realismo plantea el equilibrio de poder, y para que funcione tienen que existir principios morales compartidos en cuanto al valor de la paz y del sistema internacional.

Raymond Aron y el realismo político

Mucho se ha discutido acerca de si Raymond Aron pertenece a la corriente del realismo político o si las diferencias que plantea en su obra nos hacen pensar que no lo es. Lo cierto es que Aron partía de asumir la consideración del sistema internacional en términos de anarquía y, por lo tanto, en este punto coincidía con los pensadores del realismo. La anarquía es un determinante del sistema internacional, el principio ordenador para Waltz que se encuentra preestablecido y no puede modificarse. Para él las relaciones internacionales son relaciones entre naciones (unidades políticas):

Tenemos que determinar el centro de interés, el significado propio del fenómeno o de las conductas que constituyen el eje del campo específico. Ahora bien, el centro de las relaciones internacionales viene constituido por las relaciones que hemos llamado interestatales, aquellas que ponen en relación las unidades como tales (Aron, 1966, p. 24).

Si bien es cierto que el núcleo central para el autor lo determinaban las relaciones entre Estados, no solo consideraba este estudio, sino también el comportamiento diplomático-estratégico de los Estados, ya que el comportamiento de las unidades se expresa mediante el comportamiento de los individuos que son los portadores de las dos dimensiones: 1) diplomacia y 2) estrategia. El punto para Arón implicaba estudiar los Estados y, dentro de ellos, analizar la diplomacia y la estrategia.

Las relaciones internacionales se expresan en y por medio de conductas específicas, las de aquellos personajes que yo llamaría simbólicos: el diplomático y el soldado. Dos hombres y tan sólo dos, actúan plenamente no ya como miembros, cualquiera, sino en el papel de representantes de las colectividades a que pertenecen. El embajador y el soldado viven y simbolizan las relaciones internacionales que, en tanto que interestatales, nos llevan a la diplomacia y a la guerra. Las relaciones internacionales presentan una característica original que las distingue de cualquiera otras relaciones sociales: se desarrollan a la sombra de la guerra o para emplear una expresión más rigurosa, las relaciones entre Estados llevan consigo, por esencia, la alternativa de la guerra o de la paz (Aron, 1966, p. 24).

En los términos descritos por Aron, la guerra aparece como un fenómeno normal y legítimo de las relaciones internacionales. Volvió sobre una lectura de Clausewitz desde una doble mirada. Por un lado, partía de los conceptos de guerra real y guerra absoluta del autor, para suponer que estas dos dimensiones se fundían en el concepto de la política y que estarían subordinadas a esta, como instrumentos de ella, y, por otro lado, adoptaba el concepto del prusiano en cuanto a que el poder es un medio y no un fin en sí mismo para alcanzar ciertos objetivos. Aquí se diferenciaba de Morgenthau, que planteaba lo contrario. También debe decirse que para ambos la seguridad continuaba siendo el objetivo primordial de las unidades políticas, aunque, “en la conceptualización de Aron, las relaciones entre las naciones a menudo están marcadas por el conflicto, si bien la esencia de la política no descansa en su opinión, exclusivamente en la lucha por el poder” (Dougherty y Pfaltzgraff, 1993, p. 127).

Sin embargo, no era solo la diferenciación con relación al poder y el conflicto aquello que lo distanciaba de Morgenthau, sino también la imposibilidad de elaborar un conocimiento hipotético deductivo. Para Morgenthau, era posible la creación de una “ciencia de la política internacional” sustentándose en la historia. Para Aron la historia es indeterminada, ya que podemos suponer que la historia puede explicar el método nomológico deductivo, que era el único aplicable a las ciencias sociales y naturales. En los fenómenos sociales, el individuo produce el conocimiento y este tiende a modificar al sujeto, pero muchas veces el sujeto y el objeto se confunden, debería haber un método particular, ya que los individuos actúan y tienen intenciones. La búsqueda de Aron de un método particular lo condujo a tratar de entender las intenciones y suponer que el individuo es racional (se propone fines y cuenta con medios para lograrlo). Aron realizó el abordaje del modelo de las intenciones presuponiendo una racionalidad en los actores, pero esto presentó un obstáculo para el autor, ya que el comportamiento no se explica a través de una racionalidad de acción, sino mediante predisposiciones particulares, porque no hay una única acción racional, sino una multiplicidad racional, no es unívoca.

En síntesis, el modelo nomológico y racional es insuficiente, tendríamos que adoptar, para Aron, proposiciones disposicionales que nos ayudasen a entender por qué un individuo actuó en la forma en que lo hizo. Por lo tanto, a lo máximo que podemos aspirar es a hacer inteligible un fenómeno en la medida que tomemos en consideración la razonabilidad (fines que deben ser coherentes con los valores) más que la racionalidad. Es decir que no es posible una ciencia de las relaciones internacionales que tome como base un modelo estricto de leyes o de racionalidad; lo máximo que podemos lograr es inteligibilidad.

Aron, pese a distanciarse en ciertos puntos clásicos del realismo, puede ser considerado dentro de esta corriente de pensamiento, ya que asume la anarquía del sistema internacional y que el centro de las relaciones internacionales son las relaciones interestatales. La guerra es un fenómeno normal y legítimo de las relaciones internacionales. El sistema es conflictivo, pero la esencia no es la lucha por el poder.

Los cambios en el sistema internacional del 60-70 y sus efectos en las teorías de las relaciones internacionales

Anomalías y cambios paradigmáticos

La década del 60-70 fue una época de transformaciones en la política internacional. Estos cambios trajeron consigo nuevas interpretaciones y cosmovisiones sobre las relaciones internacionales, que se convirtieron en nuevos paradigmas o teorías. La nueva realidad que surgió a partir de este período es producto de una serie de acontecimientos de diversa índole que pueden leerse como anomalías, esto es, errores que el paradigma realista no puede explicar. ¿Cuáles fueron los acontecimientos que pusieron en entredicho la capacidad explicativa del realismo?

  1. Guerra de Vietnam. “El desproporcionado compromiso de Vietnam contribuyó a erosionar también las capacidades militares generales de Estados Unidos” (Gaddis, 1989, p. 293), lo que dejó dos lecciones claras en materia de seguridad. Por un lado, “la irrelevancia de la clase de poder que Estados Unidos podría hacer sentir en esas oportunidades: la tecnología, en este aspecto podría haber sido un obstáculo” (Gaddis, 1989, p. 292) y, por otro, “que la guerra también confirmó la teoría de Mao Tse-tung de que fuerzas primitivas podían triunfar sobre adversarios más sofisticados” (Gaddis, 1989, p. 292). En síntesis, el instrumento militar comenzaba a perder espacio de utilización en la política internacional.
  2. Crisis de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). La tensión se originó a partir del aumento del precio del petróleo como resultado de la decisión de los países miembros de la organización de no exportar más a los países que habían tomado parte en la guerra de Yom Kipur. Estos cambios afectaron a los Estados Unidos y, como bien sostiene Keohane, “cuando las crisis previas habían amenazado al mundo, Estados Unidos pudo compensarlas a través de una producción interna mayor. En 1973, la capacidad de reserva norteamericana había declinado” (Keohane, 1993, pp. 132-133).
  3. Distensión y acercamiento entre el eje este-oeste. Este período de entendimiento comenzó en la década del 60 y se prolongaría hasta mediados de los 70, en donde “la relación triangular entre Estados Unidos, la Unión Soviética y China, abrió las puertas a una serie de avances importantes: el fin de la guerra de Vietnam, un acuerdo que garantizaba el acceso a Berlín, una reducción de la influencia soviética sobre Medio Oriente, el principio del proceso de paz árabe-israelí y la Conferencia sobre Seguridad Europea. Cada uno de estos acontecimientos contribuyó a los demás” (Kissinger, 1995, p. 727).

El realismo al principio manifestó una resistencia al cambio, intentando buscar explicaciones poco creíbles sobre los acontecimientos que transcurrían. Las anomalías (errores) sentaron las bases para las construcciones de nuevas teorías o paradigmas. Así lo sostiene desde la epistemología Thomas Kuhn, en su obra Estructura de las revoluciones científicas.

La percepción de la anomalía, o sea un fenómeno para que el investigador no está preparado por su paradigma, desempeñó un papel esencial en la preparación del camino para la percepción de la realidad (Kuhn, 2004, p. 100).

Con esto, siguiendo a Kuhn, queremos manifestar que el cambio en la percepción de la realidad se transformó en nuevas interpretaciones que se tradujeron en nuevos paradigmas. El primero de ellos se produjo al interior del realismo mediante un intento de modernización que se conocería como “neorrealismo” y que tomaría en cuenta los supuestos básicos (el centro duro) añadiendo la tradición del estructuralismo, siendo conocido también con el nombre de “realismo estructuralista” por su énfasis en el estudio de la estructura. Pero la crisis introduciría un nuevo paradigma, que conoceremos con el nombre de “interdependencia compleja” o “globalismo”, el cual, a diferencia del anterior, sí propone nuevos constructos teóricos para el abordaje de la política internacional.

Robert Keohane y Joseph Nye. La interdependencia compleja

La interdependencia compleja parte de un diagnóstico de la política internacional diferente del realismo y del neorrealismo. Plantea cierto indeterminismo, incapacidad de determinar a priori los resultados de los procesos políticos internacionales. Esto se enmarca dentro de un mundo más complejo dado por una multiplicidad de variables, que no son fáciles de determinar y controlar, lo que trae como resultado la falta de predicción y una postura más cercana a la brindada por Aron.

Para Keohane y Nye, la política mundial es “interdependiente”, lo cual supone que los ejes temáticos centrales del realismo clásico y del neorrealismo, que hacen referencia a la lucha por el poder entre los Estados y a la primacía de la seguridad internacional como principal objetivo del Estado, ya no juegan un papel de primer orden en un mundo cada vez más interdependiente. Ahora bien, ¿qué significa “interdependencia” para estos autores?

En el lenguaje común, dependencia significa que un estado en que se es determinado o significativamente afectado por fuerzas externas. Interdependencia en su definición más simple significa dependencia mutua. En política mundial, interdependencia se refiere a situaciones caracterizadas por efectos recíprocos entre países o entre actores de diferentes países (Keohane y Nye, 1988, p. 22).

El diagnóstico de la política mundial, la definición de “interdependencia”, y su crítica al realismo plantean una visión distinta de las relaciones internacionales.

Pensamos que los supuestos de los realistas políticos, cuyas teorías predominaron en el período de posguerra a menudo representan una base inadecuada para el análisis de la política de la interdependencia. Los supuestos realistas pueden considerarse como tipo ideal. También se pueden imaginar condiciones muy diferentes. En este capítulo construiremos otro tipo ideal, el opuesto al realismo. Lo llamaremos interdependencia compleja (Keohane y Nye, 1988, p. 39).

Se menciona un nuevo tipo ideal porque se critican los supuestos básicos sobre los que se construye el realismo, es decir, en términos de Imre Lakatos, lo que sería el centro duro de una teoría. En el primero de ellos, el realismo postulaba como ley objetiva que la política internacional implicaba una lucha por el poder, lo que da como resultado un mundo esencialmente conflictivo. Para la interdependencia, la política mundial no es necesariamente conflictiva (aunque la confrontación es parte del sistema), hay posibilidades para la cooperación internacional dentro de la conflictividad.

Por lo tanto, y vinculado al punto anterior, al ser parte de un mundo donde el conflicto es real o potencial, la seguridad y supervivencia del Estado se convierten en los principales ejes de conducta en el escenario internacional según el realismo. Sin embargo, pese a ello, no hay que perder de vista que para la interdependencia sostiene mayores niveles de cooperación, es decir, el conflicto permanece y la anarquía no se cuestiona como principio ordenador del sistema, lo que nos deja claro que la supervivencia de la unidad continúa siendo el objetivo primordial, y la fuerza, un recurso útil.

La supervivencia es la primera meta de todos los Estados y en las peores situaciones, la fuerza es el elemento final que garantiza la supervivencia. Así la fuerza militar es un componente central del poder nacional (Keohane y Nye, 1988, p. 44).

Lo que pierde centralidad en la agenda es la “alta política” (relaciones diplomáticas-estratégicas): ocupaba un lugar prioritario con el realismo, pero sufre una caída en términos de relevancia al no encontrar un terreno consolidado en la agenda. Hay un ascenso progresivo con la interdependencia de la “baja política” (cuestiones económicas, culturales, medioambientales y energéticas, entre otras). Por último, para el realismo el actor más importante era el Estado, y fuera de él no había reconocimiento posible para otros protagonistas. “De allí que, para ellos, dicho Estado no es visualizado como la unidad básica y excluyente para el análisis de la política internacional ni como un ente racional y unitario” (Tokatlian y Pardo, 1990, p. 344). Este diagnóstico de la política internacional opuesto al realismo conduce a Keohane y Nye al planteo de las tres características de la interdependencia compleja que afectan el proceso político:

 

La interdependencia compleja le asigna un valor trascendental al proceso político (en oposición al realismo), entendido como un mecanismo capaz de transformar los recursos de poder en resultados. Las tres características que describimos con anterioridad, que eran producto de cambios en la política internacional, afectarían el proceso político internacional. Lo cierto es que los vínculos de los Estados se desarrollan en múltiples niveles, donde se pueden observar diversas áreas de competencias e instituciones, lo cual nos marca una fragmentación del proceso y la inclusión de otros actores, como burocracias, organismos no gubernamentales (ONG), grupos económicos y organizaciones internacionales (OI), como actores que intervienen y tienen intereses.

De esta manera, el proceso político no solo se llevaría a cabo hacia el interior del Estado (proceso político doméstico), sino en el ámbito internacional a través de las organizaciones internacionales, es decir que, de este modo, habría una instancia adicional donde se pueden articular esos recursos de poder de los Estados en el ámbito internacional.

Por último, resta plantear el concepto de “poder”. Para la interdependencia hay una identificación entre poder y control.

El poder puede entenderse como la habilidad de un actor para conseguir que otros hagan algo que de otro modo no harían (y a un costo aceptable para el actor que promueve la acción). El poder también puede concebirse en términos de control sobre los resultados (Keohane y Nye, 1988, p. 25).

De esta manera, se percibe que el realismo se sustenta más sobre el poder potencial y la interdependencia en el poder real. Este no es homogéneo en su concepción como sostenía el realismo, sino heterogéneo. Hay diversos recursos de poder y cada uno de ellos es eficiente en un área de tema.

La interdependencia compleja parte de un diagnóstico distinto de la política internacional del realismo. Las relaciones internacionales no son esencialmente conflictivas, y la fuerza no es un medio de utilidad para resolver cuestiones de tinte económico en un mundo interdependiente. Sin embargo, no cuestiona la anarquía como principio ordenador, y la fuerza es un recurso útil cuando está en juego la supervivencia de la unidad. Aparecen otros actores, además del Estado, como las organizaciones internacionales donde se pueden articular recursos de poder.

Kenneth Waltz y el neorrealismo

El neorrealismo de Waltz constituyó un intento de modernización del realismo clásico de Morgenthau, y para ello se nutrió de la corriente estructuralista de la década del 50 y 60 en Europa. Esta tradición le permitió al autor dar un salto epistemológico e intelectual para comprender un elemento que sería esencial en su teoría de la política internacional: la estructura. El comienzo de su primer capítulo expone la preocupación por definir con precisión qué son leyes y teorías:

Los estudiosos de la política internacional utilizan el término “teoría” libremente, a menudo para referirse a cualquier obra que se aleje de la mera descripción, y rara vez para eludir a los trabajos que satisfacen los standards de la filosofía de la ciencia. Mis propósitos requieren que se definan cuidadosamente los términos teorías y leyes (Waltz, 1988, p. 9).

Una primera aproximación a la diferenciación entre ambos términos es el cuestionamiento que hace Waltz de que las teorías son un conjunto de leyes interconectadas; “en vez de ser meros conjuntos de leyes, las teorías son enunciaciones que las explican” (Waltz, 1988, p. 15), es así como la distinción entre ambos términos no sería cuantitativa, sino cualitativa. Pero ¿qué es realmente una teoría para el autor? “Una teoría es un cuadro mental de un reino o un dominio de actividad limitado” (Waltz, 1988, p. 19), es decir que no es un conjunto de verdades, como tampoco una reproducción fidedigna de la realidad, y debe ser juzgada por su utilidad, o sea, por la capacidad para solucionar problemas y por su poder explicativo y predictivo.

La cuestión, como siempre en el caso de las teorías, no es si el aislamiento de un reino es realista, sino si es útil. Y la utilidad se juzga por los poderes explicativos y predictivos de la teoría que pueda ser elaborada (Waltz, 1988, p. 19).

Una vez establecida esta diferenciación, en los capítulos siguientes, vuelve a esbozar otra distinción entre teorías reduccionistas y teorías sistémicas. Define a las primeras como aquellas que intentan explicar el funcionamiento del todo a partir de las partes. Las sistémicas son aquellas que entienden el todo por el todo mismo. Ambas teorías son insuficientes para explicar por qué no dan cuenta de un aspecto de todo sistema, la estructura.

Un sistema está compuesto por una estructura y por unidades interactuantes. La estructura es el componente sistémico que hace posible pensar en el sistema como un todo. El problema no resuelto por los teóricos sistémicos, es hallar una definición de estructura que no incluya los atributos y las interacciones de las unidades (Waltz, 1988, p. 120).

Dejando de lado los atributos y las interacciones de las unidades, el autor propone tomar en cuenta el concepto “relación”, que puede ser utilizado para hacer mención a “la interacción de las unidades, como la posición que cada una de ellas ocupa con respecto a otras” (Waltz, 1988, p. 120), y esta posición es la que realmente nos proporciona una idea de sistema. En fin, para Waltz, la estructura se debe definir sobre la base de tres componentes:

  1. Principio ordenador. La diferencia entre el sistema doméstico y el internacional es que este último se caracteriza por la falta de orden, que entendemos bajo el término “anarquía”. En tal contexto, los Estados buscan garantizar la supervivencia y lo hacen a partir de un sistema de autoayuda. Es decir que el principio ordenador que es la anarquía conduce a los Estados a la búsqueda de su propia supervivencia a través de un sistema de autoayuda.
  2. Especificador de funciones. Se refiere a las funciones que cumplen los Estados, que, para Waltz, continúan siendo los principales actores de la política internacional. En el contexto internacional con un principio ordenador signado por la anarquía y la consiguiente amenaza a su supervivencia, todos los Estados deben llevar a cabo todas las funciones, porque, si alguna de ellas no se realizara, se vería amenazada su existencia. No hay especificador de funciones porque hay anarquía y todos los Estados llevan a cabo todas sus funciones.
  3. Distribución de capacidades. Este último componente hace referencia a cómo se distribuye el poder en el sistema por medio del análisis de capacidades de los Estados, y, “aunque las capacidades son atributos de las unidades, la distribución de las mismas entre sí ya no lo es, es un concepto sistémico” (Waltz, 1988, p. 146).

Como el principio ordenador y la especificación de funciones no cambian, la estructura se modifica cuando se producen cambios de sistema, y esto se produce cuando hay alteraciones en la distribución de las capacidades. Los cambios de estructura son cambios de sistema, y un cambio en el número de actores (Estados) no significa un cambio de sistema.

Para Waltz hay dos sistemas, el multipolar y el bipolar, que funcionan de manera diversa, ya que ambos poseen “diferentes cualidades”.

La respuesta radica en la conducta que se requiere de las partes en los sistemas de autoayuda, es decir, equilibrio. El equilibrio se logra de manera diferente en los sistemas multi y bipolar. Cuando dos poderes rivalizan, los desequilibrios solo pueden ser corregidos gracias a esfuerzos internos. Cuando hay más de dos, los cambios en la alineación suministran un medio de adaptación adicional lo que agrega flexibilidad al sistema. Ésta es la diferencia crucial entre el sistema multipolar y el bipolar (Waltz, 1988, p. 239).

En relación con estos dos sistemas, Waltz observa que, a lo largo de la historia moderna, solo se ha producido un cambio de sistema, que se dio con la finalización de la Segunda Guerra Mundial, cuando se pasó de un sistema multipolar a uno bipolar.

Las guerras que eliminan a una cantidad suficiente de grandes poderes rivales son transformadoras del sistema. En la historia moderna, sólo la Segunda Guerra Mundial ha ejercido ese efecto (Waltz, 1988, p. 291).

Hacia el final del libro, se ocupa del tema del poder. Para Morgenthau el poder suponía relaciones de control entre quien ejercía el poder y sobre quien se lo ejercía. Para Waltz, no necesariamente reporta control en las relaciones, aunque sí establece que es homogéneo e intercambiable, sobre todo el poder militar, que permite solucionar otras cuestiones de carácter económico.

Si no es seguro que el poder produzca control. ¿Qué es lo que hace por uno? Primero el poder suministra los medios de mantener la propia autonomía ante la fuerza de otros. Segundo, un mayor poder permite una amplitud de acción, aunque el resultado de esa acción siga siendo incierto. Tercero, los más poderosos disfrutan de mayores márgenes de seguridad al tratar con los menos poderosos y tienen más cosas que decir acerca de cuáles serán las partidas a desarrollarse y de qué manera. Cuarto, los grandes poderes dan a sus poseedores una gran influencia dentro de sus sistemas y capacidad de actuar por sí mismos (Waltz, 1988, pp. 283-284).

El neorrealismo de Waltz toma los preceptos básicos del realismo de Morgenthau, y le agrega el análisis de la estructura. Los cambios en la estructura son cambios de sistema cuando hay modificaciones en la distribución de las capacidades. La seguridad y la supervivencia continúan siendo los objetivos vitales del Estado.

La caída de la Unión Soviética, la hegemonía de Estados Unidos y las teorías críticas de las relaciones internacionales

La desintegración de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría trajeron tras de sí el triunfo del capitalismo y la instauración de los principios del neoliberalismo económico. Para muchos significaba el renacer de un idealismo en política internacional apoyado sobre un pensamiento que la interdependencia compleja supo esbozar allá por la década del 70. Al haber desaparecido la principal amenaza interestatal que había atemorizado a las democracias neoliberales, las relaciones internacionales demostraron una mayor tendencia hacia la cooperación y la integración, había una “percepción generalizada” de que el mundo ya no era esencialmente conflictivo como suponía el realismo de Morgenthau y Waltz. En palabras de Kissinger, “el fin de la Guerra Fría originó una tentación aún mayor de remodelar el medio internacional a la imagen norteamericana” (Kissinger, 1995, p. 802).

Estados Unidos se constituyó, por lo tanto, en la única superpotencia económica y militar, en el árbitro internacional y en el símbolo del triunfo del capitalismo sobre el comunismo. El Consenso de Washington fue parte de las recetas neoliberales que buscaban instaurar un nuevo orden económico internacional, impulsado por los organismos financieros internacionales que propiciaban, en aquellos ex países del bloque comunista (entre otros), una transición hacia una economía de mercado. Sobre este contexto, “con la demolición pacífica del muro de Berlín y el colapso del imperio soviético fueron muchos los que creyeron que había sonado el final de la política y nacía una época más allá del socialismo y el capitalismo” (Beck, 1998, p. 15). Aunque la política no desapareció, sí pareció ser un mero rezago de la globalización económica.

Complementariamente, detonaron una serie de conflictos entre los que podemos enumerar brevemente la guerra del Golfo (1991) y la posterior liberación de Kuwait mediante la operación Tormenta del Desierto, la desintegración de Yugoslavia y el estallido del conflicto en Bosnia (1991), la intervención rusa en Chechenia (1994), el atentado con gas sarín en el subterráneo de Tokio (1995) y la guerra de Kosovo (1999). Estas problemáticas nos muestran una alta conflictividad interestatal e intraestatal étnica y religiosa, complementada con la proliferación de actores como el terrorismo, el crimen organizado y el narcotráfico, que previamente se encontraban presentes en el interior de las unidades como actores subestatales[5]. La globalización, la transnacionalización y el armado de redes vinculares empujaron su participación al tablero mundial como actores de la seguridad internacional, encontrando algunos de ellos relaciones mutuamente beneficiosas. A estos “nuevos” protagonistas, aunque no tan desconocidos actores internacionales, los conoceremos con el nombre de “amenazas transnacionales”[6].

Como pudimos observar, en todo proceso donde se manifiestan transformaciones en la realidad, estas tienen un correlato en el plano teórico. A raíz de la crisis de principios del 90, las teorías del mainstream enfrentaron nuevamente una serie de anomalías que deterioraron su capacidad explicativa y proyectaron nuevas visiones sobre las relaciones internacionales y la seguridad. Las consecuencias se tradujeron en nuevas perspectivas teóricas denominadas “teorías críticas”, que no pertenecen a la corriente principal de las teorías de las relaciones internacionales (que incluyen al neorrealismo y al institucionalismo neoliberal) y que sostienen que es posible un cambio. Estas teorías del mainstream tienen en común su adscripción al utilitarismo mediante un discurso común en relación con las fuentes de explicación de los fenómenos sociales con respecto a la acción humana.

El utilitarismo hace referencia a cómo se construye un orden social explicado en términos individualistas del orden, es decir, donde la sociedad no es más que un mero agregado del individuo. Las estructuras sociales tienen un fundamento individual, no existe la sociedad como tal. Por lo tanto, para el utilitarismo, los individuos son seres racionales que encuentran la fundamentación de su accionar en la relación entre medios, fines, costos y beneficios. No problematiza los fines, los considera como dados. Esta matriz común entre el neorrealismo y el institucionalismo neoliberal dada por el utilitarismo supone un acuerdo básico sobre el orden social y la acción. Otra de las consecuencias de las anomalías fue la extensión del término “seguridad” y su alcance, así como el nacimiento de una perspectiva diferente a la tradicional desde la cual se miraba la seguridad, esto es, desde el ángulo exclusivo del Estado. En palabras de Kissinger, “el poder se ha vuelto más difuso y han disminuido las cuestiones a las que puede aplicarse el poder militar” (Kissinger, 1995, p. 802).

En los 90 aparecieron los estudios críticos de seguridad (ECS), que, como bien sostiene el Prof. Juan Battaleme, “enfoques críticos que implica señalar que no se los considera en términos de un programa unificado, sino de una serie de estudios” (Battaleme, 2013, p. 154), lo cual no se encuentra muy alejado de la apreciación que realiza Alexander Wendt cuando sostiene: “Critical ‘theory’, however, is not a single theory. It is a family of theories that includes postmodernist, constructivits, neo-marxist, feminist and others” (Wendt, 1995, p. 71). Los ECS se acercan al fenómeno de la seguridad desde la intersubjetividad, lo que supone que juegan un papel central la interacción, el vínculo con los demás, el discurso y el diálogo amén del contexto en el cual se la formula. De toda esta familia de teorías críticas, nos focalizamos en el constructivismo social.

Constructivismo social de Alexander Wendt

Este movimiento teórico comenzó a fines de la década del 80, pero coincidió con los inicios de la década del 90. Los antecedentes previos podemos situarlos sobre dos corrientes:

  1. Escuela inglesa de las relaciones internacionales. Entre sus exponentes, se encuentran Hedley Bull y Martín Wight. Planteaban una alternativa teórica al realismo norteamericano, sustentándose en la concepción de sociedad internacional (que inició Hugo Grocio en el siglo xvi), la cual nos habla de un conjunto de ideas y valores que cobran particular importancia a partir del comportamiento de los Estados. En el ámbito de la política internacional, la sociedad hace referencia a un conjunto de Estados que cooperan y comparten valores y normas, lo que les permite aproximarse al sistema internacional como una sociedad internacional.
  2. Teoría de la estructuración sociológica de Giddens. Esta intenta ser una instancia intermedia superadora en la cual la explicación de los fenómenos sociales no recaiga sobre lo estructural o lo individual. Esta explicación alternativa supone la construcción de una idea que integre lo estructural y lo individual.

De esta manera, es posible pensar que los individuos actúan y, a partir de estas acciones, constituyen una estructura social que condiciona su propio comportamiento. El constructivismo social se focaliza sobre las estructuras simbólicas cognitivas, no materiales, como sostenía Kenneth Waltz. Es así como para ellos la estructura internacional es ante todo una estructura social y cumple un rol determinante en la construcción de ideas e intereses de los Estados. Recordando, para los realistas y neorrealistas, el sistema estaba caracterizado por la anarquía, la autoayuda y el poder, que era determinante en las relaciones con otros Estados. Por lo tanto, en este esquema la estructura determina el comportamiento de los Estados, es decir que el realismo y el neorrealismo ignoran por completo cómo la estructura conforma identidades e intereses.   

             

El cuadro nos muestra una mediatización de las identidades y los intereses de los Estados que juegan un papel central entre la estructura social y el comportamiento de los Estados. Para el realismo y el neorrealismo, los intereses y las identidades estaban establecidos (era la supervivencia). En cambio, para el constructivismo, se construyen socialmente, es decir que no son inmutables, ya que el comportamiento de los Estados y sus prácticas se pueden modificar. La estructura social tiene tres elementos básicos que la componen.

 

Aquí es importante resaltar que, si las expectativas, el conocimiento y las interpretaciones pueden constituirse intersubjetivamente, se los construye en relación consigo mismo y con los demás. Por lo tanto, mi identidad se construye a partir de nuestras diferencias y a pesar de ellas, por lo cual el “otro” tiene un rol determinante en la formación de mi identidad.

Esto implica que las prácticas sociales adquieren un rol importante en la construcción de las estructuras sociales, las cuales tienen una existencia real. De tal relevancia se edifica una idea central para el constructivismo. La anarquía para el realismo y el neorrealismo era un mero dato que venía determinado con el sistema y no podía ser modificado. Para el constructivismo, esta es construida socialmente y es una institución creada por los individuos en forma intersubjetiva. No es un fenómeno dado en sí mismo, se puede alterar. Como resultado en el esquema del constructivismo, la política de poder es una práctica social que puede ser modificada porque es el resultado de prácticas intersubjetivas.

Ahora bien, nos encontramos con variantes del constructivismo que adoptan diversas posturas. En primer término, están los realistas filosóficos, que aducen que el mundo existe fuera de la mente; en segundo lugar, nos encontramos con los idealistas filosóficos, que pregonan que el mundo existe en la mente; y, finalmente, a mitad de camino entre ambos, hay un pragmatismo filosófico de origen norteamericano que se basaba en la idea de “lo verdadero es lo útil”. Es así como Wendt plantea un constructivismo más cercano al realismo filosófico y cree que las estructuras sociales tienen una existencia autónoma de los individuos. Por su parte, otro de los referentes del constructivismo como Ruggie reconoce la existencia de estructuras sociales, pero posee una posición intermedia, entre una estructura mental y real, no cayendo en el empirismo absoluto.

¿Qué implicancias tiene este bagaje conceptual para el ámbito de la seguridad? Hasta la llegada de los estudios críticos de seguridad, el Estado era el principal actor en la política internacional, y la seguridad era definida, ejecutada y planificada en torno a él; con el advenimiento del constructivismo,

ya no sólo existe seguridad desde la perspectiva del Estado o sus grupos agregados, sino también desde la perspectiva de los individuos quienes se ven expuestos a mayores desafíos que amenazan la subsistencia tanto de la comunidad política organizada como así también la propia existencia como individuos (Battaleme, 2012, p. 136).

Recapitulando, si las principales estructuras son sociales, no materiales, y los intereses y las identidades no se encuentran preestablecidos como sostenía el realismo con la supervivencia, las prácticas sociales (tercer elemento de la estructura) nos ayudarían a pensar que la anarquía no es un mero dato inmutable, sino que puede modificarse, al igual que las identidades y los intereses de los actores, que afectan el comportamiento de los Estados.

Con esto ponemos en evidencia la posibilidad de “construcción” de un nuevo ambiente de cambios en la política internacional en materia de seguridad, donde las identidades y los intereses, mediante una construcción, deconstrucción y resignificación intersubjetiva, nos conducen a una nueva dinámica que incluye la formación de un nuevo proceso político en el cual el flujo dinámico constante de construcciones tiene como producto final el ingreso y egreso de la agenda de política internacional de nuevas amenazas, que no solo contemplan al Estado, sino también a los individuos o grupos de individuos. Por lo tanto, la ampliación del concepto de “seguridad” hasta la inclusión de nuevas amenazas nos conduce a repensar la seguridad. Aunque una extensión cuantitativa no necesariamente se traduce en una mejora cualitativa.

El ejemplo más claro que nos permite visualizar la injerencia e influencia del constructivismo en seguridad es el concepto de “seguridad humana”. Esta “construcción” de la seguridad marca el peso que comienzan a tener las organizaciones internacionales en la elaboración de la seguridad. Si bien Naciones Unidas emitió un informe conocido con el nombre “Los conceptos de seguridad” (1986), el cual fue un primer paso en ese sentido al declarar que el Estado continúa presentándose en el centro del escenario de la seguridad, confirma que esta tiene una multiplicidad de ámbitos, donde el militar constituye uno más en su carácter multidimensional. El compromiso que asumieron muchos Estados en su consideración significó “la transición desde el concepto estrecho de la seguridad nacional hacia el concepto globalizador de la seguridad humana” (PNUD, 1994, p. 27).

Se puede decir que la seguridad humana tiene dos aspectos principales. En primer lugar, significa seguridad contra amenazas crónicas como el hambre, la enfermedad y la represión. Y en segundo lugar, significa protección contra alteraciones súbitas y dolorosas de la vida cotidiana, ya sea en el hogar, en el empleo o en la comunidad. Dichas amenazas pueden existir en todos los niveles de ingreso y desarrollo de un país (PNUD, 1994, p. 26)

Las “características esenciales” que elabora el informe del Programa de Naciones Unidas para el desarrollo las sintetizamos a continuación.

           

En lo referente a la Escuela de Copenhague, hay que enfatizar que su visión de la seguridad marca una estrategia de investigación diferenciadora en relación con lo que veníamos observando hasta aquí, brindándonos una mirada europea en contraposición a las principales cosmovisiones norteamericanas.

Lo que se destaca en el marco de esta escuela es el abordaje de la seguridad; esta tendría que vaciarse de contenido instrumental para poder evaluar su función para determinados problemas. Este proceso de vaciamiento se concibe dentro de la dialéctica de seguritización y deseguritización, la cual consiste en depurar a la seguridad de aquellos usos que buscan desviar la atención hacia problemas que en principio no requieren una intervención estatal o militar (Orozco Restrepo, 2006, pp. 144-145). De aquí se desprende la teoría de la seguritización, en donde,

bajo esta óptica, la seguridad es el resultado de dinámicas de securitización, es decir, procesos por los que un actor securitizador identifica a través de un acto de habla una amenaza existencial para un objeto referente ante una audiencia determinada, pretendiendo obtener de ésta la legitimidad para tomar medidas excepcionales (Buzan, Wæver y De Wilde, 1995-1998, pp. 25-55).

Por lo tanto, para finalizar, citamos al profesor Battaleme:

las sociedades y los individuos terminan transformando un tema seguritizado en una amenaza existencial, la cual al ser aceptada conlleva consecuencias políticas. Estas preguntas muestran la naturaleza política y endógena que tiene la seguridad al igual que su grado de contingencia, esto es de posibilidad de cambio de amenaza (Battaleme, 2013, p. 158).

Reflexiones finales

La ciencia de las relaciones internacionales no puede pensarse sin una teoría. Sin ella no tendríamos una hoja de ruta clara que nos sirviera como guía para la interpretación de los fenómenos de las relaciones internacionales. Tampoco podríamos sistematizar la información de manera plausible para su correcta comprensión en diversas esquematizaciones o mapas mentales que le proporcionen al lector la cercanía a los hechos. Lo cierto es que las teorías tampoco reflejan “la realidad”. Son visiones que se focalizan sobre una porción de la realidad total del universo y pretenden abordar “esa” parte mediante la concentración de la explicación y el análisis en algunas variables. De esta manera, cada teoría podrá ver porciones de la realidad y se centrará sobre ciertas variables y no otras. Por tal razón,

cada uno de los paradigmas estudiados se basa en una dimensión importante de las relaciones internacionales, pero tiende a olvidar otras dimensiones igualmente importantes. En este sentido, los distintos paradigmas serían en realidad más complementarios que opuestos, pues mostrarían las distintas dimensiones de una sola y única realidad, que es a la vez cooperación y conflicto, interdependencia y dependencia, continuidad y cambio (Del Arenal, 1989, p. 179).

Sin embargo, en la realidad compleja pospandémica que vivimos hoy, la complementariedad entre teorías del mainstream y críticas puede ser irreductible debido al lugar preponderante que continúan teniendo las primeras. Como bien resalta Del Arenal:

Otra cuestión presente en la tendencia a la reconciliación, al compromiso, a la complementariedad entre los paradigmas, que no se puede desconocer, es que dicha tendencia se afirma sobre todo desde posiciones neorrealistas, es decir, se hace en muchos casos sobre una posición de predominio del paradigma tradicional sobre los demás paradigmas que se quiere reconciliar, que tienden a quedar en una posición secundaria. La trampa es que con ello se desvirtúan otros paradigmas y se alienta de nuevo, bajo un supuesto eclecticismo o compromiso, el paradigma tradicional (Del Arenal, 1989, p. 180).

Esta visión, por lo tanto, está directamente asociada a que

la consideración de las relaciones internacionales como una ciencia social estadounidense y occidental que no sólo responderá a evidencias empíricas e interpretaciones dominantes durante los cinco siglos de dominación occidental, sino también en gran medida, a la propia imagen socialmente construida de la disciplina de las relaciones internacionales se ha explicado y se explica hasta el momento, incluso en los países europeos y en lo no occidentales, siguiendo la narrativa teórica estadounidense, lo que ha contribuido y contribuye a reforzar la hegemonía de Estados Unidos (Del Arenal y Sanahuja, 2017, p. 37).

Por lo tanto, la pandemia tendió a reforzar una lectura de la política internacional apoyada en los supuestos del realismo político en torno a la conflictividad y la irreductibilidad de intereses, sumando a las crecientes rivalidades geopolíticas un armamentismo y una lucha por el poder y la hegemonía entre los actores más poderosos con diversa distribución de capacidades, dejando de lado visiones más cooperativas. Entonces, si bien para algunos entendidos estamos en una transición intersistémica, como sostiene Dalla Negra Pedraza, donde lo nuevo no aparece y lo viejo no desaparece aún, se espera que, si la tendencia es al cambio, esto tenga una correlación en el plano del dominio teórico de las relaciones internacionales, desplazando el rol de Estados Unidos y su hegemonía en el campo académico. Aun así, el cambio será gradual y no abrupto, aunque cabe resaltar que quizás todavía sería apresurado arribar a esa conjetura en un contexto gobernado por la incertidumbre y donde las transformaciones son paulatinas.

Bibliografía

Aron, Raymond (1966), Paz y guerra entre las naciones, Editorial Revista de Occidente, traducción de Luis Cuervo.

Battaleme, Juan (2013), Los estudios de seguridad desde los enfoques racionalistas a los críticos, Editorial Eudeba, Ciudad de Buenos Aires.

Beck, Ulrich (1998), ¿Qué es la globalización? Falacias del globalismo, respuestas de la globalización, Editorial Paidós, Buenos Aires.

Buzan, Barry, Wæver, Ole y De Wilde, Jaap (1998), Security: A New Framework for Analysis, Lynne Rienner Publishers, Londres.

Carr, Edward (1962), The Twenty Years Crisis 1919-1939: An introduction to the study of international relationship, Macmillan, Londres.

Del Arenal, Celestino (1989), Teoría de las relaciones internacionales hoy: debates y paradigmas, Universidad Complutense de Madrid (UCM), Madrid.

Dougherty, James y Pfaltzgraff, Robert (1993), Teorías en pugna en las relaciones internacionales, Grupo Editor Latinoamericano (GEL), Buenos Aires.

Gaddis, John Lewis (1989), Estrategias de la Contención. Una evaluación crítica de la política de seguridad norteamericana de posguerra, Grupo Editor Latinoamericano (GEL), Buenos Aires.

Hoffmann, Stanley (1991), Jano y Minerva. Ensayos sobre la guerra y la paz, Editorial Grupo Editor Latinoamericano (GEL), Buenos Aires.

Kauppi, Mark y Viotti, Paul (2020), International Relations Theory, Rowman & Littlefield Publishers, 6.º edición.

Kennedy, Paul (1994), Auge y caída de las grandes potencias (ii). El nuevo orden mundial y su futuro previsible, Editorial Globus, Madrid.

Keohane, Robert (1993), Instituciones internacionales y poder estatal. Ensayos sobre teoría de las relaciones internacionales, Editorial Grupo Editor Latinoamericano (GEL), Buenos Aires.

Kissinger, Henry (1995), La diplomacia, Fondo de Cultura Económica (FCE), Ciudad de México.

Kuhn, Thomas (2004), Estructura de las revoluciones científicas, Fondo de Cultura Económica (FCE), México, traducción de Agustín Contin.

Morgenthau, Hans (1986), Política entre las naciones. La lucha por el poder y la paz, Editorial Grupo de Estudios Latinoamericanos (GEL), Argentina. Capítulo 1.

Orozco Restrepo, Gabriel Antonio (2006), El aporte de la Escuela de Copenhague a los estudios de seguridad, en Fuerzas Armadas y Sociedad, año 20, n.º 1, Santiago de Chile, FLACSO.

Salimena, Gonzalo (2020), Seguridad Internacional, conceptos, evolución y tablero de comando para la toma de decisiones en el siglo xxi, en Mariana Colotta, Patricio de Georgis, Julio Lascano y Vedia y Ángeles Rodríguez (comp.), Manual de Relaciones Internacionales, Editorial Teseo, Ciudad de Buenos Aires.

Samuelson, Paul y Nordhaus, William (1999), Economía, Editorial Mc. Graw Hill, España, 16.º edición.

Tokatlian, Gabriel y Pardo, Rodrigo (1990), La teoría de la Interdependencia. ¿Un paradigma alternativo al realismo?, en Revista del Instituto de Relaciones Internacionales de Chile, vol. 23, n.° 91, pp. 339-382.

Tomassini, Luciano (1988), Relaciones Internacionales: Teoría y práctica, PNUD-CEPAL, Santiago de Chile.

Waltz, Kenneth (1988), Teoría de la política internacional, Editorial Grupo Editor Latinoamericano (GEL), Buenos Aires.

Wendt, Alexander (1995), Constructing international politics, en International Security, vol. 20, n.° 1.


  1. En estos términos se refiere Celestino del Arenal y José Antonio Sanahuja en su libro Teoría de las Relaciones Internacionales a la disciplina.
  2. El institucionalismo neoliberal (INL) pertenece a la corriente principal de las teorías de las relaciones internacionales denominada “mainstream”. No se llegó a desarrollar en el presente escrito dada la extensión seleccionada para él.
  3. Al igual que el INL, no se plantean el resto de las teorías críticas que no pertenecen a la corriente del mainstream por una cuestión de extensión.
  4. Luego del estallido de la Segunda Guerra Mundial, los historiadores comenzaron a llamarla “Primera Guerra”.
  5. Barry Buzan las llama “subunidades” en su obra People, States and Fear: An Agenda for International Security Studies in the Post-Cold War Era.
  6. Las Naciones Unidas definen las amenazas transnacionales como “delitos que, si bien son cometidos en territorio nacional, trascienden las fronteras de los países y afectan a regiones enteras, y en definitiva, a la comunidad internacional en su conjunto. Se trata de un problema en constante evolución respecto al Estado de derecho y la protección de los derechos humanos, y pone bien de manifiesto los firmes vínculos existentes con la paz y la seguridad”.


Deja un comentario