Silvina Perrero
¿Cómo se percibe la guerra en la filigrana de la paz?
Michel Foucault, Genealogía del racismo
En las primeras líneas de La Argentina en pedazos, Ricardo Piglia adelanta su propósito de trazar “una historia de la violencia argentina a través de la ficción […]. La reconstrucción de una trama donde se pueden descifrar o imaginar los rastros que dejan en la literatura las relaciones de poder, las formas de la violencia” (1987: 8). Y Martín Kohan, en El país de la guerra, refiere: “Para contar lo que en una guerra se desvía, o para contar abreviadamente una guerra, la literatura se revela más propicia que cualquiera de los discursos disponibles” (2014: 169). Por su parte, Edgardo Cozarinsky, reafirmando las relaciones realidad-ficción antes sugeridas, recurre a un epígrafe de Novalis para el segundo capítulo de Lejos de dónde: “La novela surge de los huecos y grietas de la Historia”. En este sentido, en el entramado de la historia argentina y europea que se verifica en los intersticios de las “historias” por él narradas, se torna evidencia la violencia vinculada con formas de poder y política que se manifiestan en el cruce de un saber y un lugar vinculados a instituciones y conjeturas. Es esta la temática que abordaremos en Lejos de dónde (2009) y La tercera mañana (2011), para luego referir otras consideraciones del mismo tema en Dark (2016).
El Holocausto, un “hueco” de la historia
La violencia política de la Segunda Guerra Mundial, que incluye el Holocausto, se manifiesta predominantemente como violencia física, pero sus proyecciones trascienden esa dimensión para poner al descubierto, abierta u ocultamente, complejos y perdurables traumas psicológicos.
En Lejos de dónde, estructurada en cinco capítulos signados por marcas temporales desde “enero de 1945” a “diciembre de 2008”, una joven alemana encargada de quemar los documentos de quienes serían sacrificados en la cámara de gas de los campos nazis, consciente del peligro que significa la inminente llegada del ejército ruso, se reconoce sujeta a “una venganza inevitable” y huye con un documento que la identifica como judía. De allí se siguen los avatares de la emigración forzada, la llegada a Buenos Aires y la realidad de una vida marcada por el desgarramiento interior de un pasado infamante que la condena.
A partir de la decisión que la empuja a la huida, “esa mujer”, innominada en las páginas del relato, será el “homo sacer” que señala Agamben: una vida humana a la intemperie, una “nuda vida” (Agamben, 1998: 153) excluida del orden jurídico, expuesta a una muerte violenta.
Si, como sostiene Byung-Chul Han, la violencia del otro como enemigo “confiere firmeza y estabilidad al yo” porque es constitutiva de identidad, en cuanto aquel alcanza “una imagen rotunda e inequívoca” de sí mismo (Han, 2016: 72), la identidad de la protagonista coincide plenamente con esa afirmación: ella no es víctima en cuanto no es judía, se ha precavido de la expulsión y la persecución, pero también es consciente de su actitud inexcusable, el engaño le ha permitido “llevar cosidos al ruedo del capote militar veinte kilos de dientes de oro” (Cozarinsky, 2009: 19) de las víctimas y una identidad falsa que sí la identifica con ellas. Por una parte, es una figura siniestra, y, por otra, es la personificación del inocente perseguido y condenado en los hornos crematorios. Marcas imperecederas de su existencia, ese secreto será el trauma que presida y condicione su vida futura por cuanto, tal como lo indica la etimología del término, el trauma remite a una “herida” que refiere:
… tanto al acto como a su efecto, a lo que viene de fuera y amenaza a muchos como a lo que no puede sino a ser enfrentado como tan personal e íntimo que apenas es comunicable… [Ya] lo delate el olvido o lo encubra una rememoración recurrente, no se deja explicar sin incurrir en una serie de paradojas (Jarzmobkowska, 2015: 9).
En este sentido, en Lejos de dónde, el lector asiste a las proyecciones de un trauma histórico colectivo, el Holocausto, y a las marcas personales de esa “herida”.
“‘Antes de matarte, te van a violar docenas de comunistas y judíos’ le había susurrado al oído, riéndose, el cabo Grudke; ‘imagínate el olor…’” (Cozarinsky, 2009: 15), la amenaza expresada en un lenguaje denigrante, destructivo, anticipa la realidad de un sistema implacable que incluye la perversidad del otro y genera el terror y la voluntad de la huida inevitable. Esa paradoja entrañable nunca será traducida en palabras, será lo indescriptible, lo inenarrable, “un pasado que no se puede cancelar”, que se prolongará en “la monotonía casi sonámbula de su vida nueva” (2009: 58) en Buenos Aires, donde la violencia se desplaza del exterior al interior. Incapaz de proyectarse fuera de sí misma, de dirigirse al otro, de confiarse al mundo, se recoge en el letargo que conduce al socavamiento, al vaciamiento del yo, con un impulso obstinado de olvido del que es imposible la abolición del recuerdo, allí, hasta el rostro recordado de “su hija”, que había abandonado cuando tenía poco más de dos años, “comenzaba a borronearse” (2009: 58). La esterilidad emocional de su existencia se torna evidencia ante la violenta agresión de un desconocido, y aun la violación de que es víctima no provoca “asco ni placer”, dolor ni rebeldía, sino que es percibida como un fenómeno natural con fuerzas que superan, poco menos que la degradación de lo humano: “Ella verificó que no le faltaba el dinero […] que los rasguños en su brazo derecho no sangraban, que el taco roto de un zapato no le impedía caminar” (2009: 58).
La suya es y será una vida de fuga exterior e interior, en la que solo perdura la dura ética de la sobrevivencia, vivir con el trauma, sin cuestionarse el problema de la culpa ni de la verdad, sin redimirse ni redimir, porque “esa mujer” se ha constituido en el “homo sacer” de sí misma y, en la violencia dirigida hacia sí misma, se identifican víctima y verdugo en una compleja relación que se proyecta en el tiempo y alcanza al otro, a los otros, a su hijo: “De pronto su hijo habrá cumplido dieciocho años… ella, que lo había querido con ahínco y sin vacilación, no necesita esperar ese momento para empezar a entender, tener que admitir, que su hijo es un extraño” (2009: 95).
Vive una tensión existencial acuciante, se ha liberado de la negatividad del enemigo, pero no se ha asumido en una nueva identidad libre capaz de orientar su vida en otro espacio, en una nueva construcción del yo; por el contrario, el vínculo consigo misma se torna obsesivo, patológico, un trauma que no puede elaborar ni descartar. Más aun, esa violencia macrofísica que no puede interiorizarse, aunque invade y destruye el interior del sujeto, se torna explícita cuando, ante un encuentro fortuito y con un impulso impensado, se dirige con entusiasmo al único personaje que reconoce, con la certeza de no equivocarse, como copartícipe de aquella atroz realidad vivida. Paradójicamente, puede verbalizar el pasado, exteriorizar sus sentimientos, pero esa apertura contrasta con la actitud de su interlocutor. En breve diálogo, él niega su identidad, con insistencia sostiene que el pasado debe ser celosamente guardado y aconseja: “No comparta esos recuerdos con desconocidos… No necesito repetir algo que usted seguramente sabe, que todos hemos aprendido con dolor: la historia la escriben siempre los vencedores” (2009: 111). No es posible la rememoración ni el duelo, ni la destrucción del círculo de la violencia, más aún porque en la ficción diversas alusiones hacen referencia “a la presencia de nazis, colaboradores y criminales de guerra que entraron a la Argentina con aprobación oficial o bajo una mirada cómplice y fueron admitidos en el país” (Sosnowski, 1999: 49). Como sostiene Tomás Eloy Martínez, en un trabajo no ficcional, “Perón y los nazis”, “aun cuando Perón mismo no era nazi, patrocinó la llegada de nazis a la Argentina con el fin de intensificar la industrialización iniciada en 1944” (Sosnoswski, 1999: 53). En la novela, el narrador omnisciente pone ante el lector el privilegio del que gozaban los técnicos capacitados, la difusión de periódicos y publicaciones escritos en alemán, el apresamiento de quien sería deportado, a quien reconocemos como Adolf Eichmann, es decir, reconstruye el clima de la época de posguerra más allá de que el eje semántico de la novela profundiza el trauma personal de la protagonista ante los horrores vividos.
Miedo, secreto, clausura y autodestrucción es el testimonio de violencia de los horrores vividos que el lector revive en la novela de Cozarinsky. Testigo de la muerte, no como condición existencial, sino como ejecución de un sujeto colectivo en un proceso que la incluye, esa realidad signa un destino marcado por antinomias perdurables: identidad personal/identidad social, pasado/presente, país “de refugio”/tierra “de adopción”; pero también en el lector, ante “esa mujer”, cuerpo sin identidad en la vida y en la muerte, quedan latentes preguntas sin respuestas definitivas: ¿hasta qué punto se puede “contar”, acceder con palabras a experiencias que, por su intensidad y crueldad, ponen en jaque la existencia, mueven y conmueven cuerpo y espíritu de la víctima o de quien se asume como tal?, ¿con qué estrategias referir un pasado traumático que ejerce múltiples coacciones sobre el ser individual y el cuerpo social? En este sentido, para Agamben, Auschwitz sería aquello que no se puede testimoniar, en cuanto los testimonios de los sobrevivientes presentan una aporía, siempre hay algo que no puede ser testimoniado, es “lo indecible”, que necesita ser escuchado en lo no dicho, ya que se trata de “una realidad absolutamente separada del lenguaje” (Agamben, 1998: 115-164) que persiste a pesar de la literalidad de las palabras y la presencia corporal del testigo. Frente a esa realidad, la literatura hace su propio camino en la ficción novelesca, y, en las imágenes y los acontecimientos que la palabra elabora, el lazo se ata y se desata de lo testimonial.
La dictadura de los años 70 en la Argentina, una “grieta” de la historia
La posibilidad real de la violencia constituye la esencia de lo político y se configura como violencia de la negatividad; más aún, si el poder político se consigue por medio de la violencia, se impone y se ejerce con violencia, merece, según Han, el calificativo de “poder diabólico”, ya que se manifiesta de modo represivo, destructivo, discordante y excluyente en cuanto procede sin discusión y reduce el lenguaje a la orden (Han, 2016: 108).
En este sentido, Auschwitz no es algo excepcional, más bien, se podría pensar aquella violencia como una realidad inherente a la condición humana en determinadas circunstancias, tal como ocurre en los años 70 en la Argentina. Al respecto, Sosnowski señala:
Históricamente, el nazismo pertenece a un espacio y a un tiempo preciso del pasado; culturalmente persiste en sistemas que privilegian la violencia, la represión, la xenofobia en regímenes propensos a una concepción del mundo que demanda y justifica el terrorismo de Estado (Sosnowski, 1999: 52).
Se trata de una “grieta” de nuestra historia, que Cozarinsky nos permite abordar en La tercera mañana y Lejos de dónde, donde el autor concentra lo esencial para construir una memoria social de la violencia de la época con todas las contradicciones y los debates que ella entraña, en cuanto los protagonistas son sujetos de “historias” donde está presente el costado privado, oscuro de acontecimientos que no incluye la historia institucionalizada y se proyectan al cuestionamiento de la sociedad civil y de la guerrilla desde diversas perspectivas.
Así, se cuestiona la jerga ideológica del momento, identificada con el discurso del militante, que no se concibe como convincente en cuanto no se conjuga con la identidad social de quien la pronuncia. Se percibe como actitud impostada, y el idealismo de la lucha se devela en su vacuidad ideológica carente de un principio de realidad que precipita al joven protagonista de Lejos de dónde a “cruzar el umbral” hacia el acto violento del atentado que traiciona y su consecuente deserción. Se trata de un acto de “violencia subjetiva” que, como señala Žižek (2009: 21), no puede sino enmarcarse en la “violencia objetiva” de la hora, donde se han generado estructuras de poder que se hallan no solo en la macroestructura del Estado, sino también en los ámbitos donde el poder es menos visible pero efectivo, de allí la doble valoración que la acción merece:
Veía la perplejidad de los servicios parapoliciales y, mayor aún: la del movimiento al que había creído pertenecer. Para éste, la hipótesis de la traición, no tardaría en imponerse; para aquéllos la explicación sería un descuido durante el armado de un explosivo (Cozarinsky, 2009: 118).
La rebelión es producto de una decisión libre, calculada, y está vinculada con su falta de empatía para relacionarse, integrarse con el mundo real, no con cuestiones ideológicas identificadas con la violencia de la hora; huye con un documento fraguado a emprender negocios turbios que lo llevarán de un extremo al otro de Europa con pasaportes de distintas nacionalidades, donde aparecerá su foto sobre nombres ajenos. Su desarraigo habrá de convertirlo con los años “en una encarnación del judío errante” (2009: 146).
El lector comprende la calificación de vida “dispensable” que el grupo militante había asignado al joven; por otra parte, a diferencia de la violencia que se gesta en el yo a partir de un pasado condenatorio, aquí el conflicto se resuelve en acciones rápidas que incluyen el testimonio próximo y personal de la represión, pero esa violencia no suscita conmoción personal alguna, aunque permanece en la memoria del personaje: “Pero le faltaba mucho para llegar a las causas profundas de su traición. Acaso nunca iba a llegar, si es que eran razones, accesibles por lo tanto a la razón, y no una inextricable confusión de emociones e impulsos” (2009: 119).
Si bien las referencias del narrador remiten a otras representaciones literarias de la época, que incluyen distintos momentos de elaboración de la memoria traumática, particularmente las vinculadas con acciones de la militancia, el tratamiento que merecen los acontecimientos devela también que, de alguna manera, si bien no se ha despolitizado una coyuntura, se le ha restado, o por lo menos cuestionado, su sentido histórico.
En la perspectiva del lector, se torna evidente el destino especular de este joven, que reitera el itinerario de su madre en sentido inverso, y tampoco es difícil asociar su figura con la de los desaparecidos en los años 70 en nuestro país. En relación con ese tópico, Fernando Reati alude claramente a las etapas por las que atravesó el tratamiento literario de estos:
[Primero] los desaparecidos como víctimas inocentes; luego como héroes intachables o en su reverso como traidores; después, como seres complejos –ni héroes ni traidores– finalmente, en la última etapa la crítica de los hijos hacia la generación militante de sus padres por el abandono sufrido (Reati, 1992: 82).
Y es esta última perspectiva la que aborda Elsa Drucaroff cuando alude al “imaginario filicida de la pos dictadura”, una de las “manchas temáticas” que retoma de David Viñas y vincula con “la Nueva narrativa argentina”, aludiendo a los jóvenes escritores que publicaron sus obras entre 2007 y 2011 (Drucaroff, 2011: 178). Son los descendientes de quienes participaron activamente en la lucha armada, que se sienten arrojados fuera del foco de preocupación de sus padres.
En La tercera mañana, la protagonista refiere con violencia a su respuesta ante una carta de sus padres leída a los quince años:
La quemé después de leerla. Me bastó para decidirme a ver un juez y recuperar el apellido del abuelo. Supongo que hoy mis padres figuran entre los que llaman “desaparecidos”. No esperes que haga algún esfuerzo para averiguar si sobrevivieron, si viven en Suecia con otro nombre. Prefiero haberle cobrado una indemnización al Estado (Cozarinsky, 2011: 95).
Marcados por transgresiones que no protagonizaron, se asumen como víctimas del compromiso político de aquellos: ellos pretendieron construir “un futuro para todos”, del cual, paradójicamente, excluyeron a su descendencia, el futuro más próximo y posible de construir. De allí su desinterés, su rechazo de aquellos ideales y su actitud condenatoria que se asume como filicidio, ante el cual se reacciona con la violencia del parricidio: cambiar la identidad, negar el estado ontológico, “matar”, metafóricamente, a sus progenitores.
Cozarinsky instaura así la ambigüedad, la incertidumbre sobre la objetividad de los relatos sociales e individuales; otra lectura posible, distinta, una mirada oblicua que estimula la respuesta del lector en relación con “la literatura nacional” como construcción vinculada con el contexto y el momento histórico. Y la escritura no es transparente ni mimética, no reproduce simplemente los rastros de la historia, porque la memoria y la imaginación seleccionan, organizan, elaboran datos para construir historias portadoras de un sentido en la interpretación del pasado. Los relatos ficcionales no solo aportan discernimiento acerca de un proceso o un período vinculado con la violencia en la historia, sino que también generan una “sensibilidad” ante la experiencia que excede la documentación de los hechos. De allí que Lejos de dónde y La tercera mañana, aun cuando remiten a circunstancias concretas, traumas históricos vinculados con la violencia y la memoria colectiva, se proyectan a traumas de la historia personal perdurables en la memoria de quienes participaron o fueron afectados por la violencia de los acontecimientos vividos. Este es el sentido que asume el encuentro final de Federico con quien ignora es su media hermana. Son dos desconocidos que dialogan una noche, en un bar de Dresde, cuando ella revela la desazón que en todos los tiempos ha generado y seguirá gestando la violencia.
La violencia subyacente en historias de todos los tiempos
Hoy, el viejo que fue “adolescente” es el narrador de Dark, que confronta pasado y presente y reconstruye al sujeto de ayer, aquel adolescente acosado por una asfixiante vida familiar y también ansioso por descubrir “espacios ricos en exotismo” que permitieran dar respuesta a “lo único [de lo] que estaba seguro… su deseo de ser escritor” (Cozarinsky, 2016: 19). A partir de su ocasional encuentro con Andrés, personaje envuelto en un halo de misterio no exento de una sospecha de peligro, de quien lo ignora todo y tampoco conocerá demasiado, se instaura entre ellos una relación fuerte, densa, oscura presidida por “la curiosidad y admiración” de Víctor –“el nombre que se le ocurre ante la pregunta del desconocido”– frente a la propuesta de aquel: “…primero hay que vivir y acumular experiencias para luego poder contarlas” (2016: 99). Sin dudas, en Dark, la oscuridad será el eje semántico que atraviese la novela:
–Vos no sabés de dónde vengo yo, pibe, y no tengo por qué contarte… Hoy por hoy la plata no falta y la estamos pasando bien. –Tenés razón, no sé de dónde venís. No sé quién sos. –Soy tu amigo, con eso basta. Aquí estoy. Con vos (2016: 90).
Se trata de un vínculo presidido por la negatividad del no saber, que es también “constitutiva de la confianza” (Han, 2016: 150), en cuanto está unida al exceso de la complacencia: la de Andrés con dinero y propuestas y la “complaciente sumisión de Víctor ante la generosidad” de aquel, que permitirá al joven la apertura a espacios nuevos, distintos, desconocidos, con el consiguiente crecimiento de quien escapa a la rutina de lo mismo.
Por otra parte, la opacidad también se proyecta a los acontecimientos compartidos en un recorrido errático, aleatorio, en la Buenos Aires de fines del siglo pasado, que el lector identifica signados, en su mayoría, por una violencia soterrada en situaciones permanentes en cuanto la habitan personajes oscuros que “se mueven en una absoluta indiferencia entre hecho y derecho, vida y normas, naturaleza y política” (Agamben, 2016: 235). Se trata de una violencia difusa, subyacente, que impregna la vida individual y social y se manifiesta de manera más o menos explícita porque se la muestra casi como naturaleza, una realidad habitual que se asume como tal y no se pone en duda. Así, los bares y prostíbulos, el “barrio de maricas” sobre el cual Andrés dice “Esto es una mugre, pibe, pero nos vamos a divertir”, donde la extorsión programada le permite hacerse de dinero, o el Gimnasio y Baños Delfos, frecuentado por homosexuales, en cuyas cabinas se ocultan de noche “quienes no pueden o no quieren registrarse en un hotel” (Cozarinsky, 2016: 109). A ellos se suman los espacios marginales de la ciudad, asentamientos de viviendas míseras, “chozas de chapa y material sin revocar escondidos tras un muro encalado”, que revelan la violencia de la precarización vinculada con los sujetos sociales de las villas de la urbe “con un carácter indisimulable de asilo o refugio” (2016: 117). Son ámbitos que sugieren a la indolencia, la evidencia latente de violencia urbana “siluetas inmóviles y expresiones adustas y desconfiadas, fantasmas sentados sobre un banquito de paja” (2016: 117). Se trata de espacios posibles de identificar con una violencia sistémica, estructural que no se vinculan solo con la miseria que deriva de la exclusión económica, sino con la miseria humana de la vida concreta, manifiesta en vidas degradadas, y que tiene un significado biopolítico porque el biopoder implica que “el poder reside y se ejerce en el nivel de la vida, de la especie, de la raza y de los fenómenos masivos de población [y, como tal, remite a] problemas de natalidad, longevidad, salud pública, vivienda, migración” (Agamben, 2016: 224). En la novela, en cuanto esas son comunidades nucleadas por la desposesión, sin acceso a la salud, sin escolarización, sin seguridad jurídica, sin inclusión progresiva, son también el rostro más visible de la fractura del biopoder, que se revela claramente en la manifestación del liderazgo popular sustentado en la convivencia con respuestas ante necesidades coyunturales y aun en la secularización del discurso religioso: el “Hermano Mayor Zoltán”, otrora “atleta ganador de medallas” venido a menos (2016: 168), suple las carencias, las necesidades de asistencia y bendice desde su efigie grabada en una medalla.
En Dark, las acciones remiten a esa violencia que existe y perdura, a pesar de que “la obsesión del desarrollo […] en nuestro tiempo coincide con el proyecto biopolítico de producir un pueblo sin fracturas […] de poner fin, por medio del desarrollo, a la existencia de las clases pobres” (Agamben, 2016: 228). Pero el fracaso de ese proyecto hoy no solo es constatable, sino que se ha extendido en la sociedad, que “no solo reproduce, en su propio seno el pueblo de los excluidos, sino que transforma en nuda vida a todas las poblaciones del tercer Mundo” (Agamben, 2016: 231). En este sentido, el lector descubre, en las últimas páginas de la novela, que también Andrés encarna la realidad de la carencia, la participación en el mundo del delito y la paradoja de la generosidad que comparte con Víctor, sí, pero también con los desposeídos.
De allí que, si el punto de partida y la continuidad de la relación Andrés-Víctor es enriquecer la imaginación del adolescente con experiencias vitales que sustenten su anhelo de escritor, Dark podría ser considerada “novela de aprendizaje”, tal como lo reconoce el adolescente: “… gradualmente, de rasguño en desgarro, iba avanzando en su educación sentimental” (Cozarinsky, 2016: 114); sin embargo, en cuanto el desarrollo de los acontecimientos permite acceder a un mundo representativo de la vida social, donde los personajes, tensionados por la violencia, no tienen carácter ejemplar y tampoco definitivamente contraejemplar, es evidente que se trata de un aprendizaje empírico que necesitará del transcurrir del tiempo para asimilarse en sus contradicciones y concretarse en la escritura de la experiencia.
Finalmente, el camalote, “toda una isla flotante hecha de aglomeración de desechos y materias en varios estados de supervivencia y putrefacción”, que Víctor descubre por primera vez y lo atemoriza como “algo terrible y monstruoso”, será un símbolo del paréntesis de su existencia junto a Andrés. Como el camalote, que “va a ser deshecho, lo mismo que el agua marrón, espesa, del riacho que lo arrastra”, esa corriente que “está siempre escondida, pero es más fuerte que todo, nada se le resiste” (Cozarinsky, 2016: 67), también el sentido último de su relación opaca, extraña, ambivalente y llena de interrogantes va a disolverse hasta alcanzar la dimensión de la ficción y merecer la posibilidad de su escritura.
A manera de cierre
Para narrar la experiencia de la violencia, Fernando Reati señala que el escritor se distancia de la escritura realista y “debe buscar estrategias originales, no miméticas, eufemísticas, alegóricas o desplazadas” (Reati, 1992: 82); Lejos de dónde, La tercera mañana y Dark son muestras representativas del estilo de Edgardo Cozarinsky, donde un narrador alterna primera y tercera persona e integra la confesión y la ficción en tramas que oscilan entre pasado y presente para confluir en finales que dejan abiertas más preguntas que respuestas. En ellas, el lector asiste a las proyecciones de un tópico que, con diversas configuraciones, preside los relatos, la violencia que hiende y llena “huecos y grietas de la Historia” donde ella perdura hasta alcanzar al discurso social de la realidad contemporánea.
Así, la compleja experiencia traumática de la violencia extrema incluye los desplazamientos de la memoria con sus olvidos, sus silencios, sus distorsiones, y se renueva en la existencia de los descendientes, pero también en el cine, el teatro y los medios de comunicación, que ratifican la prolongación del pasado en el presente y justifican la confesión de esa mujer escéptica, ausente de toda esperanza, que cierra el primer relato abordado en esta propuesta. Ante la mención de Auschwitz por parte de su interlocutor, responde:
No tengo nada contra los judíos… y tampoco me gusta hablar de cosas del pasado, ya no tienen sentido. Después mataron a otros, en otros tiempos. Y hoy siguen matando. Son otros los que matan y son otros los que mueren. No me pregunte dónde, ya no miro televisión (Cozarinsky, 2009: 165).
Y tampoco escapan a esa exhibición cotidiana los cuadros de miseria y degradación de la violencia sistémica, ya no encubierta, soterrada, sino explícita, evidente.
Frente a esta realidad, más allá de estudios y perspectivas teóricas que referencian y actualizan la biopolítica, lo que perdura y trasciende es la limitación de la libertad personal y colectiva que toda violencia entraña. La libertad que permita asumir el desafío de privilegiar la vida en la convivencia con el otro; revivir las brasas que encienden, tapadas por cenizas, para recuperar el fuego.
Referencias bibliográficas
Agamben, Giorgio (1998). Homo sacer. El poder soberano y la nuda vida, Pre-Textos (S.G.E).
Cortés Rocca, Paola (2018). “Narrativas villeras. Relatos, acciones y utopías en el nuevo milenio”, en Jorge Monteleone y Noé Jitrik (dirs.), Historia crítica de la literatura argentina 12: Una literatura en aflicción, Emecé, Buenos Aires.
Cozarinsky, Edgardo (2009). Lejos de dónde, Tusquets, Buenos Aires.
Cozarinsky, Edgardo (2011). La tercera mañana, Tusquets, Buenos Aires.
Cozarinsky, Edgardo (2016). Dark, Tusquets, Buenos Aires.
Drucaroff, Elsa (2011). Los pasajeros de la torre. Política, relatos y jóvenes postdictadura, Emecé, Buenos Aires.
Han, Byung-Chul (2016). Topología de la violencia, Herder, España.
Jarzmobkowska, Dominika y Moszczyńska-Dürst, Kartarzyna (eds.) (2015). ¿Decir lo indecible? Traumas de la historia y las historias del trauma en las literaturas hispánicas, Instituto de Estudios Ibéricos e Iberoamericanos de la Universidad de Varsovia, Polonia. Introducción, disponible en bit.ly/3Tr8n6L.
Kohan, Martín (2014). El país de la guerra, Eterna Cadencia, Buenos Aires.
Piglia, Ricardo (1987). La Argentina en pedazos, Ediciones de la Urraca, Buenos Aires.
Reati, Fernando (1992). Nombrar lo innombrable, Legasa, Buenos Aires, Introducción y caps. 1 y 2.
Sosnowski, Saúl (1999). “Contando nazis en Argentina: una mirada desde la cultura”, en E.T.C. –ensayo-teoría-crítica- Espacios de crítica i, año 7, n.º 10, Facultad de Filosofía y Humanidades, Universidad Nacional de Córdoba.
Žižek, Slavoj (2009). Sobre la violencia: seis reflexiones marginales, Paidós, Buenos Aires. Disponible en bit.ly/3ViT3v1.








