Ana María Vara[1]
Introducción
El problema de cómo conceptualizar la incerteza o lo desconocido es crucial en la producción de conocimiento pero también en su comunicación, tanto al interior de las distintas comunidades expertas como a través de ellas y en relación con actores extra científicos, entre los que se cuentan oficinas financiadoras, agencias reguladoras o distintos actores de la sociedad civil, entre otros. Desde los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, la sociología del riesgo y la sociología de la ignorancia, han surgido recientemente nuevas teorizaciones que ofrecen abordajes reveladores.
La preocupación no es nueva, sin embargo. Por ejemplo, en el análisis de controversias técnicas y ambientales, ya en los años setenta se identificaron distintos aspectos de cómo esta problemática podía incidir en la toma de decisiones en relación con tecnologías de impacto en la sociedad. Dorothy Nelkin, una de las fundadoras de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología en Estados Unidos, se preguntaba en un trabajo pionero de 1971 dedicado a la controversia técnico-ambiental en torno a la construcción de una central nuclear sobre el lago Cayuga en el estado de Nueva York, en relación con la posición que deben adoptar los investigadores frente a asuntos conflictivos y cuando la información es insuficiente:
Un aspecto importante es el tipo de evidencia científica y su interpretación en función de políticas públicas. ¿Cuáles son las obligaciones de los científicos con respecto a la interpretación de sus datos? ¿Cómo pueden usarse los datos científicos inconcluyentes como criterios para tomar decisiones de políticas públicas? (Nelkin, 1971: 2).
En una línea de trabajo vinculada a la problemática de las controversias aunque en paralelo, a comienzos de los años ochenta el sociólogo norteamericano Charles Perrow propuso la noción de “accidentes normales” para aludir a la irreductibilidad del no-conocimiento en las tecnologías complejas; es decir, la imposibilidad de erradicar la incerteza y, por lo tanto, de evitar lo inesperado. Tras analizar lo sucedido en el accidente nuclear de Three Mile Island, en Estados Unidos, comentaba en relación con los aspectos organizacionales involucrados:
A medida que nuestra tecnología se expande, a medida que nuestras guerras se multiplican, a medida que invadimos más y más la naturaleza, creamos sistemas –organizaciones, y organizaciones de organizaciones– que aumentan los riesgos para los operadores, los pasajeros y los testigos ocasionales (Perrow, 1984: 3).
Como ejemplo de sistemas complejos, Perrow tenía en mente no sólo las centrales nucleares sino también las plantas químicas, la aviación y el control del tráfico aéreo, los grandes buques y represas, las armas nucleares, las misiones espaciales y la por entonces incipiente ingeniería genética. En su visión, en estos tipos de tecnologías los accidentes pueden considerarse inevitables, “normales”, en la medida en que “el riesgo nunca podrá ser eliminado de los sistemas de alto riesgo”. No hay diseño perfecto ni rediseño a prueba de errores o eventualidades: “El problema es algo que nunca se les ocurrió a los diseñadores” (Perrow, 1984: 4).
Sociedad del riesgo
Pero, sin dudas, el sociólogo alemán Ulrich Beck es quien aportó una mirada más abarcadora y articulada para pensar la incerteza en la llamada modernidad tardía, marcada por la presencia constante de los desarrollos científico-tecnológicos en prácticamente todos los aspectos de la vida social. Con su libro La sociedad del riesgo, publicado en alemán en 1986, casi en coincidencia con el accidente de Chernobyl, transforma radicalmente el modo de pensar este tipo de fenómenos, al colocar lo aparentemente ocasional en un marco dinámico donde pasa a ser entendido como sistémico:
En la modernidad avanzada, la producción social de riqueza es sistemáticamente acompañada de la producción social de riesgos. Como consecuencia, los problemas y conflictos relacionados con la distribución en una sociedad de escasez se superponen con los problemas y conflictos que surgen de la producción, definición y distribución de los riesgos producidos por la tecno-ciencia (Beck 1992: 19; énfasis en el original).
Cuando fue traducido al inglés en 1992, La sociedad del riesgo ya llevaba vendidos 60.000 ejemplares, una cifra altísima para un libro de sociología. De algún modo, la teorización de Beck advierte sobre un salto de escala en cuanto a la ubicuidad y potencia de la ciencia y la tecnología en las sociedades occidentales y occidentalizadas. En ese sentido, representa la toma de conciencia de que el avance científico-tecnológico nos coloca ante amenazas inciertas, no a consecuencia de su fracaso sino de su éxito. Para Beck, los riesgos son sistémicos porque las sociedades avanzadas ya no se enfrentan con los peligros dados, derivados de la naturaleza, sino consigo misma: con las propias decisiones. Una consecuencia fundamental de este marco es que el conocimiento experto no alcanza para resolver cuestiones conflictivas como las muchas preguntas que se abren en las controversias técnico-ambientales ni, en general, para tomar decisiones aun en contextos no controversiales, debido a las limitaciones de la producción de conocimiento: si cada tecnología implica nuevos riesgos, la incertidumbre es inherente a su desarrollo y, por lo tanto, es imposible a priori agotar el análisis experto. “Los riesgos, a diferencia de los viejos peligros, son consecuencias que se vinculan con la fuerza amenazadora de la modernización y con la globalización de la duda. Son políticamente reflexivos” (Beck, [1986]1992: 21; énfasis en el original).
Nos encontramos, entonces, ante la cuestión de los límites del conocimiento de manera constante, no ya por un estado nativo de ignorancia, ni porque nuestras limitaciones o prejuicios nublen el entendimiento (la narrativa de la historia wiggish y de la epistemología bachelardiana), sino por el propio avance del conocimiento. Como explicaría Beck en su obra posterior, La sociedad del riesgo global: “La pregunta más importante es cómo tomar decisiones en condiciones de incerteza manufacturada, donde no sólo la base de conocimiento es incompleta, sino cuando más y mejor conocimiento muchas veces significa más incerteza” (Beck, 1999: 6). Se trata de una situación que puede entenderse fundamentalmente de dos maneras. La primera es gnoseológica, es decir, hace a nuestra capacidad de producir conocimiento, y resulta paradójica, en la medida en que lo nuevo que sabemos abre nuevas preguntas y nos lleva a un cambio de perspectiva sobre lo que queda por saber: sabemos más sobre nuestra ignorancia, por lo que nuestro saber y nuestra ignorancia aumentan a la vez. La segunda interpretación es metafísica y tiene que ver con que la producción de conocimiento es necesariamente selectiva, y por lo tanto, por sí misma genera, a la vez, conocimiento y no-conocimiento: con ideas más o menos claras de lo que necesitamos o queremos conocer, elegimos un camino de búsqueda y dejamos otros sin explorar.
Entre las muchas líneas que abrió el trabajo de Beck, la cuestión de los límites del conocimiento resulta especialmente inquietante en relación con la tecnología. En un trabajo de 2012 escrito con Peter Wehling, advierten sobre la magnitud y urgencia de los riesgos, sobre su “poder explosivo” en función de lo que no sabemos. Tomando como ejemplos la crisis financiera global iniciada en 2008, el cambio climático, los organismos genéticamente modificados y la diseminación de la gripe A, señalan que “a pesar de todas las afirmaciones en contrario, numerosas esferas de la acción y la política en las sociedades contemporáneas están condicionadas por el no-saber en lugar de por el conocimiento” (Beck y Wehling, 2012: 33). Se trata de un “no-saber manufacturado” (Beck y Wehling, 2012: 37), en el propio subrayado de los autores, que a veces puede revelarse como inocuo o abordable en etapas sucesivas, pero que otras veces permanece latente y sin reconocer por largo tiempo. Y que puede entonces manifestarse “debido solo a eventos completamente inesperados con consecuencias potencialmente graves” (Beck y Wehling, 2012: 37). Los ejemplos canónicos de estas consecuencias imprevisibles –no meramente imprevistas– son en el presente el adelgazamiento de la capa de ozono y el cambio climático. Beck, en particular, antes de morir estaba reflexionando precisamente sobre cambio climático, derivado de la revolución industrial, que puso a nuestra disposición un caudal extraordinario de energía y cuyo impacto eventualmente desastroso se deriva de la liberación de un gas perfectamente inocuo y hasta favorable para la vida como es el dióxido de carbono. Emblema de que son los éxitos, no los fracasos, de la ciencia y la tecnología los que nos colocan ante riesgos sistémicos; emblema de que, cuando todo sale bien, todo puede salir mal, por la presencia ubicua del no-conocimiento junto al conocimiento.
En este sentido, Beck fue refinando su definición de riesgo hasta dar con una formulación que sintetiza una compleja problemática en una imagen elocuente: el riesgo no es la catástrofe sino “la anticipación de la catástrofe” (Beck, 2008: 11; énfasis en el original). De esta manera logró conjugar los aspectos materiales y discursivos del riesgo, la incumbencia de las ciencias empíricas y las sociales en su estudio: el riesgo es algo “real”, es consecuencia de una amenaza concreta, pero sólo existe si lo percibimos como tal, si lo definimos como tal –y aquí se abre toda otra línea importante de trabajo, que tiene que ver con quiénes tienen el poder de definir qué es riesgoso. El hecho de percibir/definir algo como riesgoso, de tomar conciencia de las consecuencias negativas de nuestras decisiones previas, nos obliga a actuar. Con lo cual, Beck también se aleja de los fatalismos, de cualquier fantasía de huir hacia el pasado, y reintroduce la racionalidad cuestionada: si nuestras decisiones pasadas nos colocaron ante la “anticipación de la catástrofe”, sólo nuevas deliberaciones y nuevas acciones pueden impedir que ésta acontezca.
Transgénicos en Argentina
La incorporación de transgénicos en la agricultura argentina –un país tradicionalmente agro-exportador (Barsky y Gelman, 2001)– con una orientación agroexportadora, desde mediados de la década del noventa, fue liderada por la soja tolerante a herbicida, la soja Roundup Ready, o soja RR. La soja fue introducida durante un período de intensificación de la actividad agrícola que se inició en los años setenta y se profundizó en los noventa, cuando fueron superadas dos barreras simbólicas: la superficie de 25 millones de hectáreas destinadas a la agricultura, y los 60 millones de toneladas de producción (Begenisic, 2002a: 2).
Desde sus comienzos en el país, la soja resultó ser un cultivo apto para la llamada “siembra de segunda”, que seguía a la cosecha de Trigo, papel en el que se habían probado otros cultivos de manera infructuosa. A su vez, en esa segunda siembra resultaban apropiadas las técnicas de siembra directa, que implican una mínima labor del suelo pero que requieren una variedad de herbicidas, en particular, en el caso del cultivo de soja en la Pampa húmeda (Peiretti, 2001; Poverene y Cantamutto, 2003). La soja RR resultó una solución muy adecuada para este conjunto de problemas, dado el amplio espectro de acción del glifosato y su pretendida baja toxicidad. Así, la aprobación de este primer transgénico en la agricultura Argentina en 1996 y su combinación con las técnicas de siembra directa determinan “un punto de inflexión a partir del cual este cultivo inicia un crecimiento vertiginoso” (Begenisic, 2002b: 3). La rápida incorporación de la soja RR hizo de la Argentina el segundo productor de transgénicos del mundo, detrás de Estados Unidos; lugar del que fue desplazada luego por Brasil, donde también la soja RR se convirtió en el transgénico estrella (James, 2010: 40-41).
Si bien entusiasta y veloz, esta incorporación conoció desde los inicios la resistencia de ciertos sectores sociales –en el sentido de la noción de “resistencia a las nuevas tecnologías” de Bauer (1995). Sin embargo, durante los primeros años de su incorporación al sistema productivo argentino, esa resistencia no tuvo el peso suficiente como para modificar de manera sustancial los planes de los promotores de esta tecnología; fundamentalmente, las empresas transnacionales de biotecnología agrícola y sus aliados locales (productores y asociaciones de productores, empresas semilleras y de agroquímicos locales, expertos del sistema científico-tecnológico público, ciertas oficinas del Estado), que vieron en esta tecnología una oportunidad para mejorar la competitividad de la producción agrícola destinada a la exportación (Vara, 2005: cap. 1). La falta de impacto de esta resistencia pudo deberse a una serie de factores específicos de la Argentina, entre ellos, la baja conciencia pública en los noventas de la rápida incorporación de transgénicos; el hecho de que el frente promotor de esta tecnología incluyera importantes actores locales, como dijimos; la orientación de los grupos de consumidores hacia otras preocupaciones (bancos, empresas telefónicas, entre otros); los beneficios económicos tanto para los productores locales (incluyendo los medianos y pequeños) como para las arcas estatales; el hecho de que la soja transgénica resultara una solución viable y ambientalmente sostenible para problemas agronómicos de la Pampa Húmeda, la zona de mayor desarrollo agropecuario históricamente (en particular, la desertificación debida al uso del arado); la historia y alta valoración pública de la Argentina como país agro-exportador (Trigo y Cap, 2003; Trigo et al., 2002; Vara, 2005: caps. 1 y 5; Pellegrini, 2010).
Esta situación comienza a cambiar paulatinamente, con dos momentos que marcan puntos de inflexión. El primero tiene que ver con el contexto internacional de una creciente demanda de commodities agrícolas, tanto por el aumento del consumo por parte de países en crecimiento –notablemente, China e India– como por la promoción de los biocombustibles en los países centrales, entre otras causas. Panorama que en países productores como Brasil o la Argentina aumentó las presiones para incrementar la producción en busca de crecientes ganancias, exacerbando las tensiones vinculadas a estas dinámicas. De hecho, una de las raíces del grave enfrentamiento entre diversos sectores de los productores rurales y el gobierno argentino, de orientación progresista, que se produjo a mediados de 2008 puede atribuirse a la disputa por la renta extraordinaria originada en la tormenta perfecta que hizo que se dispararan los precios de los alimentos a comienzos de ese año (Barsky y Dávila, 2008: 115-131). En medio de ese enfrentamiento, suscitado en torno al decreto del Poder Ejecutivo Nacional No. 125 de ese año, que determinaba la movilidad de los impuestos por exportación para la soja (“retenciones móviles”), por primera vez, un jefe de Estado, la presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner, se refirió de manera pública en términos despectivos hacia la soja transgénica, llamándola una “maleza” que crece casi sin necesidad de cuidados, un hecho que representó un quiebre en la percepción pública del transgénico estrella.
El segundo momento está relacionado con la difusión pública de un estudio realizado por un prestigioso investigador del sistema público que suponía una fuerte acusación contra la proclamada baja toxicidad del glifosato, de amplísimo uso en la Argentina: el 13 de abril de 2009 el diario Página/12 de Buenos Aires publica una nota basada en una entrevista al doctor Andrés Carrasco, investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), del que fue presidente (Aranda, 2009). En la misma, Carrasco presenta los resultados de experimentos realizados en su laboratorio de la UBA, entre cuyas conclusiones se sostiene: “concentraciones muy reducidas de glifosato como las usadas aquí respecto de las usadas en el terreno, producen en el embrión efectos reproducibles tanto morfológicos como moleculares acotados” (Carrasco, s/f: 7). En la propia escritura del informe queda claro que el investigador tiene plena conciencia de las implicancias de su difusión. Posteriormente, Carrasco publicaría dicho trabajo junto a su grupo en una revista de toxicología (Paganelli et al., 2010).
A partir de entonces, la resistencia relativamente sorda que había existido contra los transgénicos en la Argentina, gana una magnitud tal que puede hablarse ya de la emergencia de una auténtica controversia tecno-ambiental pública, con capacidad de impactar en los planes de los promotores.
Corresponde en este punto destacar que para 2009 América Latina atravesaba el auge de un ciclo de protesta ambiental, siguiendo la terminología de Tarrow (1993), en el que innumerables proyectos de raíz científico-tecnológica y en su mayoría vinculados a la explotación de recursos naturales estaban siendo resistidos (Vara, 2012). Entre ellos, pueden mencionarse: la tecnología nuclear y la minería de uranio; industrias riesgosas (pulpa y papel, química, entre otras); distintos tipos de minería; instalaciones como depósitos e incineradores de basura, hidroeléctricas, autopistas, desarrollos inmobiliarios, tendidos eléctricos, antenas de telecomunicaciones; además de los transgénicos y las fumigaciones. No es trivial señalar que una parte de las tecnologías y proyectos resistidos tienen que ver con la transición energética, como la minería de uranio y litio, la tecnología nuclear y los biocombustibles. Queda para otra oportunidad un análisis más detallado de la dinámica que ha seguido este ciclo, que parece encontrarse ante su cierre en este momento, lo cual no implica, ciertamente, en fin de las protestas sino algún tipo de reconfiguración y eventual institucionalización de la misma (Vara, en prensa).
Reflexividad: saber que no se sabe
En relación con la discusión pública suscitada a partir de la difusión del trabajo de Carrasco, quisiéramos detenernos en el análisis de la retórica argumentativa-confrontativa de distintos actores sociales involucrados en la controversia técnico-ambiental en torno a los transgénicos en la Argentina, en una fecha cercana a la erupción de esa discusión, entre fines de 2010 y comienzos de 2011. Fundamentalmente, vamos a concentrar nuestra atención en argumentaciones que incluyen el uso espontáneo de categorías de no-conocimiento, es decir, en construcciones argumentativas que dejan en evidencia una comprensión del fenómeno compatible con nociones expertas desarrolladas por cientistas sociales en su análisis de controversias técnico-ambientales y, en particular, en cuestiones de incerteza y no-conocimiento. Creemos que, entre otros aspectos salientes, el uso espontáneo de estas categorías revela la conciencia auto-reflexiva de actores sociales.
En un tramo de la entrevista que le realizáramos en el marco de un proyecto de investigación el 13 de abril de 2011, sostiene Carrasco, para explicar por qué, siendo un experto en genética embrionaria sin antecedentes en investigaciones toxicológicas ni agrícolas, realiza el experimento con que buscaba analizar la toxicidad del glifosato: “Yo no tenía una particular propensión a estudiar temas agrícolas, pero aparecieron señales de que esto ya no sólo estaba lesionando el ambiente sino que estaba llegando a la salud”. Esta explicación es bastante similar a las descripciones que acompañan el trabajo de Brown (1987) en su desarrollo de la noción de “epidemiología popular”, definida como “[…] el proceso a través del cual los legos recogen estadísticas y otro tipo de información, así como dirigen y acompañan el conocimiento y los recursos de expertos con el objetivo de comprender la epidemiología de la enfermedad” (Brown, 1987: 78).
Continuando y profundizando en su argumentación, agrega Carrasco en el mismo sentido: “El trabajo se hizo un poco impactado, sensibilizado por relatos, noticias, conversaciones, algún dato de lo que estaba pasando, etc.” Es decir, Carrasco es conciente de que son las poblaciones locales las que inician la indagación de manera más o menos sistemática, en la que se cruzan razones y emociones, que despiertan en él también afectos y una curiosidad que demanda una respuesta. Y la articulación entre esas sospechas de los legos y la expertise propia de su carrera como investigador se conjugan en la siguiente explicación: “Viendo lo que pasaba con la salud y teniendo en claro que los sistemas biológicos son muy comparables, extrapolables (porque todo el mundo usa animales para ver los posibles efectos en la salud humana) hicimos los experimentos”. Como experto en la genética del desarrollo, que sabe que los genes que controlan las etapas iniciales del desarrollo embrionario están muy conservados en las especies, Carrasco diseña un modelo animal que, según argumenta, puede ofrecer elementos para comprender la toxicidad del glifosato en el desarrollo humano.
Es casi como si Carrasco hubiera leído a Brown, pero no solo en el modo como ejecuta sus prácticas sino como las explica en la entrevista: se trata de un hacer conciente que se evidencia en una retórica compatible con la categoría browniana, que incluye, a la vez, el reconocimiento de la incerteza, de la falta de conocimiento científico (no conocimiento), y de la capacidad para responder a esa falta a partir de los propios conocimientos, de la propia expertise. Carrasco insiste más adelante en el carácter secundario de su trabajo, que se construye como conocimiento derivado de las sospechas –del conocimiento local, situado, de los legos– de las comunidades afectadas: “Entonces eso les sirvió a la comunidades que habían empezado a detectar cambios o efectos en esos lugares. De hecho ya había denuncias hechas. Eran casos aislados, pero empezaron a pensar que efectivamente podía haber algo.” Es decir, que en la argumentación de Carrasco, su trabajo surge de un doble movimiento: del reconocimiento del no conocimiento científico y del conocimiento lego. Es ese encuentro marcado por la reflexividad el que da inicio a la nueva producción de conocimiento científico. E, inmediatamente, avanza un poco más, para anticiparse a las críticas en relación con la difusión que eligió dar a su trabajo antes de su publicación, es decir, antes de que fuera aceptado por la comunidad científica: “Las observaciones las venían haciendo ellos (las comunidades), y en ese sentido esa es una discusión epistemológica hacia adentro de la comunidad científica: ¿cuándo una información, un conocimiento debe ser liberado? Qué prima, ¿el juicio de pares o el bienestar de la sociedad?”. Queda en evidencia el carácter público y político del trabajo de Carrasco desde sus inicios y hasta la puesta en común con la sociedad en sentido ampliado, en el sentido del riesgo como “anticipación de la catástrofe” de que habla Beck, que supone la urgencia y el mandato de responder ante el riesgo.
Carrasco continúa argumentando en relación con las incertezas inherentes a la adopción de cualquier tecnología, que superan las admitidas en el proceso de regulación. Sostiene, sobre la incorporación de la soja RR en la Argentina: “Cuando se lanzó esto era como un experimento. Entiendo que era y es imposible predecir 20 millones de hectáreas con 200 millones de litros de pesticidas, etc. De los cuales 180 son sólo de glifosato”. Carrasco concede que la incerteza es inherente a la adopción de cualquier tecnología en sus etapas iniciales. Inmediatamente, continúa en el mismo sentido, pero incorporando, sobre el final, una vuelta de tuerca sobre la responsabilidad de la no admisión de la incerteza por parte de la comunidad de expertos: “Nunca tenés todas las variables, lo único que podés hacer es avanzar despacio, monitorear y parar cuando alguna luz amarilla se prenda. (Pero) Estos son territorios liberados. Donde se recomiendan 2 ó 3 litros por hectárea se usan 12, hacé eso en Europa …”. Dejamos para otros trabajos la comparación con Europa, porque hace a otro marco discursivo, vinculado a una configuración de conocimiento en relación con un modo de entender la posición subordinada de los países latinoamericanos en el sistema mundial, que tiene que ver con un discurso que hemos dado en llamar “contra discurso de los recursos naturales”, que funciona a la vez como marco maestro de acción colectiva y como matriz en marcos teóricos recientes, y que no es inhabitual en la retórica de Carrasco (Vara, 2012; 2013; 2015; en prensa).
Lo que nos interesa aquí es que Carrasco deja en evidencia una conciencia de su papel y su responsabilidad como científico del sistema público argentino para responder al no conocimiento derivado de los sesgos sistémicos. Tácitamente, en realidad, espontáneamente, hace eco en su argumentación de la categoría de “ciencia no hecha”, definida como:
(…) la sistemática no producción de conocimiento. Específicamente, (…) las ausencias de conocimiento que podría haber ayudado a un movimiento social o a otra organización de la sociedad civil para movilizar los recursos intelectuales necesarios para confrontar a una elite política y/o industrial que, desde la perspectiva de la organización desafiante, apoya políticas que no son beneficiosas para la sociedad en general, para el ambiente o para grupos desprovistos de poder históricamente (Frickel et al., 2010: 446).
Es decir, Carrasco basa su argumentación en dos categorías de las ciencias sociales, específicamente, de los estudios sociales de la ciencia y la tecnología, como son las de “epidemiología popular” y de “ciencia no hecha”, que usa de manera productiva, aunque no las conozca. Puede decirse que las reconstruye a partir de la reflexión sobre su propio hacer como científico desde una perspectiva ética y política compatible con la noción de “sociedad del riesgo” y de “reflexividad” de Beck.
De la incerteza a la sorpresa
Pero la admisión de la incerteza y el no conocimiento científico en el proceso de adopción de transgénicos en la Argentina no está solo del lado de los afectados (los legos, las comunidades) o de los críticos como Carrasco. Un aspecto muy interesante que quizás pueda entenderse como un indicio de que la discusión pública sobre transgénicos en el momento de las entrevistas realizadas está relativamente avanzada, es que un investigador en biotecnología que podemos situar en el frente promotor de los transgénicos –al que llamaremos entrevistado 2, o E2– admite de bastante buen grado la incerteza en este proceso.
Sostiene el E2 en entrevista realizada el 18 de abril de 2011:
Como somos claros de que hay aspectos que no se conocen, que la puesta a punto de una tecnología tiene aspectos inmaduros todavía (yo diría que cada vez menos, pero bueno al principio era así), lo que se hizo fue decir: ‘bueno, vamos a avanzar cuando estamos seguros, cuando hay un consenso técnico adecuado y vamos a ver esto en etapas crecientes de experimentación’.
Estamos aquí ante una estrategia argumentativa doble, ya que se acepta la incerteza, pero se la considera una situación que se da en relación con las etapas iniciales de la incorporación de cualquier tecnología. Vemos que, hasta aquí, el E2 parece coincidir con una parte de la argumentación de Carrasco. Es en el tercer paso argumentativo que el E2 diverge, porque, a diferencia de Carrasco, no cree que se haya descuidado el seguimiento de los impactos de la tecnología, lo que supone que, después de su autorización y su incorporación al sistema productivo, se siguió produciendo conocimiento de manera sistemática. Continúa inmediatamente el E2: “Todo eso se va acompañando de monitoreo, informes, inspecciones. Que te garantiza que hay un feedback; si aparece algo raro, ponés barreras de contención o metodologías especiales.”
Para el E2, la incerteza se ha reducido porque se ha seguido produciendo conocimiento, además que se ha respondido a las amenazas con nuevas medidas y controles. Paradójicamente, a pesar de estar hablando de un caso concreto que dice conocer, la afirmación que realiza no está en un tiempo verbal de pasado indicativo (que indicaría algo que efectivamente ocurrió, que se hizo), sino en presente, que es el tiempo verbal en que se enuncian el saber y el deber en términos generales, como saber aceptado y como deber reconocido. Comparemos esta afirmación con una versión no formulada, que indicaría lo que ocurrió y lo que se hizo: * “apareció algo raro y se pusieron barreras de contención”.
Lo más significativo de la argumentación del E2, sin embargo, viene después. Y tiene que ver con una nueva admisión de incerteza en relación con la producción de conocimiento y el uso argumentativo de un modo de no conocimiento radical para defender la inocuidad de los transgénicos. Dice el E2: “Nosotros hemos trabajado con la biología del suelo y lo que encontramos es bastante curioso. En realidad, la biodiversidad sigue estando ahí. Por lo menos a nivel bacteriano, que es lo que vimos. Vos ves que hay menos bacterias en los suelos agrícolas, pero los taxones están todos.”
El E2 está respondiendo a las acusaciones sobre otro de los impactos negativos de los transgénicos: que, por su carácter de “-cidas”, afectan la biodiversidad en los suelos. Y para hacerlo hace referencia a sus propias investigaciones, apelando tácita y espontáneamente, a otra categoría desarrollada en las ciencias sociales para hablar del no conocimiento: la de “nescience”, propuesta por Matthias Gross, definida como “falta de todo conocimiento: el prerrequisito para una sorpresa total, más allá de todo tipo de anticipación” (Gross, 2007: 751). En este paso es coherente con su previa admisión de incerteza en relación con la incorporación de nuevas tecnologías, solo que la orientación argumentativa de su razonamiento va en una dirección que es poco frecuente: en lugar de sostener, como es habitual, que los impactos imprevistos de las tecnologías pueden ser negativos, sostiene que a veces hay “sorpresas” positivas. Y éste, dice, es el caso de la biodiversidad en los suelos cultivados con soja RR.
Si se sigue todo el recorrido argumentativo del E2 en este punto, puede decirse que, cuando más arriba se refería a las “etapas crecientes de experimentación”, podría estar refiriéndose por adelantado a estos estudios de suelo. Solo que, merece decirse, en el caso de la soja RR esas “etapas crecientes de experimentación” se realizaron a campo abierto en los terrenos cultivados: las 20 millones de hectáreas a las que se refiere Carrasco.
Una estrategia más para destacar en las declaraciones del E2 es la que vuelve a subsumir a la soja RR en una regla general: la de que todo exceso es malo. En relación con las acusaciones sobre que la adopción de soja RR habría sido una causa importante en la deforestación ocurrida en años recientes en la Argentina, en relación con el proceso de agriculturización liderado por la soja, en primer lugar separa a los transgénicos, analizándolos por sí solos: “El impacto de los transgénicos sobre el medioambiente (…) es muy pequeño por la transgénica (sic) en sí. No hay, por lo que sabemos hasta acá, un argumento para decir esto tiene un terrible impacto per se”. E inmediatamente, admite que hubo deforestación, pero ve este efecto separado de la causa, tácitamente sosteniendo que la deforestación, si bien mala, no está directamente relacionada con los transgénicos: “Ahora, si vos sembrás soja hasta en los balcones de Buenos Aires, bueno, es otra historia”. Es decir, traslada a “los excesos” la responsabilidad atribuida a la transgénesis o a la soja RR; aunque –justo es reconocer– no termina de excluir a los primeros.
A modo de conclusión
Si bien, como se comentó, la problemática de la incerteza está presente en el análisis y las teorizaciones sobre las controversias técnicas desde temprano, solo recientemente se le ha dado un tratamiento sistemático y rico, en relación con marcos teóricos que tienen en cuenta, más ampliamente, cuestiones de no conocimiento.
En este trabajo, nos hemos propuesto operacionalizar algunas nociones presentadas en el marco de estas nuevas teorizaciones sobre no conocimiento, en relación con la discusión pública sobre biotecnología agrícola en la Argentina, un tópico que hemos estado trabajando desde hace más de quince años y que ofrece una complejidad e interés intrínseco por los diversos aspectos en juego, entre los que pueden contarse la importancia de la incorporación de transgénicos en términos económicos, sociales, políticos, ecológicos y sanitarios. Se trata de una problemática que se comprende en función de las complejidades de la “sociedad del riesgo” beckiana, en que los bienes y los males de la ciencia y la tecnología aparecen ligados de manera inextricable, en que la incerteza y el no conocimiento resultan de algún modo irreductibles, y en que la distribución de riesgos y beneficios resulta asimismo compleja y crítica.
En nuestro análisis, hemos visto que la complejidad de las discusiones en relación con la controversia técnico-ambiental sobre transgénicos en la Argentina ha dado lugar a la inclusión de argumentaciones sofisticadas, que incluyen la admisión de incerteza y no conocimiento tanto por parte de actores críticos (lo que podría esperarse), como por parte de actores enrolados en el frente promotor.
En el caso de los actores críticos, además del reconocimiento de la incerteza en el campo experto, hay un reconocimiento de un saber válido por parte de actores legos, como son las comunidades afectadas, cuyas “sospechas” se consideran significativas, y a las que se responde produciendo nuevo conocimiento, en una dinámica similar a la descripta por Gross (2007). Lo más interesante es que el actor analizado incorpora en su retórica, de manera productiva y coherente, categorías expertas de las ciencias sociales, que reconstruye de manera espontánea, como las nociones de “epidemiología popular” y “ciencia no hecha”.
La admisión de incerteza y no conocimiento por parte de un actor enrolado en el frente promotor es, sin embargo, más sorprendente. Y resulta, por eso, muy interesante el modo como construye su argumentación que busca, finalmente, justificar y legitimar científicamente la incorporación de transgénicos en el sistema productivo de la Argentina. Hemos visto que una estrategia fundamental gira en torno al uso tácito y espontáneo de otra categoría desarrollada en las ciencias sociales, la de “sorpresa”.
Creemos que un análisis como el realizado deja en evidencia que el contexto contencioso de las controversias técnico-ambientales resulta adecuado para estudiar las dinámicas retóricas de la “sociedad del riesgo”, entendida como aquella en que no solo la ciencia y la tecnología producen a la vez bienes y males, sino como aquella en que la política juega un papel fundamental en la regulación del riesgo, junto al conocimiento científico y en una relación compleja y matizada. En particular, hemos visto el modo como la comunidad de expertos moviliza recursos intelectuales en su diálogo al interior de la comunidad y con actores no expertos, dejando de manifiesto la productividad de esas relaciones para avanzar en discusiones que eventualmente hagan posible un mayor control ciudadano de las tecnologías.
Bibliografía
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- Laboratorio de Investigación en Ciencias Humanas – Escuela de Humanidades Universidad Nacional de San Martin.↵






