Fernando Bouza
Hace ya casi treinta años desde que conozco personalmente al profesor Roger Chartier. Para mi fortuna, sigo tratándolo desde que tuve la oportunidad de encontrarlo en un curso titulado “El libro en palacio”, que, concebido por María Luisa López-Vidriero y Pedro M. Cátedra, se celebró en San Lorenzo de El Escorial en 1993. Recuerdo el momento exacto como una ocasión extraordinariamente feliz, que Chartier supo rodear de ese halo de simpatía y generosidad profundas que siempre lo caracterizan. Aquel primer encuentro personal no fue nada solemne. Por el contrario, lo recuerdo como un momento en una sala de pasos perdidos presidido por la más relajada informalidad académica, aunque en El Escorial la larga sombra de Felipe II y su monasterio se prolonga hasta llegar a cualquier parte.
Por supuesto, ya antes de este encuentro de 1993, había frecuentado, o leído, tanto al historiador de los états généraux como al de los usos del impreso, la edición y la lectura de la Francia del Antiguo Régimen. En suma, mi primer Chartier se remonta a la década de 1980, cuando el lionés colaboraba con Denis Richet y con Henri-Jean Martin, dos importantísimos maestros que se han ocupado de la mediación y sus agentes, una cuestión que, a mi entender, atraviesa transversalmente la obra charteriana. Por cierto, en el curso escurialense de 1993, dedicó su intervención a los dedicatarios de libros en el ámbito cortesano y principesco, una realidad que constituye, sin duda, un buen escenario para reflexionar sobre el análisis de la mediación cultural.
A aquella altura, mis intereses se dirigían hacia una historia cultural de la política, que había esbozado parcialmente en Del escribano a la biblioteca (1992). Pretendía, entonces, recopilar cuantos contenidos relativos a la imprenta manual como privilegiado instrumento de difusión pudiera encontrar, acaso porque tenía entre manos la traducción española de Elizabeth Eisenstein, que aparecería en 1994 como La revolución de la imprenta en la Edad Moderna europea. La “apropiación” del horizonte charteriano se me reveló pronto como un reto y también como una inspiración para ampliar social y culturalmente mi inicial visión algo reduccionista del fenómeno tipográfico como indicio y promotor de una supuesta modernización.
Después han ido llegando otros chartiers, más anglosajones e ibéricos o iberoamericanos, valga la expresión. Pero para comprender la recepción española de aquel primer Chartier, hay que recordar que su obra también constituía un término de comparación, tenida por ineludible en los usos historiográficos del momento. Sin duda, lo era para una historia del libro –todavía no una historia de la cultura escrita– que en España se sabía algo periférica y anhelaba un canon “fuerte” del que obtener certezas y con el que parangonarse. Cuando París actuaba como un imán hacia el que se dirigían diversos historiadores modernistas españoles que deseaban formarse en ciencias sociales –algunos, también, en busca de un legitimador pedigrí–, este Chartier, no hispanista, que evolucionaba desde el paradigma metodológico representado por los todopoderosos Annales, ofrecía ese canon de una manera sobradamente idónea.
No debo olvidar, por otra parte, que un segundo escenario para mi conocimiento inicial de Roger Chartier fue el de su temprana recepción portuguesa, que le debió tanto al impulso denodado de Francisco Bethencourt y de Diogo Ramada Curto. Es buena ocasión para recordar que mirar “hacia Lisboa” siempre ha sido un (re)medio con el que compensar la autopercepción de relativa minoridad conceptual o metodológica que padece la historiografía española. En mi caso, curiosamente, mirar “hacia Lisboa” pasó en parte por viajar hasta Barcelona, donde coincidí con Diogo Curto en el círculo de la revista Manuscrits en los años de Ricardo García Cárcel y de Manuel Peña Díaz. Por cierto, esta Barcelona charteriana no se limitaba a ellos, sino que además cobijaba a Francisco Rico, el filólogo cervantista que también ha sido fundamental para la difusión española del profesor lionés.
En términos generales, ha sido enorme, sin duda, el impacto de las propuestas historiográficas de Roger Chartier sobre la historia cultural en las últimas décadas, o, en términos más particulares, es muchísimo lo que le debe mi propio y modesto trabajo académico, algo por lo que también me interroga este cuestionario. Es innegable que serían muy escasos los campos de la investigación actual en historia de la cultura escrita en los que no se pueda percibir su huella, desde las formas de lectura al orden de los libros, de la escritura inscrita a la edición dramática y la historia conectada de conceptos o títulos, pasando por la circulación de noticias, el coleccionismo, la traducción –y sus límites– o, entre otros asuntos de un largo etcétera, los avatares del copyright, el papel de componedores u otros oficiales de las tipografías y de los mercaderes del libro como costeadores de impresiones.
Confieso, sin embargo, que no soy muy capaz de deslindar la recepción colectiva de su obra de la propia recepción que yo he hecho de su magisterio, estando siempre algo ensimismado en las fuentes de archivo como historiador generalista de los mundos luso-hispánicos durante los siglos XVI y XVII. Además, soy consciente de que no debería sacar partido de conocer hasta qué extremo ha llegado el impacto de Roger Chartier, que hoy es absolutamente transnacional y multidisciplinar, para ir marcando de manera retrospectiva jalones nítidos y convenientes hitos en la marcha de su obra hacia una proyección universal o mainstream. Lo que sí sé es que, como docente universitario, enseño Chartier en el aula, día a día leo o escribo Chartier y que, incluso, me gustaría responder a estas preguntas more Chartier, para lo que, en primer lugar, debo preguntarme tanto qué es este cuestionario como en qué contexto se realiza.
En un intento de síntesis, cabría organizar el caudal múltiple de sus contribuciones en torno a dos grandes “gestos” que, sin embargo, remiten al mismo y único Chartier, autor de un legado intelectual coherentemente unitario. De un lado, deseo destacar que su obra constituye un ejemplo de cómo articular sincronía y diacronía en el acercamiento al pasado. De otro lado, le rindo homenaje porque personalmente se ha convertido en una suerte de introductor de innovaciones historiográficas (autores, escuelas, puntos de vista) que, de su mano, han llegado a marcar métodos y materias desarrollados en investigaciones concretas, por fortuna cada vez más numerosas. La buena coyuntura de la que ha gozado la historia de la cultura escrita como disciplina le debe mucho a su capacidad de armonizar alrededor de sí tanto añoradas certezas académicas como estimulantes desafíos intelectuales.
La primera observación tiene que ver con la respuesta charteriana al dilema de cómo conjugar las diversas escalas temporales en el análisis cultural –un dilema vivido en el cambio de siglo con evidente angustia historiográfica, casi milenarista–. El brete no tenía sencilla solución porque requería no caer ni en el actualismo abusivo de los acercamientos diacrónicos, que a la postre vienen a profetizar el pasado con su sistema de forerunners y precursores, ni tampoco abstraerse en la mera erudición con un inevitable aroma de taxidermia que puede llegar a fosilizar las miradas férreamente sincrónicas. Dicho de otro modo, su obra ha ayudado a muchos a resolver las dudas sobre qué historiar: si únicamente lo que anticipa las realidades que hoy conocemos o también aquellas pretéritas que han dejado de tener sentido en la mayor parte de nuestras sociedades contemporáneas. Con verdadera agudeza, Chartier ha logrado no solo contestar a la pregunta de qué historiar, sino también a la de cómo hacerlo.
Como se sabe, ha hecho suyo un hincapié continuo en la necesidad de reconstruir representaciones, prácticas y modalidades de apropiación características de cada período históricamente considerado, hasta el punto de convertir ese empeño en un signo característico de su paradigma. De hecho, esa voluntad de reconstrucción refleja, a mi entender, cuál fue su respuesta a aquel dilema.
En suma, dicho de otro modo, con Chartier no solo deberíamos estudiar lo que anticipa el presente, sino también todos los usos culturales que hoy nos resultan extraños o pueden parecernos carentes de sentido, porque responden a marcos circunstanciales o particulares convenciones de época. De este modo, a la manera clásica, qué historiar implica desarrollar metodológicamente un específico método que paute cómo proceder a hacerlo. No muy lejos de lo que hoy tiende a ser llamado, por extensión, un situated knowledge, esta perspectiva guarda similitud con la bibliografía como sociología de los textos del neozelandés Donald F. McKenzie, tan admirado por Roger Chartier.
De este acercamiento resulta, por ejemplo, la especial atención que le ha prestado a la oralidad de la lectura en voz alta, que ha puesto sobre el tapete historiográfico frente a la insistencia en la modernizadora lectura silente, a lo Marshall McLuhan. Desde el punto de vista comunitario, el reconocimiento de dicha práctica ha llevado aparejada una consiguiente ampliación del espectro de quienes leen con la inclusión de los que oyen leer o pueden hacerlo, mucho más numerosos. Soy de los que todavía recuerdan los tiempos en los que se afirmaba que, por ejemplo, la escena de los segadores de Don Quijote, I, 32, era un mero recurso literario salido del ingenioso caletre cervantino, por lo que no puedo menos que encarecer cómo la comprensión de la circulación cultural en tiempos de analfabetismo rampante ha cambiado de forma notable como consecuencia de la consideración de libro oídos por lectores oyentes y espectadores.
Dando privilegio a la lectura en voz alta, además de su continuo interés por la historia de la educación, Chartier evoca los planteamientos de la nueva paleografía italiana, con Armando Petrucci al frente, sobre el relieve social de las formas de lectura y escritura por delegación que él mismo ha ayudado a difundir de manera indiscutible. Lo que me permite recordar lo importante que fueron en su inicial recepción hispánica figuras como el paleógrafo valenciano Francisco M. Gimeno Blay, petrucciano como también lo es Antonio Castillo, otro promotor español del universo Chartier.
No obstante, sin olvidar su afán de reconstruir la especificidad de las prácticas de época, más allá de las normas o los modelos, el acervo charteriano nunca se desentiende de la consideración de escalas temporales más amplias, tanto hacia el pasado medieval y antiguo, como hacia el relativo futuro decimonónico y contemporáneo. Así sucede, por ejemplo, con su análisis de las distintas figuras de responsabilidad autorial en la génesis del autor moderno como un héroe, el dominio del creador sobre su propia obra o, incluso, su pregunta, nada retórica, de qué es un libro.
El paradigma Chartier pasa, también, por una reevaluación de la mudable materialidad de los textos, llamando la atención sobre la necesidad de considerar los elementos materiales como formas determinantes a la hora de explicar prácticas y modalidades distintas. Aquí, su magisterio en el conocimiento de las materialidades, antiguas y modernas, resulta extraordinario y le permite trazar la historia textual desde los códices de la Antigüedad tardía hasta las pantallas de los actuales dispositivos telemáticos o desde las reservas preciosas de las grandes bibliotecas clásicas hasta la apertura de las bibliotecas digitales de nuestros días.
La insistencia en la materialidad resulta, a mi modo de ver, absolutamente crucial a la hora de rastrear y comprender el paradigma Chartier. De un lado, responde a la influencia doble del paleógrafo Petrucci y el bibliógrafo McKenzie, ya mencionados, cuyos planteamientos de investigación ha promovido activamente durante décadas, pero también al trabajo compartido con Peter Stallybrass y su seminario “History of Material Texts”. De otro lado, lo material sale a relucir transversalmente en el conjunto de su obra, hasta el punto de convertirse en uno de sus elementos medulares.
Por ejemplo, la importancia de la materialidad para Chartier es patente en su interés por marginalia, hechas por quien leyó un texto en un momento dado, o notatae, anotadas en –trasladadas a– un cartapacio de lugares comunes. En su planteamiento, se trata de testimonios de modos de apropiación que, de alguna manera, darían voz a antiguos lectores, como individuos o como miembros de una comunidad lectora, y que constituyen propiamente una práctica que sigue un modelo o, por el contrario, se escapa de una norma. Igualmente, lo material es un horizonte que aparece en el llamamiento charteriano a propósito de los librillos de memoria, sobre cuyas páginas enceradas o embetunadas, no siempre de papel, se escribía/inscribía con un pequeño estilo, por lo general, metálico. Resulta absolutamente fascinante cómo el autor logra evocar prácticas a partir de su análisis material de formas de escritura efímera in itinere, hechas no para ser conservadas frente a las fragilidades de lo oral o lo visual, como hubiera querido el tópico, sino para ser borradas, acaso sin siquiera ser copiadas sobre papel con pluma y tinta.
Esta circunstancia recrea, también, la atención puesta por Roger Chartier sobre la fabricación de la memoria y su corolario o su desencadenante, el olvido. Como pocos, ha venido y llamado a reflexionar a propósito de la transformación radical que supone la posibilidad, que hoy se puede disfrutar casi libérrimamente, de acceder al mismo texto sobre plataformas o soportes que son distintos, así como que la consulta digital elimina una parte de la riquísima diversidad material propia del anterior mundo del libro. Esta última idea me parece especialmente importante porque la red no solo dificulta el acceso a aquellas ediciones que no han sido elegidas para su digitalización –en ocasiones, ha podido desencadenar la destrucción física de las ediciones por parte de alguna biblioteca o institución–, sino que también elimina otras formas de apropiación de los textos, desde lo sensorial –tacto, peso e, incluso, olor– hasta la creación de sentido.
Si las formas crean sentido, cabría preguntarse con el profesor lionés qué sentido crean las lecturas hechas a través de las pantallas. Igualmente, teniendo en cuenta que las bibliotecas digitales no van a reproducir todas las obras y sus distintos avatares, ¿quién va a historiar los libros no volcados a la red? Sin duda, lo digital se ha convertido en un motor de la transmisión académica y un facilitador de las tareas de consulta, pero coloca ante todos una relativa depauperación indiciaria o documental.
Conforme al cuestionario, quedaría ahora, para concluir, avanzar algunas propuestas sobre qué investigar siguiendo el modelo Roger Chartier. Personalmente, me inclinaría por insistir en mi análisis de aquellos textos, impresos o manuscritos, que no fueron producidos para ser siquiera abiertos y, por supuesto, nunca leídos, sino que, a la manera de los amuletos, existían para ser portados, tocados o, incluso, ingeridos. Las prácticas asociadas a este tipo textual, tan extendido en la Edad Moderna, me parecen especialmente dignas de atención porque representan usos y modalidades de apropiación que rompen con las convenciones actuales que han reconducido a lo escrito a la información, el disfrute, la expresión o el conocimiento.
De manera colectiva, propondría una reflexión común sobre anteriores crisis en las formas de lectura. Me refiero, por ejemplo, a experiencias como la de mediados del Cinquecento, cuando el breviario impreso al abrigo de Francisco de Quiñones, cardenal de Santa Cruz, generó un fuerte rechazo en los cabildos de canónigos contra la supuesta nueva “lectura difusa” que inducía. Un sentimiento de crisis volvería a surgir en el siglo XVII, al temerse que se acabara la primigenia tradición letrada porque todo el mundo había dado en convertirse en traductor y Horacio era leído por los criados, es decir, que la tipografía mercantilizada estaba haciendo surgir, de un lado, nuevos autores y, de otro, creaba un público indiscriminado. En suma, es la autopercepción de crisis que llevó a Louis Antoine Caraccioli (1719-1803) a lamentarse de la lectura epidérmica que se había impuesto y que era tanto como leer en una linterna mágica. Estoy convencido de que eso no serviría para cauterizar las heridas de la presente incertidumbre sobre el futuro del libro, pero dejaría claro lo mucho que nos queda por hacer en la recuperación de los lugares, individuales o colectivos, de una memoria antigua de la lectura compartida.
En suma, es mucho lo que he aprendido de Roger Chartier como lector impenitente de su prolongada obra. El peso de su magisterio me ha permitido imaginar una particular práctica de investigación propia que pasaría por preguntarle al archivo lo que otros le proponen a la biblioteca –y viceversa–. Aparte del caudal inagotable que me ofrecen sus lecturas y enormes conocimientos, me emplaza a seguir sintiendo curiosidad por todo lo escrito –manuscrito, impreso, inscrito–, en articulada sinestesia con lo oral y lo visual, al tiempo que me permite sentir alguna seguridad epistemológica entre incertidumbres que no desaparecen. Qué historiar y cómo hacerlo, qué lugar reservarle a la norma y cuál a la práctica, a qué colegas invocar y, en suma, qué hilos tejer y destejer para estar atento a la memoria y al olvido, de hecho al tipo de cambio social y cultural que solo estudia la historia y al que da sentido.







