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En los años noventa, entre los muros de Filosofía y Letras

Omar Acha

1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?

Dos fueron las circunstancias de mi acceso inicial a los textos de Roger Chartier. La primera fueron los aprendizajes de mi profesión original, la de bibliotecario. Estamos exactamente en marzo de 1990, en el edificio frío y empapelado de carteles políticos de la Facultad de Filosofía y Letras.

En los cursos de Bibliotecología y Documentación en la Universidad de Buenos Aires, una de las materias que más me interesó fue Historia del Libro y las Bibliotecas. Poco después, como tenía previsto, comencé la carrera de Historia. Las cuestiones de la historicidad ya me preocupaban. La profesora de Historia del Libro y las Bibliotecas era Stella Maris Fernández. El auxiliar docente era Nicolás Tripaldi, quien estaba realizando un estudio sobre las bibliotecas socialistas de Buenos Aires durante el primer tercio del siglo XX. En esa materia leí el clásico manual de Svend Dahl y, con mayor novedad metodológica, la obra pionera de Henri-Jean Martin (y Lucien Febvre): La aparición del libro.

Arriesgándome a ceder a una ilusión retrospectiva, quisiera recuperar de mi formación bibliotecológica y práctica aquello que me predispuso a cierta lectura de Chartier. Es preciso tener bien presente que la profesión bibliotecaria, a pesar de que hasta el día de hoy carezca de un reconocimiento legal específico (en la Argentina no hay un estatuto de la profesión bibliotecaria), tiene una meta clara: dar acceso de los recursos bibliográficos al público lector, clasificar, indizar, ordenar, cuidar y sistematizar la materialidad de los impresos. En una biblioteca, donde en general el espacio es escaso y los recursos para la preservación no abundan, el tamaño, peso y estado general de cada libro o fascículo de revista es esencial. Para una biblioteca cada libro no es solo la plasmación de “ideas”. Es también un soporte, una forma, un papel con su humedad y con sus parásitos, es una producción histórica y, sobre todo, perecedera.

Por otra parte, cualquier bibliotecario/a sabe que los libros no circulan naturalmente. Algunos nunca fueron leídos, como se sabía, antes de los registros en bases de datos relativos a los pedidos de usuarios, si los troqueles que unían las páginas no habían sido cortados. Para esos libros, el destino era el depósito (o, si no lo había, el “descarte”), pues el espacio, como dije, siempre escasea. Ocurre tanto en la biblioteca escolar de un barrio modesto como en la Library of Congress de Washington. De tal manera, lo que perdura y brinda su forma en el mediano plazo a una biblioteca está dado también por su público lector.

Una última dimensión práctica de la cotidianidad bibliotecaria, relacionada con lo que vengo de señalar, es la evidencia de que los libros o las revistas son en gran medida sus lecturas. Las bibliotecarias no necesitan leer Wahrheit und Methode de Hans-Georg Gadamer o comprender la “mímesis III” de Paul Ricoeur en Temps et récit I para percatarse de que el sentido de un texto se refigura en su lectura. La función bibliotecaria fundamental es que los artefactos legibles de la biblioteca sean efectivamente leídos. Para eso se diseñan los sistemas de clasificación y se construyen los catálogos, se establecen las referencias cruzadas y se determinan las palabras clave. Por fortuna, hoy toda esa labor se ha simplificado en la “búsqueda libre” facilitada por la digitalización. Como sea, perdura el desafío del encuentro entre el lector y los libros que le pudieran interesar. Para eso existe lo que se denomina “función de referencista”. Cuando un lector o una investigadora consultan una biblioteca, en gran medida sabe lo que quiere, pero eso que conoce y solicita está rodeado por un formidable litoral con otros materiales quizás más relevantes. En Cómo ordenar una biblioteca, Roberto Calasso describe con maestría la magia del descubrimiento en los estantes de libre acceso de las bibliotecas, donde, al lado o debajo del volumen que rastreamos, hallamos algunas joyas inesperadas que nos hacen postergar la lectura prevista para lanzarnos a una nueva secuencia de textos.

Una biblioteca es entonces siempre un misterio viviente, activo e irrepetible, y tornarla accesible a cada lector singular es el secreto placer de la bibliotecología. Para cualquier bibliotecario, así sea en la última biblioteca con 150 volúmenes de un bello pero lejano pueblo de la provincia de Salta, es muy claro que el encuentro entre una lectora y un libro es un acontecimiento. Luego se abre el horizonte denso y extraordinario, incalculable, de qué hace esa lectora al leer tal o cual libro. Cualquier bibliotecario se pregunta –lo digo por experiencia, pues trabajé como tal durante siete años– qué hacen esos ojos, esa inteligencia, detenidos con atención en el desciframiento del texto leído.

Estos menesteres bien prosaicos de la vida cotidiana en una biblioteca generan preguntas que, en mi formación, no podían ser respondidas desde los modos de realizar la historia del libro, de las bibliotecas, de los impresos y de la bibliografía, tal como se conocía en la Argentina. Valoro enormemente los esfuerzos de Domingo Buonocore y Josefa Sabor en el desarrollo de la historia del libro y las bibliotecas en el país. Sin embargo, en materia historiográfica permanecían ajenos a las discusiones que atravesaban la Carrera de Historia en la Universidad de Buenos Aires. En ese contexto, los debates más agitados se vinculaban con la presencia de las ofertas críticas de la historia social, especialmente la cuantitativa, y de la historiografía marxista entendida en términos de un reduccionismo económico o de clase. El “giro lingüístico” fue el estandarte de la crisis de la historia social. Sin embargo, en el caso argentino, y creo que eso se puede prolongar al subcontinente latinoamericano, la historia social nunca dejó de dialogar con las novedades de las historias culturales, intelectuales y políticas. Es en ese momento en que leí a Roger Chartier, a principios de la década de 1990.

El libro principal que me introdujo a la obra de Chartier fue El mundo como representación, aparecida por Gedisa en una controvertible traducción de 1992. Algunos capítulos se discutieron, con la presencia de Chartier, en el Seminario de Historia de las Ideas, los Intelectuales y la Cultura del Instituto Ravignani, en la Universidad de Buenos Aires, calculo que hacia 1995. El interés de Chartier residía, en mi lectura, en que, sin rechazar la nueva problemática de una historia cultural, no se autonomizaba al punto de sustraerse a las interrogaciones de lo social, de las prácticas, de los usos lectores. El Foucault de los dispositivos, el Bourdieu de la teoría de la práctica y el habitus, el Habermas de la “publicidad”, el Elías de las configuraciones, el De Certeau de la recepción creadora, todo ello articulado con preguntas difíciles a propósito de los modos de lecturas “bajas”, ejemplarmente en torno a la circulación de la Bibliothèque bleue durante el Antiguo Régimen francés, no se exiliaban de lo social. Entonces, si el cuantitativismo “al tercer nivel” se había demostrado incierto en su capacidad demostrativa, el enfoque de Chartier se me aparecía social y materialista y, con sus peculiaridades, ingresaba en un conjunto de preocupaciones intelectuales que podían dialogar con un planteo bien distinto como el Print Capitalism de otro autor influyente de esos años: Benedict Anderson.

2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?

En el año 2000, publiqué un artículo sobre la perspectiva de Chartier en la revista de investigación bibliotecológica de la Universidad de Buenos Aires: Información, Cultura y Sociedad. Por entonces todavía no había decidido abandonar el ámbito bibliotecario como espacio de investigación. En primer término, deseaba estudiar la edición de libros en un espacio mínimo. Incluso descubrí muy cerca de la Facultad de Filosofía y Letras, sobre la calle Hortiguera 552, los restos de la Imprenta Colombo, de la cual se rumorea en el mundo bibliófilo que produjo los más bellos libros editados en la Argentina. Cuando visité el local, tal vez por una referencia de Buonocore, me recibió muy amablemente un hombre muy viejo, impresor, quien me comunicó que carecían de archivos. Me despidió obsequiándome un hermoso libro de poemas en un papel hilo color mate y una tipografía singular. Más adelante, mi fantasía fue escribir una historia de las bibliotecas de la colonia a la actualidad, de lo cual María Ángeles Sabor Riera había sido pionera, pero respecto de cuyo método y aproximación historiográfica deseaba innovar[1]. Esa fantasía fue algo que fui resignando a mi pesar en los años sucesivos –no obstante lo cual sigo acumulando referencias, fuentes y problemas en una carpeta de mi computadora que lleva el nombre de “Historia de las bibliotecas”–, sin que eso mellara mi cariño hacia el mundo bibliotecario, afecto que hoy conservo intacto. Aquel breve artículo sobre los aportes de Chartier a la historia del libro y de la lectura fue la última reflexión orientada a pensar la historia social y cultural de las bibliotecas y las bibliografías[2]. La relevancia historiográfica de los estudios de Chartier se desplazó a la investigación que comencé a desarrollar a propósito del peronismo. Pero quiero permanecer un poco más en el modesto artículo del año 2000.

Volviendo sobre él para esta encuesta, observo desde luego sus enormes dificultades e ignorancias. Pero también la voluntad de plantear interrogaciones, desde Chartier, a la historiografía argentina reciente. Me hice preguntas respecto de las lecturas y consecuencias político-culturales a propósito de un importante trabajo de Alejandro Parada sobre la era rivadaviana, tema crucial para comprender la formación de hábitos lectores que contribuirán en la emergencia de la primera generación intelectual argentina, la llamada Generación de 1837[3]. ¿La confección de las bibliografías en La Gaceta Mercantil durante la década de 1820 documentaba adecuadamente, como sugería Parada, una reciente primacía lectora de intereses literarios respecto de los políticos antes dominantes? Desde Chartier, aunque desde luego no solo él, sin un archivo que permitiera acceder de alguna manera a las operaciones de lectura y recepción, el razonamiento era por lo menos controvertible. Ya para el siglo XX, creí hallar la misma dificultad en los trabajos, de amplia repercusión, de Beatriz Sarlo en El imperio de los sentimientos y de Leandro Gutiérrez y Luis Alberto Romero sobre la “entreguerras” de Buenos Aires[4]. ¿La incorporación de cierto tipo de libros en las bibliotecas populares o la inclusión de estos en las colecciones de “libros baratos” expresaban un gusto cultural en formación entre los nuevos “sectores populares” en la peculiar modernidad urbana porteña? Otra vez, pareciera existir un déficit documental, que por caso revelara las operaciones de lectura “desde abajo”, algo difícil de hallar en los endebles entramados de los archivos argentinos (Tripaldi había comentado al presentar en clase su trabajo sobre las bibliotecas socialistas la ausencia en los ensayos de Gutiérrez y Romero de un soporte documental adecuado para las conclusiones que extraían). Dejaba entrever en ese artículo escrito hace casi un cuarto de siglo que tal vez también se requiriera una complejización de las preguntas y premisas de investigación para las cuales el aporte de Chartier tenía vigencia. Ya por entonces Nicolás Quiroga estaba preparando un estudio sobre la biblioteca marplatense Juventud Moderna, con un trabajo de investigación destacable donde el nombre de Chartier era importante dentro de un más amplio marco de referencias[5]. Lo que me sorprende hoy al retornar al artículo de Quiroga es que, como índice de los usos de Chartier en la universidad argentina, también conversaba con los escritos de Sarlo y Romero-Gutiérrez.

Creo que Chartier y las referencias mencionadas generaron una sensibilidad hacia la reinterpretación y los usos activos de los discursos como prácticas singulares, indeducibles de las por otra parte capitales enseñanzas del “giro material”. Esto fue particularmente importante para mis estudios sobre el peronismo del segmento 1945-1955. Si bien, partiendo de un enfoque social, era para mí indiscutible que desde 1930 se venían produciendo transformaciones económicas y sociales sin las cuales el peronismo sería inexplicable como fenómeno histórico, las novedades discursivas poseían una relevancia innegable. No me refiero a las discursividades del Estado gobernado por el peronismo o de su propaganda partidaria. Ese aspecto había sido el tema central de los estudios previos. De allí deducían la formación de una adhesión autoritaria en gran parte de la población. Lo que me parecía que no estaba para nada claro eran las lecturas y los usos que, respecto de tales discursividades, realizaron las mayorías populares. Al respecto había prevalecido en las interpretaciones historiográficas tradicionales, como supuesto en el razonamiento, una relación mecánica entre discurso emitido e ideología o adhesión política. Esa tesis, que se podría hallar en una extensa bibliografía discutida junto a Nicolás Quiroga, era historiográficamente poco sofisticada[6]. ¿Por qué? Centralmente porque, otra vez, establecía una relación mecánica entre emisión de textos o discursos y su recepción. Las palabras de Juan Domingo Perón o de los manuales de escuela eran concebidas como generadoras de ideología o consenso inmediato. Desde una mínima ilustración historiográfica sobre la circulación de textos o mensajes radiales, ese mecanicismo debía ser cuestionado. No por su impugnación al peronismo como autoritarismo, estatismo o totalitarismo, sino por su obsolescencia analítica, para lo cual el precedente de los estudios de Chartier, por supuesto pensados para el Antiguo Régimen francés, era iluminador. Digo, iluminador de las dificultades de una historiografía política y cultural del peronismo.

¿Dónde encontré la reescritura de las fórmulas “desde arriba” del peronismo en los actores bajos, tal vez aquellos mejor vinculables a la formación de la hegemonía peronista en la clase obrera y un segmento de los sectores medios? En las miles de cartas enviadas al presidente Perón entre fines de 1951 y principios de 1952, con el objeto de solicitar demandas específicas para ser incluidas en el Segundo Plan Quinquenal previsto para el segmento 1952-1957. Fueron mis cahiers de doléances. La diversidad de envíos y los modos en que se apelaba a la retórica peronista (“querido General Perón”, “nuestra amada Abanderada de los humildes”, etc.) para solicitudes –construcción de caminos, estaciones de ferrocarril, escuelas, etcétera– que no en raras oportunidades eran planteadas como exigencias, lealtad, lamento, celebración, en fin, en una multiplicidad de opciones y matices. Fueron prácticas de escritura, de refiguración, de repetición, indómitas ante la lectura mecánica de la mera repetición totalitaria. En mis trabajos al respecto, y en mi tesis doctoral, en la que estas prácticas ocupan todo un capítulo, no cito los estudios de Chartier por ser muy distantes temáticamente, pero su lugar efectivo en mis escritos fue importante, por supuesto, en un concierto muy amplio de otras lecturas. Para resumirlo, lo diría en estos términos: si Chartier se interesa por la cultura escrita, en mi trabajo sobre el peronismo me preocupé por la política escrita, hasta el punto en que las fuentes me permitieron avanzar por ese camino. Esa “escritura” no impide incluir rastros de la oralidad tal como es posible entrever, con evidentes mediaciones, en archivos como los judiciales, psiquiátricos y penitenciarios, también incorporados en mi estudio.

3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.

Puesto que Chartier sintetiza allí los aspectos esenciales de su trayectoria, al menos después de la crisis del enfoque cuantitativista (no digo lo cuantitativo como tal, pues ese es un recurso entre otros), entiendo que, en las dos preguntas previas, ya señalé los elementos pertinentes para esta tercera interrogación. Existe, sin embargo, un aspecto, presente en el último tercio de ese conversatorio, que es más inquietante. Se trata de las paradojas de la digitalización. En parte para el trabajo histórico, en parte, y quizás de manera más desafiante, para el estatus de la cultura en general. Las redes sociales, sus algoritmos, las fake news, la manipulación de los big data, la comercialización de nuestras informaciones particulares generan un escenario donde crece la impotencia de los usuarios, bajo la apariencia del comando individualista del click, de los múltiples avatars. Somos cada vez más objetos de una lógica anónima cuyas características desconocemos. Volveré sobre esto en la última pregunta.

4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiador y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?

Hay un primer nivel en el cual se define una “buena praxis historiográfica”, que posee cierta autonomía respecto de corrientes interpretativas, afinidades teóricas o marcos metodológicos. Me refiero a que, cualquiera sea la identidad historiográfica de un/a historiador/a, por ejemplo, la microhistoria, el marxismo, el weberianismo o la global history, una investigación histórica es de calidad cuando los conceptos y la teoría iluminan la información del archivo, pero también se ven interpelados e incluso desafiados en sus premisas conceptuales por la documentación. También es buena una historia cuando las estructuras y la acción humana no son dos mundos aparte entre los que se establece una relación de causalidad, funcionalidad, legalidad o reducción, es decir, cuando las prácticas están encuadradas en eficacias estructurales cuya vigencia solo puede ser representada históricamente a través de la inteligibilidad de las acciones concretas; y cuando las normas generales o específicas de una realidad social revelan solo parcialmente los sentidos de esa realidad en la que hay actores que hacen cosas con las normas, las cumplen, las evaden, las torsionan y donde los resultados particulares y generales de las interacciones generan novedades solo son representables. Por último, una buena praxis historiográfica abandona el sueño de hallar en el archivo los esquemas adoptados por la escritura histórica, pero se abstiene de domesticar la complejidad y discontinuidad de la información de archivo en una mera imposición “narrativista” de maneras de tramar relatos. Los trabajos de Roger Chartier que he leído, en general después de 1980, pertenecen a este registro de buena historia.

Me interesa particularmente la recepción de Chartier en el ámbito de investigación del libro y las bibliotecas, y por extensión también el de la lectura. Una breve búsqueda en los números de la revista Información, Cultura y Sociedad, mencionada en mi segunda respuesta, es reveladora de la reciente significación de los estudios de Chartier para una renovación historiográfica en la Argentina[7]. Mencionado recién en una nota previa, Alejandro Parada –y por supuesto no solo él, pero es una referencia significativa– ha adoptado entre sus insumos de investigación problemas planteados por Chartier. Pienso que su eficacia mayor encontró eco en las historias de la lectura, con desplazamientos localizados y sesgos, como en las investigaciones de Graciela Batticuore, que apela a Chartier y Darnton, pero les aplica una sensibilidad de género para indagar a las mujeres lectoras del siglo XIX rioplatense[8].

En lo que se refiere a una reflexión más amplia sobre la historia y las ciencias sociales, se me presenta a partir de la pregunta formulada en esta encuesta algo que, debo confesarlo, no había advertido antes. Pienso en una extensión generalizada de los planteos de Chartier como crítica de las representaciones históricas. Me explico. Con el giro “global” de la historiografía desplegado a partir de la victoria del capital tras el derrumbe de la Unión Soviética en 1991, se impuso la tesis de que pensar críticamente era pensar globalmente. Esto se puede advertir en algunas recientes impugnaciones de la microhistoria como en el pequeño y polémico volumen de David Armitage y Jo Guldi Manifiesto por la historia[9]. El texto de Guldi y Armitage es más importante por lo que expresa de un clima de ideas epocal, que por la calidad de su argumentación. En efecto, el regreso al “acontecimiento” proclamado por la presunta caída de los “grandes relatos”, la singularidad de la diferencia y la reducción discursiva de lo histórico, así como el individualismo metodológico, se revelan desafiados por el hecho incontrovertible de una lógica global anónima y enloquecida que en cualquier momento puede destruir la vida en el planeta, sea por la crisis ecológica o por un estallido nuclear incontrolable. A esto se añade la generalización de la internet, de la digitalización, de las redes sociales, y de sus incertidumbres antes señaladas. Quisiera leer a Chartier como un historiador que, en el pasado y en el presente, nos ayuda a rescatar las prácticas de relectura, la incidencia de matices en lo recibido como lecturas (hoy de libros, pero también de internet, de las redes sociales), para recuperar formas de lo público, de la opinión en debate, de esos intersticios en que puede articularse un examen del pasado y del presente. Bourdieu, Elías, De Certeau y un cierto Foucault impiden a Chartier ceder a la seducción del particularismo histórico sin redundar en un estructuralismo carente de actores prácticos. Me parece, para concluir, que una historiografía atenta a lo que los agentes hacen con lo que se hace de ellos –sé que esta fórmula tal vez sea demasiado sartreana para Chartier– es una “buena historia”, pero también el recuerdo activo de que no estamos condenados a vivir y morir en un mundo que se desarrolla objetivistamente, regulado por las potencias del capital y sus desastres. Para concluir, en un mundo global donde cada vez somos más espectadores y objetos de lógicas objetivas, la investigación histórica de las prácticas lectoras tal vez nos auxilie para imaginar una coexistencia diferente, para crear sitios de resistencia y espacios de creación.


  1. M. A. Sabor Riera, Contribución al estudio histórico del desarrollo de los servicios bibliotecarios de la Argentina en el siglo XIX, Resistencia, Universidad Nacional del Nordeste-Dirección de Bibliotecas, 1974.
  2. O. Acha, “La renovación de la historia del libro: la propuesta de Roger Chartier”, en Información, Cultura y Sociedad. Revista del Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas, n.º 3, 2000, pp. 61-74.
  3. A. E. Parada, El mundo del libro y de la lectura durante la época de Rivadavia: una aproximación a través de los avisos de ‘La Gaceta Mercantil’ (1823-1828). Buenos Aires: Universidad de Buenos Aires. Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas, 1998.
  4. B. Sarlo, El imperio de los sentimientos, Buenos Aires, Catálogos, 1985; L. H. Gutiérrez y L. A. Romero, Sectores populares, cultura y política, Buenos Aires, Sudamericana, 1995.
  5. N. Quiroga, “Lectura y política. Los lectores de la Biblioteca Popular Juventud Moderna de Mar del Plata (fines de los años treinta y principios de los cuarenta)”, Anuario del IEHS, vol. 18, 2003, pp. 449-473.
  6. O. Acha y N. Quiroga, El hecho maldito. Conversaciones para otra historia del peronismo, Rosario, Prohistoria Ediciones, 2012.
  7. Cito siempre de la referida publicación: Alejandro E. Parada, “Historia de la Lectura: debate en torno a su definición”, n.º 37, pp. 145-152 (2017). B. C. Valinoti y A. E. Parada, “La cultura impresa en los avisos publicitarios de la prensa gráfica en la Argentina durante el siglo XX. Alcances y proyecciones”, n.º 37, pp. 152-170 (2017); Beatriz. C. Valinoti, “Travesías, un viaje entre libros y lecturas en la Biblioteca de la Academia Argentina de Letras”, n.º 40, pp. 151-172 (2019); Magela Cabrera Castiglioni, “Los manuales de cocina y su aporte a la nueva historia de la lectura”, n.º 39, pp. 93-102 (2018); Mónica Baretta, “Políticas de selección y circulación del libro escolar en la Argentina decimonónica. Un estudio de caso (Santa Fe, 1870)”, n.º 46, pp. 53-70 (2022).
  8. G. Batticuore, La mujer romántica. Lectoras, autores y escritores en la Argentina. 1830-1870, Buenos Aires, Edhasa, 2005; Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina, Buenos Aires, Ampersand, 2017.
  9. Jo Guldi y David Armitage, Manifiesto por la historia, Madrid, Siglo XXI Editores, 2016.


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