Bernardo Carrizo
Para situar mejor las grandezas y las miserias de las transformaciones del presente, tal vez sea útil apelar a la única competencia de la que pueden jactarse los historiadores. Siempre han sido lamentables profetas, pero, a veces, al recordar que el presente está hecho de pasados sedimentados o enmarañados, han podido contribuir a un diagnóstico más lúcido de las novedades que seducían o espantaban a sus contemporáneos.
Roger Chartier, “Escuchar a los muertos con los ojos”, Lección inaugural en el Collège de France (2007)
1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?
El encuentro con la producción historiográfica de Chartier se produjo luego de concluir la formación de grado en la Facultad de Formación Docente en Ciencias (actual Facultad de Humanidades y Ciencias) de la Universidad Nacional del Litoral (UNL). En los años del alfonsinismo, la carrera de Profesorado de Historia aún estaba matrizada, entre otros aspectos, por un universo de lecturas que se remitía a los años 60 y 70, de la mano de un cuerpo profesoral aún no modificado por la normalización y los concursos. Ese universo docente fue, en la mayoría de sus integrantes, escasamente interpelado por las nuevas producciones de la disciplina, tal como podía observarse en la perspectiva analítica y las posiciones historiográficas que se explicitaban en las clases, pero que, inevitablemente, pude registrar solo en años posteriores.
Pese a que cursé la carrera entre 1984 y 1989, los efectos de la dictadura sobre la vida universitaria aún conservaban su fortaleza. Años después, con los aportes de la teoría, reconocí que habíamos vivido una transición en la universidad, fenómeno que en principio se situaba en términos macro en ese pasaje de la dictadura a la democracia. No obstante, la transición es un proceso de diversas dimensiones, y por eso su condición de fenómeno plural, es decir, sus transiciones. Desde esta perspectiva, es posible reconocer que no será la misma cadencia de transición –o las múltiples transiciones que se desplieguen– en la universidad como institución, en el cuerpo profesoral, en programas de estudios y en contenidos curriculares de las distintas áreas de conocimiento.
Las ausencias y los vacíos que la formación generó (que reconocí después) respecto del conocimiento de la propia disciplina y sus efectos sobre la docencia, en principio, fueron suplantados por la voluntad de trabajar en las instituciones educativas al calor de una inmediata inserción en la enseñanza secundaria. Por ese entonces, la posibilidad de una nueva vinculación con la universidad no tenía presencia en el horizonte. Sin embargo, en 1990 retorné a la facultad a través de un concurso regular para un cargo de ayudante de cátedra en Historia Argentina II, cuya titularidad estaba a cargo de Darío Macor, a quien no tuve como docente pues accedió a su condición de profesor titular por concurso luego de que acredité dicha asignatura. En ese mundo de la historia argentina que comencé a conocer a través de la orientación bibliográfica de Macor, reconocí un desconocimiento de diversas temáticas.
En este contexto, una nueva perspectiva respecto de la historiografía me permitió conocer obras y autores diversos, la mayoría ignorados totalmente. El apellido Chartier apareció, entre tantos otros, pero de manera colateral. Casi en paralelo, mi compañera de vida Graciela Carraco accedió a una beca para graduado de la UNL, en el marco de los primeros programas que apuntaban a fortalecer la investigación. Si bien su objeto se centró en la didáctica de la historia, por esa vía volví a cruzarme con Roger Chartier, en particular a través de una obra que se constituyó en mi primera lectura sistemática de este autor: El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural (1991). Los artículos allí reunidos hicieron las veces de agenda de temas que me otorgaron una nueva mirada sobre la disciplina, con efectos sobre la manera de pensar, en principio, el ejercicio de la docencia: la multidisciplinariedad para comprender los procesos históricos, la reflexión conceptual a partir de categorías provenientes de obras y autores de referencia (“los préstamos tomados” y “el diálogo con los muertos”, por ejemplo, en los casos de Durkheim, Elías, Marin, Bourdieu, De Certeau, Foucault), la apropiación de los textos y los procesos de interpretación a los que se los somete, el vínculo entre esfera pública y privada, el trabajo con los documentos impresos, entre otros.
A partir de 1991, el recorrido por las aulas universitarias concentró el mayor esfuerzo en el ejercicio de la docencia, no solo porque me desempeñaba en cargos de auxiliar docente en UNL, sino también en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), y proseguía desempeñándome en escuelas secundarias. De todas maneras, esa actividad obligaba a pensar constantemente el ejercicio de la transmisión, y, por ese camino, el utillaje conceptual y los modelos de compresión que ofrecía Chartier entraban en diálogo con la profundización que realizaba de la historiografía que abordaba la historia argentina, desde mediados del siglo XIX hasta el tiempo reciente.
Con la creación de las carreras de Licenciatura en Sociología y en Ciencia Política, el ejercicio de transmisión se fue complejizando al calor del vínculo con estudiantes de otras disciplinas del campo de las ciencias sociales que, en sus planes de estudios, se encontraban con la historia argentina como asignaturas obligatorias de su formación de grado. En paralelo, el crecimiento del equipo de cátedra fue de la mano de cambios sucesivos que experimenté, desde la condición de jefe de trabajos prácticos a profesor adjunto y, mediante concurso de antecedentes y oposición, a profesor asociado en 2013. Un proceso que se desplegó en paralelo al cursado de un posgrado y la participación en proyectos de investigación fueron ocasiones para llevar a cabo ese diálogo intenso al que Chartier referencia en Escribir las prácticas. Foucault, De Certeau, Marin:
… la lectura de los autores […] que obraron como historiadores a partir de saberes y cuestiones que superan con mucho los límites de la disciplina. […] entablar un diálogo con otros cuestionamientos –filosóficos, antropológicos, semióticos, etcétera–. Solo a través de estos encuentros puede la disciplina inventar nuevas preguntas, forjar instrumentos de comprensión más rigurosos o participar, con otras, en la definición de espacios intelectuales inéditos (Chartier, 1996: 9-10).
Así, las lecturas historiográficas encontraron un mayor dinamismo a partir de la interacción con diversos aportes de las ciencias sociales y humanas.
2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?
Así como la inclusión de Chartier tanto en la biblioteca personal como en la mochila bibliográfica fue posterior a la carrera de grado, la investigación como parte de mi agenda también fue, respecto de la docencia, una incorporación tardía. La investigación, como una de las funciones sustantivas de la universidad, era parte de un “orden del discurso” institucional enunciado en los postulados, pero, en el mundo de las prácticas, aquella no era parte de mi vida cotidiana. En la memoria estudiantil, había tenido alguna presencia en el rumor de pasillo, pero con la impronta de la lejanía típica de la extrañeza. Las y los docentes que tuvieron a su cargo la responsabilidad de la formación no tuvieron el perfil de la investigación –sí, en pocos casos, la erudición– en su desempeño profesional. La investigación se hizo presente como uno de los contenidos de alguna materia del plan de estudios, o a partir de disertantes que concurrían a la facultad por alguna conferencia o panel, lo cual confirmaba esa condición de práctica foránea.
Luego de la graduación, los retornos recurrentes a la facultad para informarme de si se iba a desarrollar alguna actividad académica me colocaron frente a la noticia del dictado de un seminario interdisciplinario que se realizó entre septiembre y octubre de 1989: “Los años 20: sujetos, discursos y representaciones en la construcción social”, a cargo de Cristina Rivero (Letras) y Darío Macor (Historia). Fue una gran oportunidad para observar en danza el diálogo entre disciplinas en torno de un objeto sobre el que, pese a mi condición de graduado, era más lo que ignoraba que lo que conocía. La presencia de Chartier volvió a materializarse en diálogo con una temática de la historia argentina. En esa articulación proveniente de discursos disciplinares diferentes pero entramados, fue posible comenzar a pensar en torno de las “representaciones colectivas del mundo social, es decir, de las diferentes formas a través de las cuales las comunidades, partiendo de sus diferencias sociales y culturales, perciben y comprenden su sociedad y su propia historia” (Chartier, 1991: I).
En el seminario conocí a Darío Macor y su calidad argumentativa para dar cuenta de temas y procesos desde la historiografía. Al calor de la docencia universitaria y en sucesivas charlas con Darío, fue presentándose el desconocido terreno de la investigación. Por aquellos años, mi relación con ella no generó el entusiasmo necesario, seguramente no era aún el momento o no logré encontrarle el lugar en la dinámica cotidiana, muy organizada por una rutina laboral centrada en la docencia. No obstante, dos novedades se hicieron presentes. Por un lado, la aparición de la revista Estudios Sociales (ediciones UNL), dedicada a la difusión de la producción en ciencias sociales entre autores y público especializado. Publicada a partir del segundo semestre de 1991, es hoy una de las producciones nacionales de mayor reconocimiento, incluso la revista publicó dos artículos suyos (en 1997 y 1998) y una entrevista (en 2020) a Chartier. Desde su aparición hasta 2000, integré la Secretaría de Redacción, por lo que participaba en el proceso de transcripción de artículos y también en la distribución de la publicación. Esta experiencia me permitió dialogar de otra manera con la producción de conocimiento y un vínculo con el arte de investigar.
Por otro lado, en 1994 inicié mi participación en proyectos de investigación, con un desempeño bastante irregular y errático. Sin embargo, allí comenzó el vínculo con las fuentes (diarios de sesiones, prensa escrita, archivos personales y producción historiográfica del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX) en diversos repositorios. La experiencia implicó un primer diálogo con diferentes textos, pero articulados por algunas inquietudes de un joven aprendiz de investigador que aún recorría un camino con cielo nublado. Sí, esos objetos impresos guardaban importantes diferencias que debía aprender a aprehender. Es decir, el acceso a textos tan distintos (cartas entre notables, un registro de la alocución de un legislador en sesión extraordinaria, una columna de opinión de un diario o un libro publicado por un letrado en una imprenta de procedencia desconocida) me colocó frente a objetos “cuyos dispositivos y organizaciones guían y constriñen la operación de producción de sentido” (Chartier, 1994a: 20). En esta clave, aún estaban experimentando el aprendizaje de la diferenciación entre el contenido y esos dispositivos que tenían, a su vez, su propia historia.
En los proyectos de investigación de que participé, el juego de escalas entre nación y provincia se desplegaba sistemáticamente, y se centró en dos objetos. Por un lado, los años treinta, que tanto Darío como Susana Piazzesi (con quien también integré equipos de investigación en UNL y de cátedra en la UNER) escrutaron con intensidad. Por otro lado, el peronismo santafesino, cuya indagación fue coconstitutiva de esa interpretación extracéntrica sobre ese objeto y sujeto político. La perspectiva que el vínculo, hasta entonces, asimétrico entre docencia e investigación iba constituyendo estaba claramente centrada en una historia política renovada. Si bien no me detendré en este aspecto, vale aclarar que esa renovación guarda, de algún modo, un vínculo con la perspectiva historiográfica de Chartier: “A la manera de Elías, se debe subrayar la relación entre las formas de ejercicio del poder, las configuraciones sociales y la construcción psicológica de los individuos [y] mantener una relación entre la historia política y otras formas de historia social y cultural” (Chartier, 1998: 208-209).
No obstante, tanto los “años treinta del iriondismo” como el “peronismo santafesino” resultaron temas que no terminaron de involucrarme como investigador en ciernes. Con el inicio del cursado de la Maestría en Ciencias Sociales (UNL) en 2000, definí un tema que fue resultado de una reflexión en una clase para estudiantes de Profesorado y Licenciatura en Historia: ¿por qué la presencia dividida del radicalismo (Unión Cívica Radical y Unión Cívica Radical de Santa Fe) en el colegio electoral de 1916? Allí empezó una investigación que se desarrolló por varios años, tesis mediante, y que finalizó en una serie de publicaciones (artículos, capítulos de libros y libros). En estos años pude recién situar el lugar de la investigación en mis prácticas.
Reflexionar sobre los años de predominio del radicalismo en nación y en Santa Fe (1912-1930) me posibilitó un vínculo intenso con la historiografía del periodo, pero en diálogo con los aportes de la sociología y de la ciencia política. Y allí comencé a abordar un tema que se convirtió en el eje de una serie de producciones: la experiencia democrática argentina. Para su indagación, fue muy enriquecedor comenzar a reconocer diversas culturas políticas que, en su articulación y convivencia, nos proponen examinar aquella.
La apelación a Chartier fue nuevamente muy oportuna por múltiples motivos. El historiador francés, por un lado, ofrece una interpretación de la noción de experiencia: “… la percepción de lo irrepetible, la conciencia de la repetición y el conocimiento de las experiencias de los otros que escapan a la observación inmediata” (Chartier, 2020: 73). Por otro lado, sostiene que “no hay práctica ni estructura que no sea producida por las representaciones, contradictorias y enfrentadas, por las cuales los individuos y los grupos den sentido al mundo que les es propio” (Chartier, 1999: 49). Siempre desde una interpretación que es subjetiva, inicié el camino de comprender las culturas políticas que participan de la constitución de la democracia como experiencia histórica. La cultura política –como fructífera herramienta conceptual en clave heurística, aunque no la defino como la única o la más operativa– proporciona un abanico de matices que puede darnos las trazas para reconocer la complejidad de los comportamientos humanos, e indagar la dinámica de actores e instituciones en relación con los procesos políticos y sociales.
El análisis de los discursos y las prácticas simbólicas junto a los valores, las representaciones y los objetivos específicos son los elementos que en principio conforman las diversas culturas políticas reconocibles en un recorrido procesual. Entre los ingredientes que dan cuenta de los procedimientos y sentidos que son constitutivos de las culturas políticas, es posible mencionar los siguientes: una visión del mundo, una lectura común y normativa del pasado que pone en relevancia ciertos hechos como gesta o hito, una definición sobre el tipo de organización política deseable, un discurso significativo (sobre temas como nación, religión, historia, memoria) cuyos componentes (palabras clave, consignas, figuras idealizadas) dan cuenta –junto a ciertos rituales, símbolos, publicaciones y sociabilidad– de la presencia de conflictos y tensiones, como así también la aspiración a cristalizarse en alguna forma de ocupación del espacio público (movilizaciones, concentraciones, actos, homenajes).
Para comprender las culturas políticas, resulta significativo la “revalorización del concepto de lectura”. Aquí entran en juego los textos puestos en los libros, “las formas de leer, captadas en sus variaciones cronológicas y en sus diferenciaciones socioculturales” (Chartier, 1994a: 33). El cruce entre historia política e historia cultural otorgó una indagación diferente respecto de las fuentes. Por citar algunos ejemplos, “sueltos”, libros de actas partidarios, cartas y consignas expuestas en discursos públicos y movilizaciones publicadas luego en la prensa, junto a caricaturas y fotografías vinculadas al texto, exponían el reconocimiento de prácticas diferentes: lecturas silenciosas, en voz alta, en soledad, en público, cultas o populares, en comités, bares, clubes sociales o garitos, por citar algunas.
Por este camino, era posible acceder a una diferencia que se enuncia teóricamente, pero que luego se traduce en procedimientos en el territorio: la política y lo político para comprender el fenómeno del poder. Esta óptica orientó mi rol ya como director, desde 2014 hasta la actualidad, de diferentes proyectos de investigación. En la intersección entre docencia e investigación, fui comprendiendo esos “pasados sedimentados o enmarañados”, como expresa Chartier en el epígrafe de este texto. Sorteando los límites de una visión estrictamente centrada en la perspectiva de la historia política, pude recuperar la articulación entre prácticas, discursos e ideas en cuanto componentes de las culturas políticas que pueden reconocerse en un período definido. En ese mundo de la política, se identifican dirigentes, militantes, adherentes, votantes que de alguna manera “leen” los fenómenos en los que participan.
Desde la perspectiva de Chartier,
la construcción del sentido, histórica y socialmente variable, se halla pues comprendida en el cruce, por un lado, las propiedades de los lectores (dotados de competencias específicas, identificados por posición social y disposiciones culturales, caracterizados por su práctica del leer) y, por otro, los dispositivos escriturarios y formales –llamémoslos “tipográficos” en el caso de los textos impresos– que son los que de los textos apropiados por la lectura (Chartier, 1994a: 37).
Si reemplazamos la figura del lector por la miríada de actores políticos que dan cuerpo a los fenómenos de esa práctica social, el punto de mira enriquece notablemente la interpretación, y cómo los mencionados otorgan otros sentidos para analizar no solo la experiencia democrática, sino también las culturas políticas que participan en su invención y reinvención permanente a partir de la experiencia.
En este punto considero significativo retomar el vínculo docencia-investigación como senderos de la vida universitaria. El trabajo docente es una puerta de acceso, desde los aportes de la historiografía, a la reflexión en el aula sobre el fenómeno democrático y la construcción de ciudadanía. A nuestra condición de cientistas sociales, se suma la de ser sujetos políticos, es decir, ciudadanos que por nuestro oficio exponemos ideas en el espacio público –como lo es una clase– y, por ello mismo, formamos parte de ese complejo proceso de interpretación y transmisión de un pasado en el que la conciencia histórica libra constantes pujas con el saber histórico que también ayudamos a construir con las herramientas de la disciplina.
Ese proceso de transmisión asimismo abreva en la aspiración de que las nuevas interpretaciones y producciones historiográficas –como las de Chartier– puedan poner en cuestión las formulaciones consagradas por el discurso político, la conciencia histórica y las formulaciones provenientes de diferentes culturas políticas. De allí que resulta de suma relevancia la definición que el historiador francés nos aporta: “La historia debe asumir directamente su propia responsabilidad: volver inteligibles las herencias acumuladas y las discontinuidades fundadoras que nos han hecho lo que somos” (Chartier, 2007: 18). Pero, a su vez, retomando la pregunta anterior, en esa indagación sobre el pasado el trabajo con las representaciones resulta sumamente estimulante pues “poseen una energía propia que convence de que el mundo, o el pasado, es lo que dicen que ella es” (2007: 48). ¿Cuántas representaciones atraviesan el proceso de deconstrucción, destrucción y construcción al calor de la lectura e interpretación de la producción historiográfica? Interrogante que genera un permanente entramado entre docencia e investigación.
3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.
Una de las temáticas que Chartier aborda y que permite la articulación entre historia de la educación e historia cultural (y que particularmente ha sido muy fructífera para la historia política) es la especificidad, por un lado, de la lógica de las prácticas y, por otro lado, de la lógica de la producción de los discursos, junto a sus posibles imbricaciones. Y, además, su traducción en la producción de la oralidad y la escritura como dos modalidades diferentes, con la advertencia de que una no es reflejo de la otra. Esta perspectiva resulta un muy interesante ingreso a las ya referenciadas culturas políticas. El autor francés afirma que
la tarea del historiador es reconstruir las variaciones que diferencian los “espacios legibles” –es decir, los textos en sus formas discursivas y materiales– y aquellas que gobiernan las circunstancias de su ejecución –es decir, las lecturas, entendidas como prácticas concretas y como procedimientos de interpretación– (Chartier, 1994a: 24).
Veamos esta línea de indagación en un objeto que he estudiado en clave de investigación.
En el análisis del radicalismo (objeto que ha centrado parte de mis investigaciones), una de las representaciones consagradas remite a un liderazgo cuasi silencioso por parte de Hipólito Yrigoyen, apodado por la prensa como “jefe” o “general” por las prácticas desplegadas para participar en la organización de los trabajos electorales. Reforma electoral mediante, la UCR se vio impulsada (a partir de 1912) a participar en la arena electoral, lo cual obligó a esta organización a poner en acto su lectura sobre la política y sus prácticas. Yrigoyen encabezaba manifestaciones, meetings, convenciones; sin embargo, pese a que sus seguidores lo solicitaban, no pronunciaba discurso alguno, aunque ocupaba un visible lugar, por ejemplo, en un palco o en la primera fila de una movilización, hecho que por sí adquiría la condición de verdadero rito en la agenda de los mítines radicales.
Pero este silencio público no implicaba la ausencia de la oralidad que Yrigoyen sí desplegaba en otros ámbitos. En el proceso de institucionalización de la UCR, los vínculos personales, la relación cara a cara con los dirigentes de segunda fila que se incorporaron a la organización provenientes de facciones conservadoras y la transmisión de un mensaje que articuló la bondad de la “causa” (radical) y lo nefasto del “régimen” (oligárquico) en una concepción binaria otorgaron carnadura a la organización partidaria. Ese liderazgo que para el mundo de las representaciones implicó la ausencia de la palabra pública estaba acompañado por algo más pedestre para comunicarse con un conjunto de protagonistas imprescindible para construir máquinas políticas capaces de disputar la mayoría del electorado. Entonces, un elemento fundamental residía en la capacidad para el contacto personal con dirigentes de diverso grado y con potenciales votantes, haciendo un uso privado de la palabra en un tiempo en que el texto impreso había adquirido una relevante presencia pública, como lo demostraba la proliferación de diarios facciosos. Pero la lectura de ellos (como también de las publicaciones que hacían los comités o las cartas recibidas por dirigentes) en almacenes de ramos generales, clubes electorales y garitos suplía la condición analfabeta por la capacidad de escucha.
Estas escenas de la vida política exponen la conexión entre textos y lectores en la que intervienen diferentes componentes. Para Chartier,
reconstruir en sus dimensiones históricas [el] proceso de “actualización de los textos”, exige, ante todo, considerar que sus significaciones dependen de las formas a través de las cuales son recibidos y apropiados por sus lectores (o sus oyentes). Estos últimos […] manejan o perciben objetos y formas cuyas estructuras y modalidades gobiernan la lectura (o la escucha), y en consecuencia la posible comprensión del texto leído (o escuchado) (Chartier, 1994b: 24-25).
Estos espacios de sociabilidad política daban lugar también a “comunidades de lectores”. Así, es posible reconocer una “comunidad de interpretación”, que es también de lectura y escucha, y que interviene en la constitución de una identidad política.
Yrigoyen mostraba un dominio del campo político incomparablemente más eficaz que el de cualquiera de sus rivales, cualidad que lo transformaba en un organizador formidable. El tono milenarista y demonizador del mensaje de la UCR (que Yrigoyen no vociferaba, pero avalaba y exponía en sus escritos) a través de manifiestos en la prensa o en declaraciones de dirigentes se basaba en un principio regeneracionista. En síntesis, un liderazgo apoyado en la inexistencia de la palabra como acontecimiento público –a excepción de la famosa polémica con Pedro Molina conocida a través de epístolas publicadas en la prensa–, pero sí en la sobreabundancia de diálogos, disposiciones y controles desplegados en otros espacios sobre una miríada de correligionarios, intermediarios, adherentes y militantes.
El regeneracionismo, como clave para pensar y practicar la política, se convirtió en una nota destacable en el horizonte del radicalismo, aunque también se encontraba en otras organizaciones políticas, lo cual permite considerarlo como “discurso compartido”, y por eso mismo un elemento de disputa al momento de las batallas electorales, en las que el radicalismo articuló su reciente pasado revolucionario (los acontecimientos de 1893, 1905 e incluyendo forzadamente a los de 1890) con las instituciones republicanas. En este contexto, consideramos al regeneracionismo como un componente de la cultura política liberal-republicana, esa gran apuesta a la construcción de la soberanía del pueblo y de una comunidad política integrada por ciudadanos, en la que se combinan instituciones, lenguajes y prácticas, y que otorgó un sentido a los comportamientos políticos. El regeneracionismo supuso una percepción de la política y de lo político inscripto en un debate de ideas que involucró a los radicales y los predispuso a establecer articulaciones con pares de otras facciones en pos de concretar la “reparación”. Esta hacía las veces de valor y acción compartida que circuló a través de actitudes, discursos, creencias y sentimientos que conforman la base del orden y el significado del proceso político.
El tópico “reparación” era constitutivo de la historia escrita por los propios radicales, en particular desde la producción proveniente de la historiografía militante, como la interpretación de Gabriel del Mazo, que retomó el vínculo labrado entre la cronología de la historia argentina y su correlato con la historia del radicalismo. Así, la “Reparación Nacional” constituye un período histórico de la Argentina enmarcado entre 1889-1891 y 1930. Más aún, la UCR fue “concebida como una parcialidad política, como una Reparación Nacional, para reconstruir la Patria y la Nación”. Además, Del Mazo se esforzó por dar entidad a la expresión de modo tal que la UCR –que por definición es la encarnación de la reparación– condujera a la independencia de un pueblo que merecía ser orientado hacia su futuro.
Esta autopercepción del radicalismo como vía hacia la regeneración de la vida política y, más aún, de la historia argentina nos coloca frente a una advertencia que Chartier manifiesta en sus últimos textos: “Hoy en día, los historiadores saben que el conocimiento que producen no es más que una de las modalidades de la relación que las sociedades mantienen con el pasado” (Chartier, 2020: 62). En la experiencia democrática argentina, como proceso histórico y como proyecto político, el radicalismo se nos presenta como un punto de observación privilegiado. No solo para indagar la complejidad de la vida política nacional y santafesina, sino también como medio para analizar uno de los protagonismos políticos más relevantes del siglo XX que coadyuvó intensamente a la construcción de una cultura política, en cuyo seno el conflicto no siempre pudo circular por los canales institucionales. Esa narración del pasado que da lugar a una representación, en que la memoria también opera con un criterio selectivo, define también una forma de comprender el vínculo entre pasado y futuro y el lugar que los actores políticos otorgan a sus prácticas.
4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiador y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?
Considero que el interrogante puede ser una ocasión para enhebrar temáticas que actualmente forman parte de mis inquietudes como historiador, en particular, el vínculo entre política y educación para escrutar el lugar de la segunda en la comprensión de la democracia en múltiples escalas (nación, provincia, región) y que la propia investigación busca articular. Temáticas en las que, para su conocimiento, se pueden observar algunos de los aportes de Chartier.
En múltiples ocasiones se ha convocado a la democracia como tema, problemática o eje de debate para emprender un recorrido por la historia argentina, y, la mayoría de las veces, se la ha colocado en diálogo con otras experiencias políticas, en especial las autoritarias. La apuesta a una interpelación histórica a partir del fenómeno democrático –al menos desde 1983, año con una reconocida carga simbólica– resulta muy desafiante desde el presente, donde la inmediatez es protagónica al momento de exigir respuestas casi instantáneas. En esta clave, la inquietud que subyace a esta indagación es una ocasión para reflexionar y, por qué no, comprender algunos componentes ligados al derrotero de la democracia en Argentina y su vinculación con las culturas políticas que conforman los escenarios donde transcurren los fenómenos vinculados al poder.
Retomando algunas de las motivaciones de la pregunta anterior, el vínculo historia-memoria resulta sumamente potente al momento de analizar la experiencia argentina. Chartier expone en primer plano esta cuestión:
La historia nunca puede olvidar los derechos de una memoria que es una insurgencia contra la falsificación o la negación de lo que fue. […]. Solamente así sería posible apaciguar las infinitas heridas que dejó en el presente un pasado a menudo brutal y cruel y procurar a los ciudadanos de hoy en día los instrumentos críticos que permiten rechazar las falsificaciones de la historia y establecer los conocimientos sin los cuales no hay democracia (2020: 73).
Como se ha puesto de relieve al calor de la historia reciente como campo de estudio, la memoria ha cobrado en las ciencias sociales y humanas una magnitud significativa, y ella también opera al momento de reflexionar sobre la democracia. Esta condición se entrelaza, por ejemplo, con la conmemoración o evocación de un fenómeno político –muchas veces convertido en instancia fundacional para alguna cultura política–, pues siempre se recuerda desde un presente particularmente situado.
Un último punto me interesa incorporar en el análisis. Me refiero al complejo fenómeno de la transmisión cultural –centrado, aunque no exclusivamente, en las instituciones educativas y que fue eje del conversatorio de Chartier–, y que se puede traducir en un interrogante: ¿cómo abordar una historia de la democracia en Argentina que no derive como síntesis o esquema explicativo solo en una lógica binaria (causa-régimen, pueblo-oligarquía, peronismo-antiperonismo, civiles-militares, autoritarismo/democracia)? En pos de reflexionar sobre este interrogante, resulta interesante retomar el tema de la civilidad. En sus estudios, el historiador francés ha investigado las normas de civilidad y sus objetivos que aspiraron a “someter las espontaneidades y los desórdenes […], desarraigar las violencias que desgarraban el espacio social”, y cómo se vinculan con los “lugares de utilización” y su “modo de apropiación” (Chartier, 1994a: 249).
Resulta además significativo el lugar del sistema educativo en la conformación de un horizonte conformado por valores, representaciones y comportamientos sociales que conlleven la construcción de un tipo de orden societal validado como legítimo y deseable. La transmisión no es un mecanismo artificial que pueda dar resultados naturalmente esperables, pues intervienen no solo los objetos de la enseñanza –es decir, los saberes que mantienen algún tipo de diálogo, por ejemplo, con la producción historiográfica–, sino también estudiantes y profesores que transitan en instituciones educativas, como mencioné en relación con la primera pregunta. Y esa transmisión propicia, a su vez, reinterpretaciones y resignificaciones de los sujetos involucrados.
En el caso del universo estudiantil, podría hipotetizarse la presencia de una particular sensibilidad evaluada como obvia y esperable en torno del pasado, aunque también pueden presentarse la indiferencia, la negación o simplemente el deseo de “no querer saber”. Pero, en el supuesto de que exista una predisposición a comprender, las jóvenes generaciones harán lo propio –y también lo diferente– respecto de ese pasado que tanto moviliza a otras generaciones.
Con respecto al cuerpo profesoral, la transmisión cultural es considerada un ejercicio de reflexión con una función cívica, suponiendo una dialéctica entre sus propias concepciones y las expectativas políticas de la educación. Los profesores se constituyen en sujetos de estructuración curricular a partir de la configuración de determinados saberes que se ponen en juego en las prácticas cotidianas. Si consideramos la educación como práctica social institucionalizada, comprenderla requiere una mirada capaz de analizar elementos históricos, dispositivos sociopolíticos en un contexto con intereses y una burocracia calificada con formación particular.
En general, existe una tendencia a posicionar al docente como vehiculizador de las transformaciones del sistema educativo, olvidando que, al final de cuentas, es un agente dentro de este, al que se le ha definido un currículum en coordenadas espaciotemporales concretas y en condiciones determinadas para ejecutarlo. Pero además es un ciudadano inserto en una situación específica. Así, son parte fundamental de la transmisión los saberes del docente –hábitos, rutinas, prácticas, ideales, proyectos, creencias y prejuicios– que colocan en tensión el despliegue del fenómeno educativo.
En este proceso, las culturas políticas vuelven a tener presencia e intervienen indefectiblemente en el campo educativo, que, por su conformación, es también político, por lo que contribuye a dar materialidad a una forma de vivir la democracia. Quizás así, como nos expresa Chartier en el epígrafe, podamos observar con mayor lucidez las novedades que nos expone este presente, incluso las que nos espantan. La acepción del término “cultura” que nos propone Chartier puede ser una vía para comprender esta vida política en democracia:
… aquella que articula las producciones simbólicas y las experiencias estéticas sustraídas a la urgencia de lo cotidiano, con los lenguajes, los rituales y las conductas gracias a los cuales una comunidad vive y reflexiona su vínculo con el mundo, con los otros y con ella misma (Chartier, 2008: 23).
Bibliografía
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Chartier, R. (1998). “Entrevista. La práctica historiográfica entre herencias y mestizajes”, Estudios Sociales, n.º 15, Santa Fe, Ediciones UNL.
Chartier, R. (2008). Escuchar a los muertos con los ojos, Buenos Aires, Katz Editores.
Chartier, R. (2020). “Presentismo del pasado”, en Estudios Sociales, revista universitaria semestral, año 30, n.º 58, pp. 61-74, Santa Fe, Argentina, Universidad Nacional del Litoral, enero-junio.







