Claudia Roman
1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?
Hacia finales de mi carrera de grado, a fines de la década de 1990, comencé a participar de las actividades de docencia e investigación en la cátedra de Literatura Argentina I (colonial y siglo XIX), cuya profesora titular sería también directora de mi tesis doctoral, Cristina Iglesia. Hacía algunos años el equipo de cátedra trabajaba sobre cuestiones vinculadas con el estudio de las primeras formas de circulación de los clásicos de la literatura argentina, vale decir, sobre su publicación en la prensa diaria. La tarea había comenzado por explorar los que guardaban las hemerotecas públicas, archivos tan fragmentarios como ahora, pero por entonces mucho más descuidados, por un lado, e inaccesibles, por el otro.
En una de esas aventuras, que tenían bastante de pesquisa y oscilaban entre las emociones que guardan los hallazgos de fuentes y los largos tiempos muertos entre esas emociones, alguien –probablemente, Graciela Batticuore, una compañera de cátedra que estaba a punto de doctorarse– me habló con entusiasmo de los seminarios que Roger Chartier había dictado en la Universidad de Buenos Aires y me impulsó a asistir a una charla, presentada por José Emilio Burucúa.
Fui a escuchar a Chartier con enorme motivación y expectativa, pero con más enorme desconocimiento sobre sus hipótesis y sus trabajos. A la salida de la charla, también podía decir muy poco: la fascinación le había ganado a la intelección. Como en las mejores lecturas, en una de esas aulas desangeladas de la Facultad de Filosofía y Letras, había asistido a un intercambio del que pude tomar muy pocos apuntes, porque me ganó la emoción de entender que se hablaba de algo a la vez muy lejano y muy cercano al trabajo material que yo intentaba hacer: interrogar los microfilms buscando la lógica de la lectura de los periódicos del siglo XIX, entender qué prácticas lectoras diferenciales habilitaban las sábanas de la prensa periódica, interpretar qué funciones cumplían las imágenes entre las palabras de esos diarios, encontrar un hilo que no me abrumara entre las ficciones folletinescas y los sobreentendidos que hacen a la política facciosa en la prensa diaria de la que apenas me separaba un siglo. Articular aspecto material, decisiones formales, discursos, prácticas lectoras y sentido resultaba algo tan evidente, una vez escuchado, como sutil y revelador. Igualmente lo fue una sentencia, que traté de repetirme más tarde, a lo largo de la investigación y escritura de la tesis, porque su evidencia no terminaba de evitar ciertas tentaciones interpretativas: no confundir las representaciones con las prácticas.
En su lectura, además, Chartier había ofrecido generosamente una lista de otros nombres que también desconocía y que quedaron apuntados en mi cuaderno: debo agradecer a esa conferencia la mención a Louis Marin, cuyos trabajos pude conocer después.
2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?
Como seguramente les ocurre a otros colegas, la metáfora más adecuada para pensar la incorporación de las producciones de Roger Chartier en mis escritos es la del bajo continuo: la emergencia en la cita no representa sino una parte muy pequeña del modo en que modela nuestras investigaciones.
Uno de los gestos intelectuales que considero más notable en el conjunto de su obra es que, más allá de los objetos específicos que aborde, sus perspectivas y sus hipótesis habilitaron numerosísimas líneas de trabajo, muy diversas. Y esto, en un doble andarivel: por un lado, porque hicieron visibles ciertos objetos como tales; por otro, porque su modo de presentar sus avances sobre el corpus europeo, siempre abierto al diálogo con otras regiones, permitió a quienes trabajamos en el contexto de las culturas criollas americanas contrastar y transpolar categorías y modos de análisis.
Mi investigación sobre la prensa satírica ilustrada del siglo XIX en el Río de la Plata se benefició de ambas circunstancias, que iluminaron, por ejemplo, el análisis de la circulación y reapropiación trasatlántica de algunas imágenes caricaturescas; la consideración de las técnicas de impresión y las huellas materiales en lo impreso de las tecnologías que suponen, para explorar la lectura de la imagen que hacían artistas, obreros impresores y lectores (coincidieran o no estos tres sujetos en una misma persona); la pregunta flotante sobre las relaciones entre la lectura de imágenes y la de los textos que las rodean, cuando no tenemos testimonios directos ni de esas lecturas ni de sus interpretaciones ulteriores y contamos con muy pocos restos –los que el mismo periódico provee– sobre lo que podríamos considerar su lectura deseada. Se trata, indudablemente, de cuestiones cruciales allí donde lo que se busca es acercarse a la interpretación de lo que no está escrito o está escrito de otro modo: en la puesta en página, en las decisiones tipográficas, en las ilustraciones.
El archivo y la biblioteca como conceptos y como prácticas, pero también como dispositivos en constantes y cambiantes que despliegan su propio imaginario, son otro núcleo de las investigaciones de Chartier al que me lleva una y otra vez una segunda línea de trabajo, esta vez compartida. Desde hace casi una década, integro el consejo editorial de una hemeroteca digital, el archivo histórico de revistas argentinas, dirigido por Sylvia Saítta. El archivo digital ofrece desafíos específicos a historiadores y más aún a historiadores formados en el área de literatura. Entre ellos, cómo imaginar la biblioteca y el archivo digital a disposición de usuarios especialistas, cuyas competencias e intereses podemos intuir quizá con relativa certeza, y cómo calibrarlos con las de los usuarios de ese público amplio y disperso, global, de los archivos digitales. Esto involucra, además, uno de los puntos abordados en el conversatorio de las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación: el modo en que los archivos digitales son también, en nuestro presente, un espacio para la investigación. Las hipótesis de Chartier sobre el orden de los libros y el de la biblioteca y su insistencia en la importancia de la materialidad de los soportes como condición necesaria para reconstruir y estudiar las prácticas lectoras proveen entonces hipótesis y, sobre todo, preguntas para pensar un repositorio como el que estamos construyendo. Los peligros del soporte digital, el eventual carácter “ilusorio” de ese acceso y los riesgos que entrañaría el abandono de la lectura de tiempos lentos, pautados en el cuerpo por el contacto material y sensorial con las fuentes, resultan alertas críticas particularmente valiosas para proyectar el futuro de este tipo de archivos y de nuestras prácticas lectoras en y a través de ellos.
3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.
La operación que abre el conversatorio es ya modélica de un acercamiento a la vez sustantivo e inquietante: ordenar, sistematizar, conceptualizar y formular en un texto oral un conjunto disperso de preocupaciones provenientes de formaciones disciplinares muy distintas, bajo la forma de la consideración de las dificultades y los límites que esas disciplinas y el mismo objeto imponen. En ese marco, elijo subrayar un elemento menor o lateral, del que resulta, una vez más, una enseñanza metodológica tan desafiante como estimulante: la posibilidad de expandir aún más el horizonte de lo legible a partir de la consideración formal y material de los elementos no verbales, atendiendo a su posible participación en la construcción de sentido por parte del lector y recordando las limitaciones intrínsecas de que esa reconstrucción sea exhaustiva.
Las tensiones entre enfoques “microhistóricos” y “globales” son otro punto convocante para quienes intentamos producir conocimiento desde el sur. El universo digital, respecto del que Chartier apunta reiteradamente peligros, necesidad de negociación y las responsabilidades pedagógicas que deberán asumir usuarios críticos del universo de la información –por definición, quienes nos formamos en el trabajo documental sobre los archivos en otros soportes–, resulta particularmente estimulante. No solo por su carácter polémico, sino por un aspecto puntual que se desarrolla en el conversatorio, vinculado con la posibilidad de terciar en la, por así decir, división internacional de la producción de conocimiento académico. Si persiste todavía la distinción entre lenguas y culturas para la producción y discusión crítica y lenguas y culturas que son predominantemente objeto de esas producciones y discusiones, las lógicas de las políticas de reprografía y el acceso público a fuentes y documentos digitalizados podrían democratizar y ampliar esas circulaciones, en un movimiento que toda tecnología de reproducción documental produce más allá de sus particularidades.
4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiadora y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?
Mi perspectiva como historiadora obedece a una formación secundaria, algo tentativa, y se sobreimprime a mi formación inicial en el área de literatura. Para quienes estudiamos literaturas latinoamericanas cuya trama prehispánica es casi inexistente y cuyo corpus colonial comenzó a recibir solo en los últimos años estudios integrales desde perspectivas teóricas actualizadas, vale decir, para quienes estudiamos literaturas muy recientes, en las que el decurso decimonónico está marcado por la heteronomía, por la relativamente poca cantidad de títulos impresos a los que recurrimos como fuentes, y por el hallazgo solo excepcional de testimonios de impresores, editores, libreros, ilustradores y lectores, los trabajos de Chartier, centrados en objetos muy alejados de los que describo y con caracteres muy disímiles, proveen, sin embargo, conceptos e hipótesis centrales. Probablemente esto obedezca a que su propia mirada se deja sorprender, generosamente, por lo excepcional, y encuentra siempre allí el modo de articular, fundando sus recorridos y sus argumentos en los rastros esquivos de una cita, una esquela, un diseño, un inventario, una forma de ver el mundo. En este sentido, cada una de sus publicaciones ofrece un modelo metodológico que se reitera, cambiante, en la pregunta por las articulaciones, bajo el postulado de desnaturalizarlas: ¿por qué suponer en la organización de una biblioteca una enciclopedia lectora?, ¿cómo desprender de una serie de representaciones de la lectura una práctica específica?, ¿por qué y cómo considerar el archivo un discurso además de una práctica material? Se trata, asimismo, de preguntas que permiten hacer confluir productivamente historia de la literatura y teoría literaria. En ese sentido, desplazan eficazmente algunos cuestionamientos que tienden a asignar una nota menor a la historia cultural y a la sociología de la literatura considerándolas perspectivas “referencialistas” y que, bajo esa mirada, idealizan, aún hoy, las dimensiones de la escritura que se vinculan con la construcción de imaginarios, como es propio de la literatura (y de la lectura como forma de apropiación de la literatura).
Una segunda cuestión, no menos importante, es el modo en que la perspectiva de sus escritos relee y articula la de otros intelectuales, habilitando un diálogo que –hay que decirlo una vez más– está marcado por la generosidad en la interlocución y en la escucha. En lo que hace a las relecturas, el foco y la lectura a veces “a contrapelo” de los grandes trabajos de Michel Foucault, Michel de Certeau, Armando Petrucci, Louis Marin, entre otros, los ubica en una constelación diferente de la prevista y ha modelado la forma en que los pensamos como una trama llena de matices, pero posible de articular, de contemporáneos y de precursores. La presencia del diálogo como forma del libro es otra marca significativa, que permite enlazar ese tipo de intervención con los grandes trabajos de Chartier en colaboración (entre los que la Historia de la lectura en el mundo occidental, bajo la dirección compartida con Guglielmo Cavallo, es quizá la concreción material, discursiva, formal de un objeto de estudio tan inasible, iridiscente y múltiple como acotado, expandido, rigurosamente explorado a través de la escritura).
La profusa presencia de referencias a la obra de Chartier en los estudios literarios e historiográficos centrados en la literatura argentina de las últimas dos décadas, y también en aquellos preocupados por las articulaciones entre prensa y literatura y visualidad y literatura impresa, da cuenta de los diversos derroteros que habilitó su trabajo y también –cabe señalar– permite celebrar el temprano y fiel interés que acompañó la difusión de sus publicaciones por algunas editoriales locales.







