Entre la vigilancia de los objetos
y la creatividad teórica
Leonardo Visaguirre
Mi ingreso a los textos de Chartier y sus ideas (que felizmente circulan en internet, en conferencias y charlas) se debe a un comentario del historiador Alejandro Herrero cuando preparaba mi postulación a la beca de posgrado del Conicet en torno a la idea de representación de Chartier. Mi formación es filosófica y mis investigaciones tienen que ver con el ámbito de la historia de las ideas filosóficas y pedagógicas latinoamericanas. Por ello mi interés ha estado ligado a un estudio de las ideas situadas en su horizonte histórico y entramadas en su universo discursivo. Una breve aclaración: la forma en que pienso la historia de las ideas responde a un espacio de producción y de formación que se originó con Arturo Roig y que ha proseguido con referentes de la filosofía latinoamericana como Adriana Arpini, Dante Ramaglia, Marisa Muñoz, Mariana Alvarado o Marcos Olalla, entre otros y otras, que desarrollan a su modo una historia de las ideas filosóficas ampliadas. En este espacio existe una preocupación por una vigilancia en torno a las herramientas teóricas en torno al pensamiento latinoamericano en un diálogo necesariamente interdisciplinario entre la filosofía, la historia y el análisis del discurso. La ampliación metodológica propicia una crítica a un modo esencialista e ingenuo de producir historia de las ideas (problemático en torno a la relación entre sujeto-objeto e investigador-discurso), para propiciar otras formas de pensar la historia de la filosofía y la filosofía misma en Latinoamérica. Esta ampliación metodológica y crítica filosófica en torno a la historia de las ideas ha conducido a entramar una particular interrelación entre filosofía e historia de las ideas. La perspectiva roigiana busca precisar una filosofía que dé cuenta desde sus ideas de las condiciones históricas y geográficas en las que fue producida y de esos sujetos históricos y “empíricos” que las han producido, desde la problemática de lo ideológico, la relación existente entre las ideas y los fenómenos históricos y sociales desde un nivel discursivo. Desde esta ampliación metodológica que incorpora el giro lingüístico a la historia de las ideas, y que creara conceptos y enfoques propios como “horizonte histórico de producción”, “universo discursivo”, “dialéctica discursiva” y “dialéctica real”, “historicidad del discurso”, “sujeto empírico”, “a priori antropológico” y “nosotros”.
Me atrevo a esta deriva en un libro sobre las recepciones y resonancias de Roger Chartier y describo la ampliación metodológica roigiana porque creo que Arturo Roig es un filósofo con una sensibilidad histórica que potenció en su quehacer una creatividad epistemológica y metodológica. De igual modo, reconozco en Roger Chartier a un historiador con sensibilidad filosófica y por ende con una similar creatividad epistemológica y metodológica. Ambos han sido en diferentes momentos pensadores disruptivos con los saberes tradicionales que han ampliado los limites disciplinares que se encontraban anquilosados más por condiciones de producción, entramados de fuerzas y burocracias académicas, que por una validez, coherencia y rigurosidad epistemológica, metodológica y axiológica en sus producciones.
Volviendo al hilo, me encontraba en esta instancia de producción de un nuevo proyecto de investigación que amplifique las tramas abiertas por mi plan doctoral (2016-2021), que produjo luego la tesis/libro Autoritarios, taxonomistas, emancipadores: una mirada crítica epistemológica a las pedagogías argentinas de principio del siglo XX (Visaguirre, 2023). En ella vinculé metodológicamente la historia de las ideas filosóficas/pedagógicas con la genealogía desde una perspectiva epistemológica crítica, para manifestar el entramado político, social, económico y cultural en tensión que posibilitó la emergencia de los discursos pedagógicos en torno a la educación y la ciudadanía de finales del siglo XIX y comienzos del XX en Argentina. Evidencié las disputas entre la dominación oligárquica y el normalismo en torno a las categorías de educación, autoridad, disciplina, raza, ciudadanía y libertad en pos de analizar los supuestos teóricos y epistemológicos en los discursos sobre la educación y la ciudadanía. Esto lo hice a partir de una lectura de la conflictividad entre un positivismo/autoritario, un krausopositivismo/antiautoritario y un positivismo científico/disciplinario en pos de instaurar un modelo de identidad nacional en la institución escolar por parte del Estado, y dimensioné el papel de la educación en la construcción de la ciudadanía.
Fue en este proceso de volver a pensar con nuevos ojos algunos problemas que transitaba desde hacía más de seis años y abrir nuevas líneas de trabajo en que surgió la idea de “representación” (Chartier, 1992), en este caso dirigido hacia la idea de infancia que opera en el “universo discursivo” (Roig, 1993) y que tiene una “función significante” (Agamben, 2001) pedagógica-política ligada al proyecto de ciudadanía y de nación. Si bien el interés inicial era pensar las infancias como representaciones en cuanto trabajo sobre las formas adultocéntricas que se despliegan en pedagogos y científicos de principio del siglo XX, y no desde las voces de la niñez. Específicamente en las representaciones específicas de la infancia en la pedagogía argentina, en cuanto construye una idea de sujeto prelingüístico y podríamos agregar prepolítico, no por el hecho de que la niñez no posea voz ni derechos, sino porque, en cuanto es representada como infancia, es supuesta como irracional y por ende también apolítica, incapaz de acceder a la verdad y al sentido, que pertenecen al mundo de los adultos.
En este sentido, la noción construida por Roger Chartier (Chartier, 1992) me era útil porque da cuenta de una doble operación para volver menos “opaca” la realidad cultural de la sociedad. La representación devela una ausencia al dar voz/imagen a una realidad (objeto o persona) que no está y por eso debe ser representada, “muestra una ausencia, lo que supone una neta distinción entre lo que representa y lo que es representado”. Pero también la representación es una presencia al ser la “exhibición de una presencia, la presentación pública de una cosa o una persona”. Es por esto por lo que no abordamos la infancia como un concepto ontológicamente cerrado y universal, mucho menos como la descripción de una naturaleza o un estadio. La pensamos como la construcción de un imaginario que brota de la relación entre las condiciones reales e históricas en las que se desarrolla la vida de los infantes y el proyecto de ciudadanía y de población que el imaginario de infancia encierra.
Representar las infancias supone no solo pensar la materialidad de las condiciones históricas en los cuerpos infantiles, sino también pensar la naturaleza de los habitantes que se reproduce en dicha representación, como proyecto político y cultural en el presente y para el futuro. En la representación de las infancias, se suponen múltiples significaciones sobre la estructura social, económica, política y cultural que se pretende disciplinar, contener, amplificar o potenciar en los futuros ciudadanos y ciudadanas. No existe una infancia biológica única, existen representaciones de la infancia como proyecciones adultocéntricas sobre el porvenir de la población y su complejo devenir.
Si anteriormente expresamos que Chartier posee una sensibilidad filosófica es porque rompe con estas divisiones simplistas entre realidad o representación, a la que agregaríamos la de sujeto y objeto, que suelen provenir de malformaciones o ramificaciones del árbol “cientificista” del conocimiento. Chartier reformula estas divisiones desde una crítica discursiva, epistemológica y metodológica; por ello expresa que
es obvio que ningún texto, ni siquiera el más aparentemente documental, ni siquiera el más “objetivo” (por ejemplo, un cuadro estadístico creado por una administración), tiene una relación transparente con la realidad que capta. Nunca el texto, literario o documental, puede anularse como texto, es decir, como un sistema construido según categorías, esquemas de percepción y de apreciación, reglas de funcionamiento, que nos llevan a las condiciones mismas de producción (Chartier, 1992, 41).
Esta comprensión epistemológica de los procesos de producción situados muestra esta sensibilidad de Chartier para comprender, en torno a la relación entre “sujeto empírico”, discursividad y realidad, la complejidad del conocimiento histórico.
Cuando afirmamos esto, nos referimos a dos derivas creativas del propio historiador: una epistemológica/metodológica y otra ontológica. La primera radica en una visión compleja que supone no solo el acceso al texto como reflejo de una realidad histórica, sino también su pertenencia a un “universo discursivo”, es decir, “su especificidad como texto situado en relación con otros textos cuyas reglas de organización y de elaboración formal tienden a producir algo diferente de una descripción”. Pero además a comprender que también todo “material-documento” se ve entramado en “procedimientos de construcción donde se emplean conceptos y obsesiones de sus productores y donde se marcan las reglas de escritura particulares al género que señala el texto” (Chartier, 1992, 40-41).
La segunda deriva creativa tiene repercusión en los supuestos ontológicos del quehacer historiográfico, en cuanto, según Chartier,
lo real adquiere así un sentido nuevo: aquello que es real, en efecto, no es (o no es solamente) la realidad que apunta el texto sino la forma misma en que lo enfoca dentro de la historicidad de su producción y la estrategia de su escritura (Chartier, 1992, 40-41).
Reales son tanto el documento o texto, su contexto de producción, circulación y recepción/reelaboración (porque en este punto Chartier también afirma la traducción/reelaboración de todo texto en su lectura), como los otros textos (o discursos) entramados, en disputa, en diálogo crítico u oposición (lo que Roig también denomina “universo discursivo” y “dialéctica discursiva”).
Estas derivas epistemológica/metodológica y ontológica nos muestra la creatividad disruptiva de Chartier, ya que no es el acceso al archivo o al texto exclusivamente el que posibilita metodológica y epistemológicamente la construcción de conocimiento histórico, válido y verdadero (recordemos que Chartier se aleja de las lecturas relativistas y negacionistas y sostiene que la historia no puede abandonar la idea de verdad en sentido fuerte, por los riesgos de este revisionismo relativista), sino también el acceso a “las relaciones con los objetos las que los constituyen, de una manera específica cada vez y según ensamblaje y distribuciones siempre singulares” (Chartier, 1992, 42).
Chartier habita una claridad metodológica propia de una sensibilidad epistemológica crítica que sostiene que la forma de pensar la historia no puede constituirse de modo cerrado y centrado en una confirmación de la continuidad. Por el contrario, son el objeto de estudio, su construcción y su relación situada con los problemas, conflictos e intereses los que deben mostrar el camino, atento siempre más a las discontinuidades que nos mantienen en estado de vigilancia epistemológica. Por ello Chartier afirma:
La historia intelectual no debe dejar engañarse por palabras que pueden dar la ilusión de que los distintos campos de discurso o de prácticas están constituidos de una vez para siempre, desglosando objetos cuyos contornos, si no los contenidos, no varían; contrariamente, ésta (la historia intelectual) debe plantear como centrales las discontinuidades que hacen que se designen, se agreguen y se ventilen, en formas diferentes o contradictorias según las épocas, los conocimientos y las acciones (Chartier, 1992, 42).
Chartier ofrece herramientas teóricas, y este es para mí el caso más significativo, el de encontrarme con un historiador que teoriza epistemológica y metodológicamente sobre sus prácticas de producción de conocimiento. Chartier afirma este proceso de ampliación metodológica de la historia del siguiente modo: “… una estrecha alianza entre la historia y las disciplinas que, durante un tiempo, habían parecido sus más peligrosas competidoras” (Chartier, 1992, 47). Esta discusión epistemológica y metodológica, volviendo a la idea de “representación”, me posibilitó una estrategia metodológica para desarticular la visión objetivista y ontológicamente cerrada de la historiografía tradicional. En este sentido, volviendo al tema de mi investigación, la infancia como representación no es un concepto cerrado o “referente estable” por fuera de los pliegues que lo manifiestan en su universo discursivo. Siguiendo a Chartier, entendemos por “representación” la recuperación de un “objeto ausente”, presente en imágenes que son “reproductoras de los objetos, las situaciones y las personas ausentes”(Chartier, 1992, 57), esta forma de hacer historia dialoga con las inquietudes genealógicas de Michel Foucault, quien critica la representación en tres sentidos: “en términos de ideología”, como “conjunto de representaciones” (en alusión a la fenomenología) y, en tercer lugar, por pensar la representación por sobre las subjetividades históricas, en términos de Foucault, “olvidar que la gente piensa y que sus comportamientos, sus actitudes y sus prácticas están habitadas por un pensamiento” (Foucault, 2013, 1789). Por ello Chartier, imbuido en la misma problemática historiográfica/filosófica que Foucault (pero también de Philippe Ariès, en palabras del mismo Foucault), es parte de un intento por articular
la construcción discursiva del mundo social con la construcción social de los discursos. O, dicho de otro modo, de inscribir la comprensión de los diversos enunciados que modelan las realidades dentro de coacciones objetivas que, a la vez, limitan y hacen posible su enunciación (Chartier, 1996, 8).
En este sentido, representación o enunciado no resultan contradictorios, sino complementarios. Y es también en esta senda en la que puedo pensar en la infancia aquello que no está directamente dicho, pero que se manifiesta en los supuestos en torno a la nación, la ciudadanía y la educación, que son las problemáticas que me ocupan desde hace varios años.
Se trata de poder pensar, al modo en que lo expresaba Arturo Roig, en la distancia que hay entre la dialéctica real y la dialéctica discursiva, entre aquello que se escribe en un horizonte discursivo, no como un autor o sujeto que es portador y dueño de las ideas, sino como resonancias de una lucha, de ciertas condiciones que permiten disputar la vida colectiva y social.
En este caso, las postulaciones de Chartier, varios años después, no nos resultaban extrañas, ya que observamos necesidades similares de ampliación metodológica de la propia disciplina desde una perspectiva que pone en diálogo la historiografía, el análisis del discurso, y una visión filosófica de la epistemología. Vemos una permanente “vigilancia epistemológica” que se aboca a deconstruir supuesto y a pensar de modo situado las formas de producción del conocimiento.
Lo que sucede en mi lectura de Chartier, que es lo que me sucedió con Bachelard, Foucault, o Roig, es que nos encontramos en una escritura viva, que muestra en su desarrollo las preocupaciones y los intereses por transformar y transformarse siempre en pos de nuevas preguntas, que nos permitan herramientas teóricas adecuadas para comprender y resolver nuestros problemas vitales e históricos.
Referencias
Agamben, Giorgio (2001). Infancia e historia. Buenos Aires, Adriana Hidalgo.
Chartier, Roger (1992). El mundo como representación. Historia cultural: Entre práctica y representación. Barcelona, Gedisa Editorial.
Foucault, Michel (2013). ¿Qué es usted profesor Foucault? Sobre la arqueología y su método. Buenos Aires, Siglo Veintiuno Editores.
Roig, Arturo (1993). Historia de las ideas, teoría del discurso y pensamiento latinoamericano. Bogotá, Universidad de Santo Tomás, USAT.
Visaguirre, Leonardo (2023). Autoritarios, taxonomistas, emancipadores: una mirada crítica epistemológica a las pedagogías argentinas de principio del siglo XX. Buenos Aires, FEPAI.







