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El pasado como representación

Una lectura de la historia

María Gabriela Micheletti

1. ¿En qué circunstancias y a través de qué medios conoció a Chartier? ¿Puede compartirnos aquí la escena, sus pareceres, aspectos de sus tesis que le parecieron relevantes?

Me resulta impreciso el momento en que –posiblemente realizando mis estudios de grado– leí a Roger Chartier por primera vez. Sí recuerdo con nitidez su presencia en septiembre de 2007 en Tucumán, en donde tuvo a su cargo la conferencia inaugural de las XI Jornadas Interescuelas/Departamentos de Historia. Su disertación fue de una gran finura intelectual, en un salón rebosante de auditorio. Sus palabras en Tucumán luego fueron recopiladas, en conjunto con una lección magistral pronunciada en el Collège de France, en el volumen Escuchar a los muertos con los ojos. Lección inaugural en el Collège de France (Chartier, 2008)[1].

Por ese entonces, yo estaba rematando mi tesis doctoral sobre las elites santafesinas de fines del siglo XIX y su comportamiento para con los inmigrantes, y presentaba por primera vez un trabajo que conectaba con el tema sobre el que estaba elaborando mi proyecto posdoctoral para el Conicet y que me sumergiría –a partir de allí– en el estudio de la escritura de la memoria y de la historia santafesinas. La profundización en cuestiones vinculadas al universo de la cultura escrita tenía, por supuesto, que interesarme. La exposición de Chartier en aquella ocasión –si bien por medio del estudio de un caso particular: el encuentro entre Cervantes y Shakespeare a través de Cardenio, una obra perdida que fue representada en la corte inglesa en 1613– tocó aspectos relativos a la circulación de textos, a las relaciones entre el texto y sus diversas materialidades y entre la obra y sus múltiples apropiaciones, y, en general, a las complejas relaciones entre historia y literatura.

2. ¿De qué modos o en qué forma puede vincular sus investigaciones con la propuesta de Chartier, su manera de indagar, sus temas de abordaje? ¿Puede mencionar alguna incorporación de las producciones del autor en sus propios escritos?

De los temas abordados por Roger Chartier, y de sus reconocidos aportes a la disciplina, es la noción de “representación”, concebida dentro de los contornos de la historia cultural, la que quiero invocar en esta oportunidad. Aunque reconozco que, en mi propia producción, las referencias a la obra de Chartier no son habituales, ya que he privilegiado otros marcos teórico-conceptuales más específicos de la historia de la historiografía, encuentro en sus planteos sobre las representaciones aristas en común con la perspectiva que profundiza en el estudio de una práctica historiográfica entendida en términos de representación del pasado.

Recordemos que, en 1992, la editorial Gedisa dio al público la primera edición en castellano de El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. En esta obra, que reúne nueve trabajos producidos y publicados a lo largo de diez años, Chartier explicaba la relación de representación entre una imagen presente y un objeto ausente, otorgando un papel fundamental a la dimensión simbólica. “Representación” es para Chartier una noción que permite “unir estrechamente las posiciones y las relaciones sociales con la manera en que los individuos y los grupos se perciben a sí mismos y a otros” (Chartier, 2005, p. 35).

Las construcciones provistas por los historiadores, así como la apropiación que de ellas hacen los individuos de una sociedad, ¿de qué manera interconectan con las representaciones colectivas que Chartier ayuda a develar? Dicho de otra manera, ¿hasta qué punto las representaciones colectivas mediatizan tanto las operaciones de memoria de una sociedad, como la propia reconstrucción historiográfica de quienes se dedican a la escritura del pasado, aunque estos no sean mayormente conscientes de esas interconexiones? Cuando historiadores santafesinos como Ramón Lassaga, Manuel Cervera o José Luis Busaniche para referirme a un tema que he estudiado– aportaban al conocimiento del pasado de su provincia, ¿en qué medida eran a la vez tributarios, en sus interpretaciones, de las representaciones que habían activado en la sociedad un sustrato de ideas comunes, desde décadas tempranas del siglo XIX, sobre los aportes de los santafesinos y de personajes destacados –en particular, del caudillo federal y héroe provincial Estanislao López– a la nacionalidad argentina? ¿En qué medida sus aportes venían, a la vez, a reafirmar, con datos basados en la exploración de documentos, y a vehiculizar a través del texto la expresión de ese sustrato de ideas, y las condiciones de producción de su relato histórico? Refiriéndonos en particular a la recepción, un aspecto importante que debe ser tenido en cuenta en los estudios de historia de la historiografía, y clave, si se lo considera desde el enfoque de la historia de las prácticas de lectura de Chartier: ¿puede sostenerse que la lectura de un libro como la Historia de López de Lassaga, publicado en 1881 –y del que se produjeron luego otras versiones breves para su divulgación, como los dos mil ejemplares impresos en 1886 con motivo del centenario del nacimiento del caudillo, repartidos el día de la celebración en una ciudad que para entonces cobijaba poco más de quince mil habitantes–, contribuyó a consolidar representaciones sobre el pasado que hasta ese momento anidaban de manera más embrionaria en la sociedad santafesina? ¿A qué, si no era a esa dimensión simbólica, se refería Lassaga en la advertencia preliminar, cuando sostenía que el pueblo conservaba “como un tabernáculo sagrado, escondida en su pecho la memoria de las virtudes de aquellos por cuyo medio mil beneficios recibieron” (Lassaga, 1881, p. 4)? ¿Qué reelaboraciones experimentaron estas representaciones, con las sucesivas lecturas de esa y de otras obras “clásicas” de la historiografía santafesina, sobre la figura del “héroe”? ¿Qué inquietudes y anhelos de la sociedad santafesina en la que se gestó se trasuntan en la erección de Estanislao López como héroe y en su paso a la forma literaria?

Ciertamente, estos interrogantes se entrelazan con cuestiones como la de la circulación, los usos y las modalidades de apropiación de los textos, y los procedimientos de interpretación que estos experimentan, puestas en valor en las investigaciones de Roger Chartier. Tal como sostiene este autor:

Las obras, en efecto, no tienen un sentido estable, universal, fijo. Están investidas de significaciones plurales y móviles, construidas en el reencuentro entre una proposición y una recepción, entre las formas y los motivos que les dan su estructura y las competencias y expectativas de los públicos que se adueñan de ellas (Chartier, 1992, p. 11).

Bajo estas coordenadas que prestan atención a las condiciones y a los procesos que implican las operaciones de construcción del sentido, podemos pensar las formas en que las sucesivas generaciones se han ido apropiando de las obras que han convergido hacia la configuración de una tradición historiográfica en nuestro país.

3. En el conversatorio de Chartier, realizado en las II Jornadas Internacionales de Historia de la Educación (octubre, 2021, Universidad del Salvador, Argentina), se pueden apreciar un conjunto de temas y problemas propios de la investigación histórica y también de la producción específica del mismo historiador francés. ¿Cuáles les parecen sustantivos, interesantes o inquietantes para el tratamiento de sus propios estudios? Compartimos el enlace: t.ly/4ySzj.

El Conversatorio organizado por la Universidad del Salvador con Roger Chartier, en octubre de 2021, trajo a la discusión un manojo de cuestiones importantes y de actualidad en los debates historiográficos contemporáneos.

Al poner en diálogo la historia cultural con la historia de la educación, Chartier alude a un problema que es de relevancia para los que estudiamos historia de la historiografía: la relación entre la memoria y el olvido, a la que Paul Ricoeur ha contribuido a otorgar centralidad. La tensión entre “borrar y conservar” se hace continuamente presente en la escritura de la historia, visible tanto en las operaciones de memoria/olvido puestas en marcha por una sociedad determinada, como en el acto mismo por el cual un historiador resuelve traer al presente un acontecimiento del pasado. El Estado, sobre todo a través del sistema educativo, por supuesto que también ejerce, como es sabido, un control muy importante sobre lo que se debe recordar.

Esto se hizo muy evidente en la Argentina de fines del siglo XIX y principios del siglo XX, cuando a la enseñanza de la historia se le reconoció un papel de primer orden en la nacionalización cultural de los hijos de inmigrantes. Por ese entonces, en la provincia de Santa Fe, Pedro Alcácer –profesor de Historia en la Escuela Normal de Rosario, ministro de Instrucción Pública provincial entre 1894 y 1897, y autor de un Compendio de Historia Argentina (1889) explicaba su objetivo de “ponerles en la mano una obrita de pequeñas dimensiones, de ínfimo precio”, tanto a “la juventud nativa del país”, como a “la juventud de otros países que llega a nuestras playas”, para que “la lean con júbilo y la comenten, la estudien, la aprendan, la propaguen, y les sirva de luminoso ejemplo”. (Alcácer, 1889, tomo 1, p. 6). Tenemos noticias de que el libro circuló, porque pronto se agotó y hubo de hacerse una segunda edición, y fue utilizado por años en la educación provincial.

Más o menos hacia la misma época, Ramón Lassaga –a quien ya me he referido más arriba– daba a conocer otra de sus obras más conocidas, Tradiciones y recuerdos históricos (1895), y sostenía que una manera de reanimar “el espíritu nacional” consistía en “presentar al pueblo sus nobles antecedentes” (Lassaga, 1895, p. 15). Así como en 1881 había conseguido que el gobierno provincial financiara la publicación de su Historia de López, Lassaga –por entonces senador provincial– logró que la Legislatura de Santa Fe sancionara en 1896 una ley que autorizaba al Poder Ejecutivo a adquirir mil ejemplares de Tradiciones y recuerdos con destino a las escuelas de la provincia. Con estos ejemplos tomados de un espacio provincial de Argentina, procuro poner de relieve las intrincadas relaciones entre Estado, educación, memoria/olvido y escritura de la historia, y entre políticas editoriales y prácticas de lectura.

En otro aspecto quisiera, asimismo, detenerme. Las fuentes señaladas por Chartier como pertinentes para llevar adelante una historia de la lectura son algunas de las que en los últimos años también han abierto nuevos horizontes a una historia de la historiografía no circunscripta únicamente al estudio del autor y de su obra. Así, por ejemplo, la “marginalia” o anotaciones que los lectores han dejado escritas en los libros mismos, o las cartas, los diarios íntimos y las memorias mencionados por Chartier –y que de manera reciente han sido revalorizados bajo el nombre de “autodocumentos” o “escrituras autobiográficas”– sirven tanto para reconstruir las prácticas de lectura, como para seguir los rastros de los procesos de producción, recepción y circulación del discurso historiográfico. El concepto de “comunidad de interpretación”, que Chartier toma de Stanley Fish, puede ser recuperado para pensar las variaciones que se producen en la recepción y apropiación de los relatos sobre el pasado según los grupos de lectores –marcados por distintas condiciones sociales, culturales, ideológicas, etarias– y las épocas.

Me gustaría referirme aquí a una experiencia personal. Al analizar la obra historiográfica de David Peña, y en particular su Juan Facundo Quiroga (1906), me resultó de gran utilidad acceder al manuscrito –que dejaba al descubierto tachaduras, correcciones y agregados– y al epistolario del autor, que ayudaba a seguir la pista de diversos lectores y de sus juicios sobre la obra. Las varias y rápidas reediciones me hablaban del éxito en la circulación de un discurso que Peña que también era autor dramático– se apuró en pasar a otro registro, menos erudito y al alcance de públicos más amplios, a través de la obra teatral Facundo (1906). Libro de historia y obra de teatro significaban, al mismo tiempo, una relectura y revisión –en clave de apropiación polémica del clásico Facundo (1845) de Domingo F. Sarmiento, a través de un provechoso maridaje entre historia y literatura.

Otro problema nodal, para los que nos dedicamos a la historia de la historiografía, es el de las tensiones –y los parentescos– que se producen en el proceso de escritura de la historia, entre la retórica del discurso y la prueba del conocimiento. Roger Chartier invoca en el Conversatorio de la USAL los aportes de Michel de Certeau para referirse a esta ambivalencia de una historia-relato, que utiliza las mismas formas narrativas y figuras retóricas de los textos de ficción –“propias de todos los discursos de representación” (Chartier, 2005, p. 63)–, y una historia que se propone producir una verdad sobre el pasado. Sobre este punto, me permito afirmar con Henri-Irenée Marrou que la historia es conocimiento. La toma de conciencia por parte de los historiadores de que, en nuestro trabajo en el archivo, no accedemos de manera directa a la realidad pasada, sino a la representación de ese pasado, esta lucidez sobre las propias prácticas –estimulada por obras como la de Paul Ricoeur (Chartier, 2005, p. 69)– no debería hacernos perder la aspiración a aproximarnos a una reconstrucción verdadera de ese pasado, y a la producción de conocimiento histórico.

4. ¿Puede compartirnos, desde su perspectiva de historiadora y en el ámbito de la historia en general, cuáles son a su parecer los aportes de Chartier, pensando además en la dimensión regional o de su país?

Comentando al notable escritor argentino, Roger Chartier expresó en una oportunidad que, “de todos los escritores contemporáneos, Borges es sin duda el que tuvo la conciencia más aguda del íntimo vínculo entre el libro y la obra” (Chartier, 2000, p. 29).

Esta afirmación del autor francés me lleva a reflexionar que, aunque poseemos en nuestro país una trayectoria importante en cuanto al estudio de obras históricas o literarias y de sus autores, existe, en cambio –y a despecho de la intuición borgeana–, un largo camino todavía por recorrer en cuanto al estudio de la historia de los libros y –teniendo en cuenta la evolución en los intereses del propio Chartier– de la historia de la lectura.

Hay que reconocer que se han producido, en los últimos años, algunas contribuciones interesantes en este sentido. Pensemos, por ejemplo, en el volumen dirigido por Héctor Rubén Cucuzza, Historia de la lectura en la Argentina. Del catecismo colonial a las netbooks estatales (2012), en el que la historia de la lectura queda vinculada con una matriz que refiere a lo escolar y a la historia social de la educación. Para la historia de la edición, hay que consignar la obra de José Luis de Diego: Editores y políticas editoriales en Argentina, 1880-2000 (2006). Asimismo, se puede mencionar el abordaje teórico sobre esas cuestiones que acomete Alejandro Parada en Lectura y contralectura en la Historia de la Lectura (2019), así como el anterior El dédalo y su ovillo. Ensayos sobre la palpitante cultura impresa en la Argentina (2012), del mismo autor; y, también, La mujer romántica. Lectoras, autoras y escritores en la Argentina: 1830-1870 (2005) y Lectoras del siglo XIX. Imaginarios y prácticas en la Argentina (2017), ambas de Graciela Batticuore, entre otras obras que han buscado hilvanar en mayor o menor medida– los aportes de Chartier con la historia argentina.

De todos modos, la historia del libro y la de las prácticas de lectura constituyen vastos ámbitos aún por explorar en Argentina, situación que se hace especialmente evidente a escala regional y provincial. En el caso de la provincia de Santa Fe, que constituye mi universo de análisis, hay que admitir que todavía están por hacerse las investigaciones que, siguiendo las huellas de Chartier, exploren sobre las prácticas de lectura y la historia de la producción y circulación de libros y otros textos impresos. Esos estudios, se me ocurre, podrían ser una vía de entrada distinta, también, para abordar la historia de lo escrito sobre el pasado.

Bibliografía

Alcácer, Pedro S. (1889), Compendio de Historia Argentina. Desde el Descubrimiento de América hasta nuestros días, Rosario, Imprenta Olivé.

Chartier, Roger (1992), El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural, Barcelona, Gedisa.

Chartier, Roger (2000), El juego de las reglas: lecturas, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.

Chartier, Roger (2005), El presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escrito, México, Universidad Iberoamericana.

Chartier, Roger (2008), Escuchar a los muertos con los ojos. Lección inaugural en el Collège de France, Madrid, Katz.

Lassaga, Ramón (1881), Historia de López, Buenos Aires, Imprenta y Librería de Mayo.

Lassaga, Ramón (1895), Tradiciones y recuerdos históricos, Buenos Aires, Peuser.


  1. Según aclaración de la misma editorial, el texto publicado pertenece a una versión previa, correspondiente a la conferencia dictada el 9 de julio de 2007 en la Sorbonne de París para la apertura del Congreso de la Asociación Internacional de los Hispanistas.


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