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Historia social de una lectura

Gustavo Sorá

Vi(v)a Brasil

Como gran parte de mis referencias intelectuales y modos de pensar, de escribir y de ética profesional, Brasil está en la raíz de mi contacto con Roger Chartier. Mi primera publicación como autor, en 1996, fue una reseña de A ordem dos livros[1]. A esa altura ya había leído algunos de sus libros de autoría individual y fragmentos de obras colectivas bajo su dirección[2]. Entre los primeros, leí y fiché cada capítulo de la compilación portuguesa A história cultural. Entre prácticas e representações. Eran las lecturas de un joven antropólogo que, a partir de agosto de 1991, había comenzado a explorar una terra ignota, no apenas para otros colegas de profesión: observaciones etnográficas sobre ferias de editores. No hubiera asumido tal riesgo[3] si no fuera por los estímulos absorbidos al cursar la maestría y el Doctorado en Antropología Social de la Universidade Federal do Río de Janeiro (PPGAS/Museu Nacional). Allí leí y conocí personalmente a Roger Chartier.

Chartier, G. Duby, E. P. Thompson, E. Hobsbawm, B. Anderson, P. Nora, P. Burke y muchos otros historiadores europeos esenciales marcaban presencia en la bibliografía de cursos de profesores como José Sergio Leite Lópes y Federico Neiburg. Pero además el Museu Nacional era uno de esos lugares donde famosas referencias bibliográficas se tornaban persona. Marshall Sahlins, Michael Pollak o Abdelmalek Sayad eran profesores invitados. Y en casos como Monique de Saint-Martin o Roger Chartier, su presencia era frecuente[4]. Todo pasaba como si allí fuera posible dar la mano a los libros y leer a las personas. Como centro académico internacionalizado, el buen uso del inglés y del francés era obligatorio, evaluado en las pruebas de admisión. Las lecturas por lo general se hacían “en originales” y los visitantes dictaban conferencias en sus propios idiomas, excepto Roger Chartier. Las primeras veces lo escuché en impecable castellano, lo cual acentuaba la simpatía y la posibilidad de conexión. Años después, ya lo hacía en portugués. No es lugar aquí para tocar los significantes de esta diferencia con relación a otros colegas “metropolitanos”; esa disposición para multiplicar el intercambio científico internacional, a consciencia de las desigualdades que reproduce.

¿Cómo reconstruir con algunos detalles objetivos mis primeras vinculaciones con Chartier? Podría hurgar en la sección brasileña de mi desordenado archivo. Lo que tengo a mano es “Titres et Travaux de Roger Chartier”, un impreso de 2005 que articuló la presentación de su candidatura como profesor al Collège de France[5]. No fue poca la sorpresa al constatar que, en ese impreso “fuera de mercado”, la única referencia al Museu Nacional es su membrecía al comité científico de Mana. Estudos de Antropologia Social, a partir del origen de esta revista (octubre de 1995). Se listan, sin embargo, actividades en otras unidades académicas brasileñas[6]. Infiero que tanto la participación de Chartier en Mana como en actividades académicas en el PPGAS respondían a la amistad y alianza con profesores como Leite Lópes y Afrânio Garcia, quien, a partir de su pasaje a la EHESS, fue un articulador de toda suerte de intercambios científicos franco-brasileños. Ese doble compromiso (intelectual y social) queda plasmado por el lugar privilegiado que se le concedió al historiador en el lanzamiento de Mana, en poco tiempo posicionada entre las más prestigiosas revistas del espacio académico internacional: el primer número abre con un artículo de Roberto Cardoso de Oliveira, uno de los fundadores del PPGAS/MN en 1968, y sigue con otro original de Chartier, denominado “Leituras, leitores e ‘literaturas populares’”[7].

Creo necesario ampliar el cuadro institucional que me abrió posibilidades de acceso a los estudios sobre el libro y la edición, área que en 1994 el propio Roger Chartier juzgaba, en Francia, aún en desarrollo: “La primera característica de esta disciplina en plena efervescencia, es su incontestable juventud”. El “esbozo de auto-análisis”[8] me permite explicitar cómo tres años antes pude emprender el aludido risco de asomarme a esa área de especialización, desde un fecundo centro académico latinoamericano. En el Museu Nacional se transmitían las herencias intelectuales más significativas para el desarrollo de la disciplina a escala internacional, con dos o tres materias obligatorias sobre teoría antropológica. También se estimulaba la ideación de proyectos empíricos audaces y originales, en los que la construcción de los objetos debía abrirse a todas las conexiones interdisciplinares que lo requirieran. Todo ello se rodeaba de un ambiente donde reverberaban aires de grandeza cultural[9]. Por fibras intelectuales y humanas que con el tiempo comprendí (por habitus, digamos), me aproximé a Afrânio García y a Luiz de Castro Faria para que orientaran mis primeros pasos en la investigación antropológica. En La Plata había hecho algunos ejercicios de antropología rural junto a Roberto Ringuelet, exalumno del PPGAS-MN a inicios de los 70, y otros colegas argentinos, como Beatriz Alasia, Luis Gatti y Omar Gancedo. Pero no era un área sobre la cual sintiera verdadero compromiso intelectual y afectivo. Así, mi primer mensaje a Afrânio fue el siguiente: “Por sobre todas las cosas, lo que quiero y preciso es salir al campo, aprender a observar, a registrar, a hacer etnografía”. Para remediar esa ansiedad, a mediados de mi primer año, García me propuso realizar un ejercicio de observación y registro de la V Bienal do Livro do Rio de Janeiro. Raro destino para las expectativas de cualquier antropólogo. Un viaje iniciático hacia los suburbios de la ciudad (Jacarepaguá – complejo ferial Rio-Centro) adonde me dirigí (cada día y a jornada completa, entre el 27 de agosto y el 7 de septiembre de 1991) junto a Pedro Bôdé de Moraes, historiador que realizaba una tesis sobre José Bento Monteiro Lobato, el primer editor moderno en el Brasil[10]. Tras la lectura de mi cuaderno de campo, Afrânio se convenció de que podría emprender una tesis de maestría sobre las bienais de Río y São Paulo[11]. Mi inmersión en ese terreno fue completa; pasaje transformador hacia un torrente de conocimientos sobre el libro y la edición en el que aún sigo navegando.

Las ferias como formas de publicidad de la actividad editorial

¿Cómo leí a Chartier en aquel contexto? En primer lugar, como engranaje central al interior de un sistema de lecturas. En segundo lugar, con una modalidad de apropiación funcional a la construcción del objeto de investigación: los autores como vectores para la producción de conocimientos novedosos y no la investigación al servicio de los programas intelectuales de autores o teorías faro, menos aún de las agendas políticas[12]. Ante la ausencia de trabajos de antropólogos sobre “el mundo del libro”, era inexorable conocer a Chartier. Los editores como foco de investigaciones académicas emergían de manera discontinua[13] en un puñado de obras de historia o de sociología. Entre las primeras sobresalía L’apparition du livre de Lucien Febvre y Hénri-Jean Martin (1958); entre los segundos, los trabajos de Robert Escarpit, el lugar que Pierre Bourdieu les había dado en “Champ intellectuel et projet créateur” (1966) o Lewis Coser en “Publishers as gatekeepers of ideas” (1975). El vacío de referencias para el tema en mi propia disciplina fue así suplido con la aproximación, extensiva e intensiva, a las obras de esos autores; particularmente a todo lo que hasta la fecha hubiera disponible de Chartier y Robert Darnton. Huelga decir que las obras de ambos formaban un binomio que, en la boga del “giro cultural”, habían elevado al mundo del libro a frente de renovación de preguntas y problemas de impacto a escala internacional. A sabiendas de que el contacto con Chartier podría ser directo, de Darnton Afrânio me indicó leer “da capo al fine”, Boêmia literária e revolução, O beijo de Lamourette y Edição e sedição[14]. No se trataba apenas de una sugerencia o recomendación. El PPGAS permitía que los profesores organizaran cursos personalizados para sus dirigidos, lo cual transformaba las lecturas en un deber controlado a través de un trabajo final: reseña exhaustiva de cada libro con indicaciones de usos para la construcción del proyecto de tesis. Los otros libros de mi programa eran los siguientes: La Distinción de Bourdieu; La gran transformación de Karl Polanyi; y El orden del discurso de Foucault. El único antropólogo del repertorio era Jack Goody, de quien leí The domestication of sauvage mind. Guardo la sensación de un largo período de enclaustramiento, de fichas interminables escritas en máquina eléctrica, una de las cuales derivó en la reseña de A orden dos livros[15].

Para mi uso de Chartier también se sumaba otra fuente de “libertad creadora”. Sin el corsé que para los historiadores representa la especialización por Eras y con la impronta que en la antropología tienen el método comparativo, los esquemas evolutivos de muy larga duración y por sobre todo la construcción de modelos estructurales, en las lecturas de los muy diversos trabajos de Chartier sobre “historia moderna” no me era difícil trasponer preguntas y modelos de análisis para el tiempo presente en el que transcurría mi etnografía. A pesar de la marcada diferencia en sus estilos, Darnton y Chartier se complementaban a la perfección, impresión garantizada por el modo como Bourdieu los puso “en diálogo” tempranamente (Bourdieu, Chartier y Darnton 1985), en un momento germinal para el área de especialización que nos compete. Antes que escuelas de pensamiento disímiles, en ellos me inspiraba la pasión por la investigación de todo lo que existe en y “por detrás de los libros”, el rigor analítico, su gran erudición y el desafío de suplir con sostenida imaginación la búsqueda de fuentes como las que ellos utilizaban. Si las ferias eran mis Trobriand, mi descubrimiento del archivo de la Livraria José Olympio, base documental primaria de mi tesis doctoral, “fue mi Neuchâtel” (Sorá, 2010, p. 16). Sin embargo, poco después supe ampliar la integración de ambos autores, reconociendo fuertes diferencias[16].

Un aspecto central en mi aproximación preferencial por Chartier puede explicarse por las estrechas alianzas que mis directores y profesores de referencia tenían con el campo académico francés y en especial con la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS). Garcia y Leite Lopes, a inicios de los setenta, se habían formado en Francia, al tiempo que se incorporaron al equipo de investigación de Moacir Palmeira[17]. En los 80 hicieron estancias posdoctorales con Pierre Bourdieu y devinieron investigadores arraigados en la red internacional del Centre de Sociologie de l’Éducation et de la Culture – Centre de Sociologie Européenne. Como si fuera poco, en medio de la realización de mi tesis de maestría sobre las bienais, Garcia fue electo Maître de Conférences en la EHESS. Apenas defendida, me incitó a enviarle un ejemplar a Chartier. Durante un tiempo me interpeló el juicio con en el que afirmó (en una carta del 26/09/1995) que mi trabajo sobre ferias podía ser vinculado “más generalmente a las formas de ‘publicidad’ dadas a la actividad editorial”. ¿Publicidad? Quizás era fuerte mi prejuicio hacia el frenesí del “marketing” que obsesionaba a mis nativos. Pero es evidente que, a pesar de tantas lecturas, aún no me había sumergido lo suficiente en la complejidad atribuida por Bourdieu, Chartier, Habermas y otros autores estabilizados en mi bibliografía al poder que tienen las prácticas formadoras de públicos. O quizás lo hacía con disciplina y detalladamente, pero sin darme realmente cuenta de lo que estaba demostrando.

Como plazas de mercado, las ferias constituían el momento más candente de la exposición pública de los intermediarios del universo editorial. El resto del año viven subterráneos, sosteniendo el encuentro entre autores y lectores, con una forma de poder propia de la magia (Bourdieu y Delsaut, 1975). Como un catálogo de catálogos, como una librería de librerías, luego comprendí que no hay lugar tan completo para observar la identificación y diferenciación de comunidades de lectores; no hay ritual de unificación y oposición más intenso entre productores de textos y de libros, entre intermediarios y consumidores. Además, ello era singularmente característico de las ferias en América Latina. Frente al carácter cerrado (orientado a los especialistas del mercado) de ferias como las de Frankfurt o Liber (España), en nuestros países las ferias de editores son por sobre todo eventos que apuntan al público de consumidores. El barómetro del éxito de cada versión se mide por la cantidad de visitantes. Siempre ronda el millón de personas. En Río, alumnos de escuelas públicas y privadas, el segmento de público más conspicuo (alrededor del 50 %), se agolpaba sobre una selva de impresos. Para muchos era una experiencia inédita; para algunos seguramente transformadora.

El libro cambia porque el mundo a su alrededor cambia

Entre tantas otras cosas, con Garcia y Castro Faria, aprendí a “mirar por detrás de los libros”. Hicieron suyas premisas de Foucault, Bourdieu y Chartier para penetrar en el trasfondo de las ideas publicadas: articular los necesarios cambios en la apropiación de los contenidos textuales por la transformación de los soportes de las lecturas o demostrar cómo la singularidad de las tecnologías del intelecto condicionan las ideas; situar con detalle temporal y espacial los acontecimientos de producción, circulación y apropiación de las representaciones colectivas, como las urdidas en las obras cardinales sobre la nación; abarcar las variaciones y las disputas por los sentidos y comprenderlas como contiendas sociales que constituyen las posiciones y disposiciones de toda suerte de agentes (escritores, editores, libreros, críticos, lectores, etc.). Para un curso que ministraron sobre pensamento social brasileiro, presenté un trabajo sobre las transformaciones de las ediciones del libro Os Sertões. Pasé muchos días en la Biblioteca Nacional de la Avenida Rio Branco, analizando la composición de las decenas de ediciones del famoso libro de Euclides da Cunha. El gran paso era vincular las diferencias textuales y paratextuales, las inscripciones y los borramientos, las marcas de lectores y las comunidades preferenciales de las distintas ediciones con los “responsables” de los actos de producción y distribución/comunicación[18].

A la apropiación vía lectura, pude sumar el aprendizaje de estos métodos en los varios seminarios de Chartier que seguí como alumno, antes y después de doctorado. El profesor llegaba con pliegos de fotocopias que distribuía a cada uno de los asistentes (decenas, oriundos de otros tantos orígenes) y nos invitaba a compartir su atelier de trabajo. Eran las vertientes de sus microscópicas interpretaciones, en textos y contextos, sobre la interdependencia entre todos los segmentos del orden social y cultural.

Las imágenes reflejan la compleja trama de esos ejercicios para “aprender a leer” líneas y entrelíneas; corresponden a documentos de un seminario en la EHESS del año lectivo 2005-2006. La bibliografía, que correspondía a un par de clases apenas, se ligaba a indagaciones como las desplegadas por Chartier en las conferencias Panizzi de 1999 (Publishing Drama in Early Europe. Londres: The British Library) y actualizadas en cada capítulo de Inscrire et effacer, el libro que Gallimard y Du Seuil acababan de lanzar, en pleno proceso de candidatura del autor al Collège de France. Lo que iluminan esos documentos es el arte de Chartier para trascender la oposición texto/contexto, internalismo/externalismo, que tantas veces fue esgrimida como crítica al “materialismo y sociologismo” de nuestra área de especialización desde posicionamientos de tradición hermenéutica[19]. Si algo de esa crítica ataca la preferencia de la mayoría de nosotros por la interpretación de documentos no publicados, en absoluto pudo o puede dirigirse a Chartier. Si bien, a lo largo de su obra, se observa el uso de una gran diversidad de fuentes, su arte analítica se centra en el desglosamiento de los propios textos para localizar cómo las propias obras, en cuanto piezas de formaciones discursivas de las que son producto, encierran indicios generales sobre “los procesos de civilización”.

Ello es visible en la imagen 1 (The Tragedy of Hamlet). Ese mismo año, esta es la ocasión para recordarlo, su seminario incluyó algunas sesiones sobre “traducción”. Era por entonces uno de los temas en el que me sentía “original”. En América Latina prácticamente nadie había realizado investigaciones de corte histórico y sociológico sobre el tema. Tampoco era expresivo entre colegas afines de centros metropolitanos. Era un capítulo pendiente en la obra de Chartier. Por entonces él iniciaba exploraciones al respecto y, como sucede con las buenas obras de investigación, los resultados mayores de su contribución al tema salieron quince años después, en 2021, año de aparición por Seuil de Éditer et Traduire. Mobilité et matérialité des textes (XVIe-XVIIIe siècle). Esa distancia es muy significativa como insumo crítico frente a la tozuda certeza que, en el seno de la vida académica, aún sostiene que las ideas de un autor remiten al momento de su dispersión como producto legible, editado.

Si esta nota es digna de comentario, no puedo omitir agregar que, en la sección del seminario de 2006 dedicada a la traducción, escuché en plena clase una referencia que me deslumbró. El ejercicio giraba en torno al Oráculo manual y arte de prudencia (1647) de Baltasar Gracián, inigualable guía moral que, por fuerza de sus traducciones a múltiples lenguas, fue axial para modelar el habitus cortesano a escala europea. Como vemos, en esta área temática, se impone la revisión y comparación de todas las ediciones, desde “un original” hasta toda suerte de dispersiones en el tiempo, en el espacio, entre culturas. En algún momento de la clase, Chartier comentó que solo pudo acceder a la primera edición del famoso libro en una biblioteca hundida en la profundidad de la pampa bonaerense[20].

Los esquemas de percepción que estimula ese método perenne en la obra de Chartier luego se internalizan y aplican en todo acto de lectura no apenas profesional. Así, avanzo con una observación, al unísono, pensada tras el intento de revisar “mi primer Chartier”. A história cultural. Entre prácticas e representações fue una coedición entre Bertrand (Lisboa) y Difel (São Paulo). Apareció en 1988, el mismo año del “libro fuente”, que no es una previa edición francesa, sino Cultural History. Between Practices and Representations (Cambridge: Polity Press /Ithaca: Cornell U.P.). Tras una participación académica por todo el ámbito europeo entre mediados de los años 70 y 80, la internacionalización “extraeuropea” de Chartier inició en los Estados Unidos, el país de presencia más recurrente y espacio que el autor privilegió en actividades de enseñanza, precisamente a partir de Cornell, hacia 1985. A la simultaneidad de esa aparición, se solapan (al año siguiente) una versión alemana y otra italiana. Al castellano fue editado por Gedisa en 1992, bajo el titulo El mundo como representación. Estudios sobre historia cultural. He notado diferencias entre la versión portuguesa y la española “del mismo libro”. No las he podido trabajar con sistematicidad, entre otras cosas, porque mi edición lusa se extravió, seguramente en la biblioteca de algún tesista. Algunos capítulos no coinciden o tienen nombres discordantes. A grandes rasgos, observo que en la versión portuguesa son nítidas las marcas sociológicas (guiñadas equivalentes hacia la sociología de tradición durkheimiana, eliasiana y bourdieuana), mientras que, en el libro editado por Gedisa, sobresalen señales literarias o intelectualistas. Acaso la supresión de la palabra “prácticas” en el título “español” alcance para transformar esta duda en hipótesis. Como dejo entrever, mi afinidad con la versión portuguesa no se debió apenas a mi localización migrante en Brasil, sino especialmente a la “fusión de horizontes interpretativos” que ensayaba al apropiarme de Chartier con representantes de tradiciones sociológicas como las arriba indicadas. Sería interesante verificar en qué medida la oposición social-intelectual Brasil/Argentina (potencialmente Hispanoamérica) es expresiva en los usos diferenciales de Chartier a un lado y el otro de esa frontera cultural sudamericana. En Brasil es posible observar un nutrido contingente de sociólogos y antropólogos que utilizan Chartier, lo cual es muy raro en Argentina, en donde es por sobre todo un autor atractivo entre pares de disciplina y analistas de la literatura.

Diferenciación de los intermediarios en la transmisión de la cultura escrita

Mi tesis doctoral abordó la configuración de un mercado editorial de dimensiones nacionales en el Brasil, proceso balizado hacia la década de 1940 con la definitiva diferenciación y triunfo de los editores como especialistas “separados” de libreros, impresores y mecenas. La Histoire de l’Édition Française me guio en el registro de esa clase de procesos, que en el caso europeo correspondía a un siglo de antecedencia. Por la lógica que aprehendí en el Museu, es difícil reconocer en mis propios trabajos lo que específicamente tomaba y utilizaba de cada autor “de mi bibliografía”. ¿En qué medida mi atención a los procesos históricos de diferenciación entre especialistas de la producción simbólica respondía a premisas de Chartier, de Bourdieu o de Elías? Lo mismo sucedía para la interrogación de las materialidades que inciden en las formas de clasificación y los procesos cognitivos: ¿según Goody o Chartier? ¿Durkheim, Mauss o Weber?

Así como posteriormente Arnaldo Orfila Reynal, para comprender la unidad y fragmentación del espacio editorial iberoamericano, José Olympio fue el pivot para hallar detalles de la mutua separación en Brasil entre prácticas y figuras de la producción simbólica de “Antiguo Régimen” y modernas. La institucionalización del editor hacia finales de los años 30 como oficio se gestó al compás de la segmentación de intereses públicos y privados, de procesos de individuación generados por la expansión de la escolarización/alfabetización, y todo lo que de Elías reconocemos en Chartier: el estrechamiento de las relaciones de interdependencia que resulta de la división del trabajo, la especialización, la individualización, la monopolización de poderes en los Estados centralizados, la dinámica entre normas y habitus. Menciono a Elías porque es un predilecto de Chartier. Pero podemos agregar a Habermas o a Weber ya que nuestro historiador cultural siempre tuvo en foco lo que gesta la esfera pública y la transforma desde los salones hasta los palcos, desde el espacio público literario hasta la opinión pública/política. Los editores, los críticos, los libreros, los distribuidores, el “escritor”, el “intelectual”, los oficios, las prácticas, figuras que, al compás de su oposición-diferenciación, definen sus fronteras, sus intereses. Una roda de livraria era analizada a detalle etnográfico para hallar los puntos donde reverberaba el desarrollo de un Estado central como el que gestó el varguismo, que permitió la unificación política, económica y cultural de la nación brasileña. No partir nunca del contexto. Hallarlo de manera transformada en los espacios donde transcurre y palpita la vida cotidiana, en nuestro caso de intelectuales, editores, libreros, etc. Hallarlo en los pliegues de hojas manuscritas o impresas, en imágenes, en recuerdos, en inscripciones y en lo no visible (que, en el caso de antropólogos y sociólogos, son, por sobre todo, las trayectorias sociales), posibilidades patentes en las guías de Chartier. Transcribo un trecho de la introducción de Brasilianas, la tesis doctoral, doce años después reformulada para edición:

O olhar deste trabalho guarda relação com os programas de pesquisas abertos por Pierre Bourdieu (1977) ao se perguntar “quem cria o criador?” e por Roger Chartier (2006), quem, oscilando entre a historia cultural e a sociologia dos textos, sugere a exploração e integração do complexo espaço formado pelas mais variadas práticas que confluem e se enfrentam na evolução da cultura escrita: escritores e impressores, livreiros e editores, tradutores e leitores desenvolvem ações específicas e concorrentes, configuram espaços de interdependência e de conflitos. A compreensão do pensamento se alarga até a materialidade dos meios de sua comunicação. As formas do escrito e do lido não dependem apenas das escolhas do escritor. As representações geradas através da cultura escrita são guiadas não apenas pelo dom do escritor, mas por múltiplos interesses de agentes que deixam os traços de suas intervenções nos fundos bibliográficos, nos textos e além dos textos (Sorá, 2010, pp. 24-25).

Como una estenografía intelectual, tales premisas aún forman el núcleo de todos los proyectos de investigación que desarrollé hasta el presente. El deseo sería la recepción de los propios trabajos como transformaciones de leyes generales de nuestro pensamiento científico, las cuales, como toda ley, siempre son un producto social, planteadas para una ideal valoración y utilización en beneficios de las mayorías.

De Chartier a Mollier: artífices de una comunidad latinoamericana de especialistas

Cuando hacia 1997 obtuve una beca sanduíche de CAPES, pude cruzar el Atlántico y en París ser recibido por muchos colegas, especialmente por De Saint-Martin (verdadera madrina de tantos doctorandos provenientes del Brasil), Chartier y Bourdieu. El contacto personal se profundizó a lo largo de una quincena de viajes, algunos bastante prolongados. Siempre procuraba visitar a Chartier en la École para actualizarlo de mis proyectos y pasarle algunas de mis publicaciones. No me perdía sus seminarios, que dictaba en la sala 214 del 54 Boulevard Raspail. En una ocasión allí presenté mis proyectos, en las sesiones que abría para la comunicación de los trabajos de doctorandos[21].

Si bien Chartier mostraba interés en mis investigaciones, mis nativos preferenciales (el editor contemporáneo) caían fuera de “su Era” de especialización. Y un día, supongo que hacia 2003, él me hizo notar claramente las reglas de su disciplina: “Gustavo, para la época que tú trabajas, debes discutir con Jean-Yves Mollier”. Para quien no lo conozca, puedo decir sin temor a equívoco que Mollier es “el Chartier para la Era Contemporánea”, época que trituró con decenas de libros dedicados a los principales editores franceses del siglo XIX (Hachette, Larousse, Calman-Lévy, Flammarion) y a todas las posibles mutaciones del mercado hasta el presente digital. Mollier trabajaba en la Université de Verailles Saint-Quentin-en-Yvelines, donde dirigía el Centre d’Histoire Culturelle des Sociétés Contemporaines. Allí se aloja la mejor biblioteca especializada en historia del libro y la edición que pude conocer. Contiene miles de libros, revistas y tesis de los más diversos orígenes. Es el lugar en el que uno debe procurar “estar”. Con un estilo distinto al de Chartier, Mollier también fue un bróker para la articulación de un espacio latinoamericano de especialistas.

Este pasaje me parece interesante como síntoma de que el lugar “exclusivo” que disfrutaba el binomio Chartier-Darnton en mi definitivo campo de especialización, hacia inicios del presente siglo, se expandió hacia una vigorosa red de diálogos, de debates, de colaboraciones, internacionales primero, nacionales después. Esa red creció exponencialmente y cada vez más latinoamericanos supimos integrarnos en cierto “pie de igualdad”, al menos en un plano intelectual. Al tiempo en que, junto a José Luis de Diego, planeé los coloquios argentinos de estudios sobre el libro y la edición (CAELE), aporté mi red de colaboraciones francesas y brasileñas: el primer coloquio lo realizamos en La Plata en 2012. Las conferencias estuvieron a cargo de Mollier y de Gisèle Sapiro; los más destacados colegas brasileños (recuerdo a Eliana das Freitas Dutra, Gabriela Pellegrino Soares, Giselle Venancio y Nelson Schaposnik) viajaron para semejante acto inaugural. Para el segundo coloquio, de internacionalización creciente, del que fuimos anfitriones en Córdoba, Mollier volvió a dictar una conferencia, mientras que la otra estuvo a cargo de Horacio Tarcus. A esa altura, Chartier era el autor más referenciado en ponencias. Estaba presente, de manera inmaterial, como una entidad protectora, garante de rigor y creatividad. En los cuatro CAELE, el sobrevuelo de Roger Chartier es sostenido, como un fundador de discursividades, que sin dudas es.

Bibliografía

Araújo, Nathanael (2019). “‘Um amor, um amor pelos livros que me fez pegar o risco’: Diálogos com o antropólogo Gustavo Sorá”. Proa, Revista de Antropologia e Arte da Unicamp, 9(1), pp. 253-276.

Bourdieu, Pierre (2004). Esquisse pour une auto-analyse. París: Raisons d’Agir.

Bourdieu, Pierre y Delsaut Yvette (1975). “Le couturier et sa griffe: contribution à une théorie de la magie”. Actes de la Recherche en Sciences Sociales, 1(1), pp. 7-36. En t.ly/5CM4y.

Bourdieu, Pierre, Roger Chartier y Robert Darnton (1985). “Dialogue à propos de l’histoire culturelle. Actes de la Recherche en Sciences Sociales, 59, pp. 86-93. En t.ly/NEaH-.

Chartier, Roger (1994). “L’historie du livre et de l’édition dans l’espace français”. Bulletin de la Société d’Histoire Moderne et Contemporaine, 3-4, pp. 35-49.

Da Mota Rocha, Maria Eduarda (2022). “Uma travessia transatlántica. A primeira geração de mediadores e mediadoras da obra de Bourdieu”. Tempo Social, Revista de Sociologia da USP, 34(1), pp. 31-53.

Garcia, Afrânio (2020). “Brésil”. En G. Sapiro (dir.). Dictionnaire International Bourdieu. París: CNRS Éditions, pp. 95-97.

Hourcade, Eduardo, Cristina Godoy y Horacio Botalla (1995). Luz y contraluz de una historia antropológica. Buenos Aires: Biblos.

Moraes, Pedro Bôdé de (1995). “Fidalgos do café e livros do Brasil. Monteiro Lobato e a criação de editoras nacionais”. Río de Janeiro, mimeo, disertación de maestría defendida en el PPGAS/MN/UFRJ.

Sorá, Gustavo (1996). “Os livros do Brasil entre o Rio de Janeiro e Frankfurt”. BIB. Revista Brasileira de Informação Bibliográfica em Ciências Sociais, 41, pp. 3-33.

Sorá, Gustavo (1997). “Tempo e distâncias na produção editorial de literatura”. Mana. Estudos de Antropologia Social, 3(2), pp. 151-181.

Sorá, Gustavo (2021a). “Ferias internacionales de libros. Trabajo de campo, archivo y arqueología reflexiva”. Corpus. Archivos Virtuales de la Alteridad Americana, 11(2), pp. 1-26.

Sorá, Gustavo (2021b). “Mediadores y configuraciones sociales de los usos de Bourdieu en la Argentina”. Políticas de la Memoria, 21, pp. 198-211.


  1. Gustavo Sorá (1996). Sobre Roger Chartier. 1994. A Ordem dos Livros. Leitores, autores e bibliotecas na Europa entre os séculos XIV e XVIII (Brasília: Ed.Unb). Mana. Estudos de Antropologia Social, 2(1), pp. 177-180. Ese mismo año también apareció un ensayo bibliográfico en torno al libro Alter Ego. Naissance de l’identité chiriguano, de Isabelle Combès y Thierry Saignés, así como mi primer análisis empírico, bajo el título “Os livros do Brasil entre o Rio de Janeiro e Frankfurt” (Sorá, 1996).
  2. Histoire de l’édition française, especialmente el cuarto volumen, Les usages de l’imprimé y Pratiques de la lecture. La intensa labor de Chartier en la producción de obras colectivas antecede a su diferenciación como autor individual. Se trata de obras muy originales, complejas, extensas, con decenas de colaboradores cada una. Esta dimensión colectiva (verdadera acción militante para consolidar un área de especialización) fue como el vivero donde, a finales de los años 80, germinó la individuación de su figura autoral. Una excepción fue Figures de la gueuserie, título que en 1982 editó un pequeño sello (París: Montalba), mientras que, a fines de los 80, ya era “autor de Fayard” y “Du Seuil”.
  3. Risco (riesgo) es la expresión que eligió Nathanael Araújo (2019) para titular una entrevista sobre mis aportes antropológicos en el área de estudios sobre el libro y la edición. En la misma me explayo con más detalles de los que aquí pueda comentar sobre el contexto de mi aproximación a esa área de estudios y las condiciones para el sistema de perspectivas y elecciones que hice a lo largo de mi carrera, entre ellas una intensa aproximación a la historia cultural y a la sociología de la cultura de raigambre francesas.
  4. La sensación era que todo el tiempo había visitas foráneas, en algunos casos famosos autores. Recuerdo, por ejemplo, que Anne-Marie Thiesse, una autora que a partir de esos años para mí fue central, asistió a la defensa de mi tesis de doctorado, pero no como parte del jurado. Entre otros vínculos, allí inicié mi amistad y colaboraciones con Gisèle Sapiro, apenas doctorados.
  5. Dada la relevancia de su objetivo, “Titres et travaux” contiene uno de los CV mejor pensados por el propio autor. Además, presenta un “memorial” (Parcours de Recherche) y la propuesta de enseñanza e investigación (Programme d‘enseignement et de recherche), titulada “Écrit et cultures dans l’Europe moderne”.
  6. En el apartado sobre Enseñanza, Comunicaciones y Conferencias, insisto, no figura ninguna actividad formal en el PPGAS/MN. En ese documento constato que, en los años en que “fui testigo” (del 25/02/1991 al 25/02/2001), Chartier participó de actividades en Brasil a partir de 1993. En coloquios: Río de Janeiro – CPDOC-FGV, 9/1993; Brasilia, 4/1994; Campinas y Rio de Janeiro -UERJ, 10/1998. Seminarios -de postgrado- y Conferencias: Campinas y Brasilia 8/1994; Niterói – UFF, 10/1998; Porto Alegre 11/1999.
  7. Cabe agregar que en “Titres et Travaux” se nota una sincrónica articulación de la presencia de Chartier en Brasil, México (a partir de mayo de 1994) y Argentina (de septiembre de 1994). Mucho habría que agregar sobre los canales de la internacionalización de la obra de Chartier (no apenas en el ámbito iberoamericano), pero no es asunto de un depoimento personalizado como este.
  8. Utilizo esta expresión en el sentido transmitido por Bourdieu (2004) en sus ensayos de “antropología reflexiva”: poner a distancia cualquier tentación personalista, restituir el sistema diferencial de posibilidades intelectuales, institucionales y sociales que condicionan las tomas de posicionamiento a través de las cuales se busca cierto reconocimiento en la esfera de actividad que nos envuelve.
  9. El imponente Palacio de la Quinta da Boa Vista (devorado por las llamas en 2020), que alojaba al posgrado en Antropología Social, había sido residencia imperial. Muchos profesores gozaban de alta reputación (entre otros, Moacir Palmeira, Lygia Sigaud, los hermanos Gilberto y Otávio Velho) o eran jóvenes que años después también alcanzarían renombre internacional. Por ejemplo, João Pacheco de Oliveira, Eduardo Viveiros de Castro y Federico Neiburg.
  10. Mejor dicho, en São Paulo; distinción elemental para un país que, en la década de 1910, aún no estaba unificado ni económica, ni política ni culturalmente (cf. Moraes, 1995). Algunos colegas de la generación de Afrânio, como Gláucia Villas Bôas y Alfredo B. Wagner de Almeida, también exalumnos del Museu, habían explorado asuntos sobre libros e intelectuales, aunque ninguno profundizó alguna especialización en lo que posteriormente se denominó el área de estudios sobre “el libro y la edición”. En este sentido, la mención de Pedro es significativa para calibrar la dimensión colectiva que cobijó mi tránsito hacia un área temática que de ningún modo podía ser figurada como esfera de especialización. Afrânio se interesaba por el tema por una razón nacional-internacional: por un lado, él se especializaba en la reconversión de patrimonios de elites rurales decadentes hacia la invención de prácticas literarias, educativas, intelectuales, en el auge del modernismo brasileño. Al mismo tiempo, el programa bourdieuniano de investigación sobre editores y otros “creadores de creadores” volvía a estar en la agenda del Centre de Sociologie de l’Éducation et la Culture, del que Garcia era miembro frecuente. Para entonces ese filón retornaba vigorado por las tesis de la sociología de la circulación internacional de ideas, planteadas a partir de 1989 y cristalizadas en un proyecto que Bourdieu escribió con Joseph Jurt hacia 1995. Sumado al de Pedro, mi trabajo permitiría realizar lo que para ellos era la estrategia de objetivar dos estados de un campo (en este caso de producción simbólica como la edición).
  11. El nombre Bienal denota la complementaria-oposición de ese eje urbano como tracción del país, especialmente desde la década de 1940. La tesis de maestría nunca fue editada. Sí reformulé partes de ella en dos de mis primeras publicaciones (Sorá, 1996 y 1997). Para quien tuviera interés sobre la continuidad de mis etnografías de ferias, véase Sorá (2021a).
  12. Antítesis total con la actitud esterilizante que en Argentina demarcaba el “marco teórico”, temerario instrumento reproductor de ortodoxias y de vigilancia sobre los temas y autores “en agenda”.
  13. Pocas, discontinuas, es decir, no capaces de articularse y hacer germinar un terreno de especialización de alcance internacional, que fue lo que gracias a Darnton y Chartier fue posible en los años 80.
  14. A diferencia de Chartier, cuyo primer libro exclusivamente brasileño es de 1994, Darnton ya era un autor insignia en el catálogo de Companhia das Letras, editorial paulista ligada a la USP y que en aquellos años era de vanguardia. Hoy domina todo el campo como núcleo de la presencia de Penguin-Random House en Brasil.
  15. De cada autor se solapaban lecturas de obras conexas (fuera del programa de curso, digamos). Ese fue el caso de A ordem dos livros, de Le sens pratique, de Bourdieu, o ¿Qué es un autor? y “Sobre a arqueologia das ciências. Resposta ao círculo epistemológico”, en el caso de Foucault. De esa época también recuerdo la lectura completa de otros libros seminales y en armonía con aquel programa, como La sociedad cortesana de Norbert Elías o los trabajos de Habermas sobre la génesis del espacio público. Las referencias latinoamericanas eran mínimas. Una excepción era Sergio Miceli. Los editores brasileños de los años 30 habían sido trabajados en su tesis doctoral (Intelectuais e classe dirigente no Brasil). Además, como el tesista latinoamericano de Bourdieu, Miceli aparecía en artículos de Actes de la Recherche en Sciences Sociales. Esta revista pasó a formar el cimiento de todo mi andamiaje de lecturas. El Museu tenía la colección completa y al poco tiempo me torné suscriptor. Revisé todos los índices; leí y fotocopié cientos de artículos, como acercamiento a la formación académica que me desvelaba.
  16. Sin hacer míos los efectos que no apenas en Argentina tuvo la llamada “polémica en torno a The great cat massacre” (Hourcade, Godoy y Botalla 1995).
  17. El primer receptor riguroso de Pierre Bourdieu (y de tantas otras referencias axiales de la antropología y la sociología “rural”) a escala latinoamericana (Garcia, 2020; Da Mota Rocha, 2022).
  18. Algunos trabajos finales de esos cursos fueron editados. Recuerdo un número de la Revista Brasileira de Informação Bibliográfica em Ciências Sociais con artículos sobre la edición, circulación y apropiación de fundadores de discursividades como Marx, Weber y Durkheim.
  19. Muchos colegas de área temática nos no hicimos nuestra su indicación para aproximarnos a desarrollos como La sociología de los textos de Donald McKenzie, plasmada en su sensible introducción al libro del analista neozelandés.
  20. Apenas regresé al país, organicé mi primera excursión al Archivo y Biblioteca “Jorge M. Furt” de la estancia Los Talas, cerca de Luján. El patrimonio bibliográfico y documental de impresionante valor (que incluye por ejemplo el archivo de Juan B. Alberdi) hoy en día es preservado en acuerdo con la Universidad Nacional de San Martin. Sin dudas la amistad entre Emilio Burucúa y Roger Chartier son responsables por ese acto de salvaguarda y extensión del uso del patrimonio atesorado por la familia Furt.
  21. Mi presentación se tituló “Le champ éditorial au Brésil contemporain”, 27 de noviembre de 1997.


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