María Idalia García Aguilar
De la misma manera que olvidar es la condición de la memoria, borrar es la condición de lo escrito.
Roger Chartier, 2008
Chartier es una referencia obligada para cualquier persona interesada en la cultura escrita de la Edad Moderna. Por lo mismo, es una figura icónica que, cuando se presenta, genera el mismo impacto social que un rockstar. Una afirmación cierta, pues he estado sentada escuchando algunas de las conferencias que ha dado en México y he visto el efecto que causa. Sin embargo, no recuerdo con precisión cuál fue mi primera lectura de Roger Chartier. Quizá sea por la balumba de libros y lecturas que cada día acechan hasta al más ingenuo. Lo que sí recuerdo es que fueron textos de Fernando Bouza los que me acercaron a la obra de Chartier. Cuando estudiaba Bibliotecología en México, los textos de historia de la cultura escrita, de historia del libro y de las bibliotecas, procedentes de escuelas historiográficas como la española, francesa, italiana o inglesa, no formaban parte de las lecturas obligatorias en la formación ni de las recomendaciones de nuestros maestros. Es más, en aquella época, había muy pocos historiadores mexicanos interesados específicamente en dichas temáticas, y quienes se acercaban a los libros con este enfoque lo hacían de manera muy puntual y casi accidentada.
Por eso, fue casi una fortuna de los arcanos encontrar en la Biblioteca Central de la Universidad Nacional Autónoma de México un texto de Bouza que me dejó absolutamente fascinada y que estaba dedicado a los enanos en la Corte (1991). Ese trabajo me condujo a buscar otras lecturas del mismo autor, y así encontré el dedicado a las bibliotecas (Bouza, 1992), que era radicalmente diferente al texto de Millares Carlo (1971) que utilizábamos como bibliografía básica en la formación bibliotecaria. Fue este texto el que me mostró una posibilidad de lectura que siempre representó un desafío intelectual tanto en esos tiempos de juventud, como ahora que voy en camino de la jubilación: la de Roger Chartier. Supongo que como otras personas me introduje a su trabajo a través de dos de sus textos emblemáticos, El mundo como representación (1992) y El orden de los libros (1994). A partir de ese momento, no he dejado de leer a ambos autores, Bouza y Chartier, por diferentes razones e intereses como un camino de ida y vuelta entre dos maestros.
Desde el momento en que comencé a utilizar epígrafes en textos y presentaciones como una especie de brújula para no perderme en la vorágine de mis propias ideas, algunas ideas o expresiones de Chartier me han acompañado en el camino. Como cuando escribió, o al menos leí en la versión castellana, que “la lectura, por definición, es rebelde y vagabunda” (Chartier, 1994, p. 20). Esa frase se convirtió en la infancia de mi destino como lectora asociada al mundo universitario. Es decir, en la búsqueda de respuestas para las preguntas de investigación que he abordado en mi trabajo cotidiano, me han convertido en una aprendiz de historiadora y maestra bruja de la vagancia lectora, pues así, de la misma manera que llegué a la lectura de Chartier a través de notas a pie, las que este autor ha empleado me condujeron a otros espacios de conocimiento inimaginables. Esto es lo más asombroso y admirable de la obra de Chartier: la cantidad de textos que es capaz de integrar en un solo texto, ya sea un libro o un artículo. Otra balumba de ideas que son una avalancha de posibilidades.
No obstante, algunas ideas y conceptos de mi primer acercamiento a la obra de Chartier no cobraron pleno sentido sino hasta los estudios de doctorado. Ahí literalmente descubrí los libros antiguos y manuscritos en el fondo antiguo de la Universidad de Granada de la mano y sabiduría de María José López Huerta. Ese fue mi primer viaje alucinante al pasado de la cultura escrita. Esta situación resulta ahora tan notoria y contradictoria, pues en la Ciudad de México hay bastantes fondos antiguos, públicos y privados que podríamos haber visitado junto con nuestros maestros durante el periodo universitario, pero no fue así. Aunque esa tesis estuvo enfocada al patrimonio documental de la Universidad Nacional Autónoma de México, los libros antiguos empezaron a cobrar protagonismo cada vez más en mis intereses de investigación pues dibujaban una fascinante aventura de conocimiento. Esos objetos, impresos y manuscritos, hacían posible comprender sin tapujos ni reparos una idea que Chartier menciona en varios de sus textos: la materialidad o las formas materiales de los objetos escritos, que resultan mucho más que un ejercicio ocioso de construcción editorial, y por ello nos invitaba a no cometer errores del pasado: “… olvidando que el escrito es transmitido a sus lectores o a sus auditores, por objetos o voces cuyas lógicas materiales y prácticas es necesario comprender” (Chartier, 2008, p. 19).
Así, entre más me adentraba en sus libros y artículos, más comenzaban a rondarme en la cabeza esas primeras investigaciones que ya transitaban desde el patrimonio cultural hacia la historia de los libros y de las bibliotecas (García, 2004a, p. 27; García, 2004b). Dicho momento de transición también fue entrada al conocimiento de las propuestas de la Escuela de los Annales. Por ello, no sería extraño que, en ese primer trabajo dedicado a uno de los testimonios de procedencia más importantes de México, la marca de fuego, volviera a la lectura de Chartier (García, 2005). Pero también lo fue porque ese mismo año establecí comunicación con dos profesores españoles, Alberto Montaner, de la Universidad de Zaragoza, y Pedro Rueda, de la Universidad de Barcelona. Ambos me introdujeron en un universo nuevo de lecturas que circulaban nuevamente de ida y vuelta en la obra de Chartier. Así me introduje en algunos de sus textos menos citados o conocidos, que me ofrecieron más preguntas de investigación para el mundo colonial.
Si bien la obra de Chartier es bastante numerosa, lo cierto es que el acceso a toda esta depende de que los lectores puedan leer o no el idioma en que se encuentran publicadas. No se trata aquí de mencionar si tengo alguna habilidad lingüística, lo cierto es que disfruto mucho su obra en mi lengua materna. Especialmente porque admiro el esfuerzo que siempre hace por hablar en español todas las veces que ha venido a este país y cuando publica textos en espacios iberoamericanos. Esa capacidad lingüística sin duda lo acerca más a ese público que le admira. Ahora bien, entre ese inmenso caudal de textos, me parece que hay varias ideas y conceptos que son toda una aportación relevante de Chartier. Entre estas, la materialidad de los objetos escritos me ha parecido crucial, y lo cierto es que a veces no creo que algunos investigadores lo comprendan del todo, aunque siempre lo mencionen. En mi caso fue el aprendizaje de la bibliografía material en la formación doctoral lo que me hizo comprender toda la dimensión de lo material, y desde ahí trabajé en la representación bibliográfica de un objeto que consideramos patrimonial en México: el impreso novohispano.
Un querido colega y maestro británico, Clive Griffin, siempre me ha dicho que quienes vemos algo agradable en esa técnica de descripción de objetos bibliográficos pertenecemos a una tribu singular de trogloditas. Me confieso culpable de tal encantamiento, porque aprendí que una buena descripción bibliográfica y el conocimiento de las metodologías necesarias para hacerla posibilitan a cualquier persona una verdadera comprensión del objeto libresco. Es decir, dicha práctica aporta una cabal idea de la materialidad ya que se obtiene como resultado una mejor definición de representación, pues esa descripción “representa” a ese objeto bibliográfico en toda su complejidad. La representación es uno de los conceptos por el que más se conoce el trabajo de Chartier en el mundo y que cualquier vagabundo de estos intereses de lectura encontrará tarde o temprano. En efecto, este libro que fue traducido al español en los noventa es citado en abundancia, y ampliamente recomendado en las universidades. El mundo como representación (Chartier, 1992) también significó una llamada, que no ha dejado de sonar para quien quiere escuchar, sobre esos grupos interdisciplinarios que se han organizado desde la historia con la finalidad de comprender el pasado de nuestras sociedades con un enfoque quizá menos rígido pero más completo. Cuestión que es posible porque integran enfoques y metodologías de diferentes campos de conocimiento con objetivos comunes.
Ciertamente, todas las disciplinas humanísticas y de las ciencias sociales se pueden beneficiar de los textos de Chartier, pero quienes trabajamos con los objetos de la cultura escrita tenemos el privilegio de compartir con este autor parte de sus intereses y reflexiones. En mi caso, “la historia de los libros y de todos los objetos que llevan la comunicación de lo escrito” para “comprender cómo en las sociedades del Antiguo Régimen, entre los siglos XVI y XVIII, la circulación multiplicada de lo escrito impreso transformó las formas de sociabilidad, autorizó pensamientos nuevos, modificó las relaciones con el poder” (Chartier, 1992, p. 50). Esos libros nunca están alejados de su materialidad porque esta fue acordada antes de su composición y producción. Características que explican cómo esa materialidad participa en la producción de sentido y significado de aquello ahí contenido. Un aspecto de la cultura escrita que abordamos escasamente en el mundo latinoamericano. Quizás ahondar más en este conocimiento permita identificar las características que distinguen a cada taller tipográfico y que son resultado de la introducción de las mismas máquinas y modos de producción.
Gracias a este enfoque, Chartier hace presente a McKenzie, quien, en esta historia de idas y vueltas, fue traducido por Bouza (2005) y, en el contexto que escribimos estas líneas, cobra mayor significado. Chartier nos recuerda que la historia de los libros debe considerar el “conjunto de variaciones” que determinan el significado de los libros y son tres: la de los lectores, las que contienen los textos, y las que aportan los impresos, pero que también ocurren con los manuscritos. Y es aquí cuando el autor objeto de esta disertación da lugar a esas técnicas de estudios o metodologías de trabajo que considera “conocimientos eruditos” y que son la bibliografía, la paleografía, la codicología y otros cuantos más (Chartier, 1992, p. 52). Así, a la materialidad, la representación y las prácticas culturales, como conceptos introducidos por la obra de Chartier a nuestro utillaje intelectual, se sumará una más: la apropiación como la forma en que esos textos crean sentido para quienes los reciben. Empero, esa apropiación no puede ser analizada como una única vía inamovible porque depende de la forma impresa que toman los textos.
Algunos de estos conceptos y estas ideas no fueron desarrollados directamente por Chartier, sino que él introduce así en su trabajo a otros autores. Pero hay que reconocer que es asombrosa su capacidad para conjuntar su propio universo de lecturas y autores para explicar sucinta y puntualmente una idea. Como aquella relacionada nuevamente con la materialidad y que en muchas “apropiaciones” de otros fue demoledora: los autores no hacen libros, sino que escriben textos. Con esta idea, para algunos lapidaria, se desacraliza a los autores y se hace protagonistas a otros personajes de la cultura escrita que no suelen analizarse cuando se hacen historias de libros: los operarios de la prensa, correctores, administradores y dueños de talleres, encuadernadores, pendolistas, libreros, mercaderes y tratantes de libros. En suma, un grupo de profesionales a quienes François López denominó como “gentes del libro” (1994). Además, Chartier también ofrece a sus lectores una nueva lectura, la de Roger Stoddard (1987, p. 4), y con ello abre otro universo fascinante de conocimiento: la historicidad de los objetos librescos que este autor analiza a través de las marcas que el paso del tiempo ha dejado como huellas de diferentes momentos.
Sin duda, cada lector de Chartier tendrá una preferencia sobre un texto, un libro, un concepto que distinguiría sin reservas. En lo personal siempre ha sido esa materialidad que comprendo y explico desde mi propio conocimiento a las diversas temáticas de investigación que me han ocupado en estos años. Pero a veces aprecio coincidencias en colegas sobre este concepto que apela siempre a la forma física de los objetos librescos. Así, la materialidad se hace presente de una u otra manera, ya sea de forma discursiva, como un concepto que puede aplicarse a realidades históricas concretas, o incluso como una manifestación concreta del pasado. Por ejemplo, cuando dos autores fundamentales del trabajo español, e igualmente referencias fundamentales, la traen a colación en una charla reciente: Antonio Castillo y Pedro Rueda (2022).
Por esa relevancia que yo le otorgo a esta contribución de Chartier, agradecí la publicación que hizo enfocado específicamente a este concepto (2016). No obstante, este es un autor tan prolijo, que no se puede mencionar aquí todas y cada una de sus ideas relevantes vertidas en textos académicos y de divulgación. Así que aquí, más allá de los textos ya citados por ser los más conocidos en el ámbito académico universitario, me enfocaré en esos libros que han estado ahí presentes en esa parte de la estantería personal a donde siempre se acude en busca de la musa extraviada.
Empero, me gustaría recordar una idea y un momento que me parecen fundamentales sobre las diferentes formas de ser maestro. Una es frente a clase, virtual o presencial, explicando, argumentando, motivando o inspirando a otros. En esta forma, el maestro siempre conoce a sus alumnos ya sea por su nombre en una lista, por sus rostros e incluso por sus preguntas o su rendimiento. La otra es quizá imposible de controlar para el maestro, pero abre infinitas posibilidades para los alumnos, pues se multiplican en cada generación gracias a los textos, digitales o tradicionales. Textos que reflejan las ideas de un maestro y, con el tiempo, la madurez del trabajo que ha estado agazapado esperando a sus lectores. Algunos son tan fascinantes como Medusa y dejan seducidos, demudados y congelados a quienes se atreven a surcar el camino de sus ideas. Los lectores de Chartier, en ambos hemisferios, conocen esa fascinación que produce la lectura de varias líneas del profesor francés. Especialmente cuando esas líneas se integran a nuestros textos en armonía o disonancia. Personalmente, tuve la fantástica oportunidad de experimentar estas dos formas del maestro Chartier, pero no en la forma en que lo he descrito.
Primero fui alumna en el curso que impartió en Ciudad de México en el Instituto Mora. Él no recordará algunas de mis preguntas, yo era una más en la multitud que ahí se reunió para escucharlo. Sin embargo, como buen profesor, nos escuchó pacientemente e intentó dar respuesta cabal a todas y cada una de nuestras inquietudes. Probablemente quienes habían leído uno o varios de sus textos disfrutaron más que quienes no lo habían hecho, porque fueron unas clases magistrales en las cuales Roger Chartier entrelazaba en su discurso muchos de sus textos. Puedo decir que fui una de esas personas afortunadas que asistía gozosa porque comprendía la mayor parte de las referencias y las ideas que ahí se expresaban. Lo más asombroso fue la complicidad que encontré en ese público que durante tres días formó una comunidad religiosamente comprometida con aprender de aquella persona que ya muchos considerábamos un autor clásico.
La otra fue un día que, por insistencia de uno de mis alumnos, asistí a una de esas conferencias magistrales masivas en la Ciudad Universitaria. Como es costumbre, muchos escuchamos demudados al profesor Chartier. A veces, a través de sus propias palabras, sus textos se hacen más significativos. Mi alumno Alexis, extasiado con la experiencia, me había sugerido que llevara mi libro favorito de Chartier para pedir su firma. Honestamente, no suelo pedir las firmas de los autores, por lo que mis amigos y colegas siempre dicen que soy una pésima bibliófila, y es completamente cierto. Así que llevaba mi ejemplar del libro Escuchar a los muertos con los ojos. Pocos libros me han gustado tanto desde el título, y ahora me gusta más mi ejemplar porque tiene una anotación de Chartier y una historia para recordar. Además este libro contiene la fantástica historia de Cardenio, una obra perdida del siglo XVII que vale la pena disfrutar. La otra vez que pedí una firma, era estudiante universitaria, y en esa época disfrutaba mucho de la poesía de Mario Benedetti. Un día en que este autor asistió a leer su poesía en la UNAM, me formé durante horas para obtener un lugar para escucharle en el auditorio Justo Sierra. Fue el propio autor quien me pidió su libro para autografiarlo y tuve que confesar que ¡lo había olvidado! Benedetti, sin ofenderse, generosamente me dedicó un catálogo de libros que tenía a la mano.
Quizá por eso disfrute tanto hacer una reseña sobre La historia o la lectura del tiempo, porque en ese momento ya sabía con precisión lo mucho que me encantaba trabajar temas de investigación relacionados con la cultura del libro en Nueva España. En dicha reseña escribí que Chartier era “un autor que enseña a pensar y a observar detalles en la historia de la cultura escrita”. Una opinión que sigo ratificando, pues probablemente, sin sus lecturas y otras que le acompañaban, no me habrían llamado la atención algunas cosas del conocimiento que teníamos en México sobre la cultura del libro en el virreinato novohispano. Hasta ese momento este era un tema al que se le había prestado cierta atención, pero, en mi opinión, no había despertado el mismo interés o relevancia que se apreciaba en otras latitudes. En ese momento, no había trabajado mucho en archivos históricos, pero mis primeros sondeos apuntaban a la existencia de una rica documentación que permitiría fundamentar dichos estudios y que se sumarían a los testimonios bibliográficos de la colonia que conocía bastante bien.
Para esa fecha, ya se había publicado en el Fondo de Cultura Económica el tomo II de la obra colectiva dirigida por Pilar Gonzalbo, Historia de la vida cotidiana en México. Este tomo en particular, titulado La ciudad barroca (2005) y dirigido por Antonio Rubial, no se incluyó ni un solo texto dedicado a los impresores, las librerías y las bibliotecas institucionales o privadas de la época. Se trata de la misma época de interés en la que los estudiosos siempre han distinguido las bibliotecas de Sor Juana Inés de la Cruz y de Carlos de Sigüenza y Góngora. Curiosamente, de dichas colecciones han quedado escasos testimonios históricos. Entre estas, la afirmación de Diego Callejas sobre el número de “almas con las que conversaba”, que prontamente se convirtieron en “cinco mil cuerpos de libros” que tuvo la monja Jerónima. Condición que ha sido toda una transmutación de la materialidad y que no puede probarse fehacientemente. Existe también, desde hace unos años, la noticia de la venta de algunos de sus libros encargada al licenciado José de Lombeyda en 1695. Noticia que fue presentada y analizada por Soriano en varios trabajos con detalles sobre la enorme tristeza que la causó a la monja separarse de sus libros (2020).
Todavía no se sabe ni se ha localizado una “memoria de libros” de Sor Juana. Un documento que solía hacerse para las ventas y tasaciones de las bibliotecas coloniales y, especialmente, para las revisiones inquisitoriales de las colecciones privadas que la Inquisición había ordenado desde 1632 (García, 2016, pp. 68-69). Tampoco se han encontrado evidencias históricas en libros antiguos que den cuenta de tan singular posesión, pero tampoco algo que denote formas de lectura de esta mujer que podrían ser similares a otras anotaciones manuscritas que hemos documentado de frailes y monjas novohispanos (García, 2021b). En este ejemplo, la materialidad debería ser un aspecto fundamental a considerar, pues la materialidad de los libros de los padres de la Iglesia indica que no son precisamente ediciones de bolsillo. Así, las afirmaciones sobre la biblioteca erudita y privada que atribuyen a Sor Juana deberían medirse en sus dimensiones reales, junto con el espacio que debió tener en su celda. Lo anterior no debería descartar en lo absoluto la posibilidad de que la consulta de esos libros pudo realizarse en la biblioteca común, la institucional de las monjas, una colección a la que hemos prestado escasa atención.
En lo relativo a los testimonios históricos que dan cuenta de los libros de Carlos de Sigüenza y Góngora, somos más afortunados porque contamos con libros que ostentan su firma en portada. Estas anotaciones se diferencian de otras anotaciones similares, porque este novohispano además solía anotar el año de la compra y su precio. Aunque tampoco contamos con una memoria de sus libros, en el testamento se mencionan dos listas elaboradas para la donación testamentaria de algunos libros y manuscritos al Colegio de San Pedro y San Pablo. Probablemente los jesuitas guardarían una copia en sus archivos que hasta ahora se ha buscado infructuosamente. En ese testamento también se mencionan unos cuantos libros que fueron entregados como heredad para ciertas personas e instituciones. Igualmente se ha tomado el número de libros que había en esta biblioteca, como se hizo con Sor Juana, del preliminar de un libro antiguo. En este impreso su sobrino, heredero y albacea escribió que la colección de su tío fue de 470 libros y que había sido un poco mermada a su muerte (García, 2021a). Una cantidad de libros que resulta más realista para las colecciones privadas que había en ese periodo.
Por el contrario, la biblioteca que tenía Melchor Pérez de Soto, arquitecto mayor de la Catedral de México, es la colección novohispana con menos atención a sus contenidos. Dicho personaje tuvo una colección compuesta por 1.505 títulos de la cual se conservan dos memorias de libros. Una que se elaboró en el secuestro de los bienes cuando la Inquisición novohispana decidió procesarlo por practicar la astrología judiciaria, y otra que se hizo a su muerte en las cárceles inquisitoriales en 1655 para entregar los libros autorizados a su viuda como su heredad familiar. Ambas relaciones todavía se conservan y, hasta donde sabemos, jamás han sido confrontadas. El propio autor del primer estudio sobre esta biblioteca (Castanien, 1951, p. 127) declaró usar la lista de los libros impresa unos años antes (García, 1947). Tales memorias constituyen el registro inquisitorial de la biblioteca en este territorio más grande del siglo XVII localizado hasta ahora, mientras que la correspondiente al abogado Luis de Mendoza, con 1.668 registros, es la más grande del siglo XVIII.
Estos documentos inquisitoriales representan el mayor desafío y la parte más rica de las investigaciones que realizo desde hace ya más de una década, cuando comencé a trabajar de forma cotidiana en el Archivo General de la Nación de México y en otros archivos históricos. Una vez que terminé una investigación que tenía por protagonistas a los impresos antiguos conservados y producidos en Nueva España, podría buscar evidencias relacionadas con esas personas que apuntaban diferentes cosas en los libros. En efecto, es toda una tarea y me ha llevado años de aprendizaje poder desentrañar algunos secretos de los impresos antiguos producidos en el periodo colonial de México. Esta es una larga y compleja tarea que requiere del concierto y de los intereses de varios especialistas para comprender a estos objetos de la cultura escrita como magistral y brevemente lo ha hecho Chartier al definir a uno tan complejo como el pliego suelto: “Recordemos que un pliego es una hoja de imprenta, plegada dos veces, lo que da un objeto impreso de formato quarto, compuesto por cuatro folios, por lo tanto ocho páginas” (Chartier, 2000, p. 125).
Estos pliegos e impresos menores resultan fundamentales para el conocimiento de la cultura de los libros entre los novohispanos. Esto es porque fueron los productos más producidos en los talleres locales ya que garantizaban el mantenimiento económico de la imprenta. En efecto, los talleres del territorio no producían de forma regular grandes tratados disciplinares o libros de gran formato. No debemos olvidar que también en esos impresos menores y pliegos sueltos se aprecian detalles de la vida cotidiana a los que ciertamente les prestamos poca atención. Por ejemplo, los formularios que se utilizaban para resolver diferentes trámites y negocios que recientemente viene estudiando nuestra colega Guadalupe Rodríguez (2022), así como en todos los productos relacionados con la oratoria y la devoción religiosa que distinguieron a los individuos de este virreinato (Xhrouet, 2011).
Elementos materiales de los impresos que he definido como los valores textuales de estos objetos, en cuanto que son el resultado de las prácticas profesionales que había en cada taller tipográfico y de los instrumentos técnicos disponibles para imprimir un edicto, un sermón, un contrato o una novena como letrerías o elementos decorativos. Como lo expresó Chartier en uno de sus textos, resulta importante
demostrar que el sentido de un texto, ya sea canónico u ordinario, depende de las formas que lo dan a leer, de los dispositivos propios de la materialidad de lo escrito. Así, por ejemplo, para los objetos impresos: el formato del libro, la construcción de la página, las divisiones del texto, la presencia o no de imágenes, las convenciones tipográficas y la puntuación (Chartier, 2008, p. 9).
Otros elementos como los testimonios de procedencia, entre los que se incluyen encuadernaciones o el estado de la conservación, conforman los valores históricos de un objeto en cuanto que testimonian el paso de este desde su producción y hasta su custodia contemporánea. Ambos valores, textuales e históricos, determinan el valor patrimonial que cada sociedad atribuye o adjudica a los libros antiguos, sean impresos o manuscritos. Entre los elementos históricos, siempre distingo las numerosas notas manuscritas que encontraba al analizar los libros que hemos heredado de la colonia, tanto los producidos en este territorio americano, como todos los traídos desde los centros tipográficos más importantes de Europa.
Esas notas muestran formas diferentes de posesión y de lectura. Aunque no se conserven muchos de estos testimonios manuscritos en los libros, la mayoría son anónimos. Pero existen otros que podrían ayudarnos a relacionar un libro con su lector o con la institución que lo resguardó durante el periodo colonial. En el caso mexicano, que se comparte con otros países de América Latina, las colecciones bibliográficas existentes en conventos femeninos y masculinos del territorio novohispano estuvieron activas hasta el cierre de las instituciones entre 1860 y 1861. Después de esta fecha, la dispersión y el saqueo fueron la tónica pues la normativa de la época determinó que esos libros, manuscritos y documentos pasarían a formar parte de las colecciones públicas de la república nacida de la independencia respecto a España.
Sin embargo, debemos reconocer que esos traslados fueron desordenados y con poco cuidado en cuanto a la integridad de las colecciones, situación que se sumó al desastre bibliográfico que había representado en el virreinato la expulsión de los jesuitas en 1767 y el consecuente cierre de sus instituciones, que contenían unas más que interesantes bibliotecas. Actualmente, todo ese legado queda reflejado en varios inventarios, memorias, catálogos e índices de libros que permiten hacerse una idea de los saberes que circulaban en esa época. También dan cuenta de las formas de ordenamiento que se fueron introduciendo en los territorios americanos como una forma de control social que, pese a lo que se ha considerado, fue reconociendo y adaptando valores de las poblaciones indígenas. Una cuestión que era necesaria para el mantenimiento del orden comunitario e igualmente para la convivencia de todos y cada uno de los grupos sociales que integraban esta sociedad virreinal.
En este universo, el libro no solo fue instrumento, sino protagonista de las conquistas sociales y de las mezclas culturales, puesto que este objeto,
apunta siempre a instaurar un orden, sea el de su desciframiento, en el cual debe ser comprendido, sea el orden deseado por la autoridad que lo ha mandado ejecutar o que lo ha permitido. No obstante, este orden en sus múltiples figuras, no es omnipotente para anular la libertad de sus lectores (Chartier, 1994, p. 20).
Y así es lo que muestra la enorme biblioteca conformada por Melchor Pérez de Soto, una que no podemos suponer fue única, sino que es una de las que tenemos noticia. En efecto, el número de cartillas, “catones” y doctrinas de Ripalda que aparecen registrados en los cajones comerciales que llegaron desde Europa no permite sostener sin asomo de duda que en este territorio había un analfabetismo rampante. Tampoco lo denotan las centenares de relaciones de libros que se conservan donde se ven representadas personas de todos los estamentos sociales y profesiones. Son listas que respondieron a diferentes trámites y procedimientos en los cuales podemos encontrar varias formas de registro bibliográfico. En suma, lo que podríamos definir como un canon bibliográfico que esas gentes del libro conocían, compartieron y difundieron durante todo el periodo novohispano.
Tristemente, hemos prestado muy poca atención a toda esta evidencia histórica y, en consecuencia, no se ha estudiado profusamente como se hace en otras latitudes. Ciertamente, dichos testimonios comparten esa valoración negativa que tampoco favorece su estudio pues se ha considerado que no permiten conocer con detalle los libros que circulaban. Valoración que pondera más la parquedad de información que ofrecen. Tampoco son considerados documentos realizados por personas que comprendieran la cultura escrita del periodo o que tuviesen la instrucción necesaria para ello. Todo lo anterior no ha impedido que se aprecie en la historiografía mexicana como
La distancia irreductible entre inventarios, idealmente exhaustivos, y colecciones, necesariamente lacunares, ha sido vivida como una intensa frustración. Ha originado las empresas más desmesuradas, reuniendo mentalmente, si no en realidad, todos los libros posibles, todos los títulos identificables, todas las obras jamás escritas (Chartier, 1994, p. 89).
Apreciación en la que también podríamos colocar todas las suposiciones hechas sobre las bibliotecas de Sor Juana Inés de la Cruz o de Carlos de Sigüenza y Góngora, e incluso sobre las bibliotecas institucionales que existían en Nueva España. No obstante, la falta de atención ha propiciado que no se tome en consideración el importante número de testimonios que contienen prácticamente toda la información para identificar un ejemplar conservado de un libro registrado durante el periodo colonial. Es decir, autores, traductores, títulos, ciudades y años de impresión, encuadernaciones, estados de conservación y precios. En efecto, conservamos listas de libros desde 1585 y hasta 1794 que poseen este tipo de datos, que permiten reflexionar sobre la comprensión y difusión de ese canon bibliográfico al que nos referimos líneas atrás, pero especialmente sobre la oferta y la demanda de ciertas ediciones en ese momento histórico.
Además, un grupo importante de estas evidencias aporta información relevante relacionada con la oferta y la demanda de ciertas ediciones en ese momento histórico que ofrece material para comprender el funcionamiento del mercado de segunda mano que se movía entre los libreros sevillanos y los novohispanos. Recientemente hemos prestado mayor atención a este mercado pese a que los testimonios habían dado muchas pruebas de su existencia. Ciertamente, tal ausencia tiene que ver con lo poco que comprendemos al mercado libresco pese a los estudios realizados sobre algunos libreros que estuvieron activos en Nueva España.
Para muchos de los interesados en la cultura escrita que se desarrolló en este territorio, resultó revolucionario el enfoque de la tesis de Ken Ward (2019) dedicada a la dinastía Rivera Calderón, que fue la más longeva de Nueva España, no solamente por lo bien documentado y fundamentado que está hecho el trabajo, sino también porque ofrece un enfoque crítico analizando apreciaciones historiográficas anteriores que, a la luz de nuevos testimonios, han resultado erróneas, desacertadas e incluso a veces exageradas. Sin duda, otro comentario acertado de este historiador que aplica para estas circunstancias y unas cuantas más: “La historia es un lugar de experimentación, una manera de hacer salir las diferencias. Saber del otro, y por lo tanto de uno mismo” (Chartier, 2000, p. 162).
Debo reconocer que el trabajo de investigación que desarrollo desde hace más de dos décadas no puede separar en ningún momento las dos disciplinas que me ayudan a contestar las preguntas que hago cuando pienso en esos libros que constituyen parte del legado cultural de cualquier país: la bibliotecología y la historia. Tanto más de aquellos que formaron parte de la América española y que, por tanto, son el resultado de múltiples mezclas culturales en la historia. Por la misma razón, no pertenezco a ninguna de estas disciplinas, sino a ambas. Tal situación a veces produce un efecto negativo de pertenencia, y es ahí donde recuerdo que son pocos los historiadores como Chartier que reconocen abiertamente a los bibliotecarios en sus investigaciones. No debemos olvidar que ese libro medular para el estudio de la cultura escrita de Henri-Jean Martín no puede desprenderse de esos magníficos lugares de trabajo e investigación que son los fondos antiguos conservados en todos los países.
Ciertamente, los testimonios históricos (bibliográficos y documentales) que se van encontrando en una investigación son los verdaderos protagonistas que, en el caso mexicano, no solemos reconocer. En la comprensión de la historia de la cultura escrita, nos quedamos durante mucho tiempo rumiando con aquellos que habían sido transcritos desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX. Una colega que respeto y aprecio, Ana Cecilia Montiel Ontiveros, nos ha recordado con bastante frecuencia la deuda de conocimiento que tenemos con estas fuentes y especialmente con su transcripción. No se equivoca, quienes han escuchado el llamado de las colecciones históricas forman parte de una comunidad de interpretación que “entabla” de forma permanente un diálogo con la cultura escrita (Chartier, 2008, p. 47). Eso es lo que nos ha enseñado a muchos este maestro sin muros y contador de historias fascinantes.
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