El caso de los manuales de economía doméstica (Argentina, 1865-1903)
Laura Graciela Rodríguez
Conocí la obra de Roger Chartier cuando cursaba mi maestría en Ciencias Sociales en la Flacso/Buenos Aires. Me gustaría aquí entrelazar algunas cuestiones que plantea este autor con una investigación que publiqué, referida a la educación de las mujeres y los manuales de economía doméstica (Rodríguez, 2021b). Dado que la obra de este autor y sus discípulos es hoy prácticamente inabarcable por su extensión, variedad y complejidad, me limitaré a plantear un modestísimo objetivo, y es en qué sentido algunas de las nociones planteadas en dos de sus libros, publicados en castellano el mismo año –Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna (1994a) y El orden de los libros (1994b)–, contribuyen a iluminar sustancialmente mis hallazgos.
En su obra Libros…, Chartier (1994a) propone pensar en qué y cómo la circulación de textos impresos, cada vez más numerosos, modificó los pensamientos y las sensibilidades de sus lectores. Ilustra de qué forma se dio un cambio radical en la industria editorial francesa en la segunda mitad del siglo XIX, de la mano de las nuevas tecnologías. En Argentina, este mismo proceso ocurrió hacia fines del siglo XIX, y, en ambos países, la clave de esta evolución estribó en la aparición de nuevas categorías de lectores, que dieron una dimensión inédita al mercado del libro. La escuela, según Chartier, pero no solo ella, alfabetizó a sus habitantes, de manera que redujo las antiguas diferencias entre las ciudades y el campo, haciendo del saber leer una competencia casi universal. El niño, la mujer y el pueblo fueron tres figuras fundamentales de la mitología del siglo XIX, que simbolizaban perfectamente esas nuevas clases de consumidores de impresos, deseosos de leer por estudio, por placer o por insurrección o diversión.
La historia de larga duración de las prácticas de lectura, advierte el autor, enseña que hay otras divisiones, y no solo la antinomia entre cultura de elites y cultura popular. Estas otras divisiones igual de importantes e igual de sociales, ponen en juego otras discrepancias: entre hombres y mujeres, urbanos y rurales, católicos y reformistas y también entre las generaciones, los oficios y los barrios. La historia de la cultura impresa puede ayudar a la historia social a reformar sus propias categorías y divisiones.
Si nos proponemos reconstruir esta historia social de la cultura impresa, un tema ineludible es el análisis de la producción de textos que se elaboraron para el mercado y que estaban especialmente preparados para las mujeres. En Argentina, los máximos funcionarios de la cartera educativa se ocuparon de brindar una educación diferenciada a las niñas, para que aprendiesen a ser buenas amas de casa, esposas y madres, a través de la transmisión de contenidos elaborados exclusivamente para ellas. Imitando a países como Estados Unidos, Francia o Bélgica, se incluyeron las asignaturas de Economía Doméstica y Labores a partir de 1876 en los planes de estudio de las escuelas primarias de la provincia de Buenos Aires y de las escuelas normales nacionales de mujeres y mixtas, y desde 1884 (ley 1.420) en los planes de las escuelas primarias nacionales (Rodríguez, 2021a). Los primeros manuales de economía doméstica que se utilizaron en las aulas fueron impresos entre 1865 y 1903, y estuvieron escritos por autores extranjeros y argentinos. En la investigación que realicé, me ocupé de analizar el contenido de los primeros siete manuales de economía doméstica que fueron adquiridos por los responsables del ministerio: Guía de la mujer en el siglo actual o Lecciones de Economía Doméstica para las madres de familia (1865), de Pilar Pascual de San Juan; Lecciones de Economía Doméstica (1887), de Cipriano Torrejón y su esposa, Lucía Aïn; Economía e Higiene Doméstica (1888), de Florencia Atkinson y Juan García Purón; Varios asuntos de Política Doméstica y Educación (1890), de José M. Torres; Economía Doméstica al alcance de las niñas (1901), de Emilia M. C. Salzá; Consejos a mi hija. Lecturas de propaganda moral (1903), de Amelia Palma; y El Vademécum del hogar. Tratado práctico de Economía Doméstica y Labores (1903), de Aurora Stella del Castaño.
Los autores de estos textos de economía doméstica les explicaban a las mujeres que la creciente complejidad de la vida moderna hacía que ya no fuesen suficientes los conocimientos que transmitían las madres, por lo que resultaba imprescindible la adquisición de nuevos saberes “científicos” para ser una buena ama de casa. En estos manuales se desarrollaban tres grandes temáticas:
- las maneras de llevar la contabilidad hogareña, cuestión clave para evitar la ruina de la familia;
- cómo adquirir comportamientos adecuados frente al esposo y educar las emociones, dominando las “negativas” del carácter (orgullo, egoísmo, ira) y respecto a las tareas domésticas (asco, rechazo);
- y de qué forma realizar los quehaceres domésticos.
Es decir, estos autores consideraban que, para formar al ama de casa ideal, resultaba imprescindible que las alumnas concurriesen a la escuela y aprendieran bien lectura, escritura y aritmética, y, a través de sus libros, economía doméstica, moral, higiene, fisiología, puericultura, medicina doméstica, química, costura, cocina, bordado y tejido.
Como puede apreciarse, estos manuales tenían en parte el mismo propósito que los libros de urbanidad estudiados por Chartier, esto era, enseñar a las niñas y jóvenes una nueva civilidad. El autor retoma a Norbert Elías y la noción del proceso de civilización. Elías, dice Chartier, articula, sobre la construcción del Estado moderno y las formaciones sociales que engendra, la mutación de las reglas y de las normas que controlan las conductas individuales. En la inculcación de estas nuevas coacciones que frenan los afectos, censuran las pulsiones y elevan el umbral del pudor, el impreso juega un papel esencial porque fija y explicita los gestos legítimos y los que ya no lo son, y porque lleva, fuera del mundo estrecho de la corte, la nueva civilidad enseñada en la escuela.
Los autores de los manuales de economía doméstica coincidían en la necesidad de que las niñas y jóvenes se habituasen a las normas básicas de cortesía, como saludar, pedir por favor y dar las gracias, tanto a propios como a extraños, adultos y niños, ricos o pobres. Atkinson y Purón (1912) mencionaban que la urbanidad hacía evitar todas las costumbres y prácticas que podían ofender el gusto ajeno, entre otras, rascarse la cabeza, escupir en el suelo, sonarse la nariz o no respetar las reglas que debían observarse en la mesa. De acuerdo con Palma (1903), cuando la mujer se presentaba en sociedad, debía ser un dechado de urbanidad, esto era, de sencillez, gracia y mesura, sin afectaciones de soberbia. Al conversar, había que hacerlo naturalmente y evitar el pedantismo “tan repelente en la mujer” (1903: 55). La autora añadía que no había que monopolizar la conversación ni la atención general; había que ser modesta, reposada y recta en los procederes sociales; dejar libertad de pensamiento a los demás, aunque fuesen contrarios a sus opiniones. En la conversación, las mujeres no debían usar palabras hirientes o lastimar injustamente una reputación o un sentimiento, ya que la chismografía y la murmuración constituían gravísimas faltas contra las buenas costumbres. Asimismo, era anticristiano y antihumano satirizar las deformidades o irregularidades físicas. Un alma recta y elevada, remarcaba, era compasiva con esos seres desventurados y con los enfermos, los tímidos y los pobres de espíritu. En las reuniones familiares, había que estar atentas por igual con todos, no había que interrumpir ninguna conversación, ni hablar tan alto hasta aturdir ni tan bajo que no se oyera. Si era el caso de una mujer casada joven o todavía señorita, debía concurrir a paseos, reuniones o teatros siempre con su esposo, con personas de su familia o con amistades muy respetables (Palma, 1903). Chartier nos indica que, a través de este tipo de documentos históricos, el investigador debe intentar comprender la forma en que una nueva manera de estar en el mundo ha pretendido imponerse a una sociedad entera, y esto exige prestar atención a los lugares sociales que la comunican (la familia, la escuela, la Iglesia), pero también a los libros que la transcriben y transmiten.
Chartier nos recuerda además la importancia del autor. Una manera tradicional de hacer historia del libro, expresa, es una historia sin lector ni autor, pero resulta preciso rearticular el texto con su autor, la obra con las voluntades o las posiciones de su productor. El autor es a la vez dependiente y está forzado. Dependiente, porque no es el amo del sentido y sus intenciones, que cargan con la producción del texto, no se imponen necesariamente ni a aquellos que hacen de este texto un libro (editores e impresores) ni a aquellos que se apropian de él para su lectura. Forzado, porque padece las determinaciones múltiples que organizan el espacio social de la producción literaria o que, más generalmente, delimitan las categorías y las experiencias que son las matrices mismas de la escritura.
En referencia a los autores de estos manuales, los siete estaban escritos por seis mujeres y tres varones, cuatro de ellas individualmente, una en matrimonio y otra junto con un colega. Dos de los libros más antiguos habían sido escritos por autores extranjeros de España y Estados Unidos. De los nueve escritores, ocho estaban titulados de maestros y profesores y había un médico, lo que daba cuenta del reconocimiento que otorgaban ciertos títulos para hacer de la economía doméstica una disciplina “más científica”, buscando diferenciarse del saber que tenían las madres, basado en la transmisión oral y la memoria. Y dado que en el siglo XIX iba creciendo el número de madres que sabían leer, algunos libros iban dirigidos también a ellas. ¿Y de dónde provenía el conocimiento de los autores? Si bien no lo explicitaban, los contenidos que se impartían en los manuales provenían, seguramente, de una mezcla entre estos saberes empíricos de sus familias, los adquiridos en la escuela, de otros textos similares y de la propia experiencia individual.
Por otra parte, en El orden de los libros, Chartier (1994b) introduce la noción de “comunidad de lectores” y señala que todos aquellos que pueden leer los textos no los leen de igual modo, cada comunidad queda definida por usos legítimos del libro, modos de leer, instrumentos y procedimientos de interpretación. Se dan contrastes entre las expectativas y los intereses muy diversos que los diferentes grupos de lectores depositan en la práctica de la lectura. Esto es, afirma, porque las divisiones culturales no se ordenan obligadamente según un tramado único de recorte de lo social, se debe delinear, primeramente, las áreas sociales donde circula cada corpus de textos y cada género de impresos. Muchos lectores no aprehenden los textos más que gracias a la mediación de una voz que se los lee. Por lo tanto, comprender la especificidad de esta relación con lo escrito supone no considerar que toda lectura es forzosamente individual, solitaria y silenciosa, sino, muy por el contrario, marcar la importancia y la diversidad de una práctica como la lectura en voz alta.
En el caso de los manuales de economía doméstica, algunos se habían escrito para ser utilizados por las estudiantes y también para ser leídos por las madres de familia (San Juan, 1909) o para texto en escuelas de señoritas y uso de la familia en general (Atkinson y Purón, 1912). Es decir, estaban dirigidos a dos comunidades de lectoras diferentes que les daban usos distintos: en la escuela primaria, la maestra solía leer en voz alta las lecciones a las alumnas. En cambio, la madre de familia lo abordaba silenciosamente y, según el tema, el texto se transformaba en un manual de instrucciones que debía consultar frecuentemente mientras realizaba sus quehaceres de costura o cocina.
Al estar escritos para un público más amplio y no solo el escolar, Chartier (1994a) señala que los impresores especializados en el mercado imaginan expectativas de sus compradores y adaptan las estructuras mismas del libro al modo de lectura en que los editores consideran el de la clientela a la que van dirigidos. A partir de las diversas representaciones de la lectura, el francés sugiere que hay que intentar comprender la disposición y los empleos de nuevos impresos, como los libros ilustrados con muchas imágenes. Efectivamente, uno de los manuales incluía más de 30 páginas con ilustraciones (Atkinson y Purón, 1912); otro contenía una treintena de láminas para realizar costuras de ropa blanca (Torrejón y Torrejón, 1887) y otro estaba ilustrado con más de 400 grabados (Castaño, 1903). Estos dos últimos contenían además una sección de recetas de cocina. Por ello, de acuerdo a Chartier, el sentido de la lectura se volvía más cambiante, en cuanto estaban dirigidos a diferentes públicos que fijaban otros sentidos e interpretaciones, lejos de poder tener un sentido estable, fijo o universal.
Siguiendo con esta idea, Chartier sostiene que el libro está caracterizado por un movimiento contradictorio: por un lado, cada lector se halla enfrentado a un conjunto de obligaciones y consignas, en cuanto el autor, el editor y las autoridades públicas aspiran a controlar de cerca la producción del sentido y hacer que el texto que ellos escribieron, publicaron, glosaron o autorizaron sea comprendido sin apartarse un ápice de su voluntad prescriptiva; por otro lado, la lectura, por definición, es rebelde y vagabunda, y son infinitas las astucias que desarrollan los lectores para procurarse los libros prohibidos, leer entre líneas y subvertir las lecciones impuestas.
Los autores de los manuales parecían tener conocimiento de estas astucias de las lectoras para hacerse de lecturas prohibidas, dado que eran numerosas las advertencias sobre sus peligros. Atkinson y Purón (1912) sugerían evitar la literatura extravagante y de moral dudosa y juzgaban convenientes los libros de biografías, poesía, novelas bien escogidas, ensayos, crítica literaria, obras sobre la naturaleza y obras científicas. Una de las autoras sostenía que las buenas y sanas lecturas fortificaban la inteligencia y el sentido moral y proporcionaban cualidades para ser sobresaliente esposa, consejera segura y sagaz de su marido, madre abnegadísima y entendida maestra de sus hijos (Palma, 1903). Otra autora recomendaba la lectura de periódicos, siempre que se leyesen las noticias sobre población, cultura, adelantos generales y descubrimientos (Salzá, 1925). Indicaba evitar las novelas que no fuesen clasificadas como honestas, porque eran altamente perjudiciales a las buenas costumbres, poderosas demoledoras de la pureza del pensamiento, excitaban sus precoces pasiones, y llenaban la imaginación de quimeras y curiosidades. Otra consecuencia de las malas lecturas, creía esta autora, era que ponían en duda toda la educación suministrada: enervaban la voluntad de cumplir con los quehaceres domésticos, daban por tierra la austeridad de principios en que descansaba la verdadera virtud, engendraban el fastidio y el hastío hacia la vida hogareña, y eran roedores implacables que quitaban el sosiego y daban desdicha. Específicamente, sugería evitar las obras de Julio Verne y de autores contemporáneos ingleses, entre otros, y leer libros de historia argentina y biografías de héroes, legisladores, de hombres y mujeres benefactores de la humanidad y memorias de celebridades, ampliar las nociones de fisiología aprendidas en la escuela y de los tratados de medicina doméstica, especialmente para no cometer toda clase de torpezas en el hogar (Salzá, 1925).
Ahora bien, ¿en qué otros sentidos estos manuales buscaban modificar pensamientos y sensibilidades de las mujeres? Según una de las autoras, “la resignación, la abnegación y la paciencia” formaban “una sublime trinidad” a la que la joven debía “rendir fervoroso culto” (Palma, 1903: 36). Estas tres virtudes la alejarían de “las desesperaciones” y la convertirían en “una buena mujer doméstica y social” (1903: 65). La autora aconsejaba a su hija que nunca provocara discusiones contrariando las órdenes de su esposo, no lo desafiara con la frase “Los dos somos iguales”, ni menos aún pretendiera que su voto y su voz fuesen más allá de lo prudente (1903: 19). Si observase que él daba una orden irreflexiva, le advertía, ella debía decírselo sin reproches ni ironías, sin testigos y con suave tono, para intentar convencerlo de que cambiara de opinión. No había “sofismas emancipistas” que valieran en aquel asunto de la superioridad del mando del hombre, como tampoco había “propagandas capaces de desarraigar la secular sumisión de la mujer a sus voluntades”, ella debía obediencia en tanto él le debía protección: ese era el “precepto bíblico seguido por las sociedades civilizadas” (1903: 20).
El maestro Torres (1890), entre otros conceptos, afirmaba que el marido debía proteger a su mujer y la mujer obedecer a su marido, aceptando esa superioridad “deferente y cariñosa”, dado que la sociedad conyugal no podría subsistir “si uno de los dos esposos no estuviera subordinado al otro”, en este caso, el marido, “por naturaleza y ley civil” (1890: 12). Esto ocurría, explicaba, porque los hombres tenían en la inteligencia más extensión, más continuidad y más imparcialidad que las mujeres, y estas tres cualidades eran las más convenientes para el ejercicio de la autoridad. Si bien el autor reconocía que podía haber excepciones, afirmaba que la mujer razonaba menos: casi toda su razón era de sentimiento, respondía con un rasgo de pasión, el razonamiento la impacientaba o la dominaba y por ello era muy fácil engañarla con un sofisma, como difícil convencerla con un raciocinio. En los hombres, la razón y la pasión no se confundían, mientras que en la mujer todo era pasión, los hombres juzgaban más por la inteligencia, y las mujeres, por el corazón (Torres, 1890).
Con base en estas creencias, Torres desarrollaba una serie de relatos donde les mostraba a las estudiantes las consecuencias negativas de dejarse llevar por las pasiones, las emociones y los comportamientos inadecuados. La joven “perezosa”, argumentaba, no hacía ningún esfuerzo mental para estudiar, pero se levantaba enseguida cuando una amiga la invitaba a un paseo campestre. Si continuaba así, se convertía en una “inútil, incapaz y culpable de su incapacidad”, mientras que la joven “envidiosa” resultaba “tétrica”. De las “mujeres”, aleccionaba, el problema era que caían fácilmente en la dominación, el despotismo, el orgullo y la ira. Por ejemplo, a la mujer que era dominante, le aconsejaba que evitara ese impulso y se consagrara a dulcificar los sufrimientos de la existencia y a suplir bondadosamente toda falta de voluntad que viese en su marido y sus hijos. El despotismo femenino, que era la pretensión de imponer su personal manera de sentir, debía ser reprimido para no convertir la vida doméstica en un verdadero infierno. La mujer que gustaba del lujo, seguía, tenía falseado el espíritu y alterada la razón por el orgullo y la vanidad, caminaba siempre hacia la perdición, al abismo y la miseria, por querer lucir sus brillantes atavíos (Torres, 1890). De la “mujer iracunda” o de mal genio, el maestro Torres contaba una historia que se destacaba de las demás, en donde les mostraba a sus estudiantes que, para “moralizar” a una mujer, era legítimo recurrir a la amenaza y a la violencia explícita.
De acuerdo con Pascual de San Juan (1909), la mujer tenía por misión divina mejorar al hombre: ella modificaba sus pasiones e instintos, lo alentaba para el trabajo, embellecía su morada, preparaba su alimento, consolaba sus amarguras, le asistía en sus dolencias y, al final, le cerraba los ojos en la hora suprema. El hombre que no tenía madre, esposa o hija que hiciera con él tales oficios “era bien desgraciado” (1909: 11). En la segunda parte, esta autora presentaba seis historias donde las protagonistas eran la hija, la esposa, la madre, la familia proletaria (el labriego, el obrero) y la familia acomodada. En todas ellas se resaltaba la misma cualidad “femenina”: la prudencia. Los relatos mostraban de qué manera, frente a alguna desgracia –el fallecimiento del esposo o que el marido fuese “derrochador”–, estas mujeres salvaban de la miseria a la familia administrando el salario del hombre, reduciendo los gastos –vendiendo hasta sus propios vestidos si era necesario– y haciendo que ellos se redimieran frente a sus gestos de abnegación. Cada una de estas historias terminaba bien, porque la felicidad misma era “el bello fruto de una prudente economía doméstica” (1909: 75).
Para terminar, diré que he realizado aquí una breve presentación de algunos fragmentos de la vasta obra de Chartier, intentando articularlos con una investigación reciente de mi autoría. Sus nociones sobre el mundo editorial, el avance de la escolarización, la inclusión de las mujeres en el mundo de la lectura, la enseñanza de una nueva civilidad, el control hacia esas lecturas que hacían las niñas y jóvenes, la existencia de diversas comunidades de lectoras, la impresión de libros ilustrados, y la importancia del autor y de las sensibilidades resultan para mis trabajos un aporte sustancial para poder comprender estas transformaciones que se sucedieron en la historia de las mujeres.
Biografía
Atkinson, Florencia y Purón, Juan G. [1888] (1912). Economía e higiene doméstica. Nueva York: Appleton.
Castaño, Aurora S. del (1903). El Vademécum del hogar. Tratado práctico de Economía Doméstica y Labores. Buenos Aires: Juan Barra.
Chartier, Roger (1994a). El orden de los libros. Lectores, autores, bibliotecas en Europa entre los siglos XIV y XVIII. Barcelona: Gedisa.
Chartier, Roger (1994b). Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. Madrid: Alianza.
Palma, Amelia (1903). Consejos a mi hija. Lecturas de propaganda moral. Buenos Aires: Jacobo Peuser.
Pascual de San Juan, Pilar [1865] (1909). Guía de la mujer en el siglo actual o Lecciones de Economía Doméstica para las madres de familia. Barcelona: Blas Camí.
Rodríguez, Laura Graciela (2021a). ¿Economía Doméstica o Labores? La educación femenina en las escuelas: programas y libros de texto (Argentina, 1870- 1920). Historia y Memoria de la Educación, n.º 14, pp. 615-641.
Rodríguez, Laura Graciela (2021b). Los manuales de Economía Doméstica en la escuela: contabilidad hogareña, educación de las emociones y enseñanza práctica para el hogar (Argentina, fines del siglo XIX y principios del XX). Estudios del ISHIR, vol. 11, n.º 30, pp. 1-25.
Salzá, Emilia [1901] (1925). Economía Doméstica al alcance de las niñas. Buenos Aires: Cabaut.
Torrejón, Cipriano y Torrejón, Lucía Aïn de (1887). Lecciones de Economía Doméstica. Buenos Aires: Casa Editorial.
Torres, José María (1890). Varios asuntos de Política Doméstica y Educación. Buenos Aires: Estrada.







